-Dígame

-Hola Miguel, soy Mario. ¿Sabes a quién vi anoche?

-Ni idea

-A Rita

Quedé mudo un momento. Rita era la ex novia de mi hermano Mario, pero era mucho más. También había sido su profesora de filosofía y, en cierto modo, la profesora de la vida de los dos… y eso incluía el sexo. Hacía tiempo que habían roto, pero seguía siendo un referente importante en nuestras vidas, de ahí la llamada.

-¿Estás ahí? ¿Por qué no contestas capullo?

-Sí, estoy aquí. Así que has visto a Rita. Pues muy bien.

-Le dije de quedar, pero me dijo que tenía pareja… una mujer.

-Eso tampoco es del todo una sorpresa, antes de salir contigo tuvo un rollo con una tía, según nos contó.

-Bueno, aquello era un experimento universitario, con esta está viviendo, hasta tienen un hijo.

Me costaba prestar atención a lo que me contaba mi hermano. ¿Qué importaba lo que hiciera ahora? Nunca podría olvidar la ocasión en que los pillé en la intimidad, a Mario y a ella, en mi casa. Sabía que el cretino de mi hermano salía con una tía, pero no tenía ni idea que fuera su profesora. En realidad ya no lo era, había terminado el curso, pero lo había sido hasta semanas antes. Era la profe guay, la jovencita, recién terminada la carrera, la buenorra, en la que se inspiraban nuestras pajas, con la que soñábamos todos los tíos del colegio. Y el pringaillo de mi hermano se la estaba tirando. No me lo podía creer. Ahí estaba él con los pantalones bajados, tumbado sobre ella que le dejaba hacer. La profe estaba preciosa, con el pelo revuelto y color en sus mejillas en medio del coito. Aun estaba vestida pero tenía un pecho fuera del sujetador. Mi pene se endureció de repente.

-¿Sigues al teléfono?- mi hermano me saco de mi ensoñación.

-Claro. ¿Te ha dicho algo de Sofía?

-Me ha dicho que todos están bien

-Porque no vienes mañana a casa y hablamos de ello.

La primera vez que la vi me quedé flipado. ¿Esa era la profesora de filosofía? Acostumbrado a profesores de 50 años ese bombón de veintitantos era una novedad. A todos los tíos de la clase, chavales de 17 y 18 años, la mayoría vírgenes, todos con las hormonas en plena ebullición, nos causó el mismo efecto. Era guapa, pelirroja, delgada, vestía sexi… no nos lo podíamos creer. Cuando empezó a hablar fue peor: era simpática, inteligente, explicaba bien, las clases eran amenas… a mí particularmente me fascinaban las historias de viejos filósofos que aceptaban su muerte por ser coherentes con sus ideas y ese tipo de cosas. Ese mismo día al llegar a casa me hice una paja pensando en ella, recordando su escote, su sonrisa, sus ojos…

Estuve varios días mirándola en clase como embobado. Finalmente reuní valor para acercarme a hablar con ella con la excusa de un examen. De cerca era más bella aún y olía bien, a un perfume que no conocía pero me hechizó. Otros profesores parecen molestos cuando les preguntas algo, pero ella fue educadísima y simpática. Me hablaba de igual a igual, sin la típica superioridad de los docentes. Mis ojos se desviaron a sus tetas sin poder evitarlo. No eran muy grandes pero como estaba delgadita le hacían un tipo estupendo, además como iba provocativa podía ver el nacimiento de uno de sus senos desde donde estaba. Esa tarde la paja fue de esas que te dejan sin resuello. A partir de ahí me fui animando: intervenía en sus clases, procuraba cruzármela en los pasillos o en la cafetería y decirle algo, incluso me atreví a llevarle los libros de clase al despacho en alguna ocasión, haciéndome el galante. Ella era siempre encantadora y me daba confianza con lo que cada vez me sentía más seguro. Poco a poco fuimos haciéndonos amigos. En sus exámenes siempre sacaba la nota más alta porque me encantaban sus explicaciones y fuera era ya el alumno con el que más hablaba, su “pelota” decían algunos con malicia, cosa que no me importaba porque estaba orgulloso de nuestra familiaridad. Seguía haciéndome pajas en su honor de vez en cuando, tratando de recordar sus rasgos con detalle, o como le quedaban las tetas con ese conjunto tan atrevido que había traído un día, o su culo alejándose después de clase.

Pasaron los meses y un día una noticia me turbó. Mi profesora favorita estaba saliendo con el majadero que daba educación física. Ciertamente no es que fuera asunto mío. Era una chica soltera, era lógico que saliera con alguien. De todas maneras nada hacía pensar que pudiera tener algo conmigo. Aún así me molestaba. No sabía muy bien porque, pero así era. Entre mis compañeros circulaban toda clase de rumores. Que si les habían visto en una discoteca juntos, que si les habían visto besarse… Todo aquello me mortificaba. Mi Rita, como se llamaba la profesora, era demasiado buena para ese soplagaitas. Estuve las siguientes semanas huraño con ella. Ya no intervenía en clase, ni le llevaba los libros al despacho. Ella seguía simpática y, ante mis desaires, se limitaba a oponer una sonrisa benévola, como si comprendiera lo que me pasaba, aunque yo juzgase eso imposible. Un mes aproximadamente duró este suplicio, hasta que con la misma fuerza con la que habían surgido los rumores de que estaban juntos, surgieron otros que decían que habían cortado. Se hablaba de discusiones a gritos y hasta de una bofetada que ella le habría propinado como colofón a una de ellas. Eso me encantaba. Ese día en el recreo en lugar de pasear juntos, como solían, estuvo cada uno a una punta del patio y ni siquiera cruzaron miradas. Eso parecía confirmar los rumores. Tras la siguiente clase me ofrecí a llevarle los libros, solícito. Ella sonrió de nuevo y me dio un beso en la mejilla. Al agacharse para ello pude verle los pechos casi enteros a través del escote. Mi pene se puso duro al instante. Disimulando la acompañé a su despacho.

Después de aquello nuestra relación se estrechó. Hablábamos de nuestra vida, de los filósofos presocráticos, de la última película que habíamos visto… Junto a Rita había otra chica que me gustaba, ésta algo más accesible. Isabel era una compañera de clase, no era de las más guapas ni de las más populares, pero era simpática y tenía buenas tetas y un buen culo. Acababa de romper con su novio de toda la vida y estaba un poco depre. Yo, como buen amigo, trataba de animarla, así que últimamente pasábamos bastante tiempo juntos. Llegó la cena de Navidad de la clase y no sé cómo terminamos besándonos. Solo había besado a una chica antes, el verano anterior en el pueblo en que veraneábamos y no tenía mucha experiencia. Aun así fue fantástico. Lo de la profesora solo era una fantasía irrealizable, aquello era real. Estuvimos uniendo nuestros labios y nuestras lenguas bastante rato. Al principio estaba nervioso, pero poco a poco fui sintiéndome mejor. Al cabo de unos minutos ya me había relajado y mi lengua estaba tan ágil como dura mi polla. Tras esa noche Isabel y yo salimos un par de veces al cine o a tomar algo. El colofón de nuestra cita siempre era un rato de morreo aunque nunca fuimos más allá. Yo estaba feliz, pensaba ya en un futuro con ella, la quería. Un día llegué al colegio y un grupo de compañeros al verme cambiaron de conversación. Quedé un poco extrañado. Intenté encontrarme con Isabel pero no la vi. Esa tarde la llamé por teléfono, pero no me contestó. A la noche recibí un email suyo en que me decía que había vuelto con su ex y teníamos que cortar. Por lo visto se habían besado ya en el patio del colegio a la vista de todos y por eso la extraña actitud de mis compañeros. Al día siguiente mi imagen en clase era la de la desolación. Procuré no hablar con nadie y evite a la parejita que no se cortaba de hacerse arrumacos. En clase de Rita mi actitud fue la misma y no levante la vista del libro en toda la hora. Al acabar, cuando ya salíamos del aula, me llamó y acudí a su lado mirando al suelo, sin ganas de hablar con nadie, ni siquiera con ella. Se lo que ha pasado, me dijo. Esa niña es estúpida, no te merece, y me abrazó fuerte. Sentí sus tetas clavadas en mi pecho, notaba el relieve de sus pezones. Poco a poco me ablandé y el abrazo se hizo reciproco. De algún modo me trasmitía su calor. Mis manos bajaron por su espalda hasta el nacimiento de sus nalgas, pero no me atreví a más. Lentamente se separó de mí y me besó en la mejilla, muy cerca de los labios. Musité un “gracias” que fue casi un susurro y me marché, no sabía si más reconfortado o aturdido.

A partir de aquel día Rita fue el único objeto de mis deseos. Nuestra confianza además había aumentado y era frecuente que nos quedáramos charlando después de clase, incluso que fuéramos a una cafetería a tomar algo. Una tarde que estábamos frente a dos cafés, lejos de miradas indiscretas, la conversación derivó a lo ocurrido con Isabel. Decidí sincerarme con ella y le confesé que era virgen y que aquella era la segunda chica con la que me besaba después de la vecina de pelo trigueño del pueblo. Le conté mis sensaciones, mi nerviosismo, incluso mi excitación sexual, la erección tan grande que había tenido en esas dos ocasiones. Ella, como para corresponder a la intimidad que había mostrado contándole cosas tan delicadas, decidió relatarme su vida sexual, como perdió la virginidad con el novio de su hermana o la relación que había tenido con otra chica en la universidad. Incluso el ridículo que había hecho el profesor de educación física, que a la hora de la verdad no había respondido, pegando un gatillazo esplendoroso que ella atribuía al alcohol. Estas revelaciones eran fascinantes. Por una parte demostraban una confianza en mí enorme, porque si esas cosas se sabían… bueno, no quería ni pensarlo. Por otra me ponía cachondísimo imaginar a una Rita adolescente con el novio de su hermana, y no digamos con otra mujer, dos universitarias liberadas dándose placer… parecía extraído de una película porno. Las pajas que me hacía en su honor pasaron de estar inspiradas en la evocación del cuerpo de Rita, de su escote, de su culo con esos vaqueros que tan bien le sentaban, de imaginármela desnuda, a basarse en complejas historias que se representaban en mi cabeza, en las que mi profesora seducía a su cuñado o a su compañera de pupitre y terminaban tórridamente. Cada vez que hablábamos procuraba desviar la conversación hacia ese tema y le pedía detalles, que ella me daba de modo aparentemente inocente, como si en mi curiosidad solo detectara un sano deseo de comprenderla mejor motivado por nuestra amistad. Así me enteré de que su hermana consentía lo suyo con Julio, como se llamaba el novio y después marido de aquella. “Yo no hubiera podido mentirla” me dijo con toda dignidad. También supe que su “novia” en la universidad practicaba el “cunnilingus” con especial habilidad, o sea, que le comía el coño mejor que ningún hombre. Estas declaraciones lejos de escandalizarme me excitaban. Bendecía el día en que conocí a Rita, que tantas cosas interesantes me aportaba.

Poco a poco los meses fueron pasando y el curso toco a su fin. A la cena de fin de curso invitábamos a los profesores más “enrollados”, eso incluía, por supuesto, a Rita y, contra mi criterio, también al pichafloja de educación física. El grupo de los “guays” que iba invitando a los profesores me pidió que me uniera a ellos para hablar con Rita ya que era con quien más confianza tenía. Lo que en realidad estaban pensando era “ya que eres su pelota de mierda”, pero se abstuvieron de decirlo así y para premiar el esfuerzo decidí acompañarles. Rita aceptó encantada. Puede que fueran imaginaciones mías pero juraría que me miró con una media sonrisa mientras lo hacía. Fue una mirada de esas que ponen nervioso. Desde luego a mi me puso nerviosísimo.

Llegó la noche tan esperada, tanto porque señalaba el fin de nuestras desdichas escolares y el principio de las vacaciones, como por la fiesta que nos pensábamos pegar. En la puerta del bar donde íbamos a cenar se arremolinaban mis compañeros y me acerqué a ellos. Las conversaciones eran triviales, pero se notaba la excitación en el ambiente. Entonces apareció ella. Las mandíbulas de todos los chicos se desencajaron. Estaba espectacular. Puede que de nuevo fueran imaginaciones mías, pero juraría que buscó mi mirada y se complació al verme tan atribulado como todos los demás, al comprobar que a mí también se me caía la baba por su aspecto. No solo estaba elegante y preciosa, estaba fieramente sexi, más provocadora que nunca. Ni siquiera recuerdo la ropa que llevaba, pero jamás olvidaré lo poco que la tapaba, lo escultural que se adivinaba su cuerpo tras ella. Entramos en el bar y nos indicaron la mesa que habíamos reservado. Intenté sentarme con ella, pero el capullo de deportes se me adelantó. Frustrado me fui a mi sitio y les observé mientras cenaba. Todo fue bien, cenamos y fuimos a una discoteca a bailar. A penas llevaba un cubata en el cuerpo, lo que quería decir que solo habían pasado unos minutos, cuando Rita se despidió para irse. Fui tras ella y la abordé ante su coche para tratar de convencerla de que se quedase un rato más. Me confesó que el profesor de marras la estaba molestando y que prefería marcharse. Que pasara del memo me alegró. Rápidamente reaccioné y le sugerí que fuéramos a otro sitio. Ante mi sorpresa aceptó. Lo cierto es que era una idea descabellada. Pensé que la rechazaría. ¿Por qué una profesora, la más deseada, iba a tomar un cubata solo conmigo? Era absurdo y sin embargo allí estaba yo, en su coche, camino de otro local. Sentado en el puesto del copiloto, observando cómo conducía, empecé a ponerme nervioso. Aún me pitaban los oídos por el contraste entre la música de la disco y el silencio del interior de su vehículo, en el que ninguno de los dos decía nada. Llegamos a nuestro destino y entramos a un pub que ella conocía. El estruendo de la música fue una bendición porque me daba excusa para no hablar sin que resultara incómodo. Tenía miedo de meter la pata. Pedimos unos cubatas y bailamos un poco. Debía estar fallándome de nuevo la imaginación porque juraría que se restregaba contra mí, mientras me sonreía de un modo indescriptible y seductor. Poco a poco me fui relajando y con los bailes sensuales la polla se me puso dura. Quería que aquello no terminase nunca. Eres muy amable, me dijo de repente, te agradezco que hayas venido conmigo, de verdad, pero te estoy separando del grupo. Puedes dejar a esta vieja y volver con tus amigos cuando quieras. Debía estar loca. No pensaba dejarla por nada del mundo. Le dije con toda sinceridad que prefería estar con ella. Sonrió de nuevo y me besó en los labios. No pude más y me lancé sobre ella. La besé con toda la pasión que pude, mi lengua chocó con la suya y nuestros cuerpos quedaron pegados. No quería que aquel beso acabara nunca. No sabía lo que me iba a decir cuando la dejara hablar, seguramente se enfadaría por mi atrevimiento. La sujeté fuerte para alargar aquello todo lo que pudiera. Finalmente, cuando ya me faltaba la respiración, nos separamos. Contra todo pronóstico en lugar de enfurecerse empezó a reír. Estaba desconcertado. ¡Calma campeón!, me dijo. Así, más despacio, y rodeando mi cuello con sus brazos volvió a besarme. No podía creerlo, me estaba dando el lote con la profesora de mis sueños. La abracé por la cintura y me dejé llevar. Aquello no era como besar a las crías que conocía en mi limitada experiencia. Esto era otra cosa. Toda una mujer. Bien mirado solo tenía veintitantos, pero desde mis 18 aquellos 6 o 7 años que nos separaban eran un abismo de placer y sabiduría. Nos besamos de todas las maneras. Lamí sus labios, los mordí, acaricié su lengua con la mía… Estaba en el cielo. En un momento dado se separo de mí, me cogió de la mano y me llevó hacia los baños. La seguí mansamente sin pensar en nada. Estaba en una nube. Entramos en el de hombres y ella cerró la puerta tras de sí. Entonces se agachó y me desabrochó la bragueta. Solo entonces me di cuenta de lo que iba a pasar. Rodeó mi glande con sus labios y ahí se abrió el paraíso para mí. Había soñado muchas veces con el sexo oral pero nunca había estado ni siquiera cerca de practicarlo. No sé el tiempo que duró aquello, para mí fue solo un instante y también la eternidad. Me masturbaba con la mano mientras me chupaba la punta. Sentía la calidez de su boca, su lengua jugando con mi miembro, su saliva empapándolo… Lo siguiente que recuerdo es estar a su lado en el coche yendo hacia su casa. Me vienen fugaces flashes de lo que ocurrió aquella noche inolvidable. Flanquear la puerta de su dormitorio cogidos de la mano, el cubata que me sirvió que a punto estuvo de derramarse cuando me atreví a besarla de nuevo, el sabor de su boca, el tacto de su vagina… y sobre todo la imagen de esa diosa sobre mí, haciéndome un hombre, el más feliz del mundo, botando ensartada en mi virilidad. Pensándolo con frialdad debí estar torpe por mi inexperiencia, pero para mí fue el mejor polvo del mundo en la mejor noche de mi vida. Después de la mamada del baño me propuso tomarnos la última copa en su casa y accedí. Le hubiese dicho que sí a cualquier cosa y nada me agradaba más que seguir junto a ella. Tras un poco de charla intrascendente en el comedor no pude más y la besé con ímpetu. Ella aceptó mi embate y me ofreció los senos para que los chupara. Lo hice con todo placer, eran las tetas con las que tantas veces había soñado, por las que tantas pajas me había hecho. Riendo me llevó a su habitación y me desnudo con toda tranquilidad. Allí se sentó sobre mi polla y me transportó al paraíso. Veía mi miembro entrar y salir de ella y seguía sin poder creerlo. De vez en cuando nos besábamos o le mordía los pezones. Me corrí con abundancia a pesar de haberlo hecho ya antes esa noche.

Colgué el teléfono y me paré a reflexionar. Así que Rita daba señales de vida otra vez. Y Sofía, mi primer amor, la mujer madura que me inició en el sexo y en las relaciones de pareja, parecía que se encontraba bien. ¿Cuántos años habían pasado desde que todo empezó? ¿Siete? ¿Ocho? ¿Y desde que acabó? ¿Dos años? ¿Tres ya? Recordaba como si fuera ayer la escena de los dos en plena faena y lo que pasó después. La verdad es que me costó bastante entenderlo. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Era una puta? ¿Una ninfómana a la que le gustaban jovencitos? Por una parte era fantástico, había tenido la mejor experiencia de mi vida, por otra era una putada, no había podido disfrutarla como me hubiera gustado del miedo que tenía y seguía teniendo, porque sabía, que si Mario se enteraba, no solo me partiría la cara sino que nuestra relación cambiaría, tal vez para siempre. De hecho, tantos años después, con todas las cosas que habían ocurrido y que convertían aquello en una anécdota sin importancia, aún no se lo había contado. Tardé un poco en dejar que cayeran los prejuicios y las barreras y comprender porque Rita había actuado así. No fue hasta que conocí a su madre, Sofía, mi Sofía, mi “novia”, mi amor, a pesar de la diferencia de edad, y a su hermana, y hasta que escuché la historia de cómo la novia de mi hermano había perdido la virginidad con su cuñado con la presencia y aceptación de su hermana, y como se había iniciado al sexo espiándolos en la intimidad que empecé a entender… Hasta ahí todo era una mezcla de sentimientos, de amor y odio, de deseo y frustración, porque opinara lo que opinara de ella, de lo que no cabía duda era de que me atraía, de que envidiaba a mi hermano, de que, hasta que Sofía me hizo sentirme el hombre más afortunado del mundo, quería cambiarme por él y ser yo el que compartía todo con Rita y que él fuera el que había tenido aquel encuentro furtivo, el que debía guardar el secreto del goce prohibido.

La primera vez que la vi fue en un recreo. Me pareció, como a todos, una bomba sexual. Acostumbrado a profesores calvos y barbudos, y profesoras cincuentonas y obesas, aquello era una aparición. Era el objeto de todos nuestros comentarios, todos envidiábamos a los del curso siguiente porque la tenían de profesora y esperábamos tener esa fortuna al siguiente año. Aunque me llevaba bien con mi hermano, de ciertas cosas no hablábamos y me enteré que era su “pelota”, su “preferido”, por los comentarios en el patio. Pero claro, una cosa era seguirla como un perrito faldero por los pasillos del instituto y otra…

Cuando acabó el curso noté que Mario estaba más esquivo que de costumbre. No me costó deducir que salía con una chica pero ignoraba su identidad y, a decir verdad, tampoco me importaba mucho. Imaginaba que sería alguna petarda de su clase. Un fin de semana nuestros padres se fueron al pueblo y al capullo no se le ocurrió otra cosa que traer a su churri a casa. Yo solía pasar las tardes por ahí y él no esperaba que estuviera en casa, pero me picó la curiosidad y decidí quedarme. Cuando oí que llegaba me encerré en mi habitación y ni él ni su acompañante repararon en mi presencia. Al cabo de unos minutos salí sin hacer ruido. Esperaba simplemente averiguar quién era la pardilla que andaba con mi hermano y, como mucho, pillarles besándose y avergonzarles un poco. Nada me había preparado para lo que vi.

Después de perder la virginidad con Rita no sabía qué hacer. En el sexo, después de mi empujón inicial, ella había tomado la iniciativa y yo me había dejado llevar, pero no estaba seguro de que eso funcionase a partir de ahora. ¿Debía llamarla? ¿Me llamaría ella a mí? ¿Tendríamos una relación? ¿Solo había sido una noche de sexo desenfrenado sin mayores consecuencias? Estuve un día dándole vueltas y esperando a que ella diera señales de vida. Como no fue así, al día siguiente decidí llamarla yo. La verdad es que no sabía que decirle. Para el “tenemos que hablar de lo que pasó anoche” ya llegaba un día tarde y me parecía la típica frase de telefilm americano. Tampoco me veía recitándole versos del Tenorio o de las Rimas de Bécquer. Opte por hacer lo que hubiera hecho si me hubiera acostado con una chica de mi edad: invitarla al cine. Marqué su número nervioso y traté de ser lo más natural posible. Percibí indiferencia en su voz o, tal vez, un intento de no demostrar los sentimientos que mi llamada le provocaba. Se lo pensó unos instantes que se me hicieron eternos y aceptó. Un par de horas después divisé su figura cerca de las taquillas del cine. Fue un alivio, por un momento pensé que tal vez me plantaría, que se lo pensaría mejor y llegaría a la conclusión de que era absurdo salir conmigo. Pero no, allí estaba, con semblante serio pero cordial. Nos dimos un par de besos en las mejillas y entramos en la sala. Durante los trailers le dije al oído que estaba muy guapa, ella me lo agradeció cogiéndome de la mano y estuvimos toda la película haciendo manitas, aunque eso, después de lo pasó la última vez, no me parecía gran cosa. Cuando terminó la proyección dijo que tenía que ir a retocarse el maquillaje y la acompañé al baño. No sé porque te pintarrajes tanto, le dije. No podrías estar fea aunque te esforzaras. Sonrió y me besó en los labios. Le devolví el beso y nuestras lenguas se encontraron de nuevo. A trompicones fuimos hasta el baño y cerramos con pestillo. Descubrí sus senos y mamé de ellos con gusto. Ella me acariciaba la polla y se dejaba hacer. Después de algunos magreos me sentó en la taza, se quitó las bragas y se colocó sobre mí. Le sobaba las piernas, nos besábamos, palmoteaba sus tetas, le mordía los pezones. Fue mi segundo polvo con ella y el segundo polvo de mi vida. Cuando nos despedimos en la parada del autobús, lo hicimos con un beso en los labios, a la vista de los viandantes. Aquello empezaba a funcionar.

Follamos en los baños de una discoteca y en su coche en nuestras siguientes citas. Por alguna razón no quería llevarme a su casa y en la mía estaban mis padres. No hablábamos de nuestra relación, solo quedábamos, hacíamos algo juntos y terminábamos dando rienda suelta a nuestra pasión. Me apetecía que lo hiciéramos con más comodidad, como la primera vez, así que, en cuanto mis padres se ausentaron un fin de semana, la invité a mi casa. Por alguna razón supuse que mi hermano no andaría por casa aquella tarde. De hecho casi nunca estaba en casa a aquellas horas. En cuanto entramos la llevé a mi cuarto y la desnudé. Ella se dejaba hacer entre risas, como si mi ansia de ella la divirtiese. Fue un polvo rápido, de esos en los que te pueden las ganas, pero no me importó, esperaba repetir al cabo de un rato, con más calma. No sabía lo equivocado que estaba, en cuanto giré la cabeza allí estaba el pequeñajo, dando por culo como siempre desde que vino a este mundo y tuve que compartir con él mis juguetes. El necio de mi hermanito nos estaba espiando. En seguida me aterroricé. No sabía cómo reaccionarían mis padres si Miguel les decía que me había pillado en plena faena con una chica, que encima era mi profesora, pero prefería no averiguarlo. Ahora nuestras fuerzas están parejas, pero en aquella época todavía le podía, así que fui hacia él furioso, dispuesto a asegurarme su silencio, por las buenas o por las malas. El cabronazo me amenazó en seguida con chivarse y si Rita no llega a intervenir no sé qué hubiera pasado. Bueno, sí lo sé, que Miguelito hubiera cobrado. Mi chica estuvo fantástica. Me tranquilizó y dijo que ella se encargaba de convencerle de que no dijera nada. Fui a la cocina a beber algo y los dejé solos. A los cinco minutos salieron totalmente calmados. Tranquilo, no dirá nada, y con estas palabras de alivio Rita me convenció de que no había nada que temer. No sé lo que le diría, pero fuera lo que fuera funcionó: mi hermano nunca volvió a comentar lo ocurrido y, por supuesto, mis padres nunca se enteraron.

Los gemidos ya me alertaron de que aquello era algo más que unos besos. La puerta de su cuarto estaba entreabierta, imaginé que habrían entrado ya enzarzados en sus caricias, con la despreocupación de quien cree que no hay nadie más en casa que pueda perturbar su intimidad. Si mi sorpresa por ver a ese capullo llegar hasta el final ya era grande, la que me produjo reconocer a su profesora fue morrocotuda. Mi mandíbula se aflojó dejando en mi cara un aspecto ridículo. Simplemente no lo podía creer. Sus tetas asomaban por el vestido y sus blancos muslos rodeaban a mi hermano que se esforzaba por penetrarla con toda la pericia que su inexperiencia le permitía. Mi polla, una vez me recuperé del pasmo, comenzó a crecer ante el espectáculo. Disimuladamente, me acaricié el bulto en el pantalón mientras el amante impaciente en el que parecía haberse convertido mi hermano terminaba sobre aquella diosa. Entonces ocurrió lo inevitable, el cenutrio se giró y me vio. Como si se hubiesen desatado los siete infiernos y aún con los pantalones colgando de un modo que sería cómico si no fuese patético y, por lo que a mi respectaba, bastante amenazante, se dirigió hacia mí blasfemando en arameo. Por un instante me sentí culpable al ser descubierto en plenas labores de espionaje, pero en seguida reaccioné. Yo solo estaba en casa y me había alertado un ruido, no había hecho nada malo. El que debía sentirse culpable era él, que utilizaba la casa de picadero sin el consentimiento de nuestros padres. Así se lo hice saber, en un intento de que depusiera su violenta actitud, pero fue en vano. Más bien fue contraproducente. Ya veía la pelea inevitable, en la que por nuestra diferencia de edad tenía todas las de perder, cuando Rita intervino con una calma envidiable. Cuando me quise dar cuenta ya había convencido al energúmeno de que saliera de la habitación con la excusa de hablar a solas conmigo para “convencerme”. Valla si me convenció. Nunca he quedado tan convencido de algo en mi vida. Se acercó a mí con una sonrisa de esas que iluminan una habitación. Su amabilidad me pareció tan mosqueante como la agresividad de mi hermano. Me preguntó mi nombre y me susurró al oído nosequé del derecho de Mario a decirle a nuestros padres las cosas que hacía cuando lo creyese conveniente. La verdad es que no sabía que responderle. Le acababa de ver las tetas y, aunque se había recompuesto la ropa, aún se le veían un poco teniéndola tan cerca. En ese momento hizo algo inaudito que me descolocó del todo. Fue hasta la puerta, cerró con pestillo y me preguntó como la cosa más natural del mundo, si me había gustado lo que había visto. Definitivamente prefería que mi hermano me diera una paliza que soportar aquello. La polla iba a estallarme si aquella bomba erótica seguía tomándome el pelo. “¿Te estabas haciendo una pajita?”, me pregunto con un tono de inocencia imposible de explicar. Aquí yo ya estaba flipando en colores. Seguía sin considerar posible que pudiera parar lo que estaba pasando, y más aún lo que parecía que iba a pasar. Máxime teniendo en cuenta que mi hermano, al que se acababa de tirar, estaba a unos pocos metros en la otra habitación. Pero pasó. Me dijo que debía arreglar aquello, que dejarme así sería cruel y me sacó la polla de los calzoncillos. Me dio un breve beso en los labios mientras me acariciaba el miembro y sentí su aliento en mi boca. Se pegó a mi cuerpo para lamerme la oreja y pude sentir sus pezones duros en mi pecho. Sin más preámbulos se arrodilló y comenzó a chuparme la polla. La cabeza empezó a darme vueltas. Nunca había sentido nada ni remotamente parecido. Sus labios, su lengua, su cálida saliva mojando mi pene… No tardé mucho en estallar. Ella lo limpió todo, como si aquello fuera lo más normal del mundo y salió de la habitación asegurándole al imbécil de mi hermano mi silencio.

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