Caía la noche en el bosque cerrado. El sol mortecino hacía brillar tenuemente sus últimos rayos, como queriendo anticipar, que después de él, vendría la oscuridad. En esos momentos, los campesinos, mercaderes, y toda persona de tanto de a pie como la de mayor estatus, habían abandonado hacía tiempo sus quehaceres, para refugiarse, en sus, casas, palacios, chozas, establos o los agujeros inmundos a los que llamaban sus hogares, pues a ninguna persona en su sano juicio le agradaba deambular en la oscuridad. Había sin embargo uno, que aún a esas horas seguía deambulando por el bosque. Se trataba de un hombre joven que rondaría los veinte. Con una melena parda como un roble hasta la nuca y una barba recortada que le hacía parecer unos años mayor. Lo que más destacaban de eran sus ojos grisáceos. Destilaban sabiduría y experiencia, y también mostraban que habían tenido que tomar más…
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