UNA EMBARAZADA2Vacaciones con mamá (1)
sin-tituloLo cierto es que la imagen de mamá a través de la mampara translúcida de la ducha no permite ver mucho que digamos, sino que me hace emplear bastante la imaginación, pero siempre que ella permanece ahí, al otro lado de ese cristal blanco, puedo descubrir e intuir su cuerpo desnudo, sus enormes tetas, sus armoniosas caderas, su cintura… es verdad que pueden ser sombras borrosas de un cuerpo más bien indefinido, pero que a mi resulta todavía aún más morboso. Me encanta observarla, ver cómo se mueve tras ese cristal mientras se la oye canturrear y el agua cae sobre su cuerpo, momento que aprovecho para masturbarme imaginándome dentro del cubículo con ella, abrazándola, sintiendo como las gotas de agua caerían sobre nuestros cuerpos desnudos abrazados, imaginarla así despelotada y sin mampara, es una delicia, casi puedo palparla, ver sus curvas sin nada de ropa, disfrutar de su cuerpo entero para mí, sentir que está cachonda, tanto como yo.
El grifo se apaga de repente y salgo pitando del baño, intentando meter mi polla lo antes posible dentro del pijama a duras penas. Me siento en el sofá y disimulo leyendo una revista como si nada hubiera pasado. Me tapo con el cojín la entrepierna.
Mamá sale de la ducha envuelta en su pequeño albornoz, que apenas enseña nada, es cierto, pero que a mí me parece estar viendo a una obra escultural… Su pelo moreno mojado, el escote que deja entrever el inicio de sus senos y sus piernas morenas asomando por abajo son imágenes que me trastornan, que despiertan mi instinto más animal.
– ¿Estás seguro de poder quedarte solo unos días, cariño? – me pregunta con su cabeza ladeada y cepillando su cabello todo lo largo que es. Esa pose me parece la más erótica del mundo.
– ¡Que nooo, mamá, que estoy bien, que ya soy mayorcito…! – respondo yo con la cantinela de siempre
Mamá se gira y sigue cepillando su pelo mojado de camino a su habitación, al tiempo que mi mente calenturienta no deja de imaginar en despojarla de su albornoz y acariciar todo su cuerpo desnudo y poder admirarla así, reflejada en el espejo de su armario, soñando con sus enormes pechos, sus fuertes y rotundos muslos. Con tan solo imaginar esto tengo otra erección monumental. Me acaricio sobre el pantalón del pijama. Nunca la he visto desnuda, pero casi no me hace falta, mi imaginación ha hecho el resto para tenerla grabada a fuego en mi mente como si fuera en pelotas por la casa cada día.
Mi madre, como supongo digan todos los hijos, es la persona más importante de mi vida y alguien a quien amas y que te ama por encima de todas las cosas, esto está claro, sin embargo de un tiempo a esta parte, por no decir los últimos seis años, mi madre ha pasado a formar parte de algo mucho más especial para mí, algo más que un amor y que rebasa con creces esa frontera materno-filial. Todo lo que veo en ella, además de esa parte, es la de una mujer preciosa que me atrae sexualmente por los cuatro costados.
A sus 42 tacos, mamá está especialmente buena y puede que esto no sea objetivo viniendo de mi parte, claro, pero puedo jurar que se conserva a las mil maravillas. Guarda una figura excepcional, con un cuerpo estilizado y armonioso. No es excesivamente delgada, porque creo que una mujer debe tener carne y curvas…. muchas curvas. Así es mi madre, poseedora de armoniosas redondeces y en su justa medida, como tiene que ser… y ¡ojo! no sólo lo pienso yo, ya que despierta atracción por donde quiera que va. Su pelo negro largo, sus ojos color miel, su boca de labios gruesos, su pecho de talla 105, una cintura que sin ser aquella de cuando yo nací, sigue manteniendo esa proporción perfecta con respecto a su pecho y caderas. También es verdad que siempre se ha esmerado en su cuidado personal y además su trabajo como comercial de calle, le permiten estar continuamente de arriba a abajo y recorrer unos cuantos kilómetros al día, por no hablar de su trabajo en casa, que siempre dedica más de lo que debiera.
Mis primeras sensaciones de atracción ó de ver a mi madre como una mujer deseable debió ser en la pre adolescencia, etapa en la que uno no sabe dónde está pinado y en la que crees que todo es fruto de una mente calenturienta y un exceso de testosterona, que todo se tranquilizará más adelante con el pasar de los años, que son cosas propias de la edad y que en algún momento de sensatez volvería a verla dentro de que lo considerado “normal”, pero siempre ha sido algo que yo no he podido controlar y eso que intento continuamente quitármelo de la cabeza por todos los medios. Ahora, que ya tengo 19 y ella 42, no solo no se ha borrado en absoluto esa idea de mi mente sino que se ha multiplicado a pesar de esas negativas internas.
Oigo a mi madre como trastea en su cuarto preparando las maletas, se le nota nerviosa, porque no hace más que canturrear y eso es algo que solo hace cuando está especialmente contenta. No es para menos, después de tantos años, mi padre ha reservado un vuelo y hotel en un lugar paradisíaco en una bonita isla para vivirla ellos dos solos, como una segunda luna de miel, más que merecida, por cierto.
– Víctor, no encuentro el secador de mano, ¿lo has visto? – me pregunta asomando la cabeza tras la puerta.
– Nooo, mamá. – respondo como un autómata.
Ver su cabeza al otro lado de la puerta me hace pensar que o bien está en ropa interior o incluso desnuda y eso vuelve a formar un bulto bajo el pantalón de mi pijama que me pone a mil. Acaricio mi miembro que está duro y deseoso de otro buen meneo en honor a mamá.
– ¿Ha llegado tu padre ya? – vuelve a preguntarme nerviosa con su cabeza asomada sin dejarme ver nada más.
– ¡Aún noooo! – contesto de nuevo de forma cansina.
Estoy distraído jugando a la consola, cuando oigo unos ruidos extraños procedentes del cuarto de mamá. Pongo el volumen a cero y afino el oído. Sí, no hay duda, son gemidos, pero… ¡Mamá está sola!…y… ¡Está masturbándose!
Pego mi oreja a la puerta sabiéndome seguro pues ella debe estar despatarrada sobre la cama y también imagino que en pelota picada. ¡Dios!, es que esta mujer me tiene loco. Sus gemidos son suaves en un principio, supongo que ella quiere que no se la oiga, pero debe estar tan centrada haciéndose el dedito que no puede disimular los jadeos, las respiraciones entrecortadas y algún suspiro màs fuerte de lo normal. No hay duda: Se está haciendo una paja de las buenas. Mi polla está fuera del pijama y mi mano se aferra a ella frenéticamente acompasando sus gemidos y poniéndolos como si fuera yo el que está sobre ella en la cama follándola a cada respiración, sintiendo cómo me adentro en su coño y me siento dichoso, feliz…
De pronto suena el teléfono, que a ambos nos corta el rollo a cada lado de la puerta. Ella ha dejado de gemir. Me apresuro a meter de nuevo mi verga a duras penas dentro del pijama antes de que ella aparezca en el salón a atender la llamada. Lo hago yo… Es mi padre, al que noto serio, bastante serio. Algo gordo pasa.
– Pásame con tu madre, Víctor. – dice seco.
Doy dos toques de nudillos en la puerta de la habitación de mamá y le grito desde el otro lado:
– ¡Es papá al teléfono! – al decirlo no puedo evitar sentir un cosquilleo allá abajo pensando en esa paja simultánea que nos acabamos de hacer mamá y yo.
Ella saca el brazo por el pequeño espacio de la puerta entreabierta pero eso me permite ver parte de su sujetador y casi adivino a ver la aureola de su pezón. Buff.
A partir de ese momento, la cosa cambia y la oigo discutir con papá. No entiendo lo que dice mi padre al otro lado, pero por las palabras de ella, parece que se ha complicado algo en su trabajo.
En ese momento mi madre abre la puerta de su cuarto, ataviada con su pequeño albornoz, aun con el inalámbrico en su mano y llorando desconsolada. Me abrazo a ella inmediatamente.
– ¿Qué ocurre mamá?
– Tu padre, que dice que le ha surgido un problema tremendo en el trabajo – dice entre hipidos, sin dejar de llorar y fuertemente abrazada a mí. Sentir su cuerpo pegado al mío es un cúmulo de sensaciones, por un lado la ayuda que le presto como hijo, pero hay otra que no me deja ver con racionalidad, sintiendo el cuerpo de una mujer excepcional, a la que adoro, abrazada a mí.
– Pero ¿por qué lloras? ¿Tan complicado es, mamá? – le pregunto sosteniendo su cara e intentando borrar sus lágrimas con mis pulgares.
– Víctor, tu padre me ha dicho que tenemos que suspender el viaje.
– ¿Cómo? ¿El viaje? No puede ser, pero sí es mañana… – digo intentando entender todo el lío.
– Me ha dicho que tiene que quedarse, que es imposible, que lo siente, que… – mi madre no puede continuar, se abraza más fuerte y apoya su cabeza sobre mi hombro, mientras yo no dejo de acariciar su cabello. Que bien me siento teniéndola así abrazada. Por un momento no pienso que es mi madre, sino que es mi novia.
No sé cuánto tiempo permanecemos así abrazados, pero después de un buen rato, nos hemos sentado en el sofá esperando que mi padre regrese y nos confirme que realmente la cosa se le ha complicado tanto y tienen que suspender su viaje. Cuando este aparece por la puerta, mamá levanta la vista intentando ver en su cara que todo está solucionado y que al final pueden irse. Mi padre se sienta al otro lado sosteniendo la mano de ella.
– Laura, lo siento de veras. – dice él abrazándola.
Ella le separa y le mira a los ojos esperando alguna solución a ese problemón.
– Verás, lo siento muchísimo, cariño, pero tengo que quedarme, ha habido una movida en el trabajo y tengo que acabarla esta semana. Es imposible que me pueda ausentar. – añade él.
– Pero cariño, no podemos aplazarlo, ya no nos devuelven el dinero. Es mañana – dice ella intentando convencerle, conteniendo las lágrimas y la rabia.
– Lo sé y prometo que la próxima vez, te compensaré.
Mi madre se echa a llorar otra vez y mi padre la consuela como yo hice momentos antes, acariciando su cabello. Yo al mismo tiempo miro a papá y él me mira con gesto compungido, sé que el trabajo es muy importante para él y realmente está dolido por no poder complacer a mamá. En cierto modo no le culpo, entiendo que debe ser algo importante, pero por por otro siento que está haciendo daño a mamá y eso me irrita.
– Verás, creo que podemos hacer algo – dice mi padre de pronto. Ella se separa de él mirándole fijamente esperando cual pueda ser esa solución.
– ¿El qué? – pregunta impaciente ella.
– Pues que puedes ir con Víctor.
En ese momento se produce un silencio bastante largo. Los tres nos miramos, de unos ojos a otros esperando que alguien diga algo después de ese bombazo. Por mi parte, ni siquiera acabo de asimilar que pueda viajar con mi madre en exclusiva a un viaje a un lugar paradisíaco, por otro la confianza que deposita mi padre en mí, sabiendo que voy a atender a mi madre como se merece y aunque no sea lo mismo, pondré todo de mi parte, para que pudieran ser unas vacaciones maravillosas. En tercer lugar está mi madre que todavía no sé si acepta esa solución alternativa o realmente va a mandar a papá directamente a la mierda.
– Ya sé que te lo debo, cariño – responde mi padre rompiendo el silencio – y te prometo que iremos a ese viaje en otro momento, pero ahora, antes que perder el dinero de los pasajes, lo mejor es que os vayáis vosotros al viaje. ¿A ti no te importa acompañar a tu madre, Víctor? – me pregunta.
Mamá se gira esperando mi respuesta y yo estoy tan confundido como contento, porque es que no acabo ni de creérmelo.
– Por supuesto que no, será un placer acompañarla – respondo sonriente, aunque luego me doy cuenta si he sido demasiado efusivo en mi contestación, pues es que todavía me tiemblan las piernas de pensar que voy a un viaje de una semana a solas con mamá.
Ella se abraza a mí, y aun puedo ver las lágrimas en sus ojos, no dice nada, pero no hace falta, sé que aprueba que yo haga de sustituto de mi padre y entiende que no es lo mismo, que no va a ser una luna de miel, pero al fin y al cabo, hay que aprovechar esos billetes de avión y ese hotel que ya no se puede cancelar.
– Verás que bien lo pasamos, mamá- le digo al fin animándola y ella me muestra su maravillosa sonrisa.
La cena transcurre en silencio y supongo que cada uno en sus pensamientos. Mi padre maldiciéndose por dentro del pedazo de viaje que se va a perder y del mosqueo que tiene su esposa por tal motivo, ella por otro lado pensando en todo lo que tenía pensado, pero mirándolo por el lado bueno, tiene con quién estar y qué mejor que conmigo ¿no? y yo ¿qué voy a decir? pues que estoy encantado de la vida, acompañar a mi madre en ese viaje es lo mejor que pudiera soñar.
Ella se levanta de su silla y se pone detrás de mí. Me abraza con su ternura habitual, pero yo solo percibo sus pechos pegados a mi cuello y esa blandura tan exquisita. A continuación me planta un beso en la mejilla.
– ¿Seguro que quieres venir con la plasta de tu madre? – me pregunta con esa mirada que me derrite.
– Qué no, mamá, que me encanta acompañarte, no tenía plan.
– ¿Seguro? A lo mejor podías estar con tu amiga, esa rubita, ¿cómo se llama? .- insiste mamá sin dejar de tenerme abrazado y sus tetas adheridas entre mi cuello y el comienzo de mi espalda. Mi polla empieza a decir “aquí estoy yo” mientras que con disimulo tapo ese bulto con la servilleta.
– Alicia, mamá, se llama Alicia. – respondo – y es… solo una amiga.
– Pues eso, pensará que podías estar con ella y ahora te vas con la pesada de tu madre.
– Mamá – le digo en tono enfadado- no tengo nada con Alicia, además no eres ninguna pesada. Ella piensa incluso que eres super simpática y que no pareces mi madre, sino mi hermana, así que no creo que le parezcas una plasta precisamente.
– ¿En serio te ha dicho eso?
– Pues claro… y es verdad – interviene mi padre – eres una mujer muy simpática, atractiva y no aparentas la edad que tienes para nada.
Mi madre frunce el ceño mirando a papá, porque no está muy segura si eso ha sido un cumplido, una forma de apagar el fuego o si realmente es cierto, pero ella no devuelve la sonrisa a mi padre. Sin duda está bastante mosqueada con él. Creo que en el fondo quiere irse de viaje y dejarle solo con sus problemas a modo de venganza por haberla dejado tirada a ella.
Nada más llegar a mi cuarto, me desnudo por completo, me tumbo en la cama y mirando al techo no puedo quitar la imagen de mi madre de mi cabeza. Comienzo a masturbarme y mi polla enseguida alcanza las cotas máximas, sintiendo que está entre las tetas de ella, que me da un besito dulce en la punta y me dice cuanto le apetece estar conmigo, apenas duro mucho más pues me corro en abundantes chorros que salen por doquier.
Esta noche no puedo casi dormir, estoy nerviosísimo, primero porque he preparado la maleta a todo correr, pues por la mañana a primera hora vamos al aeropuerto, pero es que no dejo de darle vueltas a este viaje y a la situación de poder estar cerca de mamá tanto tiempo, las veinticuatro horas del día, poder disfrutar de su bello rostro continuamente, de su hermoso cuerpo que ya imagino con su bañador de florecitas, dándole crema en la espalda… creo que me duermo casi a las cuatro de la mañana y a las seis suena el despertador.
Me levanto como un zombie y cuando voy al salón, mamá ya está preparando su maletas en el salón. Creo que se ha levantado hace rato, seguramente sin poder dormir en toda la noche, siempre tan nerviosa cuando hace algo fuera de lo normal. Lleva su bata de estar por casa, pero se ve que ya se ha duchado.
– Buenos días mamá.
– Hola cariño. Date prisa que nos vamos ya.
– ¿Ya?
– Venga, dúchate que en quince minutos llega el taxi. – me insiste ella.
– ¿Y papá?
– Se fue hace rato a la oficina con el lío ese que tiene… – añade.
Subo a ducharme y sigo pensando en que la suerte me ha sonreído como nunca hubiera imaginado.
Cuando bajo ella está esperándome impaciente con su bolso colgado de su hombro y sus brazos cruzados, lo mismo que sus piernas a la altura de sus pantorrillas. Me parece una ninfa. Está impresionante: Se ha puesto una blusa blanca, algo ajustada, que resalta sus tetas de una forma maravillosa y un canalillo en el que me perdería. Pero lo mejor de todo es que se ha puesto unos vaqueros ceñidos que no le había visto nunca. Está preciosa, con unos zapatos de tacón alto que tampoco acostumbra a llevar. ¡Madre mía! (Nunca mejor dicho)

– Mamá… – digo admirándola y sosteniendo en mis manos la maleta que cubre mi inexorable erección.
– ¿Qué pasa? – responde ella sin mirarme, mientras mete en su bolso los billetes.
– Estás preciosa.
– Gracias hijo. – muestra su sonrisa resplandeciente.
– Nunca te había visto esos vaqueros.
– ¿Te gustan? – dice girando sobre sí misma y mostrando esos ceñiditos jeans..
– Mucho, ¡Son alucinantes!
– Jejeje… los tengo hace algún tiempo pero tu padre no me deja ponérmelos nunca.
– ¿Por qué? Estás preciosa, mamá.
– Gracias cariño. Tu padre ya sabes cómo es… por eso ahora he aprovechado que no me ve.
Me quedo embelesado. En ese momento levanta la cabeza y me sonríe. Se acerca a mí y me besa en la frente, pudiendo notar sus calientes labios. Sus tetas quedan a la altura de mi vista y no puedo evitar que mi polla pegue otro de sus botes bajo mi bragueta. Si no fuera por la maleta se me notaría ostensiblemente .
El viaje hasta el aeropuerto se me hace extraño, todavía no acabo de creerme que voy a estar a solas con mamá durante unos cuantos días. Es un sueño…. ¡mi sueño! Miro de reojo a su escote, aprovechando que ella mira por la ventanilla. Bajo la mirada y ver sus piernas cruzadas entalladas en esos jeans tan ajustados es otra maravilla para mi vista. De pronto ella me pilla observándola. Pienso por un momento que me va a regañar, sin embargo me sonríe.
– Gracias por acompañarme, Víctor, eres un sol. – a continuación me besa en la mejilla y noto una de sus ernormes tetas pegarse a mi hombro.
Cuando bajamos del taxi y ella avanza con su maleta, yo me quedo pagando al taxista que no quita la vista del culo de mamá. No es para menos. De pronto él nota que yo le he visto.
– ¿En serio es tu madre? – me pregunta sin quitar la vista del culazo de mamá.
– Sí. – contesto serio.
Avanzo tras ella, pero antes el taxista añade.
– ¡Joder, está buenísima!. ¡Enhorabuena!
Ella no le ha oído y estoy por decirle algo, pero es que… ¡coño!, tiene razón. No puedo evitar sonreírle orgulloso.
El vuelo es largo, por eso que mi madre, algo más relajada se ha dormido plácidamente, algo que me permite disfrutar de la vista de su cuerpo con detenimiento. Pienso que mi mente está aturdida por un cúmulo de sensaciones, primero porque ella sea mi madre, casi como un impedimento para verla como una mujer deseable que es… por otro lado, me siento contento de que lo sea, porque de otro modo no tendría la suerte de contemplarla tanto tiempo, más ahora, en este viaje, que la tengo en exclusiva.
Me despierto, sin saber cuanto tiempo me quedé flipado mirándola, aunque creo que me venció el sueño mientras mis ojos recorrían su deliciosa anatomía. Hemos llegado al destino, en menos tiempo del esperado, al menos a mí se me ha hecho cortísimo este viaje. Creo que las vacaciones se me pasarán volando.
Cuando estamos en la terminal esperando las maletas, mamá se agarra fuertemente de mi brazo, en una señal de agradecimiento. Su sonrisa reluce y me mira con esos ojazos que me vuelven loco. Sus pechos se han colocado adheridos a mi antebrazo, siento su tersura y me siento en la gloria.
Todos los demás pasajeros se han ido marchando y solo quedamos ella y yo. Mi maleta ya ha salido pero la suya no. Después de una larga espera, acudimos al mostrador de la compañía y reclamamos la maleta, pero parece que se ha extraviado y no aparece por ningún lado.
– Pero, ¿Qué voy a hacer yo sin mi maleta? – protesta ella alarmada ante la chica que nos atiende.
– No se preocupe, tenemos el teléfono de su hotel, en cuanto aparezca, les llamamos. – responde esta.
– ¡Pero no tengo más ropa que la que llevaba en mi maleta! – dice mamá casi a punto de llorar.
La chica de la compañía aérea hace varias llamadas más y la última debe ser con su jefe. Tras varios minutos nos mira con cara de circunstancia. Al fin nos dice:
– Me comentan que están haciendo lo posible por encontrarla y seguramente aparezca mañana o pasado, pero no es totalmente seguro.
Mi madre me mira y tras poner la queja pertinente, nos vamos al hotel, porque ya es tarde y no podemos hacer nada más en ese momento.
Al llegar al hotel en cuestión a mi madre parece habérsele pasado todo el disgusto de la pérdida de la maleta y no es para menos, porque hemos llegado a un resort de lujo, al menos me lo parece, con dos grandes edificios que son el hotel y una gran piscina en el centro, rodeada de tumbonas, una pista de pádel, un jacuzzi y una verja al final que conduce directamente a una pequeña playa privada del complejo hotelero.
– ¡Qué bonito! – exclama mientras avanzamos para hacer el check-in en recepción
– Ustedes son… los señores Palacios. – afirma el recepcionista revisando la ficha.
Nos miramos y nos sonreímos.
– Víctor y Laura Palacios – añade el empleado.
– Sí – responde mamá sin borrar su sonrisa agarrada fuertemente a mi brazo.
Es cierto, no ha mentido, me llamo igual que mi padre, Víctor Palacios y ella es Laura, señora de Palacios, luego el recepcionista ha entendido que somos la pareja que tenía la reserva. Es curioso, no se ha percatado de nuestra diferencia de edad, bueno, creo… supongo que sí, pero lo cierto es que mi madre no aparenta su edad y yo soy alto, fuerte, con algo de barba, lo que me da un aspecto de más mayor de lo que realmente soy. “Podemos ser pareja perfectamente”, al menos eso pienso y me gusta, pues es una sensación que siempre había soñado y ahora la estoy llevando a cabo, ¡de forma real!
Al llegar a nuestra habitación, el botones nos enseña donde está el baño, las luces… y después nos muestra la cama. Sí, una sola cama ¡De matrimonio! Luego nos enseña como cambiar los canales de la tele y la gran terraza que hay afuera, con dos tumbonas. Le doy una propina al chaval, que debe ser de mi edad y cierro la puerta. ¡Estamos solos!
Hay un largo silencio cuando vuelvo al centro de la habitación. Mi madre mira la cama y luego a mí.
– Tendremos que dormir juntos. – me dice quitando importancia a un hecho que me parece más que un sueño, un milagro del cielo. – Como en los viejos tiempos, ¿te acuerdas cuando venías a mi cama a dormir conmigo? – me pregunta.
Claro que me acuerdo, pero de eso hace mucho tiempo, ahora soy un hombre, ella una mujer, claro, pero es que yo no soy un hijo normal, yo siento algo por ella que me descoloca y ahora pensar que tengo que dormir junto a ella, me aturde, me vuelve loco.
– ¿Qué te pasa cariño? – dice abrazándome al ver mi cara de susto.
– No, nada.
– Yo me muevo mucho, pero no te preocupes, si ves que no paro,me empujas como hace tu padre y ya está.
Lo dice con tanta naturalidad que no acabo de creérmelo, pero yo no dejo de pensar en tenerla junto a mí bajo las sábanas, tal y como siempre he pensado en mis idílicos y libidinosos pensamientos.
– No te molesta que durmamos juntos. ¿No? – añade.
– No, claro. – digo, pensando si he sido muy efusivo de nuevo.
– Además somos el matrimonio Palacios – dice sonriendo y acariciando mi nariz y riendo con una carcajada que me encanta. – No se han dado ni cuenta que somos madre e hijo.
– Ya te lo dije mamá. No pareces tan mayor.
– Vaya. – dice ella frunciendo el ceño de nuevo.
– No, mamá, quiero decir que no parece que tengas la edad que tienes, podrías pasar por una chica algo mayor que yo.
– Jajaja…, gracias hijo. – vuelve a abrazarse tras de mí pudiendo notar sus tetas en mi espalda.
– Lo digo en serio, no se nota nuestra diferencia tanto. – añado, convenciéndola, pero sintiéndolo realmente.
– Vaya, así que… ¿No te importa que sea tu mujercita en estas vacaciones?
Me giro y le doy un beso en la mejilla. Me siento feliz de que ella sea mi madre, que esté a mi lado, que estemos los dos solos, que todo esté saliendo tan bien, que pueda ser mi mujer durante unos días…
– ¿No creerá la gente entonces que soy una asaltacunas? – vuelve a preguntarme.
– Mamá, que no soy un bebé precisamente – protesto.
– Jajaja… Está bien, seremos un matrimonio bien avenido. Me gusta volver a ser una nueva esposa, recién casada.
– Y yo encantado de ser tu marido, también. – respondo a modo de broma, pero es lo que realmente siento, la mayor felicidad del mundo con que ella sea mi mujer más que mi madre en estos precisos momentos.
– Bueno, vete deshaciendo tu maleta y yo me voy a dar una ducha. – dice mamá dirigiéndose al baño y justo al llegar a la puerta, me sonríe.
¡Qué felicidad, qué maravilla, qué locura más alucinante…! Todavía no acabo de creerme la suerte que tengo de compartir estas vacaciones a solas con mamá. La oigo ducharse y canturrear desde el baño, momento que aprovecho para liberar a mi polla que parece querer reventar bajo mi pantalón. Se ve esplendorosamente grande, creo que en el fondo va a ser una tortura estar tan cerca de mamá todos estos días, dormir juntos en esa cama, verla en bañador. Acaricio lentamente mi verga soñando como si mi madre me acariciase con esas bonitas manos y esos largos dedos. De pronto se cierra el grifo e intento con urgencia volver a meter mi tiesa polla dentro del calzoncillo y abrocharme el pantalón.
– Pero cariño, ¿No has sacado tu ropa de la maleta todavía?. – me dice apareciendo en la habitación tapada únicamente con una diminuta toalla.
Si no fuera porque estoy sentado en la cama, me caería redondo. Sus piernas se ven más largas todavía y creo que nunca había tenido la oportunidad de ver tanta porción de carne. Sus muslos son preciosos, grandes y portentosos y la toalla debe andar un par de centímetros por debajo de su entrepierna. Por la parte de arriba apenas tapa dos pechos que parecen querer salirse por encima, por no hablar de su rostro brillante, resplandeciente y su pelo mojado. Está tan sexy…
– Ahora, tenemos un problemón, no sé qué voy a ponerme.- dice mi madre cepillando su pelo con sus dedos y su cabeza ladeada.
– ¿No has recibido ningún mensaje de la compañía aérea en tu móvil?
– Nada, ni por asomo. – contesta molesta.
– ¿Y qué podemos hacer? Son las diez de la noche.
– Yo no voy a bajar a cenar y menos con la ropa que traía.
– ¿Por qué no?
– Pues hijo, porque estará sudada del viaje…
A mi no me importaría lamer el sudor de su blusa y estar oliendo el aroma que desprenden sus pantalones justo en el sitio donde se unen sus muslos.
– Baja tú a cenar, si quieres, de todos modos, yo no tengo mucha hambre. – añade.
– Yo tampoco. Me quedo aquí contigo.
– Vale cariño. Veremos un rato la tele y nos iremos a dormir. Vete a ducharte tú, mientras. Yo estoy hecha un lío, no tengo ni bragas que ponerme.
– Mamá, podrías ponerte uno de mis boxers.
La verdad es que se me ha ocurrido de repente pero en el fondo no me parece tan mala idea, al fin y al cabo, mejor que nada y aunque ella tenga más caderas que yo, mis calzoncillos de tipo boxer, aunque pequeños para ella, son bastante elásticos.
– ¿Tú crees que entraré en ellos? – me pregunta señalando sus caderas.
– Por probar…
– Tienes razón, por probar no pierdo nada. Y además, creo que me pondré una de tus camisetas. – añade encontrando una posible solución a su dilema.
Esa parte de lo de las camisetas no la tengo tan clara, porque aunque yo estoy bastante fuerte, las uso muy ajustadas (me gusta marcar músculo) y ella con esas tetazas no sé si va a reventarlas. Sólo de pensarlo, mi polla pega un respingo. Me meto en el baño rápidamente para que mi madre no empiece a notar otra de mis incontrolables erecciones. Me enjabono con la imagen que acabo de tener de esa mujer que me tiene loco, con esos muslos grandiosos que salían por debajo de su blanca toalla, su rostro angelical…. No puedo evitar masturbarme y duro muy poco, porque tanta tensión sexual acumulada hace que en apenas unos minutos salgan chorros de semen disparados embadurnando los azulejos.
Tras secarme y serenarme un poco más, me pongo el pantalón del pijama y nada arriba pues es un lugar caluroso. No dejo de pensar en mi madre y en saber si va a entrar en mis calzoncillos. La prenda es relativamente pequeña y no sé si puede caber el culazo de mamá, que aunque no es gigantesco, es una mujer de curvas e imagino que va a ser complicado.
Cuando aparezco en la habitación me quedo de piedra, por no hablar de mi polla que salta como un resorte y esa sí que está como una piedra nada más ver el espectáculo que tiene delante: Mi madre de pie en medio de la estancia y girando sobre sí misma está observándose frente al largo espejo que cubre una de las paredes. Lleva puestos unos de mis boxers de color azul que le quedan súper ajustados, como una segunda piel, marcando poderosamente sus curvas. Veo su culo redondo que parece va a reventar la pequeña prenda, al girarse puede notarse el precioso bulto que forma su monte de venus y cómo se ajusta la tela sobre sus ingles aprisionando la parte alta de sus muslos que parecen embutidos a presión bajo la prenda. Para colmo, lleva también una de mis camisetas que le queda más que ceñida resaltando aún más su busto con dos pitones marcados claramente sobre la tela y además la propia prenda le queda tan corta y está ahora bastante subida por delante, debido a ese volumen de sus pechos y permite mostrar su ombligo y una buena porción de su tripita. ¡Está realmente impresionante!
– Parezco una morcilla. ¿No? – me pregunta girando una y otra vez sobre sí misma, mirándome y esperando mi confirmación.
– ¡Qué dices mamá! , ¡Estás impresionante!
– Oh, ¿En serio?. Ya veo – dice poniéndose roja y señalando el bulto que aparece bajo mi pantalón de pijama que llevo sin nada más debajo.
Por un momento creo morirme de vergüenza por esa situación, pero veo que mi madre tampoco reacciona, no sé si va a echarme una bronca de campeonato pero en ese momento dice algo que me deja descolocado.
– Los hombres, veis una mujer tan ceñida y perdéis los papeles. – dice con una dulce risita y su blanca sonrisa.
– Mamá, esto… yo… lo siento. – respondo tapando mi bulto con ambas manos.
– No seas tonto, hijo, que no pasa nada.
– Pero es que yo…
– Que no te preocupes, tontito, es un acto reflejo, que no podéis controlar, ya lo sé. Además me gusta la idea de que pueda provocar esas sensaciones en un joven todavía, jeje.
Esa última frase me deja alucinado y estoy inmóvil, creo que no puedo ni tragar saliva, ante esa visión y esas cosas que acaba de decirme.
– ¿No estás molesta…? – pregunto confuso.
– ¿Molesta?, ¿Porque tengas una erección?. En absoluto.
– Pero..
– Mira, para una mujer es todo un halago provocar eso, cariño, jeje…
Intento serenarme, pero no puedo dejar de observar a esa hembra tan impresionante que me gusta más todavía de lo que me ha gustado hasta ahora.
– La camiseta me está más o menos bien, quizá algo corta, pero el calzoncillo me oprime demasiado ¿No crees, cariño?. – dice ella.
– Sí, está demasiado apretado, sobre todo ahí… – Noto cómo mis carrillos arden al pronunciar eso.
– Jejeje, sí, el chochito se me marca de lo lindo.
Dios, nunca había oído decir a mamá nada parecido, ni nombrar a su sexo como “chochito”, lo cierto es que fijándome más, después de tanto impacto, veo como sus labios vaginales se dibujan en la tela, claramente formando un bulto demasiado atrayente para un pobre desesperado como yo.
– La verdad es que me veo rara. -dice observándose de nuevo en el espejo y sonriendo.
– ¡Estás guapísima! – afirmo impulsivamente.
Me mira y observa mi erección que casi no puedo tapar con mis dos manos, algo que a ella le produce otra de sus risitas nerviosas.
– Gracias hijo. Si me viera tu padre con estas pintas, me mataría.
– No sé por qué. – afirmo serio.
– Pues, ya sabes cómo es… No le gusta que lleve ropas tan ajustadas, con lo celoso que es. Diría que parezco una fulana. Y lo cierto es que soy como una putilla con estas pintas.
– Pues estás alucinante, mamá, en serio.
– Ya, jajaja… – vuelve a mirar mi bulto – ya veo, ya.
– Anda, metámonos en la cama, que estoy hecha polvo y a ver mañana si conseguimos mi maleta.
La imagen de mamá doblando su rodilla y levantando a la vez la sábana de la cama, es como una visión que siempre había imaginado y ahora parece toda una invitación al desenfreno. Vuelvo a percibir a contraluz ese bulto que forma la tela del boxer ajustado que lleva, dibujando sobre su entrepierna claramente su rajita y dos montañas diminutas a cada lado. ¡Flipo!
No acabo de creerme que una mujer tan impresionante me invite a meterme en la cama con ella. Sí, ya sé que es mi madre, pero en ese momento veo un pibón al que adoro con toda mi alma y que me atrae más allá de lo imaginable.
Me meto entre las sábanas y estoy francamente cachondo, pero a la vez, algo asustado, como si todo esto me superara y no supiera cómo reaccionar. Ni tan siquiera puedo asimilar las cosas dichas por mamá en un comportamiento tan inhabitual en ella.
– Cariño. – dice ella volviendo su cara hacia mí – buenas noches.
– Buenas noches, mamá. – En ese momento me da un beso en la mejilla pero muy cerca de mi boca y casi me desmayo.
Se da la vuelta, y se tapa con la sábana que sin dejar ver nada, ofrece una silueta de su cuerpo y yo parezco estar viendo constantemente lo que hay debajo.
– Víctor. – pronuncia mi nombre sin darse la vuelta.
– Dime mamá.
– Gracias por acompañarme a este viaje, me has hecho muy feliz.
– Gracias a ti, por dejarme acompañarte. Yo también estoy feliz.
Estira su mano y roza mi brazo con sus suaves dedos. Me encanta sentir esa caricia.
– Si tienes que aliviarte, vete al baño, no estés con eso así. – dice de pronto sin volverse.
No entiendo como mi madre parece estar leyendo mis pensamientos, aunque no hace falta mucho para saber que estoy más empalmado que nunca y que es cierto que me gustaría aliviarme, sin embargo disimulo, comportándome del todo controlador.
– No hace falta, ya se me bajará. – contesto girando hacia el otro lado de la cama dándole la espalda.
Lo cierto es que me cuesta mucho conciliar el sueño, incluso darme la vuelta y no sentir la tentación de tocarla, de rozarla aunque sea suavemente uno de sus pechos y alcanzar con mi mano su entrepierna, pero esto solo queda en mi cabeza. Me pregunto cómo puedo desear así a mi madre. Me maldigo a mí mismo, pero por otro lado no hago más que imaginarme retozando juntos en esta cama, desnudos bajo las sábanas.
Tras un buen rato, creo que más de una hora, torturado por mis pensamientos encontrados, consigo dormirme.
Juliaki

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