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Gracias a todos.

Janis.

LA MISA NEGRA.

sin-tituloLos acerados ojos del anciano recayeron sobre los dos fisgones escondidos en la parte superior de la arcada. No hizo ningún gesto de sorpresa, como si supiera, desde el principio, que estaban allí. Sonreía, dando casi la impresión de que se trataba de un monje bonachón con un hábito demasiado oscuro. Con mirada desorbitada, Cristo contempló como todas las chicas alzaban la mano derecha, apuntando con el dedo índice hacia ellos. La letanía que surgía de sus labios, aclamando a las entidades infernales, cambió súbitamente entonando una muy diferente, que acojonó totalmente a ambos.

― Están ahí… intrusos… están ahí… intrusos – repetían, incansables.

― ¡Nos han descubierto! ¿Qué hacemos? – farfulló Spinny, adoptando una postura a gatas.

― ¡Salir por patas! – exclamó Cristo, poniéndose en pie de un salto.

Los dos jóvenes descendieron la rampa del arco de piedra y recorrieron a toda prisa el estrecho reborde del muro que les llevaría hasta las escaleras. Pero, como una marea humana, las chicas retrocedieron, copando el acceso y las escaleras, por completo. Se quedaron estáticas, esperando y obstruyendo el paso. Cristo buscó otra salida, otra manera de escapar, pero no la había en aquel sótano. Sentía a su amigo empujar a su espalda, loco por seguir corriendo, pero se quedaron sobre aquel murete, atrapados.

― Bueno, bueno… – elevó la voz el anciano sacerdote, dirigiéndose evidentemente a ellos. – Así que tenemos espectadores para nuestro pequeño ritual. ¿Conocidos? – le preguntó a Rowenna, quien seguía sujetando al agotado carnero por uno de sus cuernos.

― Sí, mi dueño. Uno de ellos es un compañero de trabajo, el otro, el pelirrojo, es su amigo.

― Ya veo. Quizás les gustaría unirse a nosotros, en nuestra celebración. Traedles.

Cristo y Spinny se vieron aferrados de los brazos y empujados rápidamente escaleras abajo hasta ser presentados ante el extraño altar de lápidas. El anciano se inclinó sobre ellos desde su altura. Sus ojos se clavaron en el gitano.

― Sí, te recuerdo del mostrador de recepción de la agencia. Llevo un rato observando como os aplastabais sobre el arco de piedra, pero no he querido cortar el interesante desarrollo de la profanación del altar. ¿Qué pensáis de la actuación de las chicas? Voluntariosas, ¿verdad? – Cristo se encogió de hombros, sin ganas de contestarle. — ¿Cómo habéis sabido de esta reunión?

Súbitamente, los dos jóvenes sintieron una fuerte presión en las sienes y en la nuca, como si unas tenazas invisibles abrazaran y apretaran sus cabezas. Cristo apretó los dientes e intentó enviar la molestia a su profundo pozo mental. A su lado, su amigo se envaró y sus ojos se enturbiaron, comenzando a hablar con el mismo tono de voz lánguido que usaban todas las chicas allí reunidas.

― Hemos seguido a las chicas. Cristo me habló de la reunión pero no sabíamos dónde se iba a celebrar. Así que hemos acechado a Calenda, a May Lin, Mayra y Ekanya, hasta seguirlas en coche hasta aquí…

― ¡Tío, córtate! – exclamó Cristo, aprovechando que su molestia mental se disipaba.

El sacerdote le miró con extrañeza, las blancas cejas alzadas.

― ¿Te resistes? – preguntó, mirándole. — ¿Cómo es posible? ¡Manos arriba!

Spinny levantó inmediatamente sus manos, por encima de los hombros, sin cambiar un ápice su expresión. Cristo se le quedó mirando, intrigado con su actitud. A continuación, una nueva ola de presión se abatió sobre su cerebro, esta vez mucho más intensa, lo que le obligó a caer sobre una de sus rodillas. Se llevó una mano a la frente, intentando frenar el dolor que producían las extrañas pulsaciones que recorrían su cabeza. Tragó saliva y se concentró en disminuir la presión. Construyó un muro mental con la esperanza de rechazar aquello que le asaltaba. Aunque no sabía qué le bombardeaba la mente, estaba medianamente seguro de que debía tratarse de algún tipo de onda o energía radiada por aquel extraño anciano.

Segundo tras segundo, las pulsaciones se calmaron hasta convertirse tan solo en un sordo rumor de fondo. El anciano sonrió y recobró una postura más erecta. Sus ojos brillaban y se movían rápidamente, como si estuviese excitado por una súbita idea.

― Eres como yo – musitó para sí mismo, pero Cristo captó el murmullo.

― ¿Cómo tú? – preguntó.

― Un prodigio…

― Hombre, me han llamado muchas cosas pero, hasta ahora, eso de “prodigio” no.

― Bien, me ocuparé de eso más tarde. Ahora mismo, lo importante es realizar la ceremonia y la invocación. Por el momento, participaréis también…

― ¡Eso no se lo cree ni el Tato! – exclamó Cristo con rebeldía.

― No puedo obligarte como a tu amigo, pero sé que tienes muchas amigas entre estas chicas. ¿No querrás que les pase algo malo por no aceptar unas simples órdenes?

Cristo se mordió el labio, cogido en falta. Ni siquiera había pensado en una amenaza tan física y directa. Asintió con la cabeza y buscó a Calenda con la mirada. Se encontraba lejos de él y ni siquiera le miraba, totalmente sumida en una expresión de adoración reservada a su oscuro amo.

― ¡Perfecto! – exclamo el anciano, frotando sus manos. – Queridas mías, traed mi trono y volved a unir el círculo.

Varias chicas caminaron hacia el fondo del amplio sótano y regresaron con un gran sillón forrado de paño carmesí, que subieron con esfuerzo sobre al altar. Era una especie de diván de alto respaldar, pero sin brazos, con la tela cayendo en volantes para ocultar sus patas. Sobre su tapizado reposaba un cofrecito repujado. Rowenna y Mayra, recuperadas de su asunto zoofílico, se encontraban a cuatro patas sobre las lápidas, dibujando con tizas de colores un gran pentagrama en las losas, contenido en un doble círculo. El carnero quedó en el centro de tal obra, muy quieto tras la lujuria sufrida. El sacerdote se mantuvo muy atento al trabajo de las dos chicas, rectificando líneas aquí y allá y ayudándoles con ciertas runas cabalísticas.

Cristo intentó hablar con Spinny y hacerle recobrar la razón, pero, por mucho que le chistó, gritó, escupió, y hasta pateó en la espinilla, el irlandés parecía una marioneta, tieso y quieto, esperando órdenes. “¿Qué ha querido decir con prodigio? ¿Tiene algo que ver con mi capacidad de memorizar? Mamaíta, que mal rollo…”, no dejaba de pensar en lo que parecía ser capaz de hacer aquel extraño viejo.

Las dos chicas sobre el altar acabaron con su trabajo y bajaron a reunirse con sus compañeras. El sacerdote tomó entre sus manos aquel cofrecillo y lo abrió, sacando de su interior un hermoso cáliz de plata, decorado con oscuros ópalos y cruces invertidas. Tras esto extrajo una pequeña daga, con aspecto de estar muy afilada. Dejó ambas cosas en el suelo y sacó cinco velas del fondo del cofre, unas velas gruesas y negras, que situó en cada esquina del pentagrama. Murmurando unas inteligibles palabras, las encendió con un mechero barato que sacó también de la caja de madera. Las llamas se alzaron con fuerza, pero no asustaron al animal, que debía de estar acostumbrado.

Acabado ese proceso, recogió de nuevo el cáliz y la daga y con un objeto en cada mano, se acercó al borde del altar.

― ¡Queridas mías, mis niñas preciosas – se dirigió a todas las chicas—, ha llegado el momento que os despojéis de vuestras ropas para la ceremonia!

Con un revuelo de suaves sonidos pero ni una sola palabra, las mujeres se fueron desnudando sin pudor alguno. Lanzaron sus ropas y zapatos a un par de metros a sus espaldas, como si no quisieran que les estorbasen. Cristo se quedó con la boca abierta, impresionado por toda aquella sorprendente desnudez. Jamás hubiera imaginado que llegaría a ver tantas modelos desnudas y juntas.

― ¡Padre de las Mentiras! ¡Glorioso hijo del lucero del alba! ¡Rey de los Infiernos! Nos humillamos ante ti para mayor honra y alabamos tu impía palabra – tronó la voz del sacerdote, con una resonancia que no parecía posible que surgiera de su sarmentoso cuerpo. — ¡Suplicamos tu venida, Maestro Impuro! Obsecro adventum tuum, Magister Inmunde!

Las desnudas mujeres repitieron el salmo en latín, aferradas de las manos, iniciando una nueva letanía repetitiva. El sacerdote tendió el cáliz y la daga hacia la chica más cercana al altar y le dio instrucciones con un murmullo. La joven asintió y tomó los objetos. Entregó el cáliz a su vecina y, sin un solo titubeo, realizó un profundo corte, en la cara interna de su propio antebrazo, cercana al codo. La sangre brotó profusamente mientras que ella apretaba el brazo y dirigía el reguero sanguinolento al interior de la copa, que su compañera mantenía firmemente. Tras unos segundos de sangría, pasó el cuchillo a la que mantenía la copa alzada, ésta, a su vez, entregó la copa a la chica siguiente. La que recibió la daga cortó su antebrazo en la misma forma que la primera y con igual decisión, mezclando su sangre en el cáliz. Entretanto el cántico seguía, sin interrupción.

Con los ojos desorbitados, Cristo miraba como, una a una, las chicas iban cortándose y llenando el cáliz de sangre. La primera en hacerlo se había agenciado vendas y esparadrapo y se dedicaba a cubrir las heridas, cortando las hemorragias. El cáliz sangriento llegó hasta ellos, quienes también fueron incluidos en la sangría, aunque, en el caso de Cristo, fue una de las chicas quien le hizo el corte. Sobre el altar, el anciano seguía salmodiando con los brazos alzados. En esa ocasión, no utilizaba el latín, sino que era castellano pronunciado al revés, detalle que Cristo atrapó en cuanto se repuso del dolor producido por el corte.

Cuando el cáliz recorrió todo el círculo de chicas, la primera en sangrar volvió a entregarlo al sacerdote, que lo recogió con infinito cuidado, ya que casi rebozaba. Se acercó al carnero reverenciado y alzó la copa llena de sangre por encima de su cabeza.

― Hic est census Pater bestialis tradens sanguinem qui invocant te …

La sangre cayó despacio sobre el pelaje de la bestia, empapándolo y amalgamando las guedejas con trazas de bermellón oscuro. El animal seguía sin moverse, como si estuviera en un trance que no debería estar al alcance de una mente tan simple. La sangre goteaba del lomo y cabeza del carnero, deslizándose por sus flancos y manchando las pulidas piedras mortuorias.

El hombre bajó del altar, con ayuda de los cajones traseros, y lo rodeó, quedando frente a Cristo y su amigo. Tendió el cáliz que aún llevaba entre las manos al gitano. Este lo tomó con repugnancia. Cristo estaba sintiendo el mayor juju que un gitano puede experimentar: una ofrenda al diablo. En la copa, aún quedaba un fondo de sangre de un par de dedos, al menos. El anciano clavó sus ojos en el y le sonrió. Manipuló un grueso medallón que llevaba al cuello, abriéndolo. Cristo pudo entrever algo blanco enterrado en un puñado de tierra.

― Es una hostia consagrada, enterrada en la tierra de una tumba – explicó el sacerdote, dejando caer la mezcla en su palma. Una gruesa lombriz se agitaba entre las migajas de la oblea y la tierra desgranada.

Volcó el contenido de su mano en el interior del cáliz, lombriz incluida, y por un instante, Cristo creyó ver la sangre emulsionarse. Cerró los ojos instintivamente y cuando los abrió, el denso líquido sanguíneo había regresado a la normalidad, o bien estaba viendo alucinaciones, se dijo. El anciano tomó la copa y, sin quitar los ojos de Cristo, se la llevó a los labios, bebiendo un largo trago.

“¡Joer, me cago en el Dó de Oroz! ¡Ni ziquiera ha hecho figurá! ¿Ezte tío quién ez? ¿El puto Drácula?”, pensó en su lengua materna.

― Queridas, giraos y presentadme vuestras nalgas, que es lo que más aprecia nuestro príncipe en nosotros – elevó su voz el sacerdote. Sus labios estaban manchados de sangre y un chorreón bajaba por su barbilla.

Todas las mujeres se giraron, inclinándose levemente para resaltar sus traseros. Incluso Spinny lo hizo, aún sin estar desnudo. A pesar de la situación, Cristo estuvo a punto de soltar una carcajada. El anciano introdujo un dedo en el cáliz, mojándolo en sangre, y dejó una simple línea en la frente de Cristo.

― ¡Echa payá, coño! – exclamó.

Sin darle importancia, el sacerdote hizo lo mismo con Spinny, y después se dedicó a untar el inicio de cada trasero femenino, justo por debajo de los riñones, donde más de una lucía un glamoroso tatuaje.

En el momento en que la sangre tocó su piel, Cristo notó como su pene se tensaba en el interior de sus pantalones, asombrándole. Debido al temor y la preocupación, ni siquiera se excitó con la visión de todas las chicas desnudas. Eso no quería decir que no las hubiera mirado bien a fondo, para un ulterior aprovechamiento, pero su pene ni siquiera se había estremecido. ¿Por qué lo hacía en ese momento? ¿La sangre tenía algo que ver, o quizás era la hostia sacrílega?

Pero él no era el único en sentir una súbita fiebre que alteraba sus sentidos, que hacía correr la sangre rauda por las venas. Las chicas empezaban a estirarse, a deslizar una mano por los endurecidos pezones, a mirar con deseo a sus compañeras, y, sobre todo, se relamían. Pasaban la lengua sobre sus labios como si intentaran degustar algo que los manchaban, algo delicioso.

El anciano, a medida que las marcaba, había escogido a tres de ellas para seguirle de nuevo sobre el altar y acompañarle en lo que denominaba su trono. Una de ellas era Britt, la pequeña nueva amiga de Cristo. Las otras dos elegidas eran Rowenna, quien parecía gozar de la estimación del sacerdote, y una exquisita sureña rubia llamada April Soxxen.

Las tres chicas elegidas se dirigieron sobre el altar mientras el anciano encaraba a todas las demás, chicos incluidos. Reclamó su atención, la cual se dispersaba cada vez más debido a la excitación.

― Queridas niñas… y niños, es hora de que gocéis y atraigáis de esa forma a nuestro Príncipe. Necesitará mucha, mucha lujuria. A partir de este momento, solo estaréis pendientes a vuestro estado de excitación. No existirá ningún límite, ningún freno a vuestras ansias y deseos; nada frenará la lujuria que recorre vuestros cuerpos. Solo queda la necesidad de satisfacer vuestros instintos más naturales. ¿Habéis comprendido?

Cristo se estremeció al escuchar el profundo “sí, amo” que surgió de las gargantas subyugadas. Solo entonces fue mínimamente consciente de que estaba a punto de participar en una orgia con la que siempre soñó. No supo si alegrarse o sentir aún más temor del que ya le embargaba. ¿Cómo se había visto envuelto en una situación tan extraña y apabullante? ¿Por qué tenía él que ser el único en ver aquel fantasma merodeador? ¿Por qué coño tenía que ser tan puñeteramente curioso? Su máma se lo había dicho muchas veces, que le perdería su manía de meter las narices en todas partes.

El viejo sacerdote regresó a su apoltronado diván, donde se hundió con languidez y despotismo, dejando que las tres chicas que había escogido se afanaran en sus atenciones y mimos. Una le quitó los zapatos, masajeando sus pies delicadamente, manteniéndolos sobre su regazo. Otra se ocupó de su nuca y hombros, recostándole sobre su desnudo pecho. La tercera, arrodillada sobre la piedra, se entretenía en desnudarle lentamente, tratando de no molestar a sus compañeras.

Cristo miró a su alrededor. Las chicas se emparejaban rápidamente e incluso aceptaban tercetos, sin escrúpulos algunos. “Tenía razón. Las modelos asumen una personalidad lésbica en la intimidad, quizás condicionadas por ser un producto para los ojos masculinos. Es como una compensación.”, pensó el gitano, con un raro destello de claridad.

Sin embargo, a su derecha, Spinny estaba siendo acariciado y desnudado por dos chicas, concretamente Alma y una mexicana de nombre raro, Betsania. Su amigo se dejaba hacer, sonriente y feliz como un Buda recién cenado. Cristo estuvo a punto de exclamar: “¿Y a mí, cuando me toca?”, cuando se dio cuenta que un grupito de modelos, encabezado por una altísima valquiria alemana, Hetta Gujtrer, venían hacia él con claras intenciones.

― ¡Madre mía! ¡Viene la Hitler! ¡Jesús! – exclamó entre dientes.

Alzó las manos como si se rindiera incondicionalmente ante las chicas, las cuales sonreían como lobas hambrientas, cosa que no ayudó demasiado en tranquilizarle. Pasó la mirada sobre ellas. Eran cinco. ¿No pensarían las cinco rifárselo, no? Hetta, como siempre, era la que comandaba sus chicas. Incluso estando subyugadas como estaban, mantenían su grupito de amigas nórdicas y seguía llevando la voz cantante. ¿Qué clase de control utilizaba el viejo? Hipnosis no era; al menos a él no había intentado hipnotizarle, pero no conseguía averiguar nada más.

Hetta se detuvo ante él, sonriente, los brazos en jarra, los puños contra sus caderas. No solo la despampanante alemana no daba importancia a su desnudez, sino que parecía ufanarse de ello. Sacaba sus mórbidos pechos hacia fuera, tiesos como obuses, que quedaban justamente a la altura de la boca del gitano. La modelo sopló hacia arriba para apartar parte de su largo flequillo de sus ojos.

― Queremos jugar contigo, Cristo – dijo con su marcado acento boche.

― Pero con cuidado, eh, que soy muy sensible – advirtió él.

Junto a Hetta, se encontraba otra compatriota alemana, más joven y más bajita: Gru Tasser. Sin embargo, no tenía aquel aire teutónico marcado. Su cabello era castaño claro, largo y lacio, pero poseía una mandíbula firme y cuadrada y una boca pequeña. Las tres que completaban el grupo pertenecían a diversas nacionalidades escandinavas. Bitta Monarssen era danesa y mestiza, una curiosa mezcla de padre rubio y madre indo asiática, concretamente de Sumatra. Katiana Dürgge provenía de la parte más al norte de Suecia y confirmaba el estereotipo más clásico de los arios nórdicos. Iselda Läkmass procedía de la costa de Noruega y era la más joven de todas ellas y quizás la más dulce.

Cristo no tenía apenas relación con aquel grupo de modelos, ya que se mantenían un tanto apartadas de las demás modelos. Todas ellas compartían un gran apartamento en Queens y, salvo algunos ansiolíticos que le compraban al gitano, no compartían gran cosa. Por eso mismo, se había quedado descuadrado cuando las había visto llegar en su busca. ¿Qué querían de él? ¡Si era muy poquita cosa para todas ellas!

Hetta no le dejó pensar más, ya que se clavó de rodillas delante de él y le desabrochó el pantalón hábilmente, bajándoselo de un tirón. Katiana se inclinó y manoseó su miembro por encima de los boxers, siempre sonriente. Gru se colocó a su espalda e introdujo sus manos bajo la prenda interior, aferrándole las nalgas. Cristo tragó saliva. No existían prolegómenos ni futilezas en sus mentes condicionadas. Iban directas al grano y eso acojonaba un tanto a nuestro gaditano.

Le dejaron totalmente desnudo en un abrir y cerrar de ojos. Se quedó allí, en pie, con las manos a la espalda, que Gru se encargaba de sujetar, expuesto a los ojos de las cinco chicas. Bitta disputó acariciar su pollita con Katiana, juguetonas pero no comentaron nada ofensivo sobre ella, algo que Cristo agradeció. Hetta hizo una seña a Iselda y ésta se acercó a ellos, pues se había quedado descolgada del grupo. La alemana, aún de rodillas, la situó ante Cristo y la obligó a abrirse de piernas. El gitano contempló aquel pubis sin vello y absolutamente delicioso. Con dos dedos, Hetta abrió los labios de la vagina, haciéndole ver que estaban húmedos y brillantes, al igual que los de todas ellas.

Se llevó los dedos a la boca, chupándolos. Arrodillada a su lado, Katiana se rió, envidiándola en el fondo. Con mirada maliciosa, Hetta empujó a Katiana sobre el pene de Cristo. La sueca no se hizo de rogar y engulló el penecito por completo, apretando el glande con su garganta. Sonriendo, Hetta se giró hacia la joven Iselda, y aplicó sus labios sobre aquel coño deseoso, consiguiendo que brotara un suspiro de los labios de la noruega.

Cristo alucinaba en colores, sujetado por las manos de Gru y de Bitta mientras la boca de Katiana le aspiraba con fuerza y pericia. “Dios… esto es la Gloria.”, se dijo, dejando que una atolondrada sonrisa separara sus labios. A su espalda, la otra alemana y la danesa unieron sus labios, sin dejar de sostener el cuerpo del gitano. A los ojos de Cristo, todo se desarrollaba con una simplicidad absolutamente diabólica. Todas las chicas parecían muy dispuestas a dejarse llevar por la lujuria y el desenfreno, tras ser imbuidas del signo sangriento que el viejo pintó en sus cuerpos. De hecho, el propio gitano podía dar fe de la fiebre interna que se había despertado en él, tras embadurnarle la frente.

A unos cuantos metros de distancia, Spinny había rodado por el suelo, abrazando tanto a Alma como a Betsania, entre risas y susurros. Ni siquiera parecían ser conscientes de que, a su alrededor, un par de docenas de jóvenes desnudas retozaban, alegremente concupiscentes. La guapa mexicana parecía un tanto obsesionada con el miembro del irlandés, pues no dejaba de sobetearlo y menearlo, como si fuese una zambomba navideña. Alma, totalmente enardecida, lo que pintaba sus mejillas de fuerte rubor, besaba tan apasionadamente a Spinny que sus trabadas bocas se llenaban de abundante saliva.

Sentada sobre el filo de una de las lápidas que formaban el incongruente altar, Mayra mantenía sus piernas bien abiertas y sujetaba el pelo oscuro de una de sus compañeras, quien realmente se atareaba en hundir la lengua en su vagina. Parecía dispuesta a perseguir cualquier traza de semen que el carnero pudiera haber dejado en el interior de su compañera. Mayra contoneaba sus caderas con garbo, aún a riesgo de raspar sus nalgas sobre la pétrea superficie, y gemía sordamente, enfrascada en la novedosa experiencia del cunnilingus.

Casi a los pies de Mayra y formando una cada vez más extensa alfombra humana, la mayoría de las modelos se agrupaban sobre el suelo de tierra batida. Calenda y May Lin fueron las primeras en besarse, acostumbradas a mantener una relación de este tipo en casa. Ekanya se unió rápidamente a ellas, acariciando las nalgas de ambas. Después fue Joselyn y Martine, y luego las hermanas Nerkeman, las que decidieron unírseles, por lo que el grupo acabó yéndose al suelo, para más comodidad.

Cinco mujeres acariciándose y besándose en el suelo atrajo la atención de las parejas lésbicas que se estaban formando a su alrededor. Era como si gravitaran alrededor de un cuerpo celeste mayor y, finalmente, fueran atraídas por su fuerza de gravedad. Una tras otra, fueron acomodándose a su alrededor, aumentando el número y, por lo tanto, su fuerza de atracción.

Annabelle, Leonor, Amaya, Ruby…

Calenda era quien mantenía más atenciones sobre ella, pues en verdad era una modelo muy estimada y envidiada. May Lin, demasiado acostumbrada a estrecharla en sus brazos mientras dormían, había cambiado de aires, dedicándose a la negra Ekanya, a quien le había echado el ojo desde su llegada a la agencia. Se lo demostraba mordisqueando sus oscuros pezones, tan erectos como balas del 38. Calenda, por su parte, estaba frotándose lánguidamente en una apretada tijera con una de las hermanas Nekerman, mientras la otra, arrodillada a su lado, le mantenía alzado el rostro para besarla sin comedimiento.

Sonriendo como todo un pachá, el viejo sacerdote admiraba su obra, tumbado en el viejo diván. Las chicas que le atendían le habían despojado de su oscura túnica y de las ropas que el hombre llevara debajo, quedando dispersas sobre las lápidas. Rowenna y April, arrodilladas en el suelo, se disputaban vorazmente cada centímetro de piel de su miembro viril. A pesar de la avanzada edad que representaba, su pene se encontraba dignamente encumbrado y duro, con unas dimensiones más que aceptables. Britt se dedicaba exclusivamente a besar al anciano, tanto en los labios, como en las mejillas y en el cuello.

El mal iluminado y profundo sótano, más bien una catacumba según diversas opiniones, se llenaba de suspiros, jadeos, y largos gemidos, a medida que la pasión se expandía. Los cuerpos desnudos se fusionaban e interconectaban, se deslizaban sinuosamente los unos sobre los otros, con las pieles impregnadas de sudor y deseo a partes iguales. Los febriles ojos entornados, oscurecidos por las largas y cómplices pestañas, no dejaban de buscar el sutil reconocimiento de la pasión admitida, del inequívoco gesto del más puro placer. La lujuria invadía lentamente la mente de cada participante, llenando sus lógicos pensamientos con una sola idea: “intégrate aún más en la orgia”.

Cristo, quien seguramente era la persona que más tiempo había mantenido la serenidad, ya no razonaba precisamente. Desnudado casi a tirones, había pasado de mano en mano, mejor dicho, de boca en boca, besando y mordisqueando los labios de cada una de las “nórdicas”, y no siempre de una en una. Hetta se había transformado en una bestia sexual, que solo gruñía y gemía, buscando cada vez más fricción entre sus piernas.

El gitano le ofreció una de sus profundas y concienzudas lamidas, que la llevó literalmente a aullar mientras se tensaba fuertemente bajo la lengua, pero solo sirvió para enardecerla aún más. Necesitaba sentir mucho más y sus compañeras tuvieron que volcarse todas sobre ella, ocasionándole orgasmos casi continuos.

Alma se atareaba en tragar el pene de Spinny, quien jugaba a pistonear tanto la vagina de la mexicana como la garganta de su colega pelirroja, enfrascadas en un cada vez más estrujador sesenta y nueve. Arrodillado entre las piernas abiertas de Betsania, se hundía en aquel delicioso coño latino, adornado con un zigzagueante rayo de vello; dos riñonadas profundas para conseguir uno de esos gemidos oriundos de Chiapas y vuelta a sacarla para, a continuación, enfrascarla en la garganta de Alma, que estaba más que dispuesta a degustarla tanto como los icores de la joven modelo azteca.

Deseaba que el joven se corriera en su boca, pues intuía que el semen era lo único que apagaría el fuego que brotaba de su esófago, pero Spinny se contenía asombrosamente, demostrando que estaba bien acostumbrado a follar. De hecho, ambas mujeres se habían corrido una vez al menos y se agitaban en busca de un horizonte aun más placentero. Alma apretó suavemente el glande violáceo con los dientes de su mandíbula inferior y su labio superior, antes de que Spinny la cacheteara suavemente en la mejilla, sacándola de su boca.

― ¡Ahí la llevas otra vez, Betsania! ¿Lo quieres fuerte o suave, pendón? – masculló entre dientes.

― Fuerte, huevón, todo lo fuerte que puedas – gimió la modelo mexicana, desde debajo del cuerpo de Alma.

Ésta se mordió el labio fuertemente cuando observó aquel pistón hundirse en la calenturienta sonrisa vertical, sin consideración alguna. Sintió los dientes de la latina morder dulcemente el interior de su muslo, como respuesta a la intrusión. Dos embistes más, un nuevo quejido, y vuelta a sacarla…

Ekanya se había entregado a toda aquella desconocida pasión; se había rendido incondicionalmente, con los ojos brillantes y las rodillas flaqueando. Nunca había experimentado algo así y se dijo, antes de ofuscarse completamente, que tendría que confesar sus pecados el domingo en misa. La lengua de May Lin la estaba torturando, posada sobre su clítoris. Su compañera era puro fuego y para impedir que los continuos gemidos que acudían a su garganta surgieran y la pusieran aún más en falta, había tomado el pie de Amaya, succionando sus dedos con pasión.

Arrodillada casi sobre el rostro de la negra, Calenda se afanaba por meter sus puños en el interior de las vaginas de las hermanas Nekerman. Ethel y Davina, las susodichas hermanas, chillaban fuertemente, sin saber si se trataba de gozo o de dolor. A Calenda no le importaba, pues las chicas la habían retado y ahora debían pagar las consecuencias. Con una mueca de suficiencia, la venezolana consiguió introducir el puño derecho completamente, sintiendo como Davina se estremecía toda y dejaba escapar un chorrito de pis, muñeca abajo.

― Vamos a por el otro – musitó con un gruñido, empujando su puño izquierdo.

Mayra se corrió en el momento de escuchar las palabras que gruñó Calenda. Se encontraba tumbada de costado sobre uno de los laterales del altar, sus piernas entrecruzadas con las de Sophie Presscott, sus sexos rozándose plenamente. Por fin reconocía que Calenda la ponía burra en cuanto la espiaba y que esa era la única razón de haberse hecho amiga de ella. La hubiera enloquecido tenerla entre sus piernas como a la imbécil de Sophie, pero no había tenido oportunidad. Entre los espasmos del fuerte orgasmo, se dijo que quizás aún no era tarde.

― ¡Me viene! ¡Jodida cochina, me corroooo! – exclamó la canadiense Sophie, arrancando una sonrisa a Mayra.

El viejo sacerdote intentaba estar al tanto de cuanto ocurría alrededor del altar. Por eso mismo, detuvo con un gesto a Rowenna y April, quienes sujetaban a la pequeña Britt entre sus manos. En la breve pausa, el anciano sintió débilmente los orgasmos de Mayra y Sophie y sonrió socarronamente. Se encontraba sentado sobre el diván, con las piernas extendidas ante él, en el suelo. Britt se acuclillaba sobre su erguido sexo, sujetada de los brazos por sus dos compañeras. Jadeaba, la mirada desenfocada. Sus pequeños senos subían y bajaban rápidamente, al ritmo de sus inspiraciones. Solo deseaba dejarse caer sobre aquel órgano que estaba fijo en su mente.

Sin embargo, aguardaba el permiso de quien era su dueño en aquel momento, al igual que sus dos nuevas amigas. Se la veía más joven de lo que era, quizás debido al mohín impaciente que se reflejaba en su rostro, o bien a su pequeño y esbelto cuerpo desnudo, que Rowenna y April manejaban como una marioneta.

― Vamos, jovencita, déjate caer… lo estás deseando, ¿verdad? – susurró el anciano.

Con una risita que quiso ser una respuesta y un alivio, al mismo tiempo, Britt quedó libre de sujeción. La mano de su amo mantenía empuñada la estaca de carne que deseaba en su interior, la cual se deslizó vagina adentro como una daga en su funda, hasta su totalidad.

― Aaah… putilla, estás acostumbrada a calibres gruesos… ¿a qué sí? – expuso el anciano mientras pellizcaba los grandes pezones de la joven.

― Sí, mi dueño. Mi ex la tenía grande – jadeó ella, mirándole a los ojos.

Con un gesto atrajo la atención de las dos modelos en pie, las cuales acercaron sus caderas para que las manos del sacerdote se apoderaran de sus sexos. Dos índices las penetraron inmediatamente, dejando claro que el interior estaba bien húmedo y dispuesto para lo que él quisiera. Muy pronto las tuvo a las tres con los ojos cerrados, las aletas de las narices comprimidas y la barbilla levantada al techo, suspirando y contoneándose en un glorioso terceto.

Los minutos pasaban raudamente, sin que nadie de los presentes controlase su avance. Primero una hora, luego otra más pasaron, sin que la compleja y viciosa sinfonía de gemidos y ruidos pasionales decayese lo más mínimo. El amplio sótano apestaba a tufo amoroso, a sexo desatado, a pesar que solo había tres hombres implicados. Sin embargo, el acre aroma a sudor y a humanidad en general enervaba las glándulas pituitarias.

De alguna manera, la satánica bendición del viejo sacerdote no solo exasperó la lujuria de los asistentes, sino que reforzó y aumentó su resistencia. A decir verdad, Cristo se había corrido ya dos veces, pero no pensaba en ello, ni siquiera era consciente de ese número ni condición.

Sudando como un gitano condenado a pico y pala, estaba sodomizando duramente a Katiana, quien arrodillada y con el culo expuesto, aullaba de gusto sobre la entrepierna de Gru. Ya no atinaba a pasar la lengua sobre la henchida vulva, por mucho que la reclamase. Para aprovechar el momento y no enfriarse, la alemana aumentó el ritmo de sus dos manos, inmersas en una bien orquestada fricción sobre los inflamados clítoris de Bitta e Iselda. Tanto la danesa como la noruega se encontraban de rodillas, las espaldas rectas y los muslos bien abiertos. Los dedos índices y corazón de cada mano de Gru penetraban al unísono los sexos de sus compañeras mientras ellas apretaban y torturaban sus propios pezones. Con las bocas entreabiertas y barbillas temblorosas, perseguían con celeridad una nueva explosión jubilosa.

Hetta había abandonado el grupo de sus amigas un rato antes, atraída por la mirada lujuriosa de Alma. Con su innato sentido de la dominación, consiguió que tanto la pelirroja como la mexicana quedaran de rodillas, con sus rostros hundidos en las intimidades de la hermosa alemana; Alma en la entrepierna, Betsania en la retaguardia.

Con sus manos bien aferradas a las esplendorosas cabelleras de las temporalmente sometidas, una de ellas rojiza y la otra casi azulada por su negrura, Hetta clamaba soeces insultos en puro alemán a medida que el éxtasis la alcanzaba. Todo su cuerpo delineado por duros ejercicios, se agitaba incontrolado y sus ojos casi vueltos evidenciaban que había llegado a su límite.

― Bastarde! Sie werden mich umbringen, bei Gott! Welche Sprachen! Verdammt amerikanischen Fotzen!

Con estas palabras, su cuerpo se desmadejó y cayó en brazos de las dos chupópteras, que se sonrieron mientras la tranquilizaban con caricias. Casi parecían dos libidinosas amantes del Drácula de Stocker, solo les faltaba relamerse la sangre de sus comisuras.

Spinny, cual sátiro resabiado, iba de flor en flor, ofreciendo su pene y sus besos a quien quisiera. Finalmente, Martine y Annabelle se aliaron para terminar con sus indecentes y provocativos punterazos. Sin dejar de besarse y abrazarse entre ellas, le hicieron el gesto de unirse a ellas. Annabelle alzó sus nalgas cuanto pudo para que el irlandés enfundara el miembro en su sexo y Martine, cuando lo hizo, le aferró con sus piernas.

Annabelle, esbelta rubia cobriza, agitó sus nalgas con una pericia desacostumbrada en una chica tan joven. Su compañera Martine la miraba a los ojos mientras el galope cada vez más exagerado de Spinny la llevaba al cielo. La jamaicana Martine decidió contribuir en el placer mutuo, llevando sus dedos tanto a su vulva como al clítoris de Annabelle. A punto de llegar al intenso final, Spinny se volcó sobre ellas y, como pudo, colocó su lengua entre las de las chicas, que no dudaron en aceptaron aquel beso a tres bandas, lleno de gemidos lúbricos cuando se derramó sobre el trasero de la chica.

También Cristo llegaba al éxtasis más absoluto en ese momento, follándose a toda máquina las bocas de Iselda y Bitta. Las dos estaban arrodilladas frente a frente, las manos a la espalda como a él le gustaba y las lenguas bien sacadas, para que Cristo pudiera meter su pene con toda eficacia. Katiana, detrás, le estimulaba el esfínter con un dedo, lo cual llevaba a nuestro gitano al más sublime paroxismo. La verdad es que echaba de menos ese tipo de caricias a las que Chessy le acostumbró. Gracias a ello, dejó varios chorros de semen en las bocas y barbillas de las dos modelos nórdicas, al mismo tiempo que dejaba escapar un gritito nada masculino.

El grupo numeroso de chicas había evolucionado hacia posturas de pura fantasía, agrupando el mayor número de participantes. Precisamente, en ese momento, todas ellas formaban un gran círculo sobre el suelo de tierra. Unas de espalda al suelo, otras cabalgando el rostro de las primeras, de forma alterna. De esta manera, conseguían estar todas conectadas en un sesenta y nueve general y grandioso.

Mayra, aprovechando el cambio de las chicas, se había unido a ellas, consiguiendo quedar bajo las caderas de su compañera favorita, Calenda. Lo único que le molestaba de esta magnífica oportunidad era no poder ver el rostro de Calenda cuando se corriese, pero, al menos, podría degustar su exquisito coñito totalmente depilado.

El círculo lésbico se asemejaba a unas extrañas plantas mecidas por ráfagas de cálido viento cuando las espaldas ondulaban y se curvaban, afectadas por el placer. Los gemidos parecían susurrados a las expuestas vulvas para brotar de nuevo en las cimbreantes lenguas de sus compañeras, pasando así de chica en chica. Las manos se aferraban a las desnudas nalgas, pinzaban los abiertos muslos, o bien se deslizaban buscando encajar en intimidades aún sin descubrir.

Finalmente, una a una, siguiendo un orden totalmente aleatorio, las chicas fueron alcanzadas por el último y determinante orgasmo que las hizo desfallecer y quedar adormiladas, las unas sobre las otras; las mejillas posadas sobre los olorosos sexos duramente manipulados. Algunas manos buscaron una última muestra de cariño, quedando asidas mientras recuperaban el aliento. Otras, como Mayra, susurraron un débil “te quiero”, como agradecimiento.

El sótano, poco a poco, se quedaba en silencio y tan solo una voz destacaba: la del viejo sacerdote.

― Eso es, mis bellas niñas. Habeis cargado el pentagrama con la suficiente energía – decía, de pie sobre el enmohecido diván.

Britt, Rowenna y April estaban recostadas bajo sus piernas, con sus pies estirados sobre la piedra, las espaldas sobre el fieltro del mueble, y las nucas casi en ángulo recto, apoyadas en la curvatura del respaldo. Mantenían sus bocas bien abiertas y los ojos clavados en su amo.

― Así, así, las bocas abiertas para recibir la comunión – murmuraba el anciano, meneando frenéticamente su pene sobre ellas. La punta de una lengua algo blanquecina asomaba entre sus labios, en una mueca perversa. – En el nombre del Innombrable, m-me corro… sobre v-vosotras… amén…

El gran pene morado del anciano escupió una ingente cantidad de espeso esperma, de consistencia pegajosa y fuerte olor. El semen se deslizó sobre los tres rostros expuestos, manchando párpados, narices, bocas, mejillas, y hasta cabellos. El anciano se reía y bailoteaba sobre ellas, aprovechando los escasos huecos entre sus cuerpos. No contento con esto, miccionó largamente sobre ellas, derramando orina por rostros y cuerpos sin que las muchachas protestasen en absoluto.

Acabada su asquerosa ceremonia, se bajó de un cuidadoso saltito y avanzó hasta donde se encontraba el carnero ensangrentado, que no se había movido ni un ápice durante la larga orgia. Con un chasquido de sus dedos, atrajo la atención de los ojos del animal y se miraron largamente. Maldijo en voz baja.

― ¡Demonios, aún nada! Tendré que esperar a que concluya la jornada – murmuró para sí mismo. – Bueno, niñas, es hora de irse a casa…

CONTINUARÁ…