Capítulo 8

RELATO TOTALMENTE INÉDITO con el que doy por finalizada esta serie.

Al llegar a mi habitación, Lucía seguía dormida con Jane entre sus brazos y queriendo darle una sorpresa cuidadosamente retiré a nuestra sumisa, dejando su lugar libre para que Chita ocupara su lugar. Todavía dormida, a la que en su anterior vida había sido Isabel le costó reconocer a su socia con la cabeza rapada y solo cuando vio que empezaba a acariciar a su dueña, cayó en la cuenta de quién era.
-No digas nada- susurré en su oído queriendo que mi esposa descubriera por si sola el sacrificio que había sido capaz su ex amiga para que la aceptáramos en nuestros juegos.
Tal y como supuse, Lucía ni siquiera se dignó a abrir sus ojos al dar por hecho que era Jane la que la acariciaba. Durante un par de minutos permitió que mamara de sus pechos y la calentara, hasta que ya excitada por tanto toqueteo quiso que se deslizara entre sus piernas para disfrutar de una comida de coño. Fue entonces y solo entonces cuando se percató que la lengua que había recorrido su piel no era de ella sino de la otra. Con los ojos abiertos de par en par, no se podía creer lo que veía y buscando una explicación me buscó con la mirada.
-Sabiendo que te repugnaba tanto vello, Chita ha decidido congraciarse contigo y como muestra de fidelidad, ha sacrificado su pelo con el solo objetivo de gustarte.
-¿Se lo has exigido tú?- preguntó alucinada mientras en plan coqueta la aludida modelaba su nuevo look ante ella.
-Para nada, fue iniciativa suya. Yo no tengo nada que ver- respondí atento a sus reacciones.
Al comprobar lo que su amiga desde la infancia había sido capaz de hacer para ser aceptada, se quedó muda y quizás por vez primera mi esposa se percató de hasta donde llegaba el dominio que podía ejercer sobre Patricia.
-¿Has hecho eso por mí?- insistió impresionada.
Chita orgullosa de haberse afeitado por su dueña contestó:
-Siempre he sido su esclava y le agradezco a su marido que me haya dado la oportunidad de demostrárselo.
La entrega de esa mujer la tenía perpleja y tras unos momentos de indecisión, la llamó a su lado. Sin saber qué le esperaba, la morena se acercó y fue entonces cuando tirando de su brazo mi esposa la tumbó junto a ella y la empezó a besar con una voracidad que hasta mí me dejó impresionado.
«Joder, ¡va a resultar que Lucía también estaba enamorada!», pensé con un deje de celos y dirigiéndome a la otra sumisa, la exigí que me siguiera diciendo:
-Prepárame el desayuno, ¡no hacemos nada aquí!
Tan molesto estaba que no advertí que Jane se había percatado del dolor de mi mirada y que mientras me seguía desnuda rumbo a la cocina, no podía dejar de sonreír creyendo que quizás a partir de ese momento ella podía ocupar el lugar de mi esposa. No fue hasta que me sirvió el café cuando caí en la cuenta del modo en que ese mujeron me miraba y deseando averiguar el motivo de su felicidad, directamente le pedí que me lo dijera.
Isabel, incapaz de mirarme, me preguntó si podía hablar libremente y al contestarle que sí, respondió con lágrimas en los ojos:
-Cuando me forzó a ser su esclava, lo odié y deseé su muerte. Pero ahora que he sido suya y que me ha hecho descubrir sensaciones que no conocía, daría mi vida por usted.
Esa confesión me dejó descolocado porque aunque ya había advertido que esa zorra se había encaprichado de mí, nunca me imaginé que su entrega llegara a tanto.
-Para mí eres solo una sumisa- contesté queriendo dejar claros nuestros papeles.
Tras oír mi exabrupto, Jane se arrodilló a mis pies y posando su cabeza sobre mis rodillas, afirmó que lo sabía pero que aun así era feliz porque al ser mi esclava tenía la oportunidad de estar a mi lado. Dejando caer mi mano, acaricié su melena y sin dejar por un momento mi carácter dominante, le exigí que no se le ocurriera cortarse el pelo.
-No volveré a hacerlo hasta que mi señor me lo pida- respondió con una dulzura que me hizo saber que no había mentido al afirmar que daría su vida por mí.
Sé que debía haber gratificado su fidelidad pero, como en ese momento me sentía cabreado, no dije nada. Es más, dejándola tirada en el suelo, cogí mis cosas y me fui de casa. Ya en mi coche, me puse a pensar en lo que me depararía mi futuro porque no tenía ninguna duda que esa mañana había perdido a mi mujer pero fue hasta llegar a mi oficina cuando recordé que antes de levantarme había volado los puentes que me unían a España. Si os preguntáis cómo lo supe, es fácil. Nada más entrar mi secretaria me informó que la plana mayor de la compañía me esperaba reunida en la sala de juntas.
«Mierda, ¡me olvidé del email!», sentencié al recordar que había ordenado al administrador de las empresas pantalla que lo mandara.
Sabiendo antes de cruzar esa puerta que estaba despedido, me resigné a lo inevitable:
«Voy a quedarme en el paro, sin esposa pero con mis espaldas cubierta con un montón de millones».
Tal y como había previsto, Don Juan, mi consejero delegado me preguntó a boca jarro cuándo iba a comentar que había aceptado una oferta de trabajo.
-Se equivoca- me defendí- hasta este momento, no sabía si iba a aceptar pero viendo lo poco que confían en mí, presento mi renuncia con carácter irrevocable.
Tras lo cual, pregunté como mero formalismo cuanto tiempo necesitaban para hacer el traspaso de mis asuntos.
-Preferimos que se vaya inmediatamente, recoja sus cosas y márchese- respondió sin tomar en cuenta mis quince años de servicio en la compañía que actualmente dirigía.
Aunque sabía que era la práctica habitual, tengo que reconocer que me jodió especialmente por la amistad que se suponía que me unía con ese capullo. Por ello sin despedirme, salí de la reunión y me fui a recoger mis efectos personales de mi despacho. Cinco minutos después había terminado y mirando la caja semivacía que atesoraba mis años de trabajo, me quedé pensando en lo poco que realmente significaba para mi toda esa mierda.
«¡Qué le den!», exclamé tirando directamente a la basura los diplomas y fotos de mi paso por esa empresa. Salvando de la quema, una pluma que me había regalado mi antigua secretaria.
Con las manos vacías, salí dando dos portazos. El primero sonoro que retumbó en toda la oficina y el segundo íntimo a esa parte de mi vida.
«Nunca más volveré a trabajar para otro. Se acabó para mí el estrés y las prisas. ¡Quiero vivir la vida!», zanjé bajando por las escaleras rumbo a la calle.
Ya en sentado en mi coche, durante largos minutos me quedé pensando en mi futuro. Cuando lo tuve claro, llamé a un amigo y le pedí que me dejara una mesa donde trabajar esa mañana. Manuel ni siquiera preguntó el motivo y escuetamente contestó:
-Vente.
Me alegró saber que, a pesar de la amargura y cabreo que sentía, existían al menos una persona que salvaría de la pira antes de cambiar de vida. Al llegar al piso donde estaba ubicada la firma de abogados que fundó hacía un par de lustros, Manuel salió a recibirme sin importar que en ese momento tuviese unas visitas en su despacho. Confirmando su amistad, me llevó a un cubículo vacío y tras darme la clave de entrada a su red, puso a mi disposición a una administrativa para todo lo que necesitara.
-Solo preciso internet y una impresora- respondí sacando mi portátil.
Dos horas después y con una carpeta de documentos bajo el brazo, me despedí de él diciéndole que ya tendría noticias mías. Sin nada más que hacer, supe que no podía postergar mi vuelta a casa y con el corazón encogido me dirigí a mi hogar.
Chita me abrió la puerta. La alegría que leí en su cara despertó mis suspicacias y obviando su saludo, me dirigí a la habitación donde había instalado mi estudio. Una vez allí, abrí la caja fuerte y saqué el dosier que resumía las inversiones que había realizado con el dinero que en su día robó el padre de Lucia. No había tenido tiempo ni de sentarme cuando desde la puerta escuché que mi esposa me decía:
-Pedro, tenemos que hablar.
Al girarme, comprendí que mis negros pronósticos se iban a cumplir al pie de la letra al observar que se había rapado al igual que su amiga de la infancia.
-Tú dirás- respondí casi balbuceando por el dolor que sentía.
Lucía con lágrimas en los ojos me soltó:
-Quiero que me liberes de la promesa de ser tu esposa hasta fin de año.
-¿Algo más?- pregunté destrozado al darme cuenta lo mucho que me importaba esa mujer.
-No quiero nada, excepto que me cedas a Patricia. He descubierto que no puedo siquiera pensar en que alguien que no sea yo la toque.
Tomando aire y reteniendo las ganas de gritar al enterarme hasta donde estaba dispuesta a perder por tener a su amada, contesté poniendo en sus manos una carpeta:
-Desde que vi tu reacción esta mañana, sabía que esto iba a ocurrir y por eso he dado orden que la mitad de nuestra fortuna sea transferida a tu nombre. Aunque tú no cumplas nuestro trato, yo pienso hacerlo. En los papeles que te he dado están las claves que necesitarás para hacerte con tu parte. Te aconsejo que busques un asesor que vigile tus inversiones y que te mudes a otro país para que hacienda no te persiga.
-¿Y Patricia?- insistió ratificando que esa morena era lo único que le importaba.
-En su día quedamos que nos íbamos a repartir todo al cincuenta por ciento. Como tenemos dos sumisas, quédate con ella y sé feliz- respondí.
-Gracias, no sabes lo mucho que significa lo que estás haciendo para mí- dijo antes de informarme que ya tenía las maletas y que se iba en ese preciso instante.
-Adiós- respondí sin fuerzas para acompañarla a la puerta y sentándome en mi sillón, me quedé rumiando mi dolor mientras las oía marcharse.
Tras su marcha solo me quedaba una cosa que hacer y cogiendo una carpeta busqué a Isabel. No me costó encontrarla y tomándola del brazo, la obligué a tomar asiento en el sofá del salón. Ella comprendió que era importante y sin olvidar por un momento que era mi sumisa preguntó que deseaba.
-Quiero que sepas que yo fui quien quebró tu compañía – y sin darle tiempo a reaccionar, exhaustivamente le expliqué como había tendido la red en la que su socia y ella habían caído.
Durante un cuarto de hora, permaneció callada mientras la ira se iba apoderando de ella y al terminar lo único que me preguntó fue el porqué de esa repentina confesión.
-Te lo he dicho porque quiero que sepas la clase de hombre que soy antes de irme- contesté mientras le daba un cheque con ciento cincuenta mil euros que era el daño económico que le había causado: -Eres libre para rehacer tu vida.
-¿Eso significa que ya no soy su sumisa?- indecisa quiso saber.
-Así es- repliqué.
Liberando la tensión que llevaba acumulada me soltó un tortazo, tras lo cual, con una sonrisa de oreja a oreja, preguntó:
-¿A dónde vamos?
Con mi mejilla adolorida, le pregunté a esa belleza porqué quería acompañarme:
-Aunque seas un cerdo y un cabrón, sé que mi lugar está a tu lado.
La seguridad de su tono y el cariño con la que me miraba, me desarmó y tomándola de la cintura la intenté besar pero entonces separándose de mí, me dijo que la esperara en la cama. Al preguntarle el porqué, contestó:
-Soy una mujer libre. Yo decido cuándo, cómo y dónde mi hombre me va a hacer el amor- y mientras salía del salón me soltó: -Hoy quiero que sea en cinco minutos, dulce y en tu cuarto. Tienes ese tiempo para decidir si quieres que viva contigo como tu pareja.

Todavía alucinando por la reacción de Isabel, me serví una copa. Había supuesto que al enterarse de mi papel en su caída, esa mujer me odiaría y por eso me costaba asimilar que aun molesta, deseara quedarse junto a mí.
«Fui un verdadero hijo puta con ella. Lo lógico es que hubiese salido huyendo de aquí sin ganas de verme más», me repetí mientras daba un primer sorbo a mi bebida, «pero en cambio me ofrece libremente ser mía».
Rememorando la dulzura de sus ojos al decirme que su sitio era junto a mí, me bebí el resto de un solo trago y corriendo subí las escaleras, no fuera a ser que llegara a mi cuarto y malinterpretara mi ausencia.
«No pueden haber pasado los cinco minutos», me dije angustiado al no verla. Mirando mi reloj comprendí que así era y ya tranquilo me tumbé en la cama a esperarla.
Mi espera fue corta pero mereció la pena porque aunque había disfrutado con anterioridad de Jane, la mujer que apareció por la puerta no era mi sumisa sino una diosa.
«Parece otra», rumié extrañado al advertir la seguridad de su mirada y sin poder dejar de contemplarla como si fuera la primera vez, me puse hasta nervioso al admirar las curvas que dejaba adivinar ese picardías transparente.
«No es posible que nunca me hubiese fijado en lo bella que es», medité avergonzado al sentir que mi pene se alzaba bajo mi pantalón con el mero hecho de imaginarme besando los impresionantes senos de los que era dueña.
Seguía pensando en ello cuando con una sensualidad calculada, Isabel se acercó a los pies de la cama y sin retirar su mirada, dejó caer los tirantes que sostenían su camisón. Juro que mi corazón se puso a bombear como loco al valorar con nuevos ojos a la que quería ser mi pareja porque aunque suene ridículo, si sus pechos me habían resultado irresistibles al contemplar como su cintura de avispa daba paso a sus caderas me costaba hasta respirar.
-Ven- me ordenó con voz segura.
Como un autómata sin voluntad, fui hacia a ella. Isabel al tenerme a su lado, forzó mis labios con su lengua mientras con sus manos me empezaba a desnudar. Excitado como pocas veces, permití que me quitara la camisa.
-¿Te ayudo?- pregunté desabrochándome el pantalón.
No supe interpretar el brillo de sus ojos cuando vio caer mi pantalón y menos me esperaba que dándome un empujón me lanzara sobre las sábanas mientras contestaba:
-Hoy es mi turno. Tú solo déjate llevar.
Desconociendo como actuaba como mujer libre, me quedé quieto mientras observaba como sacando dos corbatas de mi armario las ataba al cabecero de la cama. Supuse que quería inmovilizarme y aunque esa idea no me hacía mucha gracia después de lo mal que me había portado con ella, seguí en silencio sin moverme.
Fue entonces cuando subiéndose a horcajadas sobre mí, ese bellezón susurró en mi oído:
-Coge las corbatas y no las sueltes.
Obedeciendo las tomé al comprender que lo que esa mujer quería era llevar ella la iniciativa y tenerme a su disposición sin correr el riesgo que intentara tocarla. Con una pierna a cada lado de mi cuerpo, me impregnó de aceite mi pecho y mientras sus manos resbalaban por mi piel, Isabel fue relajando cada uno de mis músculos.
-Cierra los ojos- ordenó.
Ese inesperado masaje duró poco porque gradualmente experimenté como se iba transformando en una danza de apareamiento. Cegado por voluntad propia percibir cómo esos hinchados senos que tan bien conocía aunque nunca los había valorado suficiente restregaban contra mí mientras su cuerpo buscaba la fusión con el mío. La postura que me hizo adoptar con los brazos en cruz me impedía acariciarla, pero en mi interior supe que no lo que a esa morena le hacía falta era otra cosa, buscaba haciéndome el amor una completa catarsis que le hiciera olvidar las humillaciones que había soportado a mi lado.
Asumiendo que al menos ese mediodía, Isabel quería ser la dominante, la voz cantante que hiciera y deshiciera a su antojo no hice ningún intento por moverme para que ella fuera la que dosificara nuestro deseo y de esa forma que ese polvo purificara tanto su alma como nuestra relación.
Inerme, me dejé amar pasivamente mientras la boca de la que había sido mi esclava se apoderaba de mis labios y con suaves mordiscos, me obligaba a abrirlos. Su lengua jugó con la mía antes de abandonar mi boca deslizándose sobre mi cuerpo. Sus besos recorrieron mi cuello, mis hombros, concentrándose en mi pecho mientras ella sentía la presión de mi pene sobre su propio estómago. Supe que iba a ser un día difícil de olvidar cuando siguió bajando por mi cuerpo rumbo a mi sexo. Este la recibió urgido de sus caricias y en posición de firme, esperó a sus labios.
Cuando ella la rozó con la punta de su lengua, no pude seguir obedeciendo y abrí los ojos. Fascinado observé cómo su boca se abría haciendo desaparecer dentro de ella toda mi extensión. Sus lentas caricias y mi respiración se fueron acelerando al ritmo que fue creciendo mi deseo.
-Necesito que me dejes tocarte- pedí sudando.
La sonrisa que iluminó su cara, la delató al hacerme saber lo feliz que se sentía al haber excitado a su macho. Queriendo incrementar su dominio sobre mí, acercando su cara a la mía, susurró en mi oído:
―Reconoce que me deseas.
―¡No sabes cómo! ¡Tómame de una puta vez!― imploré fuera de mí sabiendo que no podría seguir aguantando mucho más las ganas que tenía de hacerla mía.
Isabel tomó esa respuesta como mi rendición e incorporándose sobre mí tomó posesión de su feudo introduciendo mi pene lentamente dentro de su cueva. La supuesta apatía con la que se fue empalando me pareció una cruel tortura pero como el fiel esclavo de esa diosa no dije nada. Cuando mi glande tropezó con la pared de su vagina, sonrió e inclinándose hacia delante me ofreció sus pechos como recompensa.
-Te los regalo.
Aceptando ese presente, mi lengua recorrió el borde de sus areolas antes de apresar entre mis dientes el botón de sus pezones. Como si fuera el banderazo de salida, sus caderas empezaron a moverse, disfrutando del prisionero que tenían encerrado entre sus piernas y haciendo cada vez más profundas sus embestidas. Dos gotas de sudor recorriendo mis mejillas fueron el preludio del placer que se iba acumulando en mi ser y sin poder permanecer más tiempo inactivo, mis manos agarraron sus hombros en un intento de acelerar sus movimientos mientras ella me montaba ya totalmente desbocada.
«No puedo correrme todavía», maldije al saber que estaba a punto de fallarle y tratando de retrasar lo inevitable, me concentré en evadirme. Ajena a que estaba pasando en mi mente, Isabel pasó sus brazos por mi cuello al sentir que ella también estaba a punto de derramarse. Cuando sin poder aguantar más, mi antigua sierva explotó entre mis piernas y un río de lava ardiente envolvió mi sexo, comprendí que era mi igual y descargué mi simiente en su interior con una intensidad brutal.
-Dios, ¡qué gozada!- aulló agotada y se desplomó sobre mi pecho.
Con una emoción que no supe interpretar, la abracé sin decir nada. Las palabras estaban fuera de lugar. Hasta ese momento no me había percatado de al entregarme a ella, no solo me había hecho el amor sino que de alguna forma había cerrado la puerta bajo diez candados al recuerdo de Lucía y echando la vista atrás, mi vida con ella me pareció una farsa.
Fue una broma del destino que el que el mismo día que me había abandonado y con la última persona que esperaba, hallara la razón para seguir viviendo y meditando sobre ello me sumí en un profundo sueño, feliz porque a la mañana siguiente me iba de España con Isabel.