UNA EMBARAZADA2
Partiendo de que la gran mayoría de los hombres estamos más que dispuestos a follarnos a todo lo que lleve falda, que una mujer te haga esa pregunta resulta al menos morboso. Pero si la dama en cuestión resulta que es la hermana de tu sin-tituloesposa y encima está preñada,  dicha cuestión se convierte por si sola en algo que te levanta la temperatura hasta límites insospechados. Para explicaros cómo llegó Esther a estar tan desesperada para que obviara el hecho de que soy su cuñado y se me ofreciera de una manera tan directa, debo contaros un poco de mi vida.
Me llamo Carlos y vivo en Madrid.  Aunque llevo casado con mi mujer solo cinco años, la conozco desde hace mucho más. Elena y yo salimos juntos desde que ambos teníamos quince años. Compañeros de colegio nos hicimos novios muy jóvenes y por eso conozco a su hermana desde que era un niño.
Esther siempre ha estado buenísima pero como es dos años mayor que yo, esa diferencia de edad que en su momento era un abismo. Hoy en día, no pasa de ser algo anecdótico sobre todo porque se ha conservado de maravilla, llegando a parecer más joven que yo. Castaña de pelo largo y bajita de estatura, esa mujer ha sido siempre una muñeca de grandes pechos. Siendo delgada, tiene un par de tetas desproporcionadas para el resto de su anatomía. Tetas que nunca ha escondido y que siempre ha lucido como parte esencial de sus encantos.
Por otra parte, nuestra relación se ha ido afianzando con el paso de los años. Si en un principio vio en mí al niñato que salía con su hermanita, con el paso del tiempo me he convertido para ella en alguien en quien se ha apoyado cada vez que ha tenido un problema. Por eso no es de extrañar que me llamara a mí en vez de a alguien de su familia, el día en que su marido completamente borracho le pegó. Por lo visto ese inútil había salido con unos amigos a beber y al llegar a casa decidió usar a su mujer como su particular saco de boxeo. Aterrorizada y desde el baño donde estaba encerrada, mi cuñada me llamó y en menos de diez minutos, estaba aporreando la puerta de su casa. El cobarde de Javier, al verme llegar hecho una furia, no hizo nada para evitar que cogiéndola del brazo me la llevara para no volver jamás.
Ya en casa, mi mujer acogió con cariño a su hermana y me pidió si podía quedarse a vivir un tiempo con nosotros. Como realmente estimaba a Esther no puse ningún impedimento y por eso desde entonces  vive con nosotros. Lo que en teoría iban a ser un par de meses ya van para dos años y como os contaré a continuación, no es algo que me preocupe.
Mi querida cuñada llevaba poco más de mes con nosotros cuando una tarde al llegar de la oficina me la encontré abrazada a mi mujer hecha un manojo de nervios. Al preguntar que ocurría, Elena me contestó:
-¡Está embarazada!
Os juro que no fue mi intención faltarle al respeto pero fue tamaña sorpresa que sin pensar pregunté:
-¿De quién?
-¡No seas bruto!- contestó mi mujer- ¡De Javier!
Me tenía que haber mordido la lengua pero en vez de ello, solté:
-Pues va jodida. ¡Ese capullo no va a hacerse cargo!
Por la forma en que me miró mi mujer supe que me había pasado y desapareciendo de escena, me fui de la habitación.
Me acostumbro a verla en casa:
Mi mujer y yo llevábamos casados  apenas tres años y por eso al principio me costó acostumbrarme a su presencia. Habituado a vivir solo con ella, me pareció una putada tenerla ahí todo el día. Aunque es una chavala estupenda, no en vano era una extraña y si un día al llegar de trabajar, me apetecía echar un polvo a mi esposa, me tenía que quedar con las ganas hasta que ya en la noche nos fueramos a la cama. Con cabreo comprendí que esos días en los que dábamos rienda a nuestra lujuria en mitad de la cocina eran parte de la historia, a partir de su llegada tanto Elena como yo tuvimos que cortarnos y circunscribir el sexo a las cuatro paredes de nuestra habitación. Eso sí una vez cerrada la puerta de nuestro cuarto, nunca dejamos de hacerlo e incluso y de alguna manera que Esther estuviera en el piso, mejoró nuestra sexualidad al dotar a nuestros actos del morbo de poder ser escuchados.
Todavía recuerdo una de las primeras veces en que lo hicimos teniendo a mi cuñada en casa. Debíamos llevar mas de una semana sin sexo y por eso cuando una noche, cansado de esperar, abordé a Elena en mitad del pasillo y sin importarme que su hermana estuviera en la habitación de al lado, le dije que la deseaba. Mi mujer, un tanto acelerada, me contestó que ella también y cogiéndome del brazo me metió en nuestro cuarto. Nada mas entrar, me desabrochó el pantalón y sacando mi miembro de su encierro, se me arrodilló a hacerme una mamada. Al ver mi disposición, se le iluminó su rostro y acercando su boca hasta mi sexo, lo empezó a agasajar con dulces besos. Como comprenderéis, me encantó sentir los labios de mi señora rozando tímidamente mi glande antes de metérselo lentamente en su garganta, sabiendo que mi cuñada podía oírnos.
-Me encanta que me la mames- dije en voz alta.
Elena, sacándosela de la boca, me pidió que no hiciera ruido pero en vez de obedecerla cuando sentí que mi mujer, arrodillada frente a mí,  se volvía a embutir mi miembro, no pude resistir y le dije:
-Eres una mamona preciosa- mientras acariciaba su melena.
-Shhhh- insistió.
-Necesito correrme- casi grité al experimentar su dulce caricia.
-Todavía no, cariño- contestó y con la respiración entrecortada por la excitación, se puso a horcajadas sobre mí: -¡Antes necesito sentir tu polla dentro-
Olvidandose de la presencia de Esther, mi mujer me fue retrasmitiendo sus deseos y por eso cuando percibió como su coño iba devorando mi pene, me rogó que mamara de sus pechos. Tengo que confesar que era algo que estaba deseando y por eso no puse objeción alguna en coger uno de sus senos en mis manos. Llevándolo a mi boca, observé como su pezón se encogía al sentir la humedad de mi lengua recorriendo sus pliegues.
-¡Me encanta!- chilló mientras se empalaba.
Su entrega me llevó a coger entre mis dientes su aureola e imprimiendo un suave mordisco, empecé a mamar. Elena, con una sonrisa decorando su rostro, me imploró que siguiera. Contagiado de su calentura, cogí su otro pecho y repetí mi maniobra pero esta vez, mi bocado se prolongó durante unos segundos.
-Carlos- aulló- ¡Necesito más! ¡Quiero sentir tu verga entrando y saliendo de mi vagina!
Soltando una carcajada, empecé a cabalgar sin parar de reír. Con una alegría desbordante, fui acelerando la velocidad con la que la ensartaba y cuando ya llevaba un ritmo trepidante, escuché que mi esposa pegando un grito me informó que iba a correrse:
-¡Hazlo! ¡Putita mía!
Sus gemidos no se hicieron esperar y mientras ella declamaba su placer, desde lo más profundo de la cueva de su entrepierna un flujo de calor envolvió mi miembro.
-Dios, ¡Cómo me gusta!- aulló al distinguir que cada vez que se hundía mi pene en su interior, la cabeza de mi pene forzaba la pared de su vagina.
Absorta en las sensaciones que estaban asolando su piel, me rogó que la besara. Al sentir mi beso, Elena pegó un grito y dejando que mi lengua jugara con la suya, se corrió brutalmente. Fue tanto el calado de su orgasmo que me sorprendió. Mi mujer, retorciéndose sobre mis piernas, lloró de placer al experimentar como su cuerpo se derretía.
-¡Cómo lo echaba de menos!- exclamó con sus últimas fuerzas.
Azuzado por su gritos, incrementé la velocidad de mis caderas y ella, al sentirlo, se dejó caer sobre las sábanas mientras me agradecía el placer que estaba sintiendo. Una y otra vez, seguí ensartándola con pasión hasta que gritando imploró que necesitaba sentir mi simiente. Su súplica fue el empujón que mi cuerpo precisaba para dejarse llevar y descargando mi lujuria en su interior, me corrí sonoramente. Mis salvas no le pasaron inadvertidas y uniéndose a mí, un espectacular orgasmo asoló hasta el último rincón de su anatomía.
-¡Dios!- chilló mientras se desplomaba agotada.
Satisfecho, me tumbé a su lado y la abracé. Mi esposa me acogió entre sus brazos y cerrando los ojos, avergonzada, me preguntó:
-¿Nos habrá oído?
-Seguro- respondí dándole un beso.
Contrariamente a lo que había supuesto, Elena me sonrió y poniendo cara de niña buena, me soltó:
-¡Tendrá que acostumbrarse! Es normal que hagamos el amor o ¿No?
Muerto de risa, cogí un pecho en mi boca y mientras ella se contagiaba de mi buen humor, conseguí reactivar su lujuria y nuevamente nos dejamos llevar por la pasión. Esa noche recuperamos con creces el tiempo perdido y solo cuando mi pobre miembro no pudo más, nos quedamos dormidos uno pegado al otro.
Al día siguiente, durante el desayuno, me fijé que Esther parecía haber dormido tan poco como nosotros y comprendiendo que le habíamos dado la noche, no hice ningún comentario. No fue hasta las ocho de la tarde, cuando al llegar a casa, mi mujer me susurró al oído que su hermana se había quejado de sus gritos.
-¿Y qué le contestaste?- pregunté imaginándome un nuevo periodo de sequía.
Descojonada y mientras llevaba su mano a mi entrepierna, respondió:
-¡Qué se pusiera orejeras!
Su respuesta me satisfizo y olvidándome de cualquier tipo de decoró, la llevé hasta mi cuarto y allí volví a hacerle el amor, todavía con más pasión. Aunque resulte extraño, a partir de ese momento, Elena se comportó como una autentica ninfómana. No perdió ocasión para que aprovechando cualquier circunstancia, pedirme que la follara. Pero lo más curioso de todo, fue que a raíz de la queja de su pariente, elevó el volumen de sus gritos cada vez que la hacía correrse.  Intrigado por su comportamiento, un día le pregunté el motivo. Sin atreverse a mirarme, me contestó:
-Me pone bruta que nos oiga.
Descubro que Esther, embarazada, sigue estando buenísima.
Pasaron unos tres meses, durante los cuales, mi mujer y yo no dejábamos de follar a todas horas cuando me ocurrió algo que incrementó todavía más el morbo que me producía el tener a mi cuñada en casa. Pasó un sábado en la mañana cuando al volver de correr, llegué a mi cuarto con ganas de darme una ducha. Me sorprendió no encontrarme a Elena todavía dormida en nuestra cama  y por eso al oír el ruido del agua cayendo, supuse que estaba en el baño.
No sé si os ocurre pero cuando estoy sudado de hacer footing, llego siempre como una moto. Por eso al imaginarme a mi esposa desnuda bajo el chorro, me excité y sin hacer ruido decidí darle una sorpresa. Entrando en el baño, sin hacer ruido, cerré la puerta. Tal y como había supuesto, su silueta dibujada tras el cristal ratificó que se estaba dando una ducha. Si ya de por sí, ver su cuerpo desnudo me puso bruto, me calentó más aún descubrir una de sus bragas usadas tiradas en mitad del baño.
“Menudo desorden es mi mujer” pensé mientras las recogía del suelo.
Al hacerlo no pude evitar la tentación de llevármelas a la nariz. El aroma a hembra llenó mis papilas y ya completamente cachondo, empecé a desnudarme. Mientras me quitaba la ropa, ver la silueta de mi esposa enjabonándose a un metro de mí, me terminó de calentar y por eso cuando ya desnudo, me acerqué a la puerta de la mampara, mi pene estaba pidiendo guerra totalmente erecto.
Deseando sorprenderla, abrí la puerta de golpe y me metí dentro. Lo que no me esperaba es que la mujer que me encontré no fuera la mía sino su hermana. Esther pegó un grito al verme llegar con mi pito tieso. Os juro que aunque para vosotros al leerlo sea evidente, jamás se me pasó por la cabeza que fuera ella. Asustado me quedé paralizado mientras de muy malos modos, mi cuñada me gritaba que saliera inmediatamente. La belleza de su cuerpo henchido por el embarazo me dejó plantado allí mirándola mientras ella se trataba de tapar con sus manos. No tengo ni idea si fueron solo dos segundos o por el contrario tardé más de cinco en reaccionar pero lo cierto que me dio tiempo a valorar que la hermana de mi mujer seguía estando buenísima.
Cuando caí en el ridículo que estaba haciendo, le pedí perdón y salí de la ducha pidiéndole mil excusas.
-Esther, te juro que creía que eras Elena- y aterrorizado, le rogué que me perdonara.
Mi cuñada se tranquilizó al notar mi apuro y sonriendo ya, me obligó a salir del baño diciendo:
-Tápate y vete antes de que se entere mi hermana. No quiero que piense que he intentado seducir a su marido.
Por supuesto que la hice caso. Estaba tan nervioso que no siquiera me percaté de la mirada que echó a mi miembro. Meses después me reconoció que después de tanto ayuno, cuando vio la dureza que exhibí esa mañana, no pudo aguantar y al cerrar la puerta y quedarse sola en el baño, se tuvo que calmar las ganas masturbándose.
Mientras ella lo hacía, yo estaba acojonado. Y no por el hecho de que pudiera ir con el cuento a mi esposa, sino porque no me podía quitar de la mente ni la imagen de Esther desnuda ni la de su vientre, sobretodo  me hizo temblar darme cuenta que una y otra vez volvía a mis ojos, esos enormes pechos decorados con esa negras areolas.
-¡Menudos pezones tiene la tía!- mascullé entre dientes mientras me vestía.
A partir de ese momento, cada vez que me tiraba a su hermana eran en ella en quien pensaba. Reconozco que se convirtió en una obsesión. Sin darme cuenta de que  deseaba a mi cuñada de una manera brutal, me acostumbré a imaginar que era Esther la que gritaba todas las noches al ser poseída por mí. Tampoco sabía que en la habitación al lado, al oír los gritos de Elena, ella se masturbaba con un enorme consolador mientras soñaba que ese pene de plástico que le daba tanto placer era el mío. De forma que durante largas semanas, hicimos el amor uno al otro sin que ninguno de los dos lo supiera. 
La situación cambia de pronto:
Si esperáis que os cuente que dimos el siguiente paso gracias al alcohol que bebimos una noche, estáis totalmente equivocados. Era tal la tensión sexual acumulada entre nosotros que bastó una pequeña chispa para que la deflagración que produjo bastara para tirar por tierra todos nuestros prejuicios y dejándonos llevar, olvidáramos que éramos cuñados.
Ocurrió de la manera más tonta, una tarde de domingo mientras Elena estaba echándose una siesta y, Esther y yo nos pusimos tranquilamente a limpiar la cocina. Nada hacía presagiar que esa rutinaria actividad diera lugar al modo tan brutal en el que hicimos el amor. En un momento dado al irle a pasar un plato, mi cuñada sintió que el niño se movía dentro de su vientre y pegando un grito, cogió mi mano para que lo notara yo también. Lo malo fue que al sentir su piel bajo mis yemas, me pareció imposible retirarla. Sin saber qué hacer, lentamente levanté mi mirada y descubrí que la hermana de mi mujer no solo tenía los pezones duros como escarpias sino que me miraba con auténtico deseo.

Fue instintivo, sin hablar nuestras caras se fueron acercando y antes que nos diéramos cuenta nos estábamos besando con pasión. La atracción acumulada durante meses hizo que explotáramos de pronto y habiéndolo hecho nada nos pudiera parar. Con desesperación, hundí mi cara entre sus pechos mientras Esther no paraba de gemir completamente excitada. Era tanta su calentura queal sentir que le desabrochaba la blusa y cogía uno de esos negros pezones entre mis labios, me susurró al oído:
-¿Te follarías a una embarazada?
Su retórica pregunta no era más que una invitación a que la tomara. No pudiendo negarme a su solicitud,  mis manos bajaron por su cuerpo y por primera vez, acariciaron su trasero.
“¡Menudo culo!”, exclamé mentalmente dudando si bajo el vestido llevaba o no ropa interior.
Las nalgas duras y bien puestas que mis dedos estaban tocando, me hicieron rememorar el día de la ducha  y cómo me excité al descubrirlas. Elena, ajena a los pensamientos que estaba  provocando, dándose la vuelta pegó su pandero a mi sexo y ante mi incredulidad, cogió mi pene lo colocó entre sus cachetes.  No os podéis imaginar cómo me puso cuando se empezó a restregar. Olvidando que era la hermana mayor de mi mujer, dejé que continuara durante unos segundos profundizando esa caricia. Mi polla a punto de estallar, me imploraba que cogiera a esa mujer entre mis manos y allí mismo la tomara. Pero tras unos instantes de confusión, me separé de ella y haciendo como si no hubiese ocurrido nada, intenté irme de la cocina:
-¿Dónde coño vas?- confusa por mi reacción me soltó.
-No debemos…
Casi llorando, respondió:
-No puedes dejarme así. ¡Te necesito!- su rostro reflejaba una desesperación tal que me desarmó y tratando de evitar mi huida, prosiguió: -Sé que tu también lo deseas desde que me viste en tu baño.
 

Involuntariamente y siguiendo los dictados de mis hormonas, me acerqué a ella y agachando mi cara, me puse a mamar  de sus pechos. Agradecida por mi rápida claudicación, se volvió a dar la vuelta y subiéndose la falda, me pidió:

-¡Fóllame!
Su urgencia me terminó de convencer y cogiéndola entre mis brazos, la llevé hasta su cuarto. En el pasillo y mientras la llevaba, me susurró lo mucho que me deseaba. Dominado por la lujuria, no pensé en las consecuencias y sabiendo que su hermana podía descubrirnos, la deposité en la cama. Excitado hasta decir basta, me acerqué a ella y desgarrando su vestido con las manos, la dejé desnuda sobre las sábanas.
-Sé bueno conmigo.

Habiendo dado ese paso, no había marcha atrás. Mi cuñada llamándome a su lado, separó sus rodillas. Al hacerlo, descubrí que llevaba el pubis depilado e incapaz de contenerme, bajé mi cabeza entre sus piernas y sacando mi lengua, probé por vez primera el sabor agridulce de su sexo.


-¡Dios!- gimió al sentir la húmeda caricia de mi boca.
Su reacción no hizo más que incrementar el morbo que sentía y cogiendo su clítoris entre mis dedos, le ordené quedarse callada. Por su coño completamente encharcado comprendí que mi cuñada estaba cachonda y sabiendo que llevaba a dieta mucho tiempo y que yo era el hombre que había elegido para calmar su calentura, me puse a recorrer con mi lengua los bordes rosados de su vulva.
-¡Sigue!- gritó al sentir que me apoderaba del botón escondido entre sus labios.

Satisfecho por su entrega, cogí su clítoris entre mis dientes. Ni siquiera llevaba unos segundos mordisqueándolo cuando esa mujer empezó a gemir como una loca. Azuzado por sus gemidos, seguí comiendo esa maravilla e incrementando el volumen de mis caricias, metí un dedo en su vulva.
-¡Me encanta!
Aumentando mi acoso, incrementé la dureza de mi mordisco mientras unía otro dedo en el interior de su sexo. Tras unos minutos, follándola con mis manos y lengua, percibí que esa mujer ya mostraba indicios de que se iba a correr por lo que acelerando la velocidad de mi ataque, empecé a sacar y a meter mis yemas con rapidez. Tal como había previsto, la hermana de mi esposa llegó al orgasmo y berreando de placer, su cuerpo empezó a convulsionar sobre la cama mientras de su sexo brotaba un manantial. Al beber del flujo que salía de su cueva, profundicé y alargué su clímax, de manera que uniendo un orgasmo con otro fui demoliendo las posibles reticencias que pudiera mantener.
-¡Por favor!- dijo en voz baja al experimentar su clímax y presionando con sus manos mi cabeza, me rogo con voz entrecortada: -¡Fóllame!
Os juro que aunque su vientre ya mostraba lo avanzado de su embarazo, Esther seguía siendo preciosa y como de sus palabras se podía deducir que estaba ya dispuesta, me incorporé sobre el colchón y cogiendo mi pene entre mis manos, lo acerqué a su vulva.
-¡Hazlo ya!- gritó al sentir mi glande jugueteando con su entrada.
Incapaz de contenerme de un solo empujón, hundí mi extensión en su interior. La calidez que me encontré, me reafirmó su disposición y por eso, sin darle tiempo a acostumbrarse inicié su asalto. El olor a hembra excitada llenó las papilas de mi nariz mientras ella no dejaba de chillar que no siguiera follándola.
-¡Cómo me gusta!- susurró mientras sus caderas convertidas en un torbellino, buscaban mi contacto con mayor énfasis.
Con bruscas arremetidas y  golpeando la pared de su vagina con mi glande, busqué mi liberación mientras mi cuñada seguía convulsionando  entre mis piernas. Sus sensuales gemidos consiguieron su objetivo, llevandome a un nivel de excitación brutal y por eso, a base de profundas penetraciones con mi estoque, seguí machacando su sexo. Los sollozos que salían de su garganta no tenían nada que ver con lo que ocurría entre sus piernas. Totalmente anegado, su coño recibía mi pene con autentico gozo y a los pocos momentos, volví a sentir su orgasmo.
-¡Yo también te necesitaba!- le dije en su oido mientras mis dedos pellizcaban sus negros pezones: -¡Deseaba hacerte mía!
-¡Gracias!- chilló descompuesta.
Su respuesta espoleó mis movimientos y poniendo sus piernas en mis hombros, seguí tomando lo que sabía que era mío con mayor ardor. La nueva posición hizo que su cuerpo empezara a temblar y mordiendo la almohada para no hacer ruido, se volvió a correr. Esté enésimo orgasmo, me contagió y uniéndome a ella, mi pene explotó regando su germinado vientre con mi simiente. Esther al sentirlo, lloró de placer y tratando de contener sus gritos, se dejó caer sobre el colchón.
Agotado, me tumbé en la cama junto a ella. Mi cuñada entonces, me miró con ojos dulces y dándome un beso en los labios, me soltó:
-Tienes que irte.
Comprendiendo que tenía razón, me levanté de la cama y me empecé a vestir mientras ella permanecía tumbada mirándome.
-Me ha encantado que me follaras- y recalcando sus palabras, me soltó: -Otro día quiero que me rompas el culo. ¿Te apetece hacerlo?
Solté una carcajada al oírla y por medio de un sonoro azote en sus nalgas, le informé de mi disposición. Entonces mi cuñada me volvió a pedir que me fuera por lo que con la imagen de ella desnuda y sabiendo que iba a ser completamente mía, salí de su habitación.
Al llegar al salón, me encontré a Elena mi mujer viendo la televisión. Asustado comprendí que sabía lo que acababa de pasar y cuando ya esperaba una fuerte bronca, mi esposa me volvió a sorprender. Levantándose del sofa, se acercó a mí y en silencio me bajó la bragueta. No sabiendo a que atenerme, me quedé callado mientras ella, cogiendo mi sexo entre sus manos, se lo llevó a su boca y sensualmente, lo empezó a besar mientras acariciaba mis testículos.
De pie sobre la alfombra, sentí sus labios abrirse y cómo con una tranquilidad pasmosa, mi esposa se lo iba introduciendo en su interior. Devorando cada uno de los centímetros de mi piel, Elena fue absorbiendo mi extensión hasta que consiguió besar la base. Con él completamente embutido en su garganta, empezó a sacárselo lentamente para acto seguido volvérselo a meter.
-¡Joder!- le espeté al comprobar que estaba utilizando su boca como si de su sexo se tratara y cada vez más rápido me estaba haciendo el amor sin usar ninguna otra parte de su cuerpo.
Demostrando su maestría, mi mujer usó su lengua para presionar mi pene, consiguiendo que su boca se convirtiera en  un estrecho coño. Ya entregado, llevé mis manos a su cabeza y comencé un brutal mete-saca en su garganta. Satisfecha y estimulando mi reacción, clavó sus uñas en mi culo. El dolor mezclado con la excitación que asolaba mi cuerpo, me dio alas y salvajemente seguí penetrando su garganta. Mi orgasmo no tardó en llegar y conseguí descargar en su boca la tensión acumulada, momento que aprovechó mi mujer para recriminarme que me hubiese tirado a su hermana. 
-Perdona- le dije sin comprender nada.
Elena soltó una carcajada y con un brillo en sus ojos, sonrió mientras me decía:
-Te has tardado mucho en hacerlo.
-¿El qué?- pregunté.
-Esther necesitaba un buen pollazo y: ¡Quien mejor que mi marido para dárselo!- contestó  mientras se ponía a cuatro patas en mitad del salón.
Al verla separándose los glúteos con sus manos, me hizo comprender que no solo no estaba enfadada sino que de alguna forma ella lo había alentado. Eso reactivó mi lujuria y agachándome entre sus piernas, me acerqué y recorrí con la lengua los bordes de su ano. Elena pegando un gemido, se puso a acariciar su clítoris con su mano.  
-¿No te habrás olvidado de tu mujercita?- la oí decir.
Al ver la enorme sonrisa que iluminó su cara, comprendí que  a partir de ese día tendría que complacer a ambas y soltando una carcajada, me lancé en tromba a cumplir con la primera.