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Era un frío Mayo cuando tuve que ir a la terminal de ómnibus, en donde debía recoger a una familiar que venía del Sin-t-C3-ADtulo13interior del país. Era tanta la concurrencia en aquella ocasión que tuve que aparcar el coche muy lejos de dicha terminal, pues el estacionamiento del lugar colapsó.

Recuerdo perfectamente que una familia entera se había levantado de los asientos de la sala de espera número siete, cuando yo estaba de paso. Encontrar asiento en ese lugar y en esas fechas es un milagro, por lo que no dudé un segundo en aprovechar el momento.
Y fue cuando me senté que vi ese par de hojas arrugadas en el asiento a mi lado. Lo retiré antes de que un desconocido se sentara sobre él –a saber cuántas veces el pobre papel habrá sufrido esa rutina-. Cuando vi ese montón de palabras escritas a mano sentí la imperiosa necesidad de leerlo. Me mantuvo enganchado hasta el final, de hecho a mitad de la lectura apagué mi móvil para evitar interrupciones.
Así comenzaba:
—- A mi mejor amiga, Sofía.
Todo el día ha estado lloviendo y no puedo dejar de pensar en ti. Estoy segura, quiero creer que sí, que tú también sientes lo que yo. ¿Ese corazoncito que parece pedir piedad porque no aguanta sin compañía? ¿Esos labios pícaros que se niegan a humedecerse con otra cosa que no sea mi saliva? Esas manos que se niegan a olvidar el contorno que adopta mi cuerpo sobre el tuyo, los pliegues de mi sexo, de los secretos que ocultan mis susurros cuando te toco.
Dime, por favor, que anhelas eso tanto como yo. Porque siento que me muero, que me desgrano poro a poro con esta confesión, y que solo tú eres la que puede recomponerme. Dime, Sofía, que tú también estás temblando de alegría leyendo mis palabras, así como yo lo hago mientras las escribo.
He estado encerrada en mi habitación desde hace tiempo ya y no tengo otra alternativa que escribirte por este medio. Odio a mi padre, odio a la persona en la que se transforma cuando el olor a alcohol y cigarrillo infectan la casa. Su actitud, su prepotencia, su aroma. Cuando lo veo, me encierro y espero que todo termine rápido. Rezo para que un ángel me lleve de aquí.
Y me encierro también en mis memorias. En esa tarde en que nos conocimos a orillas del lago Ypacaraí, cuando yo observaba el tranquilizador paisaje con la arena escurriéndose entre los dedos de los pies desnudos. Te acercaste para preguntarme qué estaba mirando. Yo seguía observando y te respondí que me gustaba la vista. Me dijiste que mi respuesta no tenía sentido pues la vista era horrible, con una tormenta en ciernes, con los rayos y el viento frío amenazando. Yo te miré por primera vez, te vi los ojos miel, te vi ese lunarcito al lado de la naricita, mi amor, te vi esos hermosos labios pequeños, y te dije:
“Lo que pasa es que solo soy feliz cuando llueve”.
Dime que recuerdas cuando la lluvia se hizo presente, interrumpió nuestra charla acerca de nuestras comidas favoritas, y tuvimos que buscar cobijo. ¿Sentiste lo que yo? ¿Ese calorcito que nacía en mi vientre cuando, mojadas y sonrientes ambas, nos miramos? Me dijiste que todo era mi culpa por ser tan buena conversadora, que hacía rato deberíamos haber vuelto a nuestras casas.
La lluvia no paraba, y allí bajo una planta como improvisada sombrilla, hombro contra hombro, platicamos acerca de un montón de nimiedades y nos hicimos mejores amigas. Dijiste luego que íbamos a enfermarnos porque estábamos mojadas, que ya anochecía y que debíamos correr bajo la lluvia para regresar a nuestros hogares. Fue una corrida un poquito dolorosa porque mis sandalias se perdieron en el agua y tuve que emprender la marcha con los pies descalzos. Pero yo sonreía y te tomaba fuerte de la mano para que la pesada lluvia no me separara de ti.
Me dijiste que al día siguiente me esperarías a la orilla de lago para seguir platicando. Y yo pensaba en ese entonces, y lo sigo haciendo a día de hoy cuando te veo, que solo soy feliz cuando llueve.
Pasaron los días en el lago, pasaron los años y nunca dejamos de ser mejores amigas pese a algunas rencillas nimias –Ay, de las tonterías por las que nos enojamos-. Recuerdo cuando lloraste en mis pechos porque tu novio te quitó el virgo de manera cruel, tras una borrachera y noche olvidable. Yo te susurré al oído mientras te acariciaba el cabello: “Yo también perdí mi virginidad con un borracho”. Me miraste con esos ojos vidriosos, mi vida, con esa carita roja y esos labios carmesí. Y supiste que todos tenemos cruces que cargar, supiste que yo también tenía heridas en mi alma.

Dime, Sofía, que tú también crees que ese fue el día en que nos enamoramos. Cuando nos dimos cuenta que, tomadas de las manos, el mundo deja de existir, que la lluvia en tus ojos se borra, que el río en mis mejillas desaparece, que las heridas profundas –esas, con las que la vida nos castiga- se cicatrizan.

Aquella noche volvimos al lago en donde tanto tiempo pasamos como amigas. Querías rememorar cuando todo era más simple. Pero tú y yo sabíamos que nos sentíamos más que amigas, que la situación se había vuelto compleja y algo frágil.
Y tumbadas en la arena, te quité el jean, la ropita interior luego. Mis dedos separaron esos labios tuyos, mi lengua se enterró en tus secretos, mi dedito buscaba tu puntito. Tus gemidos y los míos se entrelazaban al ritmo del sonido de las pequeñas olas que describía el lago. Y a besos fui subiendo, pasando por esa fina mata de vellos, por ese ombligo, por tus pezones, por tu cuello… incluso hice una parada en ese lunarcito peculiar que tienes antes de besar la comisura de tus labios.
Esa noche no llovió, pero sí que hubo truenos y relámpagos en nuestros cuerpos. Sí hubo humedad en la unión de nuestras bocas, en tu entrepierna y en la mía, sí hubo, mi adorada Sofía. Me miraste –me mataste con esos ojitos-, me sonreíste y te mordiste la puntita de la lengua.
Curaste mi herida.
Recuerdo el sabor de tu piel, tus gemidos cuando mordí tus pezones rosados, la saliva que se me escapó de la comisura de los labios cuando tú me tocaste ahí como nadie nunca lo ha hecho. Dime que tú también has guardado esos recuerdos y que los resucitas cuando sientes que todo se viene para abajo.
¿Por qué volviste con él? ¿Por qué yo dejé de buscarte, de llamarte? ¿Por qué lo hicimos si somos las únicas que podemos curar esta tristeza, si yo misma he comprobado que no hay hombre que me haga sentir lo que tú? Dejé de ir al lago, sé que tú también. Cada vez que hablamos tratamos de evitar mencionar esa noche en que nos hicimos amantes. Dime, mi amor, que tú también odias esta línea que quiere separarnos y que parece aumentar con el paso del tiempo. Ayúdame a borrarla, porque siento que mi cuerpo no aguanta.
Hoy llueve y te recuerdo. Voy a dejar a ese novio con el que he estado para aparentar, para olvidar. Porque cuando él me toca, siento tus manos, cuando él me besa, siento tus labios. Cuando me hizo el amor en su coche, yo sentí las arenas de ese lago en mi piel. Perdón si mis letras se hacen un poquito ilegibles, pero es que siento que me desvanezco al confesarme.
Voy a dejar a ese padre que no es padre. Voy a borrar los ríos de mis mejillas y quiero borrar la lluvia en tus ojos, mi vida. Si mi plan ha salido como quise, tú estarás leyendo esto tras haber abierto el CD de música que te dejaré en tu mochila, entre los cuadernos de apuntes universitarios –casi rompí la cajita, por cierto, no creí que dos hoja serían tan difíciles de plegar-. Tengo miedo, perdóname, no sé cómo decirte esto teniendo tus ojos café mirando los míos. He practicado frente al espejo pero no pude aguantar la presión cuando te vi venir, ayer, con tu novio. He concluido que mis letras pueden hacer lo que yo no.
Te esperaré en la terminal de ómnibus. Si tú no vienes, me iré lejos. Si tú vienes, me quedaré para estar contigo. Dime, Sofía querida, que consolarás mis heridas y los secretos de mis letras. Dime que no las dejarás morir en su querer. Dime que me amas. Hazme recordar por qué soy feliz cuando llueve en el lago, cuando llueve en tus ojos y en mis mejillas. ¿Será porque al consolarlas, nos damos cuenta de que somos la una para la otra?
Recuérdame el sabor de tu lengua en mi sexo, recuérdame las palabras que me susurraste cuando, cansadas y sudadas, consumamos nuestro amor. Yo te recordaré cómo sabe tocar el cielo mientras enredo mis dedos entre los tuyos, te recordaré cómo mi boca te quema la tuya.
Y dime, mi amor, que tú también eres feliz cuando llueve.
Estaré esperando en la sala de espera número siete. Mi bus sale esta noche. Por favor, ven y dímelo todo.
Siempre tuya.
Alicia  —–
Recuerdo que guardé la carta en el bolsillo con las manos temblándome. Mi prima -que es la familiar a la que tenía que esperar- se había aparecido con un montón de bolsos y una sonrisa cándida. Está de más decir que yo estaba llorando como un maldito condenado. Cuando ella me vio en tan penosa situación, me levanté y agarré uno de sus bolsos. Le dije:
-Prima, estoy feliz de verte, es todo.
Eso era más fácil de explicar.
Al salir de la terminal contemplé el cielo nublado y no pude evitar recordar a esas dos chicas. Esbocé una sonrisa cuando una llovizna empezó a caer mientras cargaba el equipaje en mi coche. Cuando mi prima me preguntó si me estaba volviendo loco porque yo lagrimeaba y sonreía al mismo tiempo, le respondí:
-Lo que pasa es que solo soy feliz cuando llueve.
 
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