CAPÍTULO 18

Tumbado boca arriba, descansé del esfuerzo realizado mientras asimilaba todo lo que había ocurrido esa noche. Y rememorando la conversación con Oana, concluí que no podía quejarme de que esas mujeres hubiesen decidido nombrarme creador de una nueva rama de custodios.

―Amo, necesito contarle algo― me dijo Mihaela sacándome de mi ensimismamiento.

Iba a contestarle que me dejara descansar, cuando sonó el timbre de la casa. La rubia me contó que debía ser el chofer de Oana que me traía un regalo.

― ¿Sabes qué es? ― pregunté.

Sonriendo contestó que era una sorpresa, pero que estaba segura de que me iba a gustar.

―Pues entonces, dile que lo suba hasta aquí.

Mientras esperaba el presente, pregunté a María si quería aprovechar para hacerme una mamada. Vorazmente, se aplicó a cumplir mi orden, y con su lengua retiró todos los restos que había en mi pene. Cumpliendo un doble propósito, limpiarlo, pero sobre todo prepararlo por si caía la breva y lo usaba en ella. Cuando tocaron en la puerta, pedí a Simona y a Maria que se taparan, porque no en vano siempre había sido un celoso y no quería que el chofer de esa mujer las viera desnudas.

El tipo apareció con una caja enorme de más de un metro y medio de altura en una carretilla, y tras saludarme, puso en mis manos una bolsa con ropa.

―Mi jefa me ha dicho que disfrute del regalo― y guiñándome un ojo, salió de la habitación.

Examinando la caja sin abrirla, no pude adivinar qué era lo que contenía. Ni siquiera su tamaño enorme me daba pistas de lo que había en su interior.

―La ropa es para Simona― comentó desde los pies de la cama la custodio rubia.

La rumana me miró sin saber qué decir ni qué hacer.

―No preguntes y ponte esto―, le ordené lanzándola.

Cogiéndola en vuelo, se fue al baño. Aprovechando su ausencia me tumbé en la cama a esperar que saliera y mientras tanto, seguí preguntando a Mihaela sobre la naturaleza del regalo, pero por mucho que lo intenté no conseguí que soltara prenda. Simona tardó bastante en cambiarse. Pero no pude quejarme porque, al aparecer en el cuarto, venía hecha una diosa.

Ataviada con un corsé negro de látex que no le tapaba los pezones pero que levantaba sus pechos, dándole con ello un aspecto sensual. Viendo que en sus manos llevaba una fusta y collar de cuero, le pregunté a qué se debía ese disfraz de Dominatrix. Sacando un papel, leyó en voz alta:

―Querida Simona, considera estos presentes como tus regalos de boda. Esperamos grandes cosas de tu hombre y por ello hemos preferido que seas tú quien decidas que hacer.

Sin saber exactamente lo que ocurría pidió a Mihaela que abriera la caja.

Al ser de cartón, le resultó sencillo desmontarla.

― ¿Quién es esta mujer? ―, me preguntó mosqueada al ver que el regalo era una pelirroja casi desnuda y vestida únicamente con un body blanco transparente.

―Te presento a Cristina, mi secretaria― respondí.

― ¿Qué hace aquí? ¿Te la andas tirando? ― llena de celos preguntó tirándola del pelo.

Cristina no siquiera pudo quejarse, ya que siguiendo las instrucciones de Oana, su chofer le había colocado una mordaza. Eso y la oscuridad en la que se había mantenido, la habían dejado casi en un estado de shock. Por ello cuando Mihaela la sacó de la caja, dejándola de pie en medio de la habitación, se quedó llorando sin moverse.

Tratando de aminorar su cabreo, empecé a explicarle que la pelirroja era inocente y que si se había acostado conmigo había sido por accidente, pero ella me interrumpió diciendo:

―Pobre, ¿tropezó y cayó entre tus piernas?

―Parecido… y aunque no te joda, ¡fue culpa tuya! ― como para entonces los ojos de la rumana rezumaban llenos de ira, preferí no alargar el tema y le conté que viendo en mi nevera de la oficina dos botellas llenas de leche, Cristina se las bebió sin saber que eran: ―Cómo iba a saber que me las habías dado y que esa mañana te habías ordeñado para que no pasase hambre.

Mientras decidía qué hacer, Simona usó la fusta para recorrer el cuerpo de mi secretaria antes de preguntar:

―Puta, ¿es eso verdad?

María le quitó por la mordaza para permitirle hablar.

―Sí, señora― respondió temblando la pelirroja: ―Llevo enamorada de mi jefe años, pero nunca me había acostado con él. Pero después de beber su leche, nada pude hacer por contenerme. Estaba demasiado cachonda.

Me preocupó observar que Simona no dejaba de acariciar los pechos de la muchacha con esa fusta y que mientras ella contestaba, incrementaba su turbación jugando con sus pezones.

― ¿Te gustó mi leche? ― insistió la morena y aprovechando que los botones se le habían puesto duros con el contacto, se los pellizcó cruelmente.

Su víctima asintió con la cabeza.

―Ponte a cuatro patas, mientras pienso qué hacer contigo ― ordenó asumiendo el control.

Creyendo por la fama sangrienta de los antepasados de su captora que su destino dependía de su rapidez en obedecer, Cristina adoptó la posición que le había ordenado y con un nerviosismo notable esperó su decisión. Nada más hacerlo, experimentó la áspera caricia de la fusta en su trasero.

―Abre las piernas.

Al detectar un extraño brillo en su mirada, me sorprendió descubrir que contra todo pronóstico a la rumana le estaba resultando excitante tener a su disposición un cuerpo tan perfecto como el de la pelirroja. Y más cuando sin darle tiempo a acomodarse, usó la punta de la herramienta para recorrer con el canal que formaba sus cachetes.

―Creo que voy a jugar un rato contigo― Simona comentó descojonada al tiempo que separaba el delgado hilo del tanga e introducía la cabeza de la fusta en el interior de la cueva de su cautiva.

Cristina se estremeció al sentir esa invasión, pero lejos de retirarse, sus caderas adquirieron vida propia moviéndose como si quisiera disfrutar de la penetración.

―Serás zorra― le recriminó al ver el efecto que sus maniobras tenían en la pelirroja.

Tras lo cual y sin sacar el instrumento del sexo de la muchacha, empezó a azotarla con la mano. He de confesar que no me atreví a salir en defensa de mi secretaria, temiendo incrementar los celos de la rumana. Quizás por ello el castigo se prolongó durante unos minutos. Minutos que se me hicieron eternos al comprobar que mientras Simona seguía masturbando y azotando a la pelirroja, esta se estaba viendo afectada e incomprensiblemente le estaba gustando.

―Ama, su nueva guarra está a punto de correrse― le avisó Mihaela.

Al comprobar que era cierto, Simona paró de torturarla y tirando de su rojiza melena, la besó.

«Joder», murmuré para mí al ver el modo tan posesivo con el que la tomaba de la cabeza y con su lengua la obligaba a abrir la boca, «está desatada».

Acababa de pensarlo cuando de pronto escuché que, mordiéndole los labios, le decía:

― ¿Quieres vivir?

Cristina asintió sin atreverse a discutir.

―Cómeme.

Mi secretaria se quedó helada e intentó buscar mi ayuda porque no en vano jamás había estado con una mujer. Al comprobar que no hacía nada por auxiliarla, metió la cara entre los muslos de Simona.

La satisfacción que alcancé a leer en la cara de esa morena al sentir la boca de mi secretaria acercándose a su sexo me excitó, pero aun más escuchar que empezaba a gemir. Sin cortarse disfrutó como loca cuando la lengua de se aproximaba a sus pliegues, pero fue al sentir la calidez del aliento de la muchacha sobre su pubis, cuando ya no se pudo resistir más y agarrándola del pelo, le obligó a apoderarse de su clítoris.

―No pares hasta que me corra.

Su falta de experiencia en comer coños no fue óbice para que se esmerara y desde nuestra posición, tanto María, como Mihaela, fueron testigos del modo tan sensual con el que la pelirroja separaba los labios de la rumana mientras con la otra mano, la masturbaba estimulando su erecto botón.

―Alberto, ¿a qué esperas? ¡Ayúdame con esta zorra! ― chilló Simona dominada por la lujuria.

No necesitó insistir. Caliente como un mandril en época de celo, me quité la ropa mientras aprovechaba a ponerme detrás de mi secretaria.

«Está buenísima», me dije. Observándola desde ese ángulo mientras le practicaba el oral a María, su culo parado era una tentación imposible de resistir. A pesar de ello, preferí que reservarlo y sin esperar nada más, coloqué mi verga en su coño y de un solo empujón, introduje mi miembro dentro de ella.

Cristina chilló al verse empalada y más cuando notó que machacaba la pared de su vagina con mi pene, pero no por ello dejó de mamar del coño de Simona.

―No te quejarás― comenté a mi rumana al ver que la pelirroja se multiplicaba y que además de usar la lengua para darle placer, estaba usando sus manos para pellizcarle los pezones.

Sabiendo que cuanto más satisfecha estuviera menos dura sería con mi secretaria, pedí a María y a Mihaela que me ayudaran con ella, asumiendo que entre los cuatro no tardaríamos en conseguir que la custodio se corriera. Lo que no me esperaba fue que mientras la sumisa se lanzaba en tromba a mamar de los pechos de Simona, mi amiga hiciera lo propio con los de Cristina.

― ¡Diós! ¡Cómo me gusta! ― aulló la pelirroja con creciente lujuria al sentir los dientes de la rubia en sus pezones.

Mi fiel ayudante de tantos años fue la primera en correrse, anunciando a los cuatro vientos su placer. Reconozco que me agrado comprobar que, a pesar de haber sido obligada, estaba disfrutando de su primera vez con la que esperaba que fuera su familia y por ello, sonreí al notar que todavía le quedaba energía para mover sus caderas, buscando mi placer.

Estaba a punto de acompañarla cuando caí en la cuenta de que no debía hacerlo. Por ello, cambiando de objetivo, me salí de ella y sustituyéndola, acuchillé con mi pene el interior de Simona. La custodio no se esperaba mi intrusión y por ello me costó hundirme en ella. Aun así, lo gozó y tras tres o cuatro incursiones, coloqué sus piernas sobre mis hombros.

La nueva postura la volvió loca y al notar su cueva totalmente invadida, su cuerpo colapsó:

― ¡Gracias mi amor! ¡Te necesitaba! – reconoció mientras un poderoso orgasmo recorría su ser.

En cuanto noté su clímax, me dejé llevar y derramándome en su interior, nuestros flujos se mezclaron al ritmo de nuestro placer. Agotado, me tumbé junto a ella en la cama. Al recibirme entre sus brazos, me comentó que por culpa de mi insaciable lujuria no solo tendríamos que cambiar de cama sino de casa.

―No te entiendo― susurré en su oído mientras la besaba.

Con tono pícaro, me respondió: ―Por ahora me has traído solo dos mujeres, pero sabiendo como te miraban el resto de las hembras en la fiesta, no me extrañaría que al final sean una docena, las putas que tenga que alimentar.

Agradecí su compresión besándola y ella me estaba devolviendo con pasión mis caricias cuando escuchamos a Cristina preguntar:

―Señora, ¿puedo suponer que me ha aceptado como su protegida?

Con una carcajada, Simona la llamó a unírsenos sobre las sábanas.

― ¡Qué razón tienes! ¡Necesitamos un colchón más grande! ― comenté al ver que, imitando a la pelirroja, Mihaela y María buscaban su sitio entre nosotros…

FIN