Women in trouble 2: El hombre que (se) tiró a Supergirl.
Cárcel de Metrópolis. Noviembre de 2014.
Martin Thomas Johnson estaba teniendo un día tranquilo. Ése era su verdadero nombre, aunque muy poca gente lo sabía. Y todavía menos eran los que se hubieran atrevido a llamarle por el mismo. Él prefería su apodo, su nombre de guerra, “Black Elephant” y, cuando una enorme masa de 130 kilos de músculos color azabache dice que prefiere que le llamen como a él le parezca, las personas tienden a hacerle caso.
Odiaba su nombre; Martin le parecía nombre de alfeñique y Thomas, tres cuartos de lo mismo. Y él odiaba a los alfeñiques. Despreciaba a los débiles, pues consideraba que simplemente eran demasiado cobardes como para hacerse fuertes.
Él era débil de niño, pero bastaron un par de palizas de los matones del barrio para que decidiera cambiar su destino. El pez chico se come al grande.
Se hizo fuerte. Y ahora, las palizas las daba él. Por eso estaba allí, en el ala sur de la cárcel, donde estaban recluidos los presos que habían tenido algún encontronazo con algún superhéroe. Siempre y cuando no tuvieran ellos mismos algún superpoder, claro. A esos los tenían en el ala especial, la de máxima seguridad.
No, los que estaban allí simplemente habían tenido la mala suerte de tener un tropiezo con alguno de esos bastardos con capa. Batman, Flash, Aquaman… Cualquiera de esos mamones que se creían con derecho a administrar justicia en aquel perro mundo. Joder, que se encargaran de los tipos peligrosos de verdad, los que echaban rayos por los ojos o por el culo y dejaran a la maldita pasma encargarse de los tipos como él. Sería más justo.
En su caso, había sido el puto Superman. Joder, todavía le dolía la hostia que le metió cuando le sorprendió regalando un par de zapatos de cemento al ayudante del fiscal del distrito en un almacén junto al río.
Menuda mierda. Y eso que el trabajo parecía fácil y bien pagado. Si llega a saber que el maldito gilipollas de los calzones por encima del pantalón iba a meter las narices…
¡Bah! Para qué quejarse. Tampoco estaba tan mal allí. Tres años ya. Cómo pasaba el tiempo.
Le había costado un par de semanas, pero había logrado hacerse con el control del ala prisión. Un par de tortas por allí, un par de billetes por allá y al final se había convertido en el gallo del gallinero. Allí nadie movía ni un pelo si no era con su permiso y aprobación.
Algunos habían tenido que aprenderlo por las malas, pero Martin se lo explicó con mucho gusto. Además, aquellas lecciones didácticas, como la doble luxación de hombros de Bobby Clemenza (coño, qué gracioso estaba con los dos brazos escayolados) o la rótula destrozada de Smithy Howard (que ahora podía doblar la rodilla hacia delante o hacia atrás) habían servido para que el resto de la población reclusa aprendiera también quien mandaba.
Bueno, eso no era del todo cierto, claro. Por encima de él estaba el señor Wolf, obviamente. En realidad, aquel tampoco era su verdadero nombre, pero todo el mundo le llamaba así por su gran parecido con Harvey Keitel en Pulp Fiction.
Pero Wolf no contaba. Jugaba en otra liga. A ese tipo le iban las operaciones a lo grande, movía millones con la misma facilidad con la que Martin hacía saltar dientes. Puede que más.
Y a Wolf no le importaba en absoluto que Martin fuera el rey del patio, pues sus intereses estaban principalmente fuera de la cárcel. Desde allí, él seguía controlando sus negocios, pues para él, la condena no era sino una simple molestia en su carrera para ganar dinero.
Ambos se respetaban y no se metían el uno en los asuntos del otro. De hecho, en un par de ocasiones Wolf le había pedido pequeños favores a Martin, que él había cumplido encantado. Se llevaban bien.
Ahora vivía con tranquilidad, gestionando su pequeño negocio con sabiduría. Le cobraba a los nuevos a cambio de protección, se encargaba de mediar en las disputas que surgían entre los reclusos, se las ingeniaba para suministrar a los que se lo solicitaban (previo pago) objetos del exterior que no deberían tener en la cárcel…
Como no era un déspota, ni se pasaba la vida amedrentando a los demás, los reclusos le respetaban, así que a ninguno de los que le conocían se le pasaría por la cabeza desafiar su liderazgo, pues, bajo su mando, a todos les iba medianamente bien.
La única pega eran, obviamente, los nuevos reclusos.
Esos se englobaban principalmente en tres categorías:
–          Los que entraban al talego por primera vez, los cuales, de puro acojone, se mostraban más bien agradecidos cuando comprendían que, por un módico precio, podían contar con su protección.
–          Los que ya habían cumplido condena, pero que, o bien conocían a “Black Elephant” personalmente, o bien le conocían allí dentro, bastándoles una sencilla comparación del perímetro de sus bíceps para comprender que lo mejor era no causar problemas.
–          Y, por último, los veteranos reclusos que estaban acostumbrados, como él, a ser los jefes del cotarro y venían con la estúpida idea de disputarle su puesto de privilegio.
Y estos, por supuesto, olvidaban esa idea inmediatamente después de haber recibido una buena lección didáctica.
Era por eso que Martin procuraba mantenerse en forma. Todos los días dedicaba al menos una hora de patio a ejercitarse, haciendo pesas o ejercicios, para conservar los músculos bien engrasados.
Era tal su aspecto de mastodonte, que entre los presos corría el rumor de que, cuando Superman se enfrentó a él, Martin logró incluso tirarle, hacerle morder el polvo. Eso era completamente falso, por supuesto, pero, como le convenía que la gente se lo creyera, nunca trató de desmentirlo, limitándose a dedicar una sonrisa insolente a quien le preguntaba por el tema.
En esas estaba, usando uno de los bancos de pesas que había en el patio, cuando Joe, uno de sus lugartenientes, se acercó tranquilamente para darle un mensaje, sentándose en el suelo, muy cerca del banco de ejercicios.
–          Oye, Elephant, he estado hablando un rato con Mendoza – le dijo su subordinado.
–          ¿Y qué te ha dicho? – respondió Martin, con voz tensa por el esfuerzo de levantar las pesas.
Mendoza era uno de los guardas de la prisión. Uno de los mejores. A pesar de ser poli, Martin le respetaba bastante. No les trataba como mierda por el simple hecho de estar allí prisioneros y, si se enteraba de alguna información interesante, la compartía con gusto.
No era uno de esos cerdos corruptos como O´Brian o Michaelson, a los que tenía que untar periódicamente para que hicieran la vista gorda. Mendoza, siempre y cuando se mantuviera dentro de los límites del orden y no montara ningún follón, no le hacía la puñeta.
–          Pues dice que hoy vamos a recibir un cargamento de carne fresca.
–          Ya veo. ¿Algún solomillo de calidad extra? – inquirió Martin.
Carne fresca quería decir que iban a ingresar en el centro a nuevos reclusos. Los de calidad extra eran los potencialmente peligrosos para el negocio de Martin.
–          Pues por lo visto sí – dijo Joe provocando que su jefe dejara caer bruscamente las pesas en su soporte y se incorporase – Cuando le he preguntado, se ha echado a reír y ¿sabes lo que me ha dicho?
–          No seas capullo, ¿cómo coño voy a saberlo si no ha hablado conmigo?
–          No te lo vas a creer, jefe, pero dice que uno de los tipos que viene fue capaz de tirar a Supergirl.
–          ¿Cómo? – exclamó Martin, atónito.
–          Lo que oyes, jefe. No me ha dado detalles, porque el mamón de O´Brian andaba cerca, pero, por lo que he entendido, uno de ellos se enfrentó a Supergirl y la tiró al suelo. Lo mismito que le hiciste tú a Superman.
–          Espero que sí que sea lo mismito – se dijo Martin para sus adentros.
El hombretón se quedó callado unos segundos, digiriendo a toda velocidad la información que acababa de recibir para trazar un plan de acción.
–          ¿Sabes cuándo llegarán los nuevos? – preguntó a Joe.
–          Creo que muy pronto. Me parece que ya han pasado la recepción, así que deben estar recibiendo los uniformes y eso.
–          Vete enseguida y cuéntale todo esto a Charlie y a Roy. A ver qué podéis averiguar de ese tipo. ¡Vamos!
Joe se levantó de un salto y salió disparado en busca de sus otros compinches, los otros lugartenientes de “Elephant”. Sin embargo, no les dio tiempo a obtener demasiada información, pues los nuevos presos llegaron pocos minutos después.
Habitualmente, Martin no se habría acercado a ver la llegada de los nuevos, pues le parecía una muestra de debilidad, pero esta vez quería descubrir pronto quien iba a ser su próximo rival.
El cargamento de carne estaba compuesto de 3 solomillos, dos blancos y uno negro y fue a éste último al que inmediatamente Martin identificó como su oponente. Era un tío alto, incluso un poco más que él, con una musculatura bastante impresionante, que podía causarle problemas si se decidía a desafiarle.
Sin embargo, los tres nuevos reclusos tenían la misma mirada de miedo que tan bien conocía, mirando a su alrededor con recelo, temerosos de que los hombres que les rodeaban se les arrojaran encima o algo así.
–          ¿Y este tío fue capaz de tirar a Supergirl? – pensó Elephant en silencio  – Si tiene pinta de blando. Está completamente acojonado.
Justo en ese momento Joe se reunió con él.
–          Su nombre es Reginald Williams. Y es de aquí, de Metrópolis.
–          ¿Reginald? Vaya nombrecito tiene el hermano – dijo Martin mirando de nuevo al tipo de color.
–          No, jefe. Ése no. El tal Reginald es ese blanquito de ahí – dijo Joe señalando a uno de los otros tipos.
–          ¿Ése? – exclamó Martin sin acabar de creérselo – ¡Si tiene pinta de contable!
Algunos de los reos que andaban por allí miraron sorprendidos a Martin al oírle alzar la voz, aunque ninguno dijo nada. El tal Reginald, que también lo oyó, volvió la vista hacia él y, al ver la enorme mole de músculo que le miraba fijamente, empalideció muchísimo y dio un involuntario paso hacia atrás.
–          Vamos. No me jodas – le dijo Martin a su lugarteniente – ¿Cómo cojones va a ser capaz de derribar ese mierdecilla a Supergirl?
–          Yo qué sé jefe. A lo mejor tiene algún poder…
–          No digas tonterías. Entonces no lo habrían metido aquí. ¿Estás seguro de que es él?
–          Seguro. Le he preguntado dos veces a Mendoza, porque tampoco me lo creía y me ha asegurado que sí. Por cierto, no sé qué cojones le pasa hoy a ese tío, pero cada vez que le pregunto se parte de la risa.
De repente, resonó la sirena en el patio de la cárcel. Hora de cenar. Sin pausa pero sin prisa, toda la población reclusa se dirigió a las puertas del comedor, formando las cotidianas colas frente a los mostradores de servicio, donde los presos que se encargaban de esa tarea repartían la manduca entre los prisioneros.
–          Joe. Llévate a Charlie y ponle las cosas claritas a los solomillos nuevos. Si el musculitos se pone tonto, no hagáis nada, me lo dices a mí. Mientras, que Roy me coja un plato con la comida.
–          ¿Vas a hablar con el tal Reginald?
–          Desde luego. Quiero saber cómo cojones se las ingenió ese tío para tirar a Supergirl. Si es que es verdad, claro, que empiezo a pensar que Mendoza ha querido cachondearse un rato de nosotros.
–          Puede ser. Ya te he dicho que hoy se ríe con todo, igual va colocado. A lo mejor es una broma.
Elephant entró en el comedor, buscando con la mirada al blanquito. No le costó localizarle en una de las colas para recibir el rancho.
Esperó un par de minutos apoyado en el marco de la puerta, observándole en silencio, convenciéndose cada vez más de que era imposible que aquel alfeñique se hubiera enfrentado a una superheroína.
Como siempre hacen los primerizos, Reginald buscó un sitio solitario donde sentarse, temeroso de hacerlo donde no debía y empezar su condena metiéndose en un buen follón. Una vez sentado, miró a su alrededor con nerviosismo, constatando con alivio que los hombres que allí había no le hacían el menor caso.
Pero entonces lo vio. La mole de músculos que estaba junto a la entrada cuando llegó le estaba mirando. Reginald, asustado, clavó la mirada en su bandeja y empezó a comer, pensando que, si evitaba el contacto visual, aquel monstruo comprendería que no quería problemas y le dejaría en paz.
–          Hola. Te llamas Reginald, ¿verdad? – resonó entonces el vozarrón de Elephant justo a su lado.
Dando un respingo, el hombre alzó la vista de la bandeja y se encontró de bruces con el gigante, que le miraba con un brillo la mar de inquietante en los ojos. Parecía estar a punto de arrancarle la cabeza si no le gustaba su respuesta.
–          Sí, sí – respondió tratando de imprimir firmeza a su voz – Reginald Williams. Encantado.
–          ¿Sabes quién soy yo? – dijo el negro, haciéndole temer que iba a crucificarle por no saberlo.
–          N… no. Lo siento. Soy nuevo aquí.
–          Aquí todos me llaman “Black Elephant” – dijo la mole sentándose frente a él.
Reginald vio que algunos presos les miraban con atención, con  lo que imaginó que todos estaban esperando a que el tipo aquel se pusiera a darle de hostias. Sintió perfectamente como una gota de sudor frío se deslizaba por su espalda y se le colaba por la raja del culo.
–          E… Encantado señor Elephant.
–          ¿Señor Elephant? – exclamó Martin sorprendido.
Y se echó a reír. Al ver que se reía, los reclusos que habían estado mirándoles por si acababa habiendo espectáculo en forma de lección didáctica, comprendieron que no iba a ser así, con lo que volvieron a concentrar su atención en sus platos.
Reginald, por su parte, esbozó una sonrisa nerviosa al ver que el otro se carcajeaba, comenzando a pensar que, finalmente, quizás terminaría la conversación con todos los dientes en su sitio.
–          Olvida lo de señor. Te juro que es la primera vez que me llaman así. Me ha hecho gracia.
Martin había comprendido sin el menor asomo de duda que aquel tipo no iba a ser ninguna clase de peligro potencial para él, así que se relajó inmediatamente.
–          Me he acercado a saludarte porque había escuchado unas cosas que… bueno, unas estupideces que quería comprobar.
–          Si puedo ayudarle en algo…
–          Tranquilo. Como te digo eran sólo tonterías. Pero bueno, ya que estoy aquí, aprovecharé para explicarte un poco cómo funcionan las cosas aquí…
Durante un rato, Martin expuso a Reginald cuál era su posición entre la población de reclusos, haciéndole ver con claridad meridiana lo que esperaba de él a partir de ese momento: que pagara su cuota como todos los demás.
Mientras hablaban, Roy se acercó a la mesa portando dos bandejas, la suya y la de Elephant y, viendo a su jefe tan relajado, se sentó con ellos a comer.
Reginald, que no era tonto, captó enseguida la situación y aseguró a ambos compañeros que estaría encantado de hacerse cargo de la cuota correspondiente y que, de hecho, le tranquilizaba mucho saber que unos tipos tan fuertes iban a velar por su seguridad.
Una vez los puntos sobre las íes, siguieron charlando un rato amigablemente y Martin descubrió, con cierta sorpresa, que el blanquito le caía bastante bien.
–          Tanto preocuparme para nada – se dijo para sí.
Finalmente, el turno de comidas terminó y el timbre indicó de nuevo a los reclusos que era hora de dirigirse a su módulo. Nuevamente, caminaron con parsimonia dirigiéndose a las puertas, mientras Reginald y sus dos acompañantes se quedaban un poco rezagados.
–          Oye, “Black Elephant”, ¿puedo preguntarte algo? – dijo Reginald sintiéndose cada vez con más confianza.
–          Dime – respondió el hombretón, poniéndose ligeramente en tensión.
–          Verás. Es sobre lo que dijiste antes. Cuando te acercaste a mí, parecías un poco… enfadado, por no sé qué “estupideces”. ¿A qué te referías?
Martin se relajó al ver que la pregunta era inofensiva.
–          ¡Ah! Una tontería. Verás, uno de los guardas nos había dicho que tú habías sido detenido por Supergirl. Que te habías enfrentado a ella.
–          Bueno, eso no es del todo cierto. No es así exactamente como ocurrió.
–          No, ya, ya. Eso lo he captado yo solo – rió Martin.
–          Pero, ¿dónde está lo estúpido del asunto?
–          Nada. Una gilipollez que nos dijo. Comentó que estabas aquí porque habías tirado a Supergirl. Que te habías peleado con ella y habías sido capaz de derribarla, vaya, pero ahora comprendo que todo era una broma.
–          ¿Cómo? ¿Que yo derribé a Supergirl? ¿Cómo iba a hacer eso?
–          Eso digo yo. Ya te digo que son tonterías.
Reginald miró al frente, con expresión confusa, sin dejar de darle vueltas al asunto. De pronto, su rostro se iluminó al lograr descifrar por fin el enigma que encerraban las palabras del guarda.
–          ¡Ah! ¡Claro! ¡Ahora lo comprendo! – exclamó dando una palmada.
Martin y Roy se volvieron a mirarle, al igual que otros reclusos que andaban por allí cerca.
–          ¡Ya sé lo que os dijo el guarda! No dijo que yo hubiera tirado a Supergirl, os dijo que ME HABÍA TIRADO A SUPERGIRL.
De no ser porque el escenario del drama, una cárcel repleta de criminales le quitaba gracia al asunto, hubiera sido divertidísimo hacer una foto de las caras de de asombro que pusieron Martin y el resto de presos que escucharon la exclamación de Reginald.
Y es que ver a un tío de 130 kilos con la boca abierta y los ojos como platos tiene su aquel.
………………………
La noticia corrió como la pólvora.
Era lógico, era algo realmente impresionante. Los reclusos que escucharon la afirmación de Reginald se lo contaron inmediatamente a sus compañeros de celda, con lo que automáticamente también se enteraron los de las celdas cercanas.
Por la mañana, cuando se abrieron de nuevo las puertas para que los presos acudieran a sus trabajos o actividades, todo el mundo se había enterado de sus palabras, sólo que, con el boca a boca, para la hora de comer ya se decía que el tipo se había montado una orgía con Supergirl, Black Canary, Wonder Woman y con todas las tipas con mallas a las que pilló.
Fuera como fuese, en realidad nadie se creía que sus palabras fueran verdad, porque ¿cómo iba a ser posible que aquel tipejo hubiera sido capaz de hacérselo con semejante tía? Era una locura.
Sin embargo, había un par de factores que provocaban que entre la población reclusa se mantuviera el runrun de los rumores. ¿Por qué a un preso recién llegado le habían dado una celda para él sólo? Y, sobre todo, ¿por qué los lacayos de Wolf habían estado haciendo averiguaciones sobre el tipo? Aquello era tan inusual que servía para fomentar los rumores más todavía.
Mientras tanto, Reginald era ajeno por completo a las ampollas que su afirmación había levantado entre sus compañeros, ya que, al ser su primer día en el centro, se había pasado toda la mañana con un funcionario de prisiones, decidiendo a cuál de los talleres de trabajo iba a apuntarse.
Reginald se había ofrecido voluntario para impartir clases a los presos que lo solicitaran, ya que tenía experiencia como maestro. Por ello, se había pasado prácticamente toda la mañana con el funcionario organizándolo todo, ignorante por completo de haberse convertido en el centro de atención de todo el mundo.
Incluso Martin, que estaba más que acostumbrado a las fanfarronadas que soltaban los presos, se sentía confuso. ¿Por qué coño había dicho aquello?
Sin poder quitarse el asunto de la mente, Elephant intentó tener una charla con Mendoza, pero, por desgracia, aquel era precisamente el día en el que el guarda libraba, así que, no queriendo interrogar sobre el tema a ninguno de los otros, decidió esperar a la hora del almuerzo.
–          Sí, eso será lo mejor – pensó Martin una vez decidido – Le obligaré a que me lo cuente todo durante la comida y si no… le retorceré el pescuezo.
No le importaba en absoluto tener que pasarse luego una semana encerrado en el agujero, si así salía por fin de dudas.
Sin embargo, a la hora del almuerzo Reginald no aparecía por ninguna parte. En realidad, no había pasado nada extraño, sólo que se había entretenido más de la cuenta organizando lo del curso, pero bastó su simple ausencia para que las lenguas se desbocaran en el comedor.
Cuando por fin apareció, a falta de menos de 10 minutos para el fin del turno de comidas, el silencio se apoderó de la sala y trescientos pares de ojos se clavaron en Reginald, que se llevó un gran sobresalto.
Muy lentamente, casi con miedo, Reginald caminó hasta el mostrador, escuchando sobrecogido cómo sus pasos resonaban en el silencio sepulcral y recogió una bandeja, recibiendo un cucharón de potaje de un silencioso recluso que le miraba sin pestañear.
Asustado, lo único que se le ocurrió al pobre fue sentarse al lado de Black Elephant, la única persona con la que había intercambiado unas palabras, en un intento de averiguar qué estaba pasando.
–          ¿Tú qué crees que está pasando? – le soltó Elephant al sorprendido Reginald tras la pregunta de éste.
–          Pu… pues, no sé…
–          ¿Cómo qué…?
Pero Martin no llegó a formular su pregunta, pues Denis, el segundo del señor Wolf, apareció como por arte de magia junto a la mesa.
–          Señor Williams – dijo con educación – Vengo de parte del señor Wolf. Si es tan amable, le gustaría tener unas palabras luego con usted, tras el almuerzo.
Reginald, desconcertado, miró a Martin sin saber muy bien qué contestar.
–          Será mejor que aceptes – le aconsejó el hombre de color – No es buena idea negarle nada al señor Wolf.
–          I… iré con mucho gusto – asintió Reginald mientras se preguntaba qué demonios estaba pasando allí.
–          Estupendo, se lo agradezco mucho. Por supuesto, su amigo Black Elephant está también invitado, si eso le place.
–          Iré con mucho gusto – dijo simplemente Martin, ganándose una sonrisa de agradecimiento del aturrullado reo.
Denis se marchó tras despedirse educadamente. Algunos presos, al conocerle por primera vez, interpretaban erróneamente que la exquisita educación de que hacía gala Denis era un signo de debilidad. Mientras no hicieran nada para comprobarlo, Denis les dejaba tranquilamente en su error, pero si a alguno se le ocurría verificarlo…
…………………..
A la hora convenida, Martin condujo a Reginald a la celda del señor Wolf. Mientras tanto, había aprovechado para ponerlo en antecedentes sobre quien era su anfitrión, así como del motivo por el que se había convertido en el centro de atención en el módulo prisión.
Reginald se quedó sorprendidísimo.
–          Pe… pero si es la pura verdad – dijo sin entender todavía a qué venía todo aquello.
–          ¿En serio? Pues eso espero, porque has logrado despertar el interés del señor Wolf y no me gustaría ser yo el que le decepcionara.
El estatus del prisionero conocido como Wolf, quedaba de relieve fácilmente viendo simplemente la celda que ocupaba. Era la última del módulo, con una ventana (cerrada con barrotes de acero) que daba al exterior, cosa que allí era un auténtico lujo.
Además, al ser la celda del fondo, sólo tenía una celda vecina, pues el otro lado daba a la calle. Invirtiendo unos cuantos dólares, Wolf había conseguido incluso que dejaran desocupada  esa celda contigua, que estaba a su disposición a modo de almacén.
Su celda (que obviamente no compartía con ningún otro reo gracias a otra buena inyección de pasta), estaba amueblada como una salita de lujo. Tenía TV de plasma, ordenador con conexión a internet y un par de butacones orejeros muy cómodos, en los que solía sentarse junto a su abogado cuando venía a visitarle, pues el señor Wolf no iba a rebajarse a celebrar sus entrevistas en el locutorio como todo el mundo.
Lo curioso del asunto era que Reginald ocupaba la celda diametralmente opuesta a la de Wolf, en el otro extremo del módulo por lo que, aunque él sí que tenía un vecino en la celda anexa, gozaba igualmente de una buena vista de la calle a través de su ventana, además de disponer igualmente de la celda para él sólo, lo que había provocado que la rumorología se disparara.
–          Le agradezco que haya aceptado mi invitación – dijo Wolf a modo de saludo tras la presentación titubeante que hizo Reginald al entrar – Si es tan amable de sentarse. Denis, acércale una silla a Elephant, por favor.
Martin se sentó en una silla plegable que le alargó Denis, dándole las gracias con educación, mientras Reginald ocupaba el sillón gemelo al de Wolf. A pesar de que la cosa no iba con él, Martin se sentía un poquito nervioso por estar allí, lamentándose por no haber rechazado la invitación.
Aunque lo cierto era que se moría de curiosidad.
–          Bien, señor Williams. ¿O prefiere que le llame Reginald? – preguntó Wolf en cuanto estuvieron todos sentados.
–          Reginald está bien. Regi si lo prefiere.
–          De acuerdo. Regi entonces – Wolf hizo una pequeña pausa antes de continuar – Supongo que sabe por qué le he citado hoy aquí, ¿verdad?
–          Po… por lo mío con Supergirl. Elephant me ha dicho…
–          Exacto. Por el asunto de Supergirl – dijo Wolf interrumpiéndole – Verás Regi, te mentiría si te dijera que lo que he escuchado no ha despertado mi curiosidad, pero, lo cierto es que, de haberse tratado únicamente de las afirmaciones de un preso, yo no les habría prestado la menor atención. Habría pensado que, simplemente, eras un poco más imaginativo que el resto a la hora de inventarte historias.
–          ¿Y no es así? – pensó Martin en silencio, bastante sorprendido.
–          Pero, esta mañana, he tenido una pequeña charla por teléfono con mi abogado…
Wolf desvió ostentosamente la mirada hacia los estantes que había junto a su cama, consiguiendo así que sus invitados pudieran ver no uno, sino dos teléfonos móviles de última generación reposando junto a unas carpetas.
–          Y, casualmente – continuó Wolf – me ha comentado un asunto que, al parecer, es la comidilla en los juzgados
Reginald pareció hundirse en su sillón, haciéndose más pequeño.
–          Intrigado, he interrogado a mi abogado al respecto y me ha puesto en antecedentes, con lo que he podido concluir que la afirmación de nuestro amigo es verdadera.
Martin, atónito, no se pudo contener y exclamó:
–          ¿En serio? ¿Es verdad? ¿Quieres decir que este tipo se ha tirado a Supergirl? ¿Pero cómo…?
–          Ese es el quid de la cuestión, querido amigo – dijo Wolf sin mostrarse molesto por la intervención de Martin – El “cómo”. Y ése es precisamente el motivo de esta reunión, Regi… Me interesa saber especialmente cómo lo hiciste.
–          Bueno, yo…
–          Eso digo yo – dijo Martin – Me encantaría saber cómo un tipejo como tú se las apañó para seducir a un pivón como Supergirl…
Mientras pronunciaba esas palabras, la respuesta apareció como un fogonazo en la mente del afroamericano. ¡Claro! ¿Cómo no lo había visto antes? ¡De seducirla nada de nada!
–          Parece que nuestro amigo ha comprendido por fin la situación – dijo Wolf sonriendo viendo la expresión en el rostro de Martin – Te pido disculpas por no haber sido más claro, Elephant. Creí que lo sabías. Nuestro amigo Reginald está entre estos muros condenado precisamente por el asalto y violación de una mujer cuya identidad no ha trascendido, pero que, según se rumorea en los juzgados… muy bien podría ser Supergirl.
Tanto Martin como Denis, que también estaba en la celda escuchando, miraron con asombro a Reginald Williams, tratando inútilmente de imaginar cómo aquel tipo se las había podido ingeniar para reducir y acabar violando a la que era probablemente la mujer más poderosa del mundo.
–          Por lo visto, el juez se ha mostrado muy estricto en cuanto al secreto de la identidad de la víctima, lo que podría ser normal hasta cierto punto; pero también me he enterado de que se han gastado ingentes cantidades de dinero en silenciar la noticia en los periódicos, lo que no es tan normal. Y, cuando te enteras de que Industrias Wayne ha gastado mucha pasta en que la prensa se calle algo… te hace sospechar.
Martin miró de nuevo a Regi, alucinado. Todavía no acababa de creerse lo que escuchaba.
–          Supongo que entendéis mi posición – dijo Wolf tras darles unos segundos para recuperarse – Fuera de estos muros tengo ciertos… “amigos” que se ocupan de mis intereses. Y esos “amigos” se sentirían más que satisfechos si averiguaran un método para derrotar a Supergirl. Pues, obviamente, supongo que el mismo sistema que permitió a Regi reducirla para violarla, podría servir para, digamos simplemente… jubilarla por anticipado.
Todos miraron en silencio a Reginald, que parecía haber encogido todavía más si es que era posible.
–          Así que, Regi, te estaría muy agradecido si me contaras la historia de cómo lograste derrotar a Supergirl…
–          Verá, señor Wolf – dijo Regi armándose de valor – Yo… yo le contaré la historia con gusto, eso no es problema. Pero, mucho me temo que yo no derroté a Supergirl. No creo que mi historia le sirva para nada.
–          Bueno, Regi, si me lo permites, seré yo el que juzgue eso. Y tranquilo, que si la información que me das no me resulta útil, no te culparé por ello – dijo Wolf dirigiéndole una sonrisa tranquilizadora al preso.
–          Gracias – dijo Reginald esbozando una sonrisilla temblorosa.
–          Pero, eso sí. Es preciso que me cuentes la verdad. Porque, si me mientes…
La frialdad de la sonrisa que dirigió entonces a Regi bastó para que éste decidiera contarlo todo en detalle. Una sonrisa más como esa y Regi habría contado incluso cómo robaba las bragas de su tía cuando era pequeño para masturbarse con ellas.
–          No… no se preocupe. No tengo razón alguna para mentir. Además, ya estoy aquí condenado precisamente por eso… Total, qué más da…
–          Pues, perfecto entonces – dijo Wolf retornando a su sonrisa simpática.
–          Bu… bueno… No sé muy bien por dónde empezar…
–          Por el principio, por supuesto. Y no tengas prisa, cuénteme los detalles. Podrían ser muy importantes…
–          De acuerdo – asintió Reginald, sentándose un poco más erguido en su asiento.
–          ¡Oh! Pero, ¿dónde están mis modales? Denis, sírveles una copa a nuestros invitados y tómate también tú algo. Estamos entre amigos.
–          ¿Whisky o coñac? – preguntó el lugarteniente, levantándose.
Los dos hombres escogieron el coñac. Ante la atónita mirada de Elephant, Denis abrió un armario y sacó una botella y unas copas, sirviendo con elegancia a todos los que estaban en la celda.
También le alargó una copa a Mike, el otro subalterno de Wolf, que estaba de pie junto a la puerta abierta de la celda, vigilando que nadie viniera a meter las narices, aunque procurando también, muerto de curiosidad, no perderse detalle de la conversación que se mantenía dentro.
Mike era fiel como un perro lazarillo, pero ni de lejos tan bien educado ni tan inteligente como Denis, por lo que Wolf prefería a éste último para conversar o jugar al ajedrez, utilizando a Mike más bien como guardaespaldas.
–          Siento no tener otra cosa que ofreceros – dijo Wolf mientras su subordinado servía las bebidas – Ahora ando un poco escaso de licores.
Martin y Reginald aseguraron que el coñac era perfecto, mientras se preguntaban cómo se las apañaba Wolf para disponer de tantos lujos a pesar de estar en la cárcel.
–          Vale – dijo entonces Reginald, más tranquilo tras haber catado el excelente coñac – Todo empezó… Hace unos 3 años. Sí. En junio de 2011 concretamente.
–          Estupendo. Me gustan las cosas narradas con precisión – alabó Wolf.
–          Sí, bueno, si me acuerdo tan bien es por lo que sucedió ese día. El 20 de junio concretamente. Fue la primera vez que la vi en persona.
Al oír la fecha, Mike, que seguía en la puerta, levantó la mirada bruscamente, clavándola en el tipo que estaba hablando.
–          Verá, ese día yo estaba aquí, en Metrópolis, en la sucursal del Banco Murray que está en la esquina de la tercera con Burlow. Mi jefe me había mandado a ingresar unos cheques en el banco, cuando un grupo de atracadores lo asaltó. La cosa no les fue bien, pues algún empleado hizo saltar la alarma silenciosa, por lo que la poli apareció enseguida y nos quedamos atrapados como rehenes.
–          ¡No me jodas! – exclamó de repente Mike, que había penetrado en la celda – ¡Yo era uno de la banda! ¡Por eso estoy aquí, precisamente! ¡10 años me cayeron!
Wolf miró a Mike, un poco molesto por su interrupción, pero, pensando que tampoco era tan grave, lo dejó estar, permitiendo a su subordinado que se reuniera con ellos en el interior de la celda.
–          ¿En serio? – exclamó Reginald sorprendido – ¿Y quién eras tú? Lo digo porque con las máscaras…
–          ¡El Conde Drácula! – gritó Mike entusiasmado – ¡Por eso aquí en el talego me llaman el vampiro!
–          ¿Drácula? – dijo Regi muy sorprendido – ¡Así que tú eres el tipo que casi logra que me cague en los pantalones apuntándome con la recortada!
–          ¡Ya decía yo que tu cara me sonaba de algo!
–          ¡Pues nada, encantado de conocerte al fin! Te agradezco que no me volaras la cabeza, allí de rodillas frente al mostrador. Muchas gracias.
–          ¡Bah! No se merecen. Yo soy un profesional y no voy a dispararle a nadie a no ser que no obedezca…
Martin miró a Wolf sorprendido, sin acabar de creerse lo que estaba escuchando. Éste, por su parte, pensando más o menos lo mismo, le devolvió la mirada y, encogiéndose de hombros, se echó a reír.
–          Vaya, qué pequeño es el mundo. Ahora, Mike, si eres tan amable de dejar a Regi seguir con su historia. Luego tendréis tiempo de poneros al día.
–          Perdón, señor Wolf – dijo Mike, dando un paso atrás.
–          Tranquilo. Puedes quedarte. Seguro que la historia te interesa.
–          Y tanto. Me encantaría saber cómo se las apañó el amigo para darle lo suyo a la puta que me metió entre rejas.
Reginald tardó unos segundos en reordenar sus ideas antes de continuar la narración.
–          Pues bien, como decía, la cosa se complicó y terminamos allí encerrados. Sin embargo, no duró mucho, pues, de repente, las puertas se abrieron de par en par y aparecieron ellas como un huracán.
–          ¿Ellas? – preguntó Martin desconcertado.
–          Sí. Supergirl y Zatanna. La súper mujer y la maga – dijo Regi asintiendo con la cabeza.
–          Dos mujeres extraordinariamente bellas – intervino Denis con elegancia.
–          ¡Dos putas del carajo! – respondió Mike, enfadado.
–          Bueno – dijo Regi – Comprendo su enfado Mike, está usted aquí porque ellas le detuvieron. Pero Denis tiene razón, son bellísimas.
–          Y tanto que lo son – pensó Martin, aunque no dijo ni pío.
–          Además, si no recuerdo mal, Drácula, o sea usted, tiró su arma inmediatamente, así que no le aporrearon ni le hicieron levitar como a sus compañeros.
–          Pues claro. Es que yo no soy gilipollas. En cuanto vi a las súper tipas, supe que estaba todo perdido. Para qué iba a perder el tiempo disparándoles, ¿para añadir más años a mi condena? No comprendo a los tíos que, cuando ven a Superman, se lían a tiros con él sabiendo que las balas van a rebotar. ¿Son subnormales o qué?
–          Sí. Supongo que fue muy inteligente por su parte reconocer la derrota – asintió Regi – Bueno,  a lo que iba. Supergirl, apoyada por los hechizos de Zatanna, que no paraba de recitar palabras que no entendía, redujeron a los atracadores en un instante. Yo, sentado en el suelo, las miraba alucinado, entusiasmado (sin ánimo de ofender, Mike) por el espectáculo que estaba viendo.
–          Tranqui, no me molesta – dijo Mike.
–          Cuando todo acabó… no veía a Supergirl por ninguna parte, parecía haber desaparecido, así que, miré hacia arriba y… allí estaba, de pie sobre el mostrador, con la capa ondeando a pesar de estar en una sala cerrada, bella, sublime… parecía una diosa. Me pareció la mujer más hermosa del mundo.
Los demás hombres, evocando mentalmente la imagen que tenían de la súper heroína, empezaron a mover afirmativamente la cabeza sin darse cuenta, dando la razón inconscientemente a Reginald.
–          Y no olviden dónde estaba yo en ese momento. Tirado justo a sus pies, mientras ella permanecía de pie sobre la mesa. Desde mi posición, podía ver perfectamente bajo su falda… ese día llevaba el uniforme azul, el de la falda roja con mucho vuelo que, como su capa, ondeaba agitada por algún viento inexplicable y yo…
–          ¿Le miraste las bragas a Supergirl? – exclamó Martin boquiabierto.
–          Bueno, en realidad lo que lleva debajo es una especie de pantaloncito de licra. La ropa interior va debajo…
–          Venga, no me jodas – exclamó Mike sin poder contenerse – Y yo que creía que lo único bueno que saqué aquel día había sido verle las bragas a esa golfa cuando revoloteaba por la sucursal. ¿Me estás diciendo que eran unos malditos shorts? ¿Y cómo te diste cuenta?
–          Bueno… En ese momento no lo supe. Lo averigüé más tarde. Ya saben, el día que…
Todos los que estaban en la sala se inclinaron un poco hacia el narrador. El relato estaba empezando a atraparles.
–          Bueno. Me faltan palabras para expresar lo que sentí en ese momento. No sé, quizás podría decir que me enamoré de ella. O quizás simplemente me obsesioné. En realidad da lo mismo. Lo único importante fue… que decidí que volvería a verla.
–          Es comprensible – dijo Wolf, más que nada para animar al hombre a continuar.
–          Empecé a fantasear. Me imaginaba que, de alguna forma, lograba una cita con ella y acababa seduciéndola. Soñaba con hacerle el amor, con casarme con ella, tener hijos…
–          Vaya, que te encoñaste – intervino Mike.
–          Sí. Supongo que sí. Empecé a cuidarme un poco, quería estar más atractivo. Fui al gimnasio…
–          Aunque no te sirvió de mucho – dijo Elephant, riendo.
–          Bueno. No sé qué decirte. Deberías haberme visto antes. Está claro que, al lado de un tipo como tú… Pero algo sí que obtuve.
Mientras decía esto, Reginald se subió la manga del uniforme y, tensando los músculos, exhibió unos bíceps bastante respetables, lo que causó asombro en el hombre de color.
–          Vaya, Regi. Reconozco que me has sorprendido. La ropa te oculta bastante.
–          Sí. La verdad es que desnudo gano mucho – dijo Reginald con tono enigmático.
–          Bueno. No nos desviemos – dijo Wolf deseando averiguar el método para vencer a Supergirl.
–          Pues bien. Durante un tiempo, intenté por todos los medios volver a encontrarme con ella. Me hice con una radio de la poli y, cada vez que me enteraba de un incidente en el que intervenían los superhéroes, me presentaba allí mezclándome con la manada de curiosos que siempre aparecen.
Como si fuera una demostración de lo que Reginald estaba diciendo, un pequeño grupo de reclusos se había ido reuniendo en el exterior de la celda, procurando no perderse detalle de la historia.
–          Cada vez que la veía, el corazón me daba un salto. Traté de hablar con ella un montón de veces, pero no hubo forma. Empecé a obsesionarme, recabé toda la información que pude sobre ella, tratando de averiguar sus hábitos, de enterarme si frecuentaba algún local… Me comportaba como un fanático.
–          Y tanto que sí – pensó Martin para sus adentros.
–          Tiempo después, les concedieron a Zatanna y a ella una medalla por lo del atraco y los rehenes recibimos invitación para participar en la ceremonia. Yo estaba que no cabía en mí de gozo, ilusionado con poder volver a verla y quizás poder por fin charlar con ella. Pero, cuando por fin logré verla e intercambiar unas palabras…
–          No te hizo ni puto caso – dijo Mike, expresando en voz alta lo que todos estaban pensando en ese momento.
–          Exacto. Y no es sólo que no me hiciera ni caso, es que… me pareció que ni siquiera se acordaba de quién era yo.
–          Lógico – pensó Martin.
–          Me enfadé. Estaba que hervía de ira. Mis sentimientos por ella pasaron inmediatamente de la admiración al más profundo de los odios. ¡Esa puta! ¡Joder! ¿No tenía tantos superpoderes? ¿Y no tenía supermemoria? ¡Coño, pues ya podría acordarse de mí, que me había salvado la vida! O quizás fuera que sí se acordaba y hacía como que no, para librarse de un fan pesado. O peor…
–          Que ni siquiera reparó en ti cuando te vio por primera vez. Eras insignificante para ella – dijo Wolf mirando muy seriamente a Regi.
–          Exacto – coincidió el hombre devolviendo la mirada – Justo eso. Y me cabreé muchísimo…
Martin le entendía perfectamente. Recordaba el tiempo en que él no era nadie en el barrio, cómo le dolía que pasaran de él… En cierta forma, era peor que las palizas.
–          Entonces decidí que lograría que se acordara de mí. Si no era por las buenas… sería por las malas. Iba a enseñarle a aquel pendón rubio de qué pasta estamos hechos los tíos de Metrópolis.
–          ¿Y cómo lo hiciste? – preguntó Wolf, deseando que llegara por fin al quid de la cuestión.
–          Bueno, primero seguí investigándola durante mucho tiempo. La grababa a escondidas, estudiaba sus costumbres, su comportamiento… lo que fuera que me pudiera servir para tenderle una emboscada.
–          ¿Nunca te pillaron?
–          No, supongo que el que fuera un ser insignificante a sus ojos me sirvió de algo. Lo cierto es que nunca me vio y si lo hizo… le dio exactamente igual. Incluso fantaseé con que mis labores de espionaje lograban llamar su atención y así conseguía que se fijara en mí. Pero nada de nada.
–          Continúa.
–          Pues bien. Tras mucho investigar, averigüé dos cosas de las que podía sacar buen provecho.
Wolf, sin darse cuenta, se incorporó en su sillón, muy atento a lo que Regi iba a revelar.
–          Por un lado, descubrí que su visión de rayos X no funciona a través del plomo. De esto en realidad me enteré gracias a una entrevista que publicaron en el Planet de su primo, Superman, pero supuse que, siendo del mismo planeta, padecerían la misma debilidad racial.
Wolf seguía muy atento, pero parecía un poquito desconcertado. No era eso lo que esperaba. Justo en ese momento, alzó la vista y se dio cuenta de que había varios reclusos fuera de su celda, escuchando sin duda la conversación.
–          Espera un segundo Regi – dijo, interrumpiendo la narración – No cuentes todavía lo de las piedrecitas verdes. Michael, si eres tan amable de despejar la entrada…
Mike se dio cuenta inmediatamente de la relajación en sus funciones y se levantó de un salto, disponiéndose a expulsar a los curiosos. Éstos, viéndole venir, empezaron a protestar y a moverse con desgana, deseando enterarse del final de la historia.
–          ¿Piedrecitas verdes? ¿De qué está hablando? – preguntó Regi con genuina ignorancia – No sé nada de ninguna piedra.
Wolf le miró atónito. No podía ser. Estaba convencido de que aquel tipo había logrado hacerse con un trozo de kryptonita, el mineral verde del que le había hablado Luthor. Era imposible, pero Reginald parecía completamente sincero.
–          Las piedras… – dijo Wolf – Ya sabes… el mineral verde…
–          No sé nada de eso.
Decepcionado, Wolf meneó la cabeza, incrédulo. No podía creer que hubiera errado tanto en sus cálculos.
–          Ya, perdona, Regi. Sigue con tu historia. Y tú, Mike, déjalos que se queden. No hay nada que no puedan escuchar.
Total. Qué más daba. No hacía falta cabrearlos.
Obediente, Mike regresó a su asiento, mientras los reclusos, una vez obtenido el permiso, se agolparon empujándose unos a otros en el dintel de la puerta, aunque bastó una simple mirada de Wolf para que ni uno solo se atreviera a rebasarlo.
–          Bueno. Como decía, había un segundo aspecto de Supergirl que pensé podía aprovechar.
–          ¿Cuál era? – preguntó Mike.
–          Su bondad.
Todos le miraron sorprendidos. No se esperaban aquello.
–          Sí. Su bondad. Sabiendo que es una buena persona, se puede predecir cómo va a comportarse según las circunstancias.
–          No acabo de entenderlo – dijo Denis, confuso.
–          Creo que yo sí le entiendo – intervino Martin – Se refiere a que puede saberse cómo va a actuar en una determinada situación. Por ejemplo, si yo me estoy peleando contigo y tú caes y te quedas aferrado a una cornisa, yo puedo decidir si ayudarte o no…
–          Pero un superhéroe, te salvaría sin duda alguna – concluyó Wolf felicitando con una sonrisa a Martin – Vaya, amigo Elephant, veo que no me equivocaba contigo al pensar que tienes la cabeza mejor amueblada de lo que quieres aparentar.
Dado lo oscuro de su piel, era muy complicado que Martin se ruborizase, sin embargo, quedó claro para todos que era eso precisamente lo que le había pasado.
–          Exacto – coincidió Regi – Y decidí que iba a aprovecharme de eso. Tardé más de dos años en concebir y financiar mi plan. Me gasté casi todos mis ahorros en ponerlo en marcha.
–          ¿Qué hiciste? – se escuchó una voz desde fuera de la celda.
–          Bueno, lo primero fue adquirir 4 contenedores de mercancía en el puerto. De esos de 6 metros por 2,5. Acudí a varias subastas de esas de desahucio, porque me habían dicho que algunos lotes incluían los containers.
–          ¿Pujaste por los lotes?
–          No, no. Me enteraba de quienes ganaban las pujas y, si el lote que habían comprado era una mierda, se mostraban encantados de recuperar algo de pasta con el contenedor.
–          ¿Y para qué los querías?
–          Ahora voy a eso. Para mi plan, tenía que revestirlos por dentro con plomo. Y eso sí que fue caro. Uno de ellos tuve que revestirlo por completo, las 4 paredes, el suelo y el techo, pero a los otros me bastó con una única pared.
–          Por más que lo pienso, no se me ocurre cual fue tu plan – dijo Wolf mientras hacía un gesto a Denis para que rellenara las copas.
–          Tranquilo. Pronto lo comprenderá. La idea era atraer a Supergirl al puerto, inmovilizarla y, una vez la tuviera a mi merced, tirármela a saco.
–          ¿Inmovilizarla? ¿Con 4 contenedores de mierda? – dijo Mike – Si le tiras encima eso a esa tipa, se pone a hacer malabarismos con ellos, tío.
–          No – dijo Martin muy serio, empezando a barruntarse por dónde iba la cosa – Lo importante no eran los contenedores. Sino su contenido. De ahí el plomo…
Wolf no dijo nada, pero dirigió una mirada aprobadora a Elephant. El chico valía más de lo que aparentaba.
–          Precisamente – aprobó Regi con un gesto – Además del plomo, practiqué dos pequeños agujeros en la parte superior del primer contenedor, de unos 10 centímetros de diámetro. Después, separé el suelo y volví a sujetarlo, instalando unas cargas explosivas que me permitieran desfondar el contenedor y luego los dejé todos en el puerto, alquilando un pequeño almacén.
–          ¿Explosivos? Joder tío, cuanto follón para echar un polvo – dijo Mike irreflexivamente.
–          Sí. Es verdad. Pero no olvides que la chica era Supergirl.
Todos asintieron con la cabeza sin darse cuenta.
–          Cuando lo tuve todo listo, esperé mi oportunidad. Pasó más de un mes hasta que la ocasión propicia se produjo. Me enteré de que Superman y algunos otros iban a Washington a no sé qué historia, pero ella se quedaba en Metrópolis.
–          Sigue, sigue. Es muy interesante – le animó Wolf.
–          Contraté 4 grúas en el puerto, situadas cada una en una punta, lo más separadas posible las unas de las otras. Ahí sí que me dejé un pastón, pues no quería que me hicieran preguntas. De esa forma conseguí que el día D, mis 4 contenedores quedaran suspendidos a 20 metros de altura en el puerto, repartidos en un radio de 3 kilómetros. Y entonces… hice venir a Supergirl.
–          ¿Cómo?
–          Lo tenía todo estudiado. Gracias a la radio de la poli, sabía cómo localizarla, así que me las apañé para mandarle una carta con un mensajero. Me costó 500 pavos que el tipo se pusiera a gritar “Supergirl, Supergirl” cerca de donde yo sabía estaba situada su base. En la carta le decía que acudiera sola al puerto, que tenía a un par de críos secuestrados y que les mataría en el acto si no venía sola. Me las apañé para que el texto insinuara que yo era uno de sus antiguos enemigos y que buscaba venganza. Con eso logré que viniera.
–          Joder, sigue, sigue – le animó Mike.
–          Estaba nerviosísimo, completamente acojonado, os lo aseguro. Y, cuando la vi acercándose surcando los cielos, majestuosa… Madre mía, seguía pareciendo una diosa.
–          ¿Cómo iba vestida? – preguntó Mike.
–          ¿Dónde estabas tú? – inquirió Martin casi al unísono.
–          Bien. Yo estaba de pie encima del contenedor completamente forrado de plomo, el de los agujeros en el techo… –  dijo Regi mirando a Martin – Y en cuanto a su ropa, esta vez llevaba el uniforme blanco, con la minifalda azul.
–          Esa que le queda ajustadita – siseó Mike rememorando la espectacular estampa de la heroína.
–          Sí, esa. Estaba preciosa y sexy. Madre mía, ver esa “S” dibujada en su pecho, hinchada y deforme por sus…
–          Vale, vale, nos hacemos una idea – dijo Wolf.
–          Por favor, jefe, déjele que de detalles – le suplicó Mike.
Un murmullo de aprobación se elevó fuera de la celda. Wolf, divertido, se encogió de hombros y permitió que Regi siguiera a su aire.
–          Con exquisita elegancia se posó encima del contenedor frente a mí.
  • Bienvenida, Supergirl – le dije cuando la tuve delante.
  • ¿Quién eres? – preguntó ella mirándome con desprecio.
–          Madre mía, no sabéis lo mal que me sentó. Aún ahora pienso que, si me hubiera reconocido, si hubiera mostrado el más mínimo interés en mí como persona, posiblemente lo habría dejado correr, abortando el plan… pero, que siguiera ignorándome de esa forma…
–          Acabó de decidirte – intervino Denis.
–          Exacto.
  • Me alegro de que hayas venido – le dije – Mientras sigas mis instrucciones, no les pasará nada a los críos.
  • ¿Dónde están?
  • Creo que ya lo sabes.
–          Yo era consciente de que, a esas alturas, ella ya habría intentado mirar en el interior del contenedor con su visión de rayos X… y no habría podido.
–          La verdad, tío – dijo Mike – Creo que te pasaste un poco. Secuestrar a unos niños sólo para follarte a una golfa…
–          No creo que nuestro amigo secuestrara a nadie, ¿verdad? – dijo Wolf con una sonrisa.
–          Por supuesto que no. Lo que hice fue meter unos maniquíes dentro de unas redes y éstas las suspendí a su vez del techo del contenedor, justo al borde de los agujeros que había hecho – explicó Regi.
–          ¡Ah! Vale – dijo Mike más tranquilo – ¿Y se lo tragó?
  • Chica lista – dije al ver cómo trataba de escrutar el interior del contenedor – Te ahorraré el trabajo. Dentro están mis dos víctimas. ¡Chicos decid algo!
–          Mientras decía esto. Di un fuerte zapatazo en el suelo, que resonó como un gong. Mientras lo hacía, disimuladamente pulsé uno de los botones del mando que tenía en la mano, con lo que se puso en marcha una grabación que yo había preparado previamente con la voz de alguien pidiendo ayuda con una mordaza puesta en la boca. Lo grabé de una peli. Yo no escuchaba nada de nada desde fuera, pero estaba seguro de que ella sí podía oírla.
–          Y con eso se creyó tu historia del secuestro – dijo Martin.
–          Exacto. Y yo sólo necesitaba que se lo tragara un momento. Sabía que, si la cosa se alargaba, ella acabaría por descubrir el farol.
  • Pues bien – le dije – Con este mando puedo detonar los explosivos que he instalado en la base de este contenedor, desprendiendo el suelo.
  • Adelante. Hazlo – me dijo ella con confianza.
  • Si lo hago, el suelo caerá y junto con él lo harán mis invitados.
–          Ahí hice una pequeña pausa dramática – dijo Regi.
  • Pero claro, con tu supervelocidad, te daría tiempo sin problemas a rescatarles antes de que lleguen a estamparse.
  • Probablemente – dijo ella con una sonrisa de suficiencia.
  • Eso sí, se me olvidaba decirte que, si te mueves, usaré este otro mando – le dije enseñándole otro control remoto que tenía en la otra mano – con el que detonaré otras cargas situadas en aquellos 3 contenedores. Y te aseguro que esos harán mucho más que simplemente desfondarse. Están cargados con nitro suficiente para borrar del mapa todo el puerto.
–          Ella miró los otros contenedores que yo le había indicado. No le costó identificarlos, pues se trataba simplemente de localizar aquellos dentro de los cuales no podía ver. Yo había ubicado los contenedores de forma que la pared revestida de plomo apuntara hacia donde estábamos.
  • Claro está que podrías abalanzarte sobre mí y quitarme los mandos. Pero te advierto que, si mi voz deja de escucharse por este micrófono – dije enseñándole un pequeño micro que tenía adherido al cuello – los explosivos harán igualmente explosión.
–          Mientras le explicaba todo aquello, ella seguía mirándome con desprecio. Yo procuraba mantener su atención fija en mí, no fuera a darse cuenta de que todo era un montaje.
–          ¿No había explosivos en los otros contenedores? – preguntó Mike.
–          No. Era muy arriesgado; si algo salía mal, podría haberle hecho daño a alguien. Además, el plan dependía de que ella creyera que yo había puesto una bomba, no de la bomba en sí.
Todos asintieron con la cabeza.
–          Sigue, sigue – le apremió Mike – Que ya debemos estar llegando a lo bueno, ¿no?           
  • Comprendes la situación, ¿verdad? Como ves, tienes pocas opciones de evitar la catástrofe, a no ser que obedezcas mis órdenes.
  • ¿Qué quieres que haga? – preguntó mirándome con odio.
  • Lo primero quiero que compruebes que nuestros invitados están bien. Mete las manos en esos agujeros y podrás tocar las redes con que los tengo atrapados.
–          Ese era el momento clave. Si me obedecía y no se daba cuenta del farol, ya estaría atrapada.
  • ¿Sólo eso? – preguntó extrañada.
  • De momento. Como ves es algo muy sencillo. Siendo Supergirl, no tienes nada que temer.
–          Se lo pensó sólo un segundo antes de aceptar.
  • Está bien. Lo haré – dijo caminando majestuosa hacia los agujeros.
–          Me sentía eufórico. Las cosas estaban saliendo a pedir de boca. El corazón me brincaba en el pecho.
–          Venga, sigue – dijo Mike entusiasmado.
–          Ella caminó hasta los agujeros e, inclinándose, metió las manos dentro. Yo había colgado las redes muy cerca de las perforaciones, de forma que pudo localizarlas inmediatamente con las manos.
  • ¿Tocas las redes? – le pregunté.
  • Sí.
  • Pues sujétalas bien.
–          Inmediatamente hice detonar las cargas, desfondando el contenedor y simultáneamente soltando las cuerdas que sujetaban las redes al techo. Ella dio un gritito de sorpresa, pero no perdió la sangre fría y sostuvo las redes con las manos, impidiendo que los “rehenes” se precipitaran al vacío.
  • ¿Les tienes bien sujetos? – le pregunté.
  • Sí, maldito canalla – me espetó la rubia, echando fuego por los ojos.
  • Bien. Pues no se te ocurra soltarles, pues, si lo haces, aunque seas capaz de salvarles del impacto, haré explosionar los otros 3 contenedores. Como ves, no voy de farol.
–          Para reforzar la ilusión, había instalado un pequeño motor en uno de los maniquíes para que  se moviera suavemente, de forma que diera la sensación de que había algo vivo atrapado en la red. Pero claro, ella podía darse cuenta en cualquier momento de la charada, simplemente percibiendo el ruidito que hacía el motor al funcionar, así que tenía que mantenerla distraída.
  • Ponte de rodillas – le ordené, obedeciendo ella tras un instante de vacilación.
–          A ver si lo he entendido bien – intervino Wolf – Tenías a la chica arrodillada encima del contenedor, con los brazos atrapados en los agujeros sosteniendo lo que ella creía eran dos chicos a los que habías secuestrado.
–          Exacto – asintió Reginald.
–          O sea, que estaba completamente a tu merced – coincidió Martin, mirando a Regi con admiración.
–          ¡A cuatro patas, vaya! – rugió uno de los presos de fuera, provocando la hilaridad del resto.
–          Sí, más o menos sí.
Todos miraban admirados a Reginald, que se estaba convirtiendo poco a poco en el héroe de los reclusos. Había demostrado una inteligencia asombrosa y, además, el hecho de que estuviera encerrado allí demostraba que había conseguido la increíble hazaña con la que los demás podían únicamente soñar: zumbarse a una súper tipa.
–          Madre mía, en cuanto la vi allí, de rodillas, con el culo en pompa… creí que iba a estallar de excitación. Ver cómo la tela de la minifalda se tensaba por lo forzado de la postura… cómo se subía imperceptiblemente unos milímetros, revelando una porción creciente de carne… ver cómo sus turgentes senos colgaban como fruta madura…
–          Joder, tío, me estoy poniendo cachondo hasta yo – se escuchó cómo decía una voz anónima.
  • ¿Y bien? Ya he hecho lo que querías – me dijo ella mientras yo la desnudaba con la mirada – Aunque no entiendo a qué viene todo esto. Sabes que no puedes hacerme daño…
  • Tienes razón – asentí – Pero en mis planes no ha entrado nunca la posibilidad de hacerte daño. Más bien, lo que quiero… es que lo pases muy bien.
–          Al escucharme, un chispazo de comprensión brilló en su mirada. Por fin entendía cual era la razón de que la hubiera atraído hasta allí. Sin poder evitarlo, sus ojos se desviaron un segundo hacia mi entrepierna, donde la incipiente erección comenzaba a ser cada vez más visible. Alarmada, levantó los ojos hacia mí, con el brillo inconfundible de la furia refulgiendo en ellos.
  • ¡Estás loco! – exclamó – ¿Se puede saber qué pretendes?
  • ¿Tú qué crees que pretendo? – respondí juguetón – Sólo quiero que lo pases bien…
–          Mientras hablaba, me desabroché los pantalones y me libré de ellos, mientras Supergirl me miraba espantada. Me costó bastante hacerlo, pues a esas alturas llevaba una empalmada de campeonato y la polla se me enganchaba por todas partes, sin contar con que no podía soltar los mandos que llevaba en las manos.
  • ¡E… estás enfermo! – me gritó Supergirl cuando mi estaca quedó por fin libre y bamboleando frente a sus ojos – Yo no…
–          Sin darse cuenta, empezó a sacar los brazos de los agujeros, como queriendo escapar de la visión de mi polla.
  • Yo de ti no sacaría las manos de ahí, amiguita – le dije riendo – Como lo hagas… ¡KATAPUM!
–          La pobre se rindió, volviendo a meter las manos en los huecos y a mantenerse a cuatro patas. Avergonzada, clavó la vista en el suelo, intentando no mirar mi rabo, pero yo sabía que la imagen ya había quedado bien grabada en sus retinas.
  • Vamos, vamos, niña – le dije riendo – No me irás a decir que una chica tan guapa como tú no había visto una polla antes. No me seas vergonzosa. Venga, mírala anda, que sé que te gusta.
–          Pero ella siguió obstinadamente mirando hacia el suelo.
  • ¡Que la mires, puta! – le grité enfadado – ¡O hago volar por los aires el maldito puerto!
–          A regañadientes, la nena alzó la mirada, clavando sus bonitos ojos en mi formidable erección. Entusiasmado, di un paso adelante, acercando mi polla a su rostro. Ella pareció ir a apartar de nuevo la cara, pero, supongo que recordando mi amenaza, hizo de tripas corazón y permitió que la acercara. Yo, exaltado, no me conformé con enseñársela, sino que, al estar cada vez más cachondo, empecé a restregársela por la cara.
–          Joder tío, eres un monstruo – siseó Mike completamente absorto en la narración.
–          Como no podía agarrarme la polla por tener las manos ocupadas, tuve que menear las caderas hacia todos lados, procurando que mi erección se frotara por todos los rincones de su piel. Me recreé especialmente en sus labios, frotando vigorosamente mi glande en su carnosidad, sintiendo su cálido aliento en la punta. Durante un segundo pensé ordenarle que abriera la boca para poder colársela dentro.
–          ¿Y no lo hiciste? – exclamó una voz anónima desde fuera.
–          No, porque, si lo hubiera hecho, me habría corrido enseguida. Y lo que yo quería era llenarle el coño de leche a aquella puta.
El público de fuera estalló en aplausos y silbidos de aprobación, que continuaron hasta que Mike puso un poco de orden.
–          ¡Callaos, coño, que quiero saber cómo sigue!
–          La pobre Supergirl se dejaba hacer sin protestar, aunque si las miradas matasen… no estaría aquí ahora con vosotros. Yo no paraba de cotorrear, diciéndole lo bella que era y lo bien que le quedaba una polla en la boca, recordándole continuamente de paso que las bombas también podían estallar si mi voz no se escuchaba por el micrófono, para quitarle de la cabeza cualquier idea de atacarme.
–          Qué tío – siseó Mike admirado.
–          Yo estaba que no podía más y el hecho de ver cómo los ojos de Supergirl miraban mi badajo… me tenía excitadísimo. Os lo juro, tíos, la muy zorra decía que no, pero yo podía sentir su mirada clavada en mi polla. Era increíble.
Todo el mundo escuchaba el relato con atención, casi sin respirar.
–          Por fin, me dejé de frotamientos y abandoné su cara y os juro, que durante un segundo me pareció ver la decepción en su mirada. La rodeé y me situé detrás de ella, admirando su espectacular trasero durante unos segundos. Ella, obviamente preocupada, volvió la cabeza para mirarme, así que le guiñé un ojo e hice que mi polla diera un bote, atrayendo su mirada, con lo que se ruborizó un poco. Me encantó.
–          Tío, eres mi héroe – dijo Mike.
–          Me arrodillé detrás de ella y dejé en el suelo los mandos a distancia.
–          Necesitabas las manos – dijo alguien riendo.
–          Pues claro. Eso sí, para mayor seguridad accioné uno de los botones, con lo que un pitido empezó a sonar.
  • ¿Lo oyes? – pregunté innecesariamente – Es una cuenta atrás para las bombas. Tengo que meter la clave cada tres minutos o las bombas estallarán. No intentes nada.
  • ¡Eres un canalla! – me espetó – Y si te crees que después de esto lograrás escapar…
  • ¿Y quién te ha dicho que pretendo escapar? – le espeté – ¡Lo único que quiero es follarte un rato y llenarte de leche! Tú sigue siendo buenecita y te prometo que, cuando acabe contigo, liberaré a los rehenes y desactivaré las bombas. Luego podrás meterme en la cárcel.
–          Sin decir nada más, me abalancé bruscamente sobre ella. Bueno, más bien me abalancé sobre su culo. Con ansia, aferré el borde de la minifalda y se la subí de un tirón, enrollándola en su cintura. Ella profirió un gritito por la sorpresa, lo que me resultó terriblemente erótico. Estaba cachondo perdido.
Lo mismo les pasaba a todos los que estaban escuchando su historia.
–          Ante mí, tenía un culo sencillamente espectacular, aún enfundado en una especie de pantaloncitos de licra azul, del mismo tono que la minifalda (fue entonces cuando lo descubrí). No me entretuve ni un segundo y, de un tirón, se los bajé hasta las rodillas, quedándome absolutamente anonadado ante el espectáculo que apareció ante mis ojos.
–          ¿Qué viste? – preguntó Mike.
–          La Estatua de la Libertad. ¿No te jode? – exclamó Martin sin poder contenerse.
Por fortuna para Martin, todos se echaron a reír, incluido Mike.
–          Frente a mí estaba el más hermoso ejemplar de culo que imaginarse pueda. Era simplemente… perfecto. No hay otra palabra para describirlo. Carnoso, redondeado, de piel nacarada…
–          ¿Qué bragas llevaba? – preguntó alguien
–          ¿Bragas? No, no, amigo mío. Semejante belleza no podía quedar escondida dentro de unas bragas. Supergirl usaba un finísimo tanga.
–          ¿Supergirl lleva tanga? – exclamó Mike con incredulidad.
–          De hilo dental para ser más exactos – dijo un sonriente Reginald – Era sencillamente

impresionante ver cómo aquel delgado hilo de tela se perdía entre las rotundas nalgas de nácar. Parecía ir desnuda. Sin poder contenerme, aferré con mis manos las dos mitades de trémula carne y las separé, deleitándome con el sublime espectáculo de su hermoso ano apenas cubierto por la delgada tela. Creí que me moría de felicidad.

  • ¡Hijo de puta! – siseó Supergirl avergonzada al notar cómo mis manos abrían sus nalgas – ¡Te mataré por esto!
  • Vaya, vaya Supergirl – dije divertido sin dejar de recrear mis ojos en su hermosa intimidad – Menudo lenguaje. Creía que las superheroínas eran más educadas.
  • ¡Te mataré! ¡Ah!
–          La pobre no pudo ahogar un gemido cuando uno de mis insidiosos dedos acarició la cálida carne que había entre sus glúteos. Excitado, me entretuve unos segundos jugueteando con su ano, presionando suavemente con la yema en la esponjosa carne de su esfínter bien cerrado. Asustada, la chica apretó el culo, pudiendo ver yo perfectamente cómo los anillos de carne se cerraban sobre sí mismos, temerosa de que me aventurara por donde no debía. Divertido, presioné con más fuerza sobre su ano, pero claro, con su superfuerza me era imposible penetrar a no ser que ella me dejara.
  • No te preocupes, preciosa – le dije riendo – Luego nos ocuparemos de tu culo. Recuerda lo que podría pasar si no me obedeces. ¡BOUM!
  • ¡Cabrón! –  siseó.
  • Niña, esa lengua…
–          En ese momento cogí uno de los mandos y apreté unos botones, simulando estar metiendo el código que impedía la explosión. Tras dejarlo a un lado, decidí ponerme de una vez en acción. Agarré el borde del tanguita y, muy lentamente, se lo fui bajando hasta sus rodillas, donde quedó enrollado junto con los shorts.
  • ¡Dios mío! – exclamé volviendo a separarle las nalgas y echando un buen vistazo – ¡Es el coño más hermoso que he visto en mi vida! ¡Un supercoño!
  • ¡CERDO! – gritó ella cerrando las piernas.
  • ¡ABRE LAS PIERNAS GOLFA! – grité dándole un fortísimo azote en el culo.
–          Ni que decir tiene que ella ni lo sintió, pero yo sí que vi las estrellas y los luceros. Su culo parecía estar hecho de mármol. Casi me parto la mano. Por suerte, enseguida obedeció, volviendo a separar las piernas.
  • ¡Así me gusta puta!
–          Mientras la insultaba, me incliné detrás del trasero de la joven, estrujando con ganas sus nalgas mientras me deleitaba con el bello panorama que escondía entre sus piernas.
  • ¿Te afeitas el coño, puta? ¿Cómo lo haces? – pregunté – Creía que ningún metal de la Tierra podría cortar siquiera uno de tus cabellos. ¡Contesta!
–          Os lo juro tíos – dijo Reginald mirando a su público – la muy golfa lo llevaba bien peladito, sólo con un mechoncito de pelo muy rubio por encima. Era precioso.
  • No me depilo – me dijo con un hilo de voz – Es que no me sale más vello…
  • ¡Joder, tía! – le espeté – ¡Hasta el coño lo tienes perfecto! ¡Es increíble! ¡Vamos a ver a qué sabe!
–          Y me abalancé como un jaguar sobre su presa. Manteniendo bien abiertas sus nalgas con las manos, incrusté mi cara entre sus glúteos, buscando su rajita con ansia con mi lengua y mis labios. Cuando la probé, os juro que fue el más delicioso sabor que jamás había probado. Sentí como una descarga eléctrica en la boca, como cuando chupas una pila… pero eso sí, súper agradable y delicioso.
  • ¡Nooooooo! – aulló la pobre chica al notar cómo mi insidiosa lengua se abría paso por su vulva, chupándolo y lamiéndolo todo a su paso.
–          El mejor que había probado en mi vida y, por desgracia, el mejor que nunca más probaré. ¡Qué coño! Menuda delicia. Desde entonces, hasta mis gustos culinarios cambiaron. Ahora, mi plato favorito es: coño de Supergirl.
Nuevamente el público prorrumpió en aplausos y silbidos.
–          Empecé a comérselo con ganas, aplicándole todo mi arte. Ella se esforzaba por resistir, apretando los dientes y tratando de cerrar las piernas, pero yo enseguida le ordenaba que volviera abrirlas, recordándole lo de las bombas. La pobre no tenía otro remedio que obedecer, dejando que hiciera lo que me viniera en gana entre sus piernas. Cuando le hube chupeteado hasta el último rincón, busqué la entrada de su coño y, sin pensármelo dos veces, le metí un par de dedos hasta el fondo, haciéndola aullar de placer.
  • ¡¡AAAAAAAHHHHH!! . gimió desesperada al notar la súbita intrusión.
  • ¿Te gusta, eh, zorra? – le espeté sintiendo un irrefrenable orgullo.
  • ¡No, bastardo! – siseó – ¡Me has hecho daño!
–          Pero ambos sabíamos perfectamente que mentía. Ni un obús habría logrado hacerle daño, así qué ¿me estaba diciendo en serio que le había dolido un simple dedo en el coñito? Ni de broma.
–          Un artista – dijo Mike con entusiasmo – Un artista.
–          Seguí practicándole sexo oral con ganas y ella empezó muy pronto a mojarse. Sus jugos resbalaban de mi boca, deslizándose por mi barbilla y empapándome el cuello. Yo estaba prácticamente en éxtasis, con el pecho a punto de reventar de orgullo por haber sido capaz de calentar nada menos que a la mismísima Supergirl. Y cuando por fin se corrió…
–          ¿Lograste llevar a Supergirl al orgasmo? – exclamó Wolf con incredulidad.
–          Y tanto. Se corrió como una perra, aullando e insultándome sin parar. Mientras se corría, me di cuenta de que me había olvidado fingir lo del código y el mando, pero os aseguro que, a esas alturas, estaba tan entregada que ella tampoco lo recordaba.
–          Madre mía – dijo alguien.
–          Yo ya no podía más. Tenía que meterla por fin en ese coño. Sin esperar a que terminara de correrse, me agarré la polla y, colocándola en posición, me dispuse a clavársela.
  • ¡No, espera! – jadeaba la pobre al sentir la punta de mi bálano ubicarse en la entrada de su gruta – ¡No lo hagas! ¡Por favor!
  • Pero nena, ¿qué esperabas? ¿Que te compusiera un soneto?
–          Y empujé, empitonándola por fin. Cuando mi polla sintió el calor, la suavidad, la tersura de la trémula carne que estaba invadiendo, creí que me volvía loco de placer. Aquel coño era… el paraíso. No tengo otra forma mejor de describirlo. No hay palabras.
Todo el mundo estaba en silencio, hipnotizados por las palabras de Reginald.
–          Era increíble, el calor, la humedad, la textura… Su carne ceñía la mía como un guante, trasmitiéndole su ardor, absorbiéndola hacia su interior, obligándome a seguir hasta el fondo. Poco a poco los centímetros de mi verga fueron hundiéndose en ella, mientras gimoteaba y boqueaba con desespero, su cuerpo tenso como una cuerda de piano pero… recibiéndome con gusto.
–          ¿Y cómo lo sabes? – preguntó Mike.
–          Es obvio. De no haber querido que se la metiera, le habría bastado con apretar su súper coño y no habría podido clavársela de ningún modo, obligándome a coaccionarla de nuevo. Pero no hizo falta. Su cueva me acogió deseosa y con ansia.
–          Madre mía.
–          Era demasiado. El placer era tan inimaginablemente intenso que no pude más. No hizo falta ni moverme. Bastó con llegar hasta el fondo, clavársela enterita para alcanzar el orgasmo. Cuando mi pelvis quedó apoyada contras sus nalgas, un devastador calambre azotó mi cuerpo y me corrí como una bestia.
  • ¡Nooooooo, cabróooooooo, no lo hagaaaaaaaas! – aulló la chica al sentir cómo mi semilla literalmente estallaba en su interior.
  • ¡TOMA, PUTA, AQUÍ TIENES MI LECHE! ¡SÉ QUE TE ENCANTA!
–          En mi vida había tenido un orgasmo como aquel. Me corrí como un titán, derramé litros de semen dentro de aquel glorioso coño. Tanto me corrí, que el semen comenzó a rezumar de su interior, escapando de su vagina, ensuciándonos ambos de pringoso líquido.
–          Impresionante. Un aplauso por favor – bromeó Mike, admirado.
–          Pero la cosa no acabó ahí – continuó Regi – A pesar de la corrida, mi miembro no perdió un ápice de dureza, continuando rígido como el asta de la bandera. Aferrándome cual garrapata a las caderas de la joven, eché el culo para atrás, extrayendo una buen a porción de rabo. Ella, al notarlo, pensó que iba a retirarme de su interior una vez satisfecho, con lo que pude notar cómo su cuerpo se relajaba notablemente. Sonriendo con picardía, afirmé el agarre de mis manos y, de un sólo empellón, volví a clavársela hasta la empuñadura, haciéndola aullar de placer.
  • ¡NOOOOOOOO! ¡YA BASTA! ¡NOOOO! ¡NO SIGAS, YA NO MÁAAAAS!
  • ¡Y una mierda! – exclamé.
–          Y empecé un metesaca feroz, hundiendo una y otra vez mi estaca en aquel glorioso conejito. El polvo de mi vida, os lo juro amigos, fue simplemente la hostia. El éxtasis absoluto.
–          Menuda historia – dijo Mike a Denis, inclinándose hacia él.
–          Ella no dejaba de gemir y jadear, poniéndome todavía más cachondo. Me suplicaba que parase, me decía que me dejaría escapar, creo que incluso me ofreció dinero (aunque puede que esto me lo imaginara). No lo sé, porque he de reconocer que, mientras me hundía una y otra vez en aquella magnífica carne, el resto del mundo desapareció para mí. No me importaba nada, no era consciente de nada. Sólo existía Supergirl.
Todo el mundo escuchaba extasiado.
–          Y entonces volvió a correrse, aullando como una loca. Su coño estrujó con tanta fuerza mi polla que creía que iba a reventármela. Indescriptible. Se pegó una corrida tremenda y, de repente, se desmayó.
–          ¿Cómo? ¿Lograste que Supergirl se desmayara? – exclamó Elephant con incredulidad.
–          Te lo prometo. Se desmayó. De hecho, segundos después escuché un golpe sordo en la calle, con lo que comprendí que los pobres rehenes se habían estampado en el suelo.
–          Increíble.
–          Me sentí pletórico, importante, poco menos que un dios. Seguí follándomela con brío, mientras ella seguía desmayada, desmadejada, con los brazos hundidos por completo en los agujeros y las tetas apretadas contra el frío metal. Y me corrí. La llené de nuevo hasta arriba, rebuznando y aullando como un animal.
Todo el mundo miraba con la boca abierta a Regi, admirándole y envidiándole al mismo tiempo.
–          Lentamente, le extraje mi todavía durísima verga del coño, sintiendo cómo su cuerpo trataba de retenerme en su interior. Cuando la saqué, un espeso borbotón de semen fue expulsado de la vagina, impactando con el metal del contenedor con un sonoro palmetazo. Yo esperaba que ella se derrumbara sobre el suelo, desmadejada, pero, por alguna extraña razón, fue capaz de mantener la postura, de rodillas en el suelo, el culo en pompa y los brazos hundidos hasta los hombros. Su coño, entreabierto, seguía rezumando semen y su ano, tentador, se ofrecía a mí completamente indefenso
–          Y entonces la enculaste ¿no? – preguntó Mike con avidez.
–          Por desgracia no – dijo Reginald para desencanto de su público – La cosa acabó justo en ese momento. Se produjo una especie de fogonazo rojo y sentí un tremendo golpe en la cabeza que me hizo perder el sentido. Cuando desperté, estaba esposado en la parte trasera de una patrulla de policía con la sirena aullando al viento. Mareado, me derrumbé en el asiento y volví a perder el conocimiento.
–          Entonces, ¿no le diste por el culo? – exclamó Mike con profunda decepción.
–          No. Lo siento, chico. Me quedé con las ganas.
–          Y de ahí al talego – dijo Martin, solidarizándose con el recluso.
–          Por supuesto. Reconocí todos los cargos. No tenía sentido negarlo. El juicio fue rapidísimo. 20 años me han caído. Asalto, violación, simulación de secuestro, amenazas… todo lo que se les ocurrió.
–          ¡Pocos son, cabrito! – exclamó Mike dándole una palmada en el hombro – ¡Te llevaste el mejor botín!
–          No tenía sentido defenderme – siguió Regi – Además, todo el mundo parecía más interesado en tapar el asunto que en otra cosa. Supergirl no apareció por el tribunal. Es más, ni siquiera se pronunció su nombre ni una sola vez. Cuando había que nombrarla, se la mencionaba únicamente como “la víctima”.
–          Es comprensible. Piensa en el escándalo que se formaría si se supiera algo así.
–          No, si lo entiendo – dijo Regi – Lo único que me molestó fue que la muy puta puso en su declaración que yo la había sodomizado, cuando era mentira. Su abogado leyó la lista de lesiones que yo le había provocado (como si eso fuera posible) y de las cosas que le había hecho y la golfa mintió descaradamente diciendo que le había dado por el culo, lo que, por desgracia, no es cierto.
–          No sé, quizás fue para que te cayera más tiempo.
–          Puede. Pero yo no sabía que la sodomización fuera un agravante. Aunque puede ser.
La conversación siguió por un rato, mientras los reclusos interrogaban a Regi, que respondía a todo lo mejor que podía.
Wolf se sentía decepcionado, pues finalmente no había encontrado una fuente de kryptonita como esperaba; aunque tenía que reconocer que había disfrutado mucho con el relato. Sin embargo, pronto se cansó del griterío que habían organizado los demás reclusos.
–          Mike, Denis, si sois tan amables…. despejad el pasillo. Quiero charlar un poco más con nuestro invitado.
Los dos secuaces se levantaron y empezaron a echar a la gente. No hubo muchas protestas, pues el pescado estaba ya todo vendido.
Cuando estuvieron solos, Wolf se levantó y sirvió una nueva ronda de copas personalmente, lo que demostró más que nada a Martin que al tipo también le había caído en gracia el bueno de Regi.
–          Una impresionante historia Reginald – dijo Wolf retornando a su asiento – Aunque, por desgracia, tenías razón y no va a servirnos de mucho ni a mí ni a mis amigos.
–          Sí, no creo que sean capaces de convencer a Supergirl de que vuelva a meter las manos en un agujero – dijo Martin sonriendo.
–          Tienes razón – asintió Wolf devolviendo la sonrisa – Sin embargo… Hay algo que no me cuadra en tu relato. Un pequeño detalle que me desconcierta.
–          Dígame – dijo Regi con nerviosismo.
–          Veamos… Cómo expresarlo. Verás, resulta que tu víctima… Era Supergirl, ¿entiendes?
–          Claro – dijo el hombre encogiéndose de hombros – No le sigo.
–          Quiero decir… En mil ocasiones mucha gente ha intentado encerronas y planes maquiavélicos contra estos súper tipos. Yo mismo he financiado algunas operaciones que… – Wolf lo dejó en el aire, no queriendo dar más detalles sobre sus actividades – Y los muy cerdos tienen la enervante costumbre de acabar venciendo siempre. Sin embargo esta vez…
–          Tiene usted razón – dijo Regi con seriedad – Yo mismo he pensado muchísimo en ello. Cuando ideé mi plan, creía tener controlados todos los detalles. Pensaba que era infalible (si no, no me hubiera atrevido a ponerlo en práctica). Pero luego… cuando la tuve delante… Joder, ¡era Supergirl! Podría haber ideado mil formas de escapar de allí, haberme dado una súper hostia, haber usado los rayos de sus ojos para abrir el container… no sé, cualquier cosa.
–          ¿Y entonces?
–          Medité mucho sobre el tema y sólo se me ocurrió una explicación.
–          ¿Y cuál es?
Regi volvió a hacer una pausa dramática.
–          Que yo… desnudo… gano mucho.
………………………………………
Horas después, Regi se removía inquieto en su catre, durmiendo de mala manera. Una vez terminada la cena, en la que comprobó que se había convertido en el héroe del momento, tuvo que volver a enfrentarse con la dura realidad de su condena. 20 años eran muchos, por más que hubiera merecido la pena.
En sus sueños, rememoraba una y otra vez la mágica tarde que pasó en el puerto, la mejor de su vida. El placer, la pasión, podía recordar hasta el más ínfimo detalle de aquel día…
De repente, despertó sobresaltado, sintiendo una intensa sensación de amenaza.
–          Pero, ¿qué coño? – pensó mientras se incorporaba en su catre, mirando a los lados tratando de atravesar la oscuridad de su celda.
La escasa luz que había en el cuarto penetraba entre los barrotes de su ventana, lo que le permitió buscar en las tinieblas el origen de su inquietud.
–          Te estás volviendo majara – dijo en voz alta.
Entonces lo vio. No podía ser. Era una locura.
A contraluz, se dio cuenta de que algo extraño sucedía en su ventana. Los barrotes, de acero forjado, parecían estar deformados, había algo raro en ellos. Era como si hubieran sido doblados o retorcidos, tratando posteriormente de devolverlos a su forma original, sin lograrlo por completo.
El corazón le atronaba en el pecho. Luchó para que el pánico no se apoderara de él.
A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, percibió un bulto justo delante de la ventana, inclinado bajo el borde para no tapar la luz y pasar así desapercibido. Aterrorizado, Regi manoteó en el estante que había junto  la cabecera de su cama, donde debía encontrarse la pequeña linterna de lectura que los guardas le habían permitido conservar.
Con mano temblorosa, aferró el pequeño aparato y, tras respirar hondo para armarse de valor, accionó el botón de encendido, iluminando débilmente el interior de la celda. Se quedó petrificado.
–          ¿Qué? – balbuceó desconcertado, sin acabar de creerse lo que sus ojos le mostraban.
Supergirl estaba allí. Dentro de su celda.
Estaba de espaldas a él, inclinada delante de la ventana. Sus manos estaban fuera, asomando entre los barrotes y parecían sostener algo.
Pero lo más extraño, la locura más absoluta era que la joven llevaba una venda que le tapaba los ojos.
–          Maldito bastardo – le dijo la superheroína con voz desafiante – No te saldrás con la tuya. No conseguirás hacer conmigo lo que quieres…
–          ¿Qué? – repitió Reginald alucinado, con un hilo de voz.
–          No… No volverás a tomarme. No volverás a hacerme esas cosas horribles. Enseguida encontraré la solución, escaparé de tus garras y destruiré tus planes. Esta vez no podrás conmigo…
Mientras decía aquellos disparates, el cuerpo de Supergirl temblaba. Entonces Regi se dio cuenta de otro detalle de locura… Los pezones de la chica se veían claramente marcados en su uniforme.
Entonces comprendió lo que pasaba. Sonriendo, el afortunado recluso se puso en pié y caminó hacia la superheroína, que seguía con las manos introducidas entre los barrotes.
El cuerpo de la chica se encogió visiblemente cuando el hombre se acercó por detrás, poniéndose en tensión. Cuando él echó hacia delante la pelvis y apretó su entrepierna contra el culo de la joven, ésta no pudo evitar que un gemido escapara de sus labios, a pesar de que ella se los mordió inmediatamente, tratando de ahogarlo.
–          Estás perdida Supergirl – dijo Regi, llevando las manos hasta las tetas de la chica, estrujándolas con ganas por encima del uniforme – No podrás escapar de mí. Te tengo a mi merced.
–          Noooo. Por favor – gimoteó la joven, meneando turbadoramente el trasero contra la ingle del hombre.
Sonriendo, Regi se apartó del delicioso cuerpo y, con habilidad, le subió de un tirón la minifalda hasta la cintura. Esta vez no había shorts de ninguna clase.
–          Vaya, veo que venías preparada para la acción – dijo el hombre mientras apartaba con delicadeza el hilo del tanga del culito de la chica.
–          Noooo. Bastardo. Déjame.
Sin dejar de sonreír, Reginald apoyó su dedo índice en el ano de la heroína, presionando y logrando introducirlo sin ningún esfuerzo.
–          Estupendo – dijo con entusiasmo – Hoy lo reanudaremos justo donde lo habíamos dejado.
El súper culo de la chica se estremeció, dando un placentero estrujón al afortunado dedo. Satisfecho, Regi volvió a extraerlo y, sin demorarse más tiempo, extrajo su, a esas alturas, durísima polla de 30 centímetros del pantalón.
–          Supergirl, aquí está una vieja amiga tuya que se muere por verte – dijo Regi, enarbolando su enorme maza donde la chica pudiera verla.
Supergirl, sin poder controlarse, volvió la mirada hacia donde estaba la tremenda verga que le había nublado el sentido y una sonrisilla tonta se dibujó en sus labios.
Regi sabía perfectamente que, a pesar de la venda, Supergirl estaba deleitando la vista admirando con embeleso su rabo.
Al fin y al cabo… Tenía rayos X en los ojos.
Regi se sentía más que feliz en ese momento. De repente, 20 años no le parecían tantos.
Y, además era verdad, había podido confirmar que, desnudo… ganaba mucho.
EPÍLOGO:
Batman paseaba inquieto, dando vueltas a la mesa de reuniones una y otra vez, tratando de controlar su ira.
–          Eres un cabrón – le espetó a Flash cuando no pudo contenerse más – No me puedo creer lo que hiciste. Y lo peor es que, por el bien de la Liga, me he visto obligado a convertirme en tu cómplice.
Flash, vestido como siempre de rojo, permanecía sentado en una silla, con aire pensativo.
–          Se supone que somos los buenos. ¡No hacemos cosas como esa! ¡Eres un puerco! ¡Debería contar la verdad y dejar que te enfrentaras a las consecuencias! ¡Y encima he tenido que poner yo el dinero para que la cosa no llegara a los periódicos!
–          Te pido perdón, amigo. Ya sabes que, si pudiera borrar lo que hice, lo haría. Fui débil, lo sé. No pude resistirme…
–          ¿Resistirte? ¡Es tu compañera, por Dios! ¡Eres un cabronazo! ¡Cuando hice los malditos análisis de ADN no podía creerme el resultado! ¡Debería matarte, cabrón! O mejor, contárselo a Superman y ¡dejar que te mate él!
–          ¿Y qué querías que hiciera? – exclamó Flash dando una palmada en la mesa – ¡Me volví loco!¡No me di cuenta de lo que hacía!
–          Bastardo.
–          ¡Sí, lo que tú quieras! ¡Insúltame cuanto te apetezca! ¡A ti me gustaría haberte visto en esa situación!
–          No insinuarás que yo… – dijo Batman indignado.
–          Pero, ¿tú has visto lo buena que está? Imagínate el plan. Cuando llegué allí y tras verificar que todo era un montaje y que no había ningún rehén ni bomba en los contenedores me precipité a ayudarla. ¡A ayudarla!
–          Menuda ayuda que fuiste – dijo el murciélago.
–          Dejé ko al tipo enseguida y traté de socorrerla… Pero, cuando la vi allí, las bragas bajadas, el culo en pompa, con el conejito lleno de leche…
–          Calla. No sigas.
–          ¡No pude resistirme! ¡Antes de darme cuenta, tenía una empalmada de campeonato! ¿Qué querías que hiciera? ¡Las pelotas me iban a reventar! ¡Fue lo más erótico que he visto en mi vida! ¡Tanto tiempo fantaseando con esa piva y de pronto la tenía allí, a mi merced, abierta de piernas!
Batman movía la cabeza con enfado.
–          ¡No te hagas el santo! – le espetó Flash airado – ¡Que sé lo de la cámara que instalaste en las duchas! ¡No te hagas el bueno, caballero oscuro!
–          No sé de que hablas – respondió Batman, poniéndose tenso.
–          Lo que digo es que lo de esa tía no es normal. Está demasiado buena. No pude resistirme.
–          ¡Claro! ¡No pudiste resistirte! ¡Y por eso cuando analicé el semen que había en su ano y en su vagina, me salieron dos donantes distintos! Y, oh, sorpresa… Uno de los donantes resultó ser uno de los habitantes de la casa cuyo perfil de ADN está almacenado en nuestro ordenador. ¡Qué bien, cuanto me entusiasmó descubrir que mi querido compañero Flash…! ¡LE HABÍA FOLLADO EL CULO A UNA COMPAÑERA Y SE HABÍA CORRIDO DENTRO!
Batman se quedó callado, respirando agitadamente, temblando de ira. Flash, más calmado, volvió a dejarse caer en su asiento y dijo simplemente:
–          Venga, tío, no te cabrees, que no fue para tanto. Total, fue cosa de un momento. Un visto y no visto. Ya sabes que soy muy rápido.
FIN
PD: Querido lector, si conoces algún otro caso de Woman in trouble, házmelo saber y, si es interesante, podría animarme a contar su historia  (aunque no prometo nada). Un saludo y gracias por leerme.
 
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¡SEGURO QUE TE GUSTARÁ!/