Pasé un tiempo acariciando a mis dos flamantes yeguas.

Sin títuloManoli me daba buen sexo, con carácter y dedicación. No quedábamos muchas veces y manteníamos con recelo nuestros secretos encuentros. Ella buscaba gustarme, no me era muy difícil darme cuenta de ello. Eso me hacía sentir a gusto y generoso con aquella hembra. Al fin de cuentas, las pocas veces que quedábamos, nos entregábamos con dedicación.

Mi madre me daba amor. Esa era la palabra, amor. Cuando acudía a sus brazos me recibía con el alma abierta y me entregaba su dulce y maduro cuerpo. Lo hacía con naturalidad y nunca me dejaba indiferente. Sus amplios senos llenaban mi paladar y mi tacto de gloria. Su forma de subirse encima me dejaba agarrado al abismo, haciendo fuerzas por no correrme, Pocas veces tomaba la iniciativa con ella. Pero poco a poco fui entendiendo como imponerme a ella.

Con mamá todo era cómodo y placentero. Era fácil dejarse llevar y engancharse a sus regazos. Ella parecía feliz, y no intuía que el hecho de ser su hijo le importara.

El buen sexo que me otorgaban aquellas dos fenomenales yeguas me hizo estar mejor en casa. Me centré más en mi familia y el trabajo. Hasta empecé a disfrutar algo más del sexo con mi mujer. Mi madre y mi cuñada me hacían saciar la mente enferma e incontrolable; lo cual se traducía en una mayor estabilidad emocional. El león estaba amansado.

Pasaron un par de años con esta calma. Manoli, emocionada aun por haberme ayudado con mi madre, me pedía constantemente poder asistir a una sesión de sexo con ella, y si ambos queríamos contribuir. A veces se desataba y lo pedía con insistencia; todas esas veces tuve que contenerla y pedirle sentido común. Mi madre la conocía, se suponía que todo era un inmenso secreto. No quería hacer nada que pusiese en peligro todo aquello y mi integridad como cabeza de familia.

A veces también me preguntaba por mis futuras yeguas. Mi cuñada era mi confidente. A ella le fui sincero desde el principio, en mi deseo de acostarme con cuantas más mujeres “prohibidas” mejor. Le dije que las llamaría mis yeguas, y que ella, mi cuñada, era la primera de todas. Lejos de sentirse usada le gustó, y gracias a ella pude conquistar a mi segunda yegua: nada menos que mi madre. Había apuntado tan alto que tuve suficiente durante más de dos años. Pero un familiar escozor me empezaba a venir con mayor asiduidad cada vez. El ser guarro, maldito, insaciable, prohibido, que habitaba en mi interior empezaba a pedirme más. Era el momento de conquistar y domar a una tercera yegua. Tenía varias candidatas en mente, y con alguna de ellas Manoli podía ser parte definitiva, nuevamente, en el proceso de amaestramiento.

Físicamente me encontraba muy bien. Había intensificado mis visitas al gimnasio. Mi cuerpo estaba fuerte y los músculos se dejaban ver algo marcados. En la cama era un toro, aguantaba bastante bien las envestidas y podría estar mucho tiempo sin cansarme. Sobre todo en mis segundos polvos, una vez superada la calentura del primero. En ellos era donde verdaderamente me había creado la fama de buen amante y de bestia en la cama. A veces estaba hasta media hora sin dejar de follar, constantemente. Mi madre decía que ella buscaba amor y pasar ratos íntimos con su hijo, pero cuando alcanzaba ese punto sentía como se estremecía y se derretía bajo mis músculos y empuje. Notaba como realmente le encantaba esa forma salvaje de follarla, y gemía como una puerca; realmente como la puerca que es.

Y era, precisamente, esa confianza en la cama, y lo bien que me encontraba físicamente, lo que me hacía estar decidido a ir a por una tercera yegua, y lo que me hacía pensar que todo era posible, que siempre habría opciones de conseguir el objetivo, por difícil y extraño que fuera. Si se hacía bien, hasta un no era salvable psicológicamente. Pero siempre se asumían riesgos. Cuando uno tiene muy claro a quien quiere follarse, si no está dispuesto a arriesgar y a mirar cara a cara al peligro, nunca lo conseguirá.

Una mañana me desperté empalmado después de un dulce sueño. En ese momento tuve claro que mi tercera yegua sería la protagonista del sueño: Sara, la hija de Manoli. La sobrinita de mi mujer había cumplido los dieciocho hacía poco tiempo. Desde que tenía dos años menos ya era una mujer de bastante buen ver. Morenaza de curvas generosas, pechos amplios y una bella y morena mirada tímida. De hecho siempre fue la yegua que más tuve en mente. En su día decidí esperar hasta que cumpliera la mayoría de edad, y ahora, como un grupo de bisontes desbocados, Sara vino a mi mente sin retorno.

Estuve todo un día pensando en cómo podría intentarlo. No encontré forma fácil de hacerlo. No es igual buscarle las cosquillas a mujeres maduras, con falta de sexo en su vida, que a una joven recientemente mayor de edad, pero con una inocencia aparente más propia de una adolescente quinceañera.

Llegué a la conclusión que era un reto más difícil y delicado que incluso el de mi propia madre. Eso no me desanimó, al revés. Quería intentarlo, y quería conseguirlo; no podría flaquear. Un pequeño traspiés y mi vida se podría ir al garete.

Decidí que no podría hacerlo solo. Necesitaba ayuda de alguien. Me costaría mucho trabajo decirlo a su madre. Pero era la única opción, o me ayudaba Manoli o jamás tendría a Sarita entre mis yeguas.

Tras un polvo entre semana con manoli, en casa de mi madre (ausente entre semana por trabajo en una ciudad vecina). Decidí comentarlo…..

–        Manoli, he pensado que quiero seguir indagando en mi sexualidad. Quiero dar un paso más, tengo en mente a una posible yegua que me colmaría.

–        ¡Guau!, ¡por fin te has decidido!. Dime, ¿de quién se trata?

La miré dubitativo. Ella esperaba sonriente, estaba muy guapa con su teñido pelo rubio cayendo sobre su frente.

–        Se trata de Sara….. tu…. Hija

Su sonrisa se congeló. No supe entender si el arqueo de labios denotaba furia o excitación. Hubiera jurado que ambas cosas a la vez. Tardó en reaccionar más de lo que esperaba.

–        Vaya, cuñado, parece que vamos a tener que matarte antes de que te folles a toda tu familia. ¿por qué demonios tienes que meter a Sara en esto?

–        Sé que no es fácil, pero siempre he sido sincero contigo. Cuando aceptastes ser mi primera yegua no se te veía precisamente apesadumbrada. Ni cuando llevastes a mi madre a mi polla. Ahora has de aceptar que me apetece una chica como tu hija. Es maravillosa. Si tuviera su edad estaría enamorado de ella. Es guapa, morena, y no tiene mal cuerpo…. Ni mucho menos.

–        Ella es mayor de edad, no soy quien para obligarte nada.

–        Espero contar con tu ayuda.

–        De eso nada, cabronazo.

Eso último lo dijo fría y seria. Se levantó y se vistió a toda prisa. Yo la observaba en silencio desde la cama, no iba a intentar convencerla, me parecía lógico. Estaba en su derecho de no querer llevar a su hija a la cama de un cabrón como yo.

Cuando se hubo vestido se dispuso a irse. Pero en la puerta de la habitación se quedó parada en seco. Se dio la vuelta y me miró a los ojos. Intenté analizar su expresión: de nuevo furia y excitación.

–        Está bien, te ayudaré. ¿es lo que quieres?, ¿Qué tus yeguas sean buenas contigo?

–        Sería un honor.

–        Pero…….

–        ¿Pero?

–        Si yo hago esto por ti tú tendrás que hacer algo por mí, dos cosas.

–        Soy todo oídos.

–        La estabilidad de mi familia está en juego. Si de verdad quieres que sea partícipe de la locura que me planteas, deberás abandonar a tu familia. Me sentiré mucho mejor si te hundes. Deja a tu mujer y esta yegua se comprometerá más aun.

Me quedé perplejo. Jamás hubiera esperado que me pidiera eso. Me incorporé y me senté en la cama. Mi mente no bullía, no era capaz de pensar. Por un momento tuve la tentación de abandonar el barco y volver a mi casa. Pero no podía pensar.

–        Está bien. Cuenta con ello. Dame tiempo. ¿Cuál es la segunda exigencia?

–        Que me dejes participar en una sesión con tu madre.

Me sentí tan excitado como violado. Manoli empezaba a tomar cartas en el asunto de una forma que jamás habría aceptado. Pero la dulce Sara era quien mandaba.

–        Me parece fantástico, amor. Pero también necesitaré algo de tiempo.

–        No, será este fin de semana. Todos los fines de semana os veis. Ocurrirá el domingo por la mañana. Mi hijo tiene partido a las once y mi marido va a acompañarle. Desde las diez hasta las dos tendré tiempo. Lo haremos ahí.

–        Mi madre te conoce, ella piensa que lo nuestro es secreto, ¿crees que aceptará?, se morirá de vergüenza.

–        Ese no es mi problema. Hasta el domingo. A las diez de la mañana te llamaré, estaré andando cerca de aquí. Si me dices que suba tendrás a tu yegua feliz y estarás más cerca de mi hija. En caso contrario olvídate de ella.

Mi polla estaba demasiado caliente para pensar. Un puto trío con mi cuñada y mi madre era una de las cosas que más me excitaban. Tan excitante que jamás había pensado en ello antes de mi transformación, en una de mis múltiples pajas.

–        Esta bien. Llámame el domingo a las diez. Veré qué puedo hacer.

Cuando se fue me quedé pensando. Al rato me vestí y fui a mi despacho, donde se suponía que tendría que estar. Desde allí llamé al móvil de mi mujer. Le dije que de nuevo habría congreso el fin de semana. Me iría el sábado y volvería el domingo por la noche o el lunes por la mañana. Ella, acostumbrada a mis ausencias, asintió con neutralidad.

Luego llamé a mi madre. Este sábado pasaría toda la noche con ella, pero se suponía que estaría trabajando a quinientos quilómetros de distancia. Ella me besó a través del teléfono. Contaría las horas hasta el sábado por la noche, de eso no me cabía duda.

Dejé las maletas de viaje en el armario de entrada de la casa de mi madre. Nos saludamos dándonos sendos besos en las mejillas. Nuestra relación era muy normal fuera de la cama. Madre e hijo. Nunca nos besábamos fuera de ella y nunca nos acariciábamos. Pero cuando nos íbamos a la cama nos transformábamos. En ese momento mi madre dejaba de serlo y se convertía en hembra, hambrienta y caliente, gustosa del buen sexo.

Tras el saludo me disculpé para darme una ducha. Ella estaba cocinando verduras. Siempre hacía comida poco pesada y en poca cantidad, cuando íbamos a comer o cenar juntos y había la intención de tener sexo después. Le gustaba sentirse bien para rendir en la cama. Yo estaba hambriento pero me pareció bien la cena.

Escondí las pastillas. Recomendadas para poner a una mujer muy caliente. Las mejores del mercado negro, según me dijo un amigo que de vez en cuando las pasaba. Me las dejó a mitad  de precio. Por la mañana le pondría dos en el café del desayuno. La necesitaba plena y desmadrada de ganas de follar, era la única opción de admitir a Manoli. Aun así no las tenía todas conmigo.

Me puse chándal de estar por casa y camiseta de manga corta. Debajo nada. El mes de abril estaba siendo más caluroso de lo esperado, auque rara era la semana que no llovía durante todo un día entero.

Mi madre se fue a dar una ducha mientras yo ponía la mesa, la cena ya estaba cocinada.

Apareció lista para comer. Se había puesto camisón de dormir. Color verde apagado Era sedoso y dejaba un pequeño escote elegante. Le llegaba por las rodillas. Al sentarse, a mi lado, cruzó las piernas y me dejó ver sus cortos y regordetes muslos. Estaba perfectamente depilada y olía a perfume de vainilla.

–        El perfume que usas es nuevo, ¿verdad?

–        Sí, jaja, pensé en que podría agradarte que oliese de forma diferente.

–        Me recuerda al que usaba mi primera novia.

–        ¿Ah sí?. Cenemos y luego me dirás si me sigo pareciendo a ella cuando nos acostemos.

–        Jajaja, cómo eres, ya te digo que no te pareces en nada.

–        ¿Para mejor o para peor?

–        Madre solo hay una.

–        Te quiero hijo.

–        Y yo.

La cena concluyó. Habíamos estado hablando sobre trivialidades. Me había quedado con hambre, pero mejor así; yo también rendía mejor con el estómago vacío. Me disculpé para lavarme los dientes. Ella hizo lo mismo.

Al salir de ambos baños nos encontramos en el pasillo, en la puerta de los dormitorios. Lo hicimos con mucha naturalidad, como si ambos ya conociéramos el procedimiento a la perfección. Ella entró en su dormitorio y yo fui tras ella. Nos acostamos como un matrimonio, cada uno en su lado. Yo descorrí la cortina para dejar entrar la luz de la farola que teníamos justo al lado del balcón.

Me quité el pantalón y me metí en la cama. Era amplia y las sábanas olían a nuevas. Ella se quitó los pendientes y el collar con el que había comido y se tumbó a mi lado.

Yo estaba desnudo de cintura para abajo y solo me tapaba con la sábana. Estaba muy empalmado y con ganas. Ella a veces miraba el bulto sobre las sábanas.

–        Bueno hijo, buenas noches. Gracias por quedarte de nuevo con mamá a dormir.

–        Es un placer. Me agrada mucho tu compañía.

Ella se volcó un poco sobre mi y me besó en las mejillas. Una mano suya me acariciaba el torso sobre la camiseta.

–        ¿No tienes calor?

Me la quité sin decir nada y me arrimé más a mamá. Ella entonces me besó en los labios. Su lengua recorrió mis pechos y mi abdomen. Apartó las sábanas y mi polla salió de un brinco. Enorme y juguetona.

–        vaya madre, siempre me la pones así.

–        Que feliz me haces.

Sonrió con los labios cerrados y la agarró. La masajeó lentamente mientras se iba deslizando hacia la parte baja de la cama. Sus labios recorrieron mi vientre y las tabletas del abdomen. Se acomodó a mis pies y deslizó su lengua por los huevos. Los mordió. A continuación recorrió toda la polla con su lengua. Lo hizo muy despacio hasta llegar al capullo. Echó el pellejo totalmente hacia atrás y se lo metió en la boca. El capullo se la llenó entera. Me miraba mientras movía su lengua. Luego se la sacó y me miró complacida. No era para menos, una enorme polla se desplegaba en todo su esplendor ante ella. Su madura mirada se llenó de anhelo y melancolía. Normalmente me decía cosas cariñosas mientras me la comía y al principio de la follada. Pero esa noche no dijo nada, solo me miraba con amor.

Su boca no avanzaba hasta mucho más de la mitad en cada embestida de la mamada. Lo hizo de maravilla, como siempre. Nunca detuvo el ritmo. Cuando no la comía la masturbaba fuerte, mirándome. Ríos de placer recorrian mi cuerpo. Noté como los huevos fabricaban semen a mansalva y lo empujaban hacia arriba. Estaba muy caliente.

–        Mamá….. creo que…… me viene

–        Tssssssssssss

Se colocó mejor y se la metió en la boca mientras la masturbaba. Sus labios se apretaban en torno al capullo, ahora solo la comía hasta un poco más allá de él. Centrándose en la zona donde más gusto me daba. Su lengua no paraba de pasar por el capullo, como pidiendo que saliese ya el semen. Cuando me vino empezó a masturbarme el capullo con más fuerza, con la boca, siempre y solo con la boca. Se colocó con los brazos abiertos, apoyada a ambos lados de mis caderas y recibió el semen apretando la boca ante la polla erecta que se conectaba con sus labios. Lo tragó todo, o al menos esa impresión me dio. Luego me la limpió con delicadeza. Dándole besos y pasando con cuidado su lengua  por el contorno, lamiendo las últimas gotas en caer.

Luego se tumbó a mi lado y esperó a que me recuperase.

–        ¿te has quedado bien?

–        Uf, demasiado bien. Me has vaciado mamá.

–        Pero… ¿quieres ya dormir?

–        No, antes quiero darte lo tuyo.

–        Eso es lo que quería oir, mi vida.

Su gesto dulce se deshizo y ante mí brotó la hembra guerrera que mi voluptuosa y madura madre llevaba dentro. Me incorporé y la desnudé con violencia. Le rompí el camisón. Su cuerpo se quedó completamente desnudo. Sus pechos amplios y caídos

, sus muslos cortos y regordete, su amplio y hermoso trasero y caderas de diosa.

La abrí de piernas y le comí su cuidado coño. Mi lengua jugó con su clítoris y mis dedos entraban en su amplio y muy húmedo boquete. Mi polla regresó por completo. Me sentía al cien por cien. Esa hembra merecía ser montada de forma ejemplar. Gran yegua.

Se abrió de piernas y entré como un torero al toro que va a matar. Se la clavé rápido y eficaz. Me encantaba como entraba mi polla en ese coño. La tenía enorme, se la clavé hasta los huevos y ella chilló de excitación.

–        Fóllame nene

Pam pam pam. La cama daba porrazos contra el respaldo. Ella cerraba los ojos en cada penetración. Al final de cada cual sacaba la polla entera para volverla a meter. El ritmo no era excesivo. Estuvimos así un rato, sintiéndonos la piel. Es muy gustoso el roce del coño de mi madre cuando tengo la polla verdaderamente enorme, como aquella noche.

Al rato se dio la vuelta y se colocó en la posición del arco. Su cara muy pegada a la almohada y el culo lo más levantado posible. La luz de la farola iluminaba su cuerpo. Menuda yegua, menuda hembra, vaya madura tengo aquí toda para mí.

Me subí en su culo y me escupí en la mano. Se la pasé por ano y coño. Mi madre se movía balanceando el culo de lado a lado mientras giraba la cabeza para mirarme de reojo, pidiendo guerra.

Se la metí en el coño y la taladré con fuerza. Aguanté mucho tiempo la follada. La tenía bien agarrada por la cintura. En ese momento la vi débil y accesible, sentía que podía hacer con ella lo que quisiera. Le agarré con más fuerza y se la clavé en el culo. Me subí más encima y le presioné en la nuca hundiéndola más en la almohada. Le follé el culo con fuerza, ella no decía nada, se dejaba hacer con total entereza. Una puta ejemplar. Sus chillidos dejaron de ser de excitación y dejaron entrever dolor. Se la saqué y la liberé de la opresión. Se quedó jadeante boca arriba. Yo me tumbé a su lado. Se giró hacia mí y me acarició los músculos brillantes por el sudor.

–        Ese es mi macho

Se subió y cabalgó. No era muy elegante en esa postura pues le costaba mantener el ritmo víctima del cansancio. Así que la agarré y la taladré desde abajo. Ella acompañaba la brutal follada con un jadeo constante y estridente. Como un borrego al que están degollando.

Estaba exhausta y mi pene aun tenía más saque. El pedí más y se abrió de patas de nuevo.

–        Acaba aquí, mi amor.

Al entrarle sus brazos me abrazaron tras la nuca y sus piernas se enroscaron en mis caderas. Ahora me miraba fijamente con una luz especial en los ojos; una madre orgullosa de su hijo.

La follé de menos a más, ella fue descolgándose de mí y acabó despatarrada y mordiendo la almohada. Al rato me vino y me corrí dentro.

Nos dimos las buenas noches con la naturalidad de una madre y un hijo. Me fui a dormir a mi habitación.

A las ocho de la mañana sonó el despertador. Me di una ducha y preparé el desayuno.

Media hora más tarde irrumpí en la habitación de mi madre con una bandeja con tostadas, zumo de naranja y una amplia taza de café, en la que acababa de diluir dos de las pastillas que debían ponerla como una moto.

Pensé que tal vez no debía haberla follado tanto la noche anterior. Podría no tener demasiadas ganas y las pastillas no resultar efectivas. Yo siempre tengo ganas, así que por mí no habría problemas. Además, la expectativa de Sara era suficiente como para que mi polla hirviese de ganas y deseo.

Desayunamos y luego mi madre se duchó.

Me puse a recoger la cocina. Mi amigo me dijo que en una hora las pastillas harían todo su efecto, y este se mantendría durante varias horas seguidas.

Cuando recogí toda la cocina miré el reloj. Ya había pasado una hora desde que se tomó el café. Justo en ese momento apareció, con el pelo mojado de la ducha, y vistiendo con el camisón de la noche anterior. Eran las nueve y media pasadas.

Se avalanzó sobre mí. Mi plan estaba en marcha.

–        ¿Vienes a la cama un rato?.

–        ¿Ahora?. Más tarde. Has tardado mucho en la ducha.

–        Me he dado un baño.

Su mirada era diferente, se refregaba contra mí y me besó con lengua.

–        Mama tiene muchas ganas de su nene.

–        Vaya, veo que vas a por todas este fin de semana. ¿Quieres irte bien complacida  de aquí verdad?.

–        Quiero que metas tu pollón en mi coño y lo revientes a follar.

No esperaba esa salida. Miré el reloj de reojo. Las diez menos cuarto. Era el momento.

La levanté en brazos y la tumbé sobre su cama. Le aparté el camisón y empecé a comerle el coño de la mejor manera que sé. Ella se retorcía como una serpiente. Su sexo dejaba emanar ríos de flujos; estaba verdaderamente caliente. Las pastillas habían funcionado a la perfección. Aguanté comiéndoselo hasta que sonó mi teléfono móvil.

–        ¿Quién es nene?

–        Ups, es Manoli, mi cuñada.

Descolgué el teléfono y me fui para hablar al salón. Le dije que había posibilidades, que subiera. Regresé a la habitación, ella estaba de rodillas pidiendo mucha guerra.

–        Dame tu polla amor

–        Lo siento, Manoli dice que tiene que verme; dice que está por el centro y que le ha surgido un problema. Le he dicho que estoy aquí. Va a subir

–        Joder.

Se vistió rápidamente. Pantalón vaquero verde y camisa de manga corta, con motivos florales.

Manoli llamó al timbre y le abrí.

–  Mama, ¿recuerdas a Manoli?

–  Sí, por supuesto. Qué tal estás

– Muy bien. Bueno realmente no lo estoy tanto. Tengo que hablar contigo.

Esto último me lo dijo a mí. Mi madre la invitó a pasar y preparó café con pastas para todos. Fui a la cocina para ver si seguía con ganas. Su mirada era diferente.

–        Lo siento, no sabía decirle que no estaba aquí en tu casa. Me preocupó su tono de voz.

–        Despáchala pronto, tenemos un asunto pendiente. Hijo de la gran puta.

Sin duda no era mi madre. Eso me animó. Le ayudé a llevar las bandejas al salón. Manoli estaba sentada en el sofá (metida en su papel, el cual acordamos el día anterior). Mi madre sirvió café y nos sentamos con ella en el sofá. Me dirigí a ella. Vestía un provocativo vestido corto.

–        Es mi marido, estamos divorciándonos. Por favor, no se lo digas a nadie. No sabía a quien acudir, al pasar por casa de tu madre pensé en ti y te llamé. Ha sido una agradable sorpresa el saber que estabas aquí.

Yo me coloqué junto a ella y le acaricié la rodilla y los muslos. Le miraba los pequeños pechos aprisionados en el vestido. Quería que mi madre se diera cuenta que mi cuñada me atraía, quería que fuera evidente; el tener que consolarla era una ocasión magnífica para arriesgar en el plan. Se suponía que mi madre estaba bajo los efectos de una droga, nada era normal en esa situación. Era el momento de dar todo o nada.

–        No te procupes, estoy aquí para lo que quieras, cuñada.

–        ¿Lo dices en serio?

–        Sí

Entonces me besó. Su lengua se metió en mi boca con mucha decisión, como si hubiera olvidado que mi madre estaba delante. La noté nerviosa, sin duda le estaba costando mucho hacer eso, el plan le tendría que poner demasiado para estar ahí diciendo mentiras y haciendo el ridículo.

Le sostuve el morreo y le acaricié los pechos. Luego me aparté fingiendo estar molesto.

–        Cuñada, creo que te equivocas

–        Por favor, necesito olvidarlo todo un poco.

Miró a mi madre.

–        ¿me prestaría su cama para follar con su hijo?

Mi madre estaba colorada. No tenía cara extrañada, todo lo contrario. Cuando nos miraba es como si mirase al infinito.

–        Por supuesto. Faltaría más. No quisiera…

Intervine indignado:

–        Es una locura, Manoli, sal de la casa ahora mismo.

Me levanté indicándole la puerta y dejando mi paquete justo ante ella. Ella, como habíamos acordado, la sacó y empezó a mamarla. Yo me dejé caer sentado en el brazo del sofá y ella se incorporó de rodillas sobre el asiento. Mi polla estaba enorme y ella le dio una mamada monumental. Entonces miró a mi madre.

–        Espero que no le importe. Su hijo tiene una polla tan deliciosa……

Ambos la mirábamos.

–        En absoluto.

Miraba mi polla encantada. Sonrió un poco. Manoli vio la puerta abierta y me levantó. Me llevó a la cama de mi madre y empezamos a follar. Mi madre, como esperábamos, nos siguió. Manoli se levantó y se acercó a ella. No le dijo nada, solo la besó y la desnudó poco a poco. Mi madre se dejaba hacer.

–        Vamos señora, sé que usted se lo folla todos los fines de semana. Yo también lo hago a menudo. Dice que somos sus yeguas. No tiene nada de lo que temer, soy tan discreta como puta. Venga y pasémoslo bien.

Mi madre se dejó hacer sin decir nada. Ambas se liaron en mis narices, sobre la cama. Yo las observaba masturbándome alrededor de la cama. Luego entré de nuevo.

Me la comieron al unísono y me cabalgaron por turnos. Las tres veces que me corrí, lo hice sobre ellas.

A la una y cuarto de la tarde yacíamos desnudos y acalorados sobre la cama. Yo en medio y mis yeguas a cada lado. Charlamos un rato sobre todo aquello. Mi madre lo aceptó todo muy bien y Manoli se lo agradeció comiéndole el coño y las tetas por última vez. Después se disculpó, a las dos tendría que estar en casa.

La acompañé hasta la puerta para despedirla. Cuando me despedí me dijo susurrando:

–        Ya has cumplido. Cuenta con mi hija. No es necesario que te divorcies. Te quiero.

Se marchó meneando las caderas y taconeando como una puta. Me encantaba verla así, orgullosa de ser mi yegua. Sabe que si se porta bien siempre tendrá mi polla y mi forma brutal de follar. Le encanto, lo sé; pero ella me encanta mucho más a mí.

Mi madre se vistió y me llevó de nuevo a la cama. Me hizo follarla fuerte un rato más. Sin duda los efectos de las pastillas iban dándole los últimos efectos. Cuando cesamos me miró, de nuevo era ella.

–        Gracias por hacerme partícipe de esto. Me sabes hacer feliz. Mi discreción será total y mi dedicación a ti, cuando me lo pidas, será eficaz y absoluta. Quiero ser tu mejor yegua, o al menos quiero que estés orgullosa de mí. Te quiero, nene.

Esa noche dormí feliz, todo había salido a pedir de boca. Ahora mis dos yeguas estaban más agradecidas y entregadas a mí que nunca. Me gustaba el giro que estaba dando mi madre; la quería más puta que madre y lo estaba consiguiendo.

Pero el agradecimiento de Manoli me iba a dar el regalo más maravilloso que jamás me han hecho: Su hija Sarita.