A pesar de que el sexo con sus hijas era estupendo, a quién yo adoraba de verdad era a Sofía. No solo acostarnos, estar con ella era fantástico. Era una mujer culta, bella, sensible. Me divertía más y aprendía más con ella que con ninguna otra persona en el mundo. Nuestra relación duró 5 años, durante los cuales pasé mucho tiempo pensando que estaríamos juntos para siempre. Incluso estaba dispuesto a casarme con ella. Se lo comenté algunas veces, pero siempre me dio largas. Esto no puede durar para siempre, solía decirme. Tienes que encontrar a una chica de tu edad y formar con ella una familia. Yo me rebelaba contra esa idea. No quería más familia que a Sofía. A partir de los 2 o 3 años de relación, cuando la locura sexual se había ido diluyendo y ya rara vez intercambiábamos las parejas con mi hermano y sus hijas, comenzó a ser una fuente de discusiones habitual. Yo quería que nos dejáramos ver en público, presentarles a mis amigos, incluso a mis padres, que ella me presentara a sus amigas fuera del círculo familiar, en definitiva que fuéramos una pareja normal. También pensé en que viviéramos juntos. Mario se había ido a vivir con Rita en un pisito que se había comprado ella y les iba muy bien. De todo ello Sofía solo accedió a que les presentara a mis amigos de la facultad en una cena de clase a la que asistimos. La noté incómoda toda la noche y no quise insistirle más. El secreto con el que llevábamos nuestra relación y que al principio me parecía emocionante ahora se me hacía insoportable. Pensaba que no teníamos nada de qué avergonzarnos y que por tanto no debíamos ocultarnos. Que mi novia era mayor que yo, pues bueno, era una mujer maravillosa y yo estaba muy a gusto con ella. No veía donde estaba el problema.

Con el paso de los años su actitud me fue pareciendo insufrible. Su falta de fe en nuestra relación me hacía perderla a mí. Las bromas de mis amigos sobre la diferencia de edad que teníamos y que al principio me hacían gracia (ya les hubiera gustado a ellos tener una pareja tan guapa y sexualmente activa como la mía) ahora me molestaban sobremanera, porque por primera vez me parecía que tenían razón y que estaba haciendo el ridículo. Al principio tener una novia mayor me hacia ser especial, interesante, ahora me daba la impresión de que simplemente era rarito.

Un día conocí a Isabel. Estaba acabando la carrera, igual que yo, y era de mi edad. No tengo novia, mentí cuando me preguntó, y quedamos a tomar algo. Había tenido un par de novios, pero mi experiencia sexual era muy superior y la primera vez que lo hicimos se derritió en mis brazos. Ventajas de haber tenido una adolescencia tan especial. Sofía se mostró extraordinariamente comprensiva cuando corté con ella. Me deseó suerte y me besó en los labios. Con ella mantuve el tipo, pero cuando me quedé solo rompí a llorar. Iba a echarla mucho de menos. Isabel me notó raro cuando nos vimos, pero fingió creer mi excusa de que estaba cansado. Tuvimos unos años de relación y luego vinieron las peleas. En aquellos momentos nos estábamos “dando un tiempo” separados, pero confiaba en que resolveríamos nuestros problemas y volveríamos a estar juntos.

Muchas veces he pensado que hice mal dejando escapar a Rita. Era la mujer perfecta para mí. Estar con ella siempre fue una fiesta, incluso cuando nos fuimos a vivir juntos. El sexo siempre fue brutal y la convivencia funcionó sorprendentemente bien. Pero me acojoné. Lo del niño fue demasiado para mí. ¿Cómo podía ser padre tan pronto? Aquello no tenía sentido. Solo porque su hermana se hubiera quedado embarazada no quería decir que se tuviera que quedar ella también. Quizá debí ser valiente, quizá debí seguir adelante con aquello y aceptar tener un hijo con ella. Pero me acojoné. Por primera vez nuestra diferencia de edad se convirtió en una frontera infranqueable. El reloj biológico le estaba pidiendo experimentar la maternidad y yo no tenía la menor intención de experimentar aun la paternidad. Discutimos por eso varias veces. No eran discusiones tormentosas con gritos ni nada de eso. Nuestra relación nunca fue así, nunca hubieron celos (con nuestra imaginativa vida sexual hubiera sido absurdo) ni grandes peleas ni, por tanto, grandes reconciliaciones. Lo nuestro más bien era una complicidad especial. Yo la entendía, pero no estaba dispuesto a secundarla en aquella locura, no me sentía preparado para una responsabilidad como aquella. Ella me entendía, pero no estaba dispuesta a renunciar a lo que quería. La solución lógica comenzó a presentarse ante nuestros ojos de manera evidente. Estábamos juntos porque queríamos, porque era bueno para los dos. Si ya no lo era no tenía sentido prolongarlo. Fue ella la primera en decirlo. No fue un ultimátum ni hubo reproches. Me dijo que era normal, que no era culpa mía, pero que si queríamos cosas distintas lo mejor era dejarlo. Extrañamente estuve de acuerdo. Supongo que no me lo terminaba de creer. En el fondo creía que desistiría de sus planes y pronto volveríamos a estar juntos. Puede que después (mucho después) acabáramos teniendo hijos juntos. Pero eso sería años más tarde, cuando ya fuéramos viejos para irnos de fiesta y tuviéramos una estabilidad laboral y económica clara. Así que sin darme cuenta estaba haciendo las maletas. En los meses siguientes salí con varias chicas, pero ninguna me llenaba como Rita. Poco a poco su ausencia y la certidumbre de que no volvería conmigo se fueron haciendo más grandes. Entonces empecé a echarla de menos de verdad. Echaba de menos el sexo, echaba de menos las conversaciones, echaba de menos la intimidad, tener a alguien con quien compartirlo todo. En las últimas semanas me había dado cuenta de lo solo que estaba. Y entonces me encontré con ella y con su hermana y con su amante lesbiana… ¿Sería el destino?

Me despedí de mi hermano y me fui a casa. Pasé los siguientes días nervioso. La promesa del encuentro con Rita no me dejaba pensar en otra cosa. La noche anterior no pude dormir. Estuve distraído en el trabajo y a punto de cagarla más de una vez. Me arregle para la cita con una ilusión que hacía años que no tenía. Le había vacilado a mi hermano sobre la posibilidad de un encuentro sexual con mi ex novia, pero la verdad es que yo tampoco estaba seguro de que se produjera. La verdad es que no tenía ni idea de lo que iba a pasar y eso me hacía estar más intranquilo. Llegué al sitio en el que habíamos quedado 10 minutos antes de la hora y comencé a dar vueltas como un león enjaulado. Finalmente la divisé caminando hacia mí con calma. Solo se había retrasado los 5 minutos de cortesía habituales. La verdad es que solía ser puntual. Estaba guapísima, radiante. El corazón se me aceleró al verla. Nos dimos dos besos y fuimos a cenar. Al principio estábamos un poco tensos, pero de pronto fuimos los de siempre y la química volvió a fluir entre nosotros como si nada hubiera pasado. Las conversaciones, las risas. Después de cenar fuimos a mi casa. Por el camino nos cogimos de la mano. Parecía que nada había cambiado. Al llegar al portal nos besamos. Le pregunté por su novia, que no había salido hasta entonces en la conversación. Me dijo que a ella no le importaba que estuviera conmigo por una noche. Además María estaba acompañándola, para que no se sintiera sola. Pronunció eso último de manera que dejaba pocas dudas de lo que su hermana y su novia estarían haciendo. Por una parte eso era bueno, porque querría decir que iba a mojar esa noche, pero aun así sentí una punzada de dolor al oírlo. Supongo que en el fondo era una decepción, que lo que yo esperaba era que me dijera que ya habían cortado o que no era nada serio. Bueno, tal vez no lo fuera si estaba allí conmigo.

En cuanto entramos en casa empezamos a besarnos. Su boca seguía siendo irresistible, sus labios me seguían pareciendo un manjar y su lengua seguía igual de traviesa. Nos morreamos, nos mordimos, pude saciar mi hambre de ella, mi nostalgia de sus besos, hasta el final. Nos desnudamos a trompicones, impacientes. Sus tetas seguían siendo perfectas, seductoras, adorables… las lamí, chupé los pezones, creo que nunca lo hice con tanta ansia como aquella noche. Bajé la lengua por su vientre, me entretuve jugando con su vello púbico, besé sus ingles y, finalmente, devoré su coño, empapé de saliva su clítoris, moví la lengua dentro de ella de un lado a otro hasta que se encorvó y me estiró de los cabellos como solía hacer cuando su placer iba a estallar. Frené antes de que eso sucediera y descubrí mi pene. Pasé el glande por los labios de su vulva, le acaricié el clítoris y ella me suplicó que se la metiera de una vez. Lo hice lentamente, recreándome. Cuando ya había entrado toda ella me rodeó con sus piernas y comenzamos a movernos como solíamos tiempo atrás. Mi cuerpo cayó sobre el suyo y nos besamos. Sentí sus pezones clavarse en mi pecho y sus manos agarrarme el culo como si viniera un huracán. Por un momento nada había cambiado: era mi Rita, mi maestra, mi amiga, mi amante, mi amor… Rodamos sobre el lecho y ella quedó sobre mí. Se irguió para poder cabalgarme y lo hizo con brío. Sus tetas se bamboleaban al ritmo de sus botes y mi polla desparecía devorada por su cuerpo para volver a asomar con cada embate. Descargué toda mi ansia y mi semilla en su interior mientras nos besábamos dulcemente de nuevo.

Después del sexo nos quedamos desnudos en la cama viendo la tele y tomando unos cubatas. Rita jugueteó con el mando hasta que encontró un canal en el que ponían video-clips.

-He estado pensando mucho en ti- comencé a confesarle.

– Yo en ti no- dijo y estalló en unas risas que no sabía si eran crueles o inocentes- Es broma tonto, añadió calmándose, claro que me he acordado de ti, pero he estado muy ocupada con todo, el embarazo, el niño, mi relación con Lorena…

-¿Vais en serio?

-Sí, ella es lo mejor que me ha pasado nunca. Estar contigo también fue maravilloso, pero la vida continúa.

-Como te he dicho- traté de recomponerme y seguir el guión que tenía en mi cabeza- he estado pensando mucho en ti. Tal vez me precipitase al negarme a ser padre. He madurado desde entonces y he visto que me equivoqué.

-No- me interrumpió ella- tú tenías razón. No estabas preparado para ser padre, eras demasiado joven. Aun lo eres; pero algún día serás un padre fantástico y harás muy feliz a una mujer y a unos niños afortunados de tenerte.

-Puede ser- reanudé mi discurso- pero por culpa de eso te perdí y no quiero perderte. Me he dado cuenta de lo que significas para mí. Si me dieras otra oportunidad yo estaría dispuesto a cualquier cosa por ti. Tener más hijos, ser el padre del que ya tienes… cualquier cosa.

-¡Qué lindo eres!- me acarició la cara y me dio un breve beso en los labios. Tú sabes cuánto te quiero, pero no puede ser, estoy con Lorena.

-Lorena es una mujer- arriesgué

-¿Y qué?

-Tú no eres lesbiana- seguí arriesgando- Esta noche y todas las que hemos pasado juntos lo demuestran.

-Soy bisexual- explicó ella tranquila, sin ofenderse- Antes de estar contigo estuve con una mujer, ya te lo conté, y tú mismo me viste con mi hermana.

-Eso eran experimentos. Yo sé que no puedes pasar sin un hombre. Por eso estas ahora aquí- mientras lo decía sospechaba que no era cierto, pero quería que lo fuera, porque no quería perderla otra vez- Sí lo tuyo con esa chica fuera en serio no estarías en mi cama esta noche- temí una reacción airada, ofendida, pero en lugar de eso me acarició la cara con ternura.

-Lo siento cariño, pero sabes que no es así. Suponía que lo habías superado. No hubiera venido si hubiera pensado que iba a hacerte daño. Estoy bien con Lorena. No sé lo que pasará mañana, pero pienso que podemos estar juntas toda la vida. Que me deje pasar aquí la noche es una muestra más de amor.

-Pero yo te quiero- me limité a oponer en un susurro, casi una súplica. Ella me sujetó la cara y me besó.

-Yo también te quiero mucho, pero tenemos que seguir con nuestras vidas. No lo hagas más difícil, por favor.

Debía darme por vencido. Había jugado mis cartas y había perdido la partida. No había más que se pudiera hacer. Se lo hice saber con un gesto, la abracé y continuamos viendo la tele, tumbados en la cama.

Estaba adormilado viendo la tele cuando el teléfono sonó.

-¿Sí? Hola Rita. No, tranquila, estaba despierto. Claro, me paso en media hora. Sí llevaré hielo.

Al final parecía que sí que me iba a colar en la cita de mi hermano. Me lavé la cara para espabilarme y me vestí con cuidado. Puede que simplemente se les hubiese acabado el hielo y me utilizasen de pringadillo para llevarlo, pero Rita me había dicho que tenía ganas de verme y yo la creía. Al fin y al cabo yo también tenía ganas de verla. Algo nervioso salí a la calle, compré el hielo en una gasolinera y me presenté en casa de mi hermano. La verdad era que no sabía con lo que iba a encontrarme. A lo mejor Mario y ella solo habían estado charlando y les apetecía que yo me uniera a la conversación sobre los viejos tiempos y todo eso. Respiré hondo y llamé a la puerta.

Me abrió Rita medio desnuda. Esto superaba todas mis fantasías. ¡Bien, hielo!, gritó y arrancándome la bolsa de la gasolinera de las manos me plantó un morreo que me dejó sin aire. Lentamente seguí a mi anfitriona que trotando se había escabullido hacia la habitación de mi hermano. Allí se encontraba él, también medio desnudo, sirviéndose un cubata sentado en la cama mientras la tele emitía videos musicales. Hola hermanito, saludó y añadió el cubito de hielo que le ofrecía Rita al vaso con el ron y la coca cola. Después de servirse también su bebida el objeto de mi deseo volvió a hacerme caso.

-¿Qué tal va todo? ¿Sigues con Isabel?

-Ahora estamos separados. Nos estamos dando un tiempo, pero creo que lo arreglaremos.

-Eso está bien.

Charlamos un rato más, pero a mí se me iban los ojos a su turgente anatomía que ella no trataba de ocultar. A penas llevaba una camisa, probablemente de mi hermano, abierta, de modo que los senos se le escapaban constantemente, y unas bragas mínimas. Mientras hablábamos y Mario nos ignoraba, centrado en las coreografías de las bailarinas de la tele, Rita comenzó a insinuarse, a dejarme ver más de lo necesario cuando notaba que la miraba, a tocarme el brazo, a cogerme la mano… Tanta sutileza cuando me había morreado nada más entrar y cuando en el pasado habíamos hecho las cosas que habíamos hecho, me resultaba más bien cómica, pero aún así me estaba poniendo a mil. Era obvio que mi hermano ya se la había follado y parecía que ahora me tocaba a mí. Pero entonces, ¿por qué estaba él en la habitación? Rita cortó mis divagaciones comentándome lo guapo que estaba y dándome un besito. Se lo devolví mientras mis manos se perdían en sus muslos. Las suyas me desabrocharon la bragueta del pantalón y accedieron a mi miembro que alcanzó sus máximas dimensiones entre sus dedos. Mario reaccionó y se puso a acariciarle las tetas y a besarle el cuello desde atrás. Aquello resolvía mis dudas, íbamos a hacer un trío, como en los viejos tiempos…

Rita y yo nos besamos sin recato. Mi lengua entró en su boca y se unió con la suya. Después giró la cabeza y besó a mi hermano, que había pegado su polla al culo de ella y le amasaba las tetas sin piedad. Mis dedos se deslizaron entre sus piernas y la noté húmeda y dispuesta para la acción de nuevo. Ella me frotaba la verga y acercaba la punta a sus muslos. Estuvimos un rato besándola entre los dos, haciendo mi hermano y yo un trabajo de equipo. Nos gustaba ver como se derretía entre nuestros brazos, comprobar que a pesar del tiempo transcurrido sabíamos lo que le gustaba, lo que la volvía loca. Le mordía los labios, la besaba en la mejilla, le lamia el cuello… Mario desde su posición hacía lo mismo. Agaché la cabeza y le chupé los pezones mientras él la morreaba introduciendo la lengua hasta su garganta. Estuvimos así unos deliciosos minutos hasta que ella se deslizó reptando por la cama hasta tener su cabeza a la altura de nuestros muslos. Nos sacó la polla y empuño cada una con una mano. Acercó sus mejillas y las puso entre nuestros miembros, luego comenzó con los besitos, primero a una y luego a la otra. Se las metió a la vez en la boca, quedando nuestros glandes solo separados por su lengua. Nuestros penes estaban empapados de saliva. Empezó a chupármela mientras a Mario se la meneaba con la mano. Después se la chupó a él y me masturbó a mí. Repitió la operación un par de veces, llevando la boca de una verga a la otra, hasta que mi hermano se levantó y se puso detrás de ella. Rita continuó haciéndome el traje de saliva mientras Mario se la metía y golpeaba sus nalgas con su pelvis en cada embestida. Mi polla dentro de su boca sentía los vaivenes que recibía desde atrás. Se la sacó de la boca y le besó la punta. Luego se la pasó por las tetas. Yo iba a estallar pero ella lo notó y se frenó. Entonces se desencajó a mi hermano de entre sus piernas y vino hacia mí. Me pasó las tetas por el cuerpo y me besó apasionadamente de nuevo. Mi pene rozaba los labios de su vulva hasta que entró en su cueva mojada y dispuesta. Mario colocó la polla en el ano de ella y apretó poco a poco. Noté a Rita estremecerse a la vez que la doble penetración se consumaba. Lentamente empezamos a movernos. Ella gemía exaltada. Nos besamos, nos mordimos los labios. Mi hermano también la besaba. Aceleramos nuestros movimientos. El olor a sexo y el sonido de nuestras acometidas húmedas invadieron la habitación. Rita me tenía fuertemente abrazado, como si temiera que la corriente de placer se la llevara y quedara naufraga. Mario la bombeaba inmisericorde arrancándole gritos en los que se mezclaba el gozo y el dolor. No sé cuantas veces hicimos correrse a Rita, pero fueron unas cuantas. Después nos corrimos nosotros llenándola de nuestro esperma.

Después del polvo quedamos rendidos. Estuvimos viendo la tele un rato más. Cuando vi que ambos parecían dormidos la apagué y e intenté dormir yo también. Creo que pegué una cabezada, pero no fue por mucho rato. Me levanté y fui a la cocina beber algo. Al cabo de unos minutos Rita se despertó y se unió a mí. Necesito hidratarme, comentó, y se sirvió un vaso de agua. Hablamos un rato. Me contó lo bien que estaba con su novia lesbiana y yo mis problemas con Isabel. Luego comenzamos a recordar viejos tiempos. Le pregunté por Sofía y me dijo que estaba como siempre. Inevitablemente acabamos recordando la primera vez que nos vimos, mi actuación de voyeur, observándola con mi hermano, la pelea de después y, por supuesto, su mamada, la primera vez que me la chupaban en mi vida. Mario nunca lo ha sabido, le dije. Fue uno de los momentos más intensos de mi vida, nunca podré olvidarlo. Ella sonrió ante mi confesión, una sonrisa maliciosa, una sonrisa sexy. Solo llevaba las bragas y la camisa de mi hermano, como cuando me abrió la puerta. Yo iba en calzoncillos. Se acercó y me acarició el rostro. Luego se arrodilló, me bajó los slips hasta los tobillos y empezó a mamármela como aquella vez. Se me empalmó en seguida. Cerré los ojos y le acaricie los cabellos. Por un momento fui transportado a aquel día, al miedo, a la tensión, al descubrimiento, al placer inenarrable. Su boca rodeando mi pene, su lengua avariciando su base, sus labios besando la punta… creí que iba a estallar. Antes de que eso sucediera me vi poseído de un deseo irrefrenable de follarla. Ahora ya no era aquel crio asustadizo que había tenido que salvar de una paliza de su hermano, ahora era todo un hombre y se la iba a demostrar. Liberé mi miembro de sus fauces y la puse a cuatro patas apoyada en el fregadero. Le bajé las bragas de un tirón y se la metí de golpe. Aulló como una loba. Tenía el chocho mojado como un pez así que no tuve problemas en bombearla tan fuerte como pude. Sus gemidos ya se estaban convirtiendo en gritos de placer así que le metí los dedos de mi mano derecha en la boca para que no despertara a Mario. Ella los chupó como me había chupado antes la polla. Sentir su culo contra mi pelvis en cada arremetida me volvía loco. Me ha encantado ver como mi hermano te daba por culo, le susurré al oído. Yo nunca te la he metido por ahí. ¡Hazlo ahora!, respondió ella. ¡Clávamela en el culo! Así lo hice. Se la saqué del coño y la introduje por su agujerito de atrás. Ya tenía el ano dilatado por la enculada de mi hermano un rato antes, pero aun así me costó meterla hasta el fondo. Noté como se mordía los labios conteniendo el dolor. No me apiadé y me moví con garra. Le taladré el culo como no se lo habían taladrado nunca. Nuestra respiración agitada y el sonido chapoteante de mis muslos contra sus nalgas y mi polla contra su culo se convirtieron en la banda sonora del encuentro. Sus gritos volvieron a abrirse camino entre los jadeos y los volví a acallar, esta vez enredando mi lengua con la suya. Le agarré las tetas con fuerza y la seguí taladrando. Ella me arañó la pierna y me mordió los labios. En un éxtasis de pasión como no recordaba haber tenido nunca nos corrimos a la vez. Quedamos rendidos. La besé en el cuello, en la mejilla y en los labios. Me devolvió el beso agradecida. Regresamos a la cama en la que Mario dormía ajeno a lo que había ocurrido en la cocina. Nos acostamos y esta vez caímos presa del sueño en seguida.

Vimos la tele un rato, abrazados. Dios, como la quería. Agradecía cada segundo con ella, los de nuestra vida en común y estos, robados a su amante lesbiana y a su nueva familia. Se sirvió un nuevo cubata.

-¿No queda hielo?

-Creo que no, le respondí sin ganas de moverme.

– ¿Cómo está tu hermano?, preguntó cambiando de tema.

-Bien, el muy capullo esta desando verte, no sabía qué hacer para colarse en la cita- Ella rió ante mi revelación.

-Donde querría colarse seguramente sería en mis bragas, como en los viejos tiempos- añadió entre carcajadas- ¿Estará durmiendo?- preguntó en tono intrascendente.

-No creo, se acuesta tarde.

-¿Y si le llamamos? Podría traernos hielo y a mí también me apetece verle.

-¿Te apetece verle o que se cuele en tus bragas?

-No seas tonto. Primero te he follado a ti. Además no hay que ser egoísta. Es tu hermano.

En efecto le llamamos y vino cagando leches al olor del coño de Rita. Como suponía no tardaron en tontear y terminamos haciendo un trío, como en aquella feliz época. Dormimos hasta la mañana siguiente. Me despertó el trajín de Rita vistiéndose y murmurando lo tarde que era. Se despidió de Miguel y vino a despedirse de mí. Te quiero, le volví a decir. Yo también te quiero, respondió ella, pero tengo que irme. Lo entiendo, acepté. Llámame esta semana y hablaremos, siguió ella. Dentro de unos meses es nuestro aniversario, la primera vez que, bueno, que intimamos. Si para entonces no estás con nadie llámame y cenaremos solos tú y yo. Asentí y le di un beso. Nuestras lenguas se acariciaron. No quería dejarla marchar pero no había más remedio.

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