Estaba cansada. Llevaban cinco horas de viaje y aun les quedaban otras tantas, pero cruzar el charco lleva su tiempo…
 
Su hermana se había dormido, así que ni siquiera tenía con quien hablar. Por lo menos los asientos de primera clase eran comodísimos.
 
– Nuria… – Dijo, tocando suavemente el hombro de su hermana.
 
– Nmmhh. –  Se revolvía ella, molesta por haberla despertado. – ¿Qué quieres? – Se frotaba los ojos, desperezandose. – ¿Hemos llegado ya?
– Más quisiera… Queda casi la mitad todavía…
 
– ¿Y para que me despiertas?
 
– Por que tu tienes la mochila con el entretenimiento. Las revistas ya me las he acabado.
 
Nuria agarró la mochila y se la tiró con enfado.
 
– Ahí tienes. Y ahora dejame dormir.
 
Y diciendo eso se recostó otra vez sobre el asiento y se preparó para dormirse de nuevo. Lydia saco una maquinita de la bolsa y comenzó a jugar al tetris. Adoraba ese juego, no podría contar cuantas horas había estado delante de la pantalla oyendo la repetitiva banda sonora, no tenía ni que pensar, jugaba por pura inercia.
 
Entre pantalla y pantalla veía a su hermana pequeña dormir a su lado. Eran bastante diferentes, Lydia era rubia, alta, ojos azules y un cuerpo bastante delgado, había salido a su madre, una belleza del norte de Europa. En cambio Nuria era morena, bajita y tenia las curvas más marcadas que su hermana. Ella había salido a su padre.
 
Tenían 25 y 27 años y habían decidido darse un capricho y pasar unos días en Copacabana. Ninguna de las dos trabajaba pero sus padres tenían suficiente dinero como para permitirse viajar en primera. Su padre era un diplomático español, tenia muchas relaciones comerciales con los países del norte de Europa y allí, en Noruega concretamente, es donde conoció a su madre.
 
Las dos hermanas siempre se habían llevado bien. Nuria siempre había estado algo celosa de Lydia, pero nada grave, cosas de hermanas, así que para celebrar que la pequeña había acabado sus estudios habían decidido hacer ese viaje.
 
Seguro que se lo pasaban genial. Lydia estaba deseando ver las interminables playas de Brasil pero, para ello, todavía le quedaba un viaje interminablemente aburrido en el avión.
 
Se enfrascó en el juego hasta que se aburrió de él y luego dio una cabezada hasta que notó como el avión aterrizaba.
 
– ¡Qué calor! – Exclamó Nuria mientras salían con las maletas.
 
– Estoy deseando llegar al hotel y darme una buena ducha.
 
– ¡Y a la playa!
 
– ¡Sí! – Tengo ganas de tirarme en el sol, ¡vamos a salir de aquí negras!
 
– Mira, allí está nuestro chófer.
 
Lydia miró donde señalaba su hermana. Ese hombre no se parecía en nada a la idea que tenía ella de lo que debía ser un chófer. Desaliñado, algo sucio, el pelo sin peinar, barba de tres días… Pero tenía un cartel en el que se leía: Hermanas Barahona. No había duda, las estaba esperando a ellas.
 
Se acercaron al hombre y este no comprendía su idioma. Por señas les indicó que se montasen al coche, que las llevaría al hotel.
 
El coche era realmente una pequeña furgoneta que estaba tan limpia como su conductor. “Qué remedio, espero que el viaje sea corto” Pensaba Lydia. Y lo fue. Por lo menos la parte que recordaba.
 
El hombre comenzó a callejear, a las chicas les dio la sensación de que estaba dando vueltas al mismo sitio y, cuando se lo hicieron saber, notaron como alguien las agarraba desde la parte de atrás del asiento y les tapaba la boca con un trapo.
 
Lydia abrió los ojos, mareada, no sabía donde estaba. Tenía frío y le dolía el cuerpo. El lugar estaba tan oscuro que no podía ver nada, ¿Qué había pasado?
 
Intentó moverse pero no lo consiguió, tenia las manos atadas. Comenzó a asustarse, ¿Donde estaba Nuria?
 
Escucho un ruido tras ella, alguien agitandose.
 
– ¿Nuria? – Preguntó insegura.
 
– ¡Lydia! ¿Qué ha pasado?
 
– N-No lo se… Recuerdo que íbamos camino al hotel y entonces…
 
– ¡Oh, mierda! ¿Nos han secuestrado? ¿Qué nos van a hacer?
 
Nuria parecía asustada, y no era para menos, pero Lydia era la mayor, tenía que mantener la calma por las dos.
 
– No te preocupes, habrá alguna manera de salir de esta… Cuando papá vea que no hemos llegado al hotel empezará a mover hilos, estos cabrones acabarán entre rejas…
 
Y, aunque lo decía con convicción, sabía que no iba a ser así. Su padre las buscaría, claro que sí, pero no creía que las fuesen a encontrar fácilmente y, si lo hacían, podían tardar semanas en las que no sabían lo que podían hacer con ellas…
 
Un ruido las sobresaltó. Se estaba abriendo una puerta en la sala, y había entrado alguien. Lydia oía los ruidos a su espalda y no veía nada, pero podía suponer que Nuria estaba de frente a la puerta por como había empezado a temblar.
 
– Vaya vaya, que tenemos aquí. – Dijo una voz de mujer. – ¿Mis dos cachorritas se han despertado ya? – La mujer hablaba con el tono con el que se habla a un niño pequeño lo que, sin saber por qué, ponía más nerviosa si cabe a Lydia.
 
Se oyeron pasos, la mujer se acercaba a ellas, estaba observándolas. Comenzó a rodea las y, desde su posición en el suelo, Lydia solo fue capaz de ver unas botas altas con tacón de aguja y una larga melena pelirroja en una alta cola de caballo. Llevaba algo en la mano, una especie de látigo pero más corto. Lydia se estremeció de terror mientras se arrojaba como podía al cuerpo de su hermana.
 
La mujer se agachó ante Nuria y la agarró del pelo para levantarme la cara.
 
– ¿Habéis dormido bien?
 
– ¿Q-Qué queréis de nosotras? – Preguntó la rubia, asustada, intentando desviar la atención de su hermana.
 
– Creí que se os había comido la lengua el gato. – Contestó con sorna. – De momento poca cosa, primero nos vais a ayudar a grabar un pequeño vídeo para vuestro padre.
 
“¿Un secuestro?” Pensó Lydia. “Bueno, entonces tendrán que mantenernos ilesas si quieren cobrarlo.” Ese pensamiento la tranquilizó.
 
– Después… – Continuó la mujer – todo dependerá de vuestro padre. Y ahora levantaos, tenemos cosas que hacer.
 
Las dos hermanas obedecieron no sin dificultad, estando atadas como estaban era bastante complicado. Durante el proceso, vieron que tenían unos grilletes en los tobillos, les permitían andar pero con dificultad.
 
Las chicas echaron un vistazo al la sala. En la puerta había dos hombres enormes, con los brazos cruzados y expresión seria. Lydia supuso que no debía contrariarles demasiado si no quería probar su mal genio. A su lado estaba su hermana, con la misma pinta de asustada que debía tener ella y, frente a ellas, la mujer pelirroja.
 
Estaba ataviada con una ajustada falda de cuero negro y una blusa blanca y, como había visto antes, unas botas altas y una especie de látigo corto. Por su apariencia no debía ser mucho mayor que ellas, como mucho 30 años.
 
Los hombres se las acercaron por detrás y comenzaron a quitarles sus ataduras. Al librarse de ellas, notaron sus muñecas y tobillos doloridos.
 
– Espero que seáis unas niñas buenas y no nos deis problemas, mientras mejor os porteis, antes acabaremos. – Lydia estaba decidida a acabar con eso cuanto antes. – Ahora, desnudaos.
 
La orden las pilló de improviso, ¿Para que las querían desnudas? Si era un video pidiendo rescate no hacia falta tal humillación…
 
– ¿No me habéis oído? – El látigo chasco fuerte en el suelo frente a las hermanas.
 
Asustadas y mirándose la una a la otra, comenzaron a despojarse de sus ropas.
 
– Todas. – Apuntó la mujer cuando se detuvieron al llegar al la ropa interior.
 
Continuaron hasta quedarse completamente desnudas.
 
– Qué tenemos aquí… – La mujer se acercó al ellas. – ¿Mis cachorritas venían a portarse mal a Brasil? – Comentó, llevando la mano al coño de Lydia y tirando de los pocos pelos que quedaban en su pubis cuidadosamente depilado.
 
La chica dio un pequeño grito y se apartó, viendo la cruel sonrisa que apareció en la cara de aquella mujer.
 
– Colocadles los collares. – Dijo ésta dándose la vuelta.
 
Inmediatamente las chicas se estremecieron cuando notaron como algo grande y frio les rodeaba el cuello. Los hombres las estaban poniendo una especie de grillete enorme al cuello, del que colgaban varias arandelas.
 
– Y ahora seguidme.
 
Las hermanas estaban lo suficientemente asustadas como para no desobedecer, así que siguieron a la misteriosa mujer por varios pasillos hasta que llegaron al una sala con una pequeña cámara montada en un trípode. Las hicieron arrodillarse frente a ella.
 
– Ahora vamos a grabar un pequeño video para vuestro padre, sed convincentes, mientras antes consigamos lo que queremos, antes seréis liberadas.
 
“¿Liberadas? ¡Estupendo!” Pensaba la hermana mayor. Esperaba que todo ese calvario acabase pronto.
 
– Sólo tenéis que leer lo que pone en los carteles.
 
La mujer se situó tras la cámara y, haciéndolas una señal, las indicó que debían comenzar a hablar.
 
– ¡Papa! – Comenzó Lydia. – N-No sabemos donde estamos, no sabemos quién es esta gente ¡pero nos harán cosas horribles si no haces lo que te piden!
 
Mientras leía, se le comenzaron a saltar las lágrimas. No les habían dicho nada de eso, pero suponía que no estaban mintiendo.
 
– De momento estamos bien, pero no sabemos por cuanto tiempo. Si quieres volver a vernos no pongas trabas, ¡Por favor, papa! Tenemos miedo.
 
El llanto impidió que Lydia pudiese seguir leyendo. Nuria estaba a su lado muda. Debía haber entrado en una especie de shock.
 
La mujer pelirroja debió pensar que con eso tenía suficiente, por que apagó la cámara y se llevó a las hermanas con ella. Las acompañó a una habitación con dos celdas, una para cada una, con un camastro y un orinal, y se fue, dejándolas allí solas, desnudas y encerradas.
 
Lydia se echó en su catre y se puso a llorar desconsoladamente, no podía aguantar más la presión. Se fijó en Nuria, también estaba en su cama sollozando. Se acercó a ella.
 
– Nuria… No te preocupes, todo saldrá bien.
 
Mientras se acercó al ella notó algo raro.
 
– Nuria… Te estás… ¿Riendo?
 
No estaba llorando, estaba riéndose, acurrucada en su celda y desnuda, ¡Estaba riéndose!
 
“Pobrecita, debe de ser algún tipo de reacción traumatica” Pensaba su hermana.
 
Nuria comenzó a incorporarse. La ligera risa que la hacía agitarse en la cama pasó a ser más ruidosa, y poco después se tornó en carcajada.
 
– ¿Estás bien? – Preguntaba la mayor.
 
– Mejor que nunca hermanita.
 
– ¿Como?
 
– No pensaba que todo saliera tan bien.
 
– ¿Todo? ¿De que estas hablando?
 
– Tu vida acaba aquí. Jamás volverás a ser la perfecta Lydia Barahona, la preferida, la mejor.
 
Lydia pensó que su hermana se había vuelto loca, demasiada tensión, demasiado miedo por la situación.
 
– Ahora solo serás un objeto. ¿Sabes quien es esta gente? ¿Sabes lo que hacen con las chicas que capturan? Las convierten en esclavas.
 
– ¿Estás loca? No me asustes, vamos a salir de aquí. Papá cumplirá sus exigencias y saldremos de aquí.
 
– Tu nunca saldrás de aquí, jamás volverás a ser libre. No hay manera de escapar.
 
– ¿Por qué hablas solo de mí? Estamos en la misma situación. – Lydia se estaba enfadando. Por mucho que a su hermana se le hubiese ido la cabeza, la molestaba que la hablase así, como si ella no estuviese en su misma situación.
 
– ¿No lo entiendes? Todo ha sido una trampa. Estás aquí gracias a mí.
 
– ¿Q-Qué?
 
– Estaba harta de vivir a tu sombra toda la vida. Lydia esto, Lydia aquello… ¡Siempre comparandome contigo! Hice un trato con estos hombres. Ellos querían algo de papá y yo quería algo de ellos. He tenido que fingir que me secuestraban a mi también para que resultase más real, pero ahora que han grabado el video ya no hace falta fingir.
 
Lydia miraba atónita a su hermana, no podía creer lo que estaba escuchando.
 
– Para nuestro padre, yo lograré escapar milagrosamente de las garras de estos terribles secuestradores, mientras que tú morirás en el intento. No se que pasará contigo, seguramente acabes trabajando en algún burdel barato de Brasil, o de cualquier otro país. A lo mejor te venden como esclava sexual a algún cartel de la droga. Sea como sea, tu vida como la perfecta Lydia Barahona a terminado.
 
La joven rubia no podía articular palabra, estaba sorprendida hasta tal punto que era incapaz de reaccionar. Su hermana, su pequeña hermana había hecho eso. Sabia que la tenia envidia, pero no esperaba que fuese tanta.
 
Entonces, dos hombres entraron en la sala, abrieron las celdas y sacaron a las mujeres a empujones de allí.
 
– ¡Eh! Tranquilitos, que ya ha acabado todo. – Decía Nuria, molesta por el trato.
 
Lydia seguía en shock. Se dejaba llevar a donde la quisieran llevar. Que resultó ser una sala algo más grande que la que había servido para grabar el video, pero que también disponía de una cámara.
 
Los hombres dejaron allí a las hermanas y se colocaron en la puerta.
 
– ¿Cuando recuperaré mis ropas? – Preguntó Nuria, pero los hombres estaban impasibles.
 
Unos segundos después, la mujer pelirroja entró en la sala pero daba la impresión de que las hermanas no estaban allí, fue directamente a la cámara y empezó a trastear con ella.
 
– ¡Ya era hora! –  Exclamó Nuria. – ¿Vamos a acabar ya con esta tontería?
 
La mujer hizo caso omiso del comentario, encendió la cámara y se puso delante.
 
– Agente 086, señorita Natalia. Procedo con el adiestramiento de la esclava n° 106: Lydia Barahona y de la esclava n° 107 Nuria Barahona, hermanas.
 
– ¡¡¿QUÉEE?!! – Gritó Nuria, avalanzandose sobre la mujer. – ¡Eso no es posible!
 
En seguida uno de los hombres se echó sobre ella deteniendola.
 
– Mpfff… Sueltamé… No podéis…
 
– Vaya, nos ha salido rebelde.
 
– ¡¿Qué crees que estas haciendo?!
 
– Mi trabajo. – Contestó la mujer, cortante. – Estoy aquí para haceros dos obedientes esclavas.
 
– ¡Ese no era el trato!
 
– Tu tenías tus planes, yo tenía los míos.
 
Nuria se revolvía en los brazos del hombre, intentando zafarse. Entonces Natalia se acercó y la retorció un pezón con fuerza.
 
– ¡Aaaaahh!
 
– Es hora de que vayas aprendiendo que aquí no tienes derecho a nada, perra. A partir de ahora eres nuestra, al igual que tu hermana y haremos lo que queramos con vosotras.
 
El hombre la obligó a arrodillarse ante la mujer.
 
– Debes aprender a guardar respeto a tus superiores. –  Continuó diciendo Natalia.
 
– ¿Respeto? Ptch. – Respondió Nuria, escupiendo a los pies de la mujer.
 
Un doloroso mordisco recorrió la espalda de la chica. Pero no había sido un mordisco, Natalia había lanzado el látigo en respuesta a la falta de respeto mostrada por la joven y éste había rodeado su cintura, restallando con toda su fuerza en la espalda de la chica que, debido al dolor, se inclinó hacia delante, cayendo al suelo ante la pelirroja.
 
– ¿Cómo te atreves? – Recriminaba esta. –  Tendré que enseñarte cuál es tu lugar.
 
Se agachó y tirandola del pelo condujo la boca de la chica al escupitajo que había lanzado a sus botas.
 
– ¡Limpialo! – Exigió.
 
– ¡No!
 
Natalia la lanzó a un lado y comenzó a lanzar latigazos a su desprotegido cuerpo. Lydia contemplaba la escena entre asustada y complacida. Asustada por que eso mismo se lo podían hacer a ella, y complacida por que veía como la zorra de su hermana, la putada que la había vendido, estaba recibiendo su merecido.
 
– ¿Vas a obedecer?
 
– ¡Aaah! ¡Basta! ¡Basta, por favor!
 
– ¿Vas a obedecer? – Repitió Natalia.
 
– ¡Sí! ¡Pero para de golpearme!
 
– ¡Pues obedece! – Gritó dando un último golpe con el látigo.
 
Nuria se lanzó a los pies de la mujer, sollozando de dolor y comenzó a limpiar el escupitajo con la lengua, aguantandose las arcadas.
 
Lydia observaba el cuerpo de su hermana. En unos segundos se había cubierto de líneas rojas en cada lugar en el que había sido golpeada. “Esta mujer no se anda con bromas… Tendré que tener cuidado” Pensó.
 
– Ya está bien, perra. Vamos a seguir con la sesión que teníamos programada. Arrodillaos.
 
Las dos hermanas obedecieron al instante, aunque a Nuria le costó bastante debido al dolor que recorría su cuerpo.
 
– ¿Cual es tu nombre? – Preguntó la mujer, acercándose a Lydia.
 
– L-Lydia Barahona.
 
– Lydia Barahona, señorita. – Repuso la mujer. – Debéis aprender a tratar a vuestros superiores con educación.
 
– Lydia Barahona, señorita. – Contestó rápidamente la rubia, queriendo evitar cualquier tipo de castigo.
 
– ¿Y el tuyo?
 
– Nuria, Nuria Barahona… Señorita. – Contestó asustada de hacerlo mal y recibir un nuevo latigazo.
 
– ¿Qué edad tenéis?
 
– 27 años, señorita.
 
– 25 años señorita.
 
– ¿Sois hermanas? –  Preguntó, acercándose a la cámara.
 
– S-Sí, señorita.
 
Natalia esperó unos segundos fuera de plano, para que se viese bien la imagen de las dos hermanas destinadas a ser esclavas.
 
– Poneros a cuatro patas y dando la espalda a la cámara.
 
Obedecieron a sabiendas de que estaba grabando su coño y su cultura completamente expuesto pero, ¿que otra opción tenían?
 
La señorita comenzó a pasear a su alrededor. Las acariciaba la espalda, las nalgas. A Lydia la separó los cachetes para que se viese bien el agujero del culo.
 
– ¿Alguna vez os han sodomizado?
 
– No, señorita. – Contestó la rubia.
 
– S-Sí… Señorita. – Se sinceró la hermana, asustada de que descubriese su mentira y la volviera a azotar.
 
– ¿Y te gustó?
 
– No… No mucho… Dolía…
 
– Así que dolía… No te preocupes, aquí vas a obtener una gran resistencia al dolor.
 
La obligó a levantar el torso de nuevo, tirandola del pelo y, sin ningún tipo de consideración colocó una pinza en cada peón de la chica, haciéndola gritar de dolor.
 
– ¡Aaahh! Estoy obedeciendo, ¿Por qué…?
 
– Porque quiero y porque puedo. – Cortó, arrojando de nuevo al suelo. – No necesitas más explicación. Y ahora ven aquí.
 
La condujo hasta situarla justo tras su hermana.
 
– ¿Alguna vez habéis tenido sexo con otra mujer?
 
Las hermanas estaban asustadas, no las obligaría a eso… ¿O si?
 
– ¡Contestad!
 
– ¡No señorita! – Respondieron a la vez.
 
– Pues que mejor manera de comenzar que con alguien que te quiere, ¿Verdad?
 
No podía estar pidiendolas eso. Nuria estaba paralizada, tenía frente a ella el coño y el culo de su hermana, estaba tan cerca que podía oler el aroma de su sexo.
 
La señorita, impaciente, arañó la espalda de la chica, atravesando todos los arañazos que la había hecho el látigo.
 
– ¡¿A que esperas?!
 
Nuria se lanzó al la entrepierna de Lydia, que intentó zafarse de su Hermana, pero Natalia la agarró del pelo, volviendola a colocar en su sitio.
 
– No me hagas darte la misma medicina que a tu hermana, que lo estabas haciendo muy bien. ¿Vas a ser buena, o me vas a obligar a hacerte ser buena?
 
– V-Voy a ser buena… – Balbuceaba, notando como su hermanita pequeña había enterrado la cara en su sexo.
 
La chica comenzó a sollozando, la situación la superaba, tenia que elegir entre dejar que su hermana la comiera el coño, o ser azotada con el látigo. Eligió el menor de los males aunque, poco a poco, empezó a parecerle menos malo, su hermana se lo estaba tomando en serio, para evitar otro castigo, seguramente, pero estaba empezando a llevarla al éxtasis.
 
Este hecho no paso desapercibido para la pequeña de los Barahona, que notaba como el coño de su hermana comenzaba a segregar flujo. El sabor era extraño, pero no desagradable, se parecía al suyo, que alguna vez había probado desde la polla de alguno de sus amantes, llevándosela a la boca después de haber sido follada. Le dolía todo el cuerpo, pero no quería volver a cabrear a la señorita Natalia. Cada vez que ésta pasaba por su lado, observando como hacia su trabajo, se estremecía de miedo, pensando que iba a descargar el látigo sobre su culo o su espalda.
 
Tampoco se olvidaba del dolor que le producían las pinzas, colgando y meciéndose con cada movimiento de sus tetas.
 
– ¿No le vas a lamer el culo a tu hermana?
 
– ¿Qué? – Dijo Nuria, sorprendida.
 
Natalia se había parado a su lado sin que se hubiese dado cuenta.
 
– Qué te estás centrando en el coño, y no he visto que tu lengua se detenga ni una sola vez en su ano.
 
– Y-Yo…
 
– Una esclava debe hacer bien su trabajo. Y si no lo hace, hay que enseñarla a hacerlo.
 
Natalia comenzó a agitar levemente el látigo y Nuria, al verlo, se lanzó al devorar el ojete de su hermana.
 
Lydia nunca había sentido algo así, sus parejas le habían pedido sexo anal alguna vez, pero ella se había negado. Tampoco había dejado que se lo lamieran, le parecía algo sucio y anti higiénico… Pero ahora lo notaba placentero… Apartando la vergüenza y humillación de la situación de su mente, podía sentir como la fresca y húmeda lengua de Nuria recorría su agujero trasero, como hacía pequeñas incursiones en su interior. Podía notar como su esfinter se cerraba instintivamente para evitarlo, y eso la producía un placer que no había sentido nunca antes.
 
Y de golpe, todo acabó.
 
Natalia apartó a Nuria del culo de su hermana y, sin previo aviso, introdujo un enorme plug anal negro, forzando el hasta ahora inexplorado ojete de Lydia. La chica gritó de dolor ante la intrusión e intentó evitarlo, pero la pelirroja se encargó de que entrara hasta dentro, momento en el que el culo de la chica se cerró sobre el objeto, manteniendolo sujeto.
 
– ¡Aaah! – Se quejaba la chica, que sentía que la habían partido por la mitad.
 
– Cállate, perra. Hay que empezar a entrenar ese culito, ¿O prefieres que te sodomicen directamente, sin haberlo entrenado?
 
“Prefiero que me dejéis marchar” Pensaba la chica, pero sabia que no tenía escapatoria.
 
– Por hoy hemos acabado la grabación, ahora os llevaré a vuestras celdas.
 
Los hombres las levantaron al vuelo y prácticamente las arrastraron tras la señorita. Lydia notaba como el enorme juguete que tenia en su culo la molestaba al andar, mientras que Nuria sufría los vaivenes de sus tetas debido a las pinzas.
 
Cuando llegaron a las celdas, las colocaron una especie de mordaza con forma de polla, que acabó dentro de su garganta, engancharon su collar a una cadena en el techo y sus manos a las otras dos anillas laterales del collar, de manera que no podían moverse mucho y tampoco hablar. La cadena que las sujetaba no era lo suficientemente larga como para permitir que se tumbasen, así que tenían que permanecer de pie o arrodilladas.
 
Así las abandonaron, dejándolas en la soledad de sus pensamientos, sin poder hablar entre ellas.
 
Lydia odiaba profundamente a su hermana por lo que había intentado hacer, y encontraba una extraña satisfacción en verla compartiendo su destino.
 
Nuria, por su parte, daba vueltas a sus propias palabras, las frases que le había dicho a su hermana cuando creía que todo saldría según sus planes:
 
“Tu nunca saldrás de aquí, jamás volverás a ser libre. No hay manera de escapar.”
 
————————
 
No habrían sabido decir cuanto tiempo estuvieron abandonadas en aquellas celdas pero, por las veces que habían ido a alimentarias, debían haber estado algo más de un día.
 
Para alimentarlas vino un hombre que enganchaba un pequeño tubo a un agujero que existía en su mordaza-polla y vertía el alimento licuado y el agua. No tenían que hacer nada, se derramaba directamente en su garganta, solo debían cuidar no atragantarse.
 
Las dolía el cuerpo entero, las rodillas, los brazos y los pezones y el culo. No habían podido dormir nada en absoluto, estaban reventadas… Y por eso sintieron una extraña alegría cuando vieron aparecer a Natalia en la sala.
 
– ¿Habéis descansado, perras? Espero que si, por que hoy va a ser un día duro.
 
Se acercó a Nuria y le quitó las pinzas de los pezones, haciéndola gritar de dolor a través de la mordaza. Después la soltó. A Lydia la liberó primero y, una vez estaba tirada en el suelo, sacó el plug anal de un tirón, provocando un intenso dolor en la chica. Natalia quedó observando el enorme agujero negro en que se había convertido el estrecho ojete de la rubia.
 
– Vamos, levantaos. – Dijo después.
 
Con un enorme esfuerzo, las hermanas obedecieron.
 
– Cómo os he dicho, hoy va a ser un día duro pero, si os portais bien, esta noche podréis dormir en una cama, sin ataduras.
 
¡Dormir! Era lo único que deseaban en ese momento, poder descansar, olvidarse del dolor… Estaban decididas a obedecer en todo.
 
Natalia sabia como proceder con esclavas nuevas, y no había mejor manera que hacerlas sufrir al principio, que supiesen lo que era el dolor para tener las suficientes ganas de querer evitarlo. Así conseguía obediencia casi absoluta, pero ese “casi” se podía eliminar gracias al látigo…
 
Enganchó unas cadenas a sus collares.
 
– Seguidme. – Dijo tirando de ellas. – Os voy a hacer vuestro primer regalo como esclavas.
 
Esa palabra caló muy hondo en las dos hermanas. ESCLAVAS. Ya no eran dueñas de si mismas, ahora eran simplemente dos esclavas, al servicio de sus dueños. Sus mentes luchaban contra esa idea, imaginaban que habría alguna salida, alguna esperanza pero, sobre todo Nuria, en el fondo sabían que eso era imposible.
 
No pensaron en el significado del “regalo” que iban a recibir hasta que llegaron a la sala. Allí había un par de hombres esperando y una silla de ginecólogo en el centro de la sala. De la silla colgaban correas que servirían para inmovilizarlas.
 
– ¿Por quién empezamos? – Preguntó uno de los hombres.
 
– Por esta. – Contestó Natalia, obligando a Nuria a dar un paso al frente.
 
– De acuerdo, siéntate en la silla.
 
La chica estaba asustada, no sabía lo que la iban a hacer, pero tenía claro que no quería que se lo hicieran.
 
Natalia se acercó por detrás y la agarró de sus doloridos pezones, haciéndola gritar de nuevo. El dolor hizo que la chica se inclinase sobre la camilla, lo que la pelirroja aprovechó para darla unos fuertes azotes en el culo, aun surcado por los golpes del látigo.
 
Entre los dos hombres colocaron a Nuria en la silla y amarraron las correas.
 
– Voy a quitarle esto. – Dijo uno de los hombres, desenganchando la mordaza de la boca de la chica. – Me pone más cuando gritan.
 
Lydia vio como el hombre saco una enorme aguja de un cajón, y la cara de terror que puso su hermana cuando la vio. Sabia perfectamente que ella seria la siguiente y eso la asustaba, pero también sabia que no tendría elección, que hiciese lo que hiciese iba a acabar con el mismo resultado…
 
El hombre calentó la aguja al rojo y, a pesar de las quejas de la chica, agarró uno de los pezones y lo atravesó de golpe con ella. Los gritos de Nuria los podría haber escuchado hasta su padre. El hombre, impasible, colocó un pequeño aro de oro en el agujereado peón y prosiguió con el siguiente.
 
Una vez acabó con ellos, prosiguió con el clitoris de la chica. Ya no gritó, no intentó resistirse, el dolor acumulado por sus pezones durante toda la noche había explotado con la aguja.
 
Le tocó el turno a Lydia, que se propuso no gritar. Lo llevó bastante bien hasta que la aguja hizo contacto con la piel, entonces soltó un alarido de dolor pero, igualmente, el hombre acabó el trabajo sin preocuparse por ello.
 
Nuria estaba tendida en el suelo, dolorida y Lydia, apoyada en la silla la observaba. Vio como uno de los hombres la cogia y la colocaba a cuatro patas.
 
– Ahora a llegado el momento de que pagueis nuestros servicios. – Susurró una voz a su espalda.
 
Unas manos se cernieron sobre ella mientras veía como el otro hombre se sacaba la polla y apuntaba directamente al culo de su hermana, entonces vio que a ella la iban a hacer lo mismo. Querían sodomizarla. El miedo se apoderó de ella mientras oía los leves grititos de su hermana, estaba tan derrotada que no podía ni quejarse. Pero ella no lo iba a permitir. Tenia el culo dolorido, había estado toda la noche con aquel cacharro de plástico metido y la había dolido, mucho.
 
El hombre la inclinó hacia delante y ella luchó, se revolvió y soltó una patada hacia atrás, acertando en la entrepierna de su violador.
 
“¿Violador? ¡Ahora les perteneces! No tienes escapatoria” Se decía a si misma, pero pensar en el dolor que iba a recibir era más poderoso que la razón. Olvidó el latente golpeteo que notaba en sus nuevos y brillantes piercings cada vez que se movía y salió corriendo.
 
La puerta estaba cerrada, ¿Qué iba a hacer ahora? Se dio la vuelta y vio como Natalia y el hombre iban hacia ella, el hombre con cara de pocos amigos, agarrándose las pelotas por el golpe, Natalia, en cambio, sonreía. Y eso es lo que más miedo dio a Lydia. Esa sonrisa indicaba que después lo pagaría caro…
 
– ¡L-Lo siento! – Clamó la rubia arrodillandose ante ellos. – No volverá a ocurrir, ¡No sabia lo que hacía!
 
– Ya se que no volverá a ocurrir… Ya me encargaré de eso. – Dijo Natalia, tranquilamente. – Creí que eras más lista que tu hermana. – señaló con la cabeza a Nuria, que seguía empalada por aquel hombre, pero sus grititos habían pasado a ser pequeños gemidos. – Pero veo que eres tan tonta como ella. ¡Levántate!
 
Lydia temblaba mientras obedecía, pero no quería enfurecer más a aquella mujer. Natalia la acompañó hasta la silla, la obligó a inclinarse y amarró sus manos con las correas.
 
– No tienes escapatoria, perra. –  La susurró al oído. – Vamos a hacer contigo todo lo que queramos, con tu ayuda o sin ella, tu decides.
 
Al escuchar esto Lydia comenzó a llorar. Se hizo completamente consciente de su situación actual y, escuchar como el hombre se situaba tras ella no ayudaba a calmarla. Miró a su hermana, que se dejaba encular dócilmente. Pequeños gemidos se escapaban de su boca, lo que la hizo pensar que a lo mejor no era tan malo, que se había intentado rebelarse de manera exagerada. Seguro que no dolía tanto…
 
Todos esos pensamientos se difuminaron de golpe y de manera cruel cuando, sin ningún tipo de piedad, el hombre enterró toda su polla en el culo de la rubia. La chica gritó de dolor, ni siquiera cuando la habían clavado la aguja había sufrido tanto. Tenia el culo sensible, enrojecido y dolorido por el juguete que había tenido que soportar toda la noche, lo que hacía que fuera más doloroso todavía.
 
El hombre penetraba una y otra vez a la chica, sacaba la polla hasta la punta y volvía a embestir, castigando a la zorra que le había pegado una patada en los cojones. Sus huevos rebotaban contra su coño, haciendo sonar un rítmico PLAP PLAP que se mezclaba con los gritos de la chica. No tardó mucho en correrse y llenar a la chica con su semen. Cuando extrajo su polla, el ojete rezumaba semen y algo de sangre, dio un fuerte azote a la chica y salió de la sala, despidiéndose de Natalia.
 
Pocos tiempo más tardó Nuria en recibir su carga de semen, quedándose tendida en el suelo, con el culo abierto y chorreando.
 
“Vaya imagen familiar” Pensaba Natalia, divertida.
 
– Vamos perras. –  Dijo, desenganchando a Lydia y atandoles las correas de nuevo. – Por hoy hemos terminado.
 
Las chicas se sintieron aliviadas, la sola idea de poder descansar hizo que se olvidasen del dolor de su cuerpo. Andaban a trompicones, los chorretones de semen se escurrian por sus muslos mientras caminaban, pero seguían a la señorita ansiosas de llegar al su destino.
 
Las llevó a una sala distinta a la de sus celdas y, cuando entraron, todos sus ilusiones se hicieron añicos.
 
No había camas, ni colchones, ni siquiera una manta sobre la que echarse. En su lugar había dos armatostes de madera que no tenían pinta de ser creados para descansar.
 
– ¿N-No vamos a dormir? – Preguntó Nuria, asustada.
 
– ¿Dormir? ¿En que momento os habéis ganado ese derecho? Os dije que podríais descansar si os portabais correctamente, y está claro que no lo habéis hecho.
 
Estaban paralizadas de miedo, no podrían aguantar otra noche como la anterior…
 
Intentaron resistirse de nuevo, pero lo único que consiguieron es que entraran dos hombres a reducirlas. Las obligaron a situarse sobre los aparatos y ataron todas sus extremidades, inmovilizandolas por completo.
 
Tenían las piernas separadas, el culo alzado y el cuerpo inclinado en 90°. Las manos estaban atadas tras la espalda en una situación bastante forzada. Tenían el vientre apoyado sobre el mueble, conformando su único apoyo.
 
Estaban situadas la una frente a la otra, viéndose las caras.
 
La señorita Natalia se situó tras Nuria, insertando un plug anal en su culo y volvió a colocarle la mordaza con forma de polla. Después procedió con su hermana, obviando el grito que soltó al ver su culo profanado una vez más.
 
– Mañana vendré a por vosotras. – Dijo, dirigiéndose hacia la puerta. – Espero que os porteis bien con vuestros nuevos amigos. – Comentó, enigmaticamente.
 
“¿Amigos? ¿Qué amigos?” Las chicas se miraban asustadas, pero no tardaron en descubrirlo. Al cabo de un rato, unos hombres entraron en la sala y, riéndose entre ellos se dirigieron a las chicas. Sin mediar palabra, se situaron tras ellas, extrajeron el plug de su culo y comenzaron a sodomizarlas uno tras otro.
 
Había algunos que preferían follar su boca, para lo que las quitaban la mordaza. Hubo muchos que probaron a las dos, o que las obligaron a chuparsela después de haber follado su culo, haciendo que casi vomitasen debido al sabor y al olor, pero todos las usaron.
 
Cuando ese grupo acabó se sintieron aliviadas, hasta que un nuevo grupo entró en la sala. Entonces se derrumbaron y comenzaron a llorar. No luchaban, no podían evitarlo. Sólo lloraban. Vieron que no tenían escapatoria y llegaron a la conclusión de que harían todo lo posible por no volver a estar en esa situación. No desobedecerian, harían todo lo que las pidiesen. Cualquier cosa menos ese sufrimiento.
 
Estaban al límite de sus fuerzas cuando, tras salir el último grupo de hombres, entro la señorita Natalia con dos hombres más. No dijo nada, ni siquiera las miró, solo dio dos ordenes a sus acompañantes y estos desengancharon a las hermanas y las sacaron en brazos de la sala.
 
El resto son recuerdos brumosos. Los hombres las llevaron a una sala con un par de catres, ni estaban en una celda, ni las encadenaron. Durmieron un par de días. De vez en cuando se despertaban cuando venían a curarlas, tanto los piercing como las heridas provocadas por las violentas sesiones de sexo.
 
Despertaron acurrucadas una al lado de la otra. Cuando se movieron, un sonido dencampanitas resonó en la sala y vieron que mientras dormían, a parte de curarlas, las habían cambiado los aritos por unos pequeños cascabeles. Era una mezcla entre cómico y degradante, como si fuesen dos mascotas con su cascabel… “Realmente es lo que somos” Pensaron.
 
La puerta sonó y las sobresaltó. La preciosa pelirroja apareció enfundada en un vestido de cuero.
 
– ¿Qué tal estais, mis perritas?
 
– Bien, señorita. – Respondieron, solicitas.
 
Natalia las observó. Estaban firmes ante ella, no movían ni un músculo.
 
– Espero que no me obligueis a volver a castigaros porque, no os quepa duda, la próxima vez será peor.
 
Las chicas se estremecieron, ¿Peor? Era imposible, pero no querían comprobarlo.
 
– No, señorita.
 
– Seguidme entonces.
 
Salieron por la puerta tras ella, ni siquiera les enganchó las correas, no le hizo falta. El sonido de los cascabeles era como música en los oídos de Natalia, le encantaba su trabajo. Solo había tardado unos días y había conseguido que esas niñas consentidas se convirtiesen en unas solicitas esclavas.
 
Ya podía avisar a sus superiores, estarían verdaderamente satisfechos. Ahora llegaba la segunda parte del plan.
 
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