El bombardeo duraba ya cuarenta y cinco minutos. Los obuses caían cada vez más cerca rociándolos con tierra y metralla.

-Baja la cabeza idiota. –le dijo al chico a la vez que empujaba su casco hasta el fondo del pozo de tirador. –Y sigue practicando con el cañón de la MG, dentro de un rato nuestra  vida dependerá de lo rápido que lo hagas.
-A sus órdenes  Feldwebel  March  -respondió el chico cogiendo el arma y el cañón de repuesto con sus manos temblorosas.
-No, así no. Con los guantes ignífugos estúpido, y repite los pasos en voz alta.
El bombardeo seguía sin interrupción, cuando acabase, los rusos volverían a asaltar sus trincheras y un montón de tipos anónimos se masacrarían unos a otros  de nuevo por el capricho de dos cerdos bigotudos. Kurt intentó ponerse lo más cómodo posible en el fondo de la estrecha trinchera  e intentó relajarse un poco alejando su mente de aquel infierno, con los estallidos de los proyectiles y la  cantinela del  joven recluta de fondo:
-1º Abrir el cerrojo y bloquearlo.
-2º Girar cerrojo del cilindro hacia la derecha y hacia adelante.
-3º Coger el cañón y tirar hacia atrás y hacia fuera del revestimiento.
-4º Introducir el cañón nuevo hasta el fondo y colocarlo en el lugar de alineación.
-5º Tirar del cerrojo hacia atrás y a la izquierda.
Con el tiempo, se las había arreglado para poder aislarse de los estampidos,  el olor a cordita y  a carne corrompida. Sin mucha dificultad, su mente se alejó  y voló de nuevo a casa, a su último permiso. Una casa que con cada batalla estaba un poco más cerca de él, un poco más cerca de  la muerte.
 Está de nuevo, durmiendo entre  sábanas limpias, al lado de Greta, con Fritz gorjeando al lado en su cuna. Un agudo chillido les despierta, Kurt, descolocado se incorpora inmediatamente y busca un refugio entre las tinieblas de la habitación, su mente sólo piensa en Sturmoviks  y Katiushas. Greta se levanta y con una mano sobre su pecho le obliga  a acostarse de nuevo. Kurt obedece y la observa levantarse y acercarse al pequeño bulto berreante. Lo saca de la cuna con delicadeza  llevándolo entre sus brazos y sentándose en un pequeño sofá. Los ojos de Kurt ya habituados a la penumbra observan a Greta bajarse un tirante del camisón mostrando un pecho blanco, grande y tenso, cargado de leche. Fritz se agarra con ansia al oscuro pezón y chupa. Greta le sujeta la cabeza y levanta la mirada. Sus ojos  azules se sorprenden al cruzarse sus miradas. No está acostumbrada a tenerle a su lado. Sonríe y se ruboriza ligeramente. Fritz ajeno a todo chupa golosamente la vida que le proporciona su madre. Greta comienza a cantar suavemente  una antigua canción campesina. Aquella pequeña granja de Silesia es un  oasis en la guerra, por el momento.
Durante mucho tiempo habían deseado tener un hijo sin éxito, ahora  que lo habían conseguido se preguntaba qué sería de él con el enemigo cada vez más cerca. Había visto las burradas que habían cometido las SS y no se hacía ninguna ilusión de que el ejército rojo no fuese a vengarse.

Greta se baja el otro tirante y cambia al bebe de pecho sin parar de cantar, ajena a sus oscuros  pensamientos. Su cuerpo ya no es tan esbelto ni elástico como cuando se casaron, pero  la edad y la maternidad   han suavizado los ángulos de su cara y ha hecho que sus curvas sean más rotundas y femeninas. Kurt la desea,  no hacen falta palabras para que Greta se dé cuenta de ello y se incorpora dando a su hijo pequeños golpecitos en la espalda. Dos sonoros  eructos después Greta deposita al pequeño en la cuna. Está dormido antes de que Greta termine de arroparlo.

Greta se acuesta  de lado y apartando la sábana acaricia el pecho de Kurt distraídamente. Con una sonrisa mete la mano bajo el calzoncillo y coge su polla erecta masturbándole suavemente mientras le besa.  Kurt responde al beso mientras acaricia los suaves rizos de ella. Sus labios se separan el tiempo justo para mirarse a los ojos. La mirada de ella es dulce y apaciguadora, la de él es oscura y melancólica.
-¿Qué están haciendo contigo, mi amor? –pregunta ella sin esperar una respuesta.
Sin responder,  Kurt se quita los calzoncillos y se tumba sobre ella. La besa de nuevo con suavidad pero profundamente intentando fijar entre sus recuerdos el sabor a fruta y a especias de su boca. Greta separa ligeramente las piernas y se deja hacer sin apremiarlo, intentando reprimir su excitación. El suave tejido del camisón y los movimientos de las caderas de Greta acarician su polla devolviéndole a la realidad y haciendo a Kurt consciente del deseo de su mujer. Con lentitud, saboreando cada gesto, levanta la falda del camisón y la penetra lentamente hasta que todo su pene está envuelto por el calor y la suavidad húmeda del coño de Greta.
Greta suspira  y  abraza el cuerpo duro de Kurt mientras él se mueve dentro de ella.  Con cada penetración se muerde los labios para ahogar los gritos de placer. Recuerda como antes de la guerra el sexo era apresurado y escandaloso, pero no lo echa de menos, solo echa de menos los gestos despreocupados y alegres de Kurt.
Kurt disfruta tanto del sexo de Greta como de sus uñas hundiéndose en su espalda o el aroma de su cuerpo. Baja la cabeza y le besa los pechos a través del encaje de la combinación. Greta se baja los tirantes, Kurt se los lame con cuidado intentado no irritar aún más los pechos doloridos por el amamantamiento, pero Greta los estruja excitada y le acerca los pezones a la boca.  Kurt los chupa, unas pocas gotas de leche salen del pezón inundando su boca con un sabor denso y dulce.    Greta gime y aprieta su cuerpo aún más contra el de él.  Kurt empuja más rápido y más fuerte, los muelles del somier crujen y Greta jadea y le pide más.  Kurt se separa y con el sabor de su leche en la boca mete la cabeza entre las piernas de Greta.

El cuerpo de Greta se crispa entero al sentir los labios de Kurt sobre su sexo. Abre sus piernas y cerrando los ojos disfruta de la boca de su marido lamiendo y chupando su sexo haciéndola olvidarse de todo haciéndola olvidarse de un mundo en llamas.  A punto de correrse se da la vuelta y levantando el culo y separando las piernas le invita a entrar de nuevo  en ella. Kurt la penetra, esta vez con rudeza, azuzado por el deseo. Greta da un respingo pero aguanta firme las embestidas de Kurt  agarrándose a las sábanas y disfrutando de aquel miembro duro y caliente moviéndose en su interior. Kurt no puede aguantar y se corre dentro de Greta sin parar de empujar hasta que momentos después  ella se paraliza, tiembla y grita incapaz de reprimirse.

Agotados y sudorosos se acuestan y con su pene aun dentro de ella se quedan dormidos.
La mañana les sorprende en la misma postura en la que se acostaron rendidos, la luz se filtra por los postigos  iluminando tenuemente la habitación. Sobre una silla, en la esquina está el uniforme de artillero de Kurt.
-No vuelvas.
-¿Qué no vuelva dónde? –pregunta Kurt aunque sabe de sobra la contestación.
-Al frente, esta vez tengo un mal presentimiento.
-Como siempre que marcho tras un permiso. –rezonga Kurt.
-Escucha, podríamos irnos, ponte ropa de paisano, nos esconderemos en Dresde con mi tía Dora. La ciudad apenas ha sido bombardeada. Allí estaremos seguros hasta que termine la guerra.
-Por nada del mundo te pondría en peligro a ti o a la familia. ¿Sabes lo que os harían si me pillaran escondido? A mí solo me fusilarían pero vosotros acabaríais colgando de una farola con un cartel al cuello.
-¡Me da lo mismo!  -grita Greta con lágrimas en los ojos. –Te amo, no quiero que te vayas, no quiero que mueras,  no quiero que Fritz crezca sin padre, prefiero morir contigo…
Kurt la interrumpe con un abrazo, ella desesperada intenta soltarse. Kurt imperturbable la sujeta mientras ella le golpea y le araña hasta convertirse en un bulto inerte y sollozante entre sus brazos.
Fritz se ha despertado de nuevo  y vuelve a aullar pidiendo comida de nuevo…
El súbito y atronador silencio que se produjo al terminar el bombardeo le sacó de sus ensoñaciones.
-Vamos, coloca el arma en posición. –le ordenó al recluta. –empieza el baile.
El joven recluta aún impresionado de estar  todavía vivo tras el monstruoso bombardeo tiró de la MG, desplegó el trípode e intentó reparar el maltrecho parapeto. Mientras tanto Paul y Hermann se acercaban con más cintas de munición.
-Hijo, puedes mearte y cagarte encima pero no dejes de cambiar el cañón.
En ese momento los rusos salieron gritando de sus refugios, estimulados por el vodka y las Nagan de los comisarios, atacando las posiciones alemanas  oleada tras oleada. Kurt las segaba con su sierra circular, con eficiencia y profesionalidad. Ráfagas cortas de veinte disparos. Cada siete ráfagas  el joven recluta cambiaba el cañón a la vez que repetía de nuevo la  misma cantinela:
-Primero abrir el cerrojo y bloquearlo…
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