Estaba allí, tirada en la mullida cama sin caber de felicidad, la maletas regadas por el piso,  eran la mayor prueba de que no se trataba de un espejismo, sino que estaba en mi nueva habitación, en una ciudad enorme, con una perspectiva diferente y una oportunidad con la cual había sido bendecida.
Mis padres acababan de despedirse, dejándome instalada en el departamento capitalino propiedad de mis tíos y que desde ese día compartiría con mi primo Mateo. El tenía 22  y estaba en cuarto año de arquitectura, mientras que yo a mis 18 años iniciaba mi vida universitaria.
 La situación económica de mis padres no era muy buena en esos momentos, por lo que se les dificultaba el pago del alquiler de un departamento para mi instalación, así que mis tíos que me tenían mucho cariño y valoraban mi esfuerzo por haber conseguido una beca académica,  facilitaron mi estadía allí, considerando además, que por mis claras muestras de responsabilidad, podía ser una buena influencia para Mateo, que ya les había dado unos cuantos dolores de cabeza.
 Desde luego a Mateo no le hizo mucha gracia mi llegada, puesto que de alguna forma estaba penetrando en su intimidad, sin embargo no le quedaba otra que aceptar la voluntad de sus padres, a menos que quisiera perder sus comodidades y privilegios.
 Las primeras semanas se mostró  indiferente, seguía su vida con normalidad, repartiendo su tiempo entre la universidad, las parrandas, los amigos y sus novias. Era de carácter alocado e impulsivo y aunque quizá antes no le había prestado mayor atención, era un muchacho bastante atractivo, moreno, de ojos oscuros, con pestañas largas rizadas que casi llegaban a sus párpados, contrastando con sus demás rasgos profundamente masculinos, llevaba el cabello algo mechoso, y la  vestimenta caprichosa como si quisiera decir a todas luces  que hacía lo que quería.
 Mis rasgos eran similares a los suyos ya que en ambos predominaba la línea materna, con la diferencia de que mis ojos no eran tan oscuros, y en lugar de tener ese gesto de vasta coquetería mas bien tenía la apariencia de una chica pueblerina que aun mantenía ese aire inocentón, propio de quien no ha tenido mucha vida social y ha sido protegida en exceso.
 Las veces que Mateo había ido al pueblo a pasar vacaciones, la pasábamos bien, era divertido y mis padres me permitían salir con él hasta tarde, puesto que confiaban en que siendo mi primo, espantaría a algún atrevido, pero en realidad lo que hacía era procurar emparejarme con algún amigo ya que consideraba que soy algo anticuada para mi edad.
 De todas formas pese a tener esos buenos recuerdos de camaradería, ahora que vivía en su departamento, procuraba no inmiscuirme en sus cosas, así aseguraba mi permanencia allí,  es mas, en lo posible, trataba de facilitarle algunas tareas que no me costaban esfuerzo como preparar el desayuno antes de salir ala U, o alguna labor de casa a las que estaba acostumbrada.  Creo que esos pequeños detalles hicieron que poco a poco, vaya bajando la guardia,  y entendiera que no era una espía informante de sus actividades, sino simplemente su prima, a quien le pudiera dar un voto de confianza sin arrepentirse.
 Fue así como empezamos a llevarnos mejor, a cambio de mis atenciones y discreción frente a sus padres,  él me daba cierto grado de seguridad, ya que pese a que era una muchacha atractiva,  por mi timidez se me dificultaba un poco hacer amistad y como mi primo era bastante popular en el campus estudiantil, fácilmente me inmiscuyó en su circulo de amistades; aunque tan solo de manera superficial puesto que mis metas estaban enfocadas casi absolutamente a lograr la excelencia académica, que me permitiría seguir manteniendo la beca, por ello mi tiempo básicamente se reducía a los estudios, y alguna esporádica salida.
 Generalmente entre semana me quedaba sola hasta la media noche o  a veces un poco mas tarde, puesto que Mateo salía con sus amigos, mientras yo me entretenía viendo alguna película o la mayoría de veces haciendo tareas, lo cual le hacia mucha gracia puesto que decía que hay que  disfrutar la juventud y que no es necesario quemarse las pestaña para aprobar un semestre. Era el único tema en el que jamás estaríamos de acuerdo, quizá porque el no comprendía que mis posibilidades económicas diferían mucho de las de él y yo no podía darme el lujo de arriesgarme a bajar mis puntajes porque podía significar el acabose de mi carrera.
 Fue así como mas de una noche me encontró bostezando frente al computador, o dormida sobre mis libros; solía despertarme cariñosamente, a veces pasaba la mano por mi larga cabellera rizada, o acariciaba mis mejillas diciendo entre dientes: tontita otra vez esforzándote demasiado…  Me daba ganas de recriminarle, pero prefería disfrutar de sus gestos dulces, de sus dedos en mi rostro, de sus labios en mi mano, o simplemente de esa caricia sobre mis hombros, que me ponía feliz por sus cuidados.
 En algunas ocasiones que aún estaba despierta, cuando escuchaba las llaves en la cerradura, me recostaba a esperar su jugueteo en mi cabello, me estaba acostumbrando a ello. Al principio me despertaba tiernamente para encaminarme a mi habitación pero últimamente me tomaba en brazos y el mismo me llevaba a mi cama; al levantarme, su mano obligadamente se posaba en  mis muslos   haciéndome estremecer, mas aun cuando por mi escasa ropa fácilmente se deslizaba por mis glúteos llegando a confundirme con nuevas sensaciones, ya que nadie había avanzado tanto  como para tocarme  ahí.
Me sentí una pluma entre sus brazos, me gustaba su cercanía por lo que solía acurrucarme contra su pecho gozando del corto trayecto que recorríamos desde el estudio hacia mi recámara, luego depositándome con cuidado, me tomaba de las axilas para acomodarme sobre la almohada y no se si involuntariamente o no, rozaba mis pechos;  inmediatamente mis pezones se erectaban como si quisieran rasgar la tela, y mientras me daba un beso de dulces sueños, su pulgar bajaba por mi pecho rasqueteando ligeramente mis botones. Eso era suficiente para que durante varios minutos un calor terrible entre mis piernas no me dejara conciliar el sueño, y terminara apretando una almohada entre mis muslos y dando pellizcos a mis pezones.
 Varias veces se había repetido la misma escena, y cada vez sus manos se atrevían un poco más, ya no solo su pulgar me rozaba, sino su palma entera se abría sobre mi pecho transmitiéndome su tibieza y el beso en la mejilla se había deslizado hacia un imperceptible roce de sus labios en mis pezones. Cómo me gustaba  que la camiseta de tela fina quedara húmeda de su saliva, por posar su boca sobre mis brotes.
 Durante el día todo era usual, salvo que nos tratábamos con más complicidad. Mateo era más gentil, incluso en ocasiones me ayudaba con alguna investigación cuando se trataba de alguna materia que él ya había tomado, y extrañamente cada vez llegaba más temprano a casa. Entraba a mi habitación, se recostaba y acomodándome sobre su pecho nos entreteníamos charlando de boberías. Algunas veces buscaba mis pies con los suyos, y sus manos hallaban refugio en las mías. Sentía muy rico sus atenciones, mucho más porque sabia que no era precisamente un tipo afectuoso, pero su trato conmigo era especial, más especial que con cualquiera de sus amigas.

Pero una noche algo  definitivamente cambio…

 Era cerca de las diez, acababa de salir de la ducha y mientras me secaba el cabello comía una barra de chocolate, estaba vestida con una blusita que apenas cubría mis tetitas  duras y de tamaño mediano, con una aureola rosada y unos pezones que quizá por los ímpetus hormonales siempre estaban de pie, tanto que solían  atraer las miradas de mi primo, sin que a veces pueda disimularlo y que por esa razón se habían convertido en mis consentidas. Usaba una bombacha corta y bastante holgada, comúnmente usaba ese tipo de prendas por los calores veraniegos, y también porque a mi edad los deseos sexuales se manifestaban con cierta insistencia y eso me permitía meter mis manos y tocar mi vagina hasta ponerla húmeda de tanto jugueteo.
 Me sorprendió escuchar el ruido de su auto en el garaje tan temprano y no se porqué pero esta vez en lugar de fingir dormirme sobre los libros, corrí a su habitación y me tendí en su cama, mi corazón palpitaba con fuerza como si se adelantara a intuir algo que cambiaría mi vida.
 Ingresó, le escuché llamarme, pero no respondí, fue hacia la cocina, al parecer tomó algo del refrigerador, luego se dirigió a mi habitación, y como no me encontró insistió en llamar,  me buscó en el estudio y por ultimo se dirigió a su habitación. Encendió las luces y fingiendo ser herida por los fluorescentes me di vuelta y haciendo gestos de adormilada levanté la una rodilla hacia mi cintura, sin importarme que al hacerlo la bombacha holgada quizá dejaba entrever mi cola descubierta o mi coñito depilado.
 Permaneció de pie, sentía su mirada sobre mí, y afortunadamente había puesto mi brazo sobre mi frente de modo que no percibían como me temblaban los párpados así como tampoco podía notar como mis labios vibraban y como los de abajo se me humedecían de tan solo imaginar que mi cuerpo estuviera pervirtiendo sus pensamientos.
 Hizo un resoplido como diciendo, woauu que es lo que veo, luego se sentó al filo de la cama y posó su mano sobre mi muslo, empezó a acariciarlo desde la rodilla hacia arriba, mientras decía:
 _Cami…amor despierta
 Yo fingía no escucharle y dejaba que sus manos me tocaran llegando incluso a mis cachetes traseros que llenos de juventud se veían  duros y redondeados, metió la mano más al fondo de modo que con la caricia rozaba la carnosidad de mis glúteos y uno de sus dedos se hundía en la línea que dividía mis nalgas, no se si percibía mi humedad, seguro que sí, porque me sentía mojadita y al pasarla por mi coñito hizo un sonido como si absorbiera el aire a través de su dentadura, dándome clara muestra de que le gustaba lo que sentía.
 El palpitar en mi sexo me hizo respingar y rápidamente retiró su mano, luego escuché como se quitaba los zapatos, la camisa cayó encima de la cama y el sonido del cierre de su pantalón me hizo saber que también se lo había quitado.
 Se recostó detrás mío, nuestras respiraciones se volvían intensas, mas aun cuando me hechó un brazo encima y su pelvis quedó adherida a mi trasero, claramente sentía como su pene estaba despabilado, duro, y parecía querer herirme con aquella arma. Acarició mi vientre, haciendo círculos en él,  rozaba la parte superior de mi pubis, donde tan solo tenía una pequeña porción de vellito al ras de la piel, casi sin disimulo su mano libre subía a mis tetitas, las acarició de lleno, halando mis pezones, yo ya no aguantaba, era lo más excitante que había vivido, y dándome vuelta quedaron mis tetitas frente a su rostro; ni por  un segundo lo dudó, se atrevió a levantar la blusa y sentí por primera vez la humedad de su lengua, las chupaba suave, y luego las mamaba mas duro. Quería morirme, rogarle que no dejara de hacerlo pero tenía que seguir disfrutando en silencio. El hambre que sentía entre las piernas me hacia abrirme un poco, y como si entendiera mis intenciones casi al instante sus dedos se revolcaban entre mis labios, subían hacia  mi clítoris bajaban a mi vagina, produciendo un hormigueo muy rico, empezó a introducir su dedo por mi orificio que aun permanecía sellado, insistió suavemente hasta meterme casi la mitad de su índice, procuraba perforarme pero me causaba un poquito de dolor y estremeciendo mis caderas, gemí.
 _Te lastimé mi amor?
 Qué mala actriz resulté, Mateo sabia perfectamente que estaba despierta y cómo no iba a darse cuenta si mi humedad destilaba tanto que tenia la bombacha empapada, aun así no respondí, queriendo mantener mi mentira hasta el final, pero él virando mi rostro,  acercó sus labios a los míos, me besaba despacio y poco a poco fui respondiendo a sus besos,  al punto de que nuestras lenguas se entregaban completas, me la introducía pausadamente y la sacaba, dejando que yo deslice la mía por entre sus dientes.
 Cami…Cami…gemía entre beso y beso y yo respondía consintiendo que nuestras salivas se mezclen, nuestras lenguas se conozcan y nuestros sexos se aprieten.
 No había ninguna explicación para lo que nos pasaba, éramos primos pero eso carecía de importancia, en ese momento lo último en lo que pensaba era en el parentesco, solo quería sentir, como sus manos me iban desnudando y sus labios protegiendo mi cuerpo con su saliva.
 Las sensaciones eran intensas, estaba recostado sobre mi, llenando su boca con mis pechos, los chupaba, los atrapaba con sus labios y los estiraba, a momento los mordisqueaba y volvía a  metérselos totalmente. Bajó por mi abdomen surcando mi vientre, hasta coronar mi pubis con su rostro y ya sin resistir me abrí de piernas, dejando que me enseñe lo que es sentirse mujer.
 Percibía mi vulva como si mi olor le incitara, lamía mis labios y paseaba su lengua por mis pliegues, provocándome latidos que amenazaban con desgarrar mi sexo. De tanta felicidad le agarraba  del cabello y golpeaba su rostro con mis empujones pero lejos de apartarse me los chupaba con más ganas. Se adueñó de mi clítoris, acariciándole indirectamente, pasando las yemas alrededor de él, y moviéndolo horizontalmente, no resistía más, sus dedos  en mi capullo y su  lengua penetrándome el coño me hicieron estremecer mientras jadeaba de placer. Mis líquidos  escurrían, toda esa savia contenida era desechada en la boca de mi primo, que disfrutaba tragándola.
 Quedé tirada en la cama, con el corazón galopando a mil, con  su rostro sobre mis piernas y sus dedos cosquilleando mi pubis.
 Me abrazó con dulzura y al juntarse, sentí como su pene  punzaba contra mi muslo, y con la torpeza de una inexperta, acerqué mis manos a ese trozo tibio de carne que destilaba fluidos, la toqué y por arte de magia se agrandaba en mis manos, la acaricie saboreando su tamaño, era grande para imaginarla escurriéndose en mi agujero, pero no tenía temor, ya había esperado demasiado por saber lo que se siente cuando una verga se mueve dentro, tan solo pensaba en mis ganas de ser penetrada mientras se la jalaba de arriba abajo.
 Acerqué mi rostro dejando que mis labios me guiaran, mi legua comenzó a desplazarse, por su cabecita,  poco a poco me la fui metiendo, chupaba con algo de torpeza pero sus gemidos me decían que iba muy bien, poco a poco entendía que entre más me la comiera y mas profundo bajara mas deliraba, la saliva suavizaba los movimientos  hasta que  garroteando contra mi boca se estremeció continuamente, lanzando un chorro de leche contra mi boca. El semen se desparramaba por mis comisuras mientras hacia esfuerzos por tragármela toda, sí, había disfrutado mucho de mi primera mamada.
 Nos quedamos dormidos, abrazados, con la piel satisfecha de habernos amado.
 El despertador dio las 7 de la mañana,  dimos un brinco en la cama y salimos para la universidad.
 Durante la semana no volvimos a hablar del tema, yo me sentía algo insegura de querer avanzar más, no tanto porque fuera mi primo sino mas bien porque le conocía y sabia que era un mujeriego de peso, así que pensé que era mejor dejar las cosas ahí para evitar sufrimientos; seguro él pensaba lo mismo y no quería lastimarme porque tampoco insistió, simplemente dejamos las cosas en el olvido, como si nada hubiera pasado.
 Procuraba ya no dormirme sobre mis libros para evitar tentaciones, y en lo posible me acostaba más temprano o estudiaba en mi habitación, también mi primo parecía evitarme puesto que ya no entraba a mi recámara con la misma confianza, ni le sentía llegar en las madrugadas a cobijarme.
 Sin embargo, aunque tratáramos de obviar ese capítulo, a veces nos sorprendíamos mirándonos a escondidas, cuando Mateo salía de la ducha con el cabello húmedo y la toalla sobre la cintura, simplemente me faltaba el aire, sus pectorales se marcaban y me hacían recordar cuantas noches me refugie en sus brazos. También yo sentía sus miradas mientras preparaba los desayunos, se dejaba llevar por la forma bonita en que mis caderas moldeaban los shores y a veces incluso al dar vuelta miraba mi vientre y mis muslos.
 A veces Mateo optaba por no salir de casa, y se tiraba en el sofá a mirar tv, algunas ocasiones lo hacíamos juntos, otras tantas lo dejaba solo cuando alguna de sus novias lo distraía al teléfono o en el chat. No podía disimular, los celos me corroían, y aunque me dolía reconocerlo me importaba más de lo que yo quería.
 Con esa aparente indiferencia continuamos unas cuantas semanas hasta que llegaron los exámenes de fin de ciclo, había obtenido muy buenos resultados y compartía mi alegría telefónicamente con mis padres, estaba en eso cuando llegó Mateo y con aires de autosuficiencia  puso su reporte en mi cara, estaba casi eufórico, había aprobado el ciclo sin quedarse suspendido en ninguna materia. 
 _Te das cuenta primita, aprobé y sin quemarme las pestañas estudiando.
 _Ah si? pues mira esto, dije mientras le mostraba mis excelentes.
 _No esperaba menos de ti, sonrió genuinamente, y agarrándome de la cintura me apretó contra su cuerpo haciéndome dar vueltas como niños traviesos. Hace mucho no sentía su pecho aplastando mis senos, ni su pubis crispando mi vulva, y aunque sólo era un gesto de emoción por el fin de ciclo, para mí su cercanía era el mejor premio que podía recibir por mis notas.
 Nos quedamos en silencio, acariciándonos con miradas y casi sin darme cuenta, nuevamente volvía a sentir sus labios, la frescura de su saliva y la inquietud de su lengua; un beso dulce, largo, que se volvía apasionado a medida que nuestros cuerpos se juntaban con desesperación,  sus manos se desplegaron por debajo de mi blusa mientras aquellos pulgares volvían a apretarse contra mis senos, ya no quería detener nada y dejé que su boca vuelva a saborear mis pezones llenándome de esa sensación que enardecía mis genitales.
 Me alzó en brazos y yo abrí mis piernas sujetándome de sus caderas, totalmente prendida a su cuerpo, concibiendo que mis movimientos le cuenten que estaba lista para avanzar más…
 Cami… estás segura amor?
Ya no hubo más respuesta que mis besos descontrolados.
 Sujetándome del trasero me llevó a mi habitación, mi cama fue testigo, de cómo mi vestido iba cayendo, al igual que su ropa besando el suelo, sus labios en mis hombros, en mis muslos, los míos en su espalda y en su abdomen;  nuestra desnudez calentaba nuestros cuerpos, como lo había soñado en tantas de mis madrugadas.
 Recostado sobre mi,  me hacia sentir su peso, su fuerza, su sudor, revolcándonos nos dejábamos impregnados ese olor a hambre retrasada, a ansias y a lujuria. Sus manos reconocían mis caderas las palpaban siguiendo el sendero de mis glúteos, buscando mis escondrijos para darme placer.
 Mis piernas se explayaban ante la insistencia de sus labios por chupar  mi sexo, lamia mis jugos y su lengua iniciaba la desfloración de mi coño. Entraba y salía, intercalando estímulos con su dedo que se veía presuroso por coronarme.
 _Cami…Cami…estas tan cerrada….que siento correrme solo pensando en metértela…
Sus palabras me llenaban de un morbo desconocido, su aroma…su lengua… sus dedos… sus gemidos…eran demasiado; desde mis profundidades emergió un deseo de gritar, hasta que aquellas palpitaciones que devoraban mi vulva,  me devolvieran la vida.
 Me dejó descansar unos segundos, mientras chupaba con delirio mis senos, estaba tan caliente que mi cuerpo no se negaba a más placer, ansiaba esa primera penetración, deliraba por sentir que me partiera hasta el alma con cada una de sus estocadas.
 Crucé mis piernas, mis muslos se veían hermosos aprisionando su espalda, y haciéndose hacia adelante colocó su pene en mi entrada. El ardor y el dolor s e evidenciaban en las muecas de mi rostro y en mis callados gemidos, no quería que él lo notara, debía ser valiente para que pudiera seguir en su intento de abrirme completa,  pero no podía engañarlo mis carnes apretadas, se resistían y el estaba pendiente de mis gestos.
Duele Cami?..duele mucho?
No amor… sigue…sigue…
 Pese a mi insistencia, Mateo se detenía, y continuaba llenándome de besos, que levantaban mi excitación a límites en que yo misma me  acomodé, buscando que su pene empezara nuevamente a punzar. La resistencia de mi vagina iba cediendo, sentía como desfilaba hacia adentro, raspando mis paredes, y un ligero dolor me hizo gemir; lo había logrado, estaba llenándome con su verga, conectándome totalmente a su cuerpo y a sus emociones.
 Se quedó quieto como si temiera herirme, disfrutando del momento y abrazándome con fuerza. Poco después sus caderas se agitaban con suavidad, el dolor era apenas un recuerdo y el placer renacía en mis entrañas,  sus movimientos de entrada y salía  me hacían gemir, ya no de malestar sino de una necesidad de seguir siendo arrasada,  punteada, penetrada una y otra vez…
En su rostro veía la gloria, y en el mío el placer, me gustaba ser empalada y queriendo que llegara aun mas profundo levante mis piernas a su cintura, su sudor se confundía con el mío al igual que nuestros gemidos y respiraciones; era delicioso su movimiento de cadera, el vaivén de nuestros cuerpos acoplados perfectamente, y esa sensación increíble de estar siendo follada.
 Unos pocos minutos así y volví a estremecerme, otro orgasmo iluminaba mi cara, y nuevas palpitaciones  hinchaban mi vulva, simplemente me corrí, me corrí con la intensidad de quien veía cumplirse su sueño.
Mateo duró tan solo unos segundos más, ya sin temor empujaba con fuerza, su movimiento se aceleró y dándome profundas estocadas, se quedó quieto llenando mi sexo de aquella leche que llevaba mi nombre.
 Se acomodó entre mis senos, y con dulzura acariciaba mi vientre, no sabíamos que decir, así que solo dejamos que la magia de aquel momento, acompañara la intensidad de nuestros abrazos.
 Desde aquella noche fuimos inseparables, y aquel departamento se convirtió en el cómplice de nuestro amor  de primos….
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