Como un cobarde salí huyendo. No pude soportar estar un minuto mas junto a ninguna de las dos al sentirme usado. Mejor dicho, ¡me sentía violado! Simona había tomado prestado supuestamente mis genes para engendrar a su bebé y de ser cierto, no se lo podía perdonar. Con su retoño me ocurría lo mismo, rehusaba ver en ella a mi hija.
«No es una niña sino un engendro», me repetía sin aceptar que fuera siquiera parte de mi sangre como tampoco de que formara parte de la raza humana. Estaba convencido que en realidad eran una especie parásita que vivía a expensas de la humanidad.
«Evolucionaron en paralelo con nosotros y si sus crías se parecen a los incautos que exprimen solo se debe a un mecanismo de defensa, ¡les hacen creer que son sus hijos!».
Cada vez mas indignado, estuve tentado de llamar a Manuel, pero deseché esa idea rápidamente porque mi amigo estaba absolutamente dominado por la arpía con la que se acostaba. En vez de eso, cuando más hundido estaba, me acordé de que una vieja conocida mía era una experta en leyendas medievales.
«Quizás María me pueda ayudar sin tenerle que aclarar todo», pensé mientras inconscientemente me dirigía a su barrio.

Con esa idea en mi cerebro, la llamé. Aunque llevábamos mas de un año sin hablar, ese cerebrito se alegró cuando la invité a desayunar.
―Te espero en el café Colón en quince minutos― le dije al aceptar calculando que ese era el tiempo que me tomaría el llegar.

El puñetero tráfico de Madrid me retrasó y por eso cuando al final aterricé en ese elegante local, descubrí que María ya me estaba esperando.
«Sigue igual de guapa», sentencié al observarla mientras me acercaba. Su pelo rubio, cortado a capas, sus grandes ojos azules y su menudo cuerpo hacían de ella un estupendo ejemplar de mujer que cualquier hombre estaría encantado de tener a su lado.
«Ya deben ser hace más de cinco años de esa tarde», pensé rememorando un breve escarceo, unos besos nada más, que habíamos compartido entre nosotros y que no habían llegado a nada más porque esa monada por entonces estaba dedicada al cien por cien a sus estudios.
Mientras mi mente seguía en ese verano, María advirtió mi llegada y con su dulce sonrisa de siempre, se levantó para saludarme:
―Juan, qué milagro que te acuerdes de mí. No sabes la ilusión que me ha hecho ver en la pantalla del móvil que eras tú quién me llamaba.
―Ya sabes que soy un desastre― respondí un tanto avergonzado y sin explicarle la razón por la que me urgía hablar con ella, me senté en su mesa.
Durante más de media hora, estuvimos poniéndonos al día de nuestras vidas. Durante el tiempo que llevábamos sin vernos, la habían ascendido, había escrito un par de ensayos y un libro, pero seguía sola. Juro que me sorprendió su tono triste al comentar esto último porque siempre había dado por hecho que su carrera era todo lo que la importaba.
―Lo siento, pero no te preocupes porque al final encontrarás alguien que te merezca― contesté dándole ánimos.
Fue entonces cuando me preguntó si yo tenía novia y al oír que seguía soltero, me pareció observar un hálito de esperanza en su mirada. Admitiendo que esa mujer siempre me había gustado, comprendí que en mis circunstancias no tenía sentido tontear con ella. Por ello pasando por alto el evidente interés que sentía por mí y casi a bocajarro, la pregunté que sabía de unos seres que se autodenominaban a ellos mismos “los ángeles custodios”.

― ¿Y cómo has oído hablar de ellas? ― preguntó con la mosca detrás de la oreja: ―Las Îngerul păzitor son una leyenda muy antigua y con poco predicamento actualmente.
Si le soltaba de golpe que tenía una de esas zorras en casa, me tomaría a loco o lo que es peor: se reiría de mí. Poniendo mis neuronas a trabajar busqué una excusa que resultara plausible y riendo contesté:
―Un amigo, que acaba de llegar de Rumanía, me comentó que mientras visitaba una aldea, se enteró que estaban inmersos en una especie de terror colectivo porque creían que algunos de esos bichos se habían infiltrado entre ellos.
― ¿Ese amigo no sería Manuel? ― respondió― Te lo digo porque hacer ya varios años, me hizo la misma pregunta.
Al no poderme echar atrás decidí, cargar las tintas sobre él para evitar que sospechara.
―Así es. El pobre está obsesionado, cree que una de sus amantes no es humana y cree que es un ángel custodio. Quiero saber de qué va su obsesión para ayudarlo.
Creyendo a medias mis motivos, contestó:
―Como le dije hace tiempo, de ser cierto que una păzitor le ha echado el ojo, no tiene por qué preocuparse ya que supuestamente, su protección suele acarrear el éxito personal y profesional de las personas de las que se alimentan.
― ¿Entonces son parásitos? ― casi gritando pregunté.
―En teoría, no. Se supone que ellas y los humanos son especies simbióticas y que cuando un ejemplar de păzitor une su destino con un hombre, ambos salen beneficiados. En el medievo se decía que incluso podía llegar a haber transferencia de material genético entre el ángel y su protegido.
―Según Manuel, las custodios son todas hembras, no existen machos.
Muerta de risa, contestó:
―Nunca he tenido una enfrente para comprobarlo, pero las leyendas se refieren siempre a mujeres.
Insistiendo sobre el mismo tema, dejé caer que, según Manuel, el ángel que le perseguía se alimentaba de su placer y en contraprestación ese ser le daba de mamar su leche.
―Hay varias versiones sobre ello, pero casi todas se centran en el sexo como nexo de unión entre los simbiontes y esa es una de ellas. La más extendida y romántica describe a las păzitor como unas benefactoras que se nutren de la felicidad de los hombres o mujeres a su cargo.
― ¿También se interrelacionan con mujeres? – pregunté.
―Es menos frecuente, pero hay historias en las que el protegido es del sexo femenino.
Disimulando mi interés, contesté:
― ¿Cómo es posible que alguien se crea es idiotez?
―Hoy en día menos, pero hace ciento cincuenta años un conde rumano llegó incluso a legislar prohibiendo la relación entre sus súbditos y los ángeles custodios, al sospechar que éstas se habían infiltrado en la corte.
― ¡Increíble! ― exclamé haciéndome el incrédulo― si realmente ese tipo hubiese querido descubrirlas, solo hubiera tenido que obligar a todas las sospechosas a comer en su presencia y aquella que no pudiera, la podía acusar de ser una păzitor.
A carcajada limpia, su amiga contestó:
―Aunque no lo creas, ni siquiera lo intentó. Por experiencia propia, el Conde Alexandrescu sostuvo siempre que comían igual que los humanos y que cuando se unían a un hombre lo que realmente buscaban, y eso era lo que las hacía tan peligrosas, era el poder.
―Ese hombre estaba paranoico― señalé.
―No te imaginas cuánto. Él era el menor de diez hermanos y sostenía que había llegado a heredar el condado porque su esposa era una de ellas y se había desembarazado de todos los que le precedían con artes oscuras.
Descojonado exteriormente, pero aterrorizado en mi interior, repliqué:
― ¿Me imagino que después de ese favor le cortó la cabeza?
―Para nada. Carol Alexandrescu amaba a su esposa, sus recelos iban en otro sentido. Temía que llegara otra más poderosa que ella y le matara.
No me preguntéis porqué, pero algo en esa historia me hizo recordar el éxito exponencial que habían tenido las empresas de Manuel durante los últimos años.
«¿Dana habrá tenido algo que ver?», me pregunté ya que nunca había entendido que trabajando tan poco sus inversiones fueran viento en popa.
Mi propio egoísmo vio en ello una excusa a la que aferrarse para perdonar a la preciosa rumana y reculando decidí dar por terminada esa conversación. Para ello, rememorando el rechazo de María al contacto físico y se me ocurrió coger su mano entre las mías mientras le decía:
―No comprendo porque hablamos de Manuel. Lo que deberíamos estar es decidiendo cuando quedamos a cenar.
María no se esperaba ese cambio de tercio y con las mejillas totalmente coloradas, murmuró:
―Hoy no puedo cenar porque he quedado con mis padres, pero si quieres puedo hacerte un hueco el miércoles.
Que respondiera afirmativamente a mi invitación, me sorprendió, pero no viendo motivo para no compartir mesa con esa monada quedé en que pasaría por ella, a los tres días.
No fue hasta que me senté frente al volante cuando pensé en qué diría Simona cuando se enterara.
«No es mi esposa, es solo la criada», de mala leche concluí arrancando el coche.

CAPÍTULO 7 

De camino a casa, estuve ordenando mentalmente toda la información que disponía. Según lo que María había dejado entrever me podía considerar afortunado porque teniendo a Simona a mi lado, las cosas al menos desde el punto de vista material me irían bien. Pero había una cosa que no me cuadraba: Manuel insistía en que Dana le tenía casi esclavizado y que era ella quien tenía el mando en su relación. En cambio, en el caso del conde rumano era diferente. Si había perseguido con saña a las demás custodios, se podía suponer que la suya nada pudo hacer por evitarlo y eso solo era posible si el noble no lo tenía subyugado.
Queriendo salir de dudas, al llegar, busqué a Simona. Sé que sonará mal, pero descubrir en sus ojos que había estado llorando me alegró porque eso me reafirmó la idea de que no era inevitable el convertirme en su perrito faldero.
Por ello, sin mencionar a María, le pedí que se acercara y tanteando el terreno, la besé. La rumana se derritió al sentir mis besos y pegándose a mí, me rogó que no la hiciera sufrir. Su respuesta me dio alas y separándome de ella, le pedí que trajera a su hija.
Por un momento Simona dudó en hacerme caso. La expresión de pavor de su rostro me hizo comprender que tenía miedo de que en mi cabreo le hiciera algo.
―Quiero conocerla. No voy a hacerle nada malo― recalqué viendo sus reticencias.
Mis palabras la tranquilizaron a medias, pero aun así cuando volvió con ella, la dejó en su cuna sin ponerla en mis brazos.
―Según dices es mi hija, cosa que dudo― comenté― para asegurarme que no es un monstruo, muéstramela sin ropa.
Me miró rabiosa pero no dijo nada y con el mimo de madre, le quitó el pijama rosa que la cubría. Desde un metro, estudié al engendro y no encontré en ella diferencia con un bebé cien por cien humano.
Me estaba acercando para contemplarla mejor, cuando sus brazos rollizos se alzaron hacia mí mientras sonreía.
―Nuestra hija sabe que eres su padre― comentó indignada la chavala.
No la contesté siquiera porque me había quedado hipnotizado con la alegría que mostraba su retoño al verme. Como movido por una fuerza sobrenatural, cogí a la cría entre mis brazos y le di un suave beso en su mejilla mientras preguntaba a Simona el nombre de la criatura.
―Se llama Ana― respondió sonriendo al ver la ternura con la que acariciaba a su retoño.
―Así se llamaba también mi madre― respondí confuso.
―Lo sé― y con un tono todavía molesto, me aclaró que había querido que nuestra hija llevara el nombre de su abuela.
Todavía no comprendo por qué no me enfado que se hubiese tomado la libertad de elegirlo. Quizás no me cabreé porque en ese preciso instante, la pequeña Ana se echó a reír. Sus risas, he de reconocer, provocaron en mí un sentimiento de felicidad que nunca había sentido y contagiado de su alegría, musité en su oído:
―Eres preciosa…― la sonrisa que floreció en Simona me hizo recular y mirando de reojo a la bruja que la había parido, proseguí diciendo: ―… aunque tu madre sea una zorra.
Mi improperio no tuvo el resultado deseado porque reafirmando su satisfacción, Simona me replicó:
―Sé que soy una zorra, pero no te olvides que soy tu zorra y que he nacido para hacerte feliz.
―Ya hablaremos de ello en otro momento, ahora quiero verla succionando de las ubres que tienes por tetas― contesté recalcando el desprecio que sentía por ella.
Con lágrimas en los ojos, Simona se desabrochó el vestido y cogiendo la niña, la acercó a su pecho. Como no podía ser de otra forma, Ana se abalanzó sobre la que era su fuente de alimentación y abriendo sus pequeños labios se puso a mamar de inmediato.
La escena, aun siendo natural, me dejó sin habla y con mis palpitaciones a mil por hora tuve que buscar asiento en una silla.
―Es maravilloso― murmuré impresionado al no poder retirar la vista del acto tan desconocido para mí que suponía que un bebé se alimentara de su madre.
Simona que no era tonta, advirtió en seguida mi cambio de humor y entonando una nana en su idioma natal, sonrió. Me quedé absorto admirando cómo Anita se aferraba a su pecho y con un sentimiento de culpa, deseé que fuese verdad que esa niña fuera mi hija.
Nada más pensar en ello, recordé que Manuel me había dicho que la hija de Dana había desaparecido a los tres meses de su vida y cabreado comprendí que no podía encariñarme de ella. Por ello cuando al cabo de diez minutos, el querubín dejó de mamar y su madre quiso devolvérmelo, me negué de plano.
― ¿Qué te pasa? ― como una magdalena lloró Simona al ver mi rechazo.
Sin cortarme un pelo, le expliqué los motivos por los que no quería tener más contacto que el necesario con su bebé. Sin dejar de sollozar, la rumanita me soltó:
―A Dana no le quedó más remedio que alejarla de su lado. Manuel se sentía celoso y no la quería en la casa que comparten.
― ¿No entiendo?
Tomando aire, Simona se explicó diciendo:
―Las Îngerul păzitor estamos obligadas a hacer feliz a nuestro hombre, aunque eso suponga rechazar nuestra propia naturaleza.
Esa afirmación me dejó pensando y tras acomodar mis ideas, caí en la cuenta de que eso era lo que había hecho la esposa del conde.
«¡Había preferido traicionar a las suyas antes que defraudar al hombre que le habían asignado!».
Confieso que, sin pensar en las consecuencias, respondí:
―No hará falta. Jamás podría separarte de ella. No soy tan malvado.
Al escuchar mi respuesta, la rumanita se lanzó a mis pies diciendo:
― ¿No te arrepentirás y con el tiempo la echaras de mi vida?
―Jamás― conmovido afirme: ―Siempre que me hagas feliz, tú y tu hija tendréis un sitio en mi casa.
Levantando su mirada, Simona contestó a mis palabras jurando que nunca tendría queja de ella. Pero entonces comportándome como un cretino, ordené a la muchacha que me cocinara un buen filete porque tenía hambre.
― ¿No prefieres saciarte con mi leche? ― preguntó confundida mientras ponía sus senos a mi disposición.
Soltando una carcajada, repliqué dejándola claro que no pensaba plegarme a sus deseos:
―Puede que luego…ahora quiero echarle el diente a un buen trozo de sanguinolenta carne.
―Si ese es tu deseo, así lo haré― dijo todavía perpleja del hecho que rehusara disfrutar de su néctar.
Descojonado al ver el disgusto que le producía que ingiriera algo a parte de su leche, le grité mientras desaparecía rumbo a la cocina:
―Ojo con quemarlo. Si no está bueno, no te tocaré en una semana.
Girándose, me sacó la lengua antes de contestar:
―Estará rico, pero no porque me amenaces. Tú serías el primero en no aguantar tanto sin follar.
― ¿Quién ha dicho que no follaría? ¡Hay otros coños en el mundo con los que disfrutar!
Su semblante mutó de repente y llena de celos, fue ella la que en ese momento me enseñó las uñas:
― Si te tiras a otra que no sea yo, te juro que la mato.
He de decir que la creí y recordando que había quedado con Maria, me quedé petrificado porque no en vano según la historia, la esposa del conde se había desecho de todos y cada uno de los pretendientes que precedían a su marido.
Tras la vacilación vino la furia y decidido a que esa mujer no controlara mi vida, la agarré del brazo y atrayéndola hacia mí, la puse sobre mis rodillas.
Simona creyó erróneamente que quería amarla y por ello buscó mis besos, pero en vez de cariño lo que se encontró fue que, dándole la vuelta, la empezara a azotar el trasero mientras le decía que fuera la última vez que me amenazaba.
―Eres mío y de nadie más― protestó sin que todavía el correctivo hubiese hecho mella en su insolencia.
Sabiendo que para ella era inconcebible que su hombre necesitara otra mujer que lo satisficiera teniéndola a ella, comprendí que debía darle una lección. Levantando su falda, le quité las bragas y antes que pudiese hacer algo por evitarlo, regalé en sus nalgas desnudas un fuerte manotazo.
― ¿Por qué me pegas? ― chilló enfadada.
Usando sus propias palabras contesté:
―Una Îngerul păzitor se debe rendir a los deseos de su protegido. Si me apetece follar con otra, lo haré y tú no dirás nada.
Al oír esa afirmación, Simona se quedó callada durante unos segundos. Tras lo cual, mirándome a los ojos, musitó:
―Mi señor tiene razón, me merezco un castigo.
Sin dar crédito a su cambio de opinión, descargué sobre su culo una serie de dolorosos azotes. Azotes que al principio la rumana recibió sin quejarse, pero tras la media docena, algo en ella hizo cortocircuito y de improviso empezó a disfrutar. La primera señal que advertí fue que la leche que empezó a manar de sus pechos, pero lo que realmente me confirmó que ese trato la había puesto cachonda fue escuchar los gemidos de placer que salían de su garganta cada vez que mi palma golpeaba su trasero.
―Sigue, por favor – me rogó al notar que había dejado de castigarla: ― ¡Hazme saber quién manda!
Su plegaria me recordó lo mucho que había disfrutado anteriormente con el sexo duro y mientras bajo mi pantalón crecía mi apetito, reinicié la tunda. Sin ocultar el gozo que recorría su cuerpo con esas nalgadas, Simona comenzó a mover sus caderas como si estuviese follando.
― ¿Te gusta que te trate así? ― pregunté excitado.
― ¡Sí! Mi señor. ¡Todo lo que tú me haces me encanta! ― chilló desaforada.
Ni siquiera lo pensé y levantándola de mis rodillas, la coloqué de pie apoyándola sobre la mesa, para acto seguido sin mayor prolegómeno, hundir mi pene en ella.
― ¡Dios! ¡Cómo me gusta! ― rugió al sentir que estaba tomando al asalto su vagina.
La humedad de su coño me permitió acelerar el ritmo con el que la penetraba y usando su negra melena a modo de tiendas, empecé a cabalgar sobre ella. Mi montura sollozó de placer al sentir las cuchilladas en su interior y ya presa de una lujuria sin par, me imploró que la marcara.
Sabiendo por experiencia que, si lo hacía, esa zorrita se iba a correr, no la hice caso. Aumentando la profundidad de mis embestidas seguí machacando su sexo mientras esperaba que mi cuerpo me informara que no podía más.
― ¡Márcame! ¡Necesito sentirme tuya! – insistió dando un aullido.
Inexplicablemente, su entrega azuzó mi lujuria y sintiendo que mi pene estaba a punto de explotar, acerqué mi boca hasta su cuello. Como las dos veces anteriores, mi criada al observar que estaba a punto de morderla se quedó inmóvil.
Esa postura me recordó el comportamiento de los lobos mostrando sumisión al macho alfa de la manada y saber que Simona me estaba ofreciendo su pescuezo como muestra de entrega, me terminó de convencer y cerré mi mandíbula sobre los músculos de su cuello.
― ¡Me corro! ― chilló al sentir mis dientes dañando su piel.
Mi eyaculación coincidió con su debacle y mientras su coño se desbordaba de placer, derramé mi simiente en su interior.
― ¡Dame tu semen! ― gritó ansiosa al notar que bañaba su vagina.
― ¡Tómalo! ― contesté acentuando mi dominio sobre ella agarrándome a sus pechos.
Si de por sí, sus ubres eran dos grifos, al sentir mis manos sobre ellas, se convirtieron en dos copiosos manantiales de los que no dejaba de manar su blanca leche.
― ¡Qué feliz soy siendo tu puta! ― alcanzó a pronunciar antes de caer agotada sobre la mesa.
Impresionado por el significado de su ultimo berrido, la cogí entre mis brazos y suavemente la deposité en el sofá mientras en lo más profundo de mi mente iba floreciendo la certeza que de algún modo el carácter y los gustos de las ángeles custodios iban mutando en función de sus protegidos.
Os juro que estaba sintiendo pena por ella al contemplar que le había puesto el trasero totalmente colorado, pero de pronto me asaltó una nueva duda al no reconocer en mí al dominante que la había maltratado de esa forma:
«¿Quién está cambiando? ¿Ella o yo?».