Capítulo 6

Ya eran las siete cuando llegué a mi casa acompañado de mis dos nuevas sumisas. Lucía seguía completamente dormida y por eso en cuanto comprobé que no se había enterado de mi ausencia, obligué a las putas a desnudarse. Tras lo cual les ordené que regalaran a su nueva dueña un dulce despertar.
Curiosamente Isabel que en teoría era la más lanzada de las dos, se quedó cortada y tuvo que ser Patricia la que la forzara a acostarse al lado de mi esposa mientras ella se arrodillaba a sus pies:
-Chúpale las tetas a nuestra dueña- exigió mientras ella comenzaba a usar su lengua para recorrer las piernas de la dormida.
«¡Vaya con la mojigata!», exclamé en mi interior, sabiendo que había hecho bien en no usarla yo primero al estar seguro que Lucía querría tener ese privilegio.
Durante un par de minutos, la muy puta se dedicó a lamer los muslos de mi amada mientras Isabel hacía lo propio saltando de un pezón al otro. Tanta estimulación consiguió despertar a la que iba a dirigir sus vidas durante dos años y todavía medio dormida, abrió los ojos pensando que era yo quien la estaba acariciando.
-¿Y esto?- me preguntó al darse cuenta de la presencia de esas dos.
-Han decidido entregarse a ti- comenté muerto de risa.
Lucía comprendió que mientras ella descansaba, yo había cerrado el acuerdo pero lejos de molestarla, sonrió y acomodando su cabeza en la almohada, ejerció por primera vez de ama diciendo:
-Para ser un par de estrechas, habéis vendido vuestra honra a mi marido muy rápidamente.
En esta ocasión, Isabel fue la que me sorprendió porque haciendo un alto, brevemente susurró:
-Señora, ni esta zorra ni yo tenemos honra. Por no tener, no tenemos ni nombre. Nuestro amo nos ha dejado claro que iba a ser usted quien nos bautizara.
Al oírla, Lucía soltó una carcajada y llevando la cabeza de la guarra que había hablado hasta sus pechos, le exigió que reanudara sus caricias diciendo:
-Ahora no me apetece elegiros uno. Lo que realmente quiero es disfrutar en silencio del placer, así que ponte a trabajar, ¡sucia esclava!
Alcancé a distinguir que ese insulto había hecho mella en su ánimo pero en vez de intentarse rebelar, se quedó callada, abrió sus labios y engulló una de las negras areolas de su señora mientras entre las piernas de la misma, la más bajita de las dos se dedicaba en cuerpo y alma a satisfacer su ansia de ser sumisa, buscando con denuedo el orgasmo de su antigua amiga.
Desde mi posición, la escena no podía ser más atrayente. De modo que de haberlo querido, creo que me hubiese resultado imposible retirar la vista de esas tres mujeres haciendo el amor. Mi esposa con la cabeza echada hacia atrás disfrutaba de las caricias de las otras. Isabel mamaba de uno de sus pechos mientras con sus dedos no dejaba de pellizcar suavemente el pezón que tenía libre su señora y Patricia ya inmersa en su papel de objeto sexual usaba la lengua para penetrar una y otra vez entre los pliegues del adorado sexo de Lucia.
Coparticipe de ese placer e incapaz de dejar de mirarlas, mi miembro despertó de su letargo irguiéndose. Nunca he sido un voyeur pero reconozco que ver a esas arpías dedicando sus esfuerzos a que mi mujer disfrutara era algo digno de ver y acomodando mi trasero en una silla, decidí no perder detalle de su estreno.
La entrega de Patricia era tan completa que no me quedó duda que tras esa fachada de niña buena llevaba años escondiendo que estaba enamorada de Lucía y por ello decidí preguntárselo al tiempo que le daba un duro azote sobre uno de sus cachetes.
-Putita, ¿cuánto tiempo llevabas deseando hacer esto?
Asustada, la pobre idiota trató de evitar la pregunta, respondiendo que no entendía a que me refería.
Con una nueva nalgada, le mostré mi disgusto y jalándole de los pelos, la hice ponerse de pie. Una vez allí y mientras mi esposa y su ex socia la miraban insistí:
-No te lo voy a preguntar otra vez, ¿cuánto tiempo llevabas soñando con acostarte con mi esposa?
Llorando y sin poder mirarnos a los ojos, la cría respondió:
-Desde niña la he amado pero jamás pensé que iba a tener la oportunidad de estar con ella.
La cara de Lucia era de sorpresa al saber que la que durante toda su vida había considerado su amiga estaba colada por ella.
-Te juro que no sabía nada- comentó preocupada de mi reacción.
Soltando una carcajada, saqué del armario uno de los arneses con los que mi esposa había sometido a su madre y lanzándoselo a la cama, comenté riendo:
-Por eso no la he tocado, quiero que seas tú quien la estrene.
-¿Me estás diciendo que mi esclava numero dos nunca ha estado con un hombre?
Despelotado repliqué:
-No. Al menos ha sentido entre sus piernas las rudas caricias de tu otra guarrilla pero lo que si tengo claro es que lo que más ha tenido han sido sus deditos cuando se masturbaba en tu honor.
No creyendo mis palabras, se lo preguntó y al escuchar de sus labios que la única vez que había estado con alguien antes de esa noche, había sido con una antigua profesora, Lucía se levantó y cogiendo de la melena a su antigua amiga, la obligó a ponerse a cuatro patas. Una vez en esa postura, cayó en la cuenta que al contrario de ella misma, Patricia llevaba una mata enorme de pelo que deslucía su estupendo cuerpo y poniendo cara de asco, le soltó:
-Pareces un chimpancé- tras lo cual ceremonialmente la bautizó con el nombre de “Chita”y olvidándose de ella, miró a su otra esclava diciendo: -¡Enséñame tu coño!
La morena no se esperaba esa orden. Totalmente colorada, se tumbó en la cama y separando sus piernas, mostró a su dueña que totalmente depilada. Lucía completamente dominada por la lujuria la obligó a darse la vuelta y nada más comprobar que tenía un culo cojonudo, le separó las nalgas diciendo:
-Al menos pareces humana, por eso a partir de hoy serás “Jane”.
La pobre “Chita” dio un gemido de dolor al comprender el nada delicado insulto que representaba para ella el nombre que había recibido su compañera de martirio pero incapaz de moverse, permaneció quieta mientras su recién estrenada dueña se entretenía relajando los músculos del esfínter de Isabel con su lengua. Es más, tuvo que morderse los labios para no gritar de celos al ver que no era su ano el que estaba siendo violado por los dedos de la mujer que tanto amaba.
Si aquello ya era de por sí humillante, más aún fue ver a Isabel que levantándose, se ajustaba un arnés con un tremendo falo a su cintura. Tras lo cual susurró unas dulces palabras a su indefensa víctima y colocando la punta del consolador en su esfinter, de un solo golpe se lo introdujo por completo en su interior.
Isabel-Jane gritó al sentir que se desgarraba por dentro pero no intentó liberarse del castigo, sino que sorprendiéndome por enésima vez, meneando sus caderas buscó amoldarse al instrumento antes de empezar a moverse como posesa. Su jinete esperó que unos segundos antes de darle una fuerte nalgada en el culo.
-Muévete, ¡puta!- gritó al tiempo que se lanzaba en un galope desbocado usando los pechos de la morena como agarre.
Patricia-Chita miraba desconsolada el momento. Con su corazón encogido, sufría cada envite de Lucía como una afrenta. Estuve a punto de intervenir y tomarla para mí pero decidí no hacerlo. Entre tanto mi esposa cambió el culo de la Jane por su sexo y con fuerza la penetró mientras su nueva adquisición se derrumbaba sobre la cama.
-Nunca me imaginé que esta zorra disfrutara tanto- dijo dirigiéndose a mí al comprobar que esa morena apenas podía respirar.
Fijándome en la cara de su víctima, descubrí que el placer había hecho mella en ella y que con la mirada perdida babeaba cada vez que su agresora le daba una estacada.
«¡Y parecía frígida!», me dije recordando su frialdad la noche anterior.
Confirmando su excitación, la morena comenzó a balbucear incoherencias mientras su cuerpo convulsionaba y pegando un grito, se corrió llenando con su flujo las sábanas de mi lecho. Lucía al escuchar y ver que había conseguido desencadenar ese tremendo orgasmo en la muchacha, decidió que ya era hora que esa puta le devolviera parte del placer. Intercambiando su lugar con ella, se quitó el arnés y tumbándose en la cama, exigió a Isabel-Jane que la masturbara.
Siguiendo sus instrucciones, empezó a bajar por el cuerpo de mi compañera. Mi rubia dejo que le abriese las piernas y al hacerlo, pude contemplar su pubis perfectamente depilado que dibujaba un pequeño triángulo con si fuera una flecha que indicara el camino que Jane tenía que seguir.
Para ésta, el sabor agridulce de su coño ya no era una novedad pero en este caso como estaba excitada fue un acicate para que sin meditar que estaba haciendo usara los dedos como si fueran un pene y penetrándola buscara el fondo de su vagina. Lucía recibió húmeda las caricias de esa lengua sobre su clítoris y sin pedirle su opinión me exigió que la tomase para mí, diciendo:
-Pedro, ¡quiero ver te la follas!
Sus primeros gemidos coincidieron en el tiempo con mi llegada a su lado. Mientras nuestra nueva esclava seguía dando buena cuenta del chumino de mi esposa, le abrí las nalgas para acto seguido darle un duro azote. Excitada por mi duro trato y pegando un grito, Jane me imploró:
-¡Hágame suya! ¡Quiero sentir la verga de mi amo en mi interior!
Su lenguaje sumiso espoleó mi lujuria y colocando la punta de mi glande en la entrada de su cueva, fui forzándola de forma muy despacio. Esa lentitud me permitió sentir el paso de toda la piel de mi miembro, abriéndose paso por los labios de su sexo mientras la llenaba.
Lucía exigiendo su parte, tiró del pelo de esa muchacha y acercándole la cara hasta su pubis obligó que su lengua volviera a introducirse en el interior de su vagina, al tiempo que mi pene campeaba libremente ya dentro del sexo de la morena. Isabel gimió desesperada al sentir mis huevos rebotando contra su culo pero realmente se volvió loca al sentir que dotaba a mis embestidas de un ritmo brutal. Y mientras su boca se llenaba con la riada que emergía sin control de la cueva de mi esposa, se creyó morir.
-¡Me corro!
Chilló nuevamente pero entonces me escuchó prohibírselo diciendo:
-Tienes prohibido hacerlo hasta que tu dueña lo haga.
No hizo falta que dijera nada más. Éramos un engranaje perfecto, mis embestidas obligaban a la lengua de Jane a penetrar más hondo en el interior de su amante y los gritos de Lucía al sentirse bebida, forzaban a un nuevo ataque por mi parte. La rubia fue la primera en correrse retorciéndose sobre la cama y mientras se pellizcaba sus pezones, nos pidió que la acompañáramos. Al oírla, aceleré y cayendo sobre la espalda de la otra mujer, me derramé regando el interior de su vientre con mi semilla. Lo de Isabel fue algo brutal, desgarrador, al sentir mi semen en su interior mientras seguía penetrándola sin parar, hizo que licuándose al sentirlo, chillara y llorara a los cuatro vientos su placer.
Durante unos minutos e ignorando a la pobre “Chita”, nos mantuvimos en la misma posición hasta que ya descansado me levanté y dirigiéndome a la insatisfecha ignorada, comenté:
-Zorra, prepara la bañera. Me apetece darme un baño.
La morena que antiguamente respondía al nombre de Patricia salió corriendo a cumplir con mi orden y a pesar de su rapidez, no pudo evitar que callera en la cuenta de los gruesos lagrimones que recorrían sus mejillas.
«Se siente una piltrafa, está pensando que su destino va a consistir en servirnos como criada y que nunca va a participar en nuestros juegos», medité descojonado. Al girarme y mirar a su ex socia, la descubrí mirándome con una veneración que me resultó hasta incómoda: «En cambio, Jane esta está feliz. Aunque en un principio era totalmente reacia a ser nuestra sierva, ahora no cabe de gozo. Se ha dado cuenta que a nuestro lado va a descubrir un placer que no sabía ni que existía».
Sabiendo que mi vida había tomado un nuevo rumbo y que a partir de ese día íbamos a formar un extraño cuarteto donde el único que iba a tener un papel definido era yo, comprendí que mi tiempo en España y en mi compañía había terminado y por eso tomando asiento en la cama, pedí a la morena que me trajera el ordenador.
Mientras Jane se levantaba a por él, mi querida esposa me preguntó el motivo de tanta urgencia. Muerto de risa, le solté:
-He decidido hacerte caso y quiero ver contigo otra vez esa mansión de la que tanto hablas…