Nota antes de leer: Esta historia sigue con el mismo protagonista de mi primer relato. Es un relato cruento, donde se describe una violación a una virgen y el violador disfruta con mucho sadismo. Es posible que no sea del gusto de algunos. El resto, bienvenidos. He tenido que retocar un poco este relato para poder resubirlo, pero estoy seguro de que seguirá siendo de vuestro gusto.

Anteriormente he relatado el incidente con Elise. (Lo podéis leer en mi anterior relato publicado en la web) Fue algo que a día de hoy, que ya han pasado algunos meses, todavía recuerdo con total nitidez. No sólo en las imágenes, no sólo recuerdo con gran avidez y excitación el cuerpazo deslumbrante de la pelirroja francesita, sino también en todo el conjunto de sensaciones, placer, chillidos y dolor que acompañó a su desvirgamiento. Pero estoy aquí de nuevo para escribir que aquél verano en las Rías Baixas tuvo algo más de interés. Romper el virgo de Elise me devolvió mi libido después de los primeros días de vacaciones, donde no había conseguido ningún logro. Y aunque ya podía darme por satisfecho con el triunfo de aquella doncella, decidí prolongar mis días libres por aquella zona por lo menos hasta cuando había previsto antes de pisar Galicia.

Después de huir de mi censurable (o no) acto en el que dejé a Elise sin su preciada virginidad en aquellas rocas, me pasé rápidamente por la zona donde tenía mi toalla y recogí todo para volver al hotel. Se me olvidó mencionarlo antes, pero tenía una suite en aquel hotelazo de 5 estrellas. No se que pensareis, pero me paso el puto año entero estresado trabajando y me parece que me puedo dejar una buena pasta en mis vacaciones. Además que dispongo de dinero de sobra.

Una vez en la suite, saqué del minibar una botellita de whisky bien fría y unos cuantos hielos. Mezclé todo en una copa ancha con una tónica y me dispuse a tomar el cóctel en el jacuzzi del fondo de mi habitación. Esto os vida, os recomiendo hacerlo. No voy a perder mucho tiempo contando más, ya os podéis suponer que repasé mentalmente todo lo ocurrido mientras degustaba el alcohol y acabé masturbándome una y otra vez brutalmente. Elise había sido sin duda una experiencia incomparable a las anteriores que había vivido en mis años perversos. Pero no iba a ser la única, por ello estoy aquí escribiendo de nuevo sobre mis vacaciones.

Por la noche, cuando bajaba a cenar, observaba a los que me rodeaban. Sí, el restaurante del hotel también era un buen sitio para fichar a los núcleos familiares que tanto me gustan. Ya sabéis, los padres ilusionados por disfrutar de unas vacaciones en el sitio a donde siempre quisieron ir y que arrastran no sin pesadez a los hijos, quienes carecen de todo el entusiasmo paterno. Y en especial me centro en las hijas. Hijas aburridas, que ya ni ríen los chistes de los padres, que están pensando en otras cosas propias de su mundo casi adulto y que no se van a llevar del viaje más que el recuerdo de que ha sido un coñazo. Así son la mayoría de ellas en estos viajes familiares. Y a más de un lector le resultará conocida esa situación.

Ya habían pasado tres noches desde el último polvo. Aquella noche, como decía, uno podía ver alguna cara que le sonaba. Pero en los hoteles la gente cambia cada día. Las maletas entran y salen cada día, y el edificio se llena de caras nuevas, más o menos amables y más o menos guapas.

En concreto, durante aquella cena, estuve especialmente atento a una familia que se encontraba eligiendo buffet en la zona de la entrada. Acababan de llegar. Eran a todas luces una familia. La hija andaba dirigiendo a sus padres, que seguramente no habían estado en ningún sitio así antes y no sabían de qué iba la fiesta. Sólo eran ellos tres, por lo que parecía. Los padres no llegarían a los 50 años, pero aún así se les veía notablemente estresados y eso les hacía parecer que tuviesen algún año más. La hija que les acompañaba centró toda mi atención en ella.

Era una chica alta, llegaba a pasar a sus padres. Para mí poseía unas buenas curvas, pero vestía de forma muy poco erótica y no podía apreciarlo bien. Llevaba una camiseta, unos vaqueros y sandalias. El pelo negro azabache se sujetaba en una cola de caballo que se podría mejorar si sencillamente no existiese. El pelo suelto es mucho más sensual. Tenía una linda cara casi infantil, con ojos claros. Calculé que rondaría los veinte, o quizás menos. Les presté atención durante toda la cena. Se sentaron a dos mesas de la mía. Los padres hablaban mucho pero ella apenas participaba. Tenía esa edad en la que se aburría de estar con ellos, claro. Imaginé su cara siendo penetrada por mi miembro y me acudió una súbita erección. Ella podía ser sin duda mi elección. Mi atención ya estaba sobre ella.

Cuando subieron a su habitación después de cenar, dejé la cena (acabada ya hace rato) y subí tras ellos. Ocurrió algo increíble, y es que la chica se quedó mirando un baile que tenía lugar en la sala de reuniones. Los padres no parecían interesados ni lo más mínimo por las actividades del hotel. La chica les dijo a sus padres que se quedaría viéndolo y ellos subieron solos. Era mi oportunidad, ahora o nunca. Me metí yo también al baile y me senté a su lado, descaradamente. Ella no dijo nada, me miró y me sonrió. Estoy seguro de que le resultaba atractivo. Miramos el espectáculo durante cinco minutos y decidí romper el hielo. Le pregunté si era nueva en el hotel. Me dijo que sí, y que se aburría. Yo le dije que aquello tampoco era muy divertido que digamos. Se río. Salimos fuera con un gesto de complicidad. Me la estaba ganando, no me podía creer lo bien que me iba. Una vez fuera nos presentamos, me dijo que se llamaba Laura.

-¿Qué me puedes enseñar que me divierta en este hotel?- No pude evitar pensar mal de esa frase, pero era evidente que ella no pensaba lo mismo. Me parecía bastante inocente.

-Mi habitación es una suite. Es lo más chulo que vas a ver en el edificio. Y tiene un jacuzzi.- Los ojos de Laura se abrieron como platos y me suplicó ir a verlo, que tenía mucha curiosidad. No perdí el tiempo y subimos en el ascensor hasta la última habitación.

Entramos a mi suite. Lo primero que hizo Laura es correr hacia el jacuzzi.

Le mostré el jacuzzi encendido, con todos sus chorros y burbujas en acción. Ella chilló de emoción y me dijo que sólo los había visto en las series de la televisión. Con gran malicia en mis pensamientos, pero aparentando total serenidad, le pregunté:

-¿Te gustaría bañarte en él?

Laura cambió la expresión de emoción en su cara por una de desconcierto.

-¿Qué? ¿Cómo iba a probarlo?

– Te dejo, si me lo pides. ¿No ves? – le dije tocando el agua con mi mano y animándola a ella a hacer lo mismo – El agua está templadita, en su punto.

Los finos dedos de Laura tocaron el agua transparente. Añadí un baño de sales y un gel de burbujas que cambiaron por completo el aspecto de la bañera redonda, haciéndola mucho más íntima. A los pocos segundos se formaron grandes cantidades de espuma en la superficie, y se podía percibir un aroma a lavanda.

Laura miró asombrada esta formación, mientras me dijo:

– No me refería a eso. Quería decir… que estoy en tu habitación, el jacuzzi es tuyo. No puedo venir cuando sea.

– No seas tonta, pequeña. Te estoy diciendo que te bañes ahora.

Ella se sonrojó. Era mi momento de insistir…

– Pero… – titubeaba.

– Es una oferta limitada, sólo por esta noche. No tendrás otra oportunidad de bañarte en el jacuzzi de una suite de un hotelazo como éste. Por cierto, aún no has visto la ducha de hidromasajes.

-¿¿También hay de eso?? ¡Es una pasada!

– Sí. No puedes dejar pasar esta oportunidad.

Ni yo la de metértela en el coñete.

Laura vaciló otra vez, pero ahora le costó mucho más pronunciar las palabras y desvió su mirada de mis ojos.

– Esto no está bien. Yo no te conozco. Y meterme aquí en bikini contigo, no me parece lo más apropiado…

– Cierto, no me conoces. Y por eso cometes un error. Yo tengo una novia a la que quiero mucho. Vine de vacaciones con ella.

– ¡Aah! ¿Está aquí, contigo? ¿Qué pasa si me ve?

– No, tranquila. Ella tuvo un asunto de trabajo y tuvo que volver a la empresa esta misma mañana.

-¿Y por qué no volviste con ella?

– Lo acordamos así. Habíamos pagado esta estancia porque venía incluida en un paquete vacacional. Si yo también me iba, no nos iban a devolver el dinero de ninguna forma. Por eso ella decidió que me quedara. Yo no quería realmente, porque me iba a aburrir mucho yo solo, pero ella insistió. Es un encanto. Y esta mañana, sin despertarme, recogió todo lentamente sin hacer ruido. La despedí cuando me di cuenta de que salía por la puerta. Ya ha llegado a casa, perfectamente y mañana se incorpora a la oficina.

Tenía esa mentira preparada, en parte porque me serviría para explicar algún otro asunto más adelante. Estaba bastante seguro de que sonaba creíble, y en efecto, a ojos de Laura, así fue.

– Qué buena es tu novia. Debes quererla mucho.

– No te falta razón. Pero esto resulta tan aburrido, se me queda grande sin ella. – Suspiré para demostrar mi historia y volví a la carga – Bueno, entonces, ¿qué me dices ahora del jacuzzi?

– ¿No se enfadará tu novia si se entera?

– No lo haría. Pero además – y esbocé una pícara sonrisilla- no veo por qué tiene que enterarse.

Laura me replicó la sonrisa, para su sorpresa. Creo que empezaba a darse cuenta de cosas, aunque en ese momento no sabía cuales fuesen. Quizás pensaba como una niña, que disfrutaría de una sesión de jacuzzi e hidromasaje sin pedir nada a cambio. O quizás pensase como una guarra, que iba a cepillarse a un tío macizo en una suite. Pero la verdad es que me pareció más bien lo primero. De repente, dio un par de vasos en dirección a la puerta que daba al pasillo de las habitaciones.

– Vale, ¡pues voy a por el bikini! – me dijo.

Malo no, peor. Si salía de la habitación, era probable que no volviese, pese a su decisión. Y si aún así volvía, podía encontrarse con sus padres de camino y si les daba alguna explicación, mi plan se echaba a pique por completo. No podía permitir que se fuese, pero tampoco que se me viese mucho el plumero.

– Relájate, Laura. Mira, ni la bañera ni yo nos vamos a mover de aquí. Hay tiempo. ¿No te parece algo de mala educación, el venir simplemente a bañarte y ya está? No me has contado nada de ti. Ven, siéntate y hablemos un poco. – Me senté en el sofá y con un gesto de la mano le ofrecí acomodarse a mi lado.

Laura pareció contrariada. Pero pensó que yo tenía razón y censuró su acto de ir a por el bikini, y lo atribuyó a un interés completo por su parte. ¿Dónde quedaba la educación? Se fue acercando.

– Sí, lo siento, iré más tarde a por él.

Laura se sentó en el sofá opuesto al mío. No me gustaba tanta lejanía, pero poco a poco iría surgiendo algo más, pensé para mí.

Tenía varias sorpresas para Laura, como iréis viendo, aunque dudaba en qué orden mostrárselas. De mientras, iba sacando con sacacorchos algunas frases de los labios de la tímida chica.

-¿Cuántos años tienes?

-18, recién cumplidos el mes pasado.

-¿Y cómo así andas con tu familia por aquí? ¿Os gusta Galicia?

-Bueno… En realidad lo elegimos al azar. Estábamos cansados del Mediterráneo y mi padre decidió cambiar de rumbo esta vez.

Pensar que estaba aquí por casualidad me dio que pensar. Estaba siendo muy afortunado, no podía dejar escapar a esa criatura. Laura seguía mirándome poco a los ojos, pero contestaba mis preguntas invariablemente.

-¿Y hasta cuándo os quedaréis?

-Acabamos de llegar hoy. Por lo menos estaremos una semana. Hemos pensado varias excursiones.

Así nos tiramos unos diez minutos de charla. Estaba tentado de preguntarle a Laura sobre su relación sobre el sexo, la cual esperaba que fuese, más que escasa, ninguna. Pero todavía seguía pareciendo muy distante, y una pregunta tan directa podría coaccionarla negativamente. Me contuve. No obstante, decidí pasar a la acción por otro método. Cada minuto que pasábamos podría ser preciado y no podía consentir que se marchase. Así que decidí revelar una de mis sorpresas.

-¿Tienes sed?

-No, no quiero beber nada. – Aunque no parecía muy segura de lo que acababa de decir, porque movía sus manos nerviosamente.

-Oh, vamos, Laura, déjame que te invite a algo, me sabe mal no habértelo propuesto antes. En el minibar de esta suite hay todo tipo de bebidas. Aunque el alcohol aún no es para ti.

Laura me pidió una Coca-Cola. Le dije que también había light y la prefirió. Le dije que esperara mientras iba a servirle. Se quedo sentada en el sofá, mirando la habitación, la cual todavía le tenía embelesada.

El minibar estaba oculto tras una media pared donde también había muchos vasos, lo cual era perfecto para preparar mi treta. Abrí la nevera y cogí el refresco. Saqué un par de copas altas y de la nevera también saqué hielo. Sólo eché hielo en una de las copas, donde también serví un ron Santiago de Cuba que era una más de mis pasiones. Para la copa de Laura tenía preparado un fármaco potentísimo. Podéis pensar de mí lo que queráis. No me gusta abusar de estas tretas tan rastreras, pero no siempre es fácil conseguir el beneplácito de una virgen y tenía que ganarme a esta chica cuanto antes. Luchaba contra el tiempo. Desde que llegué al hotel había preparado el fármaco disolviéndolo en agua y haciendo hielos con él. Esos hielos, que estaban apartados en una cubitera roja serían en aderezo de su Coca Cola Light. Pero como sabría que el hielo tardaría en disolverse y hacer efecto, estuve tentado de añadir más fármaco en polvo a la copa. Al final lo hice, añadí una buena cantidad al fondo del vaso, puse cuatro hielos y vertí el refresco encima, cuyo gas camufló perfectamente la mezcla. Además, el fármaco es completamente insípido. Adorné la copa de la chica con una sombrillita de papel. Me llevé también el resto de mi botella de ron.

Cuando ella me vio traer la copa desde lejos parecía encantada.

-Muchas gracias, no tenías por qué hacerlo.

-No hay de qué, hoy eres mi invitada.- La mejor invitada que podía desear, después de que le abriese sus muslos dentro de un rato…

Laura bebió de la copa con ahínco. Se tragó un cuarto de la copa. No me convenía que la bebiese tan rápido, también el fármaco del hielo debía deshacerse. Así que le di más conversación.

Laura, que ahora parecía mucho más comunicativa, me habló sobre sus aficiones. Me dijo que le gustaba la gimnasia rítmica.

-No me lo puedo creer- dije.

-Sí, la practico desde los 8 años. Aunque lo tuve que dejar a los 13, muy a mi pesar. De todas formas aún sigo de cerca todas las competiciones y tengo muchas amigas en campeonatos.

-¿Por qué lo tuviste que dejar?

Laura se mostró cohibida y desvió la mirada hacia la alfombra.

-Bueno, no puedo decírtelo…

Creí entender la razón, pero la tranquilicé.

-Bueno, tranquila, no pasa nada. ¿Pero me lo dirás más tarde? ¿En el jacuzzi?

Laura se empezaba a sonrojar y seguía con la vista fija al suelo. Me preguntó si por favor podríamos cambiar de tema. La timidez de la chica encajaba mucho con la de la virginidad que se guarda celosamente. Aún debía comprobarlo. Pronto ocurriría…

Mi ron cubano empezaba a estimular mis sentidos, en especial el sexual. Rellené mi copa. Detectaba en el aire el aroma de la tierna chica que ocupaba mi sofá, que ocuparía mi jacuzzi y después acogería a mi miembro, según mis planes. En mi reloj pude ver que ya eran las 11 pasadas. El hielo de la copa de Laura empezaba a hacerse pequeñito, a tiempo que sus pequeños sorbos se iban contaminando de mi droga especial.

Le conté a Laura un poco sobre mi trabajo. No era muy interesante, y no pude conseguir que se interesara mucho por él. Pero tuve más éxito cuando le hablé de los ratos que pasaba en el gimnasio. La chica no sólo preguntó cuánto me ejercitaba, sino que parecía comprobarlo a la vez mirando mi musculatura. Manifesté que le había pillado haciéndolo. Bebí una vez más y le pregunté.

-¿Quieres ver?

Laura casi deja caer la copa de la impresión que se llevó.

-No…

Estaba roja como un semáforo. Pero ya sabía que ese no era un sí, y quizás fuese una forma de empezar. Lentamente me puse de pie y me quité los primeros botones de mi camisa. Laura tenía los ojos desorbitados y era incapaz de despegarlos de mi torso, pero bebía del refresco para intentar disimular el interés. El hecho de que la chica intentase enmascararse con ese gesto que no hacía más que servírmela en bandeja, aunque ella ignoraba lo que bebía, empezó a ponerme cachondo. Una vez hube acabado de desabotonar la camisa, me la quité, sin sensualidad, mostrándole rápidamente el resultado de mis años de culturismo. Laura miraba hipnotizada mis brazos, mi abdomen… Quizás era más de lo había visto nunca. No se le olvidaría. Yo me encargaría de que así fuese.

Me acerqué intencionadamente a ella. Vi que intentaba alejarse ligeramente, pero yo ya me había sentado al lado suyo y la miraba fijamente. La chica estaba muy nerviosa.

-¿Qué? ¿No me vas a decir nada? Ya sé que no soy gran cosa…

Laura acabó de beber otro trago y contestó tímidamente:

-Yo… no para nada… quiero decir, que estás… tremendo.

Me reí para mis adentros. Ya me la había ganado, era casi mía.

-¿Te lo parece ee? Guau, ni siquiera mi chica me lo dice. Eres la primera.

Al mencionar a mi (ficticia) novia, sabía que la hacía sentirse presionada por estar deleitándose mirándome tan lascivamente cuando no debería, y eso aumentó su nerviosismo. Y aquí empezaba parte de mi ataque:

-Después de todo, es un piropo más elevado de lo que creía. Esto viene de una gimnasta, o exgimnasta, nada menos. Tú si que entiendes de cuerpo y figura. Aquí estamos, enfrentados, dos personas que tratamos sobre cuidar nuestro cuerpo. Es curioso, ¿eh?

Laura pareció encantada con esa comparación. La estaba acercando a mí, aunque el recuerdo de la otra chica aún siguiese obstaculizándole. Le dije que podía tocar si quería. La chica estaba deseándolo, pero se cortó y sólo me tocó el brazo derecho, por la zona del bíceps, y comprobó su dureza. Yo miraba sus pechos a través de la camiseta, pues estaba vestida tan puramente que no había escote ninguno. Pero la tela no podía obviar esas redondeces. Eran bastante grandes, más de lo que hubiese pedido, y no parecían acompañar a esa figura estilizada. Pero me gustaba esa combinación. El tacto de esas suaves manos, para la cantidad de alcohol que yo llevaba, me empezaba a hacer delirar. ¿Sería realmente virgen? Romperle el himen sería una gozada, no ponía posponerlo mucho más. Me di cuenta de que era el momento óptimo del jacuzzi. Aquí es donde debía mostrarle otra de mis sorpresas, preparadas para chicas como ella.

Me alejé un poco de ella, cortando el deseo entre nosotros pero dejándolo ardiendo bajo la piel de la jovencita. Le advertí sobre que había llegado la hora de usar el jacuzzi. Me pregunté para mis adentros si estaría tan caliente que querría meterse desnuda conmigo dentro, pero lo creí poco probable. Por eso guardaba una colección de bikinis de distintas tallas por si llegaba esta ocasión.

Laura volvió a la carga con la imperiosidad de ir a por el bikini a su cuarto. Pero la retuve a tiempo.

-No hace falta bajar a tu cuarto. Puedes usar uno de los de mi novia.

-¿Qué? Pero… ¿no se molestará?

-Ni se va a enterar. Ahora que ella no está ahí quedan en el armario, muertos de risa. Podrías darles un uso. Mientras no te lo quedes…

-¡Yo no haría eso!- chilló divertida Laura y yo también me reí.

Me acerqué a un armario colosal en un lateral de la suite. Estaba bastante vacío debido a su gran tamaño, pero yo sabía donde quedaba exactamente lo que buscaba. Di un vistazo al cuerpo de la joven mientras mentalmente lo asociaba a una talla de bikini adecuada. La chica era delgada, como ya había dicho, pero tenía una delantera bastante notable. Elegí aposta una talla menos, para que le quedase algo apretada y resaltase mejor sus curvas. Además, con ello me excusaba, porque al decir que era de mi novia todos tenían la misma talla y no podía darle otra. Le tendí un bikini de color rosa, que me parecía adecuado para la piel pálida que ella tenía. Tenía una cinta estrecha entre las telas que separaban los pechos y la tanga era también algo discreta. Ella lo cogió, muerta de vergüenza. Y le volví a asegurar que no había nada de malo en ello, que podía probárselo. Laura miró a su alrededor hasta localizar al baño y con el bikini en la mano, se dirigió hacia allí y entró sin vacilar.

Era justo lo que esperaba que hiciese. Sabía que buscaría algún lugar oculto y el baño era lo único que había. Pero el baño tenía una sorpresa más, y es que había instalado un par de minúsculas cámaras que me iban a permitir verla en la intimidad de su probador. Me estaba adelantando a lo que tendría por momentos, pero es que mi sangre ya hacía tiempo que hervía al pensar en aquel cuerpecito. Abrí mi ordenador, que tenía conexión con lo que retransmitían las cámaras. Laura estaba entre los azulejos blancos, y el conjunto me parecía una imagen muy pura. Se empezó a quitar la horrible camiseta tan monjil que llevaba. Inconscientemente, se había colocado de espaldas a una de las cámaras, pero la otra captaba su perfil correctamente. Una vez se la levantó apareció un sujetador de encaje negro bastante aparatoso (apostaba a que era su madre quien elegía esas prendas tan poco resultonas). Me di cuenta de que tenía un pecho generoso debajo de esa camiseta, algo que me apetecía ver pero más sentir entre mis manos.

Dejó la camiseta sobre la cisterna del váter y miró hacia la puerta. Vi que su cara seguía teniendo una muestra de preocupación, me miraba con algo de temor desde detrás de la puerta del baño. Desabrochó el botón de sus vaqueros y le vi descenderlo lentamente, mientras no perdía la vista de la puerta. Sin duda debía seguir sintiéndose insegura ante mí. Su mente estaría pensando que esto no estaba bien, bañarse con un desconocido, pero el jacuzzi le había hipnotizado y quería probarlo. No podía ver en su cara que sentiría respecto a la idea de acabar teniendo sexo conmigo. Sus pantalones bajaron y me dejaron ver las braguitas negras que llevaban, tan poco estimulantes como el sujetador negro a juego. Pero me congratuló ver que sus nalgas eran firmes, sin ser exageradamente grandes y daban como resultado un culito respingón. En ropa interior, Laura tomó la parte inferior del bikini en una mano y comenzó a bajarse las bragas. Me enervé un poco porque en la posición que estaba era difícil que las cámaras pudieran captarle la rajita. Si que pude observar las nalgas, que me parecieron perfectas y pálidas, casi reflejaban la luz del baño. Las braguitas tocaron el suelo y en el momento en el que Laura separaba las piernas para ponerse la tanguita del bikini pude apreciar su intimidad. Aunque las cámaras hacían que no se viese muy bien la zona, estaba increíblemente depilada (se ve que hay chicas a las que les molesta el vello desde niñas, eso me han contado) y la rajita aparecía discreta, como si se quisiese esconder. Rápidamente, sólo fue un instante a mi vista porque la tela de la tanguita volvía a taparla. Se ajustó las cintas de la tanguita atándoselas fuertemente a las caderas. Es verdad que le tapaba mal el culo, pero como si eso fuese un problema. Laura tenía prisa por cambiarse, como si pensase que podía entrar a violarla. Qué ingenua, lo tenía todo tan bien tramado…Dentro de poco ella no podría evitar su violación. Se quitó el sujetador desde atrás y las tetas de la chica saltaron, parece que estaban un poco a presión. Eran de una redondez perfecta, luchaban bien contra la gravedad, tan grandes color mi mano y las coronaban unos pezones vistosos de color rosa. La parte de arriba del bikini las cubrió pero el canalillo que se veía entre ambas era tremendamente obsceno. Laura se fijó en el espejo y se tocó las tetas, recolocándolas. No le gustaba como le ceñía y parece que le apretaba, cambió la holgura del nudo… Se miró una vez más en el espejo. Se quitó la goma de la cola de caballo y el pelo negro le cayó por los hombros y la espalda. Estaba alucinante. Mirar ahora ese cuerpo en bikini, a punto de introducirse en la bañera del sexo me hacía enloquecer. A duras penas conseguiría disimular la erección, pero por otra parte no hacía falta hacerlo. Ya cada vez me importaba menos mi discreción. Contuve mis ganas de pelármela.

Laura cogió toda su ropa. En ese momento cerré el portátil y unos segundos más tarde abrió la puerta del baño. No sospechó nada. Ahí estaba, ese cuerpo de diosa frente a mi, y no de forma virtual como antes. La miraba de arriba abajo y superponía las imágenes de sus pezones y conejito que había visto antes sobre el bikini. Le dije que estaba impresionante.

-Gracias… Me está apretando un poco el sujetador, pero me queda bien, ¿verdad?

-Estupendo, nena. Estás de infarto.- Con esas palabras conseguí lo que buscaba, hacer que se ruborizara de nuevo.

-A tu novia no le importará, ¿verdad?

Le quité importancia de nuevo y le animé a que nos dirigiésemos al jacuzzi. Ella recalcó que yo aún no me había puesto el bañador. Le indiqué que se fuese metiendo por la escalerilla mientras yo me cambiaba. El jacuzzi seguía con un buen nivel de espuma y Laura pulsó el botón que activaba los chorros. Se metió por el lado de la escalera y comentó que el agua estaba muy buena. Se quedó en el borde mirándome. Yo cogí un bañador de un cajón del armario y me bajé los pantalones. Eso sorprendió a Laura, que desvió la mirada. No me importaba que viera ya lo que iba a tener clavado en la vagina en un rato, pero al parecer a ella sí. Me quité los calzoncillos y me puse un bañador negro de pata larga sin gozar de la mirada de Laura, muy fija en las burbujas del agua. Su timidez era excesiva. Cogí su refresco, quedaba ya apenas dos dedos de líquido y los hielos ya no estaban, y lo acerqué al borde de la bañera para que acabase de beberlo. La chica lo tomó y se lo bebió todo. No pude evitar soltar una sonrisilla. La muy ingenua no sabía que dentro de ella ya estaba haciendo efecto desde hace tiempo la droga, yo le daría unos quince minutos más y estaría perdida. Perdida y en mis brazos, a mi merced total. Y no podía hacer nada por evitarlo.

Me metí en la bañera justo enfrente de ella, procurando enfilar mi paquete para colocarlo frente a ella al sumergirme. Volvió a desviar la mirada. Cada vez me parecía más cómica la situación. Laura estaba sentada tocando algunas de las burbujas y sentada encima de una de los chorros, disfrutando de las ondulaciones sobre su cuerpo. Empecé sentándome delante de ella y le pregunté si le gustaba estar allí. Ella estaba fascinada:

-¡Es tan chulo! No me imaginé jamás estar en uno… El agua está calentita y los chorros me hacen cosquillas. Es tan relajante…- dijo mientras echaba su cabeza hacia atrás.

Calentito estaba yo hace rato. Seguí comentándole algunas cosas sobre mi posición económica y sobre cómo me podía permitir algunas veces darme estos placeres con lo que ganaba durante el año. Ella me escuchaba atentamente mientras su cuerpo se estregaba al jacuzzi. Mientras tanto me iba acercando lentamente a ella, pero sin disimularlo. Ella, quizá como muestra de gratitud, no se apartaba. Cada vez había menos burbujas y a través del agua podía distinguir parte del bikini y aquellas dos bolas de carne… Miré el reloj y me di cuenta de que el efecto del fármaco estaba a punto de llegar y no me demoré más. A partir de aquí comenzaba mi ataque. Empecé por inquirir algunas cosas de interés.

-¿Tienes novio? Eres muy guapa.

Ella negó con la cabeza. Me dijo que nunca había tenido, y que tampoco era de las que se liaban porque sí con chicos. ¡Tenía todas las papeletas de ser virgen! No pude resistir ya el desarrollo de una erección feroz, mi cuerpo me pedía poseerla. Quise inquirir un poco más.

-Laura, antes me habías dicho que dejaste la gimnasia. No me has dicho el motivo. Dijiste que en el jacuzzi me lo contarías.- Laura aparentemente no quería contarlo, pero seguía inmersa en la bañera por invitación mía y debió parecerle malo no contestar.

-Me dijeron que con el tamaño de mis pechos no podía seguir compitiendo. El crecimiento había sido excesivo y no me permitía suficiente movilidad en los ejercicios. Me propusieron hasta operarme para reducirlo, pero de eso ni hablar. Yo no quiero cambiarme a mí misma.

Era justo lo que sospechaba. Muy sensual. Me fijé en que tenía los brazos fuera de la bañera, apoyados en el borde. Las manos cogían con fuerza el borde. Esa iba a ser mi señal.

Le dije que entendía que le diese vergüenza contarlo, pero que al fin y al cabo ya había entre nosotros algo de confianza, ¿no? Ella asintió y me sonrió. Esa era la última sonrisa suya que iba a ver yo. Le conté que a mi novia inventada le encantaba el jacuzzi y jugar con la espuma. Que recogía la espuma y la ponía sobre su cuerpo, y después se quitaba el bikini pero ocultaba sus partes con la espuma. A mi me gustaba mucho que lo hiciese, porque me excitaba sobremanera pensar que la espuma, más blanda que el papel, fuera la única separación entre ella y yo. Laura no parecía muy encantada de oírlo, quizás por el alto contenido sexual de la escena o por mencionar de nuevo a mi novia cuando estábamos los dos solos. Miré una de sus manos en el bordillo. Paulatinamente, la fuerza con la que asía el borde empezó a decaer, los dedos habían perdido fuerza y se desparramaban por el borde. Gracias a eso supe que había llegado la hora.

Empezaba lo bueno.

-Mira, a mí también me gusta imitarla.- recogí grandes cantidades de espuma y me erguí un poco, hasta que me sobresalió el ombligo por la superficie del agua. Subí un poco más. La espuma me tapaba la entrepierna. De repente saqué del agua con una mano el bañador negro que me había quitado sin que se diese cuenta y lo tiré a la habitación.- ¿Lo ves?

Laura se fijó muy sorprendida en el montículo de espuma que cubría el lugar donde estaba mi sexo. Se fijó en el hombre completamente desnudo delante de ella. Chilló fuerte.

-¡Eres un degenerado! ¡Basta, me voy de aquí!- Pero la pobre Laura no pudo cumplir sus palabras. La mano que asía fuertemente el borde se había vuelto flácida. Laura parecía no poder moverse muy bien…

No os he contado el efecto de la medicina que le disolví en el vaso. Es una mezcla potente de varios fármacos que conllevan un efecto de parálisis muscular leve, pero suficiente. Quien lo toma no puede contraer sus músculos para realizar ejercicios comunes y queda relajado. No puede imprimir fuerzas con sus músculos, y el golpe más fuerte que pudiese producir sería una caricia en mi piel. No obstante, respeta la capacidad del habla. Tiene también un ligero efecto sedante, pero además aumenta la sensibilidad. Antes de que sólo penséis que es afrodisíaco, os diré que no es eso por lo que me interesa. Si incrementa las sensaciones, no sólo el placer, sino también el dolor se ve magnificado. Me comentaron cuando me lo pasaron que las sensaciones placenteras se multiplican por dos, pero las dolorosas casi hasta 10 veces más. Por eso las cogí. La rasgadura del himen de una virgen estrecha sería tremenda para ella bajo los efectos de esta droga. Por eso la elegí para Laura. Inhibía así su huida y potenciaba su sufrimiento ante la brutal follada que le iba a pegar.

-¿Qué me está pasando? – Laura intentaba salir de la bañera impulsándose pero no lo conseguía. Intentó agarrarse a la barandilla, pero no conseguía llegar a subirse a ella. Sencillamente, ya no tenía fuerza ninguna. – ¡No puedooo! ¡No puedo moverme normalmente!!

Yo salí de la bañera con calma y en pelotas. Me dirigí hacia una esquina y cogí un par de toallas, que eché en la cama. De mientras le iba contando lo que pasaba con lo que se había bebido y la relajación muscular. Le conté que mi novia no existía, pero que hacía encajar bien todo el planteamiento de mi historia anterior. Le dije que tenía garantizada una hora de cuasi-parálisis en la que no iba a poder hacer gran cosa. No huiría. La pequeña Laura se revolvió, intentó una vez más con rabia impulsarse para salir de la bañera, pero sus manos se desparramaban sin control por el borde y los brazos parecían dos espaguetis. Era cuestión de tiempo que admitiese su impotencia. Me acerqué a ella y empecé a acariciar mi potente miembro delante suyo. Le dije que le esperaba un buen rato a mi lado, le conté cuanto la deseaba desde que la había visto, y que todo el tiempo había tramado meterle esa polla en su conejito sin piedad. Laura ahora tenía una expresión entre la rabia de haberse dejado engañar y estar ahora drogada y la desesperación de no poder ni siquiera intentar huir. No podía perder mucho más tiempo, es posible que sus padres la estuviesen buscando y no podía perderme romper ese himen antes de que me pillasen. De modo que me acerqué a donde ella estaba sumergida, la cogí del abdomen y la alcé del agua. Su cuerpo salió chorreando, con el bikini mojado tapando por poco tiempo sus partes íntimas. No pesaba gran cosa, y menos para mí que contaba con una gran fuerza. La tomé en mis brazos, como si la llevase al lecho nupcial. Ella intentó moverse sin conseguir grandes avances. La tiré en la cama encima de las toallas y cayó boca arriba con el ruido sordo de un saco. Empezó ahora a gritar:

-¡Déjame, pervertidoooo! ¡¡¡Socorro, este cabrón me va a violar!!! ¡No me toques, cerdo asqueroso!- gritaba Laura colérica.

-Te vas a desgañitar para nada. Esta suite es de lo mejor. Está insonorizada, para que el cliente pueda escuchar la música a todo volumen sin molestar, o violar dulces chicas jóvenes sin ser molestado.- Mientras se lo decía y ella insistía en gritar más, cogí una toalla y empecé a secar sensualmente su cuerpo mojado. Lo que tenía delante de mí era una chica de 18 años, de pelo negro como la noche, de ojos color miel y piel pálida, vestida con un bikini rosa prieto que marcaba unas nada despreciables curvas que ya había fisgado y pronto recordaría. La tierna Laura…

Empecé a secarle la piel por la parte delantera del tronco, le sequé el cuello y bajé a los senos. Pasé la lengua sobre su cuello, tan frágil…En ese momento agarré con mi mano su barbilla, delicada y suave y acerqué mis labios a su boca. Le di un beso para callarla. Sus ojos se abrieron sorprendentemente. A continuación y sin dejarle asimilarlo, metí mi lengua en su boca hasta su garganta, oprimiéndola y asfixiándola al tiempo que el sentimiento de placer erguía con fuerza a mi miembro. Me despegué de ella, dejando mi abundante saliva en su interior. Ella tosió y se quejó. Me congratuló ver que tenía una garganta apta para recibir mi gran verga. Cambié mi postura para introducir mi sexo en su boquita. Sabía que si intentaba morderme no tendría la suficiente fuerza. Le dejé tocar, o más bien puse su mano encima de mi tronco para que lo reconociese. Ella apartó la mano. Le abrí la boca con la mano y le metí la polla. Tiró la cara hacia atrás del asco que parecía darle. Su boca estaba muy húmeda y cálida, deslicé más centímetros dentro de ella. No se hizo esperar e intentó hincarme los dientes en el rabo. Le di una sonora bofetada. Ella se deshizo en lágrimas por primera vez, pero ya no volvió a intentarlo. Metí hasta cuando parecía que le daban arcadas, después de todo 23 cm de largo y este grosor no son para que se los trague cualquiera. Mi rabo estaba deseando ser estimulado y moví hacia delante y hacia atrás para sentir sus labios, su paladar y su lengua, la cual se negaba a chupármela. Me estaba dando buen placer la putita virgen esta. Normalmente era raro que se ofreciesen a chupármela durante una violación, evidentemente, por eso los efectos de la droga me gustaban, porque permitían estas maravillas. Laura tenía una cara realmente obscena con más de 10 cm de carne gruesa y caliente de macho metidos en su boca. Empecé a follármela por la boca para darme gusto. Me ponía muy caliente, sobre todo ver su expresión lastimera pero resignada a dejarme que yo moviese su cabeza hacia delante y atrás, recorriendo una comida prohibida que nunca antes había caído en sus manos. Sin embargo, paré al de poco. No quería correrme, evidentemente. Mi preciado semen era todo para mezclarlo con la sangre virgen de su coñito. Saqué mi polla de su boca y ella escupió inmediatamente, tosió. Se le veía mala cara. Me chilló que por favor la dejara, que si quería me la chupaba de nuevo, pero que no la violase.

-¿Tú eres tonta? Me la chupas cuando quieras, pero esto que acabas de tener en tus labios va a traspasar tus otros labios, los que hay bajo esa tanguita.

-¡Nooo! Sequé parte de su tronco con la toalla, pero urgía quitarle la parte delantera del bikini para poder hacer lo propio con sus tetas. Incorporé su cuerpo ligeramente para poder deshacer el nudo a la espalda. Las manos de Laura rodearon mis brazos e intentaban impedírmelo, pero no tenían ningún efecto. Aparte de que yo era mucho más fuerte, ella estaba drogada y no podía imprimir fuerza alguna para apartarme. Así que las sentí como caricia mientras deshice el fuerte nudo. La volví a tirar contra la cama y estiré para sacarle el sujetador. Las cintas se deslizaron por sus brazos y la húmeda tela se separó de las lascivas tetas que ocultaban. Tiré lejos de la cama el bikini. Aparecieron sus lujuriosos pechos ante mi vista. Eran tal y como uno podía desear. Eran las tetas demasiado grandes para hacer gimnasia, pero perfectas para el acto sexual, para hacer todo tipo de guarrerías con ellas. Las miraba extasiado. Laura, que intentaba taparlas con sus manos, mostraba su ira por estar expuesta. Aproveché para secar la humedad del jacuzzi de sus tetas.

-Tienes unas tetitas bien ricas, Laura. Me encantan. Y a mucha gente seguro que también les gustarán. Te impidieron dedicarte a la gimnasia, pero son un buen regalo. Desequilibrarían tus ejercicios, pero con ellas todavía puedes ganarte muchos favores.- Retiré sus manos, blandas como flanes de mi vista y abalancé las mías sobre esos montículos. – Me gustan tus pezones rosaditos y centrados, en proporción con su areola, el tamaño de estas carnes, la inmaculada piel blanquita de tus pechos, eres preciosa… Y eres toda mía, Laurita, así te voy a llamar. – Mis manos tocando esos pechos suaves y tersos me hacían enloquecer. Apreté lentamente esas tetas entre mis manos para comprobar su dureza, jugueteaba con ellas y las movía, para juntarlas y marcar un canalillo de impresión. Laura estaba muda. No le había comentado el efecto sobre el placer y el dolor que tenía la droga que estaba ahora por todo su cuerpo. Iba a dejar que ella misma se diese cuenta. Masajeé tiernamente ambos pechos a la vez y toqué por primera vez sus pezones, acariciándolos y tocándolos cada vez más deprisa… Laura empezaba a sentir algo que no podía disimular en su cara-

-Aaah, déjame, eres un sucio, cómo te atreves… No me sobes…- Pero en el fondo de esas palabras podía intuir un ligero conformismo.

Me abalancé sobre sus delicados pezones una vez más, moviendo mi cuerpo para tapar a esa chiquilla que estaría desnuda de no ser por la parte inferior del bikini rosa. Mi cuerpo eclipsaba su figura. Abrí mi boca para que mi lengua tantease el pecho izquierdo de la nena, un surco de saliva se fue quedando sobre su piel blanca como el yeso, que contrastaba con algunos mechones de su cabello que caían sobre sus hombros. Laura intentaba no mirarme. Sin más dilación, mis labios atraparon su pezoncillo. Mi lengua se deslizaba graciosa alrededor de él, reconociéndolo, rodeándolo y sin darle tregua. Hasta que acabé chupando de él con fruición como si fuera un caramelo, y hacía succión con mi boca, con movimientos rápidos que ya controlaba bien. La excitación era casi instantánea sea cual fuese la portadora de los pechos. Y Laurita no era una excepción, como no tardó en demostrar.

-Tonto, déjameeeee, no me chupes, que asco… Aaaaah, nooooo lo hag…. ¡AAAAAHH! ¡AAH! Dios… ¡Aahhh, siiii! – chillaba Laura con evidente placer, que ahora me contemplaba con desconcierto y parte de ira. No quería lo que estaba ocurriendo, pero no podía resistirse a ello. Laura soltó algunos gemidos más, pero me pedía que la dejara, mientras chupaba con más ahínco su pezón y mis manos procuraban masajear placenteramente sus pechos. La chica estaría pronto al borde del delirio. Estando como estaba, sobre ella, me fijé en que mi erección tocaba la tela del tanga, de la cuevita que yo quería poseer.

Y de repente, cambié mi ejercicio. Mis manos empezaron a apretar fuertemente sus tetas, clavando mis uñas y en la boca saqué a relucir una hilera de dientes que se calvó sobre su pezón y le di una dentellada bien medida. La reacción fue instantánea.

-¡AAAAH, pero serás bestiaaa! ¡PARAAA! Dios, que me dueleeee, no muerdas, ¡AAaaaaaH! Mis tetaaaas… ¡Jodeeer! – Laura volvía a reflejar el sufrimiento en su cara, chillaba como loca pero no conseguía ni siquiera revolverse. Me detuve algo más en mi muestra de sadismo. La tenía gritando improperios contra mi y quejidos de dolor, y me empezaba a gritar sobre manera. Con una teta aún en mi boca, bajé mis manos a su entrepierna. Pasé mi mano sobre la tela del bikini, reconociendo su rajita, tan blandita. Sus muslos también resultaban tremendamente atrayentes. Estaban depilados, como sabía que también lo estaba su monte de venus. Mis manos fueron por fin a sus caderas y tiraron de la mojada tanguita hacia abajo. Me costaba moverla por la humedad, que la dejaba pegada a su piel, pero con hábiles movimientos deshice un nudo lateral del tanga. Laurita, que seguía sufriendo las mordeduras, pareció sentir que algo pasaba también en su pelvis, pero el dolor la eclipsaba y no prestaba atención. Paré de magrearla porque quería que fuese consciente de que en ese momento quedaría completamente desnuda. Me incorporé y me puse de rodillas, con las piernas a ambos lados de sus muslos y mi enorme miembro apuntando al techo. Las tetas de la pobre chiquilla estaban rojas por la inflamación y tenían marcas de dientes. Las lágrimas bañaban las mejillas de Laurita, que sufría desconsoladamente por el estado de sus senos.

– Esto es lo que me queda ahora por descubrir de ti, pequeña… Quiero verte el coñito. Fuera bragas, he dicho.- Jalé la tanguita, ahora fácil de quitar y la bajé por la pierna donde aún seguía atada.

-¡Noooo! ¡Por favor, eso nooooo! ¡No mires mi rajita! – Sus manos fueron a cubrir la zona pero las aparté de un manotazo, eran como de gelatina.

Pude ver por fin lo que realmente me interesaba, la cuidada entrepierna de mi presa. La tanguita colgaba de su pierna, mostrando alegóricamente que ya no podía seguir guardando su celosa intimidad. Saqué el tanga por el pie y lo tiré al suelo. Las piernas de Laura eran bonitas. Largas, porque le hacía tener una buena altura y depiladas para estos días de playa en familia, esperando coger algo de color. Los muslos eran más gruesos, pero agradables, mostrando una figura muy sensual. Recorrí primero una y luego otra con la toalla para secar las gotitas que permanecían del jacuzzi, desde el pie hasta el final de sus muslos. Me entretuve secando también la tripa de la mujercita y ahora pasé suavemente la toalla sobre el conejito, secándolo bien y sobre el culito de Laura. Giré un poco para ver y tocar esas tersas nalgas blancas. Que finas y apetecibles me resultaban…

Qué descuidado, ¡no he descrito la vagina de Laurita! Estaba recién rasurada, ni un pelito a la vista para afear mi trabajo. En el estado de inmovilidad que se encontraba, podía haberla afeitado yo mismo ni viniese con pelitos. Pero mejor así, que la putita viniese depilada, soy un poco bestia y podría haberle dejado cortes por su zona sexual. La piel era más blanca si cabe que el resto del cuerpo en la entrepierna. Blandita y graciosa al tacto, la rajita aparecía separando dos montículos musculares de una forma que le hacía parecer muy infantil, tanto como su cara. La entrada estaba muy cerradita y ceñida, tal y cómo me gustaba, no de esas tan experimentadas en el sexo que tienen un coño infamemente dilatado. El hecho de que el portal de su coñito estuviese tan prieto afianzaba mi idea de su virginidad, la cual ya daba casi por hecho pero quería comprobar. Por el interior de la raja se dejaba entrever la rosada carne de la vagina, coloreada por la zona muscular de las intimidades femeninas, y por la parte superior asomaba un tímido clítoris sonrosada y apretado por la presión del sexo entrecerrado. Separé sus carnosos muslos con mis brazos, que no ofrecían gran resistencia por parte de la relajación muscular que influía mi droga, para poder analizar mejor la apretada rajita de mi presa. Le abrí las piernas todo lo que pude. La vista era ahora más amplia, y usé mis dedos para separar los labios vaginales.

-¡Noooo! ¡No me mires ahí, me da mucha vergüenzaaa!

Laurita seguía chillando, cada vez tendiendo más a la ronquera, que por favor dejase de mirarla, que se moría de vergüenza, que la dejase ir, que era muy jovencita para aquello. No la hice ni caso. Mis dedos tocaban su sexo, luchaban por revelarme si su primera vez había ocurrido ya o no en base a lo que decía su anatomía. Miré en el interior de su intimidad y vi algo que me hacía muy, muy feliz.

¡Allí estaba su himen!

¡El himen de Laurita! Era una membrana carnosa que tapaba casi toda de la abertura por donde debía salir su flujo menstrual. Qué encantadora vista, y qué carga sexual… Algo que puedo contemplar, pero que no dura mucho tiempo en mis manos una vez que lo encuentro. Comenté que me encantaba ver su pureza. No pude contener la ilusión de salir de la cama, polla erecta por delante de mí, tomar la cámara y volver al lecho. Mis manos separaron la cavidad y saqué una foto a su cuevita, poniendo flash para que saliese la membrana. Me encantan las vírgenes, pero más sus hímenes. Rápidamente saqué una foto de cuerpo completo a la atónita Laurita. Reaccionó rápido.

-¡¡Fotos no, ya lo que faltaba, cabrón!!

– Con esas dos me basta, no habrá más. Quería tener como recuerdo tu membrana virginal, la que estoy a punto de reventar. Si quieres ya te pasaré una copia de la foto.- Le dije maliciosamente y guardé la cámara.

Mi miembro me pedía ya pasar a la acción. Tenía resaca de sangre de una virgen. Y Laurita era mi plato de la noche, un plato concordante al precio que había tenido que pagar por la habitación. Un servicio de habitación excelente, bromeé para mis adentros.

Me recosté sobre Laura y la besé de nuevo, para callar sus réplicas. Mi palpitante verga me pedía que le prestase atención. Dejé el beso y se senté de nuevo sobre los muslos de ellos, previsiblemente haciéndole daño por mi peso. Me fijé en mi verga, un falo de 23 centímetros, peludo en su base y deseado por muchas mujeres, aunque luego se quejasen cuando lo sentían dentro, pues también posee un grosor que daña paredes vaginales sexualmente muy dilatadas por la experiencia. A este regalo de los dioses, yo había querido darle un bueno uso en la vida. Penetraba lo que se me pusiera por delante, pero tenía especial interés en mi mantener mi credo hacia los coños vírgenes, también muy merecedores de los dioses. Esas cuevas estrechas, cerradas, no profanadas y con una telita que guardaba su precinta candidez, eran el complemento ideal para mi gruesa verga. Esa era la realización del acto sexual del hombre en este mundo. La abundante sangre que se vierte al destrozar un himen con este descomunal rabo demuestra el buen ejercicio de mi regalo. No es una lástima que sólo una vez se sea virgen, eso que hace que todas las mujeres puedan ser antes o después merecedoras de mi miembro y que deberían suplicarme para romper no sin dolor su virgo. Mi cruzada es ambiciosa, pero tendrá éxito y ya son una buena colección de hímenes los que rompí por esta causa. Mi gran cipote era en esta ocasión, el encargado de romper la membrana de la virgen Laurita, morena, de piel pálida, labios suaves, 18 años, pechos encantadores, coñito cerrado, nalgas tersas y figura angelical.

-Mira, Laurita, aún no te he explicado todos los efectos de la droga que te has bebido. Has visto que he podido proporcionarte placer al degustar tus pechos, pero también dolor. Créeme si te digo que no he mordido mucho, apenas, pero a ti te ha dolido como si te arrancara el pecho de cuajo. La droga tiene efecto de amplificar tus sensaciones. El placer se ha amplificado y por eso lo has sentido aunque no quisieras. Pero el dolor tiene una magnitud muy superior. Una pizca de dolor será para ti un infierno.

– ¿Qué? ¿Eso es verdad? ¿Apenas me mordiste?- Laura parecía aterrada

-Todo está en tu mente, pero te va a jugar una mala pasada. Mira mi falo, que antes te has tragado. Es enorme, ¿verdad? Va a ser muy poco placentero cuando te la meta en tu rajita y te deje sin virginidad, pero con el efecto de la droga será 10 veces peor para ti. Vas a sufrir mucho, avisada quedas.

-Noooo!! No, por favor, te lo suplico, no me lo hagaaaas! No es sólo por el dolor, ¡es que no quiero dejar de ser virgen así! Aquí… contigo, ¡no quiero!

-Soy un buen partido, ¿no crees? Pero la decisión está ya tomada, toda esta preparación era para romperte el coñito.

-Déjame ir, hijo de puta, no me hagas nada. ¡Soy virgen!

-Por poco tiempo lo eres, Laurita. Te voy a hacer una mujer hecha y derecha, de una forma que no olvidarás. Voy a dejar en ti la horma de mi polla.

-¡Ese pene es enorme, me va a partir! Dios…-me encantaba que hiciese referencia a mi gran atributo. El tamaño de mi miembro, sobresaliendo de entre una mata de pelos, era otro de los elementos de terror para las chicas en mis actos de desvirgamiento.

Coloqué unos cojines bajo la cabeza de Laurita, quería que no perdiera detalle de lo que iba a pasar. No iba a estimularle la zona con mi lengua, no quería ahora ningún placer por parte de la nena. Pero necesitaba lubricar de alguna forma esa estrecha rajita. Sabiendo los problemas que tengo con mi grosor y los coñitos vírgenes y estrechos, incluso como pasó con Elise, tomé un poco de lubricante y embadurné la punta de mi glande y los labios mayores de la vagina de la virgen. De condón nada, por supuesto, quiero sentir a mi vestal tal y como es. Separé bien los muslos de la virgen del sacrificio. Había llegado el momento de acercar mi polla morena, gruesa, de venas latientes, y larga como un brazo a la entrada de la cueva virginal. El lubricante me hacia resbalar al tocar la piel de ese inmaculado trozo de carne. Parecía que, sobre mi rabo, tan caliente, el lubricante se fundía y se evaporaba. Sobre la vagina de Laura, el lubricante mojaba la entrada, la hacía relucir como la miel de sus ojos. El roce de mi polla en esa piel sin mancillar me hacía vibrar de emoción.

Mi erección era dura como el granito. Me olvidé del clítoris, no quería darle placer, no quería mojarla con sus flujos. Me ayudé con los dedos para entreabrir la entrada de la vagina y colocar el glande entre los labios mayores. Esta imagen era tremendamente estimulante. La vagina ya había sido tomada. La cara de Laurita, que podía ver su cuerpo desnudo, a merced de la droga que recorría su sangre, droga que le impedía moverse y le hacía adolecer… frente a mi, un macho enorme y algo alcoholizado que se abalanzaba sobre su figura, tapándola, el moreno de mi cuerpo cubre la blanca nieve que es su piel, y el gigantesco pene quiere unirse a la fiesta de su cuerpo, entrando por un sitio donde jamás nadie ha pisado, como una espada invasora. Es como si la luz que emana del cuerpo de Laurita se va conquistando con una oscuridad malévola de mi propio cuerpo. Laura reflejó el terror en sus ojos, la boca hizo una mueca tal que casi se desencaja la mandíbula…

-¡¡Dios!! ¡Me va a violar, socorrooo! Me la está metiendo, que venga alguien, por favooooor!- Pero la insonorización de la habitación contrarrestaba su voz.

A mi polla le costaba avanzar entre las carnes de su coñito. El lubricante facilitaba el movimiento, pero sus paredes vaginales estaban muy apretadas debido a la falta de costumbre, me aprisionaban el rabo dándome mucho placer en las células de mi glande. La marcha era difícil y creo que ya dolía a Laurita. Y como era de esperar, me topé con aquel himen que había visto hace rato y deseaba con todo mi ser. Cuando lo toqué con la punta de mi rabo, ya apenas quedaba lubricante, que había cumplido satisfactoriamente la misión de guiar mi miembro desde la entrada a su sangriento final. Me encontraba ahora atrapado en aquel estrecho conducto femenino, y la única forma de avanzar era romper aquella membrana que besaba al orificio de mi polla. Degusté con pasión el último instante de virginidad de mi putita de esa noche.

-Mira, Laurita, ¿no te parece encantador este momento? Recuérdalo, porque ahora estoy tocando tu himen, la parte que te hace virgencita. Pero te lo voy a romper con todas mis fuerzas, tranquila, vas a dejar de ser la virgen Laurita ahora mismo. Qué ganas tengo de romperte el coñito, mi niña. Además, tienes mucha suerte de contar con este pedazo de verga. Algunas no las ven así de grandes en su vida y tú la vas a tener dentro en tu primera vez.

Laura seguía con los ojos abiertos, gritando, como si eso pudiera preservarla intacta. Puse mis manos sobre sus finas caderas para facilitar el empuje que metería hasta el fondo mi verga. Toqué sus nalgas suaves, que locura. Me agarré a ellas para impulsarme y zambullirme dentro de la pelvis de esa virgen.

Sentía por última vez su telita virginal… Avancé con fuerza, sentí la resistencia que ofrecía el himen, que defendía la última pureza de la mancillada Laurita. Aquella membrana, elástica, se arqueó ante mi embiste y opuso alguna fuerza a mi polla, pero yo fui constante.

-¡Nooo! ¡¡Déjame de una vez!! ¡¡Quiero ser virgen!! ¡NO!

Estaba al borde de desgarrarle la telita. Con el siguiente intento, el glande atacó el himen con firmeza, y la pared virginal se dilató y se abrió…

Su himen se rompió limpiamente.

Laurita estaba desvirgada.

-¡¡aaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHH!!!!!!!!!!!! –El cuerpo entero de Laurita dio una sacudida. Y menudo grito pegó. Su cara era de puro sufrimiento, indescriptible. Me deleitaba verla gritar así. Y desgarrar su membranita con mi enorme aparato había sido maravilloso.

-AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHH!!!¡DIOOOOOOSSS! Aaa…AAAHH!!! ¡La madre que te parió! ¡AHHHHH! ¡Mi madre, que dañooooo!

De repente recordé que la droga del cuerpo de Laura magnificaba sus sensaciones dolorosas por diez. Estaba agonizando, el dolor le recorría el cuerpo a espasmos, debía ser insoportable el sufrimiento en sus carnes. Debía ser como si le hubiesen introducido una espada cortante directamente en el coño. Lagrimones se escapaban por sus mejillas y caían a las sábanas. Intentaba retorcerse, pero ni eso podía hacer bien. Su cara estaba húmeda por la llorera, su boca se retorcía de dolor. Su coño estaría seguramente relleno de sangre.

-¡AAAAaah! ¡¡Dios, qué dolor!! ¡Me duele muchooooo, me ardeeee! ¡AAHH! ¡¡Siento que algo se me ha roto!! ¡Sácamela ya!- Me di cuenta de que el efecto amplificador del dolor era tremendo. Era una violación despiadada.

Mi polla seguía en su interior. Sentí un líquido cálido rojizo rodeando mi miembro. Qué gozada… Pocos placeres tan grandes hay para un hombre como éste. Alcancé más por esas paredes vaginales angostas hasta introducir el miembro en el fondo de la cavidad de la putita desflorada. Mi polla estaba apretada a más no poder por su vagina, ahora sangrante por la violenta pérdida del himen, que lubricaba de una forma gore nuestros sexos unidos. Mi gruesa polla estaba casi toda dentro de ella, había llegado a la pared del útero y la dejaba reposar para que su vagina se acostumbrase a este pollón de macho. Mientras, Laura seguía gritando desaforada, intentando agarrarse a las sábanas:

-¡AAAAAH!¡ No va bien esto… ¡Me duele el conejito muchooooo! ¡Aaaah! Creo que sangroooo…. me arde mucho mi conejito!

Con mi polla clavada sobre mi vagina, el peso de mi cuerpo sobre ella y mis manos que jugueteaban con sus ricas tetas, acerqué mi cara de felicidad suprema a su cara de sufrimiento. Menudo contraste. Sus ojos llorosos me miraban con odio, sus manos intentaban pegarme pero se debilitaban nada más alzarse de la cama. Aproveché y me abalancé sobre su cuello y le pegué un mordisco, al tiempo que mis uñas rasgaban sus pezones, incrementando así al máximo su dolor.

-¡AAAAAAAAAAAAAH! ¡Para ya, hijo de putaaa! ¡AAAAH! ¡Eres lo peor!

-Laura, no te puedes imaginar todo lo que me excitas. Una tímida chiquilla virgen que ha perdido su virginidad de forma dolorosa, y más aún cómo tú. Cómo atesoro el momento en el que te he desgarrado el himen, pequeña… La droga te ha hecho sufrir a tope. Has estado formidable. Me he abierto camino dentro de ti. Venga, acabaremos pronto. Voy a darte algo de la gimnasia esa que ya no practicas- Acordándome de la gimnasia, aproveché para sobar de nuevo sus formidables tetas, apretándolas.

-¡Aaahhh! Oohhh… Es horrible, me duele muchísimo. Mi pobre conejito… Sácame tu pene, por favor…

Parecía a punto de desmayarse del éxtasis de dolor. No podía dejar que pasara, tenía que estar bien atenta. Ni pensé en sacarle el rabo, como me pedía. Quería acabar todo esto con un buen polvo. Me hacía gracia que sólo se refiriese a sus genitales como “mi conejito”, le daba un toque virginal perfecto a la situación. La excitación que me produce el desvirgamiento es máxima, y me suelo correr al de muy pocos minutos. Las tetas tenían a mis manos hipnotizadas sobre ellas, eran perfectas. Mi polla seguía en el fondo de su cavidad, compartiendo la sangre que emanaba de la joven desflorada. La hemorragia parecía continuar todavía. Empecé a trabajar la vagina rota con habilidad. Sacaba mi polla hasta casi tener el glande fuera y la volvía a empujar hasta el fondo de sus entrañas, con fuerza, como quien cava un agujero. Al principio lentamente, aún me estorbaba la rigidez de su cueva, pero la sangre virgen me servía de lubricante y me impulsaba, y al de pocas embestidas deslizaba frenéticamente mi mástil dentro y fuera de la mujercita, frotando fuertemente el interior del canal. Laura seguía sin expresar ningún placer.

-¡AAAHHH! ¡No tan fuerte, todavía me duele! ¡AAaaah! Duele cada vez que me la clavas así, no…

Mi técnica de follar era impecable y maestra. A cada sacudida mía hacía mover el cuerpo entero de Laurita, como si rompiese contra ella como una ola. Procuraba apretarla fuertemente cada vez que tocaba el fondo. Mi polla se clavaba en su vientre, rasgando su sexo e impulsaba su cuerpo de forma elástica, que volvía atrás cuando me preparaba para volver a la carga. A cada penetración, la cama también botaba con mis movimientos.

-¡AAAAH! ¡AAAAH! ¡Paraaa! ¡AAAAH! – acompañaba Laura a cada uno de mis ataques a su vagina. Seguían siendo exclamaciones de dolor. También seguía soltando frases como: “¡Me dueleee!” “¡Basta ya!” “¡Eres un hijo de puta!”

Las estocadas seguían siendo formidables, atacaba su sexo sin piedad con el mío. Mi ritmo ya era imparable, mi polla había encontrado en el coño de esa putita como gozar y me sentía increíblemente excitado. Entraba y salía, su vagina me acogía ahora sin temor. Sentía ahora mucho calor, sentí como mis testículos se retraían y empezaba a circular un nuevo flujo dentro de mí que ya quería salir. Pensé en correrme en su cara y diluir mi esperma en sus lágrimas, pero mi tradición era que mi líquida recompensa debía bañar los restos desgarrados del himen.

-Laurita, estoy a punto de correrme dentro de ti, mi putita…

-¿QUEEEÉ? ¡Eso sí que no! ¡¡Qué me puedo quedar embarazada, imbécil!!- chilló Laurita histérica.

-Ese sería tu problema, el mío no. Menudo cuerpazo tienes, que delicia follarte… Ooooohhh… Toma, ya me llega la leche que me pediste… ¡Toma esto, pedazo de putaaaaa!

-¡NOOOOO! ¡No te corras dentrooo!

Aumenté el ritmo de mis embestidas mientras me ahogaba en calor…Estaba teniendo uno de mis mejores orgasmos… Dios, qué sensación. Ni siquiera me di cuenta de cómo me venía. Exploté, para susto de la pequeña. Mi verga, ensartada en aquél cuerpo virginal, liberó repentinamente una gran cantidad de semen blanco color lechoso, caliente, de consistencia muy viscosa y abundante, que chocó contra las paredes sangrantes del chochito. La eyaculación fue más larga y copiosa de lo que me esperaba, tanto que parecía que se agotaba el espacio para el líquido en la cueva y saqué un poco el pene palpitante para que más líquido pudiera repartirse mejor. La calidad de esta corrida me demostró lo mucho que valía la recién estrenada Laurita. Ella, entre su notable disconformidad y sufrimiento, debió percatarse de que le estaba llenando de leche por dentro. Cuando la última gota de esperma estaba dentro de su sexo, saqué mi polla aún en erección. Estaba recubierta de parte de mi esperma y algo de sangre disuelta en el semen, la imagen era conmovedora. Me incorporé a su lado y la observé. Laura había dejado de gritar porque ya no tenía más fuerzas. Seguía sin poder operar movimientos. Ya tampoco tenía lágrimas que derramar, sólo soltaba un quejido suave pero continuo, como un sollozo. Su atractivo cuerpo seguía siendo colosal. Sus tetas seguían firmes, con mis pezones y pechos machacados por mis dientes, tenía algunas mordeduras en el cuello y parte de mi sudor se había quedado pegado a su piel. Su coñito ahora estaba más dilatado que cuando era virgen, hace unos minutos, porque mi trabajo había logrado moldearlo correctamente. En ese momento, algo brillante asomaba por dentro de los labios vaginales. Era mi esperma, que se vertía de su vagina abierta a pollazos y bajaba escurriéndose lascivamente por el exterior, hasta quedar sobre una toalla que seguía en la cama. Admiré la cascada de semen que salía de su flor. Restos de sangre virgen y sudor acompañaban a mi semilla. Y un lamento de una chica que había dejado de ser pura porque conoció al mismísimo diablo que la desfloró….

Los efectos de la droga se irían en unos treinta minutos. Si era rápido, tendría tiempo de sobra.

Recogí la habitación rápidamente, estaba preparado para estas ocasiones. Me vestí y metí todo en mi maleta, a Laura le dejé sobre la cama donde aún seguía tirada, mirando al techo, el bikini que usó para bañarse. Ni lo miró.

No había nada que decirle a mi putita. Me fui, cerrando la puerta de la suite tras de mí. En recepción confirmé mi salida de hotel y pagué mis cuentas. No había ningún problema en rastrearme, si a sus padres se les ocurriese preguntar por mí, me registraba con identidades falsas.

Cuando ya arrastraba mi maleta por la puerta, paré a un botones joven que había por allí.

-Perdone. Mire, tengo prisa, pero he dejado una propina en mi habitación para el servicio. Está sobre la cama. Toda suya, no me dé las gracias. Gástela como mejor le parezca.

Nota: Aquí está segundo relato, en línea con el anterior. Muchas gracias por la lectura que le habéis dedicado, espero que os haya gustado.

Agradezco que dejéis comentarios porque me aportan mucho. Dependiendo el tiempo que tenga, escribiré. Por favor, si tenéis ideas para escenarios y formas de desflorar a nuevas chicas, no dudéis en proponérmelo.

Un saludo.

PARA CONTACTAR CON EL AUTOR:

cantydero1@hotmail.com