herederas3Era lo que siempre había deseado, y sin embargo…

Sin títuloTenía aún sus palabras frescas en mi memoria. Recordaba la belleza de sus labios al pronunciarlas, el rubor en sus mejillas ante mi sorpresa al oírlas, su mano cogiendo la mía para tranquilizarme… y, sobre todo, el beso de despedida, el instante en que esa legüilla se coló en mi boca. Porque ella había sido siempre mi amor platónico. Descubrí la sexualidad espiándola mientras hacía el amor con mi madre, fue la imagen mental de mis primeras masturbaciones, un modelo de belleza y de erotismo para admirar. Siempre había soñado poder poseerla, y, ahora que se presentaba la oportunidad, simplemente no sabía que decir. Acababa de recuperarme de la noticia de que mi novia y prima es, en realidad, mi hermana, cuando me entero de que la amante lesbiana de mi madre pretende que tengamos un hijo… mi vida es complicada.

Será mejor que lo explique más despacio: Mi madre es una profesora de secundaria bisexual, que vive, desde antes de nacer yo, con una ex alumna lesbiana preciosa, de la que, desde niño, he estado, en cierto modo, enamorado. Recientemente he sabido que mi padre, del que nunca había oído hablar, es, en realidad, mi tío, el esposo de la hermana de mi madre, y padre de mi prima Sandra, con quien perdí la virginidad, y de la que también estoy, de cierto otro modo, enamorado, a pesar de ser mi hermanastra. Sí, ya lo sé. Mi vida es complicada.

Empecemos otra vez. Mi padre conoció a mi madre y a mi tía en el colegio y, en seguida, se puso de novio con mi tía. Años después se casaron y tuvieron a mi prima. Mi madre, por su parte, había tenido amantes, hombres y mujeres, pero quería tener un hijo y no tenía pareja en ese momento. Como todos eran muy liberales, no se les ocurrió otra cosa más que el marido de su hermana la preñase. Hay que entender que, por aquel entonces, mis tíos practicaban el intercambio de parejas y mi padre y mi madre ya se habían acostado antes con el consentimiento de mi tía. Estando, por tanto, mi madre, embarazada de mí, gracias a las atenciones de mis tíos, conoció a Lorena, una de sus alumnas. Se enamoraron y comenzaron a vivir juntas. Desde pequeño, yo asumí como normal no tener papa, sino dos madres lesbianas, o, mejor dicho, una madre y su pareja mujer, bastante más joven que ella y con la que de inmediato forje una relación de complicidad muy especial. Además estábamos muy unidos a mis tíos y mi prima, hasta el punto de formar una gran familia, y ser mi prima Sandra mi compañera habitual de juegos. Luego vino mi primo Javi, el hermano de Sandra. El ambiente que respirábamos era muy abierto respecto al sexo, nos veíamos desnudos sin vergüenza, nos saludábamos con un besito en los labios, ocasionalmente mi madre tenía romances con alumnos o con otros ligues sin que eso pareciera importarle a Lorena ni enturbiara su relación…

En estas circunstancias se produjo mi descubrimiento de la sexualidad, con dos grandes protagonistas: Sandra y Lorena. Con Sandra siempre me unió una gran relación, puede decirse que además de mi prima fue siempre mi mejor amiga. No me imagino un futuro lejos de ella. Nuestra confianza es absoluta. Ambos nos llevamos también bien con Javi, hasta el punto que acostumbramos a ir los tres juntos a todas partes, pero el entendimiento entre ella y yo es especial. Su hermano lo sabe y lo respeta, aunque a veces le puedan los celos. Todo lo relativo al sexo que fuimos aprendiendo en nuestros años adolescentes lo fuimos comentando y compartiendo. Ella es una chica guapísima: alta, castaña, con el pelo largo, buen tipo… mis amigos babean cada vez que la ven, en especial Manolo, mi mejor amigo. Es un buen tipo, pero no tiene suerte con las chicas. Cada vez que ve a Sandra se vuelve loco. El caso es que cada chico que le gustó a ella o cada chica que me gustó a mí, cada película con alguna escena subidita de tono que vimos, cada roce accidental con alguna persona que nos excitara, todo lo hablábamos y lo poníamos en común. Ella era perfectamente consciente de mi adoración por Lorena. Esto a veces la ponía celosilla, pero ellas también se llevaban bien, y pronto se le pasaba. Lorena representaba mi ideal de belleza femenina. No sé como mi madre pudo ligarse a un bombón así, pero la envidiaba a cada minuto. Parecía una diosa nórdica, rubia y de ojos azules. Su sonrisa era de esas inolvidables, capaz de iluminar una habitación. Cada vez que mi madre y ella se acariciaban, se besaban o se hacían arrumacos delante de mí, empezaba a picarme el pajarito. Era una sensación extraña, porque una de ellas era mi madre, pero no podía evitarlo.

A partir de cierto momento aprendí a identificar cuando iban a hacer el amor. El acaramelamiento, las caricias, los besitos, todo me indicaba que esa noche iba a pasar. La mujer de mis sueños iba a estar en la habitación de al lado desnuda, excitada, siendo tocada, tocando a otra mujer… que casualmente era mi madre, siendo lamida, lamiendo… era demasiado para mí. Me masturbaba en mi habitación tratando de imaginar lo que hacían. Al final, una noche, debía tener 16 años, no aguanté más y reuní valor para espiarlas. Me acerqué sigilosamente, muerto de miedo a ser descubierto. La puerta estaba entreabierta. Como he dicho, en mi casa hay mucha confianza y es difícil ver puertas cerradas. Solo con oír los gemidos me empalmé. A penas me atrevía a acercar la naricilla al marco de la puerta. Veía la escena con un solo ojo, forzando el ángulo. Mi madre y Lorena se besaban apasionadamente mientras se masturbaban. En un alarde de gallardía estiré el cuello para verlo bien. Creía que la polla me iba a estallar en el pijama. Me la cogí y empecé a meneármela con fuerza. Lorena le estaba chupando las tetas a mi madre. Esas tetas de las que alguna vez mamé de pequeño. Luego fue bajando la lengua, besándola por todo el cuerpo, hasta llegar a su entrepierna. Mi madre, tumbada sobre la cama, mirando al techo y jadeando, le acariciaba los cabellos rubios como el oro a su amante y mi musa mientras ella la lamía a placer. Estuvieron así un rato hasta que mi madre pareció saciada y se sentó sobre la almohada. Lorena reptó sobre ella, hasta estar frente a frente, para continuar besándose. Mi mama le acariciaba el coño, entre tanto, frenéticamente. No dejó de meter y sacar su dedo hasta que Lorena se contrajo y pareció explosionar. Ambas cayeron exhaustas sobre las sabanas y yo me alejé en silencio con mi mano derecha mojada y pegajosa.

Ni que decir tiene que me faltó tiempo para contárselo a Sandra. Escuchó fascinada mi relato sin interrumpirme, salvo para decir que no ahorrara detalles. Espié alguna vez más a mi madre y a Lorena amándose. Cada vez era más osado y disimulaba menos mi presencia, envalentonado por mi éxito y seguro de que no me pillarían. Llegué a coger tanta confianza, que una noche que Sandra se quedó a dormir en mi casa la dejé acompañarme a mirarlas. Aquella noche fue especial. Estaba más pendiente de las reacciones de mi prima que de disfrutar yo el espectáculo. Ella estaba nerviosa, como yo el primer día. La notaba temblar mientras la cogía de la mano para confortarla. En la habitación mama le comía el coño a Lorena, que estaba especialmente guapa, como si fuera consciente que tenía espectadores y le gustara lucirse.

Las semanas siguientes coincidió que, cada vez que Sandra dormía en mi casa, cosa que ocurría con bastante frecuencia, así como que yo durmiera en la suya, Lorena y Rita, que así se llama mi madre, tenían fiesta. Yo cada vez acababa más caliente, con más ganas de repetir con Sandra lo que habíamos visto. Mis pajas tenían a Sandra y a Lorena como grandes protagonistas. Hacía tiempo que había dejado de ver a mi prima como a una hermana y la estaba viendo como a una mujer. Todo eso estalló la noche que vimos la peli cachonda en su casa con Javi. En aquella ocasión me tocaba a mí quedarme a dormir con ellos. En la habitación estuvimos hablando los tres de cómo sería besarse con lengua y tener sexo con alguien. Estaba deseando que Javi se durmiera para pasarme a la cama de Sandra a hacernos confidencias. Estaba seguro que ella sentía lo mismo que yo y que algo pasaría entre nosotros. Cuando la figura de su hermanito permaneció inmóvil y su respiración se hizo regular, me deslicé hasta donde estaba mi prima y nos besamos. Fue el primer beso para ambos. Aunque en mi familia es normal saludarnos con un piquito y, en nuestros juegos infantiles habíamos besado en los labios a algún compañerito en alguna ocasión, este era el primer beso de verdad, romántico, con lengua… Estuvimos enrollándonos un rato hasta que nos dormimos.

Pasaron unos meses antes de dar el siguiente paso, un tiempo en que estuve nervioso, incapaz de pesar en algo que no fuera ella. Cuando conseguíamos quedarnos solos nos besábamos con pasión, pero no llegábamos más allá, como si tuviéramos miedo de cruzar alguna línea. Ese día Sandra se quedaba a dormir en mi casa, Lorena achuchaba mucho a mi madre, lo que quería decir que habría festival. Pero esta vez sería diferente. No solo habría sexo en una habitación. Llegado el momento observamos la escena lésbica en silencio, con más atención de lo habitual, como si después tuviéramos que repetirlo todo. Cuando nos retiramos a mi habitación busqué su entrepierna dispuesto a hacer lo que tantas veces había visto. Me encantó el sabor del coño de mi prima. Luego ella me la chupó a mí. Fue increíble notar sus labios inexpertos pero voluntariosos rodeándome el miembro, su lengua acariciando su base, mi eyaculación desparramándose en su boca.

A partir de ahí repetíamos siempre que podíamos. Ella era consciente de mi fascinación por Lorena y parecía no importarle. A veces cuando me la chupaba me hacía cerrar los ojos y me ordenaba pensar en Lorena. Luego se bebía mi semen sin dejar gota, cosa que, según creo, casi ninguna mujer hace. Lorena me deslumbraba, pero eso no me hacía querer menos a Sandra. Alcanzar la intimidad sexual con ella era maravilloso. La adoraba y la echaba de menos cada minuto que no estábamos juntos. Todo marcho bien hasta que mi prima quiso hacer público lo nuestro. No se le ocurrió otra casa que contárselo a su padre. Y ahí vino la noticia bomba. Mi madre me llamó un día y me dijo que había hablado con mi tío. Sabía lo que hacía con Sandra y no iba a reñirme, pero había algo que debía saber. Lo que me dijo me dejó consternado. Siempre me había preguntado quien era mi padre, pero como una mera curiosidad, estaba contento con la vida que llevaba. No esperaba que eso cambiase mi vida. Saber que mi tío era, en realidad, mi padre, no solo tenía las implicaciones familiares obvias, sino que en este caso, dado lo que estaba haciendo con su hija, convertía mis primeros escarceos amorosos en un incesto. No era lo mismo enrollarme con mi prima que con mi hermanastra.

Las 24 horas que pasaron hasta que hable con Sandra fueron las más angustiosas de mi vida. Me había dado cuenta de que, más allá de mis sentimientos por Lorena o por cualquier otra mujer en el futuro, amaba a Sandra. Odiaba que nada pudiera interponerse entre nosotros, no imaginaba una vida sin ella. Podía aceptar que estuviera con otros hombres, igual que yo podía querer estar con otras mujeres en un momento determinado, pero no que estuviéramos alejados el uno del otro. Lo que no sabía era lo que estaría pensando ella. Temblaba al pensar que esto pudiera haberla asustado, que las cosas pudieran cambiar entre nosotros sin remedio. Afortunadamente no fue así.

El día de mayor incertidumbre de mi vida terminó en la noche en que perdí la virginidad con Sandra, que a su vez la perdió conmigo, es decir, en la mejor noche de mi vida. Recuerdo sus lágrimas, la emoción al comprender su decisión, la pasión con que nos unimos. Desde entonces nuestro noviazgo fue público y aceptado por nuestras familias. A nuestros amigos se les hacia raro, y eso que nos tenían por primos. Si hubieran sabido la verdad no sé lo que habrían pensado. Al único que no le sorprendió la noticia fue a Manolo, que conocía, siquiera fuera superficialmente, mis sentimientos y que no tuvo rubor alguno en confesarme su envidia. Más problemas tuvimos con Javi, que temió sentirse desplazado y no reaccionó demasiado bien. No obstante, con paciencia y cariño, Sandra lo fue reconquistando. En cierta ocasión estábamos en su casa viendo la tele los tres y Sandra y yo nos besamos. Si queréis hacerlo os dejo solos, dijo su hermano con fastidio y se levantó para abandonar la habitación. Ella lo agarró, impidiéndoselo, y le dijo con buen humor: vamos, ven aquí y bésame tú también, no te pongas celoso. Lo atrajo hacia ella con tal fuerza que el chico cayó sobre su hermana en el sofá conmigo al lado. Se besaron en los labios con más sensualidad de la que solían en sus saludos cotidianos. Después Sandra me cogió a mi también y me desequilibró de manera que quedó tumbada en el sofá con los dos encima. Un besito para ti, dijo besando a su hermano, otro para ti, dijo besándome a mí, y, ahora, uno entre vosotros, afirmó intentando que nos besáramos cogiéndonos las caras. Déjate de mariconadas, protestó su hermano, forcejeando, y yo no pude estar más de acuerdo. Entre tanta tontería el chico tenía una evidente erección que rozaba contra las piernas de su hermana. Par de salidos, murmuró ella con vocecita de niña buena, queréis violar a vuestra hermanita. Le dimos un par de besitos más y nos recompusimos. Javi anunció tener que ir al baño y se alejó. Yo le hice un gesto a Sandrita dando a entender que iría a masturbarse. Que va, pervertido, rechazó ella la idea, solo estábamos de cachondeo.

Los meses siguientes fueron de continua luna de miel. Hacíamos el amor en su casa o en la mía sin oposición alguna de nuestros padres. Entre tanto mi amigo Manolo seguía siendo virgen. Yo le contaba detalles de mi vida sexual con Sandra, por la confianza que le tenía, sin entrar en detalles familiares complicados, obviamente, y él se volvía loco. Como coincidíamos los tres bastante en el instituto y yo invitaba a Manolo a veces a mi casa, donde también podían encontrarse, Sandra había desarrollado cierta amistad también con él y le caía simpático. Como ella y yo nos lo contábamos todo, estaba al corriente de mis conversaciones con mi amigo y de la atracción que ejercía sobre él. A ella no le gustaba especialmente, pero tampoco le desagradaba, y al saber la veneración que sentía él por ella lo miraba con mejores ojos. Un día que estábamos los tres en el instituto, se despidió de mí con un beso, para irse a clase y, al ver la carita de cordero degollado de Manolo, se le acercó y le dijo: toma, para que no te pongas celoso, y le besó también a él en los labios. Sin esperar respuesta se fue a clase, dejando a mi amigo estupefacto. Que, le dije yo dándole un puñetazo flojito en el hombro, no te podrás quejar. El pobre no pudo ni balbucear una respuesta.

En otra ocasión Sandra me llamó para quedar. Le dije que no podía porque estaba con Manolo en mi casa y se iba a quedar a dormir, pero que viniera ella también si quería. Así lo hizo y de este modo coincidimos los tres. Mi madre y Lorena habían salido. Después de cenar Manolo me preguntó que donde íbamos a dormir. Yo le dije que mi prima y yo en mi habitación y él en la de invitados. ¿No se molestará tu madre si se entera? No, respondí yo. Ella está de acuerdo. Entonces se me ocurrió de repente una maldad:

– ¿Te gustaría vernos?

– ¿Qué?

– ¿Te gustaría mirar?

En un par de minutos nos pusimos de acuerdo para que Manolo nos espiara follando a Sandra y a mí. El pobre no se lo podía creer. Cuando me fui con ella se lo conté todo. En teoría era algo que hacíamos a espaldas de ella, pero yo no podía ocultarle nada. Pensé que me costaría un poco convencerla, pero no fue así, mi prima-hermanastra se mostró encantada desde el principio, incluso me sugirió que dejáramos un poco más de luz para que nos viera mejor y que cambiáramos de postura, para que tuviera mejor perspectiva de su cuerpo. También evitó mirar hacia la puerta entreabierta para que mi amigo no se sintiera sorprendido. Fue un polvo magnífico. Saber que Manolo nos miraba, que estaría ahí masturbándose con la escena, como hacía yo cuando espiaba a mi madre con Lorena, fue algo que nos encendió a los dos.

Mi idilio con Sandra no me impedía seguir admirando a Lorena. Ella siempre había sido afectuosa conmigo, pero desde que mi relación con mi medio-hermana se había hecho pública parecía especialmente cariñosa, abrazándome y besándome a la menor ocasión. El piquito con el que normalmente nos saludábamos en la familia se había convertido, en su caso, en un besazo en toda regla, la mayoría de veces, y cualquier excusa era buena para achucharme y restregarse conmigo. Claro que todo podía ser mi imaginación calenturienta. Haberme pasado toda la vida deseándola podía tener ese efecto sobre mis percepciones. Algunas cosas, sin embargo, eran difíciles de ignorar. Cierto día estábamos los dos solos viendo la tele. Mi madre había quedado con un ex alumno, con el que, en su momento, había tenido una aventura, para tomar algo. Eso quería decir que era posible que se acostara con él. Mama y Lorena tenían una relación abierta, en la que esas cosas podían pasar, sin mayores consecuencias. Bien es cierto, por otra parte, que siempre era mi madre la que echaba canitas al aire. Lorena se quedaba en esas ocasiones algo melancólica, pero nunca protestaba. En la tele unas modelos guapísimas desfilaban. ¡Qué chicas tan sexis! Afirmó ella con sincera admiración, tal vez fantaseando con alguna de ellas. A mí me gustas más tú, se me escapó decir, sin un ápice de exageración. Ella sonrió, me atrajo hacia sí y me besó dulcemente en los labios. Noté sus tetas clavarse en mi pecho y su mano rozarme el culo, como distraídamente. Si todos los hombres fueran como tú, me cambiaba de bando. Y, tras decir esto, continuó viendo la tele como si tal cosa. Cuando me levanté para ir a la cocina, minutos después, aún me temblaban las piernas y mi erección, en la que ella no se había fijado, todavía no había cedido.

Sandra parecía colaborar en esta estrategia para volverme loco. Cada vez que estaba con Lorena se mostraba especialmente cariñosa y besucona con ella. Hacía tiempo que en nuestros momentos de intimidad no se la mencionaba, estando como estábamos centrados en el descubrimiento de nuestros cuerpos, pero cuando las veía abrazarse y restregarse sus pechos la una con la otra no podía evitar ponerme cachondo. Un día Sandra y yo estábamos besándonos en la cocina de mi casa cuando entro Lorena. Hola parejita, saludó. ¡Lorena! Gritó mi prima y se lanzó a su cuello. ¿A que mi novio es el más guapo del mundo? Preguntó con voz de niña pequeña después de besarla en la mejilla. El más guapo y el más bueno, respondió ella, y añadió: se merece un beso. Y asiéndome por la cintura me acercó a ella hasta que mi paquete, en pie de guerra desde que había empezado a besar a Sandra, rozó su pierna, y me besó como solía. Tienes razón, afirmó mi novia (últimamente nos gustaba llamarnos así) y me besó también, rozando con su lengua la mía en este caso. Después se besaron ellas, como continuando la broma. Fue un beso bastante sensual, prácticamente se comieron los labios, aunque no llegue a apreciar si hubo lengua. Por supuesto, en aquellos momentos, creía que la polla se me iba a salir del pantalón. Cuando Sandra y yo estuvimos a solas le pregunté qué a que había venido eso. ¿Estás celoso? Se limitó a responder con picardía y no volvimos a hablar de ello.

Así pasaron los meses. Sandra, que era un año mayor que yo, terminó el instituto y comenzó a ir a la Universidad, con lo que nos veíamos menos. No obstante, nuestra relación seguía igual. Cierto día, poco después de mi 18 cumpleaños, Lorena, a la que había notado nerviosa todo el día, me preguntó si podíamos hablar y me acompañó a mi habitación. Una vez allí, nos sentamos en la cama, me cogió de la mano y me dijo:

José, quiero hablarte de algo muy serio. No quiero que te asustes y, si no te gusta lo que te voy a decir, no pasa nada, se que quieres a Sandra, y me gustaría que nada cambiase entre nosotros. (Se la veía un poco nerviosa). La vida es un cúmulo de experiencias y hay algunas que aún no he tenido y me gustaría experimentar. Sabes que tenía 16 años cuando conocí a tu madre, que te llevaba a ti en la tripa, y que desde entonces no he estado con nadie más. No lo he necesitado realmente, tu madre me llena por completo, en todos los sentidos, pero igual que ella necesitó ciertas cosas para sentirse mujer, yo también las necesito. Me gustaría ser madre, tener un hijo. Creo que es algo maravilloso, que me estoy perdiendo. En el terreno sexual… bueno, siempre me han gustado las mujeres. Cuando conocí a tu madre estaba muy confusa. Ella me ayudó a aceptarme a mi misma y a disfrutar de mi cuerpo. Últimamente empiezo a preguntarme como sería estar con un hombre, que debe sentirse al ser penetrada por un pene. No sé si mi devoción por tu madre ha sido por la atracción que siento por las mujeres o por huir de los hombres. En los últimos meses me he sorprendido excitándome con un chico. Es la primera vez que me ocurre y pienso que no debería dejar pasar la ocasión. (Yo, en aquellos momentos, no entendía porque me estaba contando todo eso a mí). Sé que a ese chico le gusto, pero tiene una relación y es muy joven… Le quiero mucho y no me gustaría que nuestra relación cambiara. ¿Me entiendes?

Pues no, balbucee yo. Ese chico eres tú, prosiguió ella. No me imagino acostándome con otro hombre que no seas tú. Tú eres el único varón que no veo como alguien amenazante, el único con el que he podido bajar la guardia. Sé que amas a Sandra, pero creo que a mí también me quieres un poquito. Quiero que hagamos el amor, quiero acostarme por primera vez con un hombre contigo, de hecho… quiero que tengamos un hijo.

¿Qué tengamos qué? Murmuré yo sin poderlo creer. Sé que es una gran responsabilidad, explicó ella. Por supuesto yo me ocuparía de todo. Tu solo tendrías que implicarte lo que quisieras, lo que te pidiera el cuerpo en cada momento. Ya sé que es una locura. Si no quieres lo entenderé perfectamente. Te aseguro que no me enfadaré. Si quieres que nos acostemos, pero no tener el niño, por ahora, tampoco hay problema. De aquí unos años, cuando puedas estar preparado, lo volvemos a hablar. El sexo no es un chantaje para lo del bebé. Tampoco tienes porque estar de acuerdo en que hagamos el amor. Sé que tu relación con Sandra es muy bonita. También sé que, aunque siempre te he gustado, porque todos nos hemos dado cuenta que llevas años colgadillo por mí, ha sido algo platónico. Si no quieres arriesgar nuestra relación con el sexo también lo entenderé. Si te sientes raro, sabiendo que soy la pareja de tu madre, y prefieres que no demos ese paso, no hay problema. Puedes negarte con toda libertad.

Yo… no sé qué decir… no sé que pensaran Sandra y mi madre… tartamudee yo como un pardillo. No te preocupes por eso, dijo ella. Ya he hablado con las dos y están de acuerdo. Solo si tú quieres, claro. No me hubiera atrevido a pedirte esto a espaldas de ellas, las respeto demasiado… y las quiero. A ellas les parece bien, si te lo parece a ti. Solo quieren nuestra felicidad. Piénsatelo sin prisas, ¿vale? Cuando quieras hablamos.

Y entonces vino el beso, el primer beso con lengua de mi amor platónico. El beso que tantas veces había soñado. Me lo dio con la mayor dulzura y salió de mi cuarto dejándome perplejo. ¿Qué iba hacer yo ante su propuesta? ¿Estaba preparado para acostarme con ella? Ese había sido siempre mi sueño erótico, pero si lo hacía todo podía cambiar entre nosotros. Peor aún: ¿Estaba preparado para ser padre? Todo era muy raro, pero en mi familia siempre lo era y no nos había ido mal. En los días siguientes hable con mi madre y con Sandra. En efecto, ambas habían hablado antes con Lorena y estaban de acuerdo. Creo que Lorena necesita esto, me dijo mi madre, y que a ti te gustaría. No te sientas presionado para hacerlo si no quieres. Si te decides, creo que podría ser muy bonito, pero solo si te sientes a gusto con la idea. Decidas lo que decidas me parecerá bien. Os quiero mucho a los dos.

Sandra me dijo algo parecido: Esto es lo que siempre has querido. No me perdonaría privarte de ello por unos celos tontos. Sé que me quieres y que siempre estaremos juntos. No me importa que también estés con ella. Sé lo especial que es para ti. Yo también la quiero mucho, es maravillosa. Solo te pido una cosa, silo hacéis… ¡ven corriendo a contármelo!

Así que allí estaba yo, dispuesto a hablar con Lorena para comunicarle mi decisión… solo que no tenía ni idea de lo que iba a hacer. El resto de la familia nos había dejado solos para que pudiéramos hablar tranquilos… o lo que se terciase. Estuve nervioso durante toda la cena. Cuando terminamos el postre sentí que no podía dilatarlo más. Y de repente lo vi claro. Lorena, será un honor tener un hijo contigo. Su cara se iluminó con la mayor de las sonrisas y saltó sobre mi cuello. Empezamos a besarnos. Mi nerviosismo se trocó en excitación al darme cuenta que tenía entre mis brazos a la mujer más bella que conocía y a la que más había deseado a lo largo del tiempo. Había tomado una decisión y, en cierto modo sentía que todo iría bien. Mi lengua luchaba con la de ella en nuestras bocas. Tambaleándonos llegamos al sofá y caímos sobre él. Ella reía y me contagió su optimismo. Nos besábamos y nos metíamos mano. Todo era como había soñado tantas veces. En un momento dado me paro, se levantó y me llevó a la cama de la mano. La misma cama en la que la había espiado haciendo el amor con mi madre tantas veces. Empezó a quitarse la ropa despacio. En nuestra casa el ambiente es bastante liberal, así que ya la había visto desnuda alguna vez en el baño, a parte de mis sesiones voyeristas, pero esto no tenía nada que ver. Contemplar tan de cerca como se quitaba la ropa, como descubría para mí ese cuerpazo, sin tener que ocultarme o mirarla de refilón, aquello me perecía el paraíso. Un ángel desnudo me miraba con deseo y alargaba la mano para tocarme y para desnudarme a mí. Nos comimos las bocas un rato más y pasé a chupar esos senos que tantas noches me habían inspirado. Bajé con la lengua por su cuerpo hasta llegar al monte de Venus y me dispuse a comerle el coño como le había visto hacer a mi madre tantas veces. No esperaba hacerlo tan bien como ella, pero tenía práctica con Sandra y confiaba en hacerla disfrutar. Por la forma en que gemía y en que juntaba las piernas alrededor de mi cabeza juraría que lo conseguí. Cuando acabé su sonrisa era aún más resplandeciente. Lo haces muy bien, me dijo. Sandra es una chica afortunada. Yo nunca se la he chupado a un chico. Será mi primera vez. Espero no hacerlo mal.

Pues no, no lo hacía mal. Lo hacía muy bien. Me la chupó con un cariño infinito. Me la meneaba, besaba la punta, se la metía en la boca, la lamía como un helado. Cerré los ojos y recordé cuando mi primita me la chupaba y me decía que imaginara que era Lorena quién lo hacía. Ahora no tenía que imaginarlo. Era real. Tuve que frenarla para no correrme en su boca. Quería estar en condiciones de penetrarla por primera vez, de que el mío fuera el primer pene en invadir su vagina. Se la fui metiendo despacio. Mi madre le había metido varios dedos en sus relaciones a lo largo de los años y no me costó tanto como cuando desvirgué a Sandra. En un visto y no visto estaba cabalgando sobre ella. Nos besábamos, nos mordíamos, cambiábamos de postura, nada parecía suficiente para disfrutar de un momento tan especial. Terminó ella sobre mí, sus pechos sobre el mío, mis manos en su culo, nuestras lenguas frotándose y mi semilla finalmente derramándose en su interior.

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Este relato es el segundo de la saga “Secreto de Familia” el primero: “Secreto de Familia: Sandra” lo podéis encontrar aquí: El siguiente: “Secreto de Familia: Manolo” se publicará en 2 o 3 semanas en la categoría “Hetero: primera vez”, no obstante estos relatos son auto conclusivos y pueden leerse de manera autónoma o en cualquier orden. Gracias a todos por vuestra atención y vuestros comentarios.

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