NOTA: Antes de leer este relato, os advierto de que contiene una dura escena que involucra una fuerte agresión sexual no consentida a una virgen que es considerada sólo como una fuente de dolor que excita al narrador. Es realmente perverso. Lo he escrito de forma consciente, así que si tenéis problemas para digerirlo, hay muchos otros relatos en la web. Lo he resubido porque me borraron los relatos de mi cuenta, pero sigo siendo Siles71.

Mis vacaciones nunca habían resultado ser tan aburridas.

Os hablo desde la costa de las Rías Baixas. El tiempo es inmejorable, y todos los días que he podido he bajado a la playa, que está a cinco minutos en coche del hotel donde me hospedo. Sin embargo, a pesar del sol, resulta muy difícil bañarse, en parte debido a las frías corrientes atlánticas que no cambian su frialdad.

Vine aquí sólo, por la necesidad de desconectar no sólo de mi horrible trabajo como oficinista explotado, sino también por alejarme un poco de mis esferas de amistad, que también me imponen su tiempo y en ocasiones desgastan gran parte de mi tiempo libre. Además, ellos no comprenden (ni quiero que comprendan) que yo mantengo un secreto que practico en libertad. Y este debería ser el momento, y este el lugar, para que pueda dar rienda suelta a uno de mis más deseados placeres. Lo descubriréis en este relato, ya que en torno a ello gira mi historia. De todas formas, no hay que ser muy listo para saber que lo que yo quiero es ligar en la playa y follar de una forma brutal, pero no me vale cualquier chica, como vereís.

Llevaba ya unos días y como os he dicho, empezaba a aburrirme. Sin embargo, el final de ese día iba a ser bien distinto, tal y como yo lo deseaba.

Bajé esa tarde de nuevo a la playa. A pesar de que era pronto, la entrada a la costa estaba repleta de coches, y tuve que aparcar más arriba de lo que hubiese deseado en un principio. De cualquier forma, bajé a la arena sólo con mi mochila, ya que no me gusta ir a la playa con muchos trastos.

Una vez vislumbré el mar empecé a otear la arena, para ver donde podía sentarme. Estaba más llena de lo que cabía esperar para ser apenas las cinco de la tarde. Debía elegir bien el sitio, ya que poner en práctica la acción de mi secreto depende de ello en gran medida.

La playa estaba dividida de una forma peculiar. A la derecha de la misma se situaban pocas personas, ya que el suelo no era de arena, sino más bien de rocas algo escarpadas y no se puede uno tumbar a gusto. En el medio es donde se sitúa la mayor parte de la gente. En esta playa hay pocas cuadrillas, lo que más abunda es el turismo familiar y el de pareja. Los segundos tienen toda la actividad sexual que les falta a los primeros. Y a la izquierda hay como una zona más apartada, que curiosamente tiene el agua un poco más templada, y algunas rozas que la rodean. Es el lugar donde abundan las chicas que van solas, muchas de ellas de en topless.

Sé toda esta distribución porque en la playa paso poco tiempo tumbado y me gusta dar paseos por toda la orilla en soledad, armado con un par de gafas de sol que me permiten contemplar bien la anatomía femenina, más aún cuando van sin la parte superior del bikini. El día anterior había intentado ligar con una de ellas. Iba escuchando música en su ipod, mirando al suelo para no lastimarse los pies con las conchas, en topless. No era una delicia. Tendría unos diecinueve años. Era bajita, de piel morena y con el pelo negro recogido en una trenza torpemente hecha que le cae por la espalda. Los ojos eran verdes, y la expresión de su cara era tosca. Sus pechos eran firmes pero pequeños, y los pezones estaban muy tostados, símbolo de que solía practicar el topless a menudo.

Nos cruzamos y la recorrí de arriba abajo con la mirada. Sus caderas eran voluptuosas, formando unas buenas curvas a ambos lados de su cuerpo. La única parte de su bikini era una braguita negra, sujeta con elásticos, bastante apretada. Andaba con las piernas separadas, observé. Como si ese coñito y ese culito se abriesen a menudo y dejasen deslizar rabos a mansalva entre ellos. Su cara, bien mirada, también era la de una experta zorra. Me estaba poniendo la polla a cien.

Lo que hice fue no perderla de vista mientras me acercaba frontalmente a ella. Aunque había varias personas paseando por la playa, cerca no había apenas ninguna. Me planté frente a ella, que al ir mirando al suelo no me vio y chocó contra mí. Tuve cuidado de colocar mi polla de tal forma que se restregase contra su cadera antes de que cayera al suelo.

– Ey, ¿qué pasa, chica? ¿No miras por donde vas?

La chica, no sé si por casualidad o aposta por lo zorra que estaría acostumbrada a ser, cayó de culo, apoyando sus brazos en la arena, y ofreciéndose ante mi con la piernas abiertas, la braguita tensa porque no podía ya retener su conejito seguramente chorreado de placer y sus pezones erectos mirándome. Su cara de guarra también me miró sorprendida. Y al agacharme a recogerla, mi polla tocó su cabeza intencionadamente, como signo de sumisión de ella ante mí.

Pensé en follarla brutalmente al ver esa visión. Puse mi mejor cara seductora y le ofrecí una mano para levantarse. En cambio, ella se irguió sola, y cuando estuvo incorporada…

¡Zas! Me pegó tal ostia en la cara.

– ¡Eres un guarro tío! Que ascazo me das, ¿¡te crees que así vas a conseguir algo conmigo!?

Opté por no contestarla. Era evidentemente una frígida amargada, y consideré prudente alejarme rápidamente, pues su griterío empezaba a alertar a la gente de los alerederdores. Lástima, pensé que podía haber ido bien, pero había sido un desastre. Otra tarde sin follar…

Quizás no os lo esperéis, pero esta vez que bajé a la playa, como las otras, me situé en la parte central de la playa. Sí, donde están las parejas y las familias. No me malinterpretéis todavía. No soy un Voyeur a quien le guste ver los arrumacos, las caricias calientes y los orgasmos disimulados que profieren las parejas, pensando que nadie les ve como se meten mano. Mi objetivo es justo el otro. Las familias.

Familias de tres o cuatro miembros. Padre, madre e hijos. Bueno, lo que yo busco son hijas en realidad. Pero no cualquiera. Quiero una adolescente con cara de amargada, de aburrida por tener que gastar las vacaciones con sus padres. Crecidita, y si no llega a ser mayor de edad mejor, morbo añadido. Mi verdadera fantasía es que sean vírgenes, eso es ya tener una suerte increíble.

Vi algunos buenos fichajes en lo que a esto respecta cerca. Los grabé en mi mente y decidí andar para esclarecer a cual debía atacar y cómo lo haría. No es fácil entablar conversación con una de ella, rodeada de sus padres. Pero muchas de ellas emprenden un camino solas por la orilla, tal y como suelo hacerlo yo mismo. Ese es el momento adecuado para empezar mi plan.

El agua del mar llevaba un rato salpicándome los pies cuando de repente la vi. Y al verla a ella, se me olvidaron el resto de mis objetivos.

Estaba paseando por la zona central de la playa, esquivando a ratos toallas y sombrillas ajenas. Era colosal.

Rondaría los 23 años. Era alta y delgadísima. Iba vestida con un bikini claro. La parte de arriba era naranja, de escote generoso que revelaba unos enormes pechos y la braguita rosa, tipo cullot, que destacaba un culo de infarto. Pero lo más destacable de ella eran dos cosas: la primera es que era de una palidez sofocante, toda su piel era blanquísima, como si estar en la playa no le hiciera el menor efecto. Eso la hacía bien visible. Y lo segundo y también muy llamativo es que su pelo era de color rojo fuego intenso. El pelo se lo cubría con una pamela enorme. Esa combinación hacía que fuese indistinguible del resto de la playa.

Lo malo era que no iba sola. A su lado le acompañaba un viejo decrépito. Sin embargo, el viejo no se fijaba en su tremenda anatomía, lo cual me indujo a pensar que probablemente se tratase de su padre.

Me quede fascinado mirándola. Evidentemente no debía ser el único, todos los hombres, ya fuesen chicos o crecidos lo estaban haciendo de la misma manera. Incluso las mujeres debían mirarla también con envidia. Era la protagonista de la playa.

En ese momento, parece ser que me vio. Al menos, miró en mi dirección y juraría que sus ojos vieron los míos. Y me dedicó lo que yo interpreté como una sonrisa huidiza, de esas que se lanzan con las pestañas vivarachas y con las mejillas sonrosadas, para rápidamente dirigirla de nuevo al suelo. Me calentó. Era toda una mirada rellena de deseo, o así lo interpreté yo, pero que se cohibía seguramente por el señor mayor andando a su lado.

Siguieron andando como una exhalación. Pero yo no me podía quedar en el sitio tal cual, como si nada hubiese pasado. Ese ángel del amor, o del sexo, me había puesto el rabo bien duro, como jamás antes lo había sentido por una chica en bikini. Es difícil excitarme tanto si la chica en cuestión está vestida o semivestida.

Sin embargo mi mente fue elucubrando por ella sola. Me la estaba imaginando quitándose sensualmente el bikini tirada en la cama de mi hotel, mientras me susuraba palabras de hembra en celo, con la expresión de su dulce cara comiéndome la polla hasta los pelos de los huevos, abriendo con los finos y blancos dedos la entrada rosadita de su coñito ya húmedo, me la imaginaba siendo follada a una velocidad ultrasónica y bien dura, mientras ella gemía más de dolor que de place, con su frágil figura a punto de romperse a pollazos. Era demasiado.

Y todo eso me lo imaginaba de pie, en medio de la playa, con el pantalón levantado por efecto de mi miembro ya casi como una bandera ondeante. Intenté disimular mi erección como buenamente pude en medio del gentío, aunque tuve suerte porque la gente seguía pendiente de aquella muñeca carnal. Lo que hice fue adentrarme un poco en el agua, fría como el polo pero que conseguía calmar mi atemperado cuerpo.

Me impulsaban salvajes deseos de hacerla mía, de penetrarla una y otra vez, de soltar chorrazos de semen sobre su cuerpo desnudo y mil otras perversiones más. Todo ello bombeaba con fuerza en mi mente. Sumergido hasta el cuello, las ganas de hacerme una monumental paja debajo del agua, en la ignorancia del resto de la playa, se me hicieron patentes y hasta pensé en tornarlas realidad. Mi miembro estaba durísimo y no necesitaba tocarlo para sentirlo. Estaba a punto de rasgar mi bañador.

Pero masturbarse era un desperdicio. Yo tenía que culminar mi aventura sexual sobre esa hembra pelirroja de piel de porcelana, satisfacerme a mí mismo sería algo imperdonable, y el primero que no se lo perdonaba era yo. Tenía que hacer algo, pero ¿el qué? Era evidente que sería la más vigilada de toda la costa, ni hasta el vigilante la iba a perder de vista por mucho que se ahogase media playa. Y ese hombre que iba con ella, su padre, no la soltaría fácilmente.

O eso creía yo.

Decidí nadar un poco y despejarme. No es por echarme flores, pero soy un buen nadador. Además mi esbelto y musculoso cuerpo me permite nadar durante bastante tiempo sin cansarme, y en esta playa no hay un fuerte oleaje que me canse la tarea. Me puse las gafas de sol sobre la cabeza y nadé con cuidado para no perderlas. Decidí nada transversalmente, hacia la zona derecha de la playa, la zona más rocosa y solitaria. Me inspiró un poco la idea de que ella llevaba esa dirección cuando me la crucé.

Apenas había gente en el agua. Tan sólo un puñado de niños por la orilla, y conforme me acercaba a las rocas, menos. Desde mi distancia no podía ver bien a los que estaban sentados en la arena, pero creo que no la vi a ella, pues como ya he dicho destacaba y mucho.

La parte donde llegué nadando tenía varias rocas altas dispuestas por donde cubría el agua, pero por la parte tocante a la arena también había unas cuantas sobre las cuales se podía llegar a andar con cierta habilidad. En aquel momento estaba desierto. Me encaramé con esfuerzo a una de las ocas más lisas y me quedé sentado.

Observé el paisaje aburrido. Por allí no pasaba mucha gente y sólo oía el estruendoso chocar de las rocas.

Pero de repente apareció a mi vista.

Era la pelirroja y alta chica de piel pálida que había ocasionado mi excitación antes. Era increíble verla ahora tan cerca de mí, y lo que es mejor, ¡completamente sola!

Ya no la acompañaba aquel andrajoso viejo. Ni la pamela enorme de su cabeza. Andaba sola, mirando hacia la arena que pisaba, con una sonrisa. No se había fijado en mí.

Tenía que llamar su atención. Hice algo estúpido, pero funcionó.

Cogí las gafas de sol que llevaba encima de mi cabeza y las lancé cerca de por donde ella paseaba. Cayeron justo delante de sus pies. Eso hizo que levantase su mirada y buscase en mi dirección, hacía las rocas, hasta que me vio.

– ¡Ey! ¿Perdona, preciosa, me las pasas?

Me miró de una forma rara. Era evidente que las había tirado aposta y seguro que lo había notado. Pero se agachó y las tomó con una mano. Después vino hacia mí.

El acceso no era fácil, tenía que recorrer una roca y dudé que fuese a hacerlo. Pero creo que se aburría de andar por la arena y decidió probarlo. Aquella diosa pelirroja se encaramó a la roca y con habilidad sus pies la cruzaron sin apenas hacer se tambalease. A un metro de mí, me tendió las gafas.

Las cogí y le di las gracias.

No contestó, me miró con una sonrisa. Ahora pude verla de cerca. No me parecía española, aposté que era francesa o alemana. Tenía unos ojos verdes preciosos y unas facciones en la cara muy delicadas. Mis ojos no pudieron tampoco evitar recorrer su anatomía. Sus tetas, una talla 95, estaban retenidas por un bikini de color naranja y se las notaba hinchadas, de un tamaño perfecto. Era delgadita pero sin serlo demasiado, me gusta que las chicas tengan algo de curvas.

– ¿Por qué no te quedas aquí un poco?

Ella no me contestó. Pensé que sería cosa del idioma. Creo que se impresionó conmigo, que le gustó mi voz y mi cuerpo, y se sentó en la roca donde estaba, y se quedó mirando el mar. Era preciosa, y parecía muy sensible.

Mirando su cuerpo, tuve otra erección. Intenté disimularla.

Me empezó a hablar en inglés, aunque ni ella ni yo lo dominábamos muy bien. Me dijo que era francesa, pero ese idioma yo no lo conocía. Chapurreaba algo de español, pero prefería comunicarse en inglés. Me dijo que se llamaba Elise, y que había venido con su padre a pasar unos días a España. Ahora él se había quedado en la toalla, estaba cansado de caminar.

Yo le contesté que había venido solo.

Me sonrió y me preguntó si no me aburría. Le contesté que no, y menos ahora, porque eso me brindaba la oportunidad de haberle conocido. Ella se quedó pensativa. Me dijo que mucha gente la miraba. Resultaba muy llamativa y no le gustaba mucho eso.

Pero a mí sí, le añadí. Me gustaba mucho. Me calentaba estar hablando con ella, ver sus formas perfectas a menos de medio metro de mí.

Me fijé en que estábamos lejos de la arena. Ella se había metido bastante a las rocas, pero aún podían vernos desde la playa.

Le dije que me siguiese. Nos incorporamos y andamos un par de rocas más hacia la profundidad del mar. Ahora nos tapaba una gran roca vertical que nos ocultaba de la playa. Aún más íntimo. Es lo que yo quería.

La agarré primero de una mano. No se quejó. Y la abracé. Se sorprendió, pero no dijo nada.

Quería follármela, ya. No iba a esperar más.

Con descaro, le metí mano entre las dos tetas. Recorrí su canalillo con mi mano. Ella gritó. Le tapé la boca con la mano, para que no la oyesen. Ella se revolucionó. Pero de mientras yo había conseguido tocar sus dos pechos redondos. Perfectas, exquisitas bolas de carne a través del bikini.

Se movía tanto intentando resistirse que opté por tumbarla en la roca donde nos encontrábamos. Era grande, y ella cabía perfectamente tumbada. Una vez que lo estaba, agarré su sujetador del bikini y tiré con fuerza. Conseguí jalárselo, y lo tiré, quedando apoyado encima de la roca donde nos escondíamos.

Tenía unas tetas tan blancas como el resto de su cuerpo. El contraste con su pelo rojo era espectacular. Las aparté con mis manos, deleitándome con el tacto suave de las mismas. Y sus pezones rosados eran pequeñitos, pero igual de atractivos. Los chupé deliciosamente.

Elise se resistía y gritaba, pero hacía caso omiso de sus quejas.

Jugué todo lo que me apeteció con ellas. No llegaba a excitarse visiblemente por mis gestos. Peor para ella. Le iba a doler mucho más cuando la violase salvajemente, si no sabía cómo disfrutar ahora. Cuando me cansé, me fijé en su cadera.

Y procedí a quitarle la braguita. No era excesivamente sexy, era más bien ancha y de color rosa. Y a la antigua, no tenía cuerdas a ambos lados, por lo que tuve que tirar de ella para jalarla por debajo de sus piernas. Menudos muslazos tenía la chica. Blancos brillantes, puros, finamente depilados y enormes pero proporcionados, como cualquiera podría desearlo. Me entretuve tocándolos, palpándolos mientras los recorría con mis fuertes manos. Sentía como mi tensión sexual iba incrementándose. Por la parte interna de los muslos había algunas magulladuras recientes, que sólo podían provenir del roce contra la escarpada roca donde estaba sentada. Eso era sexualmente muy atractivo, ya que si la chica intentaba resistirse a mis ademanes y se revelaba, se rasguñaba con dolor toda su exquisita piel. Era entonces cuando sus chillidos iban en aumento.

Por fin, agarre por ambos lados los extremos de la braguita del bikini y empecé a tirar de ellos:

Se resistía, intentando con sus pequeñas manos detener las a las mías. Llamó mi curiosidad ver unas manos como las suyas, tan finas, con sus dedos largos acabados en unas uñas pintadas de rojo claro, competir con mis fuertes manos morenas empeñadas en el objetivo de desnudarla por fin y violarla.

– ¡NOOO, por favor! ¡¡No me quites las braguitas!! Yo soy… – gritaba cada vez más insistentemente, intentando fútilmente abortar mis deseos.

Hice caso omiso de sus palabras. En medio del tira y afloja, le dije:

– Te gusta hacerte la víctima ¿eh? Te da morbo verte sufrir, gritas… Eres toda una mujer cachonda en celo. Te recreas con tu actuación, ¿verdad?

La chica dijo sollozando que no me entendía y siguió dando la vara con que le dejase puestas braguitas.

-Estás buenísima, y esto es lo último que me falta por verte.

Yo decidí no esperar más.

Tiré bruscamente. Para mi sorpresa pude ver la ausencia de vello púbico, la muy putita se lo había pelado al cero. La blancura que dejaba entreve su pubis era casi idéntica a la del resto de su cuerpo. La ropa iba bajando incesantemente, a la vez que el elástico se estiraba para pasar a lo largo de sus potentes nalgas y empezar a recorrer sus muslos.

– ¡Oh, Dios, no! ¡NO!

Asomaba por fin su linda rajita, el conejito rosadito y apretado. Más solo pude tener de él una visión fugaz. Sus manos, que ya habían desistido de recuperar sus braguitas, pues no tenían esa fuerza, corrieron a cubrir su entrada de mi vista. Eso me enfadó.

-Me lo estás poniendo muy difícil, zorra.

De cualquier forma, obré con lógica. Si apartaba sus manos ahora, recuperaría sus braguitas. Por lo que le quité lo que le quedaba del bikini. Sin su oposición, salió solo, resbalando por sus muslos, sus piernas, y finalmente libre de sus pies. Le di un par de vueltas alrededor de mi mano derecha, triunfante. Y las tiré adonde quedaba el bikini.

-Ya te empieza a gustar esto, ¿verdad? Ves que la cosa va en serio, así que relájate y disfruta. Tengo unas ganas de follarte… .

La chica esta vez si debió de entenderme. Sus manos cubrían su intimidad, mientras que los brazos intentaban solapar los preciosos pechos que había observado y magreado poco antes. No obstante, ella ya debía saber que todo esto era inútil. Yo poseía una gran fuerza. La chica ya no se movía. Seguía paralizada en la misma posición, verla tan indefensa motivó mis hormonas hasta niveles insospechados. Su cara pedía piedad, pero el plato que componía su tremendo cuerpo no daba lugar a que ésta pudiese existir.

-Anda, retira tus manos. Sabes que va a ser mía tarde o temprano.

– ¡¡No!! Laisse-moi tranquille! – pedía la francesita a gritos. Su cara, llena de rabia, cada vez se tornaba más al lloriqueo.

– Tú misma. Pierdes el tiempo si crees poder estar así mucho tiempo.

Con fuerza, cogí con mis manos sus muñecas y tiré de ellas fuertemente, tanto que oí un crujido. Ella, que quizás no se esperaba este acto tan repentino, vio como sus manos eran apartadas y dejaban su cuevita depilada al descubierto.

– ¡Por favor, no! ¡Déjame ya! – gritaba Elise.

Esta vez contemplé la deliciosa rajita. Pero la muy suya cerró las piernas levantándolas hacia arriba, tapándome una vez más su intimidad. Harto ya, desprendí sus manos de las mías y corrí a separarle los muslos.

Entre gritos, sus manos volvieron a pegarme, pero cada vez estaba más cansada y no me hacía el menos daño. Sin duda empezaba a sentir esa impotencia. Mis gruesas manos apretaban sus muslos para hacerlos desfallecer de dolor y que así no opusiesen resistencia a mí. Eran unos muslos excelentes, pero en aquel momento me impedían el paso a un nuevo paraíso. Apreté fuertemente mis dedos contra ellos. La francesita Elise sintió el dolor de mis músculos y chilló aun más. Mis dedos perforaban sus perfectos músculos, hundiéndose en ellos de rabia y amoratándolos, dejando mi marca. Mi brutalidad cada vez iba a más, era una violación que jamás iba a olvidársele a ninguno de los dos.

Entre gritos profundos de dolor, por fin vi como la tensión de sus piernas no era tal, que se volvían menos tersas, más flexibles. No lo dudé y rápidamente separé los muslos. Elise ahora no se quejaba tanto, quizás liberada del sufrimiento que aún padecían sus extremidades.

Por fin la vi. Allí estaba su prieta rajita. Parecía una vagina infantil, de niña. Como su cara, que pese a ser la de una mujer ahora no me recordaba más que a una niña mimada y frígida. Blanca como la nieve. Su conejito sólo era rosado en los bordes internos de la rajita, allí donde la unión mantenía el secreto de su cueva. Me pareció que ese coñito estaba demasiado cerrado, ¿sería que no la follaban a menudo? Quizás la follara un chulo de mierda con una pija enanísima. Algo que sin duda esta mujer no se merecía. Se merecía una polla gorda y grande que la perforase habitualmente para trabajar la entrada de vagina y que quedase abierta durante todo el día, para que casi se le escapasen los flujos vaginales por ella. Vi un tímido clítoris que sobresalía de la parte superior de la rajita. Estaba colorado, como si le diese más vergüenza la situación que a su dueña.

Tampoco estaba nada mojada. Si había escasa humedad, sólo podía provenir del oleaje. Sin permitirme perder ni un momento, porque pese a que el lugar era apartado siempre podían descubrirme, acerqué mi boca a su entrepierna y la lamí de abajo arriba. El lengüetazo siguió animando protestas en la boca de la chica. Ya vería lo que podía hacer con la lengua. Se iba a mojar hasta las rodillas antes de que empezase a meterle mi polla. Empecé a atacar rápidamente el recorrido de la rajita con mi lengua. Sin meter la punta ni siquiera, solo superficial. Recorrí también la suave piel depilada de su monte de venus y de sus ingles. Pensé que también hubiera sido excitante ver el vello pelirrojo crecido sobre esta área tan blanca, sería inusual. Pero igualmente daba gusto ver lo bien cuidada que estaba la zona, me ilusionaba el hecho de pensar erróneamente que se hubiese preparado sólo para mi. Le clavé mis afilados dientes en algunas partes de la zona, y oí unos desgarros de sufrimiento. Me encanta investigar así con mis víctimas.

De nuevo mi atención se concentró en su vaginita. Me dispuse a chupar bien aquella concha, a recorrerla entera tanto como pudiese hasta que después llegase mi rabo y tocase los rincones más profundos que no conoce el sexo oral. Me ayudé de mis dedos para separar los delicados labios vaginales de su conchita. El interior era de color rosa pálido. Elise, que sabía bien que empezaba a descubrir su sexo al completo, intentaba zafarse, pero sus intentos eran cada vez más débiles y no tenía ningún problema en seguir investigando. Abrí los labios al máximo y me sorprendió gratamente lo que vi.

¡¡Era un himen!!

Lo había visto algunas veces, tenía que decirlo. Y siempre que lo había observado, había acabado con él, borrado todo rastro de virginidad con el duro porte de mi polla. Les dolía. Gritaban. Pero era yo quien las desvirgaba. Normalmente era fácil saber qué chica con la que me hacía era aún virgen. Solían ser las más jóvenes o las más tímidas, o las menos agraciadas. Pero esto no encajaba para nada en la chica y el agujero que tenía delante de mis ojos.

No me lo podía creer. Aquél escultural cuerpo de mujer, tan tallado pero a la vez tan frágil, ¿era virgen? Aparentaba más de 21 años con total seguridad. Habría tenido sus escarceos con chicos con total seguridad, ¿y nadie se la había clavado hasta el fondo? ¡Nadie se la había follado, con lo tremenda que estaba! No daba crédito.

De repente, recordé que quizá era lo que había intentado decirme antes con su pobre español. Una razón para escaparse. Jaj, iba bueno si creía que su santidad sería una excusa para este pecado. Esto si daba sentido a su actuación tan prohibitiva. No le daba morbo resistirse, es que se resistía de verdad.

– Así que eres virgen, ¿eh?

– Oui, c’ est vierge. No quiero follar, por favor.

– Mucho mejor, Elise. No lo vas a olvidar – dije no sin malicia.

Tomé una decisión. Alejé mi boca de la cavidad. ¿Por qué humedecerla? Era virgen. Le iba a doler mi penetración. No iba a dejar que se humedeciese. La ausencia de lubricación haría mucho más dolorosa para ella su primera vez, pero a mí me hincharía de placer sádico. Huelga decir que no llevaba condón XL encima ni pensaba en usarlo. Tenía un interés en correrme dentro de esa vagina virginal.

Me incorporé. Ella pudo contemplar de nuevo mi miembro tenso, en toda su extensión, que la miraba de una forma tan amenazante como mi cara. Y es que ambos queríamos lo mismo de esa casta chica pelirroja.

En ese momento, la francesita me miraba con terror. Veía mi polla de 23 cm totalmente dura como una piedra, a punto de taladrarla el virgen coñito. Estaba aislada encima de esa roca, lejos de la arena. De repente se puso a gritar:

– ¡Ayuda! Help me, please!!! Au secours!

Elise lo gritaba en dirección a la playa. Pero tenía la suerte en su contra. Se había internado en las rocas hasta tal punto que no era visible desde la arena. Además, en las olas el oleaje tenía más fuerza, y el sonido de las olas rompiéndose constantemente hacía que sus gritos no se pudiesen oír más allá.

Sonreí abiertamente. Sus gritos serían sólo para mí.

– Mira, Elise. Me sorprende que seas virgen. Y me excita sobremanera pensarlo. Pensar que vas a dejar de serlo conmigo aquí y ahora. Que voy a ser yo quien rompa violentamente tu himen. Que la sangre que salga de recién estrenado coñito resbale sobre la piel desnuda de mi miembro y manche estás rocas y este mar, dejando huella. Espero que te corras y no dejes que tu sangre sea el único lubricante, mientras aguardas a que mi denso semen rellene tu interior.

Seguramente la virgen Elise no entendió esto. Pero entendió por el tono que estaba decidido a que pasase, que no me iba a echar atrás. Que sus días de adorable niña pura se acababan conmigo, y que podría más adelante dar libertad a la mujer golfa que seguramente llevaba por dentro. Su cara empezaba a mostrar verdadero pavor. Quería seguir entera, no quería que la partiese en dos. Sólo imaginaba dolor y nada de placer. En fin, tendría que experimentarlo por ella misma.

No di más piedad ni tiempo a la exuberante francesita. Me volvió a incomodar que tapase celosamente su coño, pero yo me abalancé sobre ella con todo mi peso, incrustándola contra las rocas. Gritó, porque sabía lo que estaba cerca.

– ¡Aaaah! ¡Nooooo! ¡Vete ya!

Mis toscos labios se juntaron con su boca de fresa. La besé duramente y aproveché para meter mi lengua hasta su garganta, asfixiándola. Peor quería dejarle el rastro hasta su campanilla.

Mis manos no se afanaban en retirar sus manos de su pulcra intimidad. Fueron directas a sus tetazas blancas como la leche, que habían quedado sin vigilancia. En cuanto las toqué las exprimí fuertemente. El ataque doble al cuerpo de Elise la estaba dejando exhausta con toda seguridad.

Mi boca salió pronto de su garganta y fue hacia sus tetas, aunque paró a morder su cuello salvajemente por el camino. La violación estaba siendo completa, no iba a dejar ninguna parte de su cuerpo sin profanar. Entonces me vino a la mente pensar en sus nalgas. No le había visto el culo desnudo. Bueno, habría tiempo después de llenar de leche su vagina. Incluso podía dejar otro rastro líquido en su agujero de atrás.

Mi boca ya estaba en una de sus tetas, chupándola entera mientras me ayudaba con una mano a buscar el rosado pezón. Una vez encontrado, mamé de él cual rabioso cachorro e incluso llegué a morderlo con violencia.

Los gemidos de sufrimiento de Elise iban creciendo.

– ¡Noooo! ¡Para ya!

Cuando me había ya calentado demasiado, decidí que era el momento de arrebatar su virgo.

Haré un inciso, tal y como dejamos las cosas ahora, con la joven e inexperta virgen Elise, de cuerpo sexualmente sobresaliente a punto de ser desflorada brutalmente por mi tremendo rabo, para comentaros mis prácticas habituales en el campo de la iniciación de vírgenes. Bien es cierto que estas incursiones de acoso a las partes más jóvenes de familias no siempre tengo suerte y me toca alguna putita ya estrenada. Qué se le va a hacer, eso no es algo que se pueda notar por fuera, y para muestra mirad que sorpresa el filetazo de mujer pelirroja que tengo ahora. Pero en la mayoría de ocasiones la chica elegida resulta ser virgen, casta y sin mancillar, Como mucho ha tenido un noviete más o menos ñoño con el que se ha dado algunos besitos y le ha llega a meter mano por debajo de la ropa. Patético, sí, pero yo me alegro.

Normalmente el patrón a seguir es general. Ella, una vez aislada del núcleo familiar, y ya sea en la playa o en un pasillo del hotel, ya sea rubia o morena, de pechos enormes o más bien escasos, se fija en mi atrayente cuerpo, se siente excitada y atraída por mis músculos, por mi torso moreno, por mi cara de ligón. A veces hay un preámbulo e invito a la menor a alguna copa de alcohol fuerte para atontarla y desinhibirla de cara a la cópula. Y así empieza la cosa, románticamente. Apasionada se entrega a mí besándome. Yo le sigo el rollo. La desnudo lentamente, y me voy desnudando yo. La doy placer, pero no en exceso. La dejo ver mi potente y duro miembro, palpitante por meterse en su cueva. Lo mira asombrada, pues no vio algo así antes en su vida. Y ese es el momento de desvirgarla. Su mirada de pánico al ver el tremendo falo entrando en su cueva es para mi estimulante. La desvirgación es siempre dolorosa, siempre gritan como en una matanza y la meto bien hasta el fondo, aunque a ninguna le ha llegado a entrar entero. Están apretadas como no os podéis imaginar, os recomiendo una virgen de vez en cuando. Una vez desflorada para mí no tiene ya mucho más interés, especialmente si su físico es más bien poco agraciado, lo único que me importaba era romper su himen y dejarla sangrar. No todas llegan a tener un orgasmo. Me la follo bien duro, es importante que le quede claro que es el sexo y me corro en sus profundidades, de manera que al sacar el rabo hay una mezcla de jugos, sangre y semen que cae de su vagina. Después las abandono, sin más. A alguna le he roto también el culo si no estaba muy apretada, pero prefiero la calidez y resistencia de su virginidad vaginal.

Pero aquí, en esta ocasión, la cosa era muy distinta. Me había hecho con Elise con un engaño, no era una situación para nada romántica ni sensual, la tenía dominada e iba a perder su virginidad sin ella consentirlo.

Sin más preámbulos, y como había dicho, dejé de acometer con violencia el cuerpo de la chica con mi boca y mis manos. Era hora de que su conejito tragase mi rabo hasta el fondo. Mantuve mi presión sobre Elise, casi ahogándola con la presión que le ejercía mi enorme cuerpo contra la roca. Con las rodillas detuve los movimientos de intención liberatoria que tenían sus muslos. Sus finas manos ya no eran más un problema, lo mismo que sus gritos desesperados. Me incorporé levemente y tomé mi gigantesca polla con mi mano derecha. La enfilé hacia el estrecho conducto de la vagina virgen de la chica.

– ¡ No hagas eso! ¡¡Soy virgen!!! ¡¡No quierooooo!!

Mi imagen, para una tierna virgen que no deseaba sexo, debía ser durísima. Un macho bien enorme enfrente suyo, con un cipote descomunal moreno de 23 cm de largo, con la malévola intención de clavárselo donde antes no había estado nadie y sin importarle el daño a hacerle.

Acerqué mi enorme verga a sus tiernos labios vaginales. Ella suplicaba que no lo hiciese. Yo lo haría de todas formas. Con descaro, relamiéndome de gusto y retrasando lo inevitable, paseé lentamente mi duro miembro sobre la suave y electrizante piel casi transparente de su vientre, jugando golosamente con su ombligo. Era algo muy insoportable para mi, que aún no había recibido gran placer y el mínimo roce me volvía cachondísimo. La pobre Elise, con sus extremidades retenidas, sólo podía mirar como mi pene cada vez bajaba más a la zona de su entrepierna, dejando un rastro de rozamiento perverso. Mi polla ya palpitaba incontrolablemente, deseando tomar esa virgen vaginita como recompensa. Ahora por fin tocaba su sexo. Lo detuve dando golpecitos a su clítoris. Empujaba su clítoris con fuerza contra mi glande, pero me detuve rápido pues no deseaba excitarla. Ya os he dicho que no quería lubricación por su parte. Una estocada rápida y seca rompería su virtud.

De una vez por todas, mi enorme falo se planto delante de su rajita. Me resultaba muy estimulante ver la diferencia entre sus sexos. No eran sólo opuestos en género. El suyo era blanco e inmaculado como la leche, y el mío moreno, como todo el resto de mi musculado cuerpo, fruto de horas en playas nudistas donde podía exhibir este increíble falo. Su conejito parecía tierno y suave, mi tremenda verga en cambio estaba dura como el granito, tanto que me dolía hace ya un buen rato, me dolía porque reclamaba un himen al que sangrar y sabía que lo tenía delante, latía de impaciencia. Me imaginé que su vagina sería de paredes estrechas por su virginidad y sus labios externos no presentaban ninguna imperfección, pero mi polla era muy gruesa, de las que dolían al meterla incluso en los coños más dilatados y experimentados, surcada de gruesas venas que le daban un toque mucho más respetable. Y la diferencia más abismal era la sobrada experiencia de mi polla al destrozar virgos de todo tipo y la virginidad que celosamente escondían esos suaves labios. Por sus gritos confirmé que estas diferencias no eran nada deseadas por su parte. Por supuesto que para la desvirgación ella hubiese preferido un pene algo más flácido, corto y delgado en grosor, algo que pudiera asimilar fácilmente, y que su dueño fuese una persona que comprendiese el acto y el dolor que conlleva, pero no había acertado para nada conmigo. Y lo sabía, podía verlo reflejado en sus llorosos ojos.

Mi pollón tocó la entrada de su cueva. Cerradita seguía, a pesar que yo le separaba fuertemente las piernas, entre súplicas de todo tipo. Mi descomunal grande ya colaba su punta roma intentando separar los pliegues de su inexpugnable conejito. Sentí una sensación muy excitante cuando toqué las puertas de su tesoro. La prominencia de sus labios rebotaba mi glande, como si inconscientemente quisiese separarle de lo inevitable. Debido a lo hermético de la conchita, usé mis dedos para estirar los labios a ambos lados y así facilitar el acceso a mi verga.

Mi miembro se intentó adentrar en la cueva imparablemente. Sin embargo, me encontré que la sequedad de la vagina seguía siendo total. Era consecuencia de la falta de lubricación que yo mismo había pedido para mí. Y era un problema, porque mi glande, que ya tenía unos centímetros apuntando al interior de su concha, era como una enorme bola, era tan grueso que la periferia de mi glande no traspasaba los virginales labios vaginales. Aumenté la presión, pero me di cuenta de que yo también me estaba haciendo daño intentando meter mi tranca en aquél orificio tan estrecho.

– ¡Aahhh! ¡Déjame, pedazo de gilipollas! ¿No lo ves? Es enorme, y soy virgen. No me va a entrar, así que no sigas intentándolo. No podrás destrozar mi himen si no consigues metérmela. Una polla descomunal, como la tuya, no es de mucha ayuda ahora, ¿no?

Me sorprendí gratamente. Menuda frase había hecho.

– ¿Qué dices zorra? ¿Sabías hablar español tan bien y no lo habías demostrado antes?

Elise me miró a los ojos y me dijo en perfecto español:

-Sí, sé hablarlo bastante bien porque veraneo a menudo. He estado ocultándotelo para que no me follases, intentaba que la distancia lingüística fuese una barrera entre nosotros. Ahora que ves la realidad, que no conseguirás follarme de todas formas, no me importa insultarte en tu idioma, ¡hijo de puta!

– Ah, ¿no? Permíteme una pregunta, zorrita francesa. ¿Cómo es que sigues virgen a tu edad? Con lo buena que estás.

– ¡Eso no es asunto tuyo! Pero he guardado muy celosamente esta virginidad. – Me respondió con seguridad.

– Bueno, no tienes por qué contármelo. Después de todo yo sólo quiero desvirgarte, no quiero tu historia. Y créeme que no vas a salir virgen de aquí. Es la primera vez que encuentro un coñito tan pequeño como el tuyo, pero te vas a enfundar esta espada con dolor. Sólo hace falta lubricarte.

– ¡No conseguirás excitarme! No lo haría en una situación así. Estás a punto de violarme salvajemente, ¡de desvirgarme! ¡Y piensas que me voy a correr por mucho que me toques?

Sonreí. Era tan ingenua de pensar que no podía proporcionarle placer… Pero bien visto, la pelirroja estaba en lo cierto en que no correría tal suerte.

– No, tienes razón. No te voy a excitar. Con esto bastará.

Aparté la mano que entreabría los labios de su conejito y alargándome un poco la metí en el salado mar. Hice un cuenco y cogí algo de agua con la que mojé mi miembro. Necesité más agua para humedecerlo como merecía, debida su extensión.

– ¡Estás tonto! No va a entrar así.

– Espera, tú también tendrás un poco.

Hice otra vez un cuenco con mis manos, las cargué de agua y dejé caer lentamente el líquido por su entrepierna, mojando el exterior.

-¿Qué coño haces?- me preguntó enfadada.

– No es que sea un buen lubricante, pero por lo menos dejarás de estar seca, putita. – Con mis dedos abrí su estrecha vaginita y dejé deslizar algo más de agua de mar en el interior de su cavidad. Aún no era consciente de que estaba haciendo algo muy sádico, como luego veréis.

– Y es más, esto vendrá aún mejor. – Le dije.

Aproveché parte del verdín resbaladizo de las rocas y rascándolo con mis dedos unté mi glande y la zona interna de sus labios vaginales. Realmente me sorprendió que se me ocurriese aquello, pues era perfecto para favorecer la penetración.

– ¡No funcionará, no puede hacerlo! – dijo Elise mientras seguía intentando resistirse.

Coloqué de nuevo mi polla a la entrada de su coñito virgen. Sus movimientos de defensa fueron una vez más anulados por mí. Mi glande pugnaba ahora por entrar por fin en la resbaladiza entrada de la vagina. Cuando empujé volví a sentir como mi glande chocaba contra la estrechez redonda que formaban sus labios, pero ahora al estar húmeda, los prietos labios fueron pocos a pocos tragando los primeros centímetros de mi sexo. Era agradable ver como sus labios rodeaban con resistencia mi polla pero no tenían más remedio que dejarla entrar.

– ¡Oh, nooooooo! ¡Está entrando dentro!

– ¿Oh, sí, putita, lo ves? Y con la misma facilidad va a romperte tu membranita de niña inexperta.

Con un poco más de presión conseguí que todo mi grueso glande metiese su capucha en la entrada del coñito. Las paredes que tocaba ahora eran calentitas y muy estrechas, signo de la virginidad de Elise, que a partir de este momento no harían sino ensancharse, más o menos dolorosamente. Excitaba ver como solo unos pocos centímetros se hallaban dentro de su conejito, mientras la mayor parte de la longitud de mi rabo aún quería sentirse calentita dentro suyo.

Avanzaba lentamente, con la estrechez vaginal y con los gritos de Elise, y saboreando ambas sensaciones. De repente, mi polla topó con la membrana que había observado antes en su interior.

El himen.

Me volvía loco por rompérselo. Elise notó que había llegado sin remedio a su zona sagrada.

– ¡No, por favor! ¡¡No lo hagas, quiero seguir virgen!! ¡Te la chuparé tres veces, te dejaré que incluso me la metas por el culo! ¡¡Pero no quiero que seas tú quien me rompa la virginidad!! ¡Nooo! ¡Sácala ahora!

– ¡¿Serás tonta, cómo voy a detenerme ahora?! – Con suaves movimientos de vaivén de mi cuerpo hacia delante y hacia atrás, dejaba de notar su himen y volvía a tocarlo con la punta de mi miembro. Pensar que iba a destrozarlo en breves segundos me volvía loco. El himen de una tía tan buena como aquella pelirroja de piel blanca y muslos obscenos era el mejor premio que me iba a cobrar en la vida.

Ya estaba bien, mi calor era demasiado y más dentro de esa vaginita virgen. Arremetí suavemente, de forma imparable, contra la membranita que la conservaba pura y virginal. Su himen rodeaba ahora en íntimo contacto mi glande, pegado a él, y se oponía a su paso englobándolo por las paredes, como una red que intenta cazar un pez. Lástima que es una red demasiado inútil para un pollazo duro y caliente como éste. Ejercí una presión inicial.

– ¡Bastaaaaa! ¡Me está empezando a picar! ¡Me duele, no lo empujes, me va a doler! – chillaba Elise, y ahora las lágrimas parecía que iban a volver a salir por sus ojos de un momento a otro. Qué sadismo, era irresistible.

– Dile adiós a tu virginidad, mi putita francesa. Te voy a partir en dos, voy a ser el primero. Y sí, será doloroso, con esta enorme verga mía tan dura y caliente siempre lo es.

Aumenté la presión sobre el himen. Ahora su virginidad, reforzada por la estrechez de las paredes, se resistía a desparecer dificultando el paso de mi sexo a través del suyo. Y comprobé un hecho increíble, aquél himen, pese a ser elástico como el resto de vírgenes zorritas que me había follado, contenía una dureza extra. A este paso, ya hubiera roto el de cualquier otra nena y estaría chillando ahora de auténtico dolor, pero el himen de Elise era especial. Es como sí todo en esta chica se confabulase para ser perfecto.

Sin embargo, no podría contra mi fuerza.

– ¡Aaaah, noooo! – chillaba a voces Elise, que parecía haberse dado cuenta de que yo ganaría y ella sufriría con dolor.

Para darme más fuerza en este momento, para abrir por fin su vagina al hombre, cogí con ambas manos su suave culo y lo apreté trayéndolo hacia mí con fuerza. Con esto clavaba mi pene con más fuerza en su himen, cuya resistencia decaía ya, podía sentirlo.

– ¡¡Nooooo, me duele cada vez más, saca tu rabo, por favor!! ¡Nooooooo quiero!

– ¡Así es como te quito tu florecita, puta!

Sus paredes vaginales se resentían al grosor de mi miembro y la membranita empezó a resquebrajarse por un punto, donde noté como por fin se abría, como con un corte limpio.

El resto de su himen se rompió de golpe.

Desvirgada.

-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡DIOOOOOSS! ¡Joder, me dueleeeeee! ¡¡Hijo de putaaaaa, me duele muchooo!!- gritaba descontrolada Elise, con su cabeza levantada hacia el cielo. Lágrimas caían en torrente por sus mejillas, había dejado de ser virgen después de tanto jugueteo, ni su himen ni su vaginita estrecha habían podido evitarlo.

Mi goce era absoluto, desvirgar a esta putita había sido como tocar el cielo. Comencé a sentir un líquido algo caliente en su estrechez. Supe inmediatamente que se trataba de sangre virgen, lo que tanto me ponía. Cubría mi perverso pene, a modo de sacrificio de la virgen y premiándome por la victoria, y ayudaba a lubricar sangrientamente la estrecha vagina de la ahora ya no virgen Elise, que seguía gritando como una posesa.

– ¡AAAAAH! ¡Joder, creo que estoy sangrando, idiotaaa!! ¡Me has roto el coño entero, que bestiaaaa! ¡Mi coñitoooooo!

La cara de la putita era de excesivo dolor y sufrimiento. Le había partido en dos con mi miembro, que ahora entraba con menos problemas por cuán larga era su vagina. Quería que llegase hasta el fondo, tocando su útero. Me sobraban centímetros, seguro. Avanzando humedecido por su sangre, mi rabo se deslizaba sin parar hasta dentro. Y topé por fin con el útero, vi que me quedaban fuera unos 4 cm. Que rabia, empujé para meterlos a la fuerza, quería todo mi rabo enfundado en el excitante calor de estrechísima vagina. Era delicioso, era como desvirgar a una princesa real.

Rompiéndola una vez más de dolor, conseguí que la base de mi polla, con todos sus pelos, pudiese tocar sus labios vaginales. Una vez lo logré, aguanté así, teniéndola penetrada hasta el fondo. Estaba completamente ensartada-

– ¡Nooooooo! ¡Qué dolor! ¡Qué horror! ¿¿Qué me has hecho, hijo de puta?? ¿Eres el diablo? – me preguntaba Elise, que ya no me miraba, que sólo miraba al cielo, y con los ojos entrecerrados por la pasión de su sufrimiento. Me di cuenta de una cosa muy cruel. El agua salada que había deslizado en su vagina antes junto con las heridas del himen la estaría haciendo enloquecer de dolor.

– Te dije que lo haría hasta el final. Me encanta desvirgar jóvenes tremendas como tú, y vírgenes. Además, verte sufrir y llorar por tu sangrante coño me pone a cien, que lo sepas. Ahora eres toda mía.

– ¡Mierda, sácamelo! ¡¡Me escuece mucho!! ¡Y no lo aprietes así hasta el fondo! ¡Pero duele un huevo! – decía Elise.

Unos segundos después, hice caso a su petición y lentamente saqué mi miembro. Me costó, porque el grosor de mi rabo rozaba contra sus paredes vaginales y hacía muy trabajosa la extracción. Pero había algo que quería ver.

Cuando logré sacar el glande, contemplé mi gigantesco sexo.

La joven dejó escapar un suspiro de quejumbre, pero no aliviaba mucho su situación. Se llevó la mano al coñito y intentó masajearlo con un par de dedos, parecía como si no fuese a sentir ahí abajo nada más que dolor y la impronta de mi verga.

Mi rabo parecía una espada en una guerra medieval, estaba totalmente cubierto de la espesa sangre de la joven. Goteaba abajo hasta la base, era tremendamente sádico y excitante para mí haberla desvirgado en esta situación. Noté que el nivel de sangre ocasionada era superior al de otras vírgenes incluso más jóvenes. Pero no se debía a menstruación ni nada parecido, simplemente esta virgen tenía una fuerza mayor. Vi como de los labios vaginales de su conchita salía ahora una fina línea roja. Elise, que se había fijado tanto en eso como en mi sangrienta polla, rompió de nuevo a llorar.

– ¡Dios! ¡Es la peor experiencia de mi vida! ¡Y no dejo de sangrar!

Decidí que la situación estaba cada vez peor, tenía que acabar rápido con ella. Mi rabo enrojecido aún no había soltado su simiente y eso hacía que no pensaba con claridad.

– Venga, déjame que te termine de follar el coño y te dejo tranquila. – le dije, tomando de nuevo mi polla en mi mano, lista para acabar el acto.

– ¿¿Cómo?? – me miró ella incrédula mientras se apartaba las lágrimas de sus mejillas con una mano. – ¿Aún no has acabado? ¿No te parece que ya me has hecho suficiente daño, cabrón?

– No, a mi rabo no se lo parece. Déjate follar, puta.

La cogí de nuevo sin piedad y la inmovilicé. Tenía prisa por acabar. Enfilé mi rabo de nuevo hacia su vagina y se la ensarté de un golpe.

El resto sucedió muy rápido, como ya os he dicho, mi interés era sólo desvirgarla. Imprimí movimientos muy rápidos en toda la longitud de la estrecha concha, haciendo que ella se moviese bien follada, a la vez que su cuerpo también lo hacía. La nena, ya no sólo sentía el dolor de su coñito, sino también el de la roca contra la cual la estaba despellejando. Su espalda no debería estar muy bien tampoco.

– ¡Jodeeer! ¡Me está doliendo todo, eres un animal! ¡Ya vale, acaba de una vez! ¡Déjame!

Era una putada, sí, quizás demasiado para lo que estaba acostumbrado a hacer. Pero me daba igual, quería correrme de una vez dentro de ella. La follaba con ganas, pero era difícil que en ese estado pudiese sentir algo de placer.

En mis embestidas, aproveché mis manos para magrearle bien el culo y las tetas. Magníficas, no sabría cuando volvería a tener algo así entre mis uñas.

Rápidamente llegué al orgasmo. Acometí con fuerzas renovadas y con más potencia sobre su coño, metiéndosela rápidamente, hasta que el roce intenso desencadenó mi corrida.

– ¡Toma, putaaaa! ¡Esto para ti!

-.¿Qué haces??? ¡Dentro no, anormal! ¿Y si me quedo preñada? ¡NOOOOOOO!

Tarde. Mis movimientos asalvajados se acompasaron al de mi fluido. De la punta de mi miembro saló un chorro abundante de semen caliente que mojó todo su interior. Y qué placer sentí. Me estaba corriendo a gusto dentro de esa putita.

– ¡Aaaaah! ¡Que nooooo! ¡Además, está muy caliente, me está escociendo! Seguramente el semen tan caliente abrasaba sus paredes vaginales, y al juntarse con la sangre y las heridas actuaba como un bálsamo, quizás curativo, quizás no. Me dejé caer exhausto por el esfuerzo. Y reposé durante unos minutos sobre ella con el sexo aún dentro suyo.

Elise ya no hablaba, sólo oía un lloriqueo constante. Su primera experiencia sexual había sido una salvajada, le había roto el coño, su espalda entera estaba seguramente despellejada, había llorado hasta no tener más lágrimas y me había corrido abundantemente en su vagina. No me dijo nada más. Se cubría los ojos enrojecidos con una mano mientras miraba al cielo.

Me incorporé y saqué mi sexo ya flácido del suyo. Aún había sangre. Lavé mi polla con el agua de entre dos rocas y me coloqué el bañador. Me iba a ir de allí. No pude evitar hacer un gesto hacia la desvirgada francesa que seguía tirada desnuda. Le acaricié suavemente el pelo brillante y rojo. Rojo como la sangre que ahora le hacía juego.

Me tiré al agua y me fui nadando, dejándola allí. Su bikini seguía colgado de una roca, pero no sería suficiente para ocultar sus heridas corporales ni su cara agonizante de dolor. Me había pasado más que nunca y no me sentía nada bien.

Pero cuando recuerdo el momento de desvirgarla… Nunca lo había disfrutado tanto.

Adiós Elise. Todavía puedo ver desde la distancia tu blanca piel cubriendo la roca, a merced de las olas que te salpican.

Adiós.

Lo siento.

PD: Gracias a todos por leerlo. Este es mi primer relato. Me ha llevado bastante más tiempo del que pensaba. Espero que os haya gustado el resultado y de la misma forma espero vuestros comentarios.
 

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