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Hola queridos lectores de Pornografo. Me llamo Rocío y me gusta el sexo en sus aristas más duras, aunque en mi entorno real muy pocas personas me conocen esta faceta pues no es algo que pueda decirlo sin querer enterrar mi cabeza en la tierra. Mido 1.62, flaquita y carilinda pese a que no sea como esas chicas de portada de revista; mi orgullo son mis tetas y cola; suelo llevar el cabello lacio y suelto hasta los hombros, es de color café castaño como mis ojos. Mi mejor amiga y yo somos las putitas de ocho hombres maduros, y uno de ellos nos había reservado para llevarnos al interior del país y tenernos a su disposición durante todo el fin de semana. Así que mi hermano y mi papá se despidieron de mí pensando que me iba a pasar el finde en un departamento de una amiga que está cerca de la playa.
De ese modo, sin sembrar dudas, mi amiga Andrea y yo viajamos en el lujoso Mercedes manejado por don Ramiro rumbo al interior de mi país: Uruguay. Él un hombre ejemplar de cincuenta años frente a mi padre, su señora e hijas, pero un auténtico degenerado y bruto en privacidad. Andrea, por otro lado, es un poco más alta que yo, de larga cabellera rubia y dueña de un cuerpo mucho más estilizado y un rostro precioso que se roba alientos.
Habíamos pasado un buen par de horas viajando en la carretera y, tras una parada en la ciudad de Trinidad para abastecernos, nuestro amante nos comentó que estábamos llegando a su gran y todopoderoso rancho de mierda, ubicada en el departamento de Flores, muy cerca de los cerros de Ojosmín.
Andrea, sentada adelante, se la pasaba charlando con él, riendo sus bromas, escuchando cómo él comentaba orgullosamente sobre su estancia, compartiendo anécdotas y hasta sirviéndole mate. Yo, detrás, lejos de sentirme emocionada como ella, solo podía mirar la ruta y pensar en las perversiones a las que seríamos sometidas ambas una vez que llegáramos a su rancho.  Desde luego no me equivocaba cuando me decía a mí misma iba a ser el fin de semana más largo de mi vida.
Tras atravesar un polvoriento camino de tierra que serpenteaba a través del campo, llegamos por fin a su gran estancia pasada la medianoche. Era una enorme extensión en donde tenía entendido se dedicaba a la ganadería bovina y equina, que le generaban importantísimos ingresos. En el fondo de su terreno, lejos de los establos y graneros, se erigía una lujosa casa de campo de dos pisos en la que supuse que pasaríamos haciendo guarrerías. Pero estaba muy equivocada.

Tras bajarnos el coche, me dirigí al maletero para retirar nuestras valijas. Pero don Ramiro nos habló a las dos rápidamente tras asegurar el coche con su llavero electrónico.
—Don Ramiro, no bajé las maletas.
—Espera un momento, Rocío. Ya he dicho que no hacía falta que trajeran maletas pero por lo visto pensaban que yo iba en broma. Aquí no van a necesitar ropas, chicas. El enjuague bucal y el cepillo dental va por mi cuenta ¡jajaja!
—¡Qué pervertido, don Ramiro! –se rio Andrea, tomándolo de un brazo y dándole un beso en la mejilla.
—Imbécil, más le vale que no nos haga perversiones desnudas a la intemperie.
—¡Rocío, no seas grosera con don Ramiro!
Vale que prometí ser mejor putita, cerdita o vaquita, o lo que sea, pero no iba a permitir que abusara de nosotras como si de muñecas de trapos nos tratásemos. Él era el más bruto de nuestros ocho amantes, y mejor darle aviso de que las cosas no debían excederse. Conocía muy bien a ese degenerado, lo más probable es que nos hiciera arar su campo en pelotas o alguna bizarrada similar, ya lo veía venir.
—Cierra esa boca, putita —me dijo él—, ¡por dios! Tu amiga Andrea es mucho más sumisa que tú.
—No me vuelva a llamar putita, tráteme con respeto si quiere que yo le trate bien, ¡bola de sebo!
—¡Eres una perra intratable! ¡Y me gusta! Vayamos al granero. Comenzaremos un pequeño juego. ¡La ganadora pasará todo el fin de semana conmigo en la casa, pasearemos por los prados en caballo e incluso iremos de paseo turístico por la ciudad!
—¡Qué emocionante, ya quiero ganar! –A Andrea se le iluminaron los ojos. Pero yo estaba preocupada por algo:
—Don Ramiro —mi voz se volvió sumisa—, ¿y… qué pasará con la perdedora?
—Pues en vez de pasarla conmigo, será la esclava sexual de mis peones, ¡jajaja!
—Madre mía… ¿Dónde están sus peones?
—Pues nos estarán esperando en el granero. ¡Vamos ya!
No sabía qué sería el “pequeño juego”, pero sospechaba que sería alguna perversión que debíamos superar o aguantar. Fuera lo que fuera, de seguro que yo no quería perder. Lo sentí mucho por mi ilusionada amiga, pero yo iba a sacar lo mejor de mí para ganar. Si algo he aprendido desde que soy la putita de ocho maduros es que con tesura puedo romper mis límites físicos y morales.
El granero solo tenía un par de focos muy potentes colgando del techo, un montón de pajas apiladas en los costados, un par de corrales sin animales adentro, ubicados en el fondo, así como varias herramientas y utensilios para uso de los peones en sus actividades diarias, apilados a un costado. Eso sí, en el centro del lugar destacaba algo que no parecía precisamente típico de una estancia: dos cepos, uno al lado del otro; eran artefactos que consistían en una larga barra de madera que se abría por la mitad y que servía para aprisionar el cuello y las muñecas. Eran instrumentos de esos que usaban en las épocas medievales para torturar o humillar a los criminales.
Tragué saliva.
—Chicas —dijo don Ramiro—, ¡ropas afuera!
—Sí mi señor –espetó Andrea sin siquiera inmutarse ante la barbarie que se asomaba. Se quitó el jean y la blusa, quedándose en braguita y sujetador. Yo, temblando como una posesa, me deshice de mi falda y mi blusita; yo no llevaba sujetador pero sí un tanga negra muy pequeño que oprimía groseramente mi sexo rasurado. No era secreto que a esas alturas de mi vida tuviera mi vulva muy abultada, era la consecuencia de ser follada con regularidad por mis amantes, pero a mí me encanta tenerlas así, hinchadita, escondiendo bien mi secreto para que quienes desearan intimar conmigo se pasaran mucho tiempo rebuscándose hasta encontrar el camino. Plus, mi nuevo tatuaje no permanente en mi pubis decía: “Vaquita en celo”, y además estrenaba nuevos piercings: dos preciosos aros de anillo de acero inoxidable que perforaron en mis pezones y que los mantenían erectos. Aún no habíamos comenzado la competencia pero ya estaba sumando mis primeros puntos a favor.
Me acerqué a don Ramiro y tomé de su mano para que las reposara en mis senos.
—Don Ramiro, me he anillado el otro pezón por usted. Fíjese qué bonitas quedan ambas argollitas, se mueven con solo caminar.
—¿Pero qué…? ¡Vaya! ¡Es increíble! —dijo palpándomelas, dándole un ligero tirón a la argollita izquierda. Me mordí los labios para aguantar un gemido de sorpresa—. Realmente tras la actitud de mierda que tienes, resultas una chica muy especial, Rocío.
—¡Uff, por favor no estire fuerte que me duele!
—Supongo que sí, vayas ubres te gastas, puta. El día que te preñen, estas serán insostenibles.
—Por favor, bájeme el tanga y verá otra sorpresa que tengo para usted, don Ramiro.
Ladeé mi mirada para ver a mi amiga. Andrea oscureció su sonrisa, se estaba enterando de quién era la que mandaba, de quién era su rival y hasta qué punto yo iría para ganarme a nuestro amante. De solo ver su sonrisa borrándose de su bonito rostro casi me dio un orgasmo.
Don Ramiro se arrodilló, tomó las tiras de mi tanga y delicadamente me la bajó. Lo dejó entre mis muslos pues su sorpresa le ganó antes de terminar la faena: vio mis labios vaginales exteriores adornados cada uno con una argollita de titanio, así también comprobó que el capuchón de mi clítoris estaba atravesado por otro anillo. Cuando tenga oportunidad contaré en otro relato cómo me las injertaron. Él se quedó un rato contemplando atónito y, sin previo aviso, me sopló ahí en el coño, arrancándome un suspiro de sorpresa.
—¡Uf, don Ramiro!
—Rocío… ¡no te puedo creer!
Empezó a toquetear, a estirarlos ligeramente para mi delirio. Flaquearon mis piernas, casi perdí el equilibrio, realmente me estimulaban más de lo que pensaba que serían capaces. Cuando dio un tironcillo al anillo de mi capuchón casi me desmayé del gusto, pero me sostuve de sus hombros.
—¡Diossss, bastaaa! Ufff…
—¡Qué guarrilla, Rocío! ¿Lo has hecho por mí?
—Sí, bueno, por usted y también por los demás señores.
—Así que iba en serio eso de que tratarías de mejorar como puta. Pues bueno, ¡esto es impresionante!
Por otro lado, Andy terminó de quitarse su braguita y sujetador, revelando su atlético cuerpo con ojos asesinos. Senos no tan grandes como los míos pero sí orgullosamente levantados, rematados por areolas rosaditas, un coñito que no estaba depilado pero sí bien recortadito; toda libre de tatuajes y piercings. Si yo hice un par de tantos mostrando mis encantos, admito que ella hizo un hattrick tan solo con ese despampanante cuerpo que lucía. Con un carraspeo se robó la atención de don Ramiro, que al verla imponente, se repuso y no tardó en ir junto a ella para tomarla de la mano, girarla lentamente para su lasciva mirada y rodearla con un brazo por la cintura; le dio un beso grosero con lengua que ella aceptó con gusto.
—¡Uf, don Ramiro! –dijo ella, imitando mi tono.
—Andrea, qué preciosidad estás hecha. Soy el hombre más afortunado del mundo al estar con dos jovencitas tan hermosas.
—Don Ramiro, la verdad es que me gustaría que nos vayamos a su casa ya mismo. A Rocío la puedes dejar aquí sujetada en el cepo para que no nos moleste, ¡jajaja!
—¿¡Pero qué dices, Andy!? –protesté.
—Solo bromeo, tonta. Pero es verdad que quiero estar con usted don Ramiro.
Vaya granuja, se estaba ganando el corazón de don Ramiro con total descaro. Pero nuestro amante se rio y la dirigió hasta uno de los cepos. Abrió el artefacto, que estaba a la altura de su cintura, y le indicó que se inclinara para poder apresarla.
—Vamos, niña, que no tenemos toda la madrugada.
—Sí, don Ramiro, confío en usted, iría hasta el fin del mundo sin chistar si me lo ordenara.
—¡Jo! Me agradas, Andrea.
Y acto seguido se inclinó para ser aprisionada. ¡Vaya niñata más descarada! La cosa ya debería estar cuatro a uno en mi contra. Don Ramiro cerró el cepo y lo aseguró con un candado. Por último, trajo de la mesa una barra larga de acero con abrazaderas (grilletes) en los extremos; un artefacto que separaría sus pies hasta donde su cintura pudiera.
—Separa bien esas preciosas piernas, Andrea.
—¿Así, don Ramiro?
—Pero… ¡qué lujo de piernas, parecen las de una modelo!
Miré con celos. Ella arqueaba la espalda y gemía como una cerda a cada tacto del hombre. Él se arrodilló para apresar sus tobillos con los grilletes y así tenerla bien separadas mediante la barra; ajustada, cerrada y con candado, quedó Andrea en una visión apetecible para la vista: ofreciendo culo y coño con orgullo a nuestro amante.
—Tu turno, Rocío.
—Madre mía, don Ramiro, ¿cepos, barras y candados? ¿No nos va a hacer follar con sus caballos o algo así, no?
—¡Jajaja! Claro que no, Rocío. Es parte de un juego que he preparado. ¡Ven, vamos!
Tome respiración y avancé hasta ese artefacto de tortura. Me incliné cuando abrió el cepo y me dejé aprisionar. Lo cerró, aseguró con el candado y con su mano abierta me cruzó el culo de manera violenta para hacerme chillar. En cierta forma me gustó; tengo más cola que Andrea y además a ella no le dio ninguna nalgada. Pero me quejé cuando tuve que separar mis piernas de manera exagerada para que la barra con grilletes pudiera hacerse lugar; ajustó los mencionados grilletes en mis tobillos y quedé con la movilidad prácticamente nula. En serio, temía que en cualquier momento oyéramos el bufido de algún caballo y la risa maquiavélica de don Ramiro para decirnos que íbamos a ser folladas por sus animales.
—Tengo que reunirme con mis personales. Ya vuelvo, niñas… –Separó mis nalgas y se despidió con un beso negro que me mató del gusto, gemí bien fuerte para que mi amiga escuchara cómo gozaba yo. No duró mucho su lengua jugueteando en mi culo hasta que se apartó para salir del granero.
Ambas estábamos mirando la pared del fondo del establo, ahí donde estaban los corrales, estáticas y ansiosas. Faltaba mucho para el amanecer, era casi la una de la madrugada y las cosas pintaban peor que la campaña de mi querido Nacional en esta Copa Libertadores; las cosas se estaban desmadrando y aún no comenzábamos el primer día. Necesitábamos apoyarnos entre nosotras, darnos fuerzas, así que decidí cortar el incómodo silencio:
—Andy, quiero que sepas que pase lo que pase durante la competencia o juego que nos preparen, eres mi mejor amiga. Espero que no haya rencores gane quien gane…
—Rocío, lo dices como si fueras a ganar, ¡ja ja ja!
—¿Qué estás diciendo?
—Pero por favor, seamos sinceras. Eres pequeñita, tienes las tetas muy gordas y la cintura ancha… ¡Ganaré yo! –oí cómo se zarandeó en su cepo.
—Dudo que esta competencia se trate de quien tenga mejor cuerpo, estúpida. ¡Ganaré yo! –me zarandé en mi cepo.
—Cuando regresemos el lunes, me haré tatuajes y anillados también. Te vas a conformar con follar con los perros mientras yo disfruto con mis ocho amantes, ¡vaquita!
—¿¡Pero qué te pasa, rubia de mierda!? —no podía reconocer a mi amiga. Para colmo sabía cuánto me acomplejaba que me dijeran vaquita.
—Soy muy competitiva, es todo… vaca.
Nos callamos cuando escuchamos un grupo de murmullos venir desde atrás de nosotras, hacia la entrada del granero. Eran varias personas y, debido a las voces, supuse que eran masculinas. Empuñé mis manos y empecé a sudar del nerviosismo. Cuando las voces se acercaron, escuché silbidos y vítores. Alguien me tocó la cola y la magreó groseramente para luego cruzarla con una potente palmada que me dejaron las nalgas ardiendo.
—¡Auch! —chillé—. ¡Con cuidado!
—Andrea, Rocío, les presento a mis peones.
Eran cuatro negros desnudos e imponentes que se colocaron delante de nosotras. De cuerpos esbeltos y enormes pollones erectos que nos apuntaban amenazantes. Casi me corrí solo con verlos, vaya que eran guapísimos. ¿Eran brasileros? Cuando uno de ellos me habló, mi cabeza se enmarañó con miles de dudas acerca del origen de esos hombres oscuros.
—TÚ SER MUY BONITA. RUBIA MUY FLACA, TÚ TENER MÁS CARNE.
—Rocío —dijo Andrea—. Son enormes… Dios, mira esas venas surcando sus trancas…
—PUES A MÍ GUSTAR MUCHO RUBIA. ESTA OTRA NECESITA DIETA…
—¡No necesito dieta! —protesté zarandeándome en mi cepo.
—Hablan raro, lo sé—dijo don Ramiro—. Chicas, estos hombres son de Somalia.
—¿Somalia? –la verdad es que ni siquiera sabía dónde quedaba eso, pero sonaba muy lejos. Hoy día encierro ese país con un corazón en cualquier mapa que vea, pero no adelantaré las cosas.
—Huyen de la justicia de su país, y yo me encargué de cobijarlos en mi rancho. Son buena gente, muy trabajadora, con un pasado muy turbio pero que quieren dejar atrás la vida criminal que llevaban. Se encargan del cuidado de los caballos, del campo, e incluso ya llevan mis negocios para que vean el nivel de confianza que les tengo. Miren chicas, se las presentaré: Él era asesino serial, el otro un ladrón, el que está a mi lado era un sicario de una mafia y este otro negro trabajaba en un campamento de drogas.
—¿Son convictos? ¡Pero sáqueme de aquí ahora, don Ramiro! –me zarandeé como pude. ¡Convictos, convictos! El maldito cepo estaba bien cerrado, no podía salir de mi encierro. Una lágrima rodó por mi mejilla —. Don Ramiro, ¡no quiero morir aquí!
—No te van a matar, estúpida. No reacciones así, les vas a molestar. Son gente como tú y yo, Rocío.
—SÍ, NOSOTROS TENER SENTIMIENTOS –dijo el asesino serial.
—Me han ayudado mucho en mis negocios, así que he decidido que durante este fin de semana van a tener una esclava sexual.
Temblando como una posesa contemplé con impotencia cómo me cegaban con una pañoleta. Imagino que a mi amiga también le tocó el mismo destino. Extrañamente, la muy puta no parecía protestar ante la situación crítica en la que estábamos metidas.
—Estos negros no han follado en años —continuó don Ramiro—, las campesinas de por aquí huyen de ellos, la verdad. No sé si por su pasado o por el tamaño de sus vergas. Así que pensé que sería ideal que vosotras dos los contentaran. ¡No se preocupen, están muy limpios!
—USTED SER GRAN PATRÓN, DON RAMIRO –dijo un hombre detrás de mí. Sentí cómo posó sus manos en mi ancha cintura y pronto su carne forrada se plegó entre mis labios vaginales. Me mordí los dientes, no sabía cuál de los cabrones era el que me iba a follar pero lo cierto es que los cuatro tenían pollones de proporciones astronómicas.
Todo mi cuerpo se tensó, no tenía ni chances de zarandearme o cerrar mis piernas. Escuché con desesperanza cómo Andrea pegó un chillido atronador mientras su macho negro bufía como un caballo en celo. Entonces sí que podría ser verdad que sus peones no follaban desde dios sabe cuándo. Cuando Andrea quiso decir algo, una protesta o un agradecimiento, escuché un sonido de gárgaras que la interrumpió; alguien la acalló de un pollazo y probablemente a mí me tocaría lo mismo.
Armándome de valor, decidí rogar compasión:
—Escúchame, Mutombo o como te llames, no sé cuánto tiempo has estado sin follar, pero no me trates como a una campesina, sé gentil…
—ESTA PUTA TENER COÑO MUY HINCHADO —dijo tocándome la conchita de manera grosera—. COSTAR ENCONTRAR AGUJERO…
—Ughhh, diosss… no soy una puta, cabrón…
—ARGOLLITAS SERVIR. ESTIRARLAS YO.
—¡Ten un poco más de delicad-AUUCHHH…! ¡Ufff! ¡Espera, espera diossss, no lo metas tan rápidoooo!
No me hacía caso. Estiró mis argollas para separarme los labios vaginales y buscar cobijo. Se notaba que quería meterla de una vez por todas para rememorar cómo era encharcar su enorme tranca en una grutita femenina. Por más que intentara retorcerme o escaparme de sus embestidas animalescas, yo estaba muy bien sujeta tanto por el cepo, la barra y sus manos. Estaba a merced de un maldito criminal sin tacto ni caballerosidad.
—Dooon Ramiroo… ufff… ¡Dígaleeee!
—Pues tu amiga Andrea parece pasarla muy bien, no sé de qué te quejas tú, Rocío.
—PUTA, ¡PUTA TENER COÑO APRETADITO!
—¡Mfff! ¡Te voy a matar, cabróooon! ¡Me va a desgarrar toda, pero bastaaaa!
—PUTA SER CHILLONA —dijo uno que, debido a su voz, deduje que estaba frente a mí—. CALLARLA YO, AHORA.
—¡Noooo!
Me agarró de mi mentón. Cerré la boca tratando de no chillar por la brutalidad con la que era taladrada. Me dio un bofetón, pero seguí sin abrir ni un solo centímetro. El negro de atrás me dio un envión que me hizo ver las estrellas pero mordí mis labios y crispé mis puños tratando de aguantar. Otro bofetón cruzándome la cara, luego una nalgada de parte del que me daba duro, y otra, y otra tan fuerte que un miedo terrible me pobló el cuerpo: ¡eran convictos y se notaba en su forma tan dura de hacer las cosas!
—¡ABRIR BOCA PUTÓN!
—Mmmfff… ¡mffff! –ladeaba mi cabeza para evitarlo, pero él me daba latigazos con su polla en mis mejillas.
—¡MIRAR! ¡TATUAJE DECIR “VAQUITA VICIOSA”, JA JA JA! –dijo el de atrás mientras tocaba mi tatuaje temporal dibujado en mi coxis.
—¡VACA DE MIERDA, ABRIR BOCA YA, COJONES! –tapó mi nariz y, segundos después, no me quedó otra más que abrirla para respirar. Acto inmediato me la clavó hasta mi garganta para que todo mi cuerpo crispara, para que curvara tanto la espalda hasta dolerme. Sí, lo consiguieron, yo era vilmente taladrada por mis dos agujeros por negros convictos en un rancho. Si mi papá se enterara…
—¡MOVER CADERAS, VACA, MOVERLAS MÁS!
—¡PUES ESTA RUBIA SABER MOVERSE! ¡UF! ¡PARECE QUE RUBIA SER MEJOR PUTA QUE VACA!
—¡EN SOMALIA MUJERES NO ESTAR TAN BUENAS!
Me acordé que aquello era una maldita competencia. Y aparentemente Andrea estaba haciendo bien las cosas, al menos mejor que yo. Me armé de valor, puede que fueran criminales pero debía quitarme los prejuicios de encima. Suspiré y me enfoqué en mi rol de putita; tenía que hacerlo.
Empecé a mordisquear el tronco del que me follaba por la boca, me hubiera gustado usar mi lengua como sé hacerlo, pero el pollón era tan grande y estaba hasta mi garganta que no podía moverla, me la tenía aplastada debido a su gigantesca tranca. También empecé a menear mi cintura para adelante y atrás como podía, tratando de acompasar el ritmo del negro que me daba duro.
Cuando el pollón se retiró de mi boca recuperé la respiración. Cegada como estaba no sabía qué me depararía; otro bofetón, otro envión hasta la garganta, incluso algún escupitajo. Pero nada de eso, agarró de nuevo mi mentón y puso la punta de su gigantesco glande entre mis labios; sin órdenes de ningún tipo, empecé a succionar con fuerza la punta, tratando de robar todo el líquido preseminal que pudiera escurrírsele de su uretra. De vez en cuando enterraba la puntita de mi lengua en su agujero para estimularlo.
Una feroz nalgada me avisó de que me estaba olvidando de atender al de atrás.
Con el culo ardiéndome terriblemente, quise volver a acompasar su ritmo, usar las contracciones de mi coñito para masajear su enorme verga, pero imprevistamente la polla de adelante se enterró hasta el fondo de mi garganta nuevamente, corriéndose brutalmente, asfixiándome con su leche espesa. Me sujetó fuerte de la cabeza para que no me apartara (¿podría apartarme acaso?). Estaba sudando, tenía muchísimo miedo y para colmo me estaba mareando ese olor fuerte y la cantidad ingente de leche que era depositada en mi boca y garganta.
Definitivamente esos imbéciles no habían follado en años.
Por otro lado, la polla que reventaba mi coño se enterró de un envión hasta donde no sabía era posible. Los pelitos púbicos me espoleaban la cola, sus huevos se golpeaban contra mi muslo con fuerza; arqueé mi espalda (¿aún más?) y casi me desmayé del gusto y del dolor. Escuchaba cómo el negro de atrás rugía como un condenado, apretándome fuerte de la cintura, dejando quieto su pollón dentro de mí; podía sentir las malditas pulsaciones de su tranca corriéndose todo en el condón.
En cambio su colega aún no paraba de correrse, y de hecho ya me estaba zarandeando torpemente porque no podía respirar: la leche se escurría de mi nariz y de la comisura de mis labios que apenas daban abasto a la tranca; mi cara enrojecida y con ríos de lágrimas corriéndome en mis mejillas indicaban que estaba en mis límites, realmente pensé que era el fin de mi vida, pero ambas carnes se retiraron de mí bruscamente al son de un chasquido.
Fue la montada más rápida y violenta de mi vida. Ni siquiera me dio tiempo a tener un orgasmo pero dudo que eso estuviera en sus planes. Me quedé sin fuerzas, prácticamente colgando del cepo, derrotada y tratando de respirar correctamente; y pensar que me consideraba una putita bien entrenada. Sentía cómo la leche se escurría de mi coñito abatido, de mi boca y nariz también. Tosí un par de veces, estaba mareadísima, como si hubiera tomado litros de cerveza. Creí que por fin había terminado la faena, pero alguien me volvió a cruzar la cara con la mano abierta.
—¡Despierta, Rocío, despierta! —era don Ramiro.
—Ufff… mmm… cabrón… si iba a saber que me iban a follar convictos…
—Deja de decir que son convictos, marrana. Y tú, Andrea, ¿cómo estás?
—Estoy… estoy bien, don Ramiro, ¡uf! —la muy puta de mi amiga había gozado.
—Esa es mi princesa. Te voy a quitar la pañoleta.
—Ufff… gracias don Ramiro —dijo con una falsa voz de niña buena.
—Andrea, tienes que adivinar cuál de estos cuatro negros le folló a Rocío.
—¿Y cómo voy a saberlo, don Ramiro?
—Pues tu amiga Rocío tiene que darte las pistas. Vamos, Rocío.
—¿Y no me van a quitar a mí la pañoleta? —pregunté extrañada.
—No, putita, aún no. Vamos, dale una pista.
—¡Dame una pista, Rocío, por favor!
—Esto… Andy…
—Rocío, estamos juntas en esto. Tú lo dijiste… ¡por favor, te suplico que me des alguna pistaaa!
—Mfff… —escupí el semen que quedó en mi boca y traté de recordar—. Andy, el que me folló… ¡púbico! ¡Tenía pelo púbico, lo sentía en mi nalga, picándome!
—Rocío, hay tres hombres con pelo púbico, el otro lo tiene depilado.
—Entonces… ¡Ya sé, Andy! Los huevos… el negro que me folló tenía enormes huevos, también los sentía golpeándose contra mí… madre mía eran enormes…
—¡Ya sé, es el tercer hombre!
—¡Felicidades, Andrea, has adivinado quién fue el que le folló a Rocío! Te has salvado del castigo. Ahora el turno de tu amiga. Te voy a cegar de nuevo con la pañoleta, es tu turno de darle las pistas a tu amiga Rocío para que ella pueda salvarse.
Don Ramiro me quitó la pañoleta y cegó a Andy. Frente a mi borrosa vista pude notarlo a él, y a sus cuatro peones detrás que se estaban cambiando de lugar (probablemente porque sabían que yo descartaría al tercero). Yo estaba temblando de miedo, la verdad es que no tenía ni la más remota idea de qué iba a depararme si perdía.
—Rocío, tienes que adivinar quién fue el negro que folló a tu amiga Andrea.
—Andy, dame pistas… —dije mirando las enormes trancas. No podía ser que uno de esos me hubiera follado. ¿Tanto puedo cobijar?
—Hmmm… pues no sé, Rocío… follaba muy bien…
—Maldita, eso no me sirve. ¿Pelo púbico? ¿Tamaño de sus huevos?
—Pues no recuerdo… vaya… ¡Era enorme, Rocío!
—¡Dios mío, todos son enormes, estúpida! –me zarandeé de mi cepo en señal de protesta.
—¡No me digas estúpida, soy tu amiga!
—¡Perdón, Andy! Pero necesito que te concentres y me digas cómo era el cabrón que te ha follado…
—VACA NO TENER RESPETO NI POR NOSOTROS NI POR AMIGA –dijo el mafioso.
—RUBIA SER MEJOR PERSONA, NOTARSE A LA LEGUA –respondió el ladrón.
—¡Cállense, cabrones! ¡Andy, dime una maldita pista, por favor!
—Hmm… ¡Pelo púbico, sí, lo tengo en mis labios! Ah, pues claro que no, ese era del que me dio por la boca… Rocío, no séee….
—Madre mía… ¿lo estás haciendo a propósito?
—Nooo, te lo juro… a ver… Encontró mi clítoris con rapidez, me lo acarició muy fuerte, vaya que era todo un experto, hmm.
—Me rindo, voy a tratar de adivinar al azar… —Descarté a dos que tenían las vergas notablemente ensalivadas. Solo había dos hombres que podrían ser quienes la follaron—. Uff, esto… ¿el segundo?
—Perdiste, Rocío —dijo don Ramiro mientras se acercaba a mí—. Ahora toca el castigo.
—¿Castigo?
Me volvió a cegar con la pañoleta y un miedo terrible me invadió. Agarró mi mentón y apretó mi nariz para que abriera mi boca. Me ordenó que sacara mi lengua, pero como obviamente me negué, me amenazó que me reventarían el culo sin piedad pese a que yo aún no estaba lista para eso. No me quedó otra que sacar mi anillada lengua. La agarró bien fuerte del piercing. ¿Iba a escupir? Al imbécil le encantaba hacerlo. Pero no, sentí un viscoso líquido caerse en mi lengua, diferente al de una saliva. Mis peores miedos se hicieron realidad cuando me habló:
—Es el semen que se quedó en el condón con el que follaron a tu amiga.
Me zarandeé, pero era imposible moverse mucho, hice un gesto de arcadas pero logré aguantarme las ganas. No me quedó otra alternativa que recibir toda la leche. Lo peor no llegó allí, sino cuando sentí que lanzaron un pedazo de algo extraño en mi boca. ¡Era el condón con el que machacaron a Andrea! A ese ritmo me iba a acostumbrar a comerlos, la verdad, porque no era la primera vez que me lo hacían. Don Ramiro soltó la lengua y me obligó a que cerrara mi boca.
—No te lo tragues aún, Rocío. Espera un momento… eso es… ábrela de nuevo…
—¡Mmmñññooo!
—No te pongas remolona de nuevo, he traído el cinturón y no dudaré en usarlo, niña.
—Mfff… mbaleee…
Y otra vez la leche caliente cayó en mi boca. Claro que esa era la que pertenecía al condón con el que me follaron. Así pues, tras tortuosos segundos, mi boquita estaba a rebosar de semen y dos condones. Nuevamente me obligó a que cerrara la boca.
—Trágalo todo, marrana. Con los forros incluidos.
Casi poté del asco pero logré sostener las ganas de vomitarlo todo. Tragué un cuajo pequeño, luego otro más rápidamente para evitar el gusto amargo; la viscosidad se sentía pegándose en mi garganta, cayendo lentamente hacia mi estómago. Sudaba, me retorcía, me mareaba, pero aún había mucho que tragar. Volví a aunar fuerzas y conseguí ingerir casi toda la lefa; solo quedaban los dos condones que a conciencia atajé con mi lengua. Traté de enrollarlas como mejor pude y, crispando cuerpo y puño, logré tragarlas.
Sonreía como una loca, ya solo quedaba semen en mis dientes y algo en la comisura de mis labios, pero logré soportar el castigo.
—Pues ya está, Rocío, de todos modos has perdido. Andrea será quien me acompañe en un fin de semana de lujo.
—¡Síiii —escuché a Andrea zarandeándose en su cepo—, ganéee, qué emocionante!
—¡Noooo, revancha, revancha por favor! —supliqué zarandeándome como mejor pude. Me quería desmayar, no podía ser verdad. ¿Yo iba a ser la esclava sexual de cuatro convictos durante todo el fin de semana?
—Rocío, tú te quedarás aquí. Les he dicho a mis peones que te pueden hacer lo que quieran pero que respeten tu culo, pues aún eres virgen por allí.
Con las pocas fuerzas que tenía me revolví como loca.
—¿¡Me va a dejar con estos criminales toda la puta noche, cabrón!?
—Son buena gente, deja de prejuzgar, niñata.
—¡Pues quédese usted con ellos toda la noche, imbécil! —protesté mientras me libraban de la pañoleta y luego de la barra espaciadoras de mis pies. Al abrirse mi cepo, dos negros me tomaron de mis temblorosos brazos mientras los otros empezaron a menearse las gordísimas pollas, preparándolas. Mi cuerpo estaba desgastado, entumecido y ultrajado, pero la noche solo comenzaba para mí.
Vi con rabia cómo Andrea se retiraba sonriente, llevada del brazo de don Ramiro, rumbo a su lujosa casa. La muy puta me había traicionado, desde un principio su objetivo era estar a solas con nuestro amante y dejarme a mí a merced de unos negros convictos. Antes de cerrarse el portón del establo, me lanzó un besito y me guiño el ojo.
—¡Vuelve aquí, rubia de mierda, eso fue trampaaaa! —protesté mientras los dos negros me sostenían fuerte.
—SERÁ MEJOR QUE USES BOCA PARA OTRA COSA. VENGA, CHUPAR HUEVOS YA, VACA.
—¡Deja de decirme vaca, Mutombo de mierda!
—¿MUTOMBO? MI NOMBRE LENNY. MUCHACHOS, AQUÍ DON PATRÓN DEJAR LOS CONDONES QUE DEBEMOS USAR… -les mostró dos cajitas azules con condones.
—A VER —dijo otro, creo que era el mafioso, agarrando ambas cajas. Sin más miramientos los lanzó al fondo, entre las pajas—. UPS, PARECE QUE FOLLAR A PELO…
—JAJAJA.
—¡No podéis estar hablando en serio, imbéciles!
—NOSOTROS PREÑARTE, VACA. TÚ DAR MUCHOS BEBÉS NEGROS.
—E IR A SOMALIA CON NOSOTROS JA JA JA.
—ESCUCHA VACA —dijo uno de los que me sostenía, me tomó de la mano y la llevó para que acariciara su gigantesco pollón; era imposible a priori que algo así me entrara—. ESTA NOCHE MI TURNO SER. EN OTRAS NOCHES, OTROS TENDRÁN TURNO. SOLO YO FOLLAR, OTROS PODER TOCAR, PERO MÁS NO.
—¿Tu-turnos?
—SÍ. DOS CABALGATAS POR NOCHE. YA TUVISTE UNA. MÁS NO, O TÚ QUEDAR MALTRECHA JA JA JA.
Evidentemente tenía una larga madrugada por delante; tenía dos opciones a la vista: revelarme ante hombres enormes y convictos, o tratar de guiar la noche con sumisión. De cualquiera de las dos formas iban a follarme. Y visto lo que hicieron con las cajitas con condones, era obvio que no tenían mucha consideración por mí; si no quería regresar a casa magullada, debía ser la putita sumisa de cuatro negros.
—Uf, no es lo que esperaba al venir aquí… ¡por qué no os buscáis una prostituta o algo así, la mierda!—grité zarandeándome pero era imposible escaparme.
—ME GUSTA ACTITUD: PERRA INTRATABLE, YO CAMBIÁRTELA A POLLAZOS. AHORA IR AL CORRAL, PUTÓN. USARSE PARA PREÑAR VACAS. COINCIDENCIA, TÚ SER VACA. TÚ NO SALIR DE AQUÍ HASTA PREÑADA QUEDAR JA JA.
—JA JA. ASESINO SERIAL SER GRACIOSO.
—¡No! ¡No preñar, no preñar!
—MUGIR MUCHO TÚ. VENGA.
Un zurrón fuerte a la cabeza me hizo callar, y a pasos forzados me arrastraron rumbo al corral. ¡Convictos, convictos! Me daban algunas cachetadas a la cola para que apurara el paso, y yo trataba de encontrar algo que me pudiera despertar de aquella pesadilla.
El corral obviamente no ofrecía ningún tipo de privacidad pues solo era un montón de vallas de madera añeja para contener al animal que quisieran trabajarle. El espacio tampoco era muy grande que digamos, había molesta paja por el suelo y además todo olía raro, rancio. Ingresamos al abrirse la tranquera (unas tablas de madera dispuestas de manera horizontal a modo de “puerta” de baja altura), y nada más cerrarse, los cuatro somalíes me rodearon; no cabía ni una aguja entre nosotros.
Tragué saliva al ver que uno se inclinaba para besarme violentamente; me dejé hacer por el miedo. Otras manos en mi colita, besos y mordiscones a mis hombros, otra mano hurgando en mi concha; estaba perdida, ¡me iban a preñar unos negros que no conocía!
—¡Ñffff! —protesté. Obviamente no podía ni hablar debido a la gigantesca lengua que me invadía la boca sin piedad; ni siquiera le importaba mezclarse con el semen del negro que se corrió en mi boquita (o capaz fue él quien me la metió allí y era su propio semen lo que degustaba, a saber). Por otro lado, mi mano estaba ya prácticamente pajeando la polla del otro negro sin que él me guiara. Y debo decir que temblaba de miedo; agarrando esa tranca, era imposible cerrar mi mano debido al grosor. Nunca había estado con una verga tan gruesa; es decir, he estado con otros hombres grandes pero aquello era descomunal, se trataba de la primera polla africana que probaría y por dios sí que le rendía honor a todos los mitos y leyendas.
Haciendo fuerzas, me aparté del beso y rogué:
—¡Uff! Traje algo de dinero… ¡Os pagaré y me dejáis libre esta noche!
—A CALLAR.
Me tomaron del hombro y me obligaron a arrodillarme. Estaba rodeada de cuatro pollones oscuros. Uno de ellos agarró un puñado de mi cabellera e hizo que su enorme verga se abriera paso violentamente en mi boca hasta mi garganta.
Extrañamente, antes de que pudiera amagar retorcerme o incluso intentar satisfacerlo, sentí un líquido viscoso y caliente escurrirse directamente dentro de mi garganta hasta mi estómago (otra vez). Su pollón estaba escupiéndolo todo violentamente y yo, con los ojos abiertos como platos, trataba de respirar y apartarme de él, pero el negro me atajaba muy fuerte, metiendo más y más polla dentro de mi boca conforme su carne tiraba lo que pareciera ser litros de leche.
—OOOHHHH CORRIENDO ESTOY YO, ¡CORRIENDO! —gritaba el asesino serial.
—TÚ JODERTE, AMIGO. EL QUE SE CORRE NO FOLLAR CON NIÑA. MI TURNO SER —respondió el mafioso.
—ME DA IGUAL… LECHE TOMAAAA… PUTAAAA TÚUUU…
—¡Mffff, mffff, mffff!
—DIFÍCIL NO CORRERSE CARAMBAS. AÑOS SIN ESTAR CON MUJER NOSOTROS.
Sacó su pollón y sentí que volvía a vivir. ¡Uf! Pero el cabrón seguía corriéndose y no tardó en lanzar un lefazo directo a mi ojo derecho para cegármelo. Frente a mí estaba la terrible tranca, aún con leche bullendo en la punta mientras yo aunaba fuerzas para recuperar mi respiración, con semen escurriéndoseme de la comisura de mis labios.
—LIMPIAR POLLA, VACA.
—¡Límpiatela tú, imbécil! ¡Quiero irme de aquíiii!
Otra mano me cruzó la cara y, tras tomar nuevamente de mi cabellera, me pegaron contra la cintura del negro recién ordeñado para que la limpiara. Clavé mis uñas en su culo para que me sufriera y accedí a succionar los últimos trazos de leche de su polla.
Lo cierto es que, mientras lo limpiaba, estaba viendo una luz dentro de la oscuridad. Dijeron “si te corres no follas con la niña”. Era evidente que, siendo cuatro, idearon un plan para montarme. Si conseguía que los demás se corrieran antes de penetrarme e intentaran preñarme, tal vez conseguiría que los cuatro negros iniciaran un conflicto interno entre ellos mediante el cual podría salir viva.
—Uf, ya está… —dije con un regusto asqueroso a semen en mi boca—. ¡Ya está limpio, ahora quién es el siguiente! —grité con valor. Mi pequeño plan estaba en marcha. Iba a hacerlos correr a todos en mi boca para salvarme.
—MI TURNO. ACOSTARTE VACA. Y ABRIR PIERNAS YA.
Fue decirlo para que todo mi plan se fuera a la mierda.
—¡Noooo!
—¡MUGIR DEMASIADO! ¡TRAER LAZO DE CUERO!
—AQUÍ TENER.
Me lo ataron el cuero en la boca para que dejara de protestar, a modo de bozal. Y de paso me pusieron la pañoleta para cegarme. Me las quité enseguida para chillarles que eran unos imbéciles. Fue por eso que me dieron media vuelta y me hicieron acostar en el suelo, boca abajo, sobre el montón de paja; me ataron las manos a la espalda con el lazo de cuero y luego sí, acto seguido, me volvieron a acallar con otro lazo cuero a modo de bozal; por último me cegaron con la pañoleta.
“Me van a preñar… ¡me van a preñar!”, pensé desconsolada cuando volví a sentir que me colocaban la barra separadora de pies. Alguien puso una pequeña pila de heno debajo de mi vientre para que pudiera levantar la cola; el desconsuelo fue total cuando sentí el gigantesco glande de uno de los negros reposar entre los pliegues de mi sexo anillado; estaba maniatada, cegada, ofreciendo mi concha sin posibilidad más que zarandearme débilmente.
No sé si el mismo hombre o alguien más fue el encargado de estirar las anillas de mis labios vaginales para que se abrieran y mostraran mi agujerito; para que mostraran el camino a mi perdición. Gemí un poco porque aquello estaba poniéndose entre lo doloroso y placentero.
—MIRAR CARNECITA TIERNA. ROSADITA, HMM.
—ESTÍRARLA MÁS, ABRIRLA MÁS CARAMBA.
—YO ELEGIR CULO. OTRO ELEGIR COÑO.
“¡¡¡Noooo!!!”, pensé y me zarandeé. Si bien he estado entrenando mi cola, aún no la había estrenado. Y no quería que unos convictos fueran quienes tuvieran el privilegio de desflorarme el ano. Me volví a zarandear ridículamente pero uno de ellos me cruzó el culo con una fuerte palmada que resonó por el establo.
—¡QUIETA VACA!
—¡Mmmm! ¡Mmmm! ¡¡¡Mmmm!!!
—¿¡QUÉ PASAR CON NIÑA!? —me dio otra nalgada cuyo eco rebotó por el lugar. Mi cola hervía y seguro que estaba rojísima, pero no iba a dejarme rendir fácil, mi cola no sería de ellos jamás.
—MIRAR CULO —no sé quién era pero separó mis nalgas de manera grosera—. PEQUEÑO TENER. ESTOS POLLONES DESTROZAR NIÑA.
—SÍ, PATRÓN ENOJARSE SI VER A PUTITA DESTROZADA. NUESTRO PLAN DE PREÑARLA Y LLEVARLA A ESCONDIDAS A SOMALIA CORRER PELIGRO.
—PUES SÍ…. SOLO POR COÑO FOLLAR.
Me tranquilicé. Al menos usaban bien la otra cabeza. Alguien me tomó de la cintura con sus fuertes manos y me atrajo un poquito hacia él para reposar su enorme y caliente glande entre mis hinchados labios vaginales. Estaba relajada porque mi culo se había salvado, pero a saber si mi concha podría resistir tremenda verga queriendo entrar.
—PUES NADA. SI TÚ FOLLAR COÑO, YO FOLLAR BOCA.
—VALE. QUITARLE BOZAL.
—¿NOSOTROS DOS PODER CHUPAR TETAS?
—CLARO, NO OS QUEDA OTRA, JA JA JA.
En el momento que uno de los negros me liberó del bozal improvisado, no tardé en protestar con mi voz rompe vidrios:
—¡Imbéeeecileeees, os voy a mataaaar!
—CUANDO TÚ ESTAR EMBARAZADA, IR EN BARCO A SOMALIA CON NOSOTROS. MESES DIVERTIDOS PASAR EN MAR. AHORA CHUPAR PUTA.
 —¡Ojalá te mueras cabróoo-mmfffff! —me callaron con un pollazo hasta la garganta—. ¡Mmmfff!
Di un respingo de sorpresa nada más sentir sendas lenguas en cada uno de mis dos pezoncitos anillados. Esos negros jugaban con la puntita de mis pezones, con los anillitos, mordisqueando, succionando, ¡uf! No lo iba a admitir pero qué bien que mamaban mis tetas. Y más al sur, la enorme polla estaba haciendo presión para entrar en mi agujerito. Intenté alejarme lo más que pude para evitar el inexorable final, pero logró meter el caliente glande. Dio un par de enviones, cada vez entrando más; ladeé mi cabeza para apartarme de la polla que me taladraba la boca:
—Ufff, espera, ¡por favor espera negraso!
—¿QUÉ MIERDA QUERER, VACA?
—Ufff… ¿habéis decidido quién va a preñarme? Porque todos estáis muy emocionados con hacerlo… ahhh, ahhhhh… pero verás, parece que tú serás el que me preñe —dije en referencia al que me tenía la concha llena con su verga.
—SÍ. MALA SUERTE PARA COLEGAS. BEBES NEGROS DARME TÚ, JA JA JA.
—MAFIOSO SER CARADURA —le reprendió el negro que se chupaba mi pezón derecho—. LA VACA TENER RAZÓN. DEBEMOS DECIDIR QUIÉN PREÑARLA.
—YO QUERER EMBARAZARLA —respondió el negro frente a mí, que restregaba su polla por mi boca y me sujetaba fuerte del mentón.
—COMO DOS YA HABERSE CORRIDO HOY, MEJOR DECIDIRLO MAÑANA. AHORA DISFRUTAR DE ESCLAVA —dijo otro que, acto seguido, continuó chupando y mordisqueando mi otro pezón.
Casi con una sonrisa esbozándose en mi cara repleta de leche, grité con entusiasmo:
—¡Ya lo oíste, ve y busca los condones!
—¡JA! VACA LISTA. MAÑANA DECIDIREMOS. Y PREÑARTE BIEN.
—¡Sí, sí, todo eso está muy bien, ve a por el condón, Mutombo! —evidentemente al amanecer los delataría y seguro que don Ramiro se desharía de aquellos peones tan imbéciles por intentar preñarme.
Salió del corral para buscar la maldita cajita de condones que se perdió entre las pilas de paja mientras yo contentaba a sus otros tres colegas. Vendada como estaba era difícil ubicar la polla frente a mí, pero me guiaba debido a la esencia fuerte que emanaba para engullirla.
No tardó mucho en encontrar los condones y volvió a entrar; al menos eso es lo que percibía por el sonido de sus pasos. Al poco rato ya lo sentía detrás de mí, colocándose de nuevo para la faena.
—POR CIERTO, NOMBRE MÍO “SAMUEL”.
—Como sea, Mutombo, terminemos con esto —meneé mi cintura como mejor pude, justo antes de ser engullir los huevazos de su colega.
 —JA, GUARRA SER TÚ.
Me restregó su polla forrada por el coño para que se empapara de mis jugos, y me la fue metiendo poco a poco. Notaba cómo su larga y gruesa tranca me llenaba el coño de manera terrible, increíble, abriéndome, haciéndose paso a la fuerza a través de mi grutita.
Por otro lado, el negro que estaba frente a mí retiró sus huevazos de mi boca y creo que se levantó. Pronto alguien me volvió a tomar del mentón; supuse que otro negro quería una mamada. Para evitar que me volvieran a cruzar la cara, abrí la boca sumisamente y engullí como mejor pude su tranca. Y atrás, la verga en mi concha ya llegaba hasta donde pocos pudieron; tenía toda la grutita llena de polla y no cabía absolutamente más. Cuando notó que estaba toda dentro, empezó un fuerte vaivén, rítmico, duro, él quería gozar como macho hambriento de puta independientemente de que yo gozara o no; a cada embestida que él iba dando cada vez más deprisa, yo respondía con un mordisco a la verga del negro que me la metía hasta la garganta.
Llegó un momento dado en el que empecé a gemir, me sorprendí hasta a mí misma haciéndome oír de esa manera, como una cerdita gozando de los cuatro machos que hacían uso de mi cuerpito. Con los jadeos llenando el establo, deseé que me escucharan don Ramiro y Andrea para que vieran qué tanto estaba disfrutando con ellos.  ¡Uf! Ojalá que la putita de Andy se arrepintiera y viniera a probar esas pollas gigantescas, manos y lenguas deseosas en mi cuerpo, pero luego pensé que no, que las quería para mí, todas para mí.
El negro forrado emitía algo similar a unos bufidos de placer, no me hacía ningún gesto cariñoso como dije, me sometía como quien recoge a una prostituta y se la folla sin pensar nada más que en él mismo. No se preocupaba por mí, si yo lo estaba pasando bien o si mi postura me incomodaba. Él sabía de sobras que yo estaba gozando como una vaquita en celo y solo se ocupaba de contentar su pollón. Me folló largo y tendido, de hecho me corrí tres veces sin que él dejara de darme duro y sin que sus amigos dejaran de acariciarme y meterme polla por la boca.
Cada vez que me corría, arqueaba mi espalda y flaqueaba mis piernas que aún estaban muy separadas por la barra, pero al que me follaba no parecía importarle que yo me retorciera, nunca aminoró las arremetidas.
Poco a poco fue haciendo sus movimientos más rápidos. Yo ya sabía lo que eso significaba y me preparé para tener mi último orgasmo a la vez que él el suyo. La cabeza me daba vueltas sintiendo su polla agitándose dentro de mi coñito; la sacó para afuera y la vista de mi agujerito totalmente cedido al tamaño descomunal le habrá excitado, porque me dio un beso allí, largo, tendido, con lengua y mordiscos.
Me dejé llevar, chupando con fruición la enorme tranca que entraba y salía de mi boca. A veces ladeaba mi rostro para mordisquear ese venoso tronco. Lo cierto es que estaba bastante aliviada porque la segunda y última follada de la noche había terminado, y nadie aún se había corrido en mi coño. Y para qué mentir, ya tranquila, me dejé llevar en toda la madrugada. No me quedaba otra más que gozar y hacer gozar a mis “amos” negros.
Por mi boca pasaron finalmente las cuatro pollas, por entre mis enormes tetas también. Como tenía las manos apresadas a la espalda, ellos me pusieron boca para arriba, se sentaron sobre mí y pasaron sus pollones para hacerse cubanas de las más groseras.
Me dejaron descansar por fin avanzada la madrugada, toda lefada, chupada y mordisqueda. Me dejaron tendida en el suelo sin siquiera quitarme mis restricciones ni la pañoleta, y cuando pensé que podía dormir (estaba cansadísima), volvieron a la carga para comerme el coño, que estaba hinchadito, metían dedos y se pasaban mucho tiempo buscando mi clítoris entre mis carnecitas abultadas, jugando con mis anillas incrustadas en mis labios vaginales. A veces me hacían acostar sobre uno de ellos para que les besara y les hiciera sentir mi piercing en la lengua, y yo accedía como bien podía porque no quería llevarle la contraria a unos convictos.
Lejos quedaron los negros violentos, al portarme sumisa me trataron bastante bien. Me quejé una vez más en el resto de la madrugada porque me mordisquearon una teta de manera fuerte, y otro metió dedos en mi culo sin ensalivarlo, pero poco más.
La primera noche había terminado. Y había sobrevivido.
……………………..
Al día siguiente alguien abrió la puerta del granero. Yo estaba acostada sobre el asesino serial, creo, durmiendo sobre su pecho, con semen reseco en mi boca, cara, muslos y espalda. Otro negro dormía usando mi cola como almohada, y los dos restantes creo que habían salido para asearse.
Me sentía la muchacha más horrible del mundo. Yo olía asquerosísimo pero estaba tan cansada que solo me limité a escuchar con impotencia a un par de personas acercándose. Al poco rato los oí frente a mí, y me quitaron la pañoleta que me cegaba la mirada. Aún tenía un ojo cerrado debido al semen que impactó allí, por lo que solo pude abrir un ojo; apenas los noté pues no me acostumbraba a la luz matutina: eran don Ramiro y Andrea. Él estaba vestido como un jinete gaúcho: poncho, botas de cuero con tacos y una enorme sonrisa, mientras que ella vestía un vestido blanco con falda larga, como si estuviera en la maldita época colonial.
—Buen día Rocío –dijo Andrea con una sonrisa—, se ve que la pasaste muy bien.
—Andy… ayuda…. No más pollas… No quiero más pollas, por favor…
—¡Uy, este lugar huele terrible! —dijo tapándose la nariz.
—¡Don Ramiro! —me zarandeé como pude entre los dos negros que dormían—. ¡Quisieron follarme sin condón, estos negros quisieron follarme sin condón para preñarme!
—¿¡Pero no te da vergüenza, Rocío!? Mentirme de esta manera, mis peones no serían capaces…
—¡Le digo la verdad!
—¿Te follaron con forro o no?
—Sí, con forro, pero…
—¡Pues ya está, no quiero oír una palabra más al respecto, niñata!
—¡Don Ramiro…! ¡Mierda! ¡Necesito ir al baño o a un arroyo! ¡Quítenme las restricciones! ¡Necesito una decena de jabones, por favor, y ya!
—¡Uf! —ahora era don Ramiro quien se tapaba la nariz y ponía rostro asqueado—. ¡Creo que voy a vomitar, Rocío que mal hueles! ¡Aléjate Andrea, no quiero que te pase este tufo!
—Sí, es horrible —dijo Andrea alejándose—. ¡Nos vemos Rocío! Don Ramiro, le espero en el establo para pasear en caballo.
—¿Van a pasear en caballo? ¡Basta, don Ramiro! ¡Yo también quiero pasear en caballos, uf, aléjeme de estos convictos!
—No vuelvas a menospreciarlos así, marrana. “Negros”, “convictos”, ¡son personas, Rocío! Por eso mismo irás al centro del rancho, te vamos a sujetar de otro cepo que tengo allí para darte unos azotes. ¡Necesitas aprender! Hoy llegan otros de mis trabajadores, te van a follar los negros en público hasta que te hagan correr como una vaca en celo.
—Me está jodiendo…
Antes de que pudiera asimilar la idea de ser empotrada en un cepo a la luz del día, a los ojos de otros hombres, los dos somalíes que habían salido para asearse volvieron al granero; me levantaron de los brazos y, con sonrisas enormes surcando sus caras, me llevaron afuera del establo. La luz del sol me cegó un buen rato pero entendí que me estaban arrastrando hasta el centro del rancho. Ni siquiera iban a dejarme dar un maldito baño o quitarme la barra espaciadora. Tal vez si tuviera fuerzas podría resistirme…
Con mi único ojo abierto, vi una veintena de peones, todos uruguayos, que me miraban entre morbo y risas, silbaban y gritaban al aire con jolgorio, algunos llevando a caballos de las riendas, otros cargando pilas de heno, otros llevando baldes para ser llenados con leche ordeñada: todos cesaron sus actividades y rodearon el cepo donde me iban a apresar.
Uno de ellos se acercó para magrearme la cola y las piernas, hablando como si yo fuera una “vaca de calidad”. Claro que al ver que estaba repleta de semen dejó el toqueteo para cuando yo estuviera más limpia. Pero a mí no me importaba la humillación, estaba demasiado ensimismada.
“No soy ninguna vaca…”, susurré mirando al suelo.
Mientras los convictos me apresaban en el cepo, dejando mi culo expuesto a azotes, y mi anillado coño presto a ser vilmente follado, me mordí los dientes y crispé mis apresados puños. Poco a poco estaba volviendo a mí misma.
—¡Miren, aún tiene semen chorreando de su coño!
—¿Es esta la chica que nos contó don Ramiro, que folló con dos perros?
—Creo que sí. Uf, amigos, no sé ustedes pero yo me la voy a cascar ahora en su honor —otro campesino se tocaba el paquete groseramente.
—No se acerquen demasiado, tiene un tufo a semen que da arcadas. Se nota que los somalíes se divirtieron con ella.
—Mucho somalí, niña, mucho somalí. Yo te voy a hacer a amar a los uruguayos de nuevo, ¡jajaja!
—¡ROCÍO, TÚ CONTAR Y AGRADECER CADA AZOTE A TU COLA. YO ESTAR MUY MOLESTO POR QUERER MENTIR A PATRÓN. NOSOTROS JAMÁS QUERER PREÑARTE, LOCA ESTAR TÚ!
Antes que el primer cintarazo se estrellara en mi colita, antes de chillar como una cerda para las risas de todos los allí presentes, me juré para mis adentros que iba a buscar una manera de vengarme. A lo lejos vi que don Ramiro y Andrea montaban en caballo, recorriendo las afueras como si fueran los putos protagonistas de una telenovela romántica.
—Diossss… me voy a ¡vengaAAAuuuuchhh! ¡No me azotes tan fuerte, Mutombo!… Uff… uff…
—¡AGRADECER Y CONTAR, VACA!
—¡AAAAuchhhh!, valeee… ¡Van dos… uff… diosss… van dos… y gracias!
—BIEN… —se inclinó y me susurró—. ESTA NOCHE SÍ QUE PREÑADA VAS A QUEDAR.
Se encendió mi corazón. Definitivamente se iban a enterar que con una chica como yo no se podía jugar. A sus ojos solo era, evidentemente, un pedazo de carne sin muchos derechos. Mientras el tercer y último cintarazo se hacía lugar, arrancándome un alarido, sentí cómo alguien (probablemente otro de los negros) se disponía a chuparme el coño. Estaba más hinchado que nunca y todos lo podían notar: follarme no era la opción más ideal tras la noche salvaje vivida en el granero. En el momento que gemí notoriamente gracias a su hábil lengua haciéndose lugar en mis anilladas carnecitas, me juré que iba a vengarme de todos y cada uno de los hombres en ese rancho de mierda. NADIE SALVARSE, TODOS SUFRIR…
La guerra en el rancho había comenzado.
—-
Continuará. Gracias a los que han llegado hasta aquí.
Un besito,
Rocío.
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