Cristina ratificó lo que significaba para ella el haber estado conmigo cuando al despedirse me susurró al oído:
―Gracias, me has hecho la mujer más feliz del mundo.
Su alegría hacía más dura mi vergüenza. No en vano era consciente que mi secretaria me había revelado sus sentimientos por mi error y que, de no haber estado bajo los efectos del afrodisiaco escondido en la leche de Simona, jamás se hubiese atrevido a hacerlo. Por ello y mientras volvía a casa, no dejé de lamentar ese despiste, ajeno totalmente a que mi criada me iba a recibir con una sorpresa que dejaría en mera anécdota lo ocurrido en la oficina.
Ni siquiera había cerrado la puerta cuando de pronto apareció Simona llorando:
― ¿Qué te ha pasado? ― pregunté al ver los gruesos lagrimones que recorrían sus mejillas.
La rumana intentó balbucear una respuesta, pero era tal su nerviosismo que lo único que entendí fue que alguien había descubierto su verdadera naturaleza.
―Tranquila ― respondí mientras la abrazaba, pensando en que, aunque fuera verdad que la habían desenmascarado nadie en su sano juicio lo creería.
―No he tenido más remedio que usar mis poderes― replicó totalmente histérica mientras señalaba insistentemente hacia su cuarto.
Comprendí por su mirada que estaba aterrorizada:
«Ha encerrado a alguien en su habitación y ahora no sabe qué hacer», pensé mientras abría la puerta para enfrentarme al responsable de sus miedos.
Al hacerlo me quedé petrificado porque no estaba preparado para enfrentarme con el cuerpo de una mujer totalmente desnuda sobre su cama y menos cuando al acercarme reconocí que era María.
«La ha matado», fue lo primero que se me pasó por la cabeza, pero afortunadamente tomándole el pulso comprobé que solamente estaba sin conocimiento
― ¿Qué le has hecho? ― encabronado hasta decir basta exclamé.
Simona se intentó disculpar diciendo que ella se lo había buscado y que, si seguía viva, era solo porque se había presentado como mi amiga.
―No quiero volvértelo a preguntar, explícame lo que ha pasado― insistí mientras un escalofrío recorría mi cuerpo al recordar que según decían las leyendas de su país, las custodios no tenían reparo alguno en hacer desaparecer a todos aquellos que les supusiera un riesgo.
Defendiéndose como gato panza arriba, me explicó que María había aparecido en mi puerta preguntando por mí y que, aunque ella la había informado que no estaba, esa entrometida no se había querido ir.
―Me preguntó qué hacía en la casa y quien era la niña que llevaba en brazos. Al explicarle que era la criada y que Ana era mi hija, insistió en esperar a que llegaras.
―No me parece tan extraño― repliqué tratando de hallar sentido a como había terminado en pelotas.
Casi llorando, miró a la rubia que dormía a pierna suelta y me dijo:
―Acababa de ofrecerle un refresco cuando nuestra niña empezó a llorar y esa zorra me insinuó que le diese de mamar en su presencia.
― ¿Y?
―Algo en su mirada me hizo sospechar y no quise complacerla, pero entonces dejando de disimular, su amiga me preguntó que si era verdad que era una de los ángeles custodio y si te tenía embrujado.
― ¿Qué respondiste?
―Lo negué, pero esa loca no me creyó y antes de que pudiese hacer nada por evitarlo, metió las manos en mi escote y me sacó un pecho― respondió.
― ¿Y qué hiciste? ― alucinado pregunté al imaginarme la escena.
Mitad avergonzada, mitad indignada, contestó:
―Poniendo mi leche a su disposición, la reté a demostrar que era uno de esos seres.
Atando cabos, creí que María no había podido resistir la tentación de demostrar que había algo de realidad en las leyendas y que por ello había caído en su trampa.
―Ya me imagino lo que ocurrió a continuación― comenté dando por sentado que María se había excitado al beber de sus senos.
―Esa zorra se negó a probarla y me amenazó con revelar mi secreto si no te dejaba en paz porque, según ella, su destino era ser tu pareja― la furia de su tono me puso los vellos de punta y por ello no me sorprendió que me soltara que por ello la había puesto en su lugar.
Temiendo su respuesta, pregunté cómo lo había hecho. Soltando una carcajada, Simona contestó:
―Aunque luchó un poco, nada pudo hacer y me resultó fácil dominarla.
Gesticulando me explicó que la había sometido a la fuerza y rayando la euforia, se vanaglorió de que basto que la amenazara para que mi amiga accediera a mamar de sus ubres.
― Al principio estaba reticente pero cuando probó mi leche, le gusto tanto que no tuve que insistirla más y no paró hasta que se llenó.
No pude más que pensar en efecto que habría provocado en María el haberse atiborrado con ella y con la imagen de mi amiga aferrada a los pechos de mi criada puso, quise que Simona me dijera que había ocurrido.
Riéndose a carcajada limpia, contestó:
―Estaba tan excitada que me bastó con darle un pellizco en sus tetillas para que se corriera.
Esa información era sorprendente. Sabía bien de las dificultades de María con el sexo y por ello, si no llego a conocer en carne propia los efectos de su leche, jamás la hubiese creído cuando me contó que había forzado la boca de su rival con su lengua mientras seguía torturando su botón y que esta en vez de quejarse colaboró con ella, buscando el contacto de sus cuerpos.
―Para que te hagas una idea, esa rubia no solo me dejó juguetear con sus labios, sino que muerta de deseo llevó una de mis manos hasta su pecho para que se lo magreara.
―Me imagino que no la defraudaste― comenté.
―Te imaginas bien, tu amiguita estaba como una moto y no puso reparo cuando bajando por su cuello, me apoderé de sus rosadas tetitas con mi boca.
Alucinando escuché que, al llegar a su meta, se puso a mordisquear suavemente los pezones de María y que esta al sentir la acción de sus dientes, no pudo dejar de gemir como una zorra pidiendo que la amara.
―Es acojonante― murmuré al no reconocer a mi amiga.
Simona viendo mi interés me reconoció que la calentura de la rubia la había puesto cachonda y que por ello no dudó en aprovechar la ocasión para experimentar por primera vez que se sentía al estar con una mujer.
― ¿Te la tiraste? ― casi gritando pregunté.
―Sí ― muerta de risa, lacónicamente, contestó.
Tuve claro que ese putón estaba jugando y que si quería esterarme de lo que había ocurrido debía compensarla en cierta forma. Acercándome a ella, le abrí la camisa y mientras me ponía a mamar de sus ubres, le exigí que me explicara con todo lujo de detalles como la había poseído.
Con una sonrisa, replicó:
―Decidí que esa guarrilla necesitaba otro empujón y sabiendo que para ello nada mejor que mi leche, le exigí que se diera un atracón con mis tetas mientras metiendo la mano entre sus piernas me ponía a masturbarla.
Sin cortarse, mi dulce custodio me narró cómo, cayendo en su juego, María se había puesto a ordeñarla al tiempo que separaba sus rodillas de par en par para facilitar las caricias sobre su ya erecto botón.
«Menudo par de putas», pensé justo en el instante que un calambrazo recorría el cuerpo de mi criada respondiendo al ritmo con el que la estaba pajeando.
No queriendo perder la iniciativa, cogí uno de los pezones de la rumana y pegándole otro mordisco, busqué que se contagiara de la misma calentura que había sufrido su víctima poco tiempo antes. El gemido de placer que brotó de su garganta me dio los ánimos suficientes para atreverse a aprovechar la ventaja para obligar a esa mujer a rebajarse a comerme la polla.
Simona azuzada por la lujuria se lanzó como una posesa a chupar mi erección, olvidando mi interés por saber qué había sentido al recibir las caricias de otra mujer.
―Sigue contándome cómo se entregó a ti― insistí dando un pellizco a una de sus negras areolas.
La rudeza de mi trato la hizo boquear. Con los pezones duros y erizados retomó el relato describiendo el volumen de los aullidos que María cuando cogió su clítoris entre los dedos.
―La muy puta me pidió que siguiera por que la volvió loca― murmuró y mientras ella misma empezaba a sentir los primeros síntomas del placer, me contó que viendo la súbita debilidad de su oponente había incrementado la velocidad de la paja con la que la estaba martirizando y que la rubia al sentirlo se había dejado llevar por el momento y le había pedido que fuera dura con ella.
― ¿Y qué le dijiste?
―Decirle nada― respondió riendo: ― Cómo sabía lo que realmente necesitaba, la obligué a ponerse a cuatro patas y le regalé una buena tunda de azotes.
― ¡No jodas! ― exclamé mientras de reojo comprobaba que era todo verdad al ver el tono rojizo que todavía conservaban las nalgas de mi amiga.

Simona se dio cuenta y acercándose a donde todavía permanecía desmayada esa mujer, me señaló el chocho depilado que escondía entre sus piernas para decirme:
―Esta zorra no dejaba de decir tu nombre mientras se corría y por ello tuve que darle una lección… ahora ya sabe en tu corazón que antes que ella, ¡estoy yo!
Me chocó que hablara de sentimientos cuando en realidad lo nuestra era sobre todo atracción física pero no queriendo hurgar en esa herida decidí obsequiar con una buena follada a mi criada y sin preguntar su opinión hundí mi verga en ella.
― ¡No seas bestia! ― chilló al sentir la invasión de su cueva.
Destornillado de risa, metí y saqué mi instrumento de su interior antes de contestarla que no tenía problema en cambiar de coño si le resultaba tan desagradable.
―Cabrón, ¡sabes que me encanta, pero podías haberme avisado! ― replicó temiendo que hiciera efectiva mi amenaza y que me follara a María en vez de a ella.
Aunque no quisiera, Simona sabía que estaba en mis manos y que nada podía hacer para evitar que mis meneos elevaran su calentura y por ello dejándose llevar me rogó que siguiera follándomela. Lo que no se esperaba la rumana fue que en ese momento y mientras su sexo era tomando al asalto por mí, María se despertara y al ver nuestra pasión, lejos de indignarse, se viera estimulada y se pusiera a mamar de sus pechos.
―Joder con la mosquita muerta― exclamé al observar la fijación con la que exprimía los pechos de la morena.
Sentir los labios de la rubia en sus pezones al tiempo en que disfrutaba de los meneos de mi pene fueron un estímulo excesivo y pegando un grito se corrió. Si creyó que con ello habíamos terminado se equivocó porque aguijoneado por el placer de mi muchacha, incrementé el compás de mis caderas.
Entonces Simona me gritó:
―Fóllate a la putilla para cerrar el círculo.
Comprendí que con putilla se refería a María, pero no qué había querido decir con eso de cerrar el círculo. Al preguntar de qué hablaba, contra todo pronóstico, fue mi amiga la que contestó:
―Si una mujer se estrega al macho de una custodio después de haber yacido con ella, queda sometida para siempre a la pareja.
Por su tono, sospeché que esa perspectiva no le parecía del todo desagradable pero antes de meter la pata o de hacer algo que tuviese que arrepentirme, le pregunté qué pensaba que debía hacer.
―Hagas lo que hagas, estoy jodida. Si me tomas, seré tuya y de ese engendró de por vida. Si no lo haces, nunca podré acercarme a ti por miedo a que un día te arrepientas y decidas hacerme tu esclava.
―No me has contestado, ¿Tú qué quieres?
Bajando su mirada y con el rubor tiñendo de rojo sus mejillas, mi vieja amiga contestó:
―Siempre me he arrepentido de no haberme acostado contigo cuando pude.
Indirectamente, María me acababa de decir que deseaba ser mía, pero eso no me bastaba, ¡necesitaba que me lo pidiera! Por ello hice como si perdiera interés en hacerla mía y seguí machacando el coño de mi criada.
Descolocada por mi actitud, se tomó unos segundos para valorar mi desplante. Tras analizar los pros y los contras, decidió forzar que la tomara y pegándose a su rival, lució su cuerpazo mientras me decía:
―Sé que siempre has querido tenerme para ti.
―Eso fue antes de que me rechazaras― respondí dejando claro que no le iba a resultar fácil conseguir mis caricias.
―Ya te he dicho que lo siento, fue un error pensar solo en mi carrera― protestó temiendo que esta vez fuera yo quien la repudiara.
Sonreí al descubrir que se incrementaban sus dudas y que dos gruesas lágrimas amenazaban con derramarse de sus ojos, comenté:
―No entiendo tu interés, si te tomo para mí sabes que te compartiré con la que llamas engendro.
― ¡No me importa!
Que esa muchacha no hiciera intento alguno por disculparse del modo en que se refería a Simona, me cabreó y sacando mi pene de ella, cogí a ambas y las tumbé en la cama mientras decía:
―Si eso es verdad, ¡demuéstralo!
María asumió que la estaba poniendo a prueba y girándose hacia la rumana, la besó en los labios mientras con sus yemas se ponía a acariciar los húmedos pliegues de mi criada.
― ¿Esto es lo que quieres? ― me preguntó.
No me había repuesto de la sorpresa, cuando mi amiga decidió dar un paso más y separando las rodillas de mi criada, hundió su cara entre los muslos de su indefensa víctima.
«¿Hasta dónde estará dispuesta a llegar?», me dije al observar que se ponía a saborear del fruto prohibido que la morena escondía entre sus piernas.
En su terquedad, María no se esperaba que el aroma agridulce que manaba del pubis del custodio la trastornara e incapaz de soportar el efecto de las feromonas que destilaba, recogió entre sus dientes el ya erecto clítoris que el destino había puesto en su camino y con un celo enfermizo, se puso a disfrutar de su sabor mientras escuchaba con satisfacción que Simona comenzaba a gemir.
― ¿Te parece suficiente para follarme? ¿O tendré que esperar a que esta puta se corra? ―gritó mirándome y pasando por alto que su propio cuerpo se estaba viendo afectado en demasía con el roce de la tersa piel de su oponente.
En ese instante, mi rumana decidió aprovechar que, producto de su gozo, sus pechos habían empezado a regar con su leche la cama para decir:
―Ordéñame mientras me sigues follando con los dedos.
María levantó la mirada y al ver que los sendos chorros que manaban de las ubres del custodio supieron que había perdido, pero, aun así, sacando fuerzas de la desesperación, consiguió despejar su mente y retomando la iniciativa, introdujo dos yemas dentro del coño de su agresora mientras se lanzaba a exprimir con su boca esas dos fuentes.
La humedad que empapó sus dedos y el aullido de placer que oyó al penetrarla le dieron nuevos ánimos y con toda la celeridad que pudo comenzó a pajearla sin saber si podría hacer que yo me la follara antes de verse saturada de afrodisiaco. Por su parte Simona, ya se sabía ganadora al experimentar las uñas de mi amiga entrando y saliendo del interior de su sexo porque tarde o temprano, me llegaría el turno de poseerla y en cuanto mi pene traspasara la entrada de su cueva, esa mujer sería eternamente nuestra.
«¡Un minuto más», Maria pidió a su cuerpo y recordando que ella misma se volvía loca cuando se acercaba el clímax y la mordían, cerró sus dientes sobre el hinchado pezón de la morena!
Ese mordisco fue una carga de profundidad que no se esperaba e impotente se puso a azotar el culo de su rival mientras su cuerpo era pasto de un ardiente orgasmo.
―Me corro― lloró mi amiga al notar el latigazo de placer que recorría su cuerpo con esos golpes y derrotada se dejó llevar por las explosivas sensaciones al mismo la arpía que tenía entre las piernas hacía lo mismo quizás con mayor énfasis.
Los gritos de ambas retumbaron en las paredes de la habitación mientras sus cuerpos convulsionaban sobre la cama.
Curiosamente ninguna de las dos aceptaba que su gozo viniera de la otra y seguían pensando en mí. Por ello, exigiendo a esas dos que olvidaran temporalmente sus desavenencias, les ordené que sellaran la paz.
― ¿Sois tan necias que no os habéis dado cuenta de lo mucho que estáis disfrutando? ― pregunté.
Nada más decírselo, se pusieron a juguetear con sus lenguas mientras sus cuerpos se volvían a entrelazar en una danza tan ancestral como prohibida y es que una vez liberadas de sus prejuicios, Simona y María se vieron inmersas en un prolongado gozo del que ni siquiera salieron cuando escucharon que me marchaba del cuarto…