La congoja, por no saber si Simona se estaba amoldando a mí o yo a ella, no me dejaba respirar y por segunda vez, salí huyendo de su lado.
«¿Qué estoy haciendo?», me pregunté al verme descalzo en la calle.
Volviendo tras mis pasos, entré en mi casa y pasé al salón, sabiendo que me había dejado los zapatos allí. Me alegró comprobar que Simona no estaba y mientras me los ponía, escuché a su hija riendo en su cuna.
-Te han dejado sola- susurré al bebé cogiéndolo entre mis brazos.
La niña soltó una breve, pero intensa risotada al sentir que la izaba por los aires, provocando en mi un sentimiento de felicidad que no esperaba en absoluto.
-Eres una bruja como tu madre- musité en su oído.
Nuevamente esa dulce criatura se rio al escuchar mi voz. Aunque intenté evitar contagiarme de sus risas, nada pude hacer y me vi haciéndola cosquillas para que se riera más. Al comprobar que ese querubín disfrutaba con mis caricias, la tumbé en el sofá para poder usar las dos manos.
Carcajada tras carcajada, ese engendro del demonio me conquistó y hundiendo mi cara en sus mofletes, comencé a resoplar haciendo ruido. Como cualquier otro niño, Anita disfrutó de ese juego, pero al que más le gustó fue a mí y sin darme cuenta de lo que hacía, me quedé jugando con ella hasta que su madre me informó que la comida estaba preparada.
Con la bebé a cuestas, me senté en el comedor mientras Simona me servía el estupendo filete que me había preparado.
– ¿Le molesta la niña? ¿Quiere que se la coja? – preguntó indecisa desde su silla.
-Ni de coña- sonreí- no ves lo contenta que está conmigo.
Su madre nos miró y sin decir nada, fue a la cocina por su plato. Aprovechando su ausencia, murmuré a la chiquilla que era tan guapa como su madre y nada más decirlo, me di cuenta lo mucho que me gustaba esa mujer.
-Solo espero que cuando crezcas no seas tan puta- sabiendo que no me entendía, comenté.
Anita volvió a soltar una risotada y posando su carita sobre mi pecho, cerró los ojos. La sensación de tenerla durmiendo pegada a mí me pareció maravillosa y por eso cuando Simona volvió, me pilló mirando a su bebé:
-Sois iguales- dijo en voz baja.
Me sorprendió la ternura de su tono y levantando mi mirada, descubrí que estaba llorando.
– ¿Por qué lloras?
Limpiándose una lágrima que corría por su mejilla, contestó:
-Nunca imaginé que iba a aceptar a nuestra hija y eso me hace inmensamente feliz.
-No entiendo, según me has explicado, Dana tuvo que mandar a su hija con la abuela porque Manuel sentía celos.
-Es lo normal. La mayoría de nuestros protegidos son incapaces de aceptar que hayamos tenido un hijo suyo antes de conocerlos.
No le pude decir que pensaba lo mismo y menos que si aceptaba la presencia de Ana en casa, se debía exclusivamente a que la criatura no tenía culpa alguna. En vez de ello y no os preguntéis porqué le solté:
-No solo no la voy a echar, sino que, ya que te ha salido tan guapa, pienso tenerte siempre preñada. Siempre he deseado una prole numerosa y contigo la tendré.
Por algún motivo que no supe adivinar, Simona palideció al escucharme y sin aclararme el porqué, salió huyendo de mi lado.
«¿A esta qué le ocurre?», me pregunté.
Estuve tentado de seguirla, pero el delicioso olor que desprendía mi plato me hizo olvidar su disgusto y cortando un buen trozo, me lo metí en la boca.
«¡Qué delicia!», pensé, «pocas veces he comido algo tan suculento».
Simona ya me había demostrado con anterioridad sus dotes culinarias, pero con esa carne se había sacado una matrícula de honor y por ello, no me moví de mi silla hasta que dejé el plato completamente vacío.
-Estaba buenísimo- grité pensando que Simona estaba en la cocina.
Al no obtener respuesta, decidí darme el lujo de echarme la siesta. Cogiendo el cochecito y a Ana, me dirigí a mi cuarto. Tras colocar a la niña dentro, me tumbé en mi cama, totalmente satisfecho.
«Tengo que reconocer que no le puedo pedir más a la vida», recuerdo que pensé antes de quedarme dormido.
Debía llevar media hora descansando cuando entre sueños advertí que Simona se metía en mi cama. No me importó que llegara desnuda. Es más, pasando mi brazo por su cintura, la pegué a mí y seguí durmiendo.
-Mi señor- musitó dejándose abrazar.
Su cercanía me permitió dormir a pierna suelta. Con ella a mi lado, mi siesta se alargó hasta cerca de las seis. Al abrir los ojos, vi que Simona me estaba observando con una expresión llena de cariño.
-Hola preciosa- murmuré mientras me desperezaba.
Me regaló una sonrisa antes de preguntar si la podía ayudar con sus pechos. No hizo falta que le contestara, bajando por su cuerpo me apoderé de uno de sus pezones, el cual empezó a manar en cuanto sintió mis labios.
-Beba de su vaquita- gimió y acariciándome el pelo al sentir mis labios jugando en sus areolas, me soltó casi llorando un “te amo”.
-Yo también- contesté todavía medio dormido.
Mi respuesta la volvió loca y pegando un gemido buscó con sus manos mi pene mientras notaba que el caudal de su leche se incrementaba.
-No seas bruta- comenté impresionado por la urgencia con la que esa rumanita buscaba afianzar mi incipiente erección.
-Lo siento, mi señor, pero es que… – no pudo terminar.
Parando de mamar, le pregunté que le pasaba y ella, bajando la mirada, me respondió:
-… estoy hambrienta.
Que reconociera avergonzada lo mucho que me necesitaba, me hizo comprender que debía aprovechar esa oportunidad para saber más de ella y como si fuera algo irrelevante, le pedí que me explicara exactamente cómo se alimentaba.
Con un hilillo de voz, respondió:
-Cuando maduramos, las custodios dejamos de digerir la fructuosa de los alimentos y solo asimilamos la que proviene de los humanos.
– ¿Produzco fructuosa?
Señalando mi pene, contestó:
-Pocos lo saben, pero el semen es dulzón por la cantidad de fructuosa que contiene.
Si eran ciertas sus palabras, sufría un tipo de diabetes muy extraña, la cual en vez de inyectarse insulina le obligaba a obtener su chute de azúcar a través de mi polla.
-Toda tuya- le solté muerto de risa.
Incapaz de aguantar más tiempo sin su ración, buscó el bulto entre mis piernas y pegando un gemido, me bajó el calzoncillo para acto seguido sacar mi falo.
-Gracias- murmuró justo antes de comenzar a devorar mi pene.
– ¡Tranquila joder! ¡No voy a salir huyendo! – protesté inútilmente porque para entonces esa morena ya se lo había introducido hasta el fondo de su garganta.
A pesar de mis protestas, prosiguió con su mamada. Parecía que la vida le iba en ello y mientras yo intentaba apaciguarla, ella buscaba con un ardor incontestable el ordeñar mi miembro.
-Que rico está- escuche que decía mientras con una de sus manos sopesaba y estrujaba mis huevos, en un intento de acelerar mi placer.
-Como sigas así, ¡me voy a correr! – la alerté asumiendo la cercanía de ese clímax no buscado.
Mi aviso lejos de apaciguar el modo en que estaba mamando entre mis piernas, la azuzó y ya convertida en una hembra en celo, aceleró sus maniobras.
-Serás puta- mascullé dándola por imposible y empujando su cabeza hacia abajo, hundí mi verga por entero en su boca.
Simona estuvo a punto de vomitar por la presión que ejercí sobre su glotis, pero reteniendo las ganas, continuó con esa felación todavía más desesperada.
-No dejes que se desperdicie nada- ordené al sentir que estaba a punto.
Increíblemente, esa orden desencadenó en ella un frenesí brutal y llevando su mano hasta su sexo, empezó a masturbarse mientras esperaba con ansias la explosión de mi miembro dentro de su garganta. Reconozco que, para entonces, mis hormonas habían tomado el control de mi cuerpo y cogiéndola con mis manos, como un perturbado usé su boca como si de su coño se tratara.
Levantando y bajando la cabeza de la morena clavé repetidamente mi verga en su interior hasta que el cúmulo de sensaciones explosionó en su paladar.
– ¡Bébetelo todo! – exclamé al notar que era tanto el volumen de lefa que Simona tenía problemas para absorberlo.
Mi grito la excitó aún más y mientras se corría, puso todo su empeño en obedecerme. Durante unos segundos que me parecieron eternos, ordeñó sin pausa mi verga hasta que, ya convencida de haber cumplido mis deseos, levantando su mirada y sonriendo me soltó:
-Gracias por saciar mi hambre, mi señor.
-Si crees que me puedes dejar así, vas jodida. Ahora déjate de tonterías y dame tus pechos- respondí: – o tendré que darte una buena tunda para que aprendas quien manda.
Mientras en su rostro se iluminaba con una sonrisa, se puso en pie y dejando caer los tirantes de su vestido, me ofreció sus ubres como tributo…

CAPÍTULO 9

La entrega de Simona se iba incrementando por momentos. Ya no solo se mostraba dulce y atenta sino incluso con una extraña docilidad que nada tenía que ver con la muchacha que le había reclamado sexo en plan impertinente y es que, aunque seguía queriendo que la tomara a todas horas, su actitud había cambiado y en vez de exigir caricias, las daba buscando que de algún modo fueran recíprocas.
Un ejemplo de ello ocurrió esa misma noche cuando al terminar de cenar y viendo que me ponía a ver un partido en la televisión, la rumana se llevó a Ana a habitación para que no molestase. Eso puede sonar normal, pero lo que no lo es que, al volver al salón, esa cría se sentara a mi lado y se pusiera a ordeñar sus pechos mientras en la pantalla el Madrid ganaba dos cero.
Siendo un forofo, he de reconocer que no tardé en perder el interés por el partido y mientras Bale se ponía las botas gracias a la lentitud de la defensa rival, no pude más que quedarme observando como Simona rellenaba una botella con su leche.
– ¿Te duelen? – pregunté extrañado al ver que en ningún momento me pedía ayuda.
-No- contestó lacónicamente.
– ¿Entonces para qué los estás vaciando? – insistí viendo que, habiendo colmado ese recipiente, cogía otro igual.
Sonriendo, pero sin dejar de exprimirse las pechugas, se justificó diciendo:
-Mañana, mi señor trabaja y no quiero que al no tener a su vaquita cerca, pase hambre.
Juro que me hizo gracia que, según su modo de pensar, fuera lógico que me llevara un par de biberones a la oficina y no queriendo contrariarla, únicamente contesté que prefería tomarla de su envase original.
-Si quiere puedo pasarme por su empresa a darle de mamar- respondió con picardía.
Al escuchar esa insensatez, me imaginé colgado de sus pechos mientras dictaba una carta a mi secretaría y no pude más que excitarme.
-Tengo sed- comenté sabiendo que Simona buscaría rápidamente satisfacer mi capricho.
Tal y como anticipé, mi criada se sentó en mis rodillas poniendo sus pechos a mi disposición. Al tener esos hermosos cántaros desnudos a escasos centímetros de mi boca, ni siquiera lo dudé y abriendo mis labios, me puse a degustar del néctar que manaba de ellos mientras Simona comenzaba a gemir sin control.
Al saborear el dulzor de su leche, me dominó la excitación y llevando mis dedos hasta su sexo, descubrí que no era el único que necesitaba dar rienda a la pasión.
-Mi zorrita está bruta- comenté al encontrarme su coño totalmente anegado.
Simona confirmó ese extremo con su mano en mi bragueta:
– ¿Podría mi señor calmar el fuego de mi coño con su manguera? – susurró y antes que pudiese hacer algo por evitarlo, usó mi verga para empalarse mientras el caudal que brotaba de las espitas de sus pezones se incrementaba en plan salvaje.
Al no ser nuevo para mí ese fenómeno, me quedé con la boca abierta sabiendo que a mi criada le encantaba que lo hiciera porque así ella podía jugar a dirigir los blancos hilillos hacia mi garganta. Tal y como había previsto, Simona se ocupó de alimentarme con su leche mientras mi pene se hacía fuerte en su interior.
– ¡Como me gusta cuando mi dueño me usa! – exclamó dichosa acelerando el ritmo con el que se acuchillaba.
Al escuchar sus palabras, muerto de risa, repliqué:
– ¡No mientas! Yo no tengo la culpa de que seas una puta desorejada que no para de follar.
Asumiendo por mi tono que no estaba enfadado, la rumanita contestó con picardía que, si era mucho esfuerzo, para mí, el saciar su lujuria, me daba permiso para pedir ayuda a otras personas. Sé que estaba de broma, pero cogiendo su afirmación al vuelo, repliqué:
-Aunque no necesito tu permiso, lo tomaré en cuenta y si encuentro a alguien que sepa valorar en su justa medida el manjar que le ofreces, te lo haré saber.
Simona palideció al oírme. No era necesario ser muy inteligente para descubrir la amenaza que escondía ese comentario. Por eso, contestó reculando que yo era el único hombre con el que había estado, pero también con el único que iba a estar.
– ¿Quién habla de otro hombre? – respondí riendo: – ¡Me refería a una mujer!
Supo por mis carcajadas que llegado el caso no dudaría en compartir su leche con otra mujer y contra la idea preconcebida que tenía, esa idea no debía resultarle tan repugnante porque con un extraño fulgor en sus ojos, comentó:
-Conseguir su felicidad es mi destino.
Juro que me quedé alucinado al escucharla porque al no negarse de plano, implícitamente estaba aceptando que en un futuro hiciéramos un trio y más cuando justo en ese momento, la excitación acumulada hizo que dando un aullido de placer esa rumana se corriera. No queriendo ser menos, incrementé tanto la profundidad como el ritmo de mis penetraciones mientras el geiser en el que se había convertido su sexo empapaba mis muslos.
-Necesito su semilla- aulló descompuesta al experimentar un nuevo orgasmo.
Dejándome llevar, descargué mi simiente en su vagina mientras en el interior de mi mente crecía el interés por compartirla…