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Sin títuloLos viernes siempre le parecían extraños ahora. Antes, las noches de los viernes eran sus preferidas, ahora que Julia se había llevado hasta los amigos, eran el principio de tres largos días sin nada que hacer. Mientras fumaba su primer Marlboro del día, deseó tener una buena pista que le obligase a mantener abierta la investigación el fin de semana.

En cuanto llegó a la comisaría llamó a Viñales y la llevó directamente a su despacho para averiguar si había conseguido los datos de todos los nicks sospechosos y la joven no le decepcionó.

Una vez tuvo la lista y sus datos personales pudo dividirlos para repartirlos entre Camino, Carmen, Arjona y él mismo. Gracia le pidió que le dejase interrogar a alguno de los sospechosos pero Smallbird sabía que estaba demasiado verde y pese a los ojos de desilusión que puso la joven le dijo que les necesitaba a ella y a López investigando todos las huellas digitales que pudiesen haber dejado los sospechosos.

Un primer vistazo le ayudó a dividir los ocho sospechosos en tres grupos. Tres que estaban en Madrid y uno en Toledo se los quedó para él el teniente. Uno de Sevilla y otro de Jaén se los daría a Camino, la de Vigo sería para Arjona y el restante, de Barcelona, se lo quedaría Carmen.

A Smallbird le hubiese gustado interrogar él mismo a todos los sospechosos pero el hecho de estar repartidos por toda la geografía española hacía imprescindible que tuviese que delegar en sus colaboradores.

A ninguno de ellos le gustó tener que ir a las cuatro esquinas de la península un viernes conscientes de que llegarían cansados y bastante tarde a casa, pero aquello venía con el trabajo, afortunadamente había AVE a todos los destinos y Smallbird ya había avisado para que un agente local estuviese pendiente y les ayudase en el caso de que les resultase difícil localizar a los sospechosos. Con un poco de suerte tendrían el resto del fin de semana libre.

Los chicos se fueron rápidamente y después de indicarles a Gracia y a López que empezasen por el de Toledo y los de Madrid, ya que él sería el primero en llegar salió del garaje en la Ossa camino de Toledo.

Antes de abandonar la capital se salió de la A-42 en Parla y se dirigió al Decatlón dónde trabajaba el primero de sus sospechosos.

Grancoñoncolorado resultó ser una jovencita que apenas pasaba de los dieciocho años que trabajaba de reponedora en el almacén. En cuanto Smallbird le nombró su nick, sus mejillas se encendieron como un semáforo y cuando el teniente le explicó el motivo de su visita le condujo hasta una pequeña oficina con gestos que mezclaban el miedo y la sorpresa.

Smallbird no se entretuvo mucho en los preliminares y aprovechando el desconcierto de la joven fue directo al grano.

—¿Eres la persona que hace llamarse Grancoñoncolorado en la página de guarrorelatos?

—Sí —respondió la joven aun ofuscada.

—¿Tú nombre es Melina Ramos Junquera? —preguntó el detective.

—En efecto. —dijo la joven respirando hondo para calmarse un poco.

—¿Escribes relatos eróticos en la página web guarrorelatos?

—Sí. —respondió la joven.

—¿Conoce a un tal Alex Blame? —preguntó el detective escaneando cualquier gesto delator en la cara de la joven.

—¿A ese misógino medio imbécil? Sí, no, bueno no personalmente. Solo hemos intercambiado unos comentarios por internet. ¿Qué es lo que quiere exactamente?

—¿Sabe que lo han asesinado recientemente?

—Imposible no enterarme, ha salido en la televisión y en los periódicos —respondió la joven.

—Entonces entenderás porque tengo que preguntarte si conoces la verdadera identidad de Alex o dónde vivía.

—No tengo ni idea y nunca me ha interesado. —respondió la joven a la defensiva.

—¿Puedes contarme dónde estuviste la noche y la madrugada del lunes al martes?

—Entré a trabajar en el turno de noche para colocar y reponer las estanterías para el día siguiente y descargar un camión que llegaba a las diez. —dijo ella suspirando de alivio al saberse libre de sospecha— Salí a eso de la dos y media y me fui directamente a casa, media hora después ya estaba tirada en la cama con mi novio. Si quiere puede comprobarlo, todos fichamos a la entrada y la salida del trabajo en persona.

—De acuerdo. Lo comprobaré —dijo el detective tachando mentalmente a la joven de su lista de sospechosos.

—¿Puede hacerme un favor? —preguntó la joven con los labios temblando— He respondido a todo lo que me ha preguntado. Cuando pida mi ficha de asistencia a mi jefe, ¿Hace falta que le diga por qué quiere esos datos?

—No te preocupes Melina, le diré que hubo un accidente en el que una joven con tu descripción se vio implicada y estoy comprobando tu coartada. Le diré que estás limpia y no mencionaré tu afición secreta.

—¡Gracias ! —exclamó la joven al borde de las lágrimas—Si mi jefe se enterase me echaría inmediatamente.

Smallbird no se entretuvo mucho más y después de comprobar que Melina había sido sincera con él en la oficina de personal, salió del hipermercado y arrancando la Ossa se dirigió hacia su siguiente sospechoso en La Puebla de Montalbán.

Tardó menos de una hora en llegar al pueblo de ocho mil habitantes en la rivera del Tajo. Nunca había estado allí y pronto le llamó la atención las plantaciones de melocotoneros y una gran torre emergiendo del centro del pueblo con el Tajo y los Montes de Toledo al fondo.

Paró a la entrada del pueblo y conectó el navegador del móvil para dar con la dirección del siguiente sospechoso de su lista en las afueras del pueblo. Como esperaba la casa estaba vacía y los vecinos no supieron o más bien no quisieron decirle dónde estaba en ese momento, así que se dirigió al puesto de la Guardia Civil. En un pueblo tan pequeño seguro que podrían decirle dónde podía buscar.

El cuartel era un pequeño edificio achaparrado de ladrillo cara vista situado a las afueras del pueblo. En ese momento solo había un sargento de unos cincuenta años y una poderosa barriga. Tras mostrarle la placa, el guardia le invitó a un café y comenzaron a charlar.

—¿Gabriel López Jaramillo? —dijo el sargento — claro que le conozco. ¿Qué ha hecho esta vez?

—Aun no lo sé con certeza, pero puede haberse visto implicado en un asesinato.

—¿Jaramillo? —preguntó el hombre sorprendido— No lo creo. Es un ladronzuelo de tres al cuarto. Se dedica a robar en casas o naves abandonadas y se lleva todo lo que no esté bien atornillado para venderlo luego, pero al más mínimo atisbo de peligro huye como un conejo. Le he detenido varias veces y la primera vez que lo hice, hace ya más de diez años, casi se caga encima de miedo.

—¿Tiene conocimientos médicos de algún tipo? —preguntó el detective viendo que el guardia lo conocía bastante bien.

—No, que yo sepa su especialidad es la compra venta de todo tipo de chatarra.

—¿Dónde lo puedo encontrar? —preguntó Smallbird apurando los restos del café.

—Tienes suerte porque este es el único día de la semana en que lo puedes localizar sin dificultad. Todos los viernes está en su puesto del mercadillo.

El sargento se despidió del detective dándole unas rápidas indicaciones y en cinco minutos estaba en la Plaza del Sol.

La plaza, un rectángulo irregular de trescientos metros de largo por cien de ancho, estaba atestada de gente. Smallbird se movió, abriéndose paso con dificultad hasta el lugar dónde el guardia le dijo que el sospechoso solía montar su puesto. Un minuto después oyó una voz que se destacaba nítidamente por encima del bullicio general.

—¡Robamos de noche! ¡Vendemos de día! ¡Más barato que en la mercería!

Smallbird giró la vista y vio a un tipo moreno y delgado con un bigote grande y negro que vociferada su eslogan a grito pelado sin apartar el cigarrillo que colgaba de la comisura de su boca.

—¡Eh! Señor dos calzoncillos seis euros…

La frase quedó suspendida en la boca de Jaramillo al ver la placa de Smallbird delante de su nariz. El detective pudo ver como las pupilas del hombre se dilataban de puro terror y antes de que se diese cuenta salía de su campo de visión echando a correr entre la multitud.

Mascullando un “jodido idiota” entre dientes Smallbird arrancó con desgana tras el sospechoso. Afortunadamente el hombre tenía los pulmones tan cascados como él y la única ventaja que tenía eran sus largas piernas, así que, aunque se distanció un poco, en ningún momento llegó a perderlo de vista.

El sol y el esfuerzo de abrirse paso a empujones entre la gente sorprendida y enfadada pronto le hicieron sudar. Afortunadamente, Jaramillo huyó por la calle dónde había aparcado la Ossa así que montó en la moto de un salto y al más puro estilo macarra aprovechó el impulso para arrancarla de una patada. Treinta segundos después estaba a la altura de Jaramillo que corría por la acera con el cigarrillo aun en la boca, sin percatarse de que el detective se le acercaba.

Cuando llegaron a la esquina Smallbird acercó la moto y le dio un suave empujón con la pierna. Jaramillo perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer. Extendió los brazos para mantener el equilibrio y cuando se dio cuenta era demasiado tarde para evitar el semáforo que estaba plantado en la acera.

—Vamos, despierta. —dijo Smallbird dando un par de bofetones a Jaramillo que permanecía tumbado al pie del semáforo con un prominente chichón en mitad de la frente.

—Vale, vale. Ya me levanto. —dijo el hombre aún un poco atontado—Pero no me haga más daño.

—Perdona, pero el daño te lo has hecho tú. Si no hubieses huido nada de todo esto hubiese sido necesario. —dijo el teniente cogiendo al hombre por su raída chaqueta para ayudarlo a incorporarse y empujándole al interior de una cafetería cercana— Ven, te invito a un café.

—¿Te suena el nombre de Alex Blame? —preguntó Smallbird bebiendo un sorbo de café hirviente.

—Déjeme que piense, inspector… No, ese nombre no me suena. —respondió el ladronzuelo rascándose la barbilla mientras fingía hacer memoria.

—¿Me vas a obligar a ponerme violento? Sé que escribes guarradas en una página web bajo el seudónimo de matoapajas, y que Alex Blame ha comentado tus relatos, así que no me mientas—siseó el teniente procurando que no se enterase nadie más en la cafetería semivacía.

—Está bien. —repuso Jaramillo palideciendo ligeramente—Se quién es y he intercambiado impresiones con él en alguna ocasión en esa página de relatos en internet.

—Veamos, —dijo el detective revisando unas notas— “ojalá se te caiga la picha a cachos” “que te den pol culo cabrón de mierda” ¿A eso le llamas un intercambio de impresiones?

—Ese tipo era un perro. Ya sé que nos soy ningún Chespir, pero no hacía falta cebarse conmigo de esa manera, lo único que yo quería era divertirme un rato y hacer pasar un buen rato a quién quiera leerme. ¡Joder! es una página de relatos guarros, no el premio Planeta.

No necesitaba preguntarle nada más a aquel individuo. Tal como había dicho el guardia aquel hombrecillo no tenía suficiente presencia de ánimo para perpetrar un asesinato como el que tenía entre manos. De todas maneras le preguntó que había estado haciendo la noche del asesinato y respondió que había estado toda la noche de viaje. Tras tomar el café, Jaramillo le llevó hasta una Ford Transit ruinosa y abriendo la guantera y tras revolver entre un montón de tiques de gasolinera encontró dos que le ubicaban en Baeza a las nueve de la noche del Lunes y en los alrededores de Águilas a las tres de la mañana.

Dejó a Jaramillo al lado de su furgoneta frotándose el bonito tolondro que se había ganado y se fue a comer algo. Ya tenía hambre y aún le quedaban dos sospechosos que visitar.

Al llegar a la estación del AVE en Jaén un agente de la policía municipal ya le estaba esperando en el andén.

—Buenos días inspectora, —dijo el agente estrechando la mano de Camino con la típica cordialidad del sur— soy el agente Flores y me han designado para acompañarla a donde lo necesite.

—Gracias, pero llámame Camino. —dijo ella observando al agente que aparentaba no pasar de los veinte años.

—Tú dirás a dónde quieres que te lleve.

—¿Sabes dónde está la calle Tula? —preguntó Camino.

—Sí, claro. Está a quince minutos de aquí —respondió él guiando a la inspectora a un viejo Xsara pintado con los colores de la policía municipal.

El joven se tomó a pecho su papel de cicerone y sin parar de hablar le fue señalando los lugares más emblemáticos de la ciudad a medida que la atravesaban. A aquella hora no había demasiado tráfico así que llegaron a la dirección de deputacoña incluso antes de lo que había pronosticado el agente.

Camino salió del coche y le pidió al agente Flores que le esperara en una bar que había enfrente mientras ella interrogaba a la sospechosa.

Emilia Canilla abrió la puerta del pequeño adosado al tercer timbrazo. Tenía la larga melena castaña revuelta y unas grandes bolsas violáceas bajo los ojos.

Camino le mostró la placa y la mujer sin parecer muy sorprendida le dejó pasar. Una vez en la cocina Emilia preparó dos tazas de café bien cargado y se sentó frente a Camino dispuesta a responder sus preguntas.

—No pareces muy sorprendida de que este aquí. Ni siquiera me has preguntado la causa.—dijo Camino sacando una libreta de su bolso.

—No es muy difícil saberlo. Esperaba su visita desde que publicaron en los periódicos lo de las ochenta y ocho puñaladas. Dados los intercambios de piropos que he tenido con la víctima sabía que tarde o temprano me harían una visita. ¿Ha venido a detenerme? —preguntó la mujer con una sonrisa torcida.

—No, solo quiero hacerte unas preguntas.

—Adelante, dispare.

—Tu nombre es Emilia Canilla.

—Sí.

—¿Eres auxiliar de enfermería en el hospital neurotraumatológico de Jaén?

—En efecto.

—Y eres la persona que se oculta tras el seudónimo deputacoña en la página de Guarrorelatos

—Sí. Tengo un trabajo bastante estresante y me gusta desconectar escribiendo relatos eróticos. —respondió la joven intentando justificarse—Eso es todo.

—Intercambiaste comentarios con Alex Blame. ¿Qué sabes de él?

—Que era un hijo de la grandísima puta. Escribía muy bien y sus relatos eran todos interesantes, pero a la hora de comentar los de los otros escritores era hiriente y malintencionado. Aunque la mayoría de sus críticas eran acertadas, las realizaba de una manera tan ofensiva y descarnada que la gente no podía menos que ofenderse y replicarle con todo tipo de insultos y amenazas. —dijo Emilia frunciendo el ceño— Creo que era eso lo que le ponía.

—Intercambiaste comentarios bastante duros con él.

—Fue un cabrón y respondí. Nada más. Tampoco me extendí en una polémica con él. Valoro los comentarios en lo que son, una opinión sobre tu trabajo y a pesar de que ese tipo de ataques me cabrea, los olvido pronto y sigo escribiendo.

—¿Tienes idea de quién ha podido matarle?

—Todos y ninguno. No me parece que nadie de la página que yo conozca sea capaz de hacer una cosa semejante.

—¿Sabes lo que es… el bromuro de pancuronio? —preguntó Camino echando un vistazo a sus notas.

—Es algún tipo de anestésico, en mi unidad también lo usan a veces los médicos para controlar las convulsiones. —respondió la mujer más interesada que recelosa por la pregunta— ¿Lo utilizaron para matarle?

—¿Es muy difícil sacarlo de un hospital? —pregunto Camino tratando de no darle importancia a la pregunta.

—Solo los médicos y las enfermeras tienen acceso a el medicamento pero supongo que si reconoces el envase y sabes dónde buscar no te resultaría demasiado difícil sacar unos cuantos viales de extranjis. No está especialmente vigilado como la morfina o los tranquilizantes.

—Entiendo, solo una última pregunta, ¿Qué hiciste en la madrugada del lunes al martes?

—Estuve tomando algo con unas compañeras hasta las seis de la tarde más o menos y luego me volví a casa, vi un rato la tele y me acosté pronto porque tenía turno de mañana al día siguiente.

—Entiendo, gracias por todo. —dijo Camino levantándose.

Las dos mujeres intercambiaron un par de frases de despedida y Camino se fue a buscar al agente Flores pensando que no podía eliminar a esa mujer de la lista de sospechosos a pesar de que la ventana de tiempo era muy justa ya que debió correr bastante para llegar a tiempo al trabajo. Otra cosa que llamó su atención es que Emilia era una mujer muy segura de sí misma, ni siquiera había vacilado en responder a la pregunta sobre el pancuronio a pesar de que la incriminaba.

El tener acceso a la droga y estar en un ambiente en el que podía haber aprendido la mejor forma de administrarla, unido a que debido a su trabajo estaba acostumbrada a hacer esfuerzos y manejar cuerpos muertos la hacía parecer una firme candidata.

Mientras el agente la llevaba de vuelta a la estación, Camino le dijo a Flores que como favor personal echasen un ojo esos días a la sospechosa, para ver si se comportaba de una manera rara.

Arjona tuvo coger el AVE en plena madrugada ya que no estaba dispuesto a coger el que salía al mediodía y perderse una noche de viernes en Madrid. Se pasó casi todo el camino durmiendo y cuando llegó a Santiago de Compostela apenas sabía dónde se encontraba. Una fina película de lluvia lo recibió a la salida de la estación obligándole a correr hasta la parada de taxis. El taxista un cincuentón barrigudo se frotó las manos cuando Arjona le indicó el puerto de Vigo como destino y se echó a dormir en el asiento trasero.

El taxista le despertó un poco más de una hora después . Arjona le dijo que le llevase al edificio de la lonja y después de pagar la abultada carrera y pedir una factura, se alejó del taxi en dirección a la nave de la lonja.

Al entrar, un guardia jurado se le acercó y el detective le mostró la placa y aprovechó para preguntarle si conocía a María del Carmen Castiñeira.

—Claro, todo el mundo la conoce aquí —dijo el segurata señalando a una mujer grande, de formas rotundas, con una brillante y abundante melena negra recogida en un apresurado moño con un boli Bic que pujaba con acento cantarín por diversas cajas de pescado y marisco.

Arjona se quedó en pie esperando y observando como la joven de veintipocos años se hacía con astucia con varias cajas de pescado y marisco aprovechando los movimientos de su cuerpo y expresiones procaces para despistar al personal que era masculino en su mayoría.

—¿Verdad que se le da bien? —comentó el guardia de seguridad admirando las esbeltas piernas de la joven que asomaban por la abertura del guardapolvos que llevaba.

Finalmente la joven ya tenía lo que quería y se volvió dando indicaciones a un ayudante para que se llevara las cajas mientras ella pasaba por la oficina para pagar el producto.

Cuando salió de la oficina, los ojos grandes y grises de la joven captaron al detective y primero denotaron interés por el desconocido para luego entrecerrarse con suspicacia.

—Buenos días señorita Castiñeira, soy el detective Darío Arjona de la policía Nacional de Madrid. Necesito hacerle unas preguntas.

—Tiene que ser algo importante para que vengas desde tan lejos. —dijo la joven con el cantarín acento gallego.

—Me temo que sí.

—Entonces será mejor que vayamos a un sitio más cómodo. ¿Has traído coche?

—No —respondió el detective.

La joven le guio hasta una vieja furgoneta C15 con el rótulo de su pescadería en los costados y le invitó a entrar sin ceremonias.

Carmiña, como insistió en que la llamase, se internó en el tráfico de Vigo que le recordó a Arjona a una mezcla de la locura suicida del tráfico en Madrid y las cuestas de San Francisco.

Tras veinte minutos de pitidos e insultos en gallego y portugués, llegaron a una pescadería en las afueras. La joven salió de la furgoneta seguida por Arjona, abrió la puerta de la pescadería y luego fue a la parte trasera de la C15 y agachándose cogió la primera caja de pescado. El detective se quedó quieto mirando el orondo culo tensar la tela del guardapolvo y las piernas blancas y tersas de la joven tensarse por el esfuerzo.

—Ya que está ahí, podría echarme una mano.

La joven no esperó la respuesta de Arjona y le puso una caja de pulpo en los brazos y cogiendo ella otra, le indicó con un gesto que le siguiese.

Hicieron un par de viajes mas hasta la cámara de la pescadería y cuando la furgoneta quedó totalmente vacía, la dejó abierta de par en par y llevó a Arjona a una pequeña oficina que tenía en la parte trasera donde se sentaron en dos sillas frente a frente.

—¿No vas a cerrar la furgoneta? —preguntó el detective extrañado.

—Sí, para que esté el resto del día cheirando a pescado. Esto no es la capital, a quién le va a interesar una furgoneta vieja y vacía.

El inspector se encogió de hombros pensando que en Madrid no se podía dejar una colilla en la calle sin encadenarla a una farola.

—Está bien ¿De qué querías hablarme?

—Se trata de Alex Blame… —empezó Arjona.

—¡Ah! Sí, un tipo simpático. —le interrumpió Carmiña — No tiene pelos en la lengua. ¿Qué ha pasado? ¿ Alguien le ha denunciado por injurias?

—No, me temo que es algo más grave. Ha muerto apuñalado. ¿No te habías enterado?

—La verdad es que no veo mucho la tele y el único noticiario que escucho es el de la gallega, ya sabe para enterarme del tiempo y las noticias locales. ¿Cómo ocurrió?

—Le mataron en su casa de ochenta y ocho puñaladas.—dijo Arjona esperando un gesto revelador de la joven que no llegó.

—¡Carallo! Alguien no le quería muy bien. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó la joven cruzando la piernas y haciendo que el guardapolvo se subiera mostrando una generosa porción de ellas.

—Verás, —dijo el detective tragando saliva—Sabemos que la víctima y tú frecuentabais la misma página web de relatos eróticos y el número de puñaladas coincide con el de relatos que tenía publicados en la web. Eso unido a que había muchos autores que odiaban sus comentarios…

—¡Ahora entiendo! —exclamó la joven sonriendo quitándose el bolígrafo y dejando que la larga melena escurriese por su hombros y se derramase por su pecho— Es por lo de que puse precio a su cabeza.

—Sí —dijo Arjona tragando saliva.

—Eso fue una tontería, en realidad me cabreé por una estupidez. Cuando escribo soy un poco pudorosa nombrando las partes… ya sabes… —dijo descruzando las piernas de nuevo— el caso es que utilizo toda clase de diminutivos a la hora de nombrarlas. Blame se dio cuenta e hizo sangre de ello. Yo me cabreé mucho en el momento pero la verdad es que me ayudó mucho y ahora a la polla le llamo polla y al chocho, chocho.

Durante unos segundos Arjona no pudo decir nada al ver a aquella chica tan explosiva hablando de sexo con tanta naturalidad. Antes de volver al interrogatorio tuvo que enumerar mentalmente dieciséis reyes godos para cortar una incipiente erección.

—¿Puede decirme dónde estuvo la noche del lunes al martes pasado?

—Estuve con mi madre toda la noche hasta las diez de la mañana que es cuando suelo abrir la pescadería.

—¿Su madre puede corroborarlo?

—Sí, aunque tiene ya ochenta y ocho años y ya está un poco chocha. —respondió la joven levantándose.

—Ochenta y ocho. Qué curioso, parece que este número me persigue. —dijo Arjona levantándose a su vez.

—¿Algo más?— preguntó la joven volviéndose para quitarse el guarda polvo y colgarlo de la silla.

Al darse la vuelta a Arjona se le cortó la respiración al ver como los pezones de la joven se le erizaban con el ambiente fresco de la pescadería haciendo relieve en el fino jersey beige.

La joven sonrió maliciosa y se paró unos segundos dejando que el veterano detective la observara unos instantes más.

Carmiña se dio la vuelta y le guio fuera de la oficina. Arjona le siguió, admirando el culo respingón apretado por una falda ajustada justo por encima de la rodilla.

—En realidad solo soy una mujer que intenta salir adelante y escribe en su escaso tiempo libre. —dijo la joven acercándose a una caja de percebes.

—¿Sabes cómo los llamo en uno de mis relatos? —dijo la joven dándose la vuelta con un percebe en la mano y fijando los ojos de largas pestañas en el detective.

—No —fue lo único que Arjona acertó a decir.

—Carallos de mar, —explicó ella acercándose el marisco a los labios— tienen la forma de una polla, cuando le quitas la parte de fuera queda lo más rico a la vista, suave y rosado y si no tienes cuidado al manipularlo te salpica la cara.

Arjona no pudo resistirse más y aprisionó a la joven contra el mostrador dándola un violento beso.

Carmiña gimió y se frotó contra el detective devolviéndole el beso convertida en pura lujuria.

En ese momento Arjona dejó de ser el detective, sustituido por el hombre que deseaba demostrarse a sí mismo que las películas que había estado viendo toda la semana no habían influido en su hombría.

Con la polla amenazando perforar su bragueta agarró a la joven por las caderas y le arremangó la falda deseoso de palpar y acariciar el interior de aquellos portentosos muslos.

—¡Vamos polizonte! ¡Fóllame! —exclamo Carmiña quitándose el jersey y enterrando la cabeza del detective en el profundo escote de su sujetador.

Arjona subió a la joven al mostrador y besó el escote y los pechos de la mujer por encima de la seda del sujetador mientras acariciaba con sus manos el interior de sus muslos.

Carmiña, ardiendo de deseo, tiró del pelo canoso del detective para acercarle a sus labios y poder darle una serie de violentos besos que el veterano policía devolvió con entusiasmo mientras bajaba la copas del sujetador y amasaba los grandes pechos de la joven.

Deshaciendo el violento combate de lenguas y saliva, Arjona bajó la cabeza recorriendo el cuello y el pecho de la joven con su lengua hasta llegar a sus pechos y sus pezones. Cogiendo uno de los pechos con sus manos se metió el pezón en la boca y lo chupó y lo mordisqueó hasta hacer a la joven gritar y retorcerse de placer y ansia.

Arjona siguió bajando por su vientre y su ombligo y arremangándole la falda hasta la cintura abrió las piernas de la joven tirando desesperadamente de su tanga.

—Sí, sí ¡Ven a mi lameiro de toxos! —dijo la joven abriendo aun más la piernas y empujando al detective hacia un abismo rizado y salvaje.

Arjona apartó con la mano el abundante vello negro y rizado que cubría el monte de Venus de la joven y acarició con su lengua el sexo húmedo y caliente. La joven gritó y empujó la cabeza del detective contra ella acompañando los lametones y mordiscos del detective con violentos movimientos de sus caderas.

Con su coño oscuro y chorreante de deseo la joven logró apartarse y sin dejar de mirar al inspector con aquellos ojos grises e hipnotizadores se quitó la ropa quedando totalmente desnuda ante él.

En instantes la piel blanca se erizo por el fresco ambiente de la pescadería haciendo contraste con el calor y los flujos que escapaban del pubis de Carmiña haciendo que Darío se muriese por entrar en ella.

La mujer se acercó a él y arrodillándose le bajó los pantalones y los calzoncillos dejando a la vista la tremenda erección del detective. Con una sonrisa pícara la joven acarició la polla de Arjona con su melena antes de metérsela en la boca.

El detective tuvo que apoyar los brazos en el mostrador creyendo que se derretiría como un helado ante los dulces chupetones de la joven. Tras unos pocos instantes tuvo que apartarla para no correrse en su boca.

Carmiña fue subiendo por la cintura y el pecho del poli arrancando ropa y arañando y mordiendo como una gata salvaje. Sus pechos grandes y ligeramente caídos se bamboleaban golpeando su polla convirtiéndose en una tortura que Arjona no pudo resistir más.

Cogiendo a la peixeira por las caderas la depositó sobre el mostrador y le metió la polla de un solo golpe. El miembro del detective entró con facilidad mientras la joven se quedaba congelada y soltaba un largo gemido. Arjona acarició sus pechos y pellizcó sus pezones haciendo que la joven volviese a agitarse excitada.

El inspector comenzó a moverse en el interior de la joven mientras ella se agarraba a él con desesperación insultándole y gimiendo con rabia.

Arjona aumentó el ritmo y la violencia de sus empujones a lo que la joven respondió clavándole las uñas y mordiendole a la vez que gritaba de placer.

Esta vez fue él el que se separó mientras la joven se tumbaba sobre el frió mármol y exhibía su cuerpo con la piernas abiertas sin ningún reparo. El detective disfrutó unos segundos de la vista del pubis cubierto de pelo oscuro y rizado y de los muslos blancos y apetitosos mojados con los jugos de su sexo antes de que la joven se diese la vuelta y volviendo la cabeza le invitase a seguir follándola con un gesto.

Arjona se acercó y agarrando su brillante melena tiró de ella para acercar los labios de la joven a los suyos. El beso se prolongó unos instantes que parecieron eternos mientras la polla del policía rozaba la vulva de la joven haciendo que el placer y el ansia de ambos se volviesen casi dolorosos.

Finalmente fue la joven la que sin dejar de besar a su amante cogió la polla con sus manos y tras acariciarla suavemente la introdujo en su interior con un jadeo.

Arjona empujó hasta que la polla entera estuvo enterrada en lo más profundo del coño de la joven y empezó a acariciar todo su cuerpo. Carmiña se puso de puntillas y comenzó a mover sus caderas gimiendo suavemente y disfrutando de unas caricias que electrizaban todo su cuerpo.

Arjona disfrutó unos segundos más de la ardiente necesidad de la joven antes de coger de nuevo su melena y penetrarla de manera salvaje, haciendo que todo el cuerpo de la joven temblase con cada embate.

Con dos alaridos la joven se corrió temblando descontroladamente en los brazos del detective que seguía empujando aunque más suavemente.

Tras unos instantes la joven se separó con un suspiro, se arrodilló ante Arjona y comenzó a masturbarle con dedos suaves y amorosos hasta que incapaz de contener más su placer se corrió salpicando la cara de la joven con su semen.

Con una sonrisa Carmiña se metió la polla en la boca y saboreó una última vez el rosado percebe.

Smallbird había vuelto a Madrid y después de una comida rápida en una taberna del centro mantuvo una charla bastante tensa con Carpene Diem, que resultó ser juez del tribunal supremo descartándole rápidamente como sospechoso por sus múltiples compromisos

De vuelta en la comisaría, llamó a los chicos para ver como les había ido en sus investigaciones.

Camino había descartado a Capacochinos que tenía coartada, ya que había estado toda la noche de juerga con sus compadres de cofradía (maldita la habilidad que tenían los andaluces de estar de juerga hasta los lunes por la noche) y se había quedado con deputacoña aunque la ventana horaria era un poco justa.

Carmen no había tenido demasiada suerte con su sospechoso y también mostró una coartada solida al estar en una silla de ruedas.

Por último cogió el teléfono y llamó a Arjona.

—Hola Darío —dijo Smallbird al notar que se había establecido la conexión.

—Hola jefe, —respondió el detective con una voz un poco rara que no se le escapó a Smallbird.

—¿Ya estás de camino? —preguntó Smallbird.

—Mmm… No jefe. —respondió el detective con un apagado ruido de fondo.

—¿No has conseguido hablar con tu sospechosa? —preguntó Smallbird sorprendido.— Creí que querías estar aquí lo antes posible.

—¡Eh! Sí. Esto… he tenido un imprevisto y… —ahora Smallbird oyó nítidamente una risa cantarina en el fondo de la conversación.

—¡Joder Arjona! —gritó el teniente—¿No me digas que te estás acostando con la sospechosa?

—Ella… Yo…

—Estúpido. Deja ahora mismo a esa fulana y ven para acá. ¡Me están dando ganas de meterte un paquete de tres pares de cojones!

—Lo siento mucho, jefe.

—Bah, bah, tú no lo sientes nada. Más vale que esa mujer sea inocente si no, no vas a encontrar una piedra los suficientemente grande dónde esconderte del comisario. Por lo menos habrás comprobado su coartada.

—Claro jefe, estuvo toda la noche con su madre…

—Sí una coartada genial, anda sal de esa cama y presenta un informe antes de tomarte el fin de semana libre. Espero que lo hayas pasado bien y no tengas que arrepentirte de esto mamón.

Smallbird colgó el teléfono no sabiendo si reír o desesperarse con el comportamiento de Arjona. El hombre era un excelente investigador pero no conocía a nadie tan enamorado de sacarle brillo a su pirola. En el fondo confiaba en su instinto y aunque la coartada de la mujer era bastante endeble, había que tener mucha presencia de ánimo para cepillarse al tipo que viene a investigarte si eres el asesino. De todas maneras no la eliminaría de la lista de sospechosos hasta estar totalmente seguro.

Eran ya casi las ocho de la tarde cuando Smallbird cogió el teléfono para hacer la llamada más temida:

—Hola Fermín… o debería llamarte Fiestaconcadáveres.

—Hola Leandro esperaba tu llamada desde hace unos cuantos días. —dijo una voz apesadumbrada al otro lado de la línea.

—Podías habérmelo puesto un poco más fácil. ¿Por qué no me lo has contado antes? —preguntó el teniente.

—No sé, supongo que fue por vergüenza. No estaba preparado para hablar con nadie de mi pasatiempo secreto, así que cerré el pico y esperé que la investigación te llevase por otros derroteros. —dijo el forense intentando justificarse.

—Tenemos que hablar cara a cara. —dijo Smallbird.

—Desde luego, Leandro, pero no ahí, ni tampoco aquí ¿Qué te parece terreno neutral?¿ Nos vemos dentro de una hora en el Rick´s?

—De acuerdo, en una hora.

Rick´s era uno de los pocos pubs que aun tenía el viejo ambiente de principios de los noventa, esos años nunca volverían. Era verdad que ahora cuando salías por ahí podías dejar la ropa de nuevo en el armario, pero tras la aprobación de la ley antitabaco los bares oscuros y neblinosos en los que podías encontrarte a una mujer fumando con la típica sonrisa a lo estoy de vuelta de todo, que tan bien interpretaba la Bacall, habían sido sustituidos por sitios luminosos y estridentes, llenos de jóvenes deportistas y anoréxicas modelos sin ningún tipo de glamour.

El lugar estaba semivacío y no le costó encontrar a Fermín sentado en una mesa de la esquina con un Gyntonic.

Smallbird pidió un Glenfiddich con hielo y se sentó frente a él.

—Aquí estamos, —dijo el teniente arrellanándose en la incómoda silla— ¿Te parece si vamos al grano y luego terminamos la copa tranquilamente?

—Por mí estupendo, Leandro. —respondió Fermín serio pero tranquilo—Pregunta lo que quieras.

—¿Cómo te iniciaste en Guarrorelatos? —preguntó Smallbird más con la intención de asegurarse de la sinceridad del forense confrontándole con un tema espinoso, que por el interés que pudiese tener para la investigación.

—Bueno, ya sabes que en nuestro trabajo se ve de todo y me dio por escribir algunas anécdotas. Publique los primeros cuentos en alguna Web de relatos normales pero el ambiente un tanto consanguíneo que reina en ellas, no me inspiró nada, así que cuando descubrí esta página, aderecé mis relatos con un poco de sexo y me fue tan bien que desde entonces no he parado de escribir.

—Entiendo… ¿Y Blame?

—Es, era un provocador. Tanto en sus relatos como en sus comentarios. No le gustaban las opiniones complacientes e incluso se metía con los lectores que le alababan. —respondió Fermín sin vacilar.

—Y tú ¿Cómo te llevabas con él?

—Mal como todo el mundo. A pesar de que los comentarios no influyen demasiado en mi moral, en ocasiones me sentía obligado a responder e invariablemente ese cerdo se las arreglaba para que terminásemos llamándonos de todo.

—¿Quién ganaba las discusiones? —preguntó Smallbird.

—Invariablemente él. Al final me cansaba y le decía alguna burrada o le mandaba a tomar por el culo. —dijo el forense.

— ¿Dónde estabas la noche del Lunes?

—Como te imaginaras tuve turno de noche por eso me encontraste en la escena del crimen. Tengo tres testigos en el instituto si dudas de mi palabra…

—Tonterías —dijo Smallbird aliviado—pero me hubieses evitado el disgusto hablando de ello antes.

—Lo siento mucho, yo creí…

Una llamada al teléfono del teniente interrumpió la conversación. El número no era conocido. Smallbird se disculpó y contestó a la llamada.

—Smallbird

—Hola, —dijo una voz agitada de mujer desde el otro lado de la línea— soy Vanesa Díaz la vecina de…

—Sé quién eres ¿Pasa algo? —pregunto el detective con las alarmas encendidas ante la voz ansiosa de la joven.

—Estoy muy asustada, creo que alguien me sigue….