Tu jefe te había dicho esa mañana, que había que llevar unos papeles a un inversor. No te extrañó en absoluto, era su costumbre el escaquearse de los marrones, y apuntarse sin ningún escrúpulo de los éxitos ajenos.

Para ti, era casi una liberación, de esa forma no tenías que estar encerrada entre esas cuatro paredes, pero sobre todo te librabas de su permanente escutrinio. Por eso, cuando te dijo que había que llevárselos al Hotel María Isabel Sheraton, te alegraste, podrías aprovechar para comprarte unos trapos en Polanco y nadie se daría cuenta.

Ya en el taxi, empezaste a fantasear con la visita. Te imaginabas como una madam fatalle, entrando en la habitación del ricachón, y él, al ver tu belleza, caía rendido a tus pies. Era uno de tus defectos, en cuanto tenías un rato ocioso, tu mente divagaba, inventándose un mundo imaginario donde todo era posible.

Quizás esa fue la razón por la que al entrar en la habitación, te cogió desprevenida, ya que antes de darte cuenta, alguien te puso una capucha de cuero por la cabeza, que te impedía ver y gritar. Sentiste como eras lanzada contra la pared, donde te inmovilizó tu atacante.
Trataste de escapar, pero un fuerte brazo te retuvo, mientras notabas que tu vestido caía hecho jirones. Mucho habías soñado en ser violada, pero como mero ejercicio intelectual y ahora esto era verdad.

-Luna, eres muy guapa-

La voz de hombre te resultaba desconocida, pero te había llamado por tu nombre de internet, ¡luego te conocía!.

Estabas aterrorizada pensando que durante los dos últimos años habías calentado a muchos tipos con tus relatos, productos de tu calentura, y ahora uno de ellos iba a hacer realidad en ti, sus más íntimas perversiones.

Sin poderte mover, pero sobre todo sin poder ver al hombre, sentiste como te desgarraba tu ropa interior dejándote desnuda. La rudeza con la que se apoderó de tus pechos, te paralizó, pero el verdadero terror fue sentir entre tus nalgas la dureza de su miembro.

-Esto es lo que deseabas, ¿Verdad putita?-, le oíste decir, mientras pellizcaba tus pezones.

Tratando de pensar, de descubrir quien era, no te diste cuenta que tu propio sexo tenía vida propia, y contra tu voluntad se estaba mojando. Solo caíste en ello, cuando cruelmente un dedo empezó a torturar cruelmente tu clítoris, y tus piernas empezaron a temblar de deseo. Desde niña, has hecho gala de tu independencia, ninguna de tus parejas te había dominado y en cambio en ese cuarto de hotel, te estaba poniendo a mil, que te violaran.

El pene que se te tenía prohibido ver, lo podías sentir frotándose contra tu vulva. Sabías que iba a ocurrir, y curiosamente lo deseabas, por eso cuanto te hizo agacharte sobre la alfombra, dejaste de debatirte esperando lo inevitable.

A cuatro patas, con capucha y desnuda, te separó las nalgas, y cogiendo un poco de flujo que ya desbordaba tu cueva, notaste como te forzaba tu entrada trasera. Un gemido, mitad terror mitad deseo salió de tu garganta. Ibas a ser sodomizada como tantas veces soñaste.

Gritaste, al sentirte violada, como un hierro candente, un falo fue abriéndose paso por tus intestinos, mientras tus pezones eras retorcidos por tu agresor. Dolor, mucho dolor, pero también morbo. Con toda su extensión clavada en tu interior y sus testículos acariciando tus nalgas, esperaste…
Se te hizo eterno. Ninguno de los dos se movía. Tu ano te ardía, necesitabas moverte para relajar tus músculos, pero no te atrevías…

-Muévete, puta-.

La voz de mando te hizo reaccionar y ondulando tus caderas, comenzaste a sacarte el inmenso tubo de tu interior. Cuando ya casi lo tenías fuera, las manos del desconocido agarraron tus caderas, y forzaron la penetración de un solo golpe.

-¡Dios mío!-, pensaste, sin quejarte.

Brutal, pero excitante. Violento pero caliente. Forzado pero deseado.

Nuevamente te moviste, pero esta vez fuiste tu quien llevabas el ritmo, metiendo y sacando su miembro. Te indignaba sentirte tan bruta, pero sin poderte aguantar llevaste la mano a tu sexo y empezaste a masturbarte.

-Mas rápido-, te gritó.

No hiciste caso, te gustaba así, pero entonces sentiste un duro azote en tu trasero, al que le siguió otro y otro… Fustigada como un animal, obedeciste, dándote cuenta que te excitaba el ser usada de esa forma.

Las primeras señales de tu orgasmo te obligaron a aceptar lo evidente, ¡estabas disfrutando!, y olvidándote que estabas siendo violada, te relajaste y liberándote de tus prejuicios, te lanzaste a la piscina del placer.

La respiración entrecortada, del que ya considerabas tu amante, te hizo saber la cercanía de su clímax y como la guarra que eres, buscaste que te regara con su simiente, acelerando tu ya frenético ritmo.

-¡Coño!-, le oíste decir, cuando agarrándote de las caderas, te inundó con su semen.

Ya sabías quien era, y la certeza de ello, te hizo correrte sobre la moqueta. Estabas feliz, y por eso cuando quitándote la capucha te besó, le dijiste devolviéndoselo con pasión:

-Gracias amo, ¡tardaste mucho!, en volver a México-.