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Mi nombre es Elena y soy una estudiante de medicina de veintidós años. Mi vida sería como la de cualquier otra si no 3_2llega a ser porque actualmente caliento las sábanas de mi tío. Muchos se podrán ver sorprendidos e incluso escandalizados pero soy feliz amando y deseando a ese hombre.

Si quiero explicaros como llegué a acostarme con el tío Manuel, tengo que retroceder cuatro años cuando llegué a Madrid a estudiar.  Habiendo acabado el colegio en mi Valladolid natal, mis padres decidieron que cursara medicina en la Autónoma de Madrid y por eso me vi viviendo en la capital. Aunque iba a residir en un colegio mayor, mi madre me encomendó a su hermana pequeña que vivía también ahí. La tía Susana me tomó bajo su amparo y de esa forma, empecé a frecuentar su casa. Allí fue donde conocí a su marido, un moreno de muy buen ver que además de estar bueno, era uno de los directivos más jóvenes de un gran banco.
Desde un primer momento, comprendí que eran un matrimonio ideal. Guapos y ricos, estaban enamorados uno del otro. Su esposo estaba dedicado en cuerpo y alma a satisfacer a la tía. Nada era poco para ella,  mi tío la consentía y mimaba de tal forma que empecé sin darme cuenta a envidiar su relación. Muchas veces desee que llegado el momento, encontrara yo también una pareja que me quisiera con locura.
Para colmo, mi tía Susana era un bellezón por lo que siempre me sentí apocada en su presencia. Dulce y buena, esa mujer me trató con un cariño tal que jamás se me ocurrió que algún día la sustituiría en su cama. Aunque apreciaba en su justa medida a su marido y sabía que destilaba virilidad por todos sus poros, nunca llegué a verlo como era un hombre, siempre lo  consideré materia prohibida. Por eso me alegré cuando me enteré de que se había quedado embarazada.
Esa pareja llevaba buscando muchos años el tener hijos y siendo profundamente conservadora, Susana vio en el fruto que crecía en su vientre un regalo de Dios.  Por eso cuando en una revisión rutinaria le descubrieron que padecía cáncer, se negó en rotundo a tratárselo porque eso pondría en peligro la viabilidad del feto. Inútilmente la intenté convencer de que ya tendría otras oportunidades de ser madre pero mis palabras cargadas de razón cayeron en saco roto.
Lo único de lo que pude convencerla fue de que me dejara cuidarla en su casa. Al principio se negó también pero con la ayuda de mi tío, al final dio su brazo a torcer.  Por esa desgraciada circunstancia me fui a vivir a ese chalet del Viso y eso cambió mi vida. Nunca he vuelto a dejar esas paredes y os confieso que espero nunca tenerlo que hacer.
La tía estaba de cinco meses cuando se enteró y viéndola parecía imposible que estuviera tan mal y que el cáncer le estuviera corroyendo por dentro. Sus pechos que ya eran grandes, se pusieron enormes al entrar en estado y su cara nunca reflejó la enfermedad de forma clara su enfermedad. Al llegar a su casa, me acogió como si fuera su propia hermana y me dio el cuarto de invitados que estaba junto al suyo. Debido a que mi pared pegaba con la suya, fui testigo de las noches de dolor que pasó esa pareja y de cómo Manuel lloraba en silencio la agonía de la que era su vida.
Gracias a mis estudios, casi  a diario le tenía que explicar cómo iba evolucionando el cáncer de su amada y aunque las noticias eran cada vez peores, nunca se mostró desánimo y cuanto peor pintaba la cosa, con más cariño cuidaba a su amor. Fue entonces cuando poco a poco me enamoré de ese buen hombre. Aunque fuera mi tío y me llevara quince años, no pude dejar de valorar su dedicación y sin darme cuenta, su presencia se hizo parte esencial en mi vida.
A los ochos meses de embarazo, el cáncer se le había extendido a los pulmones y por eso su médico insistió en adelantar el parto. Todavía recuerdo esa tarde. Mi tía me llamó a su cuarto y con gran entereza, me pidió que le dijera la verdad:
-Si lo adelantamos, ¿Mi hijo correrá peligro?
-No- contesté sin mentir – ya tiene buen peso y es más dañino para él seguir dentro de tu útero por si todo falla.
Indirectamente, le estaba diciendo que su hígado no podía dar más de sí y que en cualquier momento podría colapsar, matando no solo a ella sino a su retoño. Mi franqueza la convenció y cogiéndome de la mano, me soltó:
-Elena. Quiero que me prometas algo….
-Por supuesto, tía- respondí sin saber que quería.
-….si muero, quiero que te ocupes de criar a mi hijo. ¡Debes ser su madre!
Aunque estaba escandalizada por el verdadero significado de sus palabras, no pude contrariarla y se lo prometí.  “La pobre debe de estar delirando”, me dije mientras le prestaba ese extraño juramento porque no en vano el niño tendría un padre. Un gemido de dolor me hizo olvidar el asunto y llamando al médico pedí su ayuda. El médico al ver que había empeorado su estado, decidió no esperar más y llamando a una ambulancia, se la llevó al hospital.
De esa forma, tuve que ser yo quien le diera la noticia a su marido:
-Tío, tienes que venir. Estamos en el hospital San Carlos. Van a provocar el parto.
Ni que decir tiene que dejó todo y acudió lo más rápido que pudo a esa clínica. Cuando llegó, su mujer estaba en quirófano y por eso fui testigo de su derrumbe. Completamente deshecho, se hundió en un sillón y sin hacer aspavientos, se puso a llorar como un crio. Al cabo de una hora, uno de los que la trataban nos vino avisar de que el niño había nacido bien y que se tendría que pasar unos días en la incubadora.
Acababa de darnos la buena noticia, cuando mi tío preguntó por su mujer. El medico puso cara de circunstancias y con voz pausada, contestó que la estaban tratando de extirpar el cáncer del hígado. Sus palabras tranquilizaron a Manuel pero no a mí, porque no me cupo ninguna duda de que esa operación solo serviría para alargarle la vida pero no para salvarla.
La noticia del nacimiento de Manolito le alegró y confiado en la salvación de la madre me pidió que le acompañara a ver al crío en el nido. Os juro que viendo su alegría, no fui capaz de decirle la verdad y con el corazón encogido acudí con él a ver al bebé.
En cuanto lo vi, me eché a llorar porque no en vano sabía que ya se le podía considerar huérfano:
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“¡Nunca iba a llegar a conocer a su madre!”
En cambio su padre al verlo no pudo  reprimir el orgullo y casi a voz en grito, empezó a alabar la fortaleza que mostraba ya en la cuna. Tampoco en esa ocasión me fue posible explicarle el motivo de mi llanto y secándome las lágrimas, sonreí diciendo que  estaba de acuerdo.
Como os podréis imaginar cuatro horas después apareció su médico y cogiendo del brazo al marido de la paciente, le explicó que se habían encontrado con que el cáncer se había extendido de forma tal que no había nada que hacer. Mi tío estaba tan destrozado que no pudo preguntar por la esperanza de vida de su mujer, por lo que tuve que ser yo quien lo hiciera.
-Dudo que tenga un mes- contestó el cirujano apesadumbrado.
La noticia le cayó como un jarro de agua fría a su marido y hundiéndose en un doloroso silencio, se quedó callado el resto de la tarde. Os juro que se ya quería a ese hombre, el duelo del que fui testigo me hizo amarlo más. Nunca había visto y estoy segura que nunca veré a nadie que adore de esa forma a su mujer.
La agonía de mi tía Susana iba a ser larga y por eso decidí exponerle a mi tío que durante el tiempo que me necesitara allí me tendría y que por el cuidado de su hijo, no se preocupara porque yo me ocuparía de él.
-Gracias- contestó con la voz tomada- te lo agradezco. Voy a necesitar toda la ayuda posible.
Tras lo cual se encerró en el baño para que no le viera llorar. Esa noche, dormimos los dos en la habitación y a la mañana siguiente, una enfermera nos vino a avisar que Susana quería vernos.  Al llegar a la UCI, Manuel volvió a demostrar un coraje digno de encomio porque el hombre que saludó a su mujer, era otro. Frente a ella, no hizo muestra del dolor que sentía e incluso bromeó con ella sobre el próximo verano.
Su esposa, que no era tonta, se dio cuenta de la farsa de su marido pero no dijo nada. En un momento que me quedé con ella a solas, me preguntó:
-¿Cuánto me queda?
-Muy poco- respondí con el corazón encogido.
Fue entonces cuando cogiéndome de la mano me recordó mi promesa diciendo:
-¡Cuida de nuestro hijo! ¡Haz que esté orgullosa de él!
Sin saber que decir, volví a reafirmar mi juramento tras lo cual mi tía sonrió diciendo:
-Manuel sabrá hacerte muy feliz.
La rotundidad de su afirmación y el hecho que el aludido volviera a entrar en la habitación hizo imposible que la contrariara. Mi rechazo no era a la idea de compartir mi vida con ese hombre sino a que conociéndolo nunca nadie podría sustituirla en su corazón.
Mi vida con Manolito.
A los dos días, nos dieron al niño. Siendo sano no tenía ningún sentido que estuviera más tiempo en el hospital por lo que tuvimos que llevárnoslo a casa mientras su madre agonizaba en una habitación. Todavía recuerdo esa mañana, Manuel lo cogió en brazos y su cara reflejó la angustia que sentía. Compadeciéndome de él, se lo retiré y con todo el cariño que pude, dije:
-Tío, déjamelo a mí. Tú ocúpate de Susana y no te preocupes, lo cuidaré como si fuera mío hasta que puedas hacerlo.
Indirectamente, le estaba diciendo que yo lo cuidaría hasta que su madre hubiese muerto pero lejos de caer en lo inevitable, ese hombretón me contestó:
-Gracias, cuando salga Susana de esta, también sabrá compensarte.
No quise responderle que nunca saldría y despidiéndome de él, llevé al bebe hasta su casa. Durante el trayecto, pensé en el lio que me había metido pero mirando al bebe y verlo tan indefenso decidí que debía dejar ese tema para el futuro. Acostumbrada a los recién nacidos por las prácticas que había hecho en Pediatría neonatal, no tuve problemas en hacerme con todo lo indispensable para cuidarlo y por eso una hora después, ya cómodamente instalada en el salón, empecé a darle el biberón.
Eso que es tan normal y que toda madre sabe hacer, me resultó imposible porque el chaval no cogía la tetina y desesperada llamé a mi madre. Tal y como me esperaba mientras marcaba, se rió de mí llamándome novata y ante mi insistencia, me preguntó:
-¿Por qué no intentas dárselo con el pecho descubierto?-
Al preguntarle el por qué, soltó una carcajada diciendo:
-Tonta, porque al oír tu corazón y sentir tu piel, se tranquilizará.
Su respuesta me convenció y quitándome la camisa, puse su carita contra mi pecho. Ocurrió exactamente como había predicho, en cuanto Manolito sintió mi corazón, se asió como un loco del biberón y empezó a comer. Lo que no me había avisado mi madre, fue que al sentir yo su cara contra mi seno, me indujo a considerarlo ya mío y  con una alegría que me invadió por completo, sonreí pensando en que no sería tan desagradable cumplir la promesa dada.
Una vez se había terminado las dos onzas y al ir a cambiarle ocurrió otra cosa que me dejó apabullada. Entretenida colocando el portabebé, no me percaté que había puesto su cabeza contra mi pecho y el enano al sentir uno de mis pezones contra su boca, instintivamente se puso a mamar. El placer físico que sentí fue inmenso (no un orgasmo no penséis mal). La sensación de notar sus labios succionando en busca de una leche inexistente fue tan tierna que de mis ojos brotaron unas lágrimas de dicha que me dejaron confundida.


Sin-t-C3-ADtulo32No sé si obré mal pero lo cierto es que a partir de entonces después de cada toma, dejaba que el bebé se durmiera con mi pezón en su boca.

“Es como darle un chupete”, me decía para convencerme de que no era raro pero lo cierto es que cuanto más mamaba ese crio de mis pechos, mi amor por él se incrementaba y empecé a verlo como hijo mío.
Lo que no fue tan normal y lo reconozco fue que ya a partir del tercer día, me entraran verdaderas ganas de amamantarlo y obviando toda cordura, investigué si había algo que me provocara leche. No tardé en hallar que la Prolactina ayudaba y sin meditar las consecuencias, busqué estimular la producción de leche con ella.
Mientras esto ocurría, mi tía agonizaba y Manuel vivía día y noche en el hospital solo viniendo a casa durante un par de horas para ver al chaval. Dueña absoluta de la casa, nadie fue consciente de que me empezaba a tomar esa medicina. A la semana justa de nacer, fue la primera vez que mi niño bebió la leche de mis pechos y al notarlo, me creí la mujer más feliz del mundo. No sé si fue la medicina, el estímulo de mis pezones o algo psicológico pero la verdad es que mis pechos no solo crecieron sino que se convirtieron en un par de tetas que rivalizaban con los de cualquier ama de cría.
Mi producción fue tal que dejé de darle biberón y solo  mamando de mis pechos, Manolito empezó a coger peso y a criarse estupendamente. El primer problema fue  a los quince días de nacido que aprovechando que su madre había mejorado momentáneamente, Manuel decidió bautizarle junto a ella. La presencia del padre mientras le vestía y las tres horas que estuvimos en el Hospital, provocaron que mis pechos se inflaran como  balones, llegando incluso, a sin necesidad de que el bebé me estimulara, de mis pezones brotara un manantial de leche dejándome perdida la camisa. Sé que mi tío se percató de algo por el modo en que me miró al darse cuenta de los dos manchones que tenía en mi blusa, pero creo que no quiso investigar más cuando ante la pregunta de cómo me había manchado, le contesté que se me había caído café.
La cara con la que se me quedó mirando los pechos, no solo me intranquilizó porque me descubriera sino porque percibí un ramalazo de deseo en ella. Lo cierto es que más excitada de lo que me gustaría reconocer, al llegar a casa di de mamar al que ya consideraba propio y tumbándome en la cama, no pude evitar masturbarme pensando en Manuel.
Al principio fue casi involuntario, mientras recordaba sus ojos fijos en mi escote, dejé caer una mano sobre mis pechos y lentamente me puse a acariciarlos. Mis pezones se pusieron inmediatamente duros y al sentirlos no fui capaz de parar. Como una quinceañera, me desabroché la blusa y pasando mi mano por encima de mi sujetador, empecé a estimularlos mientras con los ojos cerrados soñaba que era mi tío quien los tocaba.
Mi calentura fue en aumento y ya ni siquiera pellizcarlos me fue suficiente y por eso levantándome la falda, comencé a sobar mi pubis mientras seguía imaginado que eran sus dedos los que se acercaban cada vez más a mi sexo. Por mucho que intenté un par de veces dejarlo, no pude y al cabo de cinco minutos, no solo me terminé de desnudar sino que abriendo el cajón de la mesilla, saqué un consolador.
Comportándome como una actriz porno en una escena, lamí ese pene artificial suspirando por que algún fuera el de él y ya completamente lubricado con mi saliva, me lo introduje hasta el fondo mientras me derretía deseando que fuera Manuel el que me hubiese separado las rodillas y me estuviese follando. La lujuria me dominó al imaginar a mi tío entre mis piernas y uniendo un orgasmo con el siguiente no paré hasta que agotada, caí desplomada pero insatisfecha. Cuando me recuperé, cayeron sobre mí los remordimientos de haberme dejado llevar por esos sentimientos mientras el objeto de mis deseos estaba cuidando a la mujer que realmente amaba y por eso no pude evitar echarme a llorar, prometiéndome a mí misma que eso no se volvería a repetir.
Tratando de olvidar lo ocurrido, intenté estudiar algo porque tenía bastante dejadas las materias de mi carrera. Llevaba media hora enfrascada entre los libros cuando escuché el llanto de mi bebe y corriendo fui a ver que le pasaba. Manolito en cuanto le cogí en brazos, buscó mi pezón y olvidándome de todo, sonreí dejando que mamara.
-Voy a ser tu madre aunque tu padre todavía no lo sepa- susurré al oído del niño mientras mi entrepierna se volvía a encharcar.
La muerte de mi tía
Lo inevitable ocurrió dos semanas después. El menguado cuerpo de mi tía no pudo más y una mañana mientras su marido la tenía cogida de la mano, mi tía murió. Al estar presente, fui testigo del desmoronamiento total de Manuel. Llorando en silencio, se quedó sentado en la silla de esa habitación de hospital dejándome a mí que me ocupara de todo lo relativo con el entierro.
Lo primero que hice fue como es lógico llamar a mi madre y explicarle que su hermana pequeña había fallecido para acto seguido ponerme en contacto con la funeraria.
Al día siguiente, la enterramos en el cementerio de la Almudena. Fue una ceremonia triste porque la tía dejaba al irse un vacío inmenso en todos los que habíamos tenido la dicha de conocerla. Viendo la comitiva, comprendí que quienes realmente la iban a echar de menos eran su marido y su hijo recién nacido. El primero porque acababa de perder a su compañera y el segundo porque jamás llegaría a conocer a su madre.
Tras la ceremonia, Manuel seguía en shock. No quería irse del cementerio y por eso mi padre y unos amigos tuvieron que forzarle a irse a casa. Por mi parte, el dolor de su perdida se multiplicaba por mil porque no sabía si mi tío me iba a seguir dejando que me ocupara de Manolito. No solo lo quería sino que consideraba que el bebé me necesitaba.
Gracias al destino, mientras iba hacia la casa en el coche con mi madre, me dijo:
-Hija, sé que no es tu problema pero me gustaría que te quedaras con el tío para ayudarle con el niño.
-Mamá- respondí- por mí no hay problema pero debe ser él quien me lo pida. Es su casa y es su hijo.
Mi madre, ajena a los sentimientos que sentía por el viudo de su hermana, se quedó pensando y contestó:
-Le diré a tu padre que hable con él.
Juro que si no llega a estar presente, hubiera dado saltos de alegría porque con la ayuda de mis viejos era casi seguro que mi tío aceptara. Aun así esperé nerviosa su decisión ya que no las tenía todas conmigo. Al cabo de dos horas, vi como mi padre se llevaba a Manuel a otra habitación y sabiendo que se estaba decidiendo mi futuro entre esas cuatro paredes, me quedé sentada frente a su puerta mientras en mi interior se acumulaban las dudas.
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Diez minutos más tarde, mi padre me llamó y haciéndome pasar, me pidió que me sentara. Frente a mí, Manuel seguía llorando desconsolado, por lo que tuvo que ser mi viejo quien tomara la palabra:
-Hija, tu tío y yo hemos hablado. Como bien sabes, su hijo es un bebé y necesita muchos cuidados. Cómo tú has sido quien le ha estado cuidando desde que nació y ahora mismo, su padre necesita ayuda: te pedimos que te quedes hasta fin de curso en esta casa.
Tuve que reprimir mi cara de felicidad al escuchar sus palabras y adoptando un tono tierno, contesté:
-Papá, estaré encantada de ayudar y por mis estudios no te preocupes, sabré compaginarlos con… –estuve a punto de decir el papel de madre pero rectificando, continué diciendo- su cuidado.
Mi tío levantó su cara y mirándome a los ojos, solo pudo decir:
-Gracias- tras lo cual se volvió a hundir en la desesperación.
Incapaz de ejercer de anfitrión, tuve que asumir yo esa función y durante el resto de la tarde, atendí a todos los que venían a dar el pésame. Solo desaparecí dos veces, para dar de mamar a mi niñito. Curiosamente al hacerlo, algo en mí cambió y ya sin ninguna duda, supe que ese niño era mío.
“Soy su madre” pensé mientras su boquita mamaba de mi pezón.
Manuel me sorprende dando de mamar.
Las siguientes dos semanas, fueron una mezcla de dolor y de esperanza en esa casa. Mientras Manuel deambulaba perdido de un lado a otro sin ser capaz de ocuparse de nada y con el duelo a cuesta, se iba afianzando mi amor por él y por su hijo. Como con mi tío no se podía contar, poco a poco me fui haciendo con el mando de su hogar, hasta el grado que el servicio me preguntaba a mí y no a él, asumiendo que yo era la jefa.
Mi tiempo lo dividía entre la carrera, Manolito y Manuel. Reconozco que supe adaptarme: por las mañanas antes de salir rumbo a la universidad, hacía como si preparaba el biberón del enano cuando en realidad con un sacaleches rellenaba dos frascos con el que la criada iba a alimentarlo durante mi ausencia. Al llegar, revisaba la casa y obligaba a comer a mi tío, llegando incluso a regañarle para que lo hiciera, tras lo cual, me encerraba en mi habitación con el bebé, alternando su cuidado con mis estudios. Con el pestillo echado, cogía al crio entre mis brazos y le daba de mamar frente a un libro.
Pero un día en el que el metro se había retrasado y en el que mis pechos me dolían por no haber sido vaciados, llegué a casa y cogiendo a mi chaval, no tomé la precaución de cerrar la puerta mientras le daba de mamar. Os juro que no lo hice a propósito y por eso fui la primera sorprendida cuando descubrí a mi tío mirándome desde la puerta.
Su reacción fue de sorpresa al ver a su hijo aferrado a mis pechos y sin saber cómo actuar, no dijo nada y cerró la puerta. Asustada, me abroché la camisa y casi llorando, fui a verle con Manolito entre mis brazos. Lo encontré en el salón poniéndose una copa. Al verme entrar, me pidió que me sentara y con voz tranquila, preguntó:
-¿Cómo es posible?
Aterrorizada, le mentí:
-Tío, ¡No te enfades! Debió de ser algo psicológico. Sin desearlo, desde que empecé a cuidar a tu hijo, mis pechos comenzaron a producir leche y sabiendo que se criaría mejor, decidí darle de mamar sin consultarte.
No sé si me creyó pero valorando mis palabras y viendo lo sano que estaba su retoño, dio su visto bueno diciendo:
-¿No te importa?
Aunque sabía a qué se refería me hice la tonta.
-¿El qué?
-Dar el pecho a un niño que no es tu hijo.
-Para nada- contesté: -Le quiero como si fuera mío.
La rotundidad de mi contestación, le quitó argumentos y sabiendo que era lo mejor para el bebé, cambió de conversación diciendo:
-Elena, creo que ya es hora de que vuelva a trabajar. ¿Crees que serás capaz de ocuparte tú de la casa?
Sonreí al escucharlo y pensando que ya llevaba tres semanas haciéndolo, le contesté:
-Vete tranquilo a la oficina. Cuando vuelvas cada tarde, estaremos Manolito y yo esperándote en casa.
Mis palabras escondían un significado que no le pasó inadvertido porque mi tío comprendió que había algo más que cariño de sobrina y a partir de ahí, empezó a mirarme de otra forma. 
El continuo contacto hizo el resto. Por las mañanas, me levantaba antes que él y cuando por fin salía de su cuarto, se encontraba con su desayuno servido y a mí deseando complacerle. Al retornar del trabajo, le acompañaba a dar una vuelta con el niño como si fuéramos marido y mujer. Cualquiera que hubiera visto paseando y riéndonos por la calle, jamás hubiese dicho que él era mi tío y yo su sobrina.
Al llegar a casa mientras me ocupaba del niño, mi tío preparaba la cena como un matrimonio más. La diferencia llegaba cuando a la hora de ir a la cama, Manuel se dirigía a su cuarto, dejándome sola en mi habitación. Sin darnos cuenta, pasé a formar parte de su vida y poco a poco, la barrera que suponía el hecho de ser la sobrina de su esposa, se fue diluyendo a base de pequeños detalles.
Un roce aquí, una caricia allá. Manuel se comportaba como un crío, tanteando mi interés pero con miedo a ser rechazado. Mientras tanto, yo estaba cada vez más enamorada y más decidida a qué ese hombre fuera mío.  Empecé a vestirme con camisones sugerentes, mientras cenábamos. Sé que mi tío se dio cuenta pero por las miradas que echaba de vez en cuando a mi escote, comprendí que no le importaba.
La manera en que me miraba no era la de un familiar y no queriendo prolongar esa absurda situación en la que ambos deseábamos ir más allá, una mañana aproveché que estaba desayunando para dejar caer mi café sobre mi camisón. Al oírme gritar, se levantó de su silla y cogiendo una servilleta, me ayudó. Juro que me encantó sentir por vez primera sus manos sobre mis pechos, aunque solo fuera para secar mi ropa.
-¿Te has quemado?- preguntó viendo que mordía mis labios.
Incapaz de confesarle que lo que realmente estaba ardiendo era mi entrepierna, separé la mojada tela de mi escote y poniendo cara de dolor, contesté:
-Un poco, ¡Me escuece!
Mi tío se quedó fijamente mirando los abultados pechos que disimuladamente mostré y casi temblando, se separó de mí. Os confieso que me encantó descubrir que su pene se había puesto duro, bajo su pantalón y prolongando su embarazo, le pedí que me trajera una crema.
Manuel obedeció mi ruego y buscó en el botiquín algo contra las quemaduras. Al dármela, haciendo como si realmente me urgiera, me empecé a untar con ella los senos. La cara de deseo que puso al ver como esparcía el ungüento por mis pezones, me convenció de que faltaba poco para ser suya.
El siguiente paso a que por fin sustituyera a su esposa por completo, lo dio Manuel después de cenar.  Estábamos viendo la tele cuando escuché por el micro que el bebé lloraba en su cuna. Levantándome le informe:
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-Tiene hambre.

Y fue entonces cuando medio avergonzado, me pidió que le diera de mamar frente a él:
-Te parecerá escandaloso pero me gustaría ver como lo hace.
Me quedé paralizada pero con el coño encharcado, al imaginarme a mi tío contemplando la escena. Tras unos momentos de confusión, fui a por el niño y volviendo a sentarme en el sofá, me saqué un pecho y dejé que mamara mientras Manuel no se perdía detalle de cómo lo hacía. Sentir su mirada mientras el crío se aferraba a mi pezón, me fue calentando y por eso tuve que reprimir los gemidos cuando al cabo de cinco minutos, me corrí en silencio. No hizo falta que me tocara, la caricia de sus ojos sobre mi pecho fue suficiente para que me fuera excitando y mordiéndome los labios, llegara a un dulce y tierno orgasmo. El bulto que se escondía bajo su pantalón, me confirmó que él también se había visto alterado pero bien por el duelo que todavía sentía o bien los prejuicios de que yo fuera su sobrina, evitaron que diera el siguiente paso.
Con el bebé con el estómago llenó, me cerré la camisa y le llevé hasta su cama. La vergüenza de haberme corrido frente a él, me llevó a encerrarme en mi cuarto y sacando mi consolador del cajón donde lo guardaba, me masturbé pensando en ser suya.
Todo se acelera.
A partir de esa noche, se convirtió en un ritual que al terminar de cenar fuera a por el niño y que en presencia de mi tío le diera el pecho. Ambos sabíamos lo que ocurriría a continuación. Manuel se sentaría frente a mí y se pondría a observar cómo desabrochándome el vestido dejaría caer un tirante, tras lo cual,  cogería mi pecho y mirándole a los ojos, pondría mi pezón en la boca del  bebé.
Todas y cada una de esas noches, me excité al sentir la caricia de su mirada y en silencio me corrí mientras él me veía hacerlo cada vez más alterado. Ninguno jamás comentó nada de lo que sucedía y siguiendo el guion de ese acuerdo tácito, al terminar de mamar me levantaba y me iba corriendo a mi cuarto. Sé que Manuel se debía suponer que era lo que yo hacía posteriormente pero nunca dijo nada aunque en sus ojos era evidente la atracción que sentía por mi cuerpo.
Ya no me escondía. En cuanto se iba el servicio, desaparecía mi ropa de niña buena y me quedaba casi desnuda, en su presencia. Había decido a  seducirle pero por mucho que me exhibía ante él y comprobaba en su mirada, que me deseaba, no se decidía. Sabiendo que era una guerra en la que tenía que hacer que mi amado enemigo se fuera olvidando de su mujer, no desesperé.
“¡Serás mío!”
Fue una noche cuando Manolito se puso a llorar pidiendo su leche  y en la que como estaba realmente cansada no me enteré, cuando todo se aceleró. Al oír los gritos del crío, mi tío se despertó y entrando en mi cuarto con él en sus brazos, me lo acercó. Estaba tan dormida que le cogí al niño y tumbada en la cama, me puse a darle de mamar.
Su padre, sin pedirme permiso, se tumbó a mi lado y mirando cómo el crío se aferraba a mi teta, con voz tierna, me dijo:
-Es precioso.
Sonreí al verle apoyar su cabeza en la almohada y sin importarme su presencia, terminé de alimentar al bebé.  Después de cambiarle el pañal, me giré y descubrí que Manuel se había quedado dormido y decidida a no desaprovechar la oportunidad, me tumbé junto a él. Mi tío no se enteró y siguió durmiendo, por lo que pude pegarme a su cuerpo que era lo que llevaba meses deseando.
No sabía cuánto tiempo pasó pero de repente, noté que me abrazaba y mee acariciaba suavemente el cabello. No queriendo romper ese momento, seguí haciéndome la dormida, disfrutando de su caricia. Sus dedos se fueron deslizando por mi melena e intentando no despertarme, se separó un poco. Como si siguiera soñando protesté y me pegué a él con los ojos cerrados. Al sentir su pene ya duro presionando contra mis nalgas, me creí morir pero me mantuve quieta para no descubrir que estaba despierta.
Mi tío se mantuvo expectante durante unos segundos y entonces, noté como separaba la parte de arriba de mi camisón.  No queriendo asustarlo, no me moví. Deseaba darme la vuelta y dejar que me hiciera suya pero no debía anticiparme. A los pocos minutos, volví a notar sus manos abriendo mi bata. Excitada, mantuve los ojos cerrados mientras su mano se deslizaba por mi escote y suavemente abarcaba mi pecho.
El pezón que dos horas antes había dado de mamar a su hijo, recibió su caricia ya duro. Tuve que morderme los labios para evitar que un aullido saliera de mi garganta pero no pude evitar que mi cuerpo temblara de deseo levemente. Y cuando sentí que presionando su pene contra mi culo, Manuel empezaba moverse un poco, creí morir de felicidad.
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La calentura que recorría su cuerpo le hizo ser menos precavido y aunque temía que me despertara, me agarró una teta mientras un gemido salía de su garganta. Para entonces, mi corazón parecía salirse de mi pecho: quería darme la vuelta y decirle que me hiciera suya pero el miedo me lo impidió. Pero al sentir que bajando su mano, me levantaba el camisón dejando mi culo al aire y sus dedos acariciando mis nalgas, no pude más y pegándome a él, suspiré de placer.
Asustado, se separó de mí y salió de la cama. Comprendiendo que nunca se volvería a sobrepasar si dejaba que se fuera, me incorporé y le pedí:
-Manuel, ¡No te vayas!
La sonrisa de mis labios y el amor con el que le miré, terminó de barrer sus prejuicios y volviendo a mi lado, me besó. Abrí mi boca y deje que su lengua jugara con la mía, mientras una de sus manos me acariciaba los senos. Ya lanzada, me terminé de desnudar y poniendo mi  pecho en su boca, dejé que el padre mamara como su hijo había hecho tantas noches.
-¡Te quiero!- exclamé al sentir su lengua en mis aureolas.
Si cuando el bebé se alimentaba, mi cuerpo se estremecía de ternura, al notar la boca de mi tío succionando de mis pechos, me volvió loca y pegando un grito, le imploré que necesitaba ser suya. El que hasta ese momento me consideraba su sobrina dejó que su mano se fuera deslizando por mi piel hasta llegar a mi trasero. Al sentir sus yemas acariciando sin pudor mis nalgas, noté que mi coño rebosaba de placer y pegando su sexo al mío, insistí en que me tomara.
Manuel al ver mi necesidad, sonrió y con delicadeza separó mis rodillas. Consciente de que no había marcha atrás, me miró como pidiendo permiso. Confirmé mi disposición con mi mirada, tras lo cual mi querido y amado tío, se agachó entre mis piernas.
Suspiré al sentir su lengua aproximándose a su objetivo y como una cerda en celo, le rogué que se diera prisa. Acostumbrado a su esposa y conociendo que una mujer disfruta más cuanto más lento la aman, contrariando mis deseos, se entretuvo jugueteando con los bordes de mi botón antes de conquistarlo. Completamente cachonda, presioné con mis manos su cabeza forzando el contacto de su boca contra mi entrepierna. Al percibir mi calentura, decidió prolongar mi sufrimiento y ralentizando sus maniobras, incrementó mi angustia:
-Te lo ruego: ¡Fóllame!- grité fuera de mí- ¡Me urge ser tuya!
Fue entonces cuando compitiendo con su boca, mis dedos se apoderaron de mi clítoris y me empecé a masturbar. Con su meta ocupada, me penetró con la lengua y saboreando mi flujo, se percató  de que estaba a punto de correrme. Decidido a explotar mi excitación, pasó un dedo por mi esfínter y lo empezó a relajar con suaves movimientos circulares. Al experimentar el triple estímulo, no resistí más y retorciéndome sobre las sábanas, llegué al orgasmo dando tantos alaridos que temí que mis berridos despertaran al bebé.
-¡Me corro!- aullé como posesa.
Azuzando mi deseo, terminó de introducirle su dedo en mi culo mientras usaba su lengua para recoger parte del fruto que manaba de mis interior.
-¡No puede ser!- chillé al sentir que una a una mis defensas se iban desmoronando ante su ataque y temblando sobre la cama,  dejé un charco, señal clara del éxtasis que la tenía subyugada.
Metiendo y sacando su lengua de mi interior, El tío consiguió una victoria aplastante y solo cuando con lágrimas en los ojos le supliqué me  tomara, solo entonces, cogiendo su pene entre las manos, y mientras miraba a los ojos, forzó mi entrada de un solo empujón. Ni siquiera le hizo falta moverse: al sentir mi conducto ocupado y su glande chocando contra la pared de mi vagina, me corrí y clavando mis uñas en su espalda, le exigí que me follara.
-¿Te gusta sobrina?- preguntó al sentir mi flujo recorriendo sus piernas.
-Siiiiii, ¡Tío! Llámame como quieras pero ¡No dejes de follarme!- ladré convertida en perra.
No tardó en hacerle caso y dando a sus caderas una velocidad creciente, apuñaló sin descanso mi sexo. Dominada por la lujuria respondí a cada incursión con un gemido, de forma que mi cuarto se llenó de mis gritos.
-¡Dios! ¡No pares!- chillé.
La entrega que le demostré, rebasó en mucho sus previsiones y viendo que estaba a punto de eyacular en mi interior le pedí que no lo hiciera porque podía quedarme embarazada.
-¿No es eso lo que quieres?- pregunté pellizcándome un pezón- ¿No te gustaría darle un hermano a Manolito?
-¡Sí!- le grité y obviando el escándalo que provocaríamos si me preñaba, dejé que sembrara mi fértil sembrado con su simiente.

 

Mi último orgasmo, el más intenso, coincidió con el suyo. Mi coño se convulsionó alrededor de su polla, la cual sin la debida protección lanzó dentro de mí cañonazos de placer. Agotada y sin poder moverme, me quedé abrazada a mi amado tío, mientras mi mente soñaba con que me hubiese dejado embarazada.
 
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