Al llegar a casa, Simona y María me sorprenden con una fiesta. Al preguntar el motivo, me doy cuenta que es una encerrona y mi criada al intentarme calmar, sin querer me entrega su prosesión mas querida.. EL CULETE
Al llegar a casa me encontré con Simona y María charlando animadamente en el salón sobre el puesto de trabajo que le habían ofrecido a esta última. Como observador imparcial, me percaté de una sutil diferencia en cómo se habían tomado cada una esa oferta. Mientras el rostro de mi amiga era todo alegría, el de la rumana destilaba orgullo.
-Salgamos a celebrarlo- comenté encantado al ver confirmada el vaticinio de la rubia respecto a las custodios y su influencia en el éxito económico de las personas bajo su cuidado.
-Mi señor, nos hemos adelantado y hemos organizado una fiesta- contestó Simona con una singular sonrisa en su boca.
No tuve que devanarme mucho los sesos para comprender que esa “celebración” encerraba una motivación extra y por ello pregunté a quién habían invitado.
-Vendrán una docena de amigos- dejó caer María.
Que descaradamente ocultara la identidad de los asistentes redobló mis sospechas y nuevamente las interrogué por ellos.
Viendo mi insistencia, Simona decidió que de nada servía seguir ocultándomelo y con voz temblorosa, respondió:
-Hemos pensado que ya es hora de que conozcas a las Îngerul păzitor que viven en Madrid y a sus parejas. Llegarán en tres cuartos de hora.
Casi me caigo de culo al escuchar que tendría que enfrentarme a un nutrido grupo de esas brujas en pocos minutos. Sin tiempo de prepararme mentalmente a su escrutinio, le pregunté el motivo de tanta urgencia.
-Mis hermanas quieren conocerte porque no entienden que hayamos decidido ampliar nuestra familia con otras mujeres.
– ¿Hemos decidido? – pregunté porque al fin y al cabo había sido ella quien había tomado esa decisión. Que yo estuviera de acuerdo, era otra cosa.
Colorada hasta decir basta, miró a María pidiendo ayuda y está usando sus conocimientos sobre ellas, contestó:
-Les sorprende que no sientas celos al no ser el único que disfruta de su esencia. Por lo que yo sé, se han dado pocos casos en la historia en los que una custodio da de mamar a más de uno. Lo normal es que se ocupen solo de alimentar al humano que tenían asignado y no que aumente a discreción el número de las personas a las que da de comer.
Todavía no comprendo que fue lo que levantó mis suspicacias, pero, uniendo esa información al color rojizo de las mejillas de Simona, comprendí que había algo raro y por ello insistí en el tema:
-Por tus palabras, no soy yo quien te ha invitado a mi cama, sino ella.
María contestó:
-Así es. Según su mentalidad, el que tú y yo nos acostemos no es importante. Lo verdaderamente extraño es que ella y yo lo hagamos.
-No entiendo, ¿por qué es tan extraño? – repliqué.
Sin darse cuenta de que con ello traicionaba a Simona, respondió:
-Piensa que, para las custodios, el sexo es el medio por el cual consiguen la fructuosa que necesitan y no un fin en sí mismo. Como yo no produzco semen, no tiene sentido que se acueste conmigo y si lo hace es porque le compensa de otra forma.
De reojo comprobé que la morena era incapaz de mirarnos a la cara y no queriendo prolongar su angustia, le pregunté por qué lo hacía.
Roja como un semáforo, Simona contestó:
-Junto a ti he descubierto que María me puede dar placer y como a ti no te importa el compartirla conmigo, lo aprovecho.
Durante unos segundos me quedé rumiando esa revelación. Mi silencio la preocupó, temiéndose que me cabreara al enterarme que me había tomado el pelo cuando me aseguró la razón de aceptar a la rubia era que se quedara preñada para darme hijos.
«Es más puta de lo que suponía», pensé muerto de risa. Sabiendo que, si exteriorizaba cabreo Simona que me debería una, cogí mis cosas y sin mirarla, salí rumbo a mi habitación.
Tal y como había previsto la rumana se creyó mi enfado y más preocupada de lo normal me siguió por el pasillo pidiéndome perdón. Ya en el cuarto, aproveché su insistencia para preguntarla qué era lo que quería que dijera a las otras custodios.
-No entiendo- contestó.
Soltando una carcajada, le solté:
-Supongo que no te interesa que les diga que su hermanita es una zorra a la que le gusta el sexo en todas sus variantes, ni que me has engañado para conseguir que María te coma el coño.
Colorada hasta decir basta, se defendió diciendo que la culpa era mía porque su primer impulso había sido eliminarla pero que no lo había hecho para no herirme. Su desfachatez al negarse a aceptar que su lujuria había tenido también mucho que ver, me indignó y acercándome a ella, la susurré:
– ¿Acaso no te apetece que beneficiártela otra vez? ¡No me jodas! ¡Estás deseando sentir sus labios mamando de ti!
Esa imagen causó que sus pezones la delataran y por ello, no pudo decir nada cuando riendo le saqué los pechos del vestido y llamé a la rubia para que me ayudara. María al entrar y ver sus pitones en plena efervescencia, no se lo pensó y se metió el más cercano en la boca.
El gemido de placer que brotó de su garganta me confirmó su calentura y aprovechando su naturaleza libidinosa, comencé a acariciarla mientras le decía lo mucho que me gustaba que fuera tan puta y que jamás cambiara.
– ¡No seas malo! – protestó con poca convicción al sentir mis manos acercándose a su pubis.
La humedad que descubrí entre sus pliegues me permitió bajarle las bragas sin sentir ningún remordimiento y mientras azuzaba a la rubia a que siguiera ordeñándola, comencé a masturbarla con mis yemas.
– ¡Para! ¡Por favor! – chilló presa de una intensa excitación al tiempo que involuntariamente movía sus caderas al ritmo de mis caricias.
Aumentando la calentura de la morena, María le regaló sendos pellizcos en sus pezones mientras le comentaba que ya era adicta a su leche.
Simona se derrumbó al notar la acción de los dedos de la rubia sobre sus areolas y descompuesta, gimió de deseo. Al escuchar su gozo, la rubia se vio autorizada a apoderarse de las mismas con su lengua y recorriendo los bordes rosados de los botones de la morena, los amasó sensualmente entre sus palmas.
-Dejadme- suspiró la custodio mientras intentaba parecer fría ante ese ataque.
Si pensaba que ese ruego le iba a servir de algo, se equivocó porque María hizo caso omiso y de un empujón, la sentó sobre la cama.
-Abre las piernas. Quiero que nuestro hombre disfrute de la visión de tu coño mientras te lo como- le ordenó mientras metía la cabeza entre sus piernas.
Desde mi posición, pude observar que la rumana estaba totalmente excitada y que además de tener los pezones erectos, una densa humedad estaba haciendo aparición en los hinchados pliegues de su sexo. María disfrutando de la entrega que estaba demostrando la custodio, le separó las rodillas y sacando la lengua empezó a recorrer sus pliegues.
-Ahhh- suspiró ésta luchando contra el deseo.
Fijándose en su cara, descubrió que de sus ojos brotaban unas lágrimas y lejos de apiadarse, metió dos dedos en el interior del despoblado coño de su víctima, la cual empezó a retorcerse buscando su propio placer.
-Disfruta, putita nuestra- le dijo la ratita de biblioteca mientras torturaba los erizados pezones de Simona con sus dedos, – ¿te gusta? ¿Verdad? – gritó llena de satisfacción al comprobar que el sexo de la morena aceptaba con facilidad dos de ellos en su interior.
A pesar de su acoso, la morena no intentó huir y aprovechándose de ello, la rubia la giró sobre la cama. Juro que en un principio no supe que era lo que se proponía y menos que la custodio iba a estar de acuerdo. Por eso estaba mirándolas anonadado cuando observé que esas dos guarras me sonreían.
«¿Qué estarán tramando?», me pregunté.
No tardé en descubrirlo porque sin necesidad de que recibir una orden, Simona usó sus manos para separarse las nalgas mientras María recogía parte del flujo que destilaba con las manos y sin mediar palabra alguna, lo usaba para untarle el ojete.
– ¿Te gustaría romper este culete? – preguntó sin darle opción.
La custodio quiso protestar, pero la rubia cortó de cuajo su protesta con un duro pellizco en una de sus tetas. Bien pude haberla defendido pero esa inesperada violencia me excitó y sacando mi pene del encierro, forcé con él la entrada trasera de la mujer.
– ¡Dios! – aulló al sentir su ojete avasallado.
María disfrutó al comprobar la cara de sufrimiento de la morena y tras un minuto sin hacer otra cosa que mirar cómo le daba por culo, se acercó a mí y poniéndose a mi espalda, introdujo una de sus yemas en mi interior.
– ¿Qué haces? – gruñí sorprendido.
Nunca nadie había hollado ese agujero por lo que al descubrir que era virgen, esa zorra se descojonó de mí y se dedicó a jugar con mi ojete. Contra toda lógica, ese juego me calentó y reiniciando con mayor énfasis mi ataque, seguí machacando el trasero de esa criatura.
Simona, que no sabía nada de lo que la putilla de pelo rubio estaba haciendo en el ano de su protegido, recibió con gozo ese renovado asalto y con la respiración entrecortada, nos informó que estaba a punto de correrse.
Encantado con el resultado que estaba teniendo mi ataque, volví a penetrarla mientras de reojo veía a María masturbándose con la escena.
– ¡Se está desperdiciando mi leche! – protestó la morena al ver que nadie se ocupaba de los chorros que manaban de sus pechos.
Con mi pene campeando en el interior de su culo, no podía ocuparme de ellos y por eso pedí ayuda a la amiga que se había convertido en nuestra amante.
-Ordéñale las ubres a nuestra vaquita.
Ni que decir tiene que María se lanzó sobre las tetas de la rumana de inmediato como tampoco que ésta, al sentir nuestro ataque combinado, no pudo evitar pegar un grito de satisfacción. Grito que se convirtió en un alarido de placer cuando, buscando un punto de apoyo, me agarré a los dos enormes melones que la naturaleza le había dado.
Ese nuevo amarre, me permitió acelerar más si cabe las penetraciones y con mis huevos rebotando contra su sexo, me lancé a un desenfrenado galope. Simona, por su parte, se mostraba encantada con servirme de montura y no paró de disfrutar con el modo en que mi glande chocaba con la pared de su vagina. Pero fue al sentir que estaba a punto de derramar mi simiente dentro de sus intestinos cuando le mordí el cuello.
Su absoluta entrega le hizo pedir que nunca la dejara de follar así y eso el empujón que le faltaba a mi pene para reventar y esta vez, fui yo quien rugió de placer. Al advertir mi orgasmo, se desplomó en la cama mientras todo su cuerpo no dejaba de agitarse con los últimos estertores de su rendición.
Al sacar mi miembro de su interior, María tomó mi lugar y como posesa, se dedicó a recolectar la producción de mis huevos con la que había llenado el culo de la morena. Esa mamada inesperada, prolongó el éxtasis de Simona hasta límites nunca sospechados y todavía más cuando tras una serie de orgasmos consecutivos, la rubia derramó en su boca mi semilla.
-Bebe mi amor, tú lo necesitas más que yo- escuché que le decía uniendo sus labios a los de la custodio.
En ese preciso instante comprendí que ambas habían interiorizado su papel en nuestra relación y que mientras María, al conocer que la única forma que tenía Simona de asimilar fructuosa era a través de mi semen, lo había recogido para así evitar que se desperdiciara, la rumana había aceptado ese regalo como algo natural.
«Son un equipo», sentencié todavía más preocupado al comprender que, llegado el caso, las dos deberían aceptar a Cristina….