Tag archives for MARTINA LEMMI

Infidelidad

Relato erótico: “LA FÁBRICA (6)” (POR MARTINA LEMMI)

  Habíamos apenas terminado de arreglarnos la ropa cuando se abrió la puerta y entró Hugo; se me detuvo el corazón ya que, de haber entrado sólo un par de minutos antes, muy distinta sería la escena que hubiera visto.  Luciano, sin embargo, se comportó con absoluta normalidad. “¿En qué andan ustedes dos acá?” – preguntó Hugo pero como desentendido del asunto y en tono de broma.  Yo me trabé y se me hizo un nudo en la garganta, pero por suerte Luciano habló, directamente optando por ignorar la pregunta de su padre. “¿Y?  - preguntó -.  ¿Cómo está eso?” “Está duro, está duro, pero bueno, ya para mañana o pasado tendremos una respuesta definitiva y a partir de ello veremos qué hacer – respondió Hugo y yo interpreté que hacía referencia a la designación de la nueva secretaria -.  Soledad, ¿se puede quedar un momento?  Luciano, si nos disculpas,…
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Relato erótico: “LA FÁBRICA (5)” (POR MARTINA LEMMI)

Al salir de la oficina de Luis pasé frente a la de Hugo.  Con la conmoción reciente, había olvidado totalmente que Luciano me había dicho que pasara.  Quizás, pensé, ya se habría marchado y, de no ser así, bien podía hacerme la distraída e irme simplemente: ya no faltaba mucho para la chicharra de salida.  Pasé frente a la puerta sigilosamente o, al menos, lo más sigilosamente que mis tacos me permitían; no resultó… “¡Sole! – exclamó en el momento mismo de asomarse por la puerta entreabierta; me llamó así: Sole, como si fuera su amiga de toda la vida -.  La estaba esperando; pase, por favor…” Fue como si me hubieran arrojado un nuevo peso sobre mis ya castigadas espaldas.  Acababa de salir de una pesadilla en la oficina contigua y vaya a saber a qué nueva pesadilla me enfrentaría ahora.  Con abatimiento y resignación, bajé mi cabeza y…
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Relato erótico: “LA FÁBRICA (4):”(POR MARTINA LEMMI)

Al otro día cayó por la fábrica Luciano, el hijo de Hugo.  Para mi desgracia, no vino esta vez con compañía familiar, lo cual le dejaba un mayor margen de maniobra.  Y, de hecho, del modo más obvio posible, prácticamente se abalanzó sobre mi escritorio apenas llegó.  Yo lo saludé cortésmente como también lo hicieron el resto de las chicas pero la realidad era que él tenía los ojos clavados como dagas sólo en mí.  Lo suyo parecía ser una obsesión perversa; ésa era exactamente la sensación que me había dado dos días antes al conocerlo, sólo que en aquel momento la presencia de su esposa actuó como factor de contención. “La falda sigue corta, ¿no?” – preguntó con una sonrisa ladina y estirando el cuello como para espiar por detrás del escritorio; yo, en un acto reflejo, me cubrí con las manos. “S… sí, por supuesto – respondí -. …
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Relato erótico: “LA FÁBRICA (3): Final” (POR MARTINA LEMMI)

  Ni siquiera quisieron cobrarle a Luis por el trabajito con mi falda; lo tomaron como simplemente un favor e insistieron en que yo era una clienta “histórica”  (si bien la realidad era que hacía mucho que no pisaba allí debido, como ya he explicado, a mi apremiante situación económica); aun así, Luis dejó una propina para la joven que se había encargado del trabajo y, aunque no tuve oportunidad de verla, supongo que la misma debió haber sido igual de generosa que la que le había dado a la empleada que me… masturbó (me cuesta y hasta me avergüenza decirlo de tan increíble que suena).  Alcancé a ver que la entrepierna de Luis abultaba; asqueroso repugnante: se había excitado con la escena y ni siquiera parecía importarle demasiado que los demás pudiesen notarlo. Ya en el auto nuevamente, él me preguntó adónde era mi casa y se lo indiqué.  …
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Relato erótico: “La fábrica (2)” (POR MARTINA LEMMI)

  Las semanas que mediaron entre mi entrevista y mi primer día de trabajo fueron una auténtica pesadilla.  No lograba convivir con lo que había ocurrido y, menos aún, con el hecho de que tendría que volver allí y presentarme a trabajar diariamente.  Yo estaba rara y Daniel lo notaba; busqué disimular todo cuanto pude pero era inevitable que, cada tanto, él me preguntara qué me pasaba. “Nada… nada…- respondía yo esbozando la mejor sonrisa que podía -.  S… supongo que son l… los nervios por el nuevo empleo…” Ésa u otras semejantes eran mis típicas respuestas ante los planteos por parte de Daniel quien, por cierto, ya había empezado a trazar nuevamente planes para el casamiento y hasta estaba buscando nueva fecha.  Traté de disuadirlo de no ir demasiado aprisa al respecto. “No cuentes los porotos antes de cosecharlos, solía decir mi abuelo” – era, a menudo, mi respuesta.…
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Relato erótico: “La fábrica (1)” (POR MARTINA LEMMI)

  Cuando Daniel estacionó el auto junto a la acera fue inevitable que tanto él como yo claváramos y dejáramos detenida la vista durante algún instante en la fachada del edificio.  No había, por cierto, nada que delatase que allí funcionaba una fábrica: ningún cartel ni ícono de identificación; ni siquiera ventanales que dieran hacia el exterior, los que había, en realidad, se hallaban elevados a unos dos metros y medio por encima de la acera y seguramente tenían más como objetivo dejar entrar la luz que otra cosa. Luego ambos nos miramos y suspiramos.  No era que el lugar luciese lúgubre ni recordase a una prisión como suele ocurrir con algunos establecimientos fabriles; simplemente daba imagen de nada…, es decir que no había modo alguno de inferir cómo luciría aquel lugar por dentro.  Pero tuviera el aspecto que tuviese, ese ciego muro de ladrillo a la vista tenía tras…
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Relato erótico: “Máquinas del Placer (14): Final” (POR MARTINA LEMMI)

Jack quedó petrificado mirando a su “esposa”; ella, en concomitancia con el carácter que él acababa de descubrirle, se mantenía imperturbable y, ahora, sin expresar emoción alguna: distaba años luz de la Laureen de un rato antes.  El cinto, por su parte, pendía laxo desde su mano hacia el piso.  Jack no cabía en sí de la furia; estaba rojo y temblaba: su corazón latía cada vez con más fuerza, pero no le importaba demasiado… Girando la cabeza, miró con odio hacia la ventana o, más bien, hacia la casa vecina, aun cuando desde el cuarto matrimonial no tuviera vista de la habitación de Jack. Echó a correr escaleras arriba, hacia la buhardilla.  La supuesta Laureen amagó a seguirle. “¡Quédate aquí! – rugió él, interrumpiendo su carrera por un segundo y dedicándole la mayor mirada de odio de que era capaz -.  ¡No te me acerques!  ¡No me sigas!  ¡No…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 13” (POR MARTINA LEMMI)

Esa noche marcó un antes y un después en la vida sexual de la pareja.  Laureen estaba, definitivamente, cambiada… y él también.  Las experiencias vividas más las morbosas escenas de sexo entre Luke Nolan y la émula de Laureen se conjugaron de tal modo que reactivaron la sexualidad del matrimonio; y la decisión de haber apartado a los Erobots de en medio contribuyó  a ello.  Mantuvieron, casi como un ritual, la costumbre de espiar desde la buhardilla al vecino y su androide mientras  Laureen masturbaba a Jack, pero a la vez fue también resurgiendo entre ellos el sexo compartido.  La cama matrimonial volvió a ser destinada a una actividad que no fuera dormir…, o discutir… Jack se sentía feliz, insólitamente feliz… y no cesaba de preguntarse cómo era posible que hubiese tenido todo el tiempo la clave de su felicidad tan encima de sus narices. Existió, no obstante, un momento…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 12” (POR MARTINA LEMMI)

Suspendida en antigravedad, la cuadrilla de cópteros, ahora reducida en uno, seguía formando un semicírculo en torno al Merobot, que se hallaba de pie y exultante sobre la torre de la terraza del edificio Vanderbilt, desprovisto el mismo ahora de mástil y estandarte.  No hacía falta escudriñar por detrás de los cristales de los habitáculos para darse cuenta de cuán anonadados y perplejos se hallaban los pilotos tras lo ocurrido; estaba descontado, y el androide también lo sabía, que de un momento a otro recrudecería el ataque, máxime considerando que era uno de sus compañeros quien acababa de perder la vida… La solidaridad vengativa suele ser característica de quienes integran fuerzas del orden… La inminencia del ataque quedó confirmada cuando uno de los cópteros abrió repentinamente el fuego siendo, obviamente, seguido por los demás.  Ahora disparaban sin miramientos contra el robot mismo y no se trataba ya de fuego de…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 11” (POR MARTINA LEMMI)

Jack Reed corrió hacia el roto ventanal y detrás de él lo hicieron tanto Luke Nolan como las personas de seguridad que se hallaban en el lugar; el dramatismo y la urgencia de la situación eran tales que ambos vecinos parecían haber olvidado la trifulca en que estaban envueltos instantes antes.  El rostro de Jack estaba desencajado por el horror; venciendo todo vértigo se acercó hacia la inmensa abertura que había quedado tras la rotura del cristal y desde allí se asomó a la nada casi como si no le importase hallarse en el piso quinientos veinte.  El frío viento de las alturas le azotó la cara y su camisa se infló y flameó camisa como la vela de un barco.  Inclinándose hacia el abismo, debió entornar los ojos en parte por la ventolera y en parte por los destellos que producía el sol al reflejarse contra los cristales del…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 10” (POR MARTINA LEMMI)

Cuando Jack despertó, Laureen no estaba allí.  Volvió a asaltarle la paranoia pero buscó alejarla de inmediato: habría salido a trotar como lo hacía siempre; ella no solía alterar su rutina por más que fuera fin de semana.  Tal como él lo había anunciado, los tres Erobots quedaron inactivos durante la noche y, después de mucho tiempo, Jack y Laureen habían vuelto a compartir lecho.  Sin embargo, tal circunstancia no había devenido en que volvieran a tener sexo ni tan siquiera en que hubiera amago alguno de que así fuese: la situación, de hecho, no era de lo más normal ni el contexto favorable para ello.  Laureen estaba notablemente disgustada con la presencia de los androides en la casa y él, debía admitirlo, no conseguía que su esposa le despertase en la cama las mismas pasiones que le despertara antaño.  Había, no obstante, un elemento adicional que contribuía a la…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 09” (POR MARTINA LEMMI)

Cuando el empleado anunció la presencia de Luke Nolan en la puerta del despacho de Carla Karlsten, ésta hizo seña de que simplemente le dejase pasar y se retirase.  Luke, entró con timidez y saludó nerviosa pero cortésmente a la ejecutiva para luego girar la cabeza hacia su vecino Jack, quien se hallaba en la silla de enfrente.  “Es un gusto tenerte aquí, Luke” – le saludó Miss Karlsten , sonriente -; toma asiento” El recién llegado, sin poder salir de su nerviosismo, tomó asiento en la silla que se hallaba junto a la de Jack y apoyó en su regazo un maletín que llevaba consigo; recién entonces saludó a su vecino  con un asentimiento de cabeza y algún ligero monosílabo, no por descortesía sino por hallarse aún fuera de contexto.  Jack le correspondió el saludo con la mejor sonrisa que fue capaz de lograr, aunque internamente se comenzó a…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 08” (POR MARTINA LEMMI)

El final del número fue apoteótico.  Aun con lo ajeno y lejano que se sentía Jack Reed con respecto al mundo sado y fetichista, no podía dejar de admitir que lo que Goran Korevic lograba, tanto en su público como en los ocasionales participantes de sus números, era realmente único: un artista de los que ya quedaban pocos en un mundo en el cual la tecnología había ido apropiándose de los placeres humanos y suplantando la sangre con circuitos.  Goran hizo poner a madre e hija de rodillas y alineadas una junto a la otra; luego hizo pasar a tres muchachos del público a quienes pidió que les mearan encima: demás está decir que la concurrencia respondió “¿y por qué noooo???” cuando se les preguntó si las damas debían ser orinadas.  Pero lo más admirable de todo era el modo misterioso en que Goran conseguía, por ejemplo, que una madre…
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Relato erótico: “Maquinas de placer 07” (POR MARTINA LEMMI)

Hacía ya un par de horas que Jack había partido hacia su trabajo y, sin embargo, Laureen seguía casi en la misma posición en que él la había dejado al marcharse.  Sentada sobre la cama y abrazada a sus piernas recogidas no dejaba de echar cada tanto inquietas miradas al androide que yacía a su lado.  Tal como ella le había pedido, Jack había dejado el robot en off pero, viéndolo ahora, dudaba acerca de si no era peor el remedio que la enfermedad.  El símil de Daniel Witt ya no respiraba; su formidable y hermoso pecho ya no le subía ni bajaba rítmicamente pero, paradójicamente, esa presencia inerte y carente de vitalidad resultaba aun más inquietante y hasta le producía algún que otro escalofrío. El cuerpo, por supuesto, seguía siendo igual de bello pero adolecía de la ausencia de las miradas, tics, gestos y movimientos que le hacían sensual…
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