verano inolvidable2TRES AMIGAS

Sin títuloNos conocemos desde los 6 años. Íbamos juntas al cole. Siempre andábamos enredando. Nuestras madres se conocían. En fin, amigas del alma. Me llamo María y mis amigas Rosa y Elena. Rosa es la más alta. Morena, guapa, mucho carácter. Era la líder. Aun lo es. Elena es la más bajita y la única rubia. Es muy dulce, un encanto. Yo también soy de carácter suave, nuestras madres me tomaban por la más sensata.

A los 14 años Elena nos hizo una confesión. Había estado muy rara los días anteriores y finalmente nos iba a decir porque. Le gustaban las chicas. Era lesbiana. Tenía miedo de perder nuestra amistad. Le dijimos que no pasaba nada. Nos abrazamos, incluso lloramos un poquito. Seguía en el armario para el resto del mundo, pero nos había confesado el secreto de su homosexualidad, recién descubierta por ella misma, a nosotras, antes que a sus padres o a ninguna otra persona. Eso nos unió más.

A los 16 Rosa y yo empezamos a salir con chicos. Las tres gustábamos mucho y los más guapos del instituto nos perseguían. Elena los rechazaba a todos, como es lógico.

Por aquellas fechas Rosa y yo se la chupamos a un chico por primera vez y poco después perdimos la virginidad. Elena no había encontrado a ninguna chica con la que iniciarse en el sexo y veía con envidia como nos adelantábamos en ese terreno. Además al salir con chicos ya no estábamos siempre juntas, pero mantuvimos la amistad de todas formas.

A los 17 Elena encontró novia. Dicen que los gays son más promiscuos que los heteros, pero ese no era nuestro caso. Nosotras cambiábamos de novio cada semana y Elena en cambio parecía enamoradísima de Nuri con la que aguantó dos años, viviendo juntas año y medio. Esto planteó algunos problemas en nuestra amistad. Cuando decíamos: noche de chicas, sin novios ¿incluía eso a Nuria? Para nosotras estaba claro que una cosa eran las amigas y otra los novios, pero en el caso de Elena y Nuri no lo estaba tanto.

Pero la verdadera crisis llegó con un chico: El cabrón de Felipe. Salimos un par de meses. Cuando me dijo que teníamos que cortar porque se había enamorado de otra no pude creerlo. Pero aun lo creí menos cuando, una semana después, le vi en la calle besándose con Rosa.

Creo que de no ser por la intermediación de Elena habríamos roto nuestra amistad para siempre. Rosa me explicó que no salió con él hasta que rompimos y que, de saber que me dejó por ella, nunca lo habría hecho. Se ofreció a romper con él, si yo me sentía mejor, así que le exigí que lo hiciera. Ella no volvería a verle si yo la perdonaba. Con este “tratado” nos reconciliamos. Sobra decir que estas “conversaciones de paz” nunca se hubieran producido si Elena no llega a insistir en ello.

Superada esta crisis éramos más amigas que nunca. A menudo salíamos las tres, o las cuatro si se venía Nuri, íbamos a locales de ambiente, bailábamos como las lesbianas de instinto básico, nos dábamos piquitos… Si alguna rompía con un chico las otras le daban una fiesta para animarla… En fin, amigas del alma.

Cada año íbamos al desfile del orgullo gay. A Rosa le gustaba el ambiente, yo solo iba por apoyar a Elena, por lo demás me parecía grotesco.

Teníamos 19 años cuando Elena cortó con Nuri. Eran la pareja más estable de cuantas había conocido, así que Elena sufrió mucho. Rosa y yo la ayudábamos como podíamos. La abrazábamos, la besábamos en la mejilla o en los labios para demostrar que su sexualidad no nos amenazaba, salíamos con ella, la consolábamos… Para hacerla reír fingíamos ser dos lesbianas celosas por ella:

– Si fuéramos lesbianas: ¿con cual te liarías?

– Con las dos

– ¿Con cual primero?

– No lo se

– Venga, ¿cual te gusta más?

– Me gustáis las dos… No podría decidir.

Y Rosa y yo nos abrazábamos, metiéndonos mano como dos amantes y Elena sonreía, olvidando a Nuri por un momento.

Sin embargo, bajo la aparente normalidad, a mi me empezaban a pasar cosas con tanta broma. Tanto besito, tanto baile sensual, tanto toqueteo… comencé a ponerme cachonda con mis amigas. Siempre me habían gustado los hombres y nunca había sentido ningún interés por las mujeres. De hecho imaginarme con otra mujer que no fuera Rosa o Elena me daba repelús, pero con ellas… no sé. Cuando Elena daba detalles de su vida sexual con Nuria, yo mojaba las bragas.

Después supe que a Rosa le pasaba lo mismo. Pero todavía transcurrió un año antes de que sucediera nada. Un año en que la calentura por mis amigas, particularmente por Rosa, había ido en aumento. Me excitaba más pensando en ella, que haciendo el amor con mis ligues. Esperaba cada viernes noche en que salíamos las tres con ansia. Cada beso, cada roce, cada tontería hecha como en broma, con cualquiera de las dos me enervaba al máximo.

Una noche en que habíamos bebido más de la cuenta, nuestros bailes se hicieron más explícitos que de costumbre. Toda la discoteca flipaba mirándonos. A los hombres, en particular, se les caía la baba. Nos metíamos mano sin recato. Yo estaba excitadísima y puedo asegurar que Elena también, pero Rosa era todo un misterio. ¿Hacía aquello porque le gustaba o era por seguir la broma? ¿Estaba de cachondeo o simplemente cachonda?

En un momento dado decidimos ir al baño. El local estaba tan abarrotado que nos costó abrirnos paso entre la multitud. Tanto, que nos perdimos entre nosotras. Cuando llegué Rosa ya estaba. La cogí de la cintura, desinhibida por el alcohol y la besé en los morros. Ella en un arrebato que no esperaba, me agarró y me metió la lengua en la garganta. Después de unos segundos devorándonos alguien más entró.

– ¿Qué hacéis?- oí preguntar a Elena incrédula.

Sin inmutarse Rosa la atrajo hacia sí y la besó también a ella. Luego la besé yo y luego Rosa y yo nos volvimos a besar. Haciendo uso de su liderazgo, la morena nos arrastro hasta un retrete, sentándose en la taza. Elena había quedado entre las dos, cara a ella, así que la agarre de las tetas por detrás mientras cerraba la puerta.

A penas cabíamos las tres, así que estábamos pegadas. Yo besaba a la rubia y le manoseaba los pechos a placer, por debajo del sujetador. Rosa le desabrochaba el pantalón para acceder a su entrepierna que procedió a masturbar. Después de unos minutos Elena se corrió en sus manos mientras intercambiábamos saliva.

– ¡Vamos a mi casa! Este fin de semana estoy sola.

Era Rosa llevando la iniciativa como de costumbre. Como conducía ella, Elena y yo continuamos besándonos en el asiento de atrás para su desesperación.

– No empecéis sin mi, guarras. Llegamos en seguida.

Por el portal y en el ascensor íbamos comiéndonos a besos. No podíamos quitarnos las manos de encima. En su casa, Rosa nos guió hasta la habitación de sus padres. La que tenía la cama más grande.

Nos quitamos la ropa emocionadas ¡Que buenas estaban las dos! Elena por un momento tomó la iniciativa. Nos tumbó juntas y empezó a acariciarnos y besarnos los muslos. Primero lamió el clítoris de Rosa mientras me metía el dedo corazón de la mano izquierda, pero, al ser diestra, cambió de opinión y se puso a chuparme a mí, masturbándola a ella con la derecha. Rosa y yo, entre tanto, nos besábamos en la boca y nos tocábamos las tetas. Cuando me corrí, Elena se centro en Rosa y la lamió hasta que ella también acabó, mientras yo trataba de devorar su lengua.

Rosa y yo quedamos exhaustas, pero Elena no. Subió por la cama hasta dejar su entrepierna a la altura de nuestras bocas, abrió los muslos y tiró de su monte de venus para que su sonrosada vulva quedase bien visible. No decía nada pero estaba claro lo que quería. Deseaba que una de las dos le comiera el coño, como ella nos acababa de hacer a nosotras. Aquella era la última frontera. Yo me consideraba heterosexual y sabía que Rosa también. Meter la lengua en unos genitales femeninos dejaba de ser tontear para convertirse en el salto sáfico definitivo. Además tenía mis serias dudas de que me fuera a gustar (no era lo mismo que me lo hicieran que hacerlo)

Rosa, como de costumbre fue la más valiente. Acerco la cara a los muslos de Elena y empezó a olisquear lo que había entre ellos. Me vi tentada de dejarlas estar, aliviada por tener ya excusa para evitar dar ese paso, pero lo deseche. Si ella podía yo también.

La chupamos a dúo. Una metía la lengua en la vagina y la otra lamía el clítoris, luego cambiábamos. Elena estaba extasiada. Gemía de una forma que parecía que iba a perder el conocimiento. Cuando acabó, nos mojó la boca a las dos. Nos recostamos, cada una a un lado acariciándola y así nos quedamos dormidas.

Cuando desperté vi a Rosa a mi lado. Elena no estaba. Me acerque a ella y comencé a tocarla. Ella abrió los ojos y me devolvió las caricias. Nos íbamos a besar cuando Elena apareció.

– No empecéis sin mí.

Se nos echó encima y nos pusimos a reír mientras nos metíamos mano. Parece que su llegada alivió la tensión entre Rosa y yo. Precisamente Rosa era la que estaba lamiendo la entrepierna de Elena, así que yo me puse a chupar la de Rosa. Ya no tenía ningún reparo al respecto. Quería hacerla vibrar. Al cabo de unos minutos mi calentura era tanta que tuve que empezar a masturbarme. Elena lo notó y dando un giro, reptó hacia mí, sin que Rosa la soltara, hasta que su lengua sustituyó a mis dedos. Formamos un triangulo perfecto. Nos corrimos casi a la vez y quedamos rendidas.

– He preparado el desayuno- Elena rompió el silencio.

Desayunando hablamos de lo que había pasado. Elena nos confesó que siempre habíamos sido su fantasía. Muchas veces había pensado en nosotras mientras se masturbaba o mientras Nuri le comía el chocho. Al despertar esa mañana tuvo miedo de que, ya sobrias, nos arrepintiéramos de esa noche loca y la acusáramos a ella de haberla seducido, pero al vernos a Rosa y a mí tonteando se había tranquilizado.

Yo confesé mi calentón con ellas de los últimos meses y Rosa confesó pasarle lo mismo que a mí. No obstante la “versión oficial” es que aquello lo hacíamos por Elena, independientemente de que lo disfrutáramos. Además, por supuesto, seguíamos siendo heterosexuales. Bueno, puede que un poco bisexuales, pero predominantemente heterosexuales.

Como pensamos que ya habíamos tenido bastante sexo decidimos ducharnos por separado. Cuando me tocó a mi, Rosa se coló desnuda en la ducha.

– ¿Sabes? Creo que a ti todavía no te lo he comido. Y se arrodilló y comenzó a lamerme sin más explicaciones. Yo no podía decir nada. Estaba en la gloria. Cuando me corrí, se levantó y se fue como había venido. Nunca hablamos de ello, pero a mí me perturbó profundamente.

Creo que me estoy enamorando de Rosa, pero necesito a Elena para tener una coartada. Después de lo de la ducha Rosa y yo no hemos vuelto a estar juntas sin Elena delante. No es que me importe, quiero mucho a Elena y “técnicamente” es la mejor en la cama, al tener más experiencia con mujeres. Además no puedo confesarle mis sentimientos a Rosa. Me da miedo que me rechace, pero me da aun más miedo que me acepte. Una relación entre nosotras no podría salir bien, nos gustan los hombres y tenemos una amistad demasiado larga para transformarla en otra cosa. Eso sin contar que supondría excluir a Elena, la única verdaderamente lesbiana. Si Rosa y Elena se enamorasen yo me sentiría muy desplazada.

Así que no se que hacer. Esta noche hemos quedado y volveremos a hacer el amor las tres. Elena sigue pensando que lo hacemos por ella y no deja de decir que somos las mejores amigas del mundo, lo cual me hace sentir un poco culpable. Me preocupa pensar que pasara cuando Rosa encuentre novio o Elena novia. Seguramente lo nuestro se acabará. Quiero estar con ellas, pero en el futuro también me gustaría volver a salir con hombres y, tal vez, casarme con uno y tener hijos. Lo único que se es que esta noche me espera un trío lésbico con mis mejores amigas.

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