Una diosa muda me salvó la vida.
Todavía hoy hasta mis amigos me consideran un loco. Aunque ninguno comprende como pude sobrevivir a ese accidente de helicóptero, tampoco se creen mi historia. Por mucho que intento explicarles que si no llega a ser por ella hubiera muerto, les parece imposible aceptar que una Diosa me haya salvado en esas agrestes y frías montañas.
Unos pocos opinan directamente que miento mientras la mayoría disculpa mi terquedad, asumiendo que es una alucinación producto de las penurias que tuve que pasar hasta salir de esa cordillera. Pero yo sé que ella existe y por eso en cuanto reponga fuerzas volveré a buscarla porque sin ella mi vida no tiene sentido.
(Nota encontrada al lado del manuscrito)
UNA DIOSA MUDA ME SALVÓ LA VIDA.
Mi historia tuvo lugar en la región de Komi, una república rusa famosa por albergar los montes Urales. Debido a la crisis en España me quedé sin trabajo. Tras seis meses sin conseguir nada en mi país decidí probar fortuna  en el extranjero y por eso mandé mi curiculum a una vasta lista de empresas de ingeniería.
Para mi desgracia, la única oferta que recibí fue de Gazprom, una de las mayores empresas petroleras del mundo que tiene su base en Moscú.  Si ya de por sí pensar en irme a esa ciudad de la que desconocía el idioma era difícil, cuando en la primera entrevista me enteré que el puesto era para un remoto pueblo llamado Tyvkar se me cayó el alma a los suelos.
« ¡Está en el culo del mundo!»
Estaba pensando en negarme cuando me informaron que el salario que me pagarían triplicaba mi antiguo sueldo. Ni que decir tiene que siendo soltero y sin perspectiva alguna en mi tierra, acepté el trabajo.
Durante dos años, viví en ese remoto lugar. Alejado de todo y con la única compañía de los mineros y de sus familias, aprendí ruso y pasé frío. Y cuando digo frio es frio y no el fresquito que hace en Madrid durante el invierno. Para que alguien pueda hacerse una idea, la temperatura en Febrero puede llegar a los cuarenta y cinco grados bajo cero.
Mi única diversión en ese remoto lugar consistía en una vez cada dos meses aprovechar a irme un fin de semana  a la capital de esa zona en un helicóptero que la compañía ponía a nuestra disposición. Fue durante una de esas escapadas cuando ocurrió el accidente.
 
El helicóptero se estrella en mitad de los Urales.
Como en todas las ocasiones anteriores, ese viernes trabajé en el turno que terminaba a las dos de la tarde para así salir rumbo al “paraíso” que para mí suponía la ciudad de Syktyvkar en ese helicóptero. En esa ocasión, los dos pilotos llevaban a otros cuatro ejecutivos como pasaje. Con la excepción del director, todos los mandos de la mina habíamos quedado en corrernos una juerga que nos hiciera olvidar la mierda que suponía vivir en esa aldea perdida.
Ya desde el inicio el viaje empezó mal. Las condiciones atmosféricas eran penosas y por eso sufrimos un retraso de una mientras el  capitán de la aeronave esperaba que mejoraran. Aunque no lo hicieron, la idea de quedarse en esa pocilga y la presión que ejercimos para que despegara terminaron de convencerle de esa locura
Al despegar, todos los ocupantes  estábamos felices. Los pilotos porque volvían con sus familias y nosotros por la fiesta llena de putas y vodka que teníamos preparada al llegar. Desgraciadamente, el clima empeoró y el tipo que estaba a los mandos decidió con mal criterio en vez de volver a la base, variar el rumbo cruzando la cordillera porque según los meteorólogos allí no había tormenta.
Mientras cruzábamos esas abruptas montañas, el panorama cambió y el cielo se cubrió de negros nubarrones limitando la visibilidad. Cuando ya no se veía nada y mientras el viento arreciaba, todavía tranquilo, el imbécil del piloto nos informó  que no había motivo de  preocupación porque esa nave podía soportar eso y mucho más.
¡Menudo profeta!
El helicóptero no tardó en ser zarandeado por la tormenta y el mismo profesional que minutos antes nos había tranquilizado con esa memez, nos pidió que nos abrocháramos bien porque tenía que hacer un aterrizaje forzoso. Fue tanto el nerviosismo que transmitió con su voz, que aunque nunca había sido religioso me puse a rezar viendo lo cercana que tenía la muerte.
La velocidad del aire hacía imposible dominar la nave y durante un tiempo que se me hizo eterno ese orgullo de la ingeniería soviética se convirtió en una marioneta volando sin rumbo fijo. Fue el grito del copiloto el que me informó del desastre y solo pude cerrar los ojos antes que nos estrelláramos contra un pico nevado.
Desconozco el tiempo que estuve sin conocimiento. Al despertar, me encontré herido, con una pierna rota y todos mis compañeros muertos. El dolor que sentía me hizo permanecer entre los restos del aparato hasta que la seguridad que me helaría de frio allí, hizo que me levantara y a duras penas buscara refugio.
No había dado el primer paso cuando comprendí que tenía que entablillarme el fémur, si quería conseguirlo. Buscando entre los hierros retorcidos, encontré cuatro barras de aluminio.
« Esto me servirá» pensé agradeciendo el hallazgo y cortando unos cinturones de seguridad, con gran dolor conseguí sujetar el hueso.
Aun así era atroz el sufrimiento que suponía avanzar entre la nieve mientras el viento me cortaba la cara.
« ¡Voy a morir!» convencido exclamé que tardarían días en dar con nosotros.
La dureza del camino me obligaba a hacer frecuentes paradas para tomar aire pero aun así metro a metro recorrí la distancia que me separaba de las rocas donde esperaba resguardarme. No sé cómo lo conseguí pero acababa de anochecer cuando me dejé caer en un agujero entre las peñas. Ya en él, mis gruesas ropas de abrigo me dieron una cierta tranquilidad al creer que bastarían para soportar la noche.
¡Qué equivocado estaba!
En menos de diez minutos ese gélido aire había entumecido todo mi cuerpo. Al dejar de sentir los pies y comprobar que no podía ni mover los dedos de las manos, entendí que era cuestión de tiempo que me quedara congelado. Curiosamente, el no tener futuro me dio una extraña serenidad y cerrando los ojos, espera la llegada de la parca…
Mi despertar.
Estaba medio inconsciente cuando entre sueños noté  a un ser peludo zarandeándome para que despertara. Creyendo que era una alucinación me di la vuelta para seguir durmiendo  pero el intruso sin darse por vencido, tiró de mí sacándome del refugio. En mi mente creí que era una especie de Yeti, el molesto individuo que jalaba de mis piernas. Supuse que iba a ser su cena pero era tan penoso mi estado que no pude hacer nada por evitarlo…
Las siguientes imágenes que recuerdo fueron el fulgor de un fuego, la imagen de una mujer de piel clara sonriéndome y la fiebre. Durante mi sueño una diosa nórdica envuelta en pieles me  restregaba con aceite el cuerpo, intentando que mi sangre circulara por mis piernas. Sus azules ojos reflejaban una preocupación que en ese momento no comprendí. Creyéndome muerto, las maniobras a las que estaba siendo sometido me parecían fuera de lugar y solo quería que me dejara descansar.
Durante días sino fueron semanas, me despertaba durante unos segundos para acto seguido hundirme nuevamente en las tinieblas hasta que una mañana me desperté en el interior de una habitación, tirado en un catre y tapado por innumerables mantas.
« ¿Qué hago aquí?», fue mi primer pensamiento.
El recuerdo del accidente y la muerte de esos seis hombres  me golpeó en la mente al intentar moverme y sufrir el latigazo de mi pierna rota. Fue entonces cuando recordé  todo y aunque me dolía todo el cuerpo, no pude dejar de alegrarme al saber que estaba vivo. Sin fuerzas para salir de esa humilde cama, miré a mi alrededor intentando descubrir cómo había llegado a ese lugar pero sobre todo para conocer a mi salvador.
La soledad de esas paredes hechas de troncos y apenas cubiertas por estuco, me hizo saber que debía estar en la cabaña de un leñador pero poco más. La exiguas pertenencias que tenía a mi vista consistían en una silla medio rota, una mesa y diferentes utensilios que reconociéndolos como aperos de caza, realmente desconocía su función.
«Deben ser trampas», mascullé para mí mientras buscaba sin encontrar un teléfono, una radio o cualquier cosa que me sirviera para conectarme con el exterior. « Necesito avisar que estoy vivo», pensé al saber que todo el mundo estaría convencido que estaba muerto.
Durante horas aguardé que alguien llegara pero fue en vano. El hambre que atenazaba mi estómago, me obligó a intentar encontrar algo que comer aunque eso supusiera que el dolor volviera. Sufriendo con cada paso un suplicio, conseguí salir del cuarto y al observar el resto de la casa, me hundí. La pobreza de esa vivienda era tal que ni siquiera había un suelo hecho de madera y lo que encontré fue una base de tierra rústicamente aplanada y poco más.
« La gente que malvive aquí es imposible que tenga una radio», sentencié sintiéndome tan o más miserable que ellos.
Cómo al salir de la cama no había tenido la precaución de taparme, no tardé en sentir frio y por eso las brasas que todavía ardían en la chimenea se convirtieron en mi siguiente objetivo. Arrastrando mi pierna enferma, renqueé hasta un modesto sillón ajado por los años y allí me dejé caer desmoralizado, mientras devoraba unos trozos de pan seco que hallé tirados en un plato.
Estando rancio, era tal mi apetito que ese mendrugo me pareció un manjar.
Estaba recogiendo las últimas migajas con mis dedos cuando caí en la cuenta que estaba desnudo y que además de no ser apropiado estar en pelotas cuando llegara el dueño de ese lugar, me estaba muriendo de frio. Gasté las últimas fuerzas en llegar hasta ese catre y al sentarme en él, comprendí que era incapaz de buscar mi ropa por lo que no me quedó otro remedio que taparme con las mantas y esperar ayuda.
« ¡Ojalá no tarde!» pensé mientras el sopor me dominaba.
Esta vez mi desfallecimiento debió ser cuestión de horas porque todavía era de día cuando un ruido me hizo despertar. Al buscar su origen, descubrí que acababa de entrar en la habitación mi salvador. El grueso abrigo, la capucha y la bufanda que lo cubrían por completo evitaron que en un principio reconociera que era una mujer quien había hecho su aparición. Cortado pero agradecido, en ruso, saludé al recién llegado:
―Pri―vyet.
Ese breve “Hola” hizo que el sujeto se diera la vuelta. Al verlo de frente, me quedé sin habla pensando:
« Esos ojos los conozco. ¡No puede ser!», exclamé al reconocer  la bondad de su mirada, « ¡Es la diosa de mis sueños!»
Confirmando mis sospechas en silencio, se quitó el capuchón de su trenca  y pude por fin verle la cara:
« ¡Es bellísima!».
En ese momento la mujer, ajena a la brutal impresión que me había producido descubrir que mi salvador no era el recio leñador que me había imaginado, me sonrió y siguiendo una rutina de años, se fue desprendiendo de su ropa de abrigo mientras desde la cama yo me quedaba cada vez más impresionado.  Olvidando de mi presencia, colgó las pieles de un perchero y sentándose en una silla, se fue quitando las botas mecánicamente.
Entre tanto, seguía alucinado. La muchacha debía tener  unos veintitrés años. Rubia, alta y fibrosa parecía sacada de una revista. Nada en ella reflejaba la dura vida a la que debía estar acostumbrada.  Era tal mi admiración que intenté incorporarme y al hacerlo no pude evitar pegar un gemido por el sufrimiento que eso me provocó. Al oírlo, la rusa se acercó y me obligó a tumbarme nuevamente en el catre. Tras lo cual, sin despedirse salió de la habitación.
Al quedarme solo, me puse a pensar en que hacía una cría así en un lugar tan apartado y creyendo que debía vivir con alguien más, decidí hacerla caso y quedarme en la cama mientras conocía al resto de los habitantes de esa choza.
Al reconocer los ruidos secos que venían desde el exterior como los que produciría un hacha al ir troceando un tronco, me hizo presuponer que su padre o marido debía estar cortando leña para la chimenea. Reconozco que al pensar que ese primor pudiera tener pareja, no me gustó.
« ¿De qué vas?», mentalmente me eché en cara esos pensamientos. « ¡Esta gente te ha salvado!».
Al cesar los hachazos escuché el sonido de la puerta y el de una carretilla entrando. Presuponiendo que el hombre de la casa había hecho su aparición, me preparé para agradecerle su ayuda. Pero los minutos pasaron sin que nadie viniera a verme. Extrañado y preocupado por igual, mi imaginación me hizo creer que quizás su marido no estuviera muy satisfecho con mi presencia.
«Yo tampoco estaría muy tranquilo teniendo una mujer tan bella», reconocí muy a mi pesar.
En esas zonas tan inhóspitas, los forasteros solo acarrean problemas y por ello, son frecuentemente rechazados. Aunque esas personas en vez de dejarme morir de frio me habían salvado, no significaba que estuvieran contentos por tenerme allí.
« ¡Incluso he invadido su cama», pensé al caer en la cuenta que en esa morada no había otra.
La paranoia  se había  instalado en mi mente y aterrorizado al saberme en manos de esos desconocidos, decidí que al menos debía vestirme para que el sujeto al llegar no me encontrara desnudo con su mujer. Estaba a punto de levantarme cuando la muchacha entró en la habitación con una bandeja y sentándose junto a mí en ese estrecho catre, cogió una cuchara e intentó que comiera.
Me cogió tan de sorpresa el que quisiera darme de comer en la boca que no pude más que abrirla y como si fuera yo un crio y ella mi madre, fue cucharada a cucharada  vaciando el plato sin mostrar ninguna emoción. El guiso estaba bueno pero me sentía ridículo. Al terminar la cría se estaba  levantando  cuando queriendo darle las gracias, le cogí del brazo.
Su reacción fue brutal. Saltando como una pantera, no sé de dónde sacó  el cuchillo que de improviso apareció en mi cuello. Reconozco que se me puso la piel de gallina al sentir el filo de ese instrumento cerca de mi yugular y tratando de aparentar una calma que no tenía, dije en su idioma lo más suave que pude:
―Solo quería decirte gracias. La comida estaba riquísima.
Mis palabras la tranquilizaron y bajando su cuchillo, salió de la habitación sin mirar hacia atrás. Tirado en la cama e indefenso, comprendí  la violencia de esa cría señalando  como culpable a la severidad de ese entorno:
« La gente de la montaña siempre ha sido dura». Aun así aprendí la lección, debía ir con cuidado y jamás tocar a esa gata montesa.
La actitud de la rubia me tenía confuso. Obviando que debía besar el suelo por donde pisaba solo por haberme salvado, la mujer que me dio de comer no tenía nada que ver con la tigresa que me había enseñado sus garras. Una era la ternura personificada mientras la otra haría retroceder al soldado más valiente,
« Si ella es así, ¡Cómo será el hombre!», mascullé acojonado.
Con el estómago lleno me fui amodorrando hasta que me quedé dormido. Cuando me desperté, había anochecido y la habitación se mantenía en penumbra.  Estaba todavía acostumbrándome a  esa luz cuando descubrí a la rubia mirándome.
―Buenas noches―  dije medio cortado.
Sin responder, se acercó a mí y con su mano tocó mi frente, como intentando saber si la fiebre había desaparecido. Al comprobar que así era sonrió y en completo silencio se empezó a desnudar.
« ¿Qué hace?», me pregunté horrorizado temiendo que en cualquier momento llegara su pareja y nos descubriera.
Ese striptease, lejos de azuzar mi lujuria, incrementó mi turbación hasta el extremo que cuando ya se había deshecho de toda su ropa y con señas me pidió que le hiciera un hueco en el catre, únicamente pude echarme a un lado sin protestar. Desde el rincón pegado a la pared, observé como se tumbaba y como dándose la vuelta, usaba las mantas para taparnos a los dos.
« No me lo puedo creer», rumié al notar que la joven, obviando que estábamos desnudos, intentaba dormir.
Mi mente para entonces estaba trabajando horas extras. No comprendía nada. Aunque sabía que la mejor forma de combatir el frio cuando se estaba en pareja era dormir desnudos, me parecía fuera de lugar que esa mujer se atreviera a hacerlo con un desconocido.
«Podría intentar abusar de ella», razoné antes de percatarme que de intentarlo tendría nuevamente un cuchillo en mi cuello.
Ese pensamiento me hizo evitar su contacto y cerrando los ojos, decidí imitarla y buscar que el sueño, me permitiera olvidar lo incómodo de esa situación…
Descubro su desgracia.
Acaba de amanecer cuando la luz de la mañana, me hizo despertar. Al hacerlo, noté a la muchacha abrazada a mí y a sus senos desnudos presionando contra mi pecho.
“No se ha dado cuenta que dormida me ha abrazado”, sentencié asustado por cómo reaccionaría cuando se despertara.
En otro momento, a buen seguro, el calor que su cuerpo desprendía hubiera alterado mis hormonas pero mi total dependencia así como el  dolor de mi pierna, me evitaron el bochorno de estar excitado cuando abriera los ojos. Aun así al sentir su respiración sobre mi piel, me hicieron caer en la cuenta que ni siquiera sabía su nombre. Al pensar en ello, también descubrí que por extraño que parezca no había escuchado la voz de esa mujer.
« ¡Qué raro!»
Estaba dando vueltas a ese asunto cuando la joven se empezó a desperezar y levantando su cara, me miró sonriendo. La belleza de sus ojos azules solo era comparable con la hermosura de su sonrisa. Alelado y sin palabras, susurré “buenos días”:
―Dó―bra―ye ú―tra.
Como única respuesta, esa cría volvió a cerrar los ojos y pegando su cuerpo al mío, permaneció otros cinco minutos en silencio mientras tenía que hacer un esfuerzo para no excitarme. En un momento dado, esa rubia debió de pensar que era tarde porque se levantó y tapándose con una de las mantas salió de la habitación.
« ¡No pienses!, ¡No digas nada!», me repetía una y otra vez, tratando de mantener la cordura pero sobre todo por comprender que pasaba: «Tu cultura es distinta».
Al poco rato, mi salvadora llegó con una taza de café y ayudando a que me incorporara, la llevó hasta mis labios. Reconozco que en esa ocasión no pude negarle el capricho de mimarme pero no porque estuviera convaleciente  sino porque no podía retirar mi mirada de sus pechos.
« ¡Qué maravilla!» exclamé mentalmente al admirar la forma y belleza de sus senos.
Aunque pequeños de tamaño, eran impresionantes. Sin rastros de estrías y con unos pezones que parecían los de una adolescente, me hicieron asumir que esa mujer nunca había estado embarazada. Eran demasiado perfectos para haber amamantado a un bebé.
Mientras tanto, la cría casi había conseguido que me bebiera todo el café cuando una gota resbaló por la comisura de mis labios y riéndose calladamente, acercó la cara y abriendo su boca, la recogió con la lengua. Ese gesto, hoy sé que carente de lujuria, provocó que como impelido por un resorte mi pene se alzara erecto entre mis piernas.
Su cara reflejó ignorancia al verlo y olvidando cualquier recato, se lo quedó mirando con cara de sorpresa:
―Lo siento. Eres muy guapa― dije en ruso mientras tapaba mis vergüenzas con la sábana.
La expresión de su rostro me informó que por alguna razón no me había entendido y  no queriendo insistir, cambié de tema diciendo:
―Me llamo Javier.
Fue entonces cuando mi anfitriona sacó de un cajón un bolígrafo y garabateó en un papel algo. Al dármelo, leí su nombre:
―Te llamas Katya― respondí.
La rubia al oírme con su cabeza respondió que sí, dándome a entender a la vez que era muda.
«Por eso no había escuchado su voz», pensé y enternecido porque un bombón como esa mujer hubiese tenido la desgracia de nacer sin la capacidad de hablar, le devolví el papel para acto seguido decir:
―Agradezco a tu familia que me haya salvado. Sin vuestra ayuda hubiera muerto.
Mis palabras llenaron sus ojos de lágrimas y escribiendo en el papel, respondió:
―Vivo sola desde que, hace seis años, un oso mató a mi padre.
El dolor de su mirada me hizo abrazarla y aunque en un principio noté como se tensaba, rápidamente se relajó y hundiendo su cara en mi pecho, se puso a llorar. Con ella entre mis brazos, no me cabía en la cabeza que una niña hubiese podido sobrevivir ella sola tanto tiempo.
“¡Es increíble!”, sentencié.
La congoja de Katya se prolongó durante un largo rato mientras intentaba comprender por qué esa muchacha no había dejado esas tierras y se había ido al poblado más próximo.
«Debemos estar alejados de toda civilización», con el corazón encogido alcancé a discernir pero entonces recordé el café y su presencia solo se comprendía si mantenía aunque fuera ocasionalmente el contacto con el exterior. Por eso más tranquilo, esperé que esa mujercita dejara de llorar para decirle lo más dulcemente que pude:
―Ya no estás sola. Yo estoy contigo.
Katya al oírme, sonrió y usando ese ancestral medio de comunicación, escribió:
―Lo sé. La Diosa del Viento ha devuelto un hombre a esta casa.
Sus palabras aún escritas me dejaron perplejo y no pudiendo aguantar la curiosidad, pregunté:
―¿La Diosa me ha traído a ti?
La cría con una sonrisa en sus labios, respondió:
―Durante los meses de invierno, cuando cazaba una presa siempre ofrecía su corazón a mi Diosa. Por eso hace quince días y cuando estaba poniendo una ofrenda, escuché un gran estruendo. Fui ir a ver qué había ocurrido y en cuanto te vi, supe que eras su regalo.
Al analizar lo que había garabateado, comprendí que mi convalecencia había durado dos semanas y no queriendo contradecirla revelando que el estruendo que escuchó fue producto del accidente, di por buena su versión diciendo:
―Es  a mí a quien la Diosa devolvió la vida y le dio un presente.
Que agradeciera a su deidad mi vida, la alegró y saliendo del catre, se empezó a vestir con un brillo renovado en sus ojos. Al verla, le pregunté:
―¿Dónde vas? ¿Te puedo ayudar?
Muerta de risa, cogió el bolígrafo y escribió:
―Tengo que revisar las trampas y tú debes descansar.
La seguridad con la que me pasó el papel, me hizo comprender que tenía razón y que no podía hacer nada por echarle la mano, por eso me quedé en la casa mientras ella, enfundada en un grueso abrigo salía a enfrentarse a las inclemencias del tiempo y a no sé qué más peligros.
Ya solo, conseguí levantarme y encontrar mi ropa. Tras lo cual con gran esfuerzo y valiéndome de un bastón que encontré arrumbado en un rincón, salí fuera y me puse a cortar leña mientras me decía:
« Cuando vuelva Katya, verá que no soy un estorbo».
Agotado tras haber acumulado dos carretillas, esperé en el interior de la cabaña que la muchacha volviera. El sol ya estaba en lo alto cuando escuché que llegaba. Al entrar venía con una enorme sonrisa en la cara y dejando caer, una pierna de reno sobre la mesa, se acercó a mí y frotando su nariz contra la mía, me saludó.
Su felicidad se trasmutó en preocupación al ver que durante su ausencia, en vez de descansar había estado trabajando y sin darme tiempo a reaccionar, me desabrochó el pantalón y me lo bajó hasta los tobillos mientras se arrodillaba.
―¿Qué haces?― pregunté escandalizado.
En ese momento,  comprendí que lo único que quería era comprobar que mi herida no se hubiese visto afectada con el esfuerzo pero aun así mi miembro se alteró al verla en esa postura y por eso la levanté del suelo, diciendo:
―Estoy bien.
Katya de muy mal humor me recriminó mi falta de sensatez, escribiendo:
―Mi hombre todavía no está bien. No quiero que se pueda reabrir tu herida y me dejes sola.
Reconozco que cuando leí el modo en que se refería a mí, me quedé impresionado porque intuí que en su mente me veía como su pareja y por eso le prometí que no volvería a desobedecerla.
La muchacha aceptando mis excusas, sacó su machete y con gran soltura empezó a trocear la carne y a meterla en varios frascos de vidrio, los cuales una vez llenos, los cerró y enterró en la nieve. Siendo de ciudad y de clima templado, comprendí que de ese modo se conservaría sin atraer la visita de algún carroñero.
« La cantidad de cosas que tengo que aprender», recapacité en silencio.
Ajena a mis dudas, la rubia cerró la puerta y tras desprenderse de su abrigo, se puso a cocinar  mientras desde un sillón yo la observaba. Sabiendo que me había prohibido colaborar, curioseé  por la humilde habitación hasta que encontré en un estante un libro que rápidamente  reconocí como un diario.
Al abrirlo, la cría se puso en alerta y creyendo que había metido la pata, le pregunté de quien era.
―Es de mi padre.
Al saberlo avergonzado decidí que debía dejarlo en su sitio pero entonces mediante señas, Katya me rogó que se lo leyera en voz alta.  Su insistencia hizo desaparecer mis dudas y lo estudié durante unos segundos. No tardé en percatarme que había dos partes. La primera consistía en una serie de cuentos infantiles mientras la segunda era propiamente el diario de un hombre atormentado. Asumiendo que lo que quería era que le leyera una historia, elegí una que hablaba de la Diosa Blanca.
―En lo más profundo de la madre Rusia, existía por entonces un reino  donde los hombres y los animales vivían felices bajo el gobierno de una diosa…. – fui recitando mientras la cría ponía una expresión de felicidad que me hizo suponer que su viejo había rellenado sus largas tarde de invierno de ese modo.
Durante una hora, estuve narrando uno tras otro los cuentos de su niñez teniendo a Katya como espectador de lujo hasta que el olor del guiso le abrió el apetito y rellenando dos platos, me pidió que me sentara en la mesa. Obedeciendo, me puse a su lado y esperé a que intentara darme de comer. En cuanto lo intentó, cogí su mano y retirando la cuchara, di un beso en sus dedos diciendo:
―Gracias pero puedo yo solo.
Mi gesto carente de doble sentido tuvo un efecto no previsto y bajo la camisola de algodón, sus pezones se pusieron erectos sin que su dueña comprendiera el motivo. La cara de perplejidad que puso, me hizo comprender que, por muy campestre que fuera, desconocía su propia sexualidad y en vez de excitarme, saber que a esos efectos era una niña me desmoralizó.
« ¡No sabe nada!», pensé mientras me avergonzaba al suponer que cuando se refería a mí como hombre era que me quería en su cama.
Haciendo como si no me hubiese enterado, terminé mi plato y cuando quise ayudarla con los trastes, me pidió que me tumbara a descansar. Deseando leer el diario de su padre, no puse inconveniente y me fui con él a la habitación.
Ya en ese humilde catre, fui descubriendo página a página su vida y como era una cría normal hasta que  desgraciadamente al fallecer su madre, Katya dejó de hablar. Su padre entonces se mudó con ella a esas montañas, creyendo que así nadie se mofaría de ella. Y ya en esa cabaña, Sergei comprendió que su hija debía valerse por sí misma y por eso desde esa tierna edad, la enseñó a cazar y a recolectar los frutos que el bosque brindaba.
Viendo la fecha de lo último que había escrito, advertí que Katya se había equivocado y que eran siete años, los que llevaba sola pero también que según el libro, ¡Tenía solo veinte años!
El llevarle ocho años no fue lo que realmente me sorprendió sino el hecho que esa mujer hubiera sobrevivido en la más absoluta soledad desde los trece.
« ¡No puede ser!», me dije pero repasando otra vez los cálculos confirmé su edad impresionado.
Conociendo que debido al clima las nórdicas se desarrollan más tarde que en zonas templadas, comprendí que ni siquiera había tenido la regla cuando ese oso mató a su viejo.
« ¡Pobre chiquilla!», enternecido decidí que en cuanto estuviera sano, la sacaría de ese lugar y la llevaría a la civilización.
Un ruido me hizo levantar la mirada para sorprender a esa niña observándome desde la puerta.
―Ven a la cama― sonriendo le dije haciéndole un hueco.
La cría sin poder ocultar su satisfacción llegó a mi lado y tumbándose junto a mí, me pidió que le leyera otro cuento pero entonces cerrando el libro, comencé a contarle uno de los que habían hecho las delicias de mi infancia que no era otro que la historia de Mowgly en el libro de la selva.
―Erase en un lugar muy lejano en mitad de la india, donde la mala suerte hizo que un niño se le perdiera a su madre y fuera recogido por una manada de lobos que lo crio como si fuera otro de los lobeznos….
Durante todo el relato, Katya se mantuvo callada usando mi pecho como almohada. Cuando terminé, la miré y descubrí que estaba llorando. Al preguntarle si mi relato la había entristecido, lo negó  con la cabeza pero viendo que no la creía, sonrió y acercando sus labios a mí, me besó en la boca.
Fue un beso tierno pero aun así consiguió despertar mi  virilidad de su letargo. Ella al darse cuenta de la presión que ejercía mi miembro contra su cuerpo, puso cara de interés y me preguntó con la mirada, qué me ocurría.
―Cómo te dije esta mañana, eres muy guapa.
Mi respuesta no le satisfizo y cogiendo el papel, me rogó que le explicara. Muerto de vergüenza, le expliqué que mi cuerpo reaccionaba a su belleza.
―No entiendo― escribió insistiendo.
Reconozco que no estuvo bien pero soltando una carcajada, le pregunté si había visto a los renos o a los lobos apareándose. Al responderme que sí, le solté señalando el bulto entre mis piernas:
―Soy un macho y tú eres una hembra.
Durante unos segundos se quedó pensando, tras lo cual usando el bolígrafo preguntó:
―Para ti, ¿Soy una mujer?
―Sí― respondí.
Entonces me hizo una pregunta de difícil contestación:
―¿Y mi cuerpo también reaccionará ante tí?
―No lo sé, ¿Quieres que probemos?
Sin meditarlo, contestó afirmativamente. En cuanto la incorporé en mitad de ese catre, pude observar en su rostro la inseguridad de esa cría y sabiendo que para ella todo era nuevo, decidí que tenía que esmerarme para que si llegaba el caso, esa primera vez fuese un bello recuerdo en su mente.
―Eres preciosa.
Katya respondió a mi piropo regalándome una sonrisa. Aunque se la notaba nerviosa y confundida por no saber qué iba a pasar, también es cierto que en ese momento, toda ella manaba sensualidad de sus poros. Al notar sus pezones duros a través de su blusón, me hizo desear todavía más hacerla mía y conteniendo mis ganas de saltar sobre ella, le pedí que se acercara.
La rusita se acomodó a mi lado casi temblando y con la cabeza gacha esperó mi siguiente paso. Reconozco que me enterneció la manera en que dominó el miedo a lo desconocido y por eso, dulcemente, la forcé a que me mirara y con mis ojos fijos en los suyos, pregunte a esa monada si estaba segura.
Nuevamente, respondió que sí moviendo su cabeza. Con su permiso, decídi que de nada valía seguir esperando y acercando mi boca, le mordí su oreja suavemente mientras la susurraba que era guapísima.
―Ummm― escuché que gemía.
Que fuera ese gemido el primer sonido que escuché de ella, me alegró al saber que le había gustado. No queriendo asustarla pasé mi mano por uno de sus pechos a la vez que acercaba mis labios a los suyos. La ternura con la que me apoderé de su boca disminuyó sus dudas y pegando su cuerpo contra el mío, me informó nuevamente que estaba dispuesta.
El sabor de sus labios me resultó el más dulce manjar y temiendo no ser capaz de mantener mi lujuria contenida si prolongaba mucho esa espera, empecé a desabrochar su camisola. La rubia al sentir mis dedos jugueteando en su escote, comenzó a temblar cada vez más nerviosa. Al terminar de soltar sus botones, fui abriendo la tela dejando al descubierto sus pechos. Entonces con premeditada lentitud, llevé mi boca hasta uno de sus pezones y sacando la lengua recorrí sus pliegues. Su respiración entrecortada me informó que le gustaba y repitiendo la operación en su otro pecho, me puse a mamar de ellos mientras con mis manos seguía acariciándola sin parar.
 ―¿Te gusta lo que sientes?― pregunté sabiendo su respuesta.
La cría solo pudo sonreír. Su exótica belleza de por sí atrayente, se convirtió en un doloroso imán al que no podía abstraerme al contemplar sus azules ojos brillando de lujuria. Por eso no pude evitar que al estar sentada sobre mis piernas, mi pene se alzara presionando el interior de sus muslos.
« ¡Tranquilo!», tuve que repetirme. Todo mi cuerpo me pedía que la hiciera mía mientras mi cerebro me pedía prudencia.
Con mucho cuidado e intentando no asustarla la  despojé de su bragas. Katya al sentir mis manos deslizando esa prenda por sus piernas, no pudo reprimir un sollozo. Temiendo que su mente infantil no pudiera asumir lo que su cuerpo estaba sintiendo, la tumbé sobre las sábanas dándole tiempo.
―¡Qué bella eres!― susurré al admirar por vez primera su sexo y encontrarlo apenas cubierto con un sedoso bosquecillo de rubios vellos.
La rusita que nunca había sido objeto de un examen tal por parte de un hombre, sintió vergüenza de su desnudez e intentó taparse con sus manos.   Conociendo su inexperiencia, creí que había llegado el momento de desnudarme y poniéndome en mitad de la habitación, me saqué la camisa por los hombros. Al percatarme que desde el catre Katya no me quitaba ojo, decidí que con mi pantalón lo haría gradualmente. Dotando a mis movimientos de una lentitud que intentaba ser sensual, desabroché mi cinturón sin dejarla de mirar.
Sus ojos reflejaban deseo pero también miedo y por eso, fui dejando caer mi pantalón poco a poco mientras observaba su reacción.  Reconozco que me encantó comprobar que de algún modo, esa mujer me veía como hombre y que los pezones que decoraban sus pechos al ponerse duros, reflejaban lo que  realmente sentía.
Al terminar de desnudarme, Katya estaba ya ansiosa de sentir mi piel contra la suya y dando una palmada en el colchón, me pidió que acudiera a su lado. Obedeciendo, le pedí que se echara a un lado pero ella tardó en reaccionar porque no podía dejar de mirar la erección de mi pene.
« Parece hipnotizada», sentencié al comprobar su fijación por el tamaño de mi miembro.
La cría no se podía creer las dimensiones que había adquirido y acercando su mano, se puso a tocar mi extensión como queriendo comprobar que era verdad. Esa caricia me provocó un espasmo de placer y no queriendo correrme antes de tiempo, retiré sus dedos y me tumbé junto a ella. Ya  en esa posición, me dediqué a acariciar su cuerpo sin importarme nada más, buscando cada uno de sus puntos eróticos hasta que conseguí derretirla y ya sumida en la pasión, Katya me rogó con la mirada que la desvirgara.
Os confieso que en ese momento, deseaba con toda mi alma complacerla pero cuando me coloqué sobre ella dispuesto a hacerlo, sus ojos llenos de miedo me informaron que no estaba lista. No queriendo que tuviera un mal recuerdo de esa noche,  reinicié mis caricias y besando su cuello, me fui deslizando rumbo a su sexo. La rusita tembló al sentir mi lengua bajando hasta sus pechos.
Asumiendo que se estaba excitando, tiernamente separé sus rodillas y me dispuse a atacar su sexo con mi lengua. Nada más acariciar con la punta su clítoris, Katya sintió que su cuerpo entraba en ebullición y mordiéndose los labios se corrió. Satisfecho por esa primera batalla ganada, seguí con mi lengua recorriendo los pliegues de su sexo hasta que casi llorando forzó el contacto de mi boca presionando sobre mi cabeza con sus manos.
«Está riquísimo», alborozado sentencié al saborear su coño en mis papilas.
Para la cría, cada uno de mis pasos era un descubrimiento y por eso permanecí lamiendo  y mordisqueando ese manjar hasta que sentí como nuevamente, Katya sufría los embates de un delicioso orgasmo. Viéndola disfrutar, quise maximizar su clímax y llevando una de mis manos hasta su pecho, lo pellizqué. Esa ruda caricia alargó su éxtasis y gimiendo de placer, buscó mi pene con sus manos.
―¿Quieres que te haga mujer?― murmuré en su oído.
Respondiendo de inmediato con su cabeza, la cría me confirmó su deseo. Sabiendo que lo necesitaba, acerqué mi glande a su excitado orificio. En cuanto sintió mi verga jugueteando en su entrada, moviendo sus caderas me pidió que la tomara.
―¡Tranquila!― dulcemente respondí.
Decidido a que fuera inolvidable para ella, me entretuve torturando su clítoris con la cabeza de mi pene sin meterla.
―¡Ahhh!― gimió descompuesta.
No pudiéndolo postergar más tiempo, decidí que era el momento y rompiendo su himen, introduje mi extensión en su interior. El dolor que sintió al perder su virginidad la hizo gritar y por eso esperé a que se acostumbrar a esa invasión. No tuve que esperar más que unos segundos porque, reponiéndose rápidamente, forzó mi penetración con un meneo de sus caderas y sin necesidad de hacer nada más, Katya volvió a correrse.
Al hacerlo, su sexo se impregnó de su flujo facilitando mis maniobras. Ya sin oposición,  mi glande chocó contra la pared de su vagina y sabiendo que podía hacerle daño si la penetraba con dureza,  seguí machacando con suavidad su conducto. La expresión de su cara me confirmó que mi ofensiva la estaba llevando al paraíso y eso me permitió, ir incrementando poco a poco mi ritmo.
El nuevo compás con el que mi verga rellenaba su conducto llevó a un estado de locura a esa rubia que olvidando que seguía herido, clavó sus uñas en mi trasero como la gata montesa que era.
―¡Tú te lo has buscado!― chillé azuzado por la acción de sus garras en mis nalgas y agarrándola de los hombros, llevé al máximo la velocidad de mis embestidas mientras le decía: ―¡Luego no te quejes!
Dominado por la lujuria, mi ritmo era atroz y con cada penetración, sentía que mi víctima se retorcía de placer. No contento con su claudicación, tomé posesión con mis manos de sus tetas y exprimiéndolas con dureza, me dejé llevar derramando  mi simiente en su interior. La rusita al notar mi eyaculación, explosionó y reptando por la cama, no quiso que acabara y presionando su pubis contra el mío, buscó con más ahínco su placer pero entonces ya agotado caí sobre ella.
Durante casi un minuto, sentí como su cuerpo se estremecía con los últimos estertores de su gozo para acto seguido empezar a llorar.
―¿Qué te ocurre?― pregunté preocupado de haberme pasado.
Pero entonces, con una sonrisa, Katya se separó de mí y cogiendo el puñetero papel, escribió:
―¿Soy tu mujer?
Muerto de risa, contesté:
―¿Todavía te lo preguntas?― y atrayéndola hacia mí, mordí suavemente el lóbulo de su oreja mientras le susurraba: ―La Diosa me trajo a ti y nunca te dejaré.
La alegría que mostró al escuchar mis palabras fue sincera y tumbándose a mi lado, se quedó mirando mi pene que habiendo perdido su dureza, había vuelto a su tamaño normal. Extrañada del cambio, levantó su mirada y con una expresión de sorpresa en sus ojos, me preguntó el porqué.
Al asimilar su extrañeza, recordé que había vivido aislada durante su evolución de niña a mujer y soltando una carcajada, le expliqué que era natural pero si quería verlo crecer solo tenía que darle “besitos”. Katya comprendió a la primera y sonriendo pícaramente, se fue deslizando por mi cuerpo con la idea de hacerlo crecer….
 
 
(continuará)
 
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