UNA EMBARAZADA2WOMEN IN TROUBLE 04 – NI SIQUIERA ME GUSTABA

Sin título1– Venga, Sofía, no te hagas la estrecha – le dijo Sandra a su amiga, dándole un codazo amistoso – Desembucha.

– Sí, no seas pendón – insistía Mari, le tercera en discordia – Ésta y yo ya hemos hablado. Ahora te toca a ti.

La mencionada Sofía miró a sus amigas con expresión divertida. Las tres se habían juntado después de meses sin verse y, viéndose libres por una vez de maridos e hijos, se les había ido un poco la mano con el alcohol.

El camarero las observaba con disimulo desde la barra, apreciando el material. Había calado pronto a las mujeres, cuarentonas de vuelta de todo que aprovechaban para desahogarse un poco de sus vidas de casada juntándose con amigas para emborracharse y contarse batallitas.

En cuanto las vio llegar, supo cómo estaba el percal, así que se dijo a si mismo que no debía quitarles ojo, pues, con un poco de suerte, quizás hubiera allí algo de tela que cortar.

En su dilatada experiencia como camarero, en más de una ocasión había acabado enrollándose con alguna clienta de buen ver a la que se le había ido la mano con las copas. Y desde luego, aquellas tres tías estaban de bastante buen ver.

Especialmente la tal Sofía, la tetona (claramente operadas, pero muy bien puestas), a la que sus otras dos amigas estaban obligando a hablar.

Ya había pasado un par de veces cerca de la mesa, logrando captar retazos de su conversación. Por lo visto, las tres amigas estaban en plan confesionario, contándose mutuamente antiguas aventurillas sexuales, materia que a él le resultaba especialmente interesante.

Así, había logrado oír casi entera la historia de la rubia, que les había confesado a sus amigas, sin cortarse un pelo, cómo había follado en una ocasión con un completo desconocido en los servicios de un cine. Por lo visto, el tipo se había sentado junto a ella en la oscuridad de la sala y se había puesto a meneársela. Y ella, en vez de darle un bofetón, había optado por acabarle el trabajo y llevárselo luego a los servicios para pasárselo por la piedra.

– ¡Qué mundo éste! – pensó el camarero mientras sentía cómo algo se agitaba en sus pantalones, revolucionado al parecer por la historia de la guapa mujer.

Así que siguió limpiando la barra con disimulo, atento a ver si la tal Sofía (la única de la que había captado el nombre) se animaba a soltar la lengua. Ya no necesitaba acercarse a la mesa, pues el volumen de la conversación entre las mujeres había ido subiendo a medida que el nivel de sus copas bajaba. Y ya iban por la tercera ronda.

– ¡Venga, puñetera! ¡Confiesa! – insistía Mari – ¡Ya puedes empezar a largar!

– ¡Vale! ¡Vale! – exclamó Sofía riendo – Es que me he quedado momentáneamente en blanco tras enterarme de que te tiraste a mi hermano en mi boda. ¡Cacho guarra!

El camarero esbozó un gesto de disgusto. Esa historia se la había perdido. Y seguro que también había sido interesante.

Sin darse cuenta, llevaba un rato mirando a las mujeres, atento por si la tal Sofía empezaba por fin la narración, mientras le daba gusto al ojillo admirando apreciativamente a la guapa mujer.

Era morena, ojos claros, de unos cuarenta años espectacularmente bien llevados. Estaba claro que la señora invertía sus buenas horas en el gimnasio pues, cuando entraron al local, había podido constatar que era dueña de un escultural trasero. Dotada de un formidable par de domingas (como ya se ha dicho, obra en buena parte de un habilidoso cirujano) que asomaban con descaro por el estudiadamente sexy escote de su vestido, gozaba además de un bien torneado par de piernas (que como bien es sabido, suelen ir a juego con un buen culo).

Era una mujer terriblemente sensual y exudaba una especie de aura de confianza en sí misma que resultaba todavía más sexy. Hipnotizado, el pobre hombre no se apercibió de que el objeto de sus miradas se había dado cuenta de su atención.

Repentinamente, se dio cuenta de que la mujer también le miraba, lo que le produjo un sobresalto. Sin embargo, la mujer, lejos de mostrarse molesta, esbozó una pícara sonrisilla y volvió a centrar su atención en sus amigas, acomodándose en su asiento antes de dar inicio a su narración.

Por un instante, el camarero temió que la mujer, al sentirse observada, adoptara un tono más íntimo para hablar con las otras, pero, en cuanto empezó a hablar, pudo constatar que Sofía no había bajado el volumen un ápice.

– A lo mejor es que quiere que yo la escuche – pensó el camarero mientras un estremecimiento recorría su columna y le ponía los vellos de punta.

Sofía dedicó una última mirada maliciosa al espía e inició su narración.

– A ver, tiene que ser un polvo con alguien del que no estéis enteradas, ¿no?

– ¡Eso! – sentenció Sandra bebiendo de su copa – ¡Y cuanto más escandaloso, mejor!

– Difícil lo tengo para superar lo del tío del cine, pedazo de guarra – dijo riendo Sofía.

– Inténtalo – respondió la aludida con una sonrisa juguetona – Estoy segura que con tu… “dilatada experiencia”, tendrás alguna buena historia que contar.

– Desde luego – intervino Mari, riendo – Ésta lo tiene dilatado todo, hasta la experiencia. Bueno, más bien dado de si…

Y, para sorpresa del camarero, las tres amigas, en vez de liarse a hostias allí mismo, se partieron de risa.

Mientras se calmaban, Sofía volvió a mirarle y, haciéndole un gesto, solicitó una nueva ronda.

Las tres siguieron de broma hasta que las copas estuvieron servidas, sin que Sofía empezara por fin su relato, lo que hizo pensar al hombre que quizás no estaba del todo equivocado al sospechar que la mujer quería tenerle entre sus espectadores.

EL RELATO DE SOFÍA:

– Bueno, allá voy – dijo Sofía tras beber de su copa – Esta historia es de hace mucho, del 91 ó 92 más o menos. ¿En qué año fuimos de viaje de fin de estudios con el instituto?

– En el 92 – dijo Mari con seguridad – El año de las olimpiadas de Barcelona.

– En el 92 entonces. Me acuerdo de que era primavera y en esa época andábamos siempre organizando cosas para recaudar fondos para el viaje.

Las otras asintieron con la cabeza.

– ¿Os acordáis de Jaime?

– Coño, claro. Tu novio. No fastidies que vas a contarnos cómo te tirabas a tu novio. Eso no vale – la interrumpió Sandra.

– No, no. No es eso – negó Sofía – Si te acuerdas, esa primavera el muy capullo cortó conmigo.

– ¡Ostras, es verdad! – exclamó Mari – ¡Ya me acuerdo! ¡El muy cabronazo cortó contigo el día antes de tu cumpleaños! ¡Te quedaste hecha polvo!

– Ya te digo. Tonta que era una. Supongo que el muy cabrito lo hizo para ahorrarse el regalo. Imaginaos, yo toda ilusionada porque iba a cumplir 18 y él… ¡Paf! ¡Patada en el culo!

– Era un cerdo – empatizó Sandra

– Cierto – coincidió Mari.

– ¡Bah! Es agua pasada. Todas tenemos historias de ese estilo, ¿no?

Las dos asintieron, momentáneamente ensimismadas, recordando sin duda alguna dolorosa experiencia similar.

– Vale. Sigo. Ya había pasado un mes desde que cortamos y yo había dejado ya atrás la fase de los lloros…

– Así que estabas en la de querer joderle, bien jodido – intervino Sandra sonriendo.

– ¡Ja, ja, cómo me conoces! – rió su amiga – Aunque todavía era muy pava, no te olvides de que Jaime fue mi primer novio, así que, en vez de hacerle una putada buena, opté por tratar de ponerle celoso.

– ¡Ya sé lo que vas a contar! – exclamó Mari jubilosa – ¡La fiesta de primavera en el polígono!

Sofía hizo un gesto con el dedo, confirmando que su amiga había dado en el blanco.

– ¿Qué fiesta fue esa? – preguntó Sandra con extrañeza – No me acuerdo…

– ¡Claro, tía! ¡Porque no estuviste! ¿No te acuerdas que habías tenido el accidente con la moto y estabas escayolada? – dijo Mari.

– ¡Ostras, es verdad! – dijo Sandra, golpeándose la frente con la mano – ¡Me había olvidado! ¡Ahora me acuerdo del cabreo que tenía por perderme las fiestas de aquella primavera!

– Da gracias que no te mataste – dijo su amiga con filosofía.

– Supongo. Pero, en aquel entonces, tenía un mosqueo de mil pares de narices.

– Bueno, callad ya, leñe, que pierdo el hilo – las interrumpió Sofía – Es curioso, pero la historia que voy a contaros también tiene que ver con un accidente… de moto.

Riendo, las tres bebieron de sus copas antes de continuar la narración.

– Pues bien. Cuando se me pasó un poco la pena, recuperé el orgullo y me dije a mí misma que tenía que demostrarle a Jaime que ya le había superado. Para entonces, yo ya sabía que me había dejado por la golfa de Anita y me figuré que irían juntos a la fiesta.

– Y así fue – asintió Mari – Pero recuerdo que tú…

– Calla, leches. Lo estoy contando yo. Como decía, estaba decidida a demostrarle a Jaime que me importaba una mierda y que pasaba de él. Y, obviamente, no se me ocurrió mejor forma que buscar rollo en la fiesta.

– Y te vestiste de golfa – intervino Mari.

Las tres se echaron a reír.

– Es verdad. Lo admito. Hasta a mí me daba vergüenza lo corta que era la minifalda que me puse. Le cogí hasta el dobladillo para que quedara más corta y no me puse ni sujetador. Iba dispuesta a tirarme al primero que pillara, con tal de que Jaime se enterara. Me maquillé de puta madre, me puse mis mejores bragas (unas negras que me habían costado un riñón) y me fui a la fiesta dispuesta a arrasar con todo.

– Sí, recuerdo que habíamos quedado en el parque con la pandilla y los chicos se te comían con los ojos.

– Sí – dijo Sofía riendo – Pero yo no les hacía ni puto caso, porque todos los de la panda tenían novia. ¿Te acuerdas? Jorge estaba contigo, Mauro con Noelia…

En ese momento un cliente se acercó a la barra a pagar. Procurando disimular el disgusto que sentía, el camarero le cobró a toda velocidad, teniendo que esforzarse mucho para no mandar a tomar por el saco al cliente que le estaba haciendo perder el hilo de la narración.

– Pues eso, Sandra. La fiesta era en una de las naves del polígono, que había conseguido alquilar no sé quién. Había que pagar entrada y la recaudación era para el viaje.

– Sí. Aquello estaba mejor que lo de vender lotería y mantecados – dijo Mari.

– Vaya que sí. Pues eso. Yo iba dispuesta a todo, a enrollarme con el primero que pillara, siempre y cuando Jaime me viera hacerlo. Pero fue precisamente el cabreo lo que lo complicó todo. Para armarme de valor, me bebí casi de golpe las dos consumiciones que iban con la entrada y, como llevaba más de un mes sin salir, me gasté toda la paga acumulada en bebidas.

– Vamos, que te agarraste una moña de cuidado – intervino Sandra.

– Exacto. Se me fue bastante la pinza y acabé sentada en una silla en un rincón mareada perdida. Menos mal que estaba ésta – dijo señalando a Mari – y Noe también.

– Sí. Tuvimos que acompañarla al baño a que echara la pota.

– ¡Ajj!

– Sí, rica, como que contigo no hemos hecho lo mismo cien veces – masculló Sofía, un poco molesta.

Volvieron a reír.

– Poco a poco fui recuperándome. Cuando me encontré mejor, ésta se largó con su novio, supongo a follárselo por ahí…

Mari le sacó la lengua a su amiga, burlona.

– Y entonces fue cuando los vi. Jaime bailando agarrado con el putón de Anita. Y se me pasó la borrachera de golpe, os lo juro tías.

– Ya lo supongo.

– La pega era que, a esas alturas, todo el mundo andaba emparejado, o borracho o algo peor. El plan se me iba al garete. Tenía que encontrar un tío como fuera. Y entonces me acordé de Xavi.

– ¿Xavi? – exclamó Sandra muy interesada – ¿Te follaste a Xavi? ¡Si el pobre se pasó años detrás tuyo! O sea que, ¿al final consiguió echarte un casquete? ¡Qué calladito os lo teníais los dos!

– Shisss. Calla. No adelantemos acontecimientos. Como bien has dicho, yo sabía que Xavi, el del grupo C, estaba loquito por mí. Yo le conocía desde siempre, desde críos y nunca había pensado en él más que como amigo. Como yo llevaba dos años con Jaime, él nunca intentó nada, pero, esa noche, yo necesitaba un tío como fuera, para darle al cerdo en las narices. Xavi ni siquiera me gustaba, la verdad, pero era consciente de que yo sí le gustaba a él. Y mucho.

– Y claro, sabías que caería a tus pies nada más decírselo.

– Bueno, él y cualquiera de la fiesta, con la pinta de guarra que llevabas.

Sofía mojó los dedos en su copa y salpicó a su amiga, haciéndolas reír a las tres de nuevo.

– Vale, lo admito – continuó Sofía – Tenía que pillar cacho como fuera. Y Xavi me pareció un tiro seguro. No quería ni imaginarme la vergüenza que pasaría si le entraba a algún tío y éste pasaba de mí delante de Jaime. Así que fui a lo seguro.

– Pobre chico. Te aprovechaste de él. Era buen chaval – dijo Mari.

– Ya, ya sé que a ti te gustaba – rió Sofía – Pero qué quieres. Estaba en plan vengadora, así que…

– Pero, a ver – intervino Sandra – Si vas a contar que te follaste a Xavi, no es para tanto. Tu historia tiene que cumplir las reglas. ¡E-S-C-Á-N-D-A-L-O!

– Que sí, leñe, dejadme continuar.

Sandra levantó las manos en son de paz, dejando vía libre a su amiga.

– Busqué a Xavi por la sala y le vi enseguida, charlando con unos tíos. Él también me vio, así que le saludé con la mano. Tuve que aguantar la risa cuando se le pusieron los ojos como platos al ver que me acercaba a él con mis mejores andares de golfa….

– La cuenta por favor.

Un nuevo cliente interrumpió al pobre camarero. Reconoció a un tipo que venía casi todas las tardes y que como ese día, se tiraba una hora sentado leyendo el periódico con un simple café.

– Invita la casa – dijo el camarero – Viene usted casi todos los días. Hay que tener detalles con los clientes habituales.

– ¡Vaya! Gracias – dijo el hombre halagado – Este sitio es estupendo.

Con esto se libró del cliente en breves segundos, logrando perderse muy poco de la historia.

– Tuve suerte, porque al poco de sacar a bailar a Xavi pusieron las lentas. Me pegué a él como una lapa, apretándole bien las tetas contra el pecho. Entonces no las tenía tan gordas, pero os juro que enseguida se hizo evidente que a él le gustaban. Ya sabéis… en mi cadera…

Más risas.

– Yo procuraba estar bien apretadita contra él, susurrándole moñerías al oído y acariciándole la nuca con las uñas. El pobre estaba en una nube, tieso como un palo (me refiero al cuerpo, guarras) y no me costó nada conducirle a la zona en que estaba Jaime con su putilla. Os juro que casi me da un infarto cuando Jaime me vio por fin, pero estaba decidida a que se acordara de aquello, así que, con todo el descaro, empecé a besar a Xavi en el cuello, abrazándole todavía con más ganas.

– Joder. Pobrecillo. Estaría como una moto.

– Pues no. Te equivocas – dijo Sofía para sorpresa de su auditorio – Justo entonces la cosa se torció.

– No jodas. ¿Qué pasó?

– Me di cuenta de que Xavi estaba raro. No sé, no se comportaba como yo esperaba. Seguíamos bailando y eso, pero yo notaba que no estaba muy por la labor, incluso dejé de sentirle… ya sabéis.

– ¿Por qué? – preguntó Sandra – ¡Si se moría por ti!

– Porque vio a Jaime con Anita. ¿Verdad? – intervino Mari, muy intuitivamente.

– Bingo. Xavi se dio cuenta de que estábamos casi al lado de los dos y comprendió cuales eran mis intenciones.

– Bueno, tampoco hacía falta ser un genio. Toda la vida pasando de él…

– ¡Coño! ¡No digas eso! Yo le apreciaba mucho. Sólo era que no me gustaba en plan novios. Era un amigo y punto.

– Pero, entonces ¿qué? ¿Te lo follaste o no te lo follaste? – exclamó Sandra.

Un poquito achispada, la mujer elevó demasiado el tono de voz, con lo que algunos clientes alzaron la vista, mirándolas sorprendidos. Las mujeres, un poquito avergonzadas, se echaron a reír y acercaron un poco las cabezas, bajando un poco la voz.

El camarero se temió lo peor, pensando que, al final, iba a quedarse sin conocer el resto de la historia, pero entonces Sofía alzó la mirada y, viendo su inquietud, volvió a recostarse en la silla, recuperando su tono anterior.

– Me acojoné un poco, pues pensé que iba a darme la patada y a dejarme tirada allí en medio. Imaginaos el ridículo. Pero qué va, seguimos bailando tranquilamente, aunque tuve que dejarme de caricias y tonterías, porque él no estaba por la labor.

– Te echó un capote, vaya. Ya te dije que era buen chico.

– Sí que lo era.

– Pero, ¿te lo follaste o no? – insistió Sandra, a todas luces la más borracha de las tres.

– Calla, coño – la reconvino su amiga – Como decía, bailamos hasta que acabó la canción y entonces Xavi me tomó de la mano y me sacó de la pista. Yo sabía que iba a echarme la bronca y era consciente de que me lo merecía, así que sólo rezaba para que no me montara ningún número que estropeara lo conseguido con Jaime porque, para mi alegría, me había dado cuenta de que no me había quitado ojo mientras bailaba con Xavi.

– ¿Y qué pasó?

– Salimos del local, porque tras las lentas, habían puesto “Entre dos tierras” de los Héroes y la gente había empezado a descontrolarse, por lo que era imposible hablar. En cuanto salimos, le pedí disculpas, pero él, un poquito desencantado, me dijo que no importaba, que cuando me acerqué ya pensó que sería algo así.

– ¡Ayyyy! ¡Qué buen chico! – gimoteó Mari – Si viniera ahora mismo… ¡Me lo follaba!

Más risas femeninas.

– Ya le contaré a tu marido, ya – dijo riendo Sandra.

– ¿Y si yo le cuento al tuyo? ¿Eh?

– ¡Shiiissss! ¡Calla, mala pécora!

Carcajadas. Nueva ronda de bebidas. El camarero empezaba a preguntarse si, en vez de llevarse a alguna al cuartillo de atrás, no tendría que acabar llevándolas en carretilla a sus respectivas casas.

– Estuvimos charlando un rato, allí fuera. Él, muy valientemente, me confesó que yo le gustaba, pero que era consciente de que no era recíproco, así que se conformaba con ser mi amigo. Pero claro, una cosa era no intentar nada y otra permitir que le usara para darle celos a mi ex…

– Más razón que un santo.

– Cierto. Y por eso empecé a sentirme fatal. Me daba vergüenza haberle utilizado de mala manera. Xavi era un buen chico y no se merecía aquello. Se me juntó todo, el palo de Jaime, el alcohol… Empecé a pedirle perdón, a decirle que no sabía cómo había sido capaz de aquello… Ya sabéis. Estaba hecha polvo, medio borracha…

– Ay, ay, ay… – dijo Mari, barruntándose lo que venía.

– No sé que me pasó, me sentía fatal, una furcia barata que se había aprovechado de los sentimientos de un buen chico. Tenía ganas de llorar y, cuando quise darme cuenta, estaba sollozando entre sus brazos, mientras él me consolaba acariciándome el pelo.

– ¡Qué romántico!

– En ese momento no era yo. Xavi seguía sin atraerme demasiado, pero, aún así, empecé de repente a darle besitos por toda la cara mientras él me estrechaba entre sus brazos. Él no me atraía realmente, pero, supongo que, en el fondo, buscaba la forma de compensarle por lo que le había hecho.

– ¿Y él qué hacía?

– ¿Tú qué crees? Al principio no se acababa de creer lo que sucedía, pidiéndome que parara; pero, cuando volví a sentir su soldadito apretándose contra mi muslo, me dije que quizás la noche no iba a terminar tan mal después de todo. Y total, si mi primer tío había sido un cerdo que me había dejado tirada por otra… no estaría mal que el segundo fuera un buen chico.

– ¡Y te lo follaste! – sentenció Sandra entusiasmada.

– Bueno… Ése era el plan.

– Sigue, sigue.

– Eso – dijo el camarero para si.

– Cuando quisimos darnos cuentas estábamos morreándonos a lo bestia. Xavi estaba apoyado en el capó de un coche y yo prácticamente echada encima suyo. Estaría muy dolido por lo que le había hecho, pero sus manos no estaban tan molestas, porque no tardaron ni un segundo en agarrarme el culo y empezar a sobármelo con ganas. Tanto entusiasmo le puso que tuve que frenarle un poco, porque entre los magreos a lo bestia y lo corta que era la minifalda, se me iba a ver hasta el pensamiento. Recordad que estábamos a la vuelta de la esquina y por allí pasaba gente.

– ¡Jo! ¡Menuda aguafiestas! – exclamó Sandra riendo.

– Le pregunté que si tenía coche, sin acordarme de que era un poco menor que yo y todavía tenía 17 (acordaos que Jaime era mayor y sí tenía). Yo, la verdad es que, a esas alturas y con tanto magreo (y con más de un mes de abstinencia, no os olvidéis), estaba a punto de caramelo y ya no me importaba tanto que Xavi no fuera mi tipo. Quería zumbármelo pero ya.

– ¿Y qué hiciste? ¿Os metisteis en los servicios? No creo, porque todo el mundo se habría enterado.

– Xavi, que estaba como poco tan cachondo como yo, me dijo (obviamente), que no tenía coche. Pero, por lo visto, su padre tenía alquilada una pequeña nave en el polígono. ¿Os acordáis de lo de las naves rojas y las naves grises? Pues su padre tenía una de las grises, de las pequeñas, donde guardaba un viejo coche que pensaba restaurar… y una moto.

– Una moto, ¿eh? ¿La del accidente? – preguntó Mari.

– Precisamente. Caliente como una mona, me pareció buena idea la de irnos a la nave. Lo malo era que Jaime no se enteraría de que estaba follando con otro si nos íbamos de la fiesta, pero a ver, qué iba a hacer, no iba a ir a buscarle para contárselo. Le pregunté a Xavi si llevaba gomas y, como me dijo que sí, me agarré de su brazo y nos largamos. El pobre iba medio temblando, nervioso perdido y a duras penas aguantaba las ganas de echar a correr y llevarme a rastras a la bendita nave.

– Sigo sin ver lo escandaloso por ninguna parte – dijo Sandra en tono serio.

– Espera. Deja que siga. Si recordáis, el complejo de mini almacenes no quedaba lejos, así que sólo tardamos cinco minutos andando. Xavi me llevó hasta una puerta, de esas de persiana metálica y yo le ayudé a subirla como un metro después de que usara la llave.

Sofía hizo una pausa para echar un trago.

– Xavi entró primero, agachándose bajo la persiana y enseguida encendió las luces, con lo que le seguí de inmediato. En cuanto estuve dentro, volvió a bajar la persiana, aislándonos del exterior. Como aquel cuchitril no tenía ventanas, ni siquiera se veía luz desde la calle, aunque, total, a las tres de la mañana, tampoco es que fuera a venir nadie.

– ¿Te lo follaste? – insistió Sandra, a esas alturas bastante monotemática por el alcohol.

– Era un sitio pequeño, cabía el coche, la moto y poco más – continuó Sofía, ignorando a su amiga – Su padre tenía dispuestas unas mesas de trabajo con herramientas, todo bastante ordenado. Lo que más me agradó fue que todo estaba sorprendentemente limpio. El suelo era de losas, no de cemento y, a pesar de que se usaba como taller, no se veían manchas de grasa ni nada por el estilo. Estaba mirando a mi alrededor cuando Xavi, que ya estaba echando humo, se abalanzó sobre mí y empezó a meterme mano.

– ¡Tariro, tariro! – exclamó Sandra, jubilosa, al ver que por fin la historia iba hacia los derroteros que a ella le interesaban.

– Se notaba que estaba muy nervioso y que se moría de ganas. Parecía que ya se le había olvidado el enfado por haberle utilizado. Empujando con su cuerpo, me recostó en el capó del coche y, cuando quise darme cuenta, me había metido mano bajo la camiseta y empezó a sobarme las tetas.

– ¡Detalles, quiero detalles! – exclamó Sandra con entusiasmo – ¡Yo bien que os los he dado!

– Doy fe de ello – dijo el camarero para si, rememorando la gráfica descripción del incidente del cine.

– Era un poco bruto, la verdad, pero lo cierto es que, en ese momento, estaba tan cachonda que me dio igual. Se notaba a la legua que no tenía mucha experiencia con las tías, porque me las sobaba con un ansia que daba hasta miedo. De hecho, se le fue un poco la mano y me hizo daño, pero, en cuanto me quejé, el pobre se apartó de mí de un salto, mirándome como un cachorrillo arrepentido.

– ¡Qué mono!

– Me pidió perdón con tanto sentimiento que hasta me enternecí. Yo ya sabía perfectamente lo que le pasaba, pero, no sé por qué quise asegurarme. Así que le pregunté si era su primera vez.

– ¿Te comiste el virgo de Xavi? Vaya, vaya, qué calladito te lo tenías… – exclamó Sandra.

– Espera. Déjame continuar. Mi pregunta le avergonzó un poco, así que desvió la mirada, lo que me hizo gracia. Pensé en decirle que no pasaba nada, que no tenía importancia, pero opté simplemente por ignorar el hecho.

– ¿Cómo?

– Ja, ja – rió Sofía – ¿Y tú cómo crees? Como estaba sentadita encima del capó del coche, me limité a subirme la minifalda, enseñándole las bragas y le pregunté si le apetecía comérmelo…

Sus amigas se miraron un segundo, atónitas y estallaron en carcajadas. El camarero, por su parte, gozaba de una erección de campeonato, mientras mentalmente se hacía imagen de la morbosa situación.

– ¿Y qué hizo? – preguntó Mari – ¿Te lo comió?

– ¡Toma, pues claro! En menos de un segundo se arrodilló en el suelo frente a mí, mientras yo me abría bien de piernas encima del coche. Recuerdo que las manos le temblaban mientras me bajaba las bragas y cuando me las quitó, las arrojó con brusquedad hacia un lado, mientras sus ojos no se apartaban ni un segundo de mi entrepierna. Ni pestañeaba el tío.

– ¿Y te extraña? – dijo Mari.

– Eso digo yo – dijo para si el camarero.

– No, claro – coincidió Sofía – Se intuía que era la primera vez que veía un coño en directo, así que se quedó un buen rato observándolo embelesado.

– ¡Embelesado! – rió Sandra – Pero, ¿tú que tienes ahí? ¿Una vagina o un cuadro?

– A ver, rica – respondió Sofía sonriendo juguetona – Lo llevaba bien, pero que bien arregladito. Una obra de arte, te lo aseguro.

– Ja, ja.

– Como no se decidía, me abrí todavía más de piernas y le pregunté que a qué esperaba. Sin hacerse más de rogar, Xavi hundió la cara entre mis muslos y, con timidez, empezó a deslizar la lengua por mi rajita y a acariciarla con torpeza.

– ¡Joder, cómo me estoy poniendo! – exclamó Mari.

– Pues, anda que yo – pensó el camarero.

– La verdad es que no se le daba muy bien, se percibía que estaba nerviosísimo. Jaime sería un cabronazo, pero la verdad es que lo comía de puta madre. Sin embargo, el estar allí haciéndolo con un chico tan inexperto, tenía su morbillo, así que lo disfruté bastante. Tuve al pobre un buen rato dale que te pego a la lengua, gimiendo como una loca para ponerlo bien cachondo. Entonces, de repente, se animó un poco y se atrevió a meterme un par de dedos hasta el fondo. Yo, que no me lo esperaba, pegué un respingo y el capó del coche dio un crujido que no veas.

– Por guarra – rió Sandra.

– Xavi se quedó mirando el coche horrorizado. Supuse que, si le pasaba algo, su padre le iba a dar una buena. Como ya estaba un poco harta de tanto lametón, me bajé del capó (imaginaos la escena, con la mini enrollada en la cintura y chorreando patas abajo) y le dije que nos metiéramos en el coche.

– ¡Y te lo follaste dentro! – retomó su monomanía Sandra.

– ¡Qué va! Estaba cerrado con llave. Y Xavi no la tenía.

– ¿Y qué hicisteis?

– Pensé en follar en el suelo. Con el calentón que llevaba no iba a hacerle ascos a hacerlo al estilo perro. Además, como dije, todo estaba muy limpio. Pero Xavi no quiso, creo que le daba palo obligarme a tirarme por el suelo para echar un polvo. Miró por allí a ver si había algún trapo o manta que pudiéramos usar, pero nada de nada. Entonces se le ocurrió. La idea del millón. Follar encima de la moto.

– ¡Ja, ja! – rió Mari – Ya veo venir lo del accidente.

– Pues claro. Yo no las tenía todas conmigo, pensaba (con razón) que nos íbamos a caer. Pero él la sujetó por el asiento y le dio un par de meneos, para demostrarme que era estable. Yo sonriendo, le empujé y le obligué a sentarse en el sillín, con los pies en el suelo. Todavía me sentía un poco culpable por lo de antes…

– Así que ibas a devolverle el favor – concluyó Mari, sonriendo.

– Atenta que es una. Esta vez fui yo la que se arrodilló frente a él, mientras me miraba con los ojos como platos. Me costó un poco bajarle los vaqueros, pues llevaba un empalme de mucho cuidado, pero, finalmente, logré encontrarme frente a frente con la polla de Xavi.

– ¿Y cómo la tenía? – preguntó Mari, sin disimular su interés.

– Bastante respetable, os lo aseguro. Recuerdo que entonces pensé que la tenía más grande que Jaime y aún ahora, con más información para comparar…

– Pero, mucha, mucha más información – bromeó Sandra.

– Reconozco que tenía una de las mejores pollas que he visto. A ver, no es que la tuviera de 25 centímetros ni nada de eso. Pero tenía un trozo que… y de dura…

Mientras hablaba, Sofía alzó ambas manos, indicando con un gesto el tamaño aproximado del la verga de su amigo. Las otras dos asintieron con la cabeza, coincidiendo en que el chico no estaba mal armado.

– Y empecé a chupársela. En cuanto me metí el glande en la boca, el pobre estuvo a punto de caerse de la moto. Si no llega a estar sentado, se cae seguro, porque las rodillas le temblaban. No es que quiera alardear, pero tengo que confesar que le hice uno de mis mejores trabajos. Se la chupé de arriba a abajo, pelotas incluidas, jugueteando con la lengua debajo del glande, lo que le hacía temblar de una forma muy graciosa. Con Jaime no solía hacerlo, porque tenía la puta costumbre de intentar correrse en mi boca, pero con Xavi no tuve problemas en tragármela enterita, hasta que la nariz me quedó apretada contra su ingle.

– ¿Te lo tragaste, guarrona?

– No, no – negó Sofía con la cabeza – Fue todo un caballero. Yo sabía perfectamente que, con el calentón que llevaba no iba a durar mucho, así que estaba atenta. Pero no hizo falta, pues, al notar que se corría, Xavi me avisó para que me apartara. Ni siquiera intentó echármelo encima, sino que descargó la lefa en el suelo, a un lado.

– ¡Qué ricura!

El camarero no pudo menos que pensar en cuantas veces les habrían pegado cuatro lechazos a traición a aquellas mujeres. Es que los tíos son auténticos cerdos.

– Y además, bien brioso. Cuando se corrió, me puse en pie delante de él y volvimos a morrearnos. Le dejé que me metiera mano a gusto, por todos lados, aunque no se atrevía a tocarme mucho el coñito. Supongo que porque creía que me había hecho daño antes sobre el capó. Pero me daba igual, porque lo que yo quería era ponerle a tono de una vez y que me endiñara un buen pollazo. Estaba que echaba humo. Y, a fuerza de ser justos, lo cierto era que, aunque Xavi seguía sin atraerme demasiado, había logrado que me olvidara de Jaime por completo.

– Pues claro, cacho guarra. No hay mejor remedio para la depresión que una buena tranca.

Nuevas risas femeninas.

– Pues eso. No tardó mucho en estar otra vez en pié de guerra. Bastó con acariciársela un poco con la mano mientras nos besábamos y se puso otra vez como un leño.

– ¡Ah, la juventud, divino tesoro! – declamó Sandra con voz soñadora.

– Yo estaba ya que me subía por las paredes, así que le dije que sacara la goma de una vez, que iba a explotar.

– ¡Qué poético!

– Xavi me cedió su sitio en la moto, mientras rebuscaba el condón en sus pantalones, que estaban por allí tirados. Con torpeza, sacó la goma de la funda, pero, como amenazaba con romperla, acabé siendo yo la que le puso el gorrito al mono.

– Ja, ja.

– Volví a subirme a la moto y…

– Oye. ¿Qué marca era? – interrumpió Mari.

– ¡Y yo que sé! – dijo Sofía, encogiéndose de hombros – Durex, supongo.

– ¡No, capulla! – se carcajeó la mujer – ¡La moto!

– Ni puta idea – respondió Sofía repitiendo el gesto – No entiendo un pimiento de eso. Sólo recuerdo que era enorme, con un sillón en el que casi podía tumbarme. Xavi me dijo que tenía incluso calefacción, aunque no la puso porque no tenía la llave. ¡Ah, sí! Tenía incluso radio. Aunque no tengo ni puñetera idea de para qué se pone radio en una moto.

Sus amigas coincidieron. El camarero también.

– Bueno. Sigo. Xavi se sentó frente a mí, tratando de metérmela en plan misionero, conmigo recostada en el manillar. Pero pronto vimos que no podía ser y que la costalada era segura. Así que le obligué a sentarse derecho en el sillín y me subí a horcajadas en su regazo.

– A cabalgarle, vaya.

– Exacto. Como sabía que el pobre no iba a atinar, agarré su rabo y lo puse en posición, dejándome caer muy despacio, para empalarme.

– ¡Qué envidia! – dijo Mari.

– Xavi dio un gemido tan intenso cuando estuvo dentro de mí, que a punto estuve de echarme a reír. Pero claro, no pude, porque hay que reconocer que, cuando aquella polla se me clavó dentro… me olvidé de todo lo demás.

– Ja, ja, qué guarra – rió Sandra.

– Le dijo la sartén al cazo – pensó el camarero, atento a no perderse detalle.

– Pues eso. Yo estaba de espaldas al manillar, empitonada en su polla. Nos acoplamos y empezamos a movernos despacito, follando justo como a mí me gusta, pues era yo la encargada de marcar el ritmo. Xavi se limitaba a sujetarme y a mirarme medio alucinado, mientras yo empezaba a botar cada vez más rápido sobre su polla. Para ser su primera vez, estaba resultando un polvete de lo más grato, pero entonces, quizás un poquito demasiado entregada, le di sin querer golpe con el pie a la patilla de la moto. Entonces todo se puso a temblar, nos desequilibramos… y ¡patapún! Costalazo en el suelo.

Las otras dos mujeres se echaron a reír.

– Yo me levanté sin problemas, con el culo un poco dolorido por el trompazo, pero deseando reanudar el show. Como me daba igual lo de follar en el suelo, mi idea era pasar del rollo de la moto y seguir follándomelo allí mismo. Riendo, miré a Xavi y le pregunté si estaba bien. Contestó que sí, pero entonces, al intentar moverse, se dio cuenta de que se le había quedado atrapada una pierna entre unos hierros salientes que tenía la moto.

– No fastidies – dijo Mari, mirando a su amiga con interés.

– Me puse en pie como un resorte y traté de levantar la moto. Pero qué va, ni de coña. Aquello pesaba una tonelada. Xavi intentó ayudar, empujando con las manos (estaba graciosísimo, allí tirado, desnudo de cintura para abajo, con el gorrito puesto y un empalme tremendo), pero pronto vimos que era imposible. Yo estaba cada vez más nerviosa, dándome cuenta de que no iba a poder sacarle de allí. Busqué a ver si había alguna barra o algo para hacer palanca, pero nada de nada. Xavi también estaba empezando a acojonarse, así que el asunto se le bajó con rapidez, aunque yo ya estaba tan preocupada que me dio igual. Tenía que sacarle de allí como fuera.

– Menudo show – dijo Sandra muy seria.

– Imagínate. Estaba haciendo auténticos esfuerzos para no ponerme histérica. No hacía más que pensar en que íbamos a salir en los periódicos. Le dije a Xavi que tenía que ir a pedir ayuda, pero él se horrorizó ante la sola idea de que se enterara la gente del instituto.

– Y con razón. El cachondeo hubiera durado años. Alucinada estoy de que nadie se enterara de esto. ¿Qué fue lo que hicisteis?

– Xavi me dijo que buscara a su padre. Yo me quedé estupefacta. Pensad en la vergüenza que iba a pasar plantándome de madrugada en casa de un compañero de clase, para decirle a su padre que habíamos tenido un accidente mientras follábamos. Así que me negué, pero, tras un rato de discusión, comprendí que no me quedaba otra.

– Joder. Menudo marrón – dijo Mari solidarizándose con su amiga.

– Lo que yo te diga. Cuando comprendí que no había más salida, me resigné y que fuera lo que Dios quisiera. Además, me di cuenta de que, aunque Xavi no se quejaba para no asustarme más todavía, estar allí debajo debía de dolerle, así que decidí darme prisa. Busqué mis bragas por toda la nave, pero no las encontré, así que, viendo que Xavi estaba pasándolo mal, hice de tripas corazón y salí a la calle, bajando tras de mí la persiana.

– Ala, con el chichi al aire.

– Ni te cuento. Pero tampoco es que me preocupara demasiado por aquello, bastante tenía con el pobre Xavi que seguía atrapado. Así que, sin perder más tiempo, salí escopetada de regreso al barrio. Para tardar menos acorté por el descampado que había detrás de la fábrica.

– Joder, qué susto. Te podía haber salido algún loco allí sola.

– Pues imagínate cómo iba yo. Acojonada perdida. Pero tenía que ayudar a Xavi. Si estaba en aquel lío era culpa mía. Por suerte no vi ni un alma y como había luna llena, se veía bastante bien. Si llega a salirme alguien en aquel llano, os juro que hoy no estaría aquí con vosotras. Hubiera palmado de un infarto.

– Imagínate los titulares. “Jovencita sin bragas hallada muerta de puro miedo” – rió Sandra.

– Pues no te creas que no lo pensé. Pero entonces me acordé del papelón que se me presentaba de tener que presentarme en casa de Xavi y eso hizo que me olvidara del miedo a que me violaran.

– Y te entró el miedo a la vergüenza que ibas a pasar.

– Correcto. Por fin, dejé atrás el descampado y, cinco minutos después, llegaba al bloque de Xavi. Antes de salir, él me había dicho cual era su piso, así que, tras armarme de valor, pulsé con ganas el portero electrónico. El ruido que hizo me hizo dar un bote, pues sonó como un cañonazo en medio de la noche en la soledad de la calle. Miré a los lados asustada, como si fuera a aparecer alguien para echarme la bronca por montar tanto escándalo.

– ¿Localizaste al padre?

– Sí. Por suerte, tras el segundo timbrazo descolgaron y una voz masculina bastante enfadada preguntó que quién era. Con voz temblorosa, contesté que era una amiga de su hijo y que necesitaba que viniera porque se había caído de la moto en la nave. Para mi alivio, no tuve que dar muchas explicaciones y tras anunciar que bajaba enseguida, colgó. Me senté en los escalones, pero, muy nerviosa, volví a levantarme y empecé a dar paseos. No dejaba de pensar en Xavi y si estaría bien. Me veía acabando la noche en el hospital.

– A ver, Sofi – dijo Sandra deteniendo el relato – No veo a donde va a parar tu historia. ¿Acabaste tirándote a Xavi o no? Porque el medio polvo que has descrito no cuenta…

– Tú déjame seguir, coño. Y pide otra ronda.

El camarero lo pasó fatal al servir las nuevas copas. Llevaba un empalme de campeonato, que no se bajaba un milímetro ante la presencia de las mujeres. Tapándose como pudo con la bandeja y poniéndose de perfil, intentó disimular lo mejor que pudo, aunque estaba claro que, al menos Sofía, era plenamente consciente de su apuro.

– Pues bien. Finalmente bajó el padre de Xavi. Yo no le había visto en la vida, así que me sorprendí un poco al ver que no era tan viejo como yo esperaba. Debía tener nuestra edad poco más o menos.

Mari esbozó entonces una sonrisilla maliciosa al empezar a comprender por donde iban los tiros. Interesada, se sentó más derecha en su asiento, inclinándose hacia su amiga para no perderse detalle.

– Me hizo esperarle en el portal mientras iba al garaje a por su coche. Era un vehículo muy curioso, una ranchera de esas americanas que se ven en las películas. Entonces no se veían muchas. Por lo visto el hombre era contratista y llevaba una especie de logo impreso en la puerta del vehículo. Paró delante de mí y yo subí al lugar del pasajero, aunque realmente no era tal, pues el asiento era corrido, de esos de tres plazas.

– ¿Y no te echó la bronca?

– No. Le conté una historia estúpida sobre que Xavi me había llevado a ver la moto porque me gustaban mucho y no sé qué más.

– Claro. Una historia muy buena – rió Mari – ¿Y cómo le explicaste que iba a encontrarse con su hijo medio en pelotas bajo la moto?

– En ese momento no caí. Me sentía un poco aliviada porque el hombre no me hubiera montado un pollo. Se veía que estaba bastante cabreado, pero no la pagó conmigo, sino que no paraba de despotricar contra su hijo. “Este chico es gilipollas”, “es que hay que joderse, quién le manda”, “qué cojones hace allí” y cosas por el estilo.

– Ja, ja.

– Como digo, estaba un poco más tranquila al ver que el tipo no era ningún energúmeno y que se tomaba la cosa con filosofía. Yo comprendía perfectamente su cabreo, era normal enfadarse si te despertaban de madrugada en tu cama con semejante percal.

– Y tanto. Me pasa a mí con mis hijos y me los cargo – sentenció Sandra.

– Entonces, recuerdo que preguntó que qué hacíamos allí en realidad y que cómo se las había apañado Xavi para quedarse atrapado. Me pilló de improviso. No sé, pensaba que se había quedado satisfecho con la explicación que le había dado, pero, al ver que no era así, volví a ponerme nerviosa.

– Normal.

– Me aturrullé y balbuceé algo sin sentido. Miré por la ventanilla, sin saber qué decir, consciente de la impresión que debía estar dando. Me volví hacia él y entonces vi que estaba mirándome las piernas, lo que me dejó parada. El padre del chico que me había medio follado estaba mirándome… y no como debe mirarse a una amiga de su hijo.

– ¡Ostras! – exclamó Sandra, que por fin llegó a la misma conclusión a que había llegado Mari minutos antes – ¡Sigue, sigue!

– No sé qué me pasó. Pero al darme cuenta de que me miraba, un escalofrío recorrió mi columna y me acordé de que el polvo había quedado a medias. De repente, volví a sentirme excitada, mientras él, con tranquilidad, me miraba de arriba a abajo. Recuerdo que dijo: “Ya veo”, dándome a entender que había adivinado perfectamente qué hacíamos su hijo y yo en la nave. Volvió a clavar los ojos en la calzada, conduciendo en silencio, mientras yo, muy alterada, con el corazón latiéndome con fuerza, le miraba sin decir ni pío. Me di cuenta de que era bastante guapo, moreno, ojos negros, bien musculado. Recuerdo que pensé que si Xavi acababa por parecerse a su padre, terminaría por gustarme de verdad.

– ¡Jo, ahora sí que se ha puesto interesante!

– No volvió a dirigirme la palabra en todo el trayecto. Ni siquiera me miró. Pero yo aún sentía sus ojos deslizándose por mi piel minutos antes. Estaba muy alterada.

– No era para menos.

– Por fin llegamos y él se bajó, sin esperarme, levantando la persiana de la nave por completo y enfrentándose al show que ya se esperaba. Yo entré detrás de él y vi que Xavi seguía exactamente donde le había dejado. Lo único era que se había quitado la camisa y se la había echado encima para taparse el asunto.

– Ja, ja.

– Entonces el padre, viendo el espectáculo, se volvió hacia mí y me fulminó con la mirada, como si todo aquello hubiera sido culpa mía, cuando la idea de hacerlo encima la moto había sido de su hijo. Me molestó mucho que me mirara así, pero yo no estaba para protestarle a nadie.

– Lógico. No ibas a echarle tú la bronca encima – coincidió Mari.

– Meneó la cabeza, como diciendo que menudo par de idiotas estábamos hechos y, haciendo alarde de fuerza, levantó la moto liberando al pobre chico. Xavi, avergonzado, se vistió como pudo, cojeando ostensiblemente. Yo estaba quieta como una estatua y no me atreví a echarle una mano, no fuera a ser que el padre dijera algo. Éste, por su parte, tras comprobar que su hijo sólo estaba magullado, se agachó junto a la moto para examinarla. Vi que recogía algo del suelo y se lo guardaba en el bolsillo, pero no le presté mucha atención, deseando que todo aquello acabara y regresar de una vez a casa.

– ¿No le echó la bronca a Xavi?

– ¡Qué va! Se notaba por el aura que desprendía que estaba molesto, pero no le montó el número delante mío. Supuse que para no avergonzarle todavía más. Le respeté bastante por ello, aunque recuerdo que pensé que a Xavi se le iba a caer el pelo cuando llegaran a su casa.

– ¿Y ya está? ¿Os fuisteis y punto?

– Calla, leñe. Deja que siga. El padre cerró la puerta de la nave y echó la llave. Yo ayudé a Xavi a subir y me senté a su lado. El hombre condujo en silencio, mirando a la carretera, sin hacernos ningún tipo de reproche. Xavi me pedía perdón en voz baja, lamentando lo ocurrido, aunque yo sabía que lo que más lamentaba era haberse quedado a medias, porque a mí me pasaba igual. Minutos después, llegamos a su portal y yo ayudé a Xavi a llegar al ascensor, mientras su padre me esperaba en la camioneta.

– ¿Te llevó a tu casa?

– Sí. Yo le dije que no era necesario, pero contestó que ni de coña iba a dejar a una jovencita andar sola por las calles. Que por esa noche ya lo había hecho bastante. Algo en su tono me dijo que era mejor no discutir, así que acepté, aunque la verdad es que me sentía muy inquieta por volver a quedarme a solas con él.

– Ja, ja.

– Volví a subirme a la cabina, sintiéndome un poquito nerviosa. Miré al padre y me encontré de bruces con sus ojos, que volvían a mirarme con descaro. No pude evitar temblar, pero no era un escalofrío de miedo sino…

– Ja, ja, ja… No hace falta que lo expliques, guarrilla.

– Lo reconozco, que me mirara de aquella forma me ponía nerviosa, sí, pero también resultaba excitante. Entonces, antes de arrancar, me dijo que viéndome, entendía por qué Xavi había ido a la nave a pesar de tenerlo prohibido y que por eso no le iba a castigar.

– ¡Joder con el tío!

– Madre mía. Fue escuchar eso y os juro que volví a ponerme cachonda perdida. Sabía que le resultaba atractiva y no sé, estar allí de madrugada, con un tío mayor bastante guapete… Joder, no podía más que acordarme de me había quedado a medias.

Un nuevo cliente se acercó a abonar su consumición, pero, tras un par de infructuosos intentos de atraer la atención del camarero, desistió de su empeño, largándose sin pagar. El otro ni se dio cuenta.

– Mi casa no estaba lejos, pero en ese momento yo deseaba que estuviera a cien kilómetros. De repente no me apetecía bajarme de aquel coche. Entonces, paramos en un semáforo y él volvió a mirarme, haciéndome estremecer. Metió la mano en el bolsillo y sacó algo que al principio no alcancé a ver, preguntándome si aquello era mío.

– Tus bragas, ¿verdad? – adivinó Mari, que ya se lo esperaba.

Sofía asintió con la cabeza.

– Exacto. Joder, cuando le vi con mis bragas en la mano, os juro que se me escapó un chorrito. Estaba caliente como una mona. Y entonces fue cuando le eché narices e hice una locura.

Las otras dos mujeres se inclinaron hacia ellas, hipnotizadas por el relato de su amiga.

– ¿Qué hiciste? ¡Coño, habla! – exclamó Sandra, sin paciencia para las pausas dramáticas.

– Aferré el borde de la minifalda y muy despacio, me la subí hasta dejar mi coñito al aire.

– ¡No me jodas! – exclamó Sandra.

– ¿En serio? – aulló Mari, con los ojos muy abiertos.

– Viva la madre que te parió – dijo para su coleto el camarero, mientras sofocaba las ganas de empezar a aplaudir.

– Él se quedó mirándome muy fijamente, sin pestañear. Como no decía nada, me asusté un poco, pues pensé que quizás había metido la pata e iba a acabar en los periódicos como la puta más grande del barrio. Pero qué va, entonces sonrió y me dijo que ya veía que sí que eran mías.

– Madre de Dios.

– Ya no dudé más. Estaba caliente como el palo de un churrero. Estiré la mano y, aferrándole por la muñeca, la conduje muy despacio entre mis muslos. Cuando sus dedos tocaron mi coñito, estuve a punto de enloquecer de placer. Tuve que morderme los labios para no ponerme a gritar. Desde luego, aquel hombre sí que sabía tocar a una mujer, ni Jaime, ni Xavi, ni hostias. Si le daba unas cuantas lecciones a su hijo, sin duda iba a convertirse en el tío más popular del insti.

– ¡Mierda! ¡Tendría que habérmelo follado! – exclamó Mari.

– El semáforo cambió y él, sin inmutarse, siguió jugueteando en mi entrepierna mientras conducía con una sola mano. Yo estaba literalmente hecha agua, retorciéndome de placer en el asiento mientras él nos conducía a ambos, al coche y a mí, por donde le daba la gana. Cuando abrí los ojos, vi que había cambiado el rumbo y, en vez de llevarme a mi casa, condujo de regreso al descampado, donde nadie iba a molestarnos.

Sandra le dio un codazo a Mari, como diciéndole que a ése sí que se lo había follado.

– Antes de que detuviera el coche, me corrí como una burra gracias a sus habilidosos dedos y tuve que apoyarme con ambas manos en el salpicadero para no caerme de bruces.

El camarero tragó saliva. Tenía la boca seca.

– Él siguió acariciándome, estimulándome hábilmente mientras el orgasmo me asolaba. Por fin, agotada, me recosté contra la puerta, tratando de recuperar el aliento. Él, por su parte, sacó la mano de entre mis piernas y, en un gesto la mar de erótico, se chupó los dedos con evidente placer.

– ¡Qué guarrete, je, je!

– Yo, medio derrengada, me esforzaba en serenar la respiración. Entonces noté que él forcejeaba con su pantalón y supe lo que venía a continuación. Le miré y vi que, efectivamente, se había bajado la bragueta y su polla asomaba entre sus piernas, dura y brillante a la luz de la luna.

– Y tú te amorraste al pilón. No le hizo falta darte instrucciones – intervino Sandra.

– A ver. Lista que es una. Instantes después estaba arrodillada en el asiento a su lado, con la cabeza bien hundida entre sus piernas y su polla clavada hasta el esófago. Noté que posaba su mano en mi pelo y pensé que iba a intentar marcarme el ritmo, como hacen muchos tíos.

– ¡Ajj! – exclamó Sandra – ¡Odio cuando hacen eso! ¿Qué coño creen que soy? ¿Un yo-yo?

– Tomaré nota – pensó el camarero en silencio.

– Sí. A mí me pasa lo mismo. Pero él no lo hizo, limitándose a acariciarme el cabello.

– Eso está bien. Un tío con experiencia.

– Digo. Igualito que Jaime. El muy cabrón me hizo más de una vez lo de sujetarme la cabeza para correrse en mi boca.

– Hija. Pensándolo bien, tuviste suerte de que ese cerdo te dejara.

– Sí. Es verdad. Pero lo cierto es que no ha sido el único que me he hecho eso. ¿A ti no te ha pasado?

La expresión que adoptaron sus dos amigas hizo comprender a Sofía (y al camarero) que sí que les había pasado.

– Pues eso. Si al hijo le había hecho un buen trabajo oral, al padre le hice una obra de ingeniería. Pronto lo tuve resoplando como una cafetera y susurrándome lo bien que lo hacía y que nunca se la habían chupado tan habilidosamente.

– ¡Qué atento! – rió Mari.

– Y no os creáis que estuvo ocioso dejándose hacer, no. Aprovechando que me tenía arrodillada sobre el asiento, volvió a subirme la minifalda y empezó a juguetear de nuevo con mi coñito… y con mi culo.

– ¿Te enculó en el coche? ¡Menuda nochecita! ¡Dos vergas en la boca y una en el culo!

– No, estúpida. No llegamos a tanto. Ni siquiera llegó a correrse con la mamada. Me dejó hacer un rato, disfrutando de que se la chupara una guapa jovencita pero, cuando empezó a notar que la cosa iba a dispararse, me detuvo y me levantó, empezando a morrearme. Supongo que pensó que si acababa ya, no iba a ser capaz de seguir la función.

– Lógico. El tío tenía 40 tacos y no se veía capaz de seguirle el ritmo a un pendón desorejado como tú – se burló Sandra.

– Ya. Habló la monjita de clausura – retrucó Sofía, un tanto picada – Me levantó la camiseta y empezó a chuparme las tetas. La forma que tenía de jugar con su lengua en mis pezones me volvía literalmente loca. Y sus manos… recuerdo sus fuertes manos, ásperas, varoniles, estrujando con ganas mi culo. Recuerdo que me dolió un poco, no porque él apretara demasiado, sino porque me había hecho daño al caerme de la moto. Me salió un buen moretón. Y no veas si me costó que luego no lo viera mi madre, porque me habría hecho preguntas a las que no hubiera tenido ganas de contestar.

– Ja, ja, ya lo imagino.

– Pues bien, cuando me quise dar cuenta, me encontré tumbada de espaldas en el asiento del coche, con el padre de Xavi recostado sobre mí, explorando con su lengua hasta el último centímetro de mi boca. Yo sentía su dureza apretándose contra mi muslo y, a pesar de que ya me había pegado una buena corrida, me moría de ganas por sentirle dentro de una vez.

– Joder. Qué morbo.

– Aquel hombre conocía bien a las mujeres, pues enseguida me tuvo a punto de caramelo y, cuando lo logró, no se hizo de rogar, sino que con una maniobra hábil, se colocó en posición y me penetró con firmeza.

– Qué envidia.

– No me pegó un pollazo loco de esos que algunos tíos acostumbran, no. Me la metió con fuerza, pero con la intensidad justa para sentir perfectamente cada centímetro de carne hundiéndose en mi interior. Di un bufido tremendo, que él ahogó con sus labios. Recuerdo perfectamente cómo era el techo de aquel coche, pues clavé mis ojos en él mientras sentía cómo se hundía en mi cuerpo. Y me corrí de nuevo.

– ¡No me jodas! ¿Te corriste sólo porque te la metió? ¡Ése tío era un portento! – exclamó Sandra.

– No te olvides que llevaba una rato masturbándome mientras se la chupaba. Y además, estaba el increíble morbo de la situación. No sé. Quizás sí que fuera un portento. Lo cierto es que me corrí. Y no fue la última vez.

– ¿En serio? – profirió Sandra con incredulidad -¿Cuántas veces te corriste? ¡Mi record está en tres en una noche!

– Pues perdiste querida. Yo ni me acuerdo de cuantas veces fueron, pero, si fueron menos de cinco…

– ¡No jodas!

– Te lo juro – dijo Sofía haciendo el gesto de promesa sobre su pecho – No os miento tías, fue uno de los polvazos de mi vida. Cuando empezó am moverse sobre mí y a hacer ciertas cosas con las caderas, creí que me moría de gusto. De pronto me encontré con los pies en el techo del vehículo, mientras el tío bombeaba febrilmente. Pero no a lo loco, no. Enseguida percibió cual era el ritmo que más me gustaba y se amoldó a él como un guante. Y no veas cómo aguantaba el tío, era increíble.

– Cuenta, cuenta.

– Cuando se hartó, me puso a cuatro patas, luego me hizo cabalgarle, de frente, de espaldas…

– Ja, ja, venga ya. Menos lobos, Caperucita.

– Bueno, vale. Ahí estoy exagerando. Pero os juro que fue un polvazo impresionante. De los mejores de mi vida, por no decir el mejor. Como dice Sandra, con él fue mi récord de orgasmos.

– Y a pelo, ¿no, cacho guarra? Porque a éste no le hiciste ponerse condón.

– No creo que llevara. La verdad es que, viéndolo ahora con perspectiva, me doy cuenta de la locura que hice. Pero no me arrepiento, porque, como digo, fue la mejor noche de sexo de mi vida.

– ¿Se corrió dentro? – inquirió Sandra, a la que le encantaban los detalles escabrosos.

– No. Tuvo cuidado y lo echó fuera. Todavía puedo sentir su caliente esperma sobre mi estómago. Fue genial. Y no veas la aventura que fue meter mi ropa a lavar sin que mi madre detectase las manchas pegajosas.

– ¡Todas hemos pasado por eso!

Las tres rieron a coro.

– Después, estuvimos un rato charlando, mientras nos vestíamos y nos recuperábamos. El pobre hombre, una vez superado el calentón, parecía un poquito avergonzado por lo que había pasado, lo que hizo que le encontrara todavía más atractivo.

– Ji, ji.

– Al final, me llevó a mi casa cuando ya había amanecido. Me despedí de él y subí al piso, procurando que mis padres no me oyeran llegar. Me metí en la cama y estuve durmiendo como un lirón hasta la hora de comer.

– El deporte es lo que tiene, que la agota a una.

– A la tarde siguiente, fui a casa de Xavi, a ver cómo estaba. Me lo encontré con un vendaje bastante aparatoso, pues, al parecer, se había hecho un esguince.

– Pobrecillo. Es verdad, me acuerdo de verle en clase con la pata chula.

– Pero tú no habías ido a verle a él, ¿verdad? – dijo Mari con tono pícaro.

– ¿Y tú qué crees? Me habían echado el polvo de mi vida… ¿Y piensas que iba a conformarme sólo con uno?

– ¡Serás puta! – gritó Sandra, riendo entusiasmada.

– ¡Pues claro! Xavi estaba super arisco conmigo y no era de extrañar, pues, tras dejarle, su padre tardó dos horas en regresar y eso que mi casa no estaba ni a diez minutos andando. No hacía falta ser un genio para sumar dos y dos…

– ¿Xavi lo sabía?

– Nunca me lo dijo, pero a partir de entonces pasó de mí.

– ¿Y seguiste liada con su padre?

– Unas cuantas veces. Nada serio, porque el pobre hombre estaba casado y yo era compañera de su hijo. Pero logré llevarle al huerto unas cuantas veces más, hasta que terminé la carrera y me salió trabajo en otro sitio. Le vi otra vez hace un par de años y, a pesar de estar rondando los 60, todavía tiene su aquel.

– ¿Te lo has vuelto a tirar?

– No, hija, no. Iba con su mujer y yo con mi marido. Aunque vi en sus ojos que se acordaba perfectamente de lo que habíamos hecho y me dedicó una sonrisa… ja, ja. Si llego a querer…

– ¿Le preguntaste por Xavi?

– Sí. Está casado y tiene dos hijas. Trabaja en Madrid de ingeniero.

– Me alegro de que le vaya bien.

– Y yo. Bueno, ya vale. Ésa es la historia. ¿He cumplido bien con las reglas?

– ¡Al pie de la letra! – exclamó Sandra con entusiasmo – ¡No veas, empezar con un tío que ni siquiera te gustaba y acabar echando el polvo de tu vida! ¡Un aplauso para la señora!

Y las dos mujeres empezaron a aplaudir ostentosamente a su amiga, mientras ésta se ponía en pié y les dedicaba un par de burlonas reverencias.

Por el rabillo del ojo, sin embargo, miró al camarero hasta que sus miradas se encontraron, lo que volvió a ponerle los pelos de punta al buen hombre.

Las amigas siguieron charlando, de temas menos escabrosos, hasta que Sandra anunció que se hacía tarde y tenía que irse. Mari se ofreció a compartir un taxi, pero Sofía no quiso acompañarlas. Tras decirles que las copas corrían por su cuenta (que ya pagaría otra en la siguiente reunión), se quedó sentada viendo cómo sus amigas se marchaban.

En cuanto se quedó sola, el camarero se acercó solícito a la mesa a preguntar si deseaba algo.

– No sé – respondió Sofía mirándole enigmáticamente – ¿Qué le debo?

– Invita la casa, señora. Me doy por bien pagado.

La mujer sonrió abiertamente al hombre.

– Es usted muy amable. Se lo agradezco. Por cierto, ¿dónde está el servicio? Estoy un poquito mareada y necesito refrescarme.

– Esa puerta del fondo. Aunque, si se encuentra mal, puede pasar al cuarto que tengo detrás. Allí hay una cama y puede echarse a descansar.

Nueva sonrisa pícara.

Aquella tarde el bar cerró pronto. La chica que tenía contratada para atender las mesas de fuera se llevó una grata sorpresa al obtener el resto de la noche libre, marchándose de inmediato en busca de su novio, sin saber que el destino le tenía reservada una amarga decepción. Cosas de la vida.

El camarero, por su parte, cerró el chiringuito como un rayo, sin molestarse en hacer caja siquiera. Cuando entró en el cuartillo, encontró a Sofía tumbada en su cama de costado, con la cabeza apoyada en la mano.

– ¿Y bien? – preguntó la mujer con voz juguetona – ¿Se ve usted capaz de superar el récord?

– Puedo intentarlo – respondió el hombre ilusionado.

Y vaya si lo intentó.

NOTA DEL AUTOR: Os presento el primer relato de Women in trouble basado en la historia sugerida por una de mis lectoras (no digo quien, que lo haga ella si quiere en los comentarios). Espero que os haya gustado.

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ernestalibos@hotmail.com