verano inolvidable2Diario de George Geldof

Sin títuloEstoy algo nervioso. Mañana, 14 de junio de 1858 salgo para el nuevo mundo. Para mí, es una nueva aventura que tengo que afrontar sólo, aunque no es la primera vez que abandono a lo que llamo “mi familia” y mi país, aunque ahora es culpa de mi mala cabeza. Mejor dicho, de mi polla inquieta y de una serie de trágicas circunstancias que me impiden permanecer en Inglaterra.

Pero primero voy a resumir lo que ha sido mi vida hasta ahora, para que mis sucesores, si algún día llego a tenerlos, sepan quién soy y las causas que me han llevado a iniciar este viaje.

No conocí a mis padres, ya que murieron en un accidente al poco de nacer yo, al desbocarse el caballo del carruaje descubierto que conducía mi padre y caer por un pequeño barranco, del que no salieron con vida. Todo esto me lo contaron, cuando tuve edad suficiente, los tíos-abuelos que me acogieron tras la desgracia, y a los que considero mis verdaderos padres. La familia siempre ha tenido grandes posesiones en tierras, un Ducado y el heredero ostenta desde hace muchos años el título de Lord, lo que me permitió una infancia alegre, un aprendizaje de las ciencias y letras suficiente y un entrenamiento en las principales artes marciales, esgrima y tiro.

Mi vida de pequeño, se desarrolló en el campo, donde habitualmente vivía la familia, en una casa de muchas habitaciones (nunca las conté). De pequeño tenía la compañía del verdadero hijo de los duques, Lord Richard y su esposa Myriam, diez años mayor que yo, con el que jugaba a todo y el que me enseñó algunas travesuras, hasta que lo enviaron a estudiar a Londres, por lo que sólo venía algunos días de fiesta y resultaba más aburrido.

Cuando tenía 8 años aproximadamente, un día Lord Richard nos informó que tres días después viajaríamos a Londres para hacer algunas compras tanto para la hacienda como para la casa y personales. Para mí fue una novedad, ya que nunca había salido de la finca, excepto a algún pueblo cercano, carente de interés, por lo que me produjo una gran excitación.

En la casa, mi habitación estaba junto a la de mis padres, ya que mi madre estaba pendiente de mí durante mi infancia y así podía echarme un vistazo a través de una puerta que comunicaba ambas y poder controlar la vela que siempre quedaba encendida en mi cuarto.

La excitación del viaje me produjo esa noche un sueño intranquilo, despertándome en medio de la noche. En el silencio existente, empecé escuchar unos gemidos en la habitación vecina, que fueron en aumento hasta que terminaron con uno más fuerte.

Yo, totalmente asustado, no me atrevía a decir nada, sólo me encogí y procuré no hacer ningún ruido, no fuera que vinieran a hacerme algún daño a mí, hasta que rendido me dormí.

A la mañana siguiente, me despertó mi madre abriendo las cortinas y diciendo con una gran sonrisa:

-¡Arriba, dormilón, que te espera tu tutor y aún tienes que desayunar!

Yo me quedé todo sorprendido al ver que no había pasado nada, hasta tal punto que mi madre lo notó y me dijo:

-¿A que viene esa cara de sorpresa? ¿No te acuerdas de que todos los días desayunas y tienes clase con tu tutor?

-No es eso, mamá –le dije- es que esta noche me ha pasado una cosa muy rara.

-Qué te ha pasado-me dijo, sentándose a mi lado y acariciando mi cabeza- cuéntamelo.

-Que esta noche me he despertado y he oído gemidos muy fuertes en tu habitación y he pensado que te estaban haciendo algo malo. ¿Te estaban haciendo algo?

Mi madre, me dio un cachete en la cabeza y me dijo:

-¡Eso no se pregunta ni se dice! – y se marchó rápidamente, aunque me pareció que se había puesto colorada.

Más tarde, al terminar con mis estudios, me llamó al cuarto de costura y me explicó que por las noches tenía pesadillas y que algunas veces gritaba, que no me preocupase por ello, porque estaba bien, como podía comprobar.

Yo le pregunté el porqué de las pesadillas y me estuvo dando unas explicaciones que, hasta en mi corto entender, carecían de sentido.

Es caso es que esto me hizo sospechar, y recordando algunos de los comentarios de mi hermano adoptivo, decidí ver qué había de cierto en esto.

A la siguiente noche hice todo lo posible para no dormirme. Cuando mis padres se fueron a dormir, mi madre pasó por mi habitación, donde yo me hacía el dormido, me dio un beso en la frente y volvió a su cuarto, cerrando la puerta entre ambos.

Al poco, empecé oír risitas, comentarios en voz baja, ruidos de la cama. Me levanté y me acerqué a la puerta de separación de ambas habitaciones y me puse a mirar por la cerradura, ya que no me atrevía a abrir la puerta y ésta no la cerraban nunca con llave, de hecho no sabían donde estaba, por si acaso hubiese que correr.

Lo primero que vi, me impactó de sobremanera. Mi padre tumbado en la cama, con la camisa abierta y sin pantalones, mientras mi madre, arrodillada entre sus piernas, lamía y chupaba su sexo. Gracias a la ubicación de la cama junto a la puerta, la veía recorrer con la lengua su falo, dándole lengüetazos al llegar a la punta, para volver a bajar hasta los testículos, chuparlos con gran fruición y volver a subir para meterse toda entera en la boca, hasta que sentía arcadas.

A mí me pareció que el falo de mi padre era grandísimo, pero ella se lo introducía completo en la boca, volviendo a sacarlo cubierto de babas y con hilos de saliva que lo unían a sus labios, mientras mi padre gemía y se retorcía, imagino que por el daño que le producía. No sé que era peor, si el asco que me daba ver a mi madre metiéndose eso en la boca o la sensación de angustia al ver que le entraba tan adentro.

Al rato, mi padre le dijo:

-Ya basta, puta, ponte a cuatro patas que te voy a follar hasta romperte el coño!

Mi madre obedeció presurosa, dando la vuelta y poniéndose de culo hacia él. Mi padre se puso de rodillas, separó más sus piernas y metió su falo de golpe entre ellas, lo que hizo que mi madre emitiese un largo gemido me imaginé que era de dolor, ya que todavía no sabía que las mujeres tenían más agujeros ahí que nosotros.

Mi padre empezó un lento mete-saca, igual que hacen los perros, pero mucho más lento, mientras le decía:

-¡Aaaaaahhhhhhggggggggg, puta, que estrecho lo tienes, parece que no hubieras parido nunca !. ¡Qué gusto me estás dando!

Mi madre le decía:

-¡Más, más, dame fuerte!. ¡Así, así. Sigue. Me estás matando de gusto! – ahí deduje de que no era maltrato, sino todo lo contrario. ¡Nunca me había imaginado que una de las escenas más frecuentes entre los animales de la finca pudiese ser placentera!

Mi madre interrumpió mis pensamientos al decir:

-¡Richard sigue, sigue, más, más maaaaas! ¡Me corro! ¡Me corroooooo!

-¡Córrete puta, que estoy esperando para llenarte de mi leche! –dijo mi padre.

(Leche? ¿De dónde la iba a sacar?)

-¡Me corro yo tambieeeén! ¡Toma puta, todo para ti!

Y cayeron los dos largos sobre la cama, empezaron a besarse en los labios (puafff) y a decirse cosas como: te quiero, eres todo para mi, etc. Por lo que me volví a la cama, harto de oír tantas tonterías y con dolor de espalda y piernas por la postura tan forzada al estar mirando por la cerradura. Y encima, sin entender de qué iba aquello.

Al acostarme, observé que mi pene estaba totalmente duro y estirado, aunque no tenía nada que ver con el de mi padre, y observé que si lo tocaba, apretaba y acariciaba, me producía gran placer, por lo que estuve un rato en esa gratificante labor, hasta que quedé dormido.

A la mañana siguiente, me levanté pronto, aunque cuando llegué al comedor ya estaba mi padre desayunando.

-¡Buenos días, hijo.! ¿Has dormido bien? –me preguntó, como otros muchos días.

– Si padre, muy bien, como siempre. ¿Y tú?

– Estupendamente también.

– ¿Y mamá? –pregunté.

– Enseguida vendrá a desayunar. Hoy se le han pegado un poco las sábanas, je, je, je.

– Si, je, je, je. –dije yo.

Al momento, entró mi madre, que fue directa a su marido para darle un beso en los labios, que, al recordar la noche pasada, me dio un poco de repelús, y luego vino directa a mi y me dio los buenos días junto a un beso en la frente.

Disimuladamente procedí a pasarme la servilleta por donde había puesto sus labios, y continué desayunando mientras escuchaba, sin oír, su conversación, recordando la noche anterior.

Terminado mi desayuno, solicité permiso para levantarme e ir con mi tutor, lo que me concedieron sin prestarme mucha atención. Cuando iba a limpiarme los labios, recordé lo que había hecho con la servilleta, por lo que la dejé junto al plato y aproveché la manga oscura de mi ropa para dejarlos limpios.

El día transcurrió con normalidad. Bueno, no, me pasé todo el día esperando con impaciencia a que llegase la noche.

Y ésta llegó. Volví a hacerme el dormido, froté mi frente con el otro extremo de la sábana después del beso de mi madre y corrí a la cerradura de la puerta a ver que pasaba. Esta vez, tuve la precaución de poner un pequeño banco para sentarme, que me daba la suficiente altura para poder mirar con comodidad.

Lo primero que vi, fue a mi madre que terminaba de quitarse el voluminoso vestido y quedaba con las medias sujetas por un liguero y su corsé, que levantaba y resaltaba sus tetas, algo en lo que no me había fijado la noche anterior.

No llevaba nada más, y al girarse una de las veces hacia mí, observé que ella no tenía pene, o lo tenía más pequeño que yo, o se encontraba oculto por una mata de pelo muy abundante en ese lugar.

Mi padre, se quitó los pantalones, levantó su camisa y mostrando un pene grande y tieso, le dijo:

-¡De rodillas, puta, que estoy muy caliente! Chúpamela como tú sabes hasta que me corra, si no quieres saber lo que es bueno.

Mi madre, se puso de rodillas y se metió todo aquello en la boca. Mi padre la agarró del pelo y empezó un rápido mete-saca, que esta vez si que me recordó a los perros, alternando con periodos lentos e, incluso, dejando que mi madre lamiese o chupase a su gusto, mientras sus pechos se iban llenando de las babas que escurrían de su boca y del pene.

Siguieron un buen rato, mi padre gruñendo y diciendo

– ¡Sigue, sigue! ¡Qué bien lo haces! ¡Me voy a correr en tu boca!

Y mi madre:

– ¡Mmmmmm, si, si!

De repente, cuando mi madre le estaba lamiendo el tronco, una cosa blanca salió de su punta, cayendo sobre la cara y pelo de ella, que se apresuró a meterlo todo en su boca, mientras mi padre le decía:

– ¡Así puta! ¡Trágatelo todo! ¡Como se caiga una gota te muelo a palos!

Estuvieron unos momentos, mi padre presionando la cabeza de mi madre contra él y ella con su pene hasta lo más adentro que cabía.

Al fin, mi padre se separó y mi madre, pasó su dedo por los labios para recoger unos gruesos goterones de sus comisuras y chuparlo seguidamente, siguiendo luego por el resto de esa sustancia que le había caído por el pelo y cara.

Yo no lo pude aguantar más y me fui corriendo a la cama. Esta vez observé mientras jugaba con él, que tenía mi pene más duro si cabe que la noche anterior, durmiéndome entre mis manipulaciones y los sonidos apagados de la habitación contigua.

A la mañana siguiente, lo mismo, mi padre desayunando, yo también, hasta que vino mi madre y le dio el beso en los labios a mi padre, mientras intercambiaban sonrisas.

Cuando hizo intención de venir hacia mí, me levanté deprisa y salí de allí, pidiendo perdón y diciendo que había quedado con el tutor para ver algo de las flores en el jardín.

Durante ese día, se hicieron todos los preparativos para el viaje, que como terminaron tarde, nos fuimos a la cama sin que hubiese nada que contar.

Al día siguiente, me despertaron antes del amanecer. En la casa reinaba una actividad febril, hasta el punto que no vi a mis padres hasta que no subimos al carruaje y salimos con destino Londres, donde mi padre había alquilado una casa y hacia donde habían salido ya algunos criados con la mayor parte del equipaje, con el fin de que estuviese preparada a nuestra llegada.

El camino fue largo. Al principio me llamaban la atención las personas que circulaban por los caminos, las que trabajaban en la tierra, las mujeres que lavaban en los ríos, los pueblos que cruzábamos, etc. Pero un buen rato después ya me aburría soberanamente y empecé a bostezar y dar cabezadas.

Yo iba sentado en un lado del carruaje y mis padres en el otro, por lo que aproveché y me recosté en el asiento con intención de dormir.

En ese momento, mi madre le dijo a mi padre:

-¡Cariño, estos botines me están matando!, ¿te importaría quitármelos y darme un masaje?

-¡Cómo no! –dijo él- sube las piernas sobre las mías, recuéstate en el asiento u verás.

Eso hizo ella, quedando sus pies al lado de mi cabeza, con las piernas cubiertas por su larga falda. Mi padre procedió a quitarle los botines, subiéndola un poquito, y luego a masajear sus pies, subiendo de vez en cuando por su pierna con disimulo.

Yo abría y cerraba los ojos, unas veces durmiendo y otras despierto, hasta que observé que la mano de mi padre subía mucho más arriba del tobillo y de la rodilla, lo que aparte de mostrarme las piernas de mi madre, hacía que ésta suspirase y se le acelerase la respiración.

Una de las veces le pregunté que qué le pasaba, a lo que respondió:

-¡Hay hijo! ¡Es que me está gustando mucho el masaje de tu padre!

A partir de entonces, se le empezó a notar menos, pero mi padre debía ser un experto en masajes, porque casi no le veía mover la mano, ni recorrer toda la pierna, pero parecía que cada vez le gustaba más, hasta que soltó un fuerte suspiro, se incorporó, abrazó a mi padre y le dio un beso junto con las gracias.

Como eso ya me aburría, me quedé dormido y ya no me desperté hasta llegar a Londres.

Es mi primer relato. Agradeceré las críticas constructivas y no echaré en saco roto las destructivas. Gracias por vuestras valoraciones. Sugerencias en privado a:

amorboso@hotmail.com