NUERA4

Menuda mierda de trabajo – exclamé.

 

 

Allí estaba yo, hablando solo, sentado en mi taxi un viernes por la noche, aparcado en la parada de taxis que había cerca de la zona de marcha de la juventud.
Odiaba trabajar esas noches, pues normalmente acababas llevando a sus casas a niñatos (y niñatas, para ser políticamente correcto), borrachos como cubas (o cubos como dice la imbécil de la ministra), que no se acordaban ni de sus nombres, con lo que no era extraño que te dejasen algún regalito en el suelo del taxi, que claro, había que limpiar antes de coger al siguiente viajero.
No me malinterpreten, yo también había sido joven (aún lo soy, coño, que sólo tengo 32 tacos) y me he cogido más de una curda, pero los de mi generación teníamos un poco más de respeto y ni en sueños se me hubiese ocurrido echarle la papa en el coche a un pobre taxista que lo único que hacía era tratar de ganarse el pan.
Y era precisamente eso lo que trataba de hacer esa noche, ganar algo de pasta, echando horas extra, pues en mi casa la íbamos a necesitar. Y es que, seis meses atrás, mi querida mujercita me había anunciado que íbamos a ser uno más en la familia.
¡Mi primer hijo! ¡Cuánta felicidad había sentido cuando mi Julia me había dado la noticia! Pero, claro, tras la euforia inicial llegó el brusco encontronazo con la realidad.
Cuando nos pusimos a amueblar el cuartito del bebé, que si ropita (que según decían todos mis amigos con hijos, no les duraban ni un mes por lo deprisa que crecían), que si juguetes, que si pañales, que si termómetro cutáneo, que si sillita para el baño, cubiertos, biberones, baberos…. Bueno, seguro que todos se hacen una idea. Los pocos ahorros que teníamos… a tomar por culo.
Y Julita no ayudaba precisamente. Al tercer mes de embarazo, a los terribles vómitos matutinos, se unió un tremendo dolor de espalda, que digo yo que de qué sería, si aún no tenía barriga ni nada, así que, aprovechando que el médico de cabecera era amigo nuestro, se cogió la baja y… ¡ala! A verlas venir.
Con el contrato de mierda que tenía en la tienda en que trabajaba, durante la baja sólo cobraba una parte del sueldo, así que el resto del dinero para cubrir el presupuesto… que trabajase el menda.
¡Ostias! ¡Qué falta de educación! Acabo de darme cuenta de que ni siquiera me he presentado. Me llamo Carlos… y soy taxista (por si alguien no lo sabía, je, je).
Si habéis leído hasta aquí (y algunos no lo habrán hecho, pues de momento no ha habido nada de triki triki) pensaréis de mí que soy un quejica. Pues coño, no os falta razón, un poco llorón sí que soy, pero es que todavía no sabéis lo mejor de la historia… y es que mi mujer me tenía en el dique seco desde hacía 3 meses.
Pues sí. Cuando empezó con los “dolores de espalda” (que al parecer no le impedían salir de compras por la tarde con su madre), entró también en un periodo de “inapetencia sexual”, por lo que llevaba desde el 10 de mayo (cayó en sábado y si quisiese, podría deciros cuántos días, horas, minutos y segundos han pasado desde entonces, pero no lo haré, para que no penséis que soy un enfermo…) sin echar un polvo.
Ni pajas me hacía la muy (“z–CENSURADO–a”), pues decía que le dolía la espalda… Que se pegara 14 horas seguidas en el taxi, como yo hacía, y que después me hablara de dolores.
Y éste es justamente el motivo de que os haya largado todo este rollo. Quiero que entendáis que no soy un cabrón sin entrañas que va por ahí poniéndole los cuernos a su pobre mujer embarazada… bueno, sí que lo soy, pero hay circunstancias atenuantes.
Que quede claro que yo quiero mucho a mi mujer y espero estar casado con ella muchísimos años (por lo menos tantos como nos dure la hipoteca, pues eso significaría que hemos estado juntos hasta ser bien viejos). Pues eso, que en lo que pasó después, influyó decisivamente el tiempo que llevaba sin echar un kiki. Que estaba más caliente que el palo de un churrero, vaya.
Retomando el hilo del relato, estaba sentado en mi auto, esperando turno en la fila de taxis de la parada para coger viajeros. Llevar jovencitos es casi siempre una mierda, pues a los inconvenientes que mencioné al principio, se unía el que los jóvenes no tienen un duro nunca, así que podías olvidarte de la propina.
Y claro, además estaba la inseguridad de trabajar de noche, que la vida está muy jodida y cualquiera puede atracarte… y a los taxistas, más.
Pero, eso sí, había una cosa que sí estaba bien de trabajar en las zonas de marcha: las chavalas.
Madre mía cómo están las chicas que pululan por ahí. A Dios le pido que, si tengo una hija, jamás se le ocurra vestirse como las golfillas que veo pasar los viernes por la noche. Tremendas.
Sé que es una frase muy manida y bastante machista, pero es que no encuentro otra forma de expresarlo: se visten como putas.
Y es que no puedes fiarte ni un pelo de a qué le echas el ojo, pues con la cantidad de maquillaje que se ponen y la cantidad de carne que exhiben con sus exiguos vestiditos parecen mucho mayores de lo que son en realidad. Te quedas mirando algún pivón impresionante que pasa junto a la ventanilla y luego resulta que si se sube al taxi y la escuchas hablar… no tiene más de 13 años… para cagarse.
Legendaria entre los taxistas es la historia de Manolo, compañero de gremio, que le echó unos piropos demasiado soeces para reproducirlos aquí a un pedazo de rubia de pelo rizado que pasó con sus amigas, justo antes de descubrir que era su hijita con 14 añitos recién cumplidos. Eso fue hace 2 años, pero todavía seguimos cachondeándonos de él.
Pues eso, cuando estás en una parada de taxis, normalmente buscas algún entretenimiento entre cliente y cliente, lees, escuchas música, hablas con los compañeros… pero los viernes de marcha no. Esas noches me dedico a mirar disimuladamente a todas las jamelgas que pasan junto al coche, imaginándome cómo sería ponerlas mirando a Cuenca, pero sin atreverme a nada, claro.
Y esa noche más que nunca. Llevaba una semana jodida, trabajando mucho, y encima esa tarde había estado hablando con un compañero que tenía fama de donjuan, y que alardeaba de la guiri que se había tirado la tarde anterior. Personalmente yo no me creía ni la mitad de las historias que contaba, pero el tío lo hacía con tal lujo de detalles que ese día había logrado entonarme un poco, así que miraba a las chavalitas que pasaban por allí como un toro en celo… y claro, mirarlas hacía que me pusiese más cachondo.
Altas, bajas, rubias, morenas, de tetas gordas, piernas largas… y todas estaban buenas. Y es que esas chavalas sabían maquillarse, de forma que todas resultaban atractivas (no guapas, que la que es fea, es fea, pero sí sexys, al menos, por la pinta de zorrillas que tenían todas). Y lo mejor: las minifaldas. No saben cómo me alegré cuando hace un par de años volvieron a ponerse de moda.
Contemplar esos muslámenes juveniles al aire me ponía burro total. Supongo que debía tener pinta de pervertido, allí espiando a las chicas, salido perdido, pero eso sí, disimulando, no me fuera a ver el novio de alguna moza devorando con los ojos a su media naranja y me sacase del taxi para calzarme dos ostias, que como dije antes, la vida está muy jodida y cualquiera con quien te cruces puede cascarte por una nimiedad o hacerte algo peor.
Pues allí estaba yo, voyeur enfermizo de jovencitas, esperando que llegase mi siguiente carrera… hasta que llegó.

 

¿Está usted libre? – dijo una voz juvenil tras abrirse la puerta trasera.

 

 

Me di la vuelta para decirle que cogiera mejor el taxi de delante, el primero de la fila (protocolo normal en la parada de taxis), pero, al hacerlo, me encontré con una morenita preciosa, vestida con un top brillante, de esos que dejan la espalda al aire, sujeto por unos finos tirantes, que marcaba a la perfección sus rotundos senos y con una minifalda negra tableada, que dejaba al aire dos muslos de estatua griega.
La chica tenía medio cuerpo dentro del taxi para preguntarme, por lo que su soberbio canalillo quedaba justo frente a mí. Tras quedarme medio alucinado un par de segundos mirando su escote, la chica volvió a preguntar:

 

¿Está libre?
Sí, sí, claro… – balbuceé.
Estupendo – dijo el bomboncito – ¡Vamos, Nuri!

 

 

¿Nuri? ¿Quién coño era Nuri?
Nuri resultó ser su amiga, otra morena de buen ver. Tenía el pelo negro, oscurísimo, teñido sin duda, y la verdad es que estaba bastante buena, aunque sin alcanzar los niveles curvilíneos de su compañera. También vestía un top, de color blanco, y unos pantalones de esos ceñidísimos, los llamados de sordomudo, porque se pueden leer los labios sin problemas.
Bueno, no estaba mal, dos por el precio de una.
En cuanto cerraron la puerta trasera arranqué, rezando porque el compañero que estaba primero en la fila de taxis (al que le hubiese correspondido la carrera) no se mosquease mucho por habérsela quitado.

 

¿Adónde vamos?
A la calle Bosque Verde, en el Puerto de la Reina ¿la conoce?
Sí, no os preocupéis, conozco la zona.

 

 

Me alegré, porque la barriada del Puerto de la Reina está en la otra punta de la ciudad, con lo que la carrera iba a ser larga, pero lo mejor no era el dinero que iba a cobrar, sino el largo rato que iba a poder pasar espiando a aquellas dos mozas por el retrovisor, que, obviamente, ya había ajustado adecuadamente para obtener una buena panorámica del asiento trasero. ¿Pervertido yo? No, no, ¡Señor pervertido! (es una categoría superior).
Lentamente, arranqué el taxi apartándolo del bordillo, dejando poco a poco atrás el bullicio de gente. En los primeros instantes me concentré en la conducción, más que nada porque en aquella zona, con el montón de niñatos borrachos que había, tenía uno que andarse con cien ojos, no fuera a ser que alguno se cruzara delante del coche.
De todas formas, alguna miradita disimulada sí que eché por el retrovisor a las dos chavalitas de atrás. Se las veía ligeramente achispadas (habían bebido, sin duda), lo que se notaba espacialmente en las risitas tontas que soltaban continuamente.
A medida que dejábamos atrás la zona de marcha (y por tanto disminuía la probabilidad de atropellar a algún capullo borracho) mis ojos se apartaban con mayor frecuencia de la calzada para atisbar por el retrovisor.
Disimuladamente, trataba de vislumbrar los soberbios muslos de “Jamona”, nombre con el que había bautizado mentalmente a la chavalita de la minifalda. Madre mía qué cachas tenía la nena y qué escotazo tan impresionante. La baba se me caía sin poderlo evitar. Cada vez que se reía por algún comentario de su amiga, se removía en el asiento, con lo que su exigua minifaldita se subía, revelando un par de jamones que ni los de Jabugo.
Su amiga, Nuri, también estaba muy buena, pero mis ojos apenas se apartaban de “Jamona”, pues además de ser mucho más voluptuosa iba vestida más provocativamente. Y ese fue mi error.
En un momento dado, desvié la mirada hacia Nuri y me encontré frente a frente con sus ojos reflejados en el espejo, mirándome divertidos. Me había pillado devorando a su amiguita.
¡Joder, qué susto! Rápidamente aparté la mirada, nervioso por si la chica me decía algo. Tanto criticar a los jóvenes y resultaba que el pervertido era yo. Si la nena quería, me podía montar una escenita de órdago, lo que me producía una vergüenza enorme.
Tratando de disimular, me concentré por completo en la conducción, esperando que, de un momento a otro, estallara la bronca. Pero los minutos pasaban y Nuri no decía nada, lo que, en vez de tranquilizarme, me ponía cada vez más nervioso. En mi mente, podía sentir la mirada de la chica clavada en mi espalda, al acecho, esperando que su presa cayera en la tentación de volver a espiarlas para montarle un cristo de cojones. Os juro que, a esas alturas, yo sudaba como un cerdo. Y entonces escuché la encantadora vocecita de “Jamona” susurrando:

 

 

¡Ay! Aquí no… estate quieta…

 

 

¡Ay, madre!, para cagarse en los pantalones. Agucé el oído cuanto pude, sin atreverme a mirar de nuevo por el retrovisor y alcancé a escuchar unos suaves jadeos y el inconfundible sonido de chupetones.
Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. El sudor corría por mi espalda hasta la raja del culo; era mucho peor imaginarse lo que estaban haciendo aquellas dos en el asiento trasero que comprobarlo realmente. No me atrevía a mirar, estaba seguro de que era una treta de Nuri para que volviera a espiarlas y pillarme in fraganti, tenía que resistir, concentrarme en el volante, olvidarme de ellas… y una mierda.
Mis ojos, sin control alguno, volvieron a apartarse de la carretera para ir al retrovisor y allí me encontré con el reflejo de la escenita más erótica que había visto en mi vida.
Era cierto, las dos chavalas estaban enrollándose en mi taxi. En ese preciso momento, Nuri tenía el rostro hundido en el cuello de “Jamona”, sin duda lamiendo y besando esa zona tan sensible. “Jamona” por su parte, se dejaba hacer, disfrutando con los ojos cerrados de las caricias de su amiga. Además, había colocado uno de sus muslazos sobre el regazo de Nuri, la cual, sin dejar de besarle el cuello, lo acariciaba deslizando una mano sobre la tersa piel de “Jamona”, de manera que el borde de la faldita subía cada vez más.
¡Madre mía! Para mear y no echar gota. ¡Menudo espectáculo! En ese momento iba conduciendo por instinto, guiado por la Fuerza, o dirigido por el Dios de los voyeurs, pues lo cierto es que si no tuvimos un accidente fue por alguna de esas razones y no porque yo estuviera mirando la calle.
Nuri apartó entonces el rostro del cuello de su amiga y me miró sonriente, pero no dijo ni pío. Comprendí entonces que el show estaba dirigido a mí, así que, tras darle las gracias mentalmente a Santa Nuria bendita, me dediqué a disfrutar por el espejo, olvidándome por completo de que llevaba un coche entre manos.
Pero todo lo bueno acaba y aquello lo hizo un poco bruscamente. La manita de Nuri comenzó a deslizarse bajo la falda de su amiga, por lo que “Jamona”, sorprendida, abrió los ojos y miró hacia delante, dándose cuenta rápidamente de que yo estaba espiándolas por el retrovisor. Dando un respingo, se apartó bruscamente de Nuri, que sonreía sabiendo perfectamente lo que pasaba. Como buenamente pudo, “Jamona” se sentó bien el asiento, componiendo rápidamente su vestuario.
Yo aparté la mirada con tristeza, aunque tranquilo porque sabía que ninguna de las dos iba a echarme la bronca. Porque a ver, quién coño iba a reprocharle a un hombre heterosexual no difunto que espiara un show lésbico improvisado en el asiento trasero de su coche. Es ley de vida.
Desde mi asiento podía escuchar cómo las dos cuchicheaban en voz baja, y aunque no entendía lo que decían, por el tono podía adivinar que “Jamona” estaba nerviosa y enfadada mientras que su amiga se estaba divirtiendo de lo lindo.
Un poco más tranquilo ya, sabiendo que lo bueno se había acabado, seguí conduciendo, aunque la tremenda empalmada que llevaba (¿alguien lo dudaba?) me hacía sentir bastante incómodo.
Poco a poco las chicas fueron serenándose y comenzaron a charlar con normalidad, aunque Nuri continuaba jugando con su amiga, procurando que la conversación fuera ligeramente picante, para que “Jamona” (obviamente mucho más tímida que su lanzada compañera) pasara vergüenza al saber que yo estaba escuchándolas.

 

En serio, tía – decía Nuri en ese momento – mientras bailábamos Toni me daba unos refregones tremendos. Te juro que hasta le notaba las venas de la polla cuando se apretaba contra mí.
¡Tía! – exclamó “Jamona” escandalizada.
¿Qué? ¿Te vas a poner mojigata? Pues antes he visto que Manu te sobaba el culo.
Tía, qué vergüenza…
Y con la pánfila de su novia en la barra pidiendo mojitos – añadió Nuri – aunque no me extraña, tú estás mucho más buena…
¡Calla, zorra! – dijo “Jamona” riendo – que Toni también tiene novia.
Me la suda. Porque ya era tarde y tú tenías ganas de irte ya para casa, si no te juro que me lo llevo al baño y se la como entera.
¡TÍA!
Venga, no seas tonta, si este señor no va a decir nada…

 

 

Al darme por aludido alcé la mirada al retrovisor, y me encontré con los ojos de las dos chicas, avergonzadísima una y pasándoselo bomba la otra. No era difícil juzgar el carácter de aquellas dos, se veía que les daba igual carne que pescado (no sé si me entienden) especialmente a Nuri, que daba perfectamente la imagen de tía chulilla de vuelta de todo. “Jamona” en cambio se veía cortadísima, sin duda era el elemento sumiso en aquella pareja de “elementas”, valga la redundancia.
Poco a poco, el volumen de la charla fue bajando, lo que me molestó mucho, pues escuchar lo que se decían aquellas dos guarrillas me estaba gustando bastante.
Tratando de pensar en otra cosa, bajé el volumen de la emisora de los taxis y puse algo de música en la radio, pero la apagué enseguida, pues me salió la mierda de canción (y digo canción por llamarla de alguna forma) de la “Mayonesa”… genial.
De vez en cuando, volvía a mirarlas, pero ahora se hablaban al oído, muy serias las dos, con lo que comprendí que ya no estaban de broma. Un par de veces, sorprendí a Nuri mirando hacia mí mientras hablaba con la otra, por lo que supuse que yo era el tema de conversación.
No me pregunten por qué, pero aquello no me gustó. Supongo que sería mi instinto de taxista curtido en mil batallas, pero noté que allí se cocía algo raro.
Disimuladamente, accioné el botón del bloqueo infantil, porque no sé muy bien cómo se me metió en la cabeza la idea de que aquellas dos querían jugármela. Haciendo esto, impedía que las puertas traseras se abrieran desde dentro. Fue uno de los mayores aciertos de mi vida.
Cuando estábamos cerca de la barriada del Puerto de la Reina, tuve que detener el taxi en un semáforo y justo entonces las chicas entraron en acción.

 

¡Ahora! – gritó de pronto Nuri.

 

 

Como dos rayos, las dos chicas se abalanzaron contra sus puertas. Frenéticamente, forcejearon con las manijas, tratando de abrir para largarse sin pagar la carrera. Afortunadamente, el bloqueo infantil impidió su fuga, y yo, acostumbrado a este tipo de numeritos por parte de niñatos, puse en marcha de nuevo el coche (me salté el semáforo, pero a esas horas qué coño importaba).

 

Vaya, vaya con las lesbianas. Así que queríais jugármela ¿eh?

 

 

Mientras decía esto, las miraba de nuevo por el retrovisor, pero ahora sin ganas de broma, sino con un cabreo de tres pares de cojones. Nuri estaba bastante calmada, consciente de que las había pillado y no había escapatoria; seguro que se había visto envuelta en marrones de este calibre con anterioridad, pues el aplomo que mostraba tenía que ser fruto de la experiencia. “Jamona”, en cambio, estaba acojonadísima y continuaba forcejeando inútilmente con la manija de la puerta.

 

Mira, niñata, deja la puta puerta de una vez, a ver si encima me la vas a romper. ¿Qué coño vas a hacer si la abres? ¿Tirarte del coche en marcha? – le espeté.

 

 

Llorosa, mi querida “Jamona” abandonó sus infructuosos esfuerzos y se volvió hacia su amiga, sin duda rogándole a Dios que Nuri la sacara de aquel lío.

 

Me debéis 22 euros y mientras sigamos con el coche en marcha el taxímetro va a seguir corriendo. Así que ya estáis aflojando la pasta.

 

 

Nuri me lanzó una mirada de profundo odio, pero ahora yo era el amo total de la situación. En circunstancias como estas me había visto muchas veces antes y sabía perfectamente cómo manejar a aquellas dos niñatas. Si se hubiera tratado de un par de tíos de 2 metros, otro gallo hubiera cantado, pero en aquel taxi, a aquellas horas de la madrugada, el hijo de mi madre se bastaba y se sobraba para manejar a un par de estúpidas timadoras.

 

Bueno, ¿qué? ¿Me pagáis o vamos derechitos a comisaría? Os advierto que el trayecto hasta allí también lo vais a pagar vosotras.

 

 

Tras un par de segundos de duda, Nuri me respondió.

 

 

No tenemos dinero.
¿Cómo? – dije conociéndome perfectamente el truco – Me parece que no te he oído bien.
He dicho que no tenemos dinero – dijo Nuri en tono desafiante – ¿No has tenido bastante con el numerito de antes?
¡Coño! – exclamé –Y encima se pone chula. Mira Nuri, ¿me dejas que te tutee? Como ya nos conocemos tan bien… Te lo voy a explicar clarito. No es la primera vez que me encuentro con algún gilipollas que quiere hacerme el gato, así que no me complicaré mucho la vida. Nos vamos a ir disparados a la comisaría del barrio y allí le explicaré a los maderos la situación. Ellos también están muy acostumbrados a estas cosas, así que en menos de cinco minutos estarán llamando a vuestros padres y veremos cómo solucionan la cosa ellos.

 

 

Por el retrovisor pude ver cómo la sola mención de sus papás hacía que la sangre se helara en las venas de “Jamona”. En menos de un segundo, se puso a llorar como una magdalena, aunque yo no me conmoví en absoluto. Acojonada, se volvió hacia su amiguita y le susurró algo en voz baja.

 

¿Y qué coño quieres que haga? – respondió Nuri – No llevo ni un céntimo.
¿Y entonces? – dijo su llorosa amiga.
Pues tú verás, mis padres están fuera, así que…

 

 

Decidí que era hora de dejar de lado al poli malo y probar con el poli bueno.

 

Mirad chicas, entiendo que a vuestra edad se hacen muchas tonterías, así que vamos a buscar otra solución que nos os complique mucho la vida.

 

 

“Jamona” me miró en ese instante como si yo fuese el mesías.

 

Por lo que he escuchado, tus padres no están, pero los tuyos – dije refiriéndome a “Jamona” – sí. Podemos ir a tu casa, aparcamos en el portal y tú subes a pedirle dinero a papá. Mientras, tu amiguita Nuri se queda conmigo para asegurarme de que vas a volver a pagarme y todos tan contentos.

 

 

Otra vez llorando cual magdalena…

 

No… no puedo. Mis padres creen que estoy estudiando en casa de Nuri. Si se enteran de que sus padres no están y de que nos hemos ido por ahí me matan…

 

 

San Crisóstomo bendito, dame paciencia…

 

¿Y tú? – le dije a Nuri – ¿No tienes dinero en casa? Aunque no me fío mucho de ti, confío en que no dejarás a “Jamo…”, digo… a tu amiga tirada. Subes a tu casa y bajas con la pasta.
En mi casa no hay ni un euro – sentenció Nuri.
¿Tus padres se van por ahí y no te dejan dinero?
No se fían de mí. Me dejan la comida preparada y la tarjeta de crédito en casa de la vecina por si hay una emergencia.
La verdad, no entiendo por qué tus padres no se fían de ti – ironicé – Bueno, pues vamos a casa de la vecina y después a un cajero.
Sí, claro y que mis padres se enteren de que no me he quedado estudiando.
¡Pero, Nuri! – exclamó “Jamona”, que veía cómo sus últimas posibilidades de escapar del lío se esfumaban.
¡Ni Nuri, ni ostias! – dijo la chica enfadada – ¿cuánto crees que tardarían mis padres en llamar a los tuyos si se enteran?

 

 

“Jamona” se quedó callada.

 

Bueno, chicas – dije un poco harto – pues si no hay más remedio nos vamos a comisaría.

 

 

Puse el intermitente y doblé una esquina, decidido a ir a la poli.

 

Menudo par de elementos estáis hechos. Y conociéndote, ¿cómo coño te dejan tus padres sola en casa? Para una putilla como tú no hace falta pasta para salir por ahí a liarla – dije.
¡No me insultes, cabrón! – chilló la chica con los ojos como ascuas.
Sí, enfádate lo que quieras, que ya escuché lo que ibas a hacerle al novio de tu amiga en el baño de la disco.

 

 

Aquello la dejó callada. Punto para el caballero.

 

Responde a lo que te digo. ¿Tus padres pasan de ti o qué?
No, me llaman a casa para controlarme.
¿Y entonces?
¡Para eso está el desvío de llamadas, imbécil! – me espetó la niñata.
¿Y tus padres se lo tragan? – dije extrañado.
No – dijo ella en tono bajo – Pero como Natalia se quedaba conmigo…

 

 

Natalia. Bonito nombre.

 

Ya veo. Ella es la buena chica. Si tus papás te llaman, tú le pasas el teléfono a Natalia y ellos se quedan tranquilos.

 

 

Nuri, no contestó, pero como el que calla otorga…

 

Y tú, “Ja…”, digo, Natalia. Ese es tu nombre ¿verdad?

 

 

El acojonado bomboncito asintió con la cabeza.

 

Tú pareces buena chica. ¿Cómo te has dejado enredar?

 

 

Natalia no dijo nada, limitándose a encogerse de hombros.

 

¿No te das cuenta de que esto es un delito? ¿Tanto te compensa meterte en este lío sólo por ahorrarte el taxi?

 

 

Las lágrimas brotaban de nuevo de los hermosos ojos de la chica, pero yo no me dejaba conmover. ¿Acaso les había dado pena yo a ellas? ¿Les importaba que yo estuviera currando de madrugada para ganar unos cuantos putos euros? Me mantuve firme, aunque he de reconocer que tenía un nudo en la garganta. Nuri miraba en silencio a su llorosa amiga, supongo que sufriendo el desagradable estrujón de tripas de los remordimientos.
Entonces doblé una esquina, enfilando la calle donde estaba la comisaría. Y se lió la marimorena.

 

Espera – dijo Nuri poniéndome una mano en el hombro.
¿Qué? – dije pensando que había ganado la batalla – ¿Has recordado que sí tienes dinero?
No… – dijo ella muy seria – Si no nos denuncias te hago una mamada.

 

 

En mi interior se desató un intenso dilema moral. Aquella chica era con toda probabilidad una menor (rondaría los 17 o 18 años), yo estaba casado y amaba a mi mujer, aquello no estaba bien, la Biblia lo prohíbe… A quien quiero engañar, no tardé ni un segundo en aceptar.

 

Vale – dije mientras mi polla volvía a ponerse como el mástil de la bandera – ¿adónde vamos?

 

 

Miré por el retrovisor y pude ver una expresión de ligera sorpresa en el rostro de Nuri, supongo que debido a lo rápido de mi aceptación. Natalia en cambio, no se mostraba sorprendida, sino cataclísmicamente alucinada por lo que acababa de proponerme su amiga.

 

PERO, ¿ESTÁS LOCA? – aulló mi querida “Jamona” – ¿CÓMO SE TE OCURRE SEMEJANTE LOCURA?
Déjala, bonita – pensé yo – si no es para tanto.
¿Y qué coño quieres que haga? ¿Prefieres que se enteren tus padres? Yo no sé lo que te harían los tuyos, pero los míos me dijeron que, al siguiente follón, me iba a pegar 6 meses castigada. ¿Te imaginas que tuviera que irme todos los fines de semana al pueblo con ellos? ¿Sin poder salir?
Bueno – argumentó Natalia, derrotada.
¡Prefiero chupársela a este cabrón y salir de este lío!
Oye, niña… Sin faltar – intervine.

 

 

Pero la chica iba lanzada.

 

¿No has visto cómo nos miraba antes? ¡Es un salido asqueroso! ¡Seguro que se corre en un minuto y se terminó el follón!

 

 

Pensé en reprenderla por los insultos, pero ¡qué coño! Después de todo, aquel bomboncito me la iba a chupar… De todas formas la interrumpí.

 

Entonces, ¿qué? Mira que el taxímetro va ya por 30 euros. ¿Te decides o qué?
Sí, sí – dijo Nuri – Ya te he dicho que sí. Conduce hasta el llano detrás del mercado. Allí hay un sitio donde puedes parar.

 

 

Conocía el sitio. Era una explanada donde se hacía un mercadillo los viernes. Seguro que las parejitas iban allí a aparcar por las noches para el ñaca-ñaca. Y seguro que Nuri había ido más de una vez.
Sin perder más tiempo, aceleré un poco, conduciendo hacia el descampado. Las dos chicas conversaban en voz baja, pero yo no podía oírlas, pues en mi cabeza sólo resonaban una y otra vez cinco palabras mágicas: “ME LA VAN A CHUPAR”.
En un par de minutos, las luces del taxi iluminaron el oscuro descampado. Pude constatar que por allí había aparcados 3 o 4 coches, pero estaba seguro de que los dueños, concentrados en sus propios asuntos, no iban a venir a molestarme en los míos.
Conduje hasta un lugar un poco apartado y detuve el auto, volviéndome para ver bien a las chicas por primera vez, no a través del reflejo del retrovisor. Las dos estaban buenísimas, ¡pero “Jamona” estaba increíble!

 

 

Bueno, ¿qué? ¿Estás lista? – dije entusiasmado.
Sí, cabrón – respondió Nuri, altiva.
Nena, no me insultes más, anda. Me llamo Carlos y si me llamas por mi nombre, yo te llamaré Nuria y no tendré que llamarte putilla, por más que sea cierto que yo soy un poco cabrón y que tú eres una puta de cuidado ¿vale?
Vale – dijo ella viniéndose un poco abajo.
Hija mía – le dije – Si la chupas la mitad de bien de lo que insultas, esto va a ser realmente la ostia.

 

 

No sabía yo hasta que punto.
No era la primera vez que me lo montaba en un coche (mi Julia y yo éramos bastante ardientes en nuestros tiempos), así que no me faltaba práctica. Con habilidad, desplacé el asiento del pasajero todo lo que pude hacia delante e incliné el respaldo hasta que el cabecero tocó el tablier del coche.

 

Es para tener más sitio – les expliqué inútilmente.

 

 

Encendí la luz interior del coche (no quería perderme detalle) y, con torpeza, me colé entre los dos asientos hasta la parte de atrás. Habría sido más cómodo salir del taxi y abrir la puerta trasera, pero a saber qué eran capaces de hacer aquellas dos si me salía del coche aunque fuera un segundo.
Por fin, logré mi objetivo, sentándome en el asiento trasero en medio de las dos mozas, quedando Natalia a mi izquierda (tras el asiento del conductor) y Nuri a mi derecha con más espacio, pues estaba detrás del asiento del pasajero, completamente desplazado hacia delante.

 

Estupendo – dije sonriendo – Se está bien aquí detrás.

 

 

Mientras decía esto, les daba a las dos afectuosas palmaditas en las piernas, como si fuésemos tres amigos de cachondeo. Ninguna protestó.

 

Bueno, acabemos con esto – dijo Nuri enfadada.
Claro, chata. Siéntate en el respaldo del asiento, así estaremos más cómodos.

 

 

Ella me entendió enseguida, por lo que se levantó del asiento, permitiéndome echarle un buen vistazo a su espléndido trasero, que llenaba a la perfección sus ajustados pantalones. Con habilidad (sin duda no era su primera vez moviéndose en semejantes estrecheces) se dio la vuelta y se sentó sobre el respaldo del asiento del pasajero. Yo me desplacé un poco hacia su lado, para estar más cómodo.

 

Venga, sácatela – me apremió Nuri – Cuanto antes acabemos, mejor.

 

 

Yo no estaba muy de acuerdo con esa afirmación. Me encontraba en una situación que envidiaría cualquier mortal y quería disfrutarla. Pero como no había ningún motivo para retrasarlo, me quité los zapatos, levanté el culo del asiento y me desabroché el pantalón, bajándomelo hasta los tobillos junto con el slip, quitándomelos finalmente ambos.
Al dejarme caer de nuevo sobre el asiento, mi polla, dura como una roca, osciló con alegría. Yo no dispongo de un arma tipo Rocco Sigfredi, pero estoy bastante orgulloso del tamaño y grosor de mi herramienta, y más orgulloso que me sentí al notar dos pares de ojos juveniles clavados en mi enhiesto instrumento. Flipante.

 

¿Te gusta? – dije haciéndola bambolear hacia Nuri.
Vete a la mierda – respondió ella, aunque sus ojos seguían fijos en mi erección.
¿Y a ti? – dije inclinándola hacia Natalia.
……….

 

 

La chica no dijo nada, pero su rostro encendido me calentó aún más. Allí había infinitas posibilidades.

 

Cuando usted quiera, maestra – dije abriendo bien mis muslos y ofreciéndole mi enardecido nabo a la zorrita.

 

 

Nuri, por primera vez, no dijo nada, sino que se inclinó hacia delante, quedando arrodillada entre mis piernas. Mientras lo hacía, deslizó sus manos por mis muslos, en una lenta caricia que hizo que se me erizara el vello de la nuca. La chica iba metiéndose en situación.
Entonces, deslizó su mano derecha hasta mi nabo y lo agarró por el tronco, haciendo que deliciosos espasmos de placer recorrieran mi cuerpo. ¡Cuánto había echado de menos aquello!
Acercando su rostro a mi enhiesto miembro, sacó su lengua y le dio un lametón en la punta, haciéndome ver estrellitas de colores. Siguió lamiéndola unos segundos, humedeciéndola bien, antes de decidirse a introducir el glande entre sus carnosos labios, lo que me trasportó a un indescriptible universo de placer. Sin duda aquella chica era toda una experta en aquel tipo de operaciones, el tal Toni no sabía lo que se había perdido por no mandar a tomar por el culo a su novia.
Nuri siguió con sus expertas maniobras, tragando en cada embite un trozo más grande de nabo, acomodando poco a poco su garganta a la talla de mi instrumento. De esta forma, llegaba cada vez más adentro, realizando un trabajito de lengua, labios y garganta que ya quisieran dominar las más afamadas miembros del gremio puteril.
Hablando en plata: “CÓMO LA CHUPABA LA JODÍA”.
Aunque la chica no necesitaba ayuda, no pude resistirme a colocar mi mano derecha sobre su pelo, para acompañarla en el ritmo de la mamada y hacerla adoptar la cadencia que más me gustaba. Ella no protestó, por lo que comencé a acariciar suavemente su cabello y la tersa piel de su cuello.
Justo entonces, cuando estaba en lo mejor, desvié la mirada hacia Natalia, para comprobar cómo la estaba afectando aquella aventurilla y lo que vi me encantó: Natalia estaba cachonda perdida.
Su rostro, enrojecido por la excitación, tenía una expresión de lujuria como yo no había visto antes. Inconscientemente, se mordía el labio inferior, cosa que siempre me ha puesto un montón. Sus senos, rotundos y firmes, subían y bajaban al ritmo de su agitada respiración. Sus manos, reposaban sobre sus magníficos muslos, que asomaban bajo la cada vez más subida minifalda, acariciándolos con sensualidad. La chica estaba a punto. Aquella era mi oportunidad.

 

Espera – le dije a Nuri, apartando con cuidado sus labios de mi polla.
¿Qué? – dijo ella algo confusa, mientras me miraba con expresión de ¿desilusión?
Quiero que siga ella – dije mirando a Natalia.

 

 

Nuri aún tardó unos segundos en comprender lo que yo quería. Cuando lo hizo, un brillo de furia apareció en su mirada y empezó a ponerme verde.

 

¡SETRÁS CABRÓN! ¡ESE NO ERA EL TRATO! ¡HABÍAMOS QUEDADO EN QUE YO…!

 

 

La chica no pudo continuar, pues se quedó boquiabierta al ver cómo su querida amiga Natalia (“Jamona” para los amigos) se arrodillaba en el asiento a mi lado como si estuviera en trance y, sin decir nada, se inclinaba acercando su voluptuosa boquita a mi enardecido falo, que la aguardaba con desespero.

 

¡PERO, NATALIA! ¿QUÉ COÑO HACES?

 

 

Mientras gritaba, Nuri trató de apartar a su amiga de mi juguetito, pero “Jamona” se resistió, no permitiendo que mi polla escapara de entre sus labios. Yo, delicadamente pero con firmeza, empujé a Nuri hacia atrás, obligándola a sentarse de nuevo en el respaldo del asiento del pasajero. La chica, comprendiendo que nadie estaba obligando a su amiga a saborear mi caramelo, se rindió, mientras contemplaba estupefacta como la dulce Natalia me hacía un trabajito oral.
Ni que decir tiene que la chica no gozaba de la misma habilidad y experiencia que su amiga, pero lo compensaba sobradamente con entusiasmo y por qué no decirlo: por lo tremendísima que estaba. Queridos amigos, si en vuestra vida no os la ha chupado una tía de diez, no sabéis lo que os estáis perdiendo.
Sabedor de que tenía que seguir forzando la situación para sacar de allí todo lo que se me antojara, aproveché la propicia postura de Natalia para aplicarle un tratamiento dactilar. Como estaba de rodillas a mi lado, con su rostro hundido en mi entrepierna, su culo quedaba en pompa, cosa que no desaproveché.
Deslicé mi mano izquierda por su espalda, acariciándola con ternura, hasta llegar finalmente a su destino: el tremendo trasero de “Jamona”. Una vez allí, lo sobé y estrujé con ganas, arrancando a su dueña estremecedores gemiditos de placer que se deslizaban sobre mi polla, bien enterrada en las húmedas profundidades de su boca.
Sin dejar de sobarle el culo, le subí la faldita, dejándola sobre su espalda, dejando así al aire el más soberano trasero que había visto en mi vida, vestido, obviamente, por un tangazo de color negro que se perdía entre sus dos soberbios cachetes. Amasé un poco más aquellas prietas nalgas, pero pronto seguí navegando hacia mi objetivo, que estaba un poco más al sur.
Con cuidado, deslicé mis insidiosos dedos entre sus muslos, buscando su chochito, a esas alturas de seguro empapado. Natalia, comprendiendo mis intenciones, separó aún más las piernas, dejándome expedito el acceso a su intimidad. Hábilmente, mis dedos se deslizaron bajo el mojadísimo tanga, comenzando a explorar y acariciar la cálida gruta de la chica.
Comencé a aplicarle entonces todos mis años de experiencia en materia sexual, masturbando a la preciosa chica mientras ella no dejaba de comerme la polla. Insidiosos impulsos asaltaban mi miente y os juro que me costó verdadero esfuerzo no abalanzarme sobre sus esculturales nalgas y morderlas con ganas, así de buena estaba.
Como es lógico, a esas altura yo estaba que reventaba, pero como quería alargar un poco más el momento, me puse a pensar en cosas no excitantes, tratando de retrasar el momento de mi explosión y nada mejor para ello que la odiosa cancioncilla de la radio.
“MA – YO – NE – SA, ella me bate como haciendo mayonesa, como me corra en la boca de esta tía, le voy a volar la cabeza”. Bueno, la última parte de la letra es de cosecha propia.
Allí estábamos, en la parte trasera de mi coche, con un pivón impresionante chupándomela mientras yo le hacía una paja a ella. Pero allí había otra invitada.
Sonriendo, alcé la mirada hacia Nuri, la cual también estaba a punto de caramelo. No sé si sería la situación, o el hecho de ver a su querida amiga abalanzarse sobre una polla como una leona sobre su presa, pero lo cierto es que todo aquello había hecho mella en mi querida Nuri, la cual se estaba masturbando lentamente, con una mano metida en los pantalones mientras no se perdía detalle de cómo me la chupaba su amiga.
Deseoso de congraciarme con ella, estiré mi mano libre (la derecha, pues la izquierda estaba muy ocupada) hacia ella, tratando de llamar su atención. Con ello conseguí que saliera un segundo del trance y con la mano le hice gesto de que se acercara.

 

Si quieres – le dije con voz entrecortada – puedo ocuparme de eso por ti.

 

 

La chica comprendió mis intenciones y, tras dudar un instante, se incorporó acercándose a mi mano, que ahora reposaba sobre el asiento. En cuanto estuvo a mi alcance, deslicé mis dedos por la cinturilla de su pantalón, buscando con rapidez su empapado chochito.

 

UMMMMMMMM. DIOSSSSSSSSS – siseó Nuri cuando mis dedos se abrieron paso entre sus labios vaginales y comenzaron a masturbarla con dulzura.

 

 

El coño de aquella chica también estaba a tono y no me costó nada deslizar el dedo corazón en su interior, provocando que un espasmo de placer recorriera su cuerpo. Enseguida encontré un ritmo adecuado con las dos manos, de forma que masturbaba a las dos chicas a un tiempo.
Nuri, comenzó entonces a estrujarse los pechos, disfrutando como loca de la paja que yo le hacía. Sus caderas comenzaron a moverse cadenciosamente adelante y atrás, de forma que mi mano frotase profundamente su intimidad. Mientras, Natalia movía el culo cada vez más rápido, obligándome a hundir mis dedos en su coño cada vez más fuerte.
Imagínense la situación, un chocho en cada mano y unos tiernos labios en mi polla: el paraíso.

 

 

Nuria, enséñame las tetas – siseé – Quiero verlas.

 

 

Nuri bailaba con los ojos cerrados sobre mis dedos, mientras se acariciaba los pechos. Cachonda a más no poder, se quitó el top, sin dejar de mover las caderas. Un segundo después, su sostén reposaba en el suelo de mi auto, permitiéndome al fin ver las espléndidas mamas de la chavala.

 

Acércate – susurré.

 

 

Hábilmente, mis labios se apoderaron de los senos de Nuria, que seguía su danza con mis dedos enterrados en su interior. Chupé como pude uno de sus pezones, jugueteando con la lengua sobre él. Tenía un delicioso sabor salado y un regusto a fresa, no sé si por el perfume que usaba la chica o porque las tetas le sabían a pastel.
Y ya no pude más. No me negarán que me merezco una medalla por aguantar tanto tiempo aquel tratamiento de dos diosas.

 

Memf coggo… – balbuceé como pude, con el rostro apretado contra el pecho de Nuri.

 

 

No se entendió ni una mierda y claro, como Natalia no tenía mucha experiencia en aquellas lides, no comprendió mi aviso. Así que: lechazo que te crió en toda la boca.

 

UAHHGGGHHH – farfullaba yo sin querer abandonar los pechos de Nuria.
UMMMMMFFFFFF – resoplaba Natalia mientras se apartaba de mi polla, que no paraba de disparar su carga directamente en su garganta.
¡UAHHHHHH! – aullaba Nuri, pues en mi entusiasmo le había dado un pequeño mordisco a su pezón (pequeño, ¿eh?).

 

 

Natalia se incorporó, de rodillas sobre el asiento, con lo que mis dedos, protestando, tuvieron que abandonar su gruta. La chica, con los ojos llorosos, escupía pegotes de semen en el suelo, mientras tosía medio ahogada.
Yo pensaba que se iba a enfadar (ya sé que correrse en la boca sin avisar es una putada y más si se trata de una carga de meses como la mía), pero sorprendentemente no dijo nada. Nuri en cambio sí me reprochó lo que había hecho, pero acallé sus protestas en un instante redoblando mis esfuerzos dactilares sobre su coño. Se corrió en menos de un minuto.

 

¡AH! ¡DIOS! ¡ME CORRO! ¡ME CORROOOOO! – aullaba la morenaza mientras se derrumbaba sobre mí mientras yo no dejaba de juguetear con su chocho.

 

 

Permanecimos unos segundos así, respirando agitadamente los dos, con su cuerpo desmadejado sobre el mío. Entonces algo me cayó encima.
Intrigado, me aparté un poco de Nuri, cogiendo el objeto que me había caído y me encontré con el tanga de Natalia entre los dedos. Dando mentalmente gracias a Dios, me volví hacia “Jamona” que se había sentado en el asiento, con la espalda apoyada en la puerta.

 

Ahora me toca a mí – me dijo con una expresión de golfa que tiraba de espaldas, mientras se sujetaba la falda mostrándome su palpitante coño.

 

 

Delicadamente, aparté a Nuria de mí, dejándola reposar apoyada en el respaldo del asiento del pasajero. Me puse de rodillas en el asiento, frente a frente con Natalia. Ella clavó los ojos en mi mustio miembro (tranquilos, que aunque ya no tengo 20 años, estaré en forma muy pronto otra vez) sonriendo divertida. Yo, sin pensármelo un instante la agarré por los tobillos y tiré con fuerza, haciéndola quedar tumbada de espaldas, mientras la chica daba grititos de sorpresa.

 

Te vas a enterar – siseé mientras me abalanzaba sobre ella, hundiendo la cara entre sus torneados muslos.

 

 

Si las tetas de Nuria sabían a fresa, el coñito de Natalia sabía a miel, así de dulce lo tenía. Madre mía, qué mar de jugos había entre aquellas piernas, el asiento del coche estaba quedando empapado, pero, como comprenderán, a mí me importaba un huevo.
En aquel instante, todo mi mundo se reducía a la maravillosa gruta que escondía aquella preciosidad entre sus muslos, así que me concentré en explorar aquella hermosa cuevecita a conciencia, sólo que en vez de hacerlo con mapa y brújula, lo hice con mis dedos y mi lengua. Y lo hice al milímetro, sin dejar ni un solo rincón sin recorrer.
Chupé, mamé, lamí, penetré, le comí el coño hasta lo más hondo, deseando que aquello durara para siempre. Natalia, gemía y chillaba como loca, disfrutando a fondo de mi mamada, hasta que los sonidos que profería quedaron de repente ahogados.
Sin dejar de comérselo, alcé la mirada y me encontré con que Nuria se había arrodillado junto a ella y ambas se comían la boca la una a la otra con desesperación. Nuria, había logrado soltar los tirantes del top de Natalia, dejando sus tetas al aire, para poder estrujarlas y acariciarlas a placer. Mientras, “Jamona” había deslizado una mano entre los muslos de su amiga, frotándole el coño por encima del pantalón.
A esas alturas, mi amiguito “cipotón” había despertado por completo y no queriendo hacerlo esperar más me incorporé y tirando de nuevo de los tobillos de Natalia, la arrastré sobre el asiento acercándola más a mí. Agarrándola por las caderas, despegué su trasero del asiento, y, tras apuntar bien mi polla en la entrada de su vagina, la penetré sin muchos miramientos, deslizando mi erección dentro de ella sin dificultad alguna.

 

¡Uaggggggg! – farfullaba la chica sin dejar de morrearse con su amiga.

 

 

Sin perder un segundo y agarrándola con firmeza por las caderas, comencé un lento mete y saca, sintiendo como cada centímetro de mi miembro se enterraba en lo más profundo de aquella dulce chica.
Ella gemía y gritaba, disfrutando cada segundo, pero no se entendía nada, pues sus labios continuaban fundidos con los de su amiga. A medida que me la follaba, se encendía cada vez más, frotando vigorosamente la entrepierna de Nuri con su mano.
Nuria, por su parte, deseosa de sentir mejor las caricias de su amiga, abandonó sus labios momentáneamente, aprovechando para despojarse de sus pantalones y su tanga, quedando a nuestro lado como Dios la trajo al mundo.
Nuri iba a abalanzarse de nuevo sobre Natalia, pero yo tenía otros planes.

 

¡Espera! – resoplé dirigiéndome a Nuri, sin dejar de bombear a su amiga – Súbete en su cara.

 

 

A buen entendedor, pocas palabras bastan, así que Nuria, ni corta ni perezosa, deslizó una pierna a un lado de la cabeza de Natalia, apoyando la rodilla en el asiento y dejando el otro pié apoyado en el suelo. De esta forma su coño quedaba directamente frente a la cara de su amiga, la cual no se hizo de rogar y empezó a comerle el chocho, mientras yo no dejaba de follármela.
Por desgracia, Nuri se había colocado de espaldas a mí, para poder agarrarse con las manos a la puerta y mantener el equilibrio, así que no pude besarla mientras me follaba a su amiguita, pero no me importó, pues en esa postura podía contemplar en todo su esplendor su magnífico trasero así como las bamboleantes tetas de mi víctima.

 

¡ASÍ, NATI, ASÍ…. POR AHÍ… SÍIIII! – aullaba Nuri ante el tratamiento que le aplicaba su amiga.

 

 

Natalia también gemía, pero, con la cara entre las piernas de la otra chica, no se le entendía.
Lo que sí entendí fue el brutal orgasmo que le proporcioné a mi querida “Jamona”, la cual, en el momento del clímax, cruzó sus piernas tras mi trasero, atrayéndome al máximo contra su cuerpo, obligándome a clavársela hasta el fondo. Mientras se corría, llevé una mano hasta sus soberbias tetazas, que estrujé con ganas, pues hasta ese instante no había podido tocarlas.
Natalia, por su parte, berreaba como loca contra el coño de la otra chica, que disfrutaba enormemente de lo que le estaban haciendo.

 

¡NATALIAAAAAA! ¿QUÉ COÑO HACES? ¡AY! ¡NO ME MUERDAS! ¡ZORRAAAAAA!

 

 

Sí, mucho quejarse, pero la tía no se apartaba.
Cuando los últimos espasmos de placer abandonaron el cuerpo de Natalia, no quise perder un segundo y, con una sola idea en mente, se la saqué de golpe y echándome hacia delante, quedé a horcajadas sobre el estómago de la chica, mientras que mi rezumante falo se aproximaba traicionero a la desprevenida grupa de la preciosa Nuria.
Sin pensármelo dos veces, deslicé mi nabo entre sus muslos, tratando de encontrar la entrada de su coño. La verdad es que fue la mar de fácil, pues la simpatiquísima “Jamona”, comprendiendo mis intenciones, me agarró la polla, le abrió el coño a su amiga y me colocó en posición, de forma que lo único que tuve que hacer fue dar un buen empellón.

 

¡UAAAAAHHHHH! ¿QUÉ HACES? – aullaba la sorprendida Nuri.

 

 

Como si no lo supieras rica.

Empujando con fuerza, comencé a propinarle certeros culetazos a la espléndida grupa de Nuri, acariciando sus muslos, caderas y senos con mis inquietas manos. Sentí entonces cómo la queridísima Natalia participaba en el juego, atrapada como estaba bajo los cuerpos de su amiga y del mío, comenzando a administrarnos excitantes lametones en su coño y en mi polla mientras procedía al mete y saca.

Corrijo lo que dije antes. El verdadero paraíso era éste.
Madre mía, follarme aquel chochito, mientras su dueña se sujetaba como podía a la puerta del taxi, con una morenita adolescente chupándome los huevos es lo máximo que puedo esperar de la vida. Para hacer un cuadro.
Sin dejar de estrujar sus tiernos senos, seguí follándome como loco a Nuria, consiguiendo poco después llevarla a un devastador orgasmo, que hizo que se derrumbara contra la puerta. Durante un instante, consideré la posibilidad de desclavarla y terminar con Natalia, pero me quedaba muy poco para alcanzar el clímax, así que redoblé mis esfuerzos sobre su caliente chochito, seguro de acabar de un instante a otro.

 

No… – acertó a balbucear la desmadejada Nuri – Dentro no….
Tranquila… – susurré.

 

 

Cuando estuve a punto, se la saqué del coño, frotándola vigorosamente entre los labios vaginales de la chica. Natalia, por su parte, siguió lamiéndomela con fuerza, así que pronto me corrí, con mi polla atrapada entre cuatro labios, dos del coño de Nuria y dos de la boca de Natalia.
Cuando hube acabado, me derrumbé, sentado en el asiento. Natalia, también derrengada, se estiró, colocando sus pies sobre mi regazo. Nuri, por su parte, se arrastró como pudo, sentándose en el suelo del auto, con la espalda apoyada en la puerta, acariciando con cariño el cabello de su amiga, que tenía la cara completamente manchada por los restos de mi corrida.
Los tres resoplábamos cansados, aunque mentalmente rezaba porque la noche no hubiese acabado aún.

 

 

Pues sí que nos ha salido barata la carrera – dijo de repente Natalia, mientras se limpiaba un espeso pegote de semen de la cara con los dedos y lo contemplaba atentamente.

 

 

Todos nos echamos a reír, poco a poco al principio, pero pronto estallamos en carcajadas incontroladas. Cuando por fin nos calmamos, nos quedamos mirándonos los unos a los otros, sin saber muy bien qué decir. Por fin, Nuria rompió el hielo.

 

Oye… – dijo dirigiéndose a mí – Perdona por haber intentado timarte antes.

 

 

Miré a la chica sorprendido, pues no me esperaba que, precisamente ella, tuviera remordimientos.

 

No te preocupes, ya es agua pasada – dije sin saber muy bien qué decir.
Lo que ha sido una pasada ha sido esta juerguecita – dijo Natalia haciéndonos reír de nuevo.

 

 

Segundos después, fui yo el que hablé.

 

Madre mía, todavía no puedo creerme lo que ha pasado.
Ni yo – respondió Natalia.
Pues anda que yo, concluyó Nuria.
Aunque no negaré que esta es la fantasía de cualquier tío. Por cierto, ¿cuántos años tenéis?
Diecisiete – dijeron las dos al unísono.
¡Joder! Así que soy un corruptor de menores…
Efectivamente, ahora somos nosotras las que podríamos llevarte a comisaría – dijo Natalia riendo.
No pasa nada – bromeé – En cuanto les explicara el caso a los policías, estoy seguro de que todos comprenderían lo que he hecho. Quien iba a renunciar a montárselo con dos pivones como vosotras.
Entonces buscaríamos a una mujer policía.
¿Y qué? Con lo buenas que estáis y lo que os gusta el rollo bollo, tampoco se resistiría ninguna mujer.
¿Y si fuera un poli gay?
Se volvería hetero. No le quedaría otra.

 

 

Risas de nuevo.

 

Bueno – dijo Natalia con voz susurrante, mientras seguía tumbada boca arriba en el asiento – Con todo esto hemos pagado lo que te debíamos ¿verdad?
Claro, hija – asentí.
Pero yo aún estoy lejos de mi casa… – continuó – ¿No iras a dejarnos aquí solas, eh?
Niña, claro que no – dije sin comprender – Que tan cabronazo no soy…

 

 

Natalia comenzó entonces a frotar descuidadamente mi dormida polla con sus piececitos, que reposaban en mi regazo. Comprendí entonces sus intenciones y me regocijé interiormente. La cosa no había acabado todavía.

 

Pues eso – dijo “Jamona” – Ahora habrá que pagarte el trayecto hasta casa ¿no?
Sí, tienes razón – contesté mientras sentía que la vida retornaba a mi miembro.
¿Y cómo podríamos pagarte?
Ya se nos ocurrirá algo.

 

 

Nuri intervino entonces, mirando con sorpresa a su amiga.

 

Quien te ha visto y quien te ve, hija. En menudo zorrón te has convertido.
Ay, cari, tenías razón. Lo que necesitaba era olvidarme del imbécil de Lucas. Era cuestión simplemente de encontrar a alguien que sepa follar y soltarme un poco.

 

 

Ni que decir tiene que mi ego masculino alcanzó las más altas cumbres en ese instante.

 

¿Y te parece que este tío folla bien? – dijo Nuri con una sonrisilla en los labios.
Zorra – pensé.
A mí me ha gustado mucho.

 

 

Mientras la chica hablaba, sus caricias con los pies se hacían cada vez más decididas sobre mi nabo, que poco a poco iba recobrando su vigor. Yo, por mi parte, estiré una mano y comencé a acariciar sus melonazos, obra maestra de la naturaleza que en la vida podría cansarme de sobar.

 

¿Y a ti no te ha gustado? – le dije mientras a Nuri, un poco picado.
No ha estado mal… – respondió ella sonriente – Cabronazo.
Pues ven acá, putilla – dije riendo a mi vez – Que todavía puedo hacerlo mejor.

 

 

Con movimientos felinos, Nuri se incorporó acercándose a mí. Sin mediar palabra, sus labios se apoderaron de los míos, y nos fundimos en un abrasador baile de lenguas, mientras mi mano libre sobaba sus prietas nalgas y se perdía entre sus muslos, acariciando su cálido coño.

Natalia, por su parte, me estaba propinando una decidida paja con los pies, cosa que era la primera vez en mi vida que me hacían, pero, no queriendo acabar corriéndome de esa manera, la detuve y cogiéndola de la mano, hice que se incorporara quedando sentada, atrayéndola hacia Nuria y hacia mí.
Ella no tardó ni un instante en hundir su rostro en nuestro beso, así que me encontré morreándome simultáneamente con dos bellezas de impresión, mientras mis pícaras manos exploraban hasta la última curva de sus espléndidas anatomías. Nuestras lenguas danzaban excitadas, mientras las caderas de las chicas bailaban sobre mis dedos.

 

¿Por qué no me la chupáis las dos a la vez? – dije cuando tan maravillosa idea penetró en mi mente.
¿Eso te gustaría, eh? – dijo una de ellas, no sé cual.
¿A ti que te parece? – respondí.

 

 

Tremendamente obedientes (no sé de qué coño se quejaban sus padres) las dos chicas se deslizaron hasta el suelo, quedando cada una a un lados de mí, arrodilladas en el suelo. Yo estaba sentado en el centro del asiento, sin creerme todavía lo que estaba pasando y dándole gracias a Dios desde lo más profundo de mi corazón.
Todavía riendo, las dos ninfas acercaron sus rostros a mi erección, que a esas alturas resultaba casi dolorosa, y cuando sentí sus tibias bocas apoderarse de mi falo: vi el sol, la luna y las estrellas. Todo a la vez.

 

¡Diosssss! – siseé – ¡Esto es la ostia!

 

 

Y vaya si lo era. Las dos chavalas se dedicaron a propinarme una fenomenal mamada, aunque más bien lo que hacían era besarse la una a la otra, jugueteando con sus lenguas, mientras mi polla quedaba atrapada entre sus labios. De vez en cuando, una de ellas (no sé cual, pues yo estaba con los ojos cerrados, disfrutando hasta el último segundo de aquel tratamiento) se deslizaba hacia abajo, lamiendo todo el tronco y me chupaba dulcemente las pelotas, mientras la otra introducía el glande entre sus labios y se tragaba todo lo que podía de mi polla. IMPRESIONANTE.
Consciente de que de esa forma no iba a aguantar mucho más, decidí pararlas, pues no estaba muy seguro de que mi pene fuera a empinarse de nuevo tras una tercera corrida (no soy Superman, qué coño) y como tenía muchas ganas de endiñarles un buen pollazo a cada una lo mejor era reservar fuerzas.

 

Parad, chicas, parad – les dije mientras apartaba mi nabo de sus ávidas bocas – Como sigáis así me voy a correr y me gustaría meterla otra vez en caliente.
Vaya, vaya – dijo Nuri divertida – Así que el señor ya no puede más ¿eh?
Y qué quieres, hija. Vosotras dos seríais capaces de secarle las pelotas a un equipo de fútbol entero.
Vale – dijo de repente Natalia – Yo primero.
¡Y una mierda! – dijo súbitamente Nuria – ¡Lo echamos a suertes!

 

 

Fue bastante surrealista ver cómo aquellos dos bombones, uno completamente en pelotas y el otro vestido tan sólo con una faldita, se jugaban a piedras – papel – tijeras quien iba a ser la primera en recibir mi sagrado instrumento.
Fue Natalia la que ganó, y no se cortó un pelo en celebrarlo.

 

¡Yo primera! ¡Yo primera! ¡La polla es para mí!

 

 

Joder con la niña.
Sin perder un segundo, Natalia se sentó a horcajadas sobre mí, mientras yo permanecía sentado. Introduciendo una mano bajo su minifalda, ella misma se encargó de colocar la punta de mi nabo en la entrada de su vagina, y, poco a poco, fue deslizándose sobre el tronco, empalándose hasta que nuestras entrepiernas quedaron unidas.

 

¡UFFFFFFFF! – resopló “Jamona” mientras sentía cómo mi polla se clavaba en su interior.

 

 

Enseguida comenzó una cadenciosa danza de caderas sobre mi polla, mientras sus brazos rodeaban mi cuello. Sus tremendos senos quedaron aplastados, contra mi pecho, cosa que lamenté, pues no podía seguir sobándolos, así que tuve que conformarme con agarrar bien sus nalgas, amasándolas y usándolas como asidero para ayudarla en su movimiento de cabalgar sobre mi pija.
Disfrutando tremendamente de aquel polvazo, aproveché que era ella la que hacía todo el trabajo para echarle un vistazo a nuestra común amiga. Nuri, mientras aguardaba su turno, se había tumbado en el respaldo del asiento del pasajero, aprovechando la espera para masturbarse lánguidamente.
Natalia, a medida que crecía su excitación, chillaba desaforadamente, disfrutando al máximo de la cabalgada. Yo, que quería acelerar su orgasmo para que me quedaran fuerzas para afrontar a Nuri, subí las apuestas: cuando menos se lo esperaba, le metí el dedo corazón por el culo.

 

¡UAAAAAHHHHHH! – aullaba la chica – ¿QUÉ HACES?
¿Cómo que qué hago? ¡Te estimulo el ano para sodomizarte después! – contesté con aplomo.
¡Y UNA MIERDAAAAAAAA! ¡YO NO HAGO ESAS COSASSSSS!

 

 

Era verdad. Me había olvidado que me enfrentaba a dos chicas modositas y bien educadas. No sé cómo se me ocurrían aquellas guarrerías.
La verdad es que Natalia mucho quejarse de lo del dedo, pero en ningún momento me dijo que se lo sacara, así que seguí estimulándola, tratando de acelerar su orgasmo.
Natalia estaba como poseída por el espíritu del sexo, ya no controlaba muy bien. Llegó incluso a golpearse un par de veces contra el techo mientras botaba como loca sobre mi polla. De pronto, decidió que quería cambiar de postura, así que me obligó a tumbarme boca arriba, mientras ella continuaba con su infernal cabalgada, lo que por desgracia hizo que tuviera que sacarle el dedo del culo.
Yo miré a Nuri un tanto confuso, sorprendido por el frenesí de la chica, y vi que también ella estaba sorprendida. Sorprendida y excitada, pues ya no se limitaba a acariciarse lentamente, sino que se estaba haciendo una paja en toda regla. Me acordé entonces de que aún no había catado el chochito de la chica y así se lo hice saber.

 

¡NURIA! ¡VEN ACÁ, QUE QUIERO COMERTE EL COÑO!

 

 

Así, comedido y educado.
Nuria no se lo pensó ni un segundo y en seguida me encontré con otra chica montada sobre mí, sólo que esta se había colocado sobre mi cara. Deseando probar las mieles de su intimidad, enterré mi lengua entre los labios vaginales que la chica tan gentilmente me ofrecía, descubriendo que su sabor era distinto del de su amiga, pero también absolutamente delicioso.
Como Nuri se había colocado mirando hacia su amiga, las dos empezaron a morrease, mientras ambas seguían cabalgando sobre mí, una en mi polla y otra en mi cara. La postura me permitía además acceder al culito de Nuri, así que empecé a estimularlo con mi lengua y dedos.

 

¡Ni se te ocurra! – escuché que decía Nuri de pronto – ¡Quítate eso de la cabeza!
¡Fanquila! – farfullé con la boca llena de coño – ¡Eeftoy folo juganfdo!

 

 

Y fue justo entonces cuando Natalia se corrió. Fue un poco inesperado, pues yo creía que me iba a costar más hacer que se corriera, pero supongo que las dos corridas que me había pegado antes habían hecho que mi aguante aumentara.
Natalia se derrumbó sobre mi cuerpo, mientras mi polla se salía de su interior. Nuri, sabedora de que le tocaba a ella, se bajó de mi cara, y me ayudó a escapar de debajo del cuerpo de su amiga. Como pude me puse de pié medio agachado, para no dar con el techo, con mi polla empapada de jugos de Natalia cimbreando en busca de otra hembra.
Sin mediar palabra, empujé a Nuri, que dio un gritito de sorpresa, obligándola a tumbarse sobre el respaldo del asiento del pasajero. Situándome entre sus piernas, la penetré con rapidez y con suma facilidad, pues estaba empapada. Ahora quería ser yo el que marcara el ritmo.

 

¡AAAAGHH! ¡AAGGHH! ¡AAHHHHH! – aullaba Nuri mientras soportaba mis empellones.

 

 

Yo no decía nada, concentrado como estaba en follarme aquel tierno coñito y en evitar caernos al suelo, pues el respaldo del asiento se agitaba con cada culetazo que yo pegaba.

 

¡ASÍ! ¡ASÍ! ¡MÁAASSS! – gritaba ella.

 

 

Como usted mande.
Redoblé mis esfuerzos en su coño, horadándola sin compasión, y pronto (supongo que caldeada por la paja que se había estado haciendo y por mi comida de coño), la pequeña Nuri alcanzó un devastador orgasmo.
Derrengada, se deslizó entre mis brazos, deslizándose sobre el respaldo hasta quedar sentada en el suelo. No podía creerlo. Tanto esforzarme por complacerlas a las dos y resultaba que era yo quien más aguante tenía. Esta juventud….
Pero claro, yo no podía quedarme, así. Tenía que acabar ya y descansar de una vez. Consideré un instante el pelarme la polla hasta correrme, pero, ¡qué coño! Habiendo marisco quien se conforma con pan.
Me coloqué a horcajadas sobre Natalia, que seguía tumbada sobre el asiento. Colocando mi polla entre sus tetas, comencé a hacerme una deliciosa cubana con sus monumentales senos. La chica, en un último esfuerzo por colaborar, se apretó las tetas, estrujando mi falo entre ellas con fuerza. No duré ni un minuto.
Mi corrida se desparramó entre los pechos de Natalia, manchándole aún más el cuello y la cara. Era curioso, todas las veces me había corrido encima de la modosita, mientras que la putilla se había escapado. Cosas de la vida.
Cansado, levanté los pies de Natalia del asiento, sentándome y dejándolos de nuevo sobre mi regazo, pero esta vez la chica no hizo nada. Ya habíamos tenido suficiente.
Cuando pasó un rato, fuimos recuperando fuerzas. Los tres bebimos de una botella de agua mineral que yo siempre llevaba en el taxi y Natalia usó el agua que sobró para limpiarse un poco el semen que la empapaba.
Como pudimos, fuimos recuperando nuestras ropas, mientras bromeábamos sobre lo ocurrido. Cuando estuvimos listos, colocamos bien los asientos y las llevé a casa de Nuri. Las dos se despidieron de mí con un beso.
Absolutamente derrengado, esa noche pasé de trabajar más, así que me fui a casa, pasando antes, eso sí por un lavado de coches 24 horas, pues al día siguiente tenía que currar de nuevo y no creía que a los clientes les gustara el olor (y otras cosas) que había en el interior de mi taxi.
Y bien, esa es la historia. Han pasado varios meses desde aquello. Mi hijo ha nacido y mi vida sexual conyugal ha mejorado notablemente.
Pero eso sí. Los viernes por la noche acudo puntualmente a la zona de marcha, directamente a la puerta del garito o discoteca cuyo nombre he recibido antes por sms. Las chicas han obtenido un servicio de chófer gratuito desde la puerta de la disco hasta su casa y yo he obtenido… je, je, je…
FIN
TALIBOS
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