REGALOS
Continuación basada en el relato original de Alphax: Regalos. Por supuesto es conveniente leerlo antes de leer esta historia. 
Por Sigma
Parte 4: Ingrid
Atardecía cuando Lilian salió de su lujoso automóvil y caminó con seguridad hasta la puerta de la bonita casa de suburbios, sabía que lucía espectacular… no por su traje sastre negro a la medida, ni por su magnífica figura, su piel bronceada o su estatura y ojos color verde, lo sabía por la forma en que los vecinos la miraban, los hombres con deseo, las mujeres con envidia.
Tocó el timbre una vez y en segundos una versión más joven, rubia y menos formal de Lilian abrió la puerta, llevaba un primaveral vestido azul hasta las rodillas y sonrió al darle un abrazo.
– ¡Lilian! -exclamó entusiasmada la mujer con una sonrisa de pura alegría.
– ¡Linda hermanita! -le correspondió la castaña alegremente.
Entre risas entraron en la casa y empezaron a platicar mientras tomaban una copa de vino.
– Pues ya no he sabido nada de él -dijo suspirando la hermana menor de Lilian luego de un rato.
– Oh… lo siento mucho Beth…
-Está bien… estamos mejor sin Alan…
– ¿Y dónde está mi sobrino?
– No debe de tardar, fue a hacer bicicleta… debería llegar muy pronto.
– Muy bien… ¿Nos disculpas Beth? Cuando llegue quisiera hablar con él un momento… a solas…
– Oh, no seas así, yo también quiero estar presente en la platica…
– Vamos no seas necia…
– Pero… -empezó a decir a la vez que arrugaba el entrecejo como dudando o recuperando un recuerdo perdido.
– Mi querida Beth -dijo cariñosamente la castaña mientras sacaba un teléfono inteligente de su bolso- vas a subir a tu cuarto, te vas a encerrar y te pasarás un rato delicioso con tu nuevo… novio.
Entonces oprimió un botón del programa de su teléfono y Beth se tensó mientras se agarraba a los reposabrazos y sus ojos se abrían por la sorpresa… y el placer.
-¡Oooohhh…! -gimió para luego retorcerse y con manos temblorosas levantó el borde de su vestido para ver su asaltada entrepierna- ¿Pero que… es… aaahhh… eso?
                                                                                                               Unas extrañas pantaletas negras brillantes cubrían su sexo… intentó quitárselas pero parecían parte de su piel… y la estaban enloqueciendo. Mientras gemía desabrochó los primeros botones de su vestido y debajo del femenino cuello de la prenda se asomó una delgada gargantilla negra intrincadamente grabada.
Finalmente, siguiendo un irresistible mandato, se levantó… gruñendo, gimiendo, con una mano acariciando sus senos y la otra revolviendo su cabello, se fue caminando torpemente hasta las escaleras y las subió lentamente hasta desaparecer en el piso superior.
Lilian saboreó otra copa de vino mientras activaba nuevas instrucciones para Beth en su celular, sonriendo con malicia de vez en cuando.
– Jeje… vas a disfrutar mucho esta combinación hermanita… -susurró mientras daba inicio al ciclo de placer- y gracias al collar de la obediencia en dos horas no recordarás la sesión… como siempre.
En ese momento se escuchó la puerta del garaje abriéndose.
– Oh, creo que ya llegó mi sobrino favorito… -pensó Lilian mientras se acomodaba en el sofá e instantes después entraba el joven por la puerta- Hola sobrinito.
– ¡Tía Lili! -exclamó el joven feliz y sorprendido antes de darle un fuerte abrazo a la mujer que le correspondió encantada.
– ¿Cómo estás Daniel?
– Genial… mejor que nunca.
– ¿En serio? Cuéntame…
– Bueno… no sé si debería… ¿Y mamá? -dijo el joven mientras buscaba con la mirada por la sala.
– Oh… se subió a tomar un merecido descanso… yo le dije que te cuidaría… así que puedes contarme lo que quieras, ya sabes que soy una tumba…
– Uf… tía Lili no se si atreverme… -le dijo mientras se sentaba junto a ella.
– Tú siempre me has podido contar todo ¿No? Tus sueños, tus ilusiones, tu primer beso…
– Si, lo sé, pero esto es demasiado… no sé por dónde empezar…
– Puedes empezar por decirme que pasó… y debe ser algo grande para que
estés tan nervioso…
– Pues sí, algo así…
– No me imagino que puede ponerte así, excepto… no, no me digas que… -Lilian miró a su sobrino y este asintió tímidamente- ¡Lo hiciste… tuviste relaciones…!
– ¡Siii! -exclamó levantando los brazos.
– Pero ¿Cómo, dónde, con quién? No me dirás que fue con tu vecina… la doctora esa que tanto te gusta…
Daniel se sonrojó claramente.
– ¿En verdad? -dijo la mujer fingiendo sorpresa, estaba segura que su sobrino debió disfrutar maravillosamente de la doctora, lo sabía por experiencia…- Vaya, tendrás que contármelo todo…
El joven sonrió y empezó a hablar entusiasmado.
Un piso más arriba Beth yacía en su cama, gimiendo de placer, subiendo y bajando sus caderas al ritmo de las condenadas Pantaletas del Placer que ahora la dominaban… con manos temblorosa se sujetaba a los bordes de la cabecera mientras se retorcía, se tensaba y se escogía de absoluto gozo enloquecido.
– ¡Aaahhh… nnngghh…! -gemía suavemente, deseaba gritar pero el collar lo impedía.  El descontrol, el placer y la vista de las pantaletas negras le habían permitido recuperar sus recuerdos, como se había deprimido profundamente cuando su ex la abandonó, como su hermana la convenció de ponerse el juguete sexual al que ahora estaba sometida, como el invento le había devuelto el entusiasmo por vivir, lo había adorado… hasta que quiso quitárselo y no pudo, Lilian le dijo que se encargaría de que jamás volviera a sufrir y le puso el terrible Collar de la Obediencia con el cual podía controlar su mente e incluso hacerla olvidar las pantaletas que ya eran parte de ella… forzada desde entonces a estar siempre feliz y excitada pero sobre todo a ser obediente a su hermana mayor.
– ¡Mmm… ooohhh…! -gruñía la joven mujer a punto de explotar.
– Muy bien Daniel, se ve que tuviste una magnífica experiencia… -le decía Lilian a su sobrino con una sonrisa tras escuchar su relato sobre su primera vez con la doctora Giselle.
– Ay tía… ¡Me gustó tanto! Creo que estoy enamorado… pero no se qué hacer… ¿Debo buscarla o… alejarme? Quiero estar con ella otra vez… ¿Será que no lo hice bien?
– Tranquilo Casanova… calma… ella es una mujer adulta, dale un poco de espacio y estoy segura de que ella te buscará…
– ¿En serio lo crees tía?
– Te lo puedo apostar.
Orgasmo tras orgasmo Beth iba olvidando la realidad de ser esclava de su hermana gracias al Collar de la Obediencia, mientras susurraba dulzonas palabras de lujuria a un hombre inexistente que la amaba de forma salvaje.
– ¡Oooohhh… cariñoooo…! -gimió en una explosión final de placer que la hizo perder el sentido… y sus recuerdos.
– Bueno me la pasé muy bien sobrino pero tengo trabajo en el instituto para mañana y tú debes tener tarea de la escuela -empezó a decir Lilian a la vez que se levantaba del sofá- despídeme de tu mamá.
– Si claro, muchas gracias por escucharme tía Lili y de veras tengo mucho trabajo, mi maestra de historia es súper exigente y formal, pero le soporto todo por ser tan guapa…
– ¿Ah sí? -respondió la castaña mientras se daba vuelta para mirar a Daniel de frente- ¿Como se llama?
– ¿Su nombre completo? Es Ingrid… Cortés… si Ingrid Cortés.
– Descríbemela… por favor…
La profesora de historia universal Ingrid Cortés entró a su apartamento. A pesar del cansancio de su largo día de trabajo aún lucía inmaculada, un traje color gris profesional y discreto con falda justo abajo de la rodilla, unas zapatillas cerradas negras de tacón bajo, su cabello rojizo que le llegaba al hombro estaba recogido en un severo moño en la nuca y sus anteojos de armazón grueso le daban un aire autoritario.
Estaba apenas a la mitad de sus treinta pero su forma de arreglarse la hacía parecer mucho mayor. En su rostro destacaban unos grandes ojos verdes y expresivos, una pequeña nariz, unos labios carnosos y rojos como cerezas que contrastaban con su piel blanca.
Alguna vez escuchó a sus alumnos susurrar que se parecía a cierta estrella de cine llamada Scarlett… pero ella era una profesora, no una superficial actriz. Además una actriz no estaría algo pasada de peso como ella en la zona media.
Colgó sus llaves a lado de la puerta, luego cerró, entró a la sala y dejó el extraño paquete que encontró en su entrada sobre la mesita de centro, extrañada se sentó y revisó el paquete cuidadosamente.
– Que extraño… ¿Quién lo habrá enviado? -pensó algo confundida. Era negro, del tamaño de una caja de zapatos y apenas pesaba, tenía un ancho listón que la rodeaba y un bonito moño en la tapa color blanco. Sabía que no era de su ex esposo pues jamás había tenido un detalle así con ella, y no imaginaba que fuera del trabajo, siempre había dejado bien en claro con sus compañeros que no quería ningún tipo de relación por el momento.
– ¿Y entonces… de dónde vienes? -susurró a la vez que giraba una etiqueta que colgaba de la caja, en el revés en letra manuscrita se leía: Para mi Ingrid. Finalmente la curiosidad la venció y tras desatar rápidamente el moño levantó la tapa y miró el interior, sintiéndose aún más confundida.
-¿Pero qué es esto? –pensó mientras fruncía el entrecejo al levantar con dos dedos una extraña tela negra brillante, lo único que había en la caja- Que extraño.
Colocó el curioso material en la mesita y trató de encontrarle forma mientras lo iba extendiendo con cuidado sobre la superficie.
– ¡Dios… que repugnante! -exclamó asqueada al descubrir que eran unas raras pantaletas y peor aún, incluían en su interior un par de consoladores del mismo material: uno al frente y otro atrás.
– Si averiguo quien fue el pervertido que me las mandó, se lo haré pagar muy caro -pensó disgustada mientras devolvía la prenda a la caja y la ponía en el bote de la basura.
Para sacudirse el enojo decidió darse una larga ducha caliente, por lo que empezó a quitarse la ropa mientras entraba al baño. Afuera de su edificio un automóvil gris común se estacionó y apagó el motor, pero el conductor se quedó dentro, como esperando…
Un rato después Ingrid salió del baño vestida únicamente con su bata y una toalla alrededor de la cabeza, se acercó a su cama para sentarse a leer un poco. Entonces de la esquina del cuarto surgió una figura que rápidamente la alcanzó y desde atrás le puso una mordaza que le abrochó en la nuca.
Al instante de oír un clic Ingrid se apartó y se dio la vuelta, pero la habían tomado desprevenida y la mordaza estaba colocada. Por un instante observó al invasor y se sorprendió al descubrir que era una mujer rubia y esbelta, vestía una gabardina negra hasta las rodillas y la miró con frialdad mientras levantaba unas esposas metálicas negras en una mano y un arma taser en la otra.
Al instante la pelirroja corrió de vuelta al baño, cerró y empezó a gritar, entonces notó dos cosas: primero que su cuarto de baño no era una fortaleza por lo que el endeble seguro no aguantaría nada. Lo segundo que notó fue que por más que forzaba sus pulmones no podía emitir ningún ruido además de un suave quejido.
– Primero lo primero… -pensó al acercarse al espejo para quitarse la mordaza, pero se quedó paralizada y confundida sin entender lo que veía- ¿Pero… qué es esto?
La mordaza era una delgada tira de material flexible como una correa, pero no había nada cubriendo su boca, sin embargo sus labios se veían raros, parecían pintados de un inquietante y reluciente color negro y no podía moverlos en absoluto, las correas parecían conectarse directamente a las comisuras de sus labios.
– ¡Dios mío… tengo que pedir ayuda! -pensó asustada mientras trataba de frotar la substancia negra para quitarla de sus labios- Tal vez la correa…
Para su alivio descubrió que el broche en su nuca era muy simple, lo liberó y luego le dio a las correas un potente tirón al frente, consiguiendo arrancarlas de las comisuras de su boca pero sus labios seguían cubiertos y paralizados por la extraña capa de pintura negra.
– ¡Mmnng! –trató inútilmente de gritar al quedarse con las tiras de piel en las manos. Entonces escuchó un crujido y vio como la puerta del baño amenazaba con abrirse ante un primer empujón de la mujer.
– ¡Nnngghh! -de nuevo intentó gritar asustada para de inmediato tratar de usar las puntas de dos dedos para sujetar la substancia negra y arrancarla de su boca… pero era inútil, no encontraba un borde que sujetar.
– ¡Rggghh! -gruñó mientras desesperada daba un pisotón como una niña encaprichada, justo entonces se abrió la débil puerta con un leve crujido. Entonces Ingrid retrocedió hacia la bañera con sus ojos desorbitados por el temor mientras la rubia entraba al baño lentamente y levantaba su arma eléctrica.
– ¡Mmmhh… mmmhh…! -trató de gritar con todas sus fuerzas la profesora mientras tomaba una escoba y la esgrimía como una improvisada arma. La intrusa la miró con cuidado y entonces habló calmadamente al parecer a alguien tras ella en la
habitación en penumbras.
– Está lista… empecemos…
La pelirroja se preparó para un ataque pero lo que ocurrió fue totalmente diferente e inesperado. Una oleada de placer invadió su boca y sus labios con tanta fuerza que la hizo cerrar los ojos y volver el rostro al techo.
– ¡Nnnnhhhh…! -gimió sensualmente mientras de forma involuntaria disfrutaba del mayor placer que jamás había sentido, sus labios estallaban con caricias invisibles, tan eróticas y placenteras como las que le hacía su ex esposo cuando aún la amaba, pero esta sensación era varias veces más poderosa.
– ¡Mmmmmhh…! -gimió mientras se recargaba en el muro a lado de la bañera.
En algunas ocasiones le había hecho el sexo oral a Robert pero solamente ante sus súplicas y siempre le había desagradado, sin embargo ahora sentía como si la penetraran por la boca y sus labios fueran un nuevo clítoris que era acariciado y tocado con maestría.
– ¡Nnnmmmhhh…! -gimió de nuevo a la vez que giraba su rostro hacia un lado y con su mano libre se agarraba del lavabo para sostenerse. La rubia dio un paso hacia Ingrid al verla sacudida por el gozo, pero la profesora aún pudo reaccionar y levantó su improvisada arma.
– ¡Maldita sea… domínala ya! Tenemos que empezar… -dijo impaciente la rubia a la persona tras ella.
Finalmente las caricias de placer en su boca se convirtieron en poderosas embestidas cuyo éxtasis hizo que le fallaran las piernas y soltara la escoba para sostenerse de la bañera con una mano y del lavabo con la otra mientras arqueaba la espalda.
– ¡Mmmmmmm…! – Perfecto… ya la tenemos -susurró la mujer a la vez que como un rayo se lanzaba al frente, sostenía a la profesora pelirroja de la cintura y le daba un ardiente beso en sus labios negros y brillantes, lo que le causó a la mujer el equivalente a un explosivo orgasmo en la boca cuyo poder impactó en su mente dejándola sin sentido…
Cuando recobró la conciencia Ingrid se encontró en una preocupante posición: estaba acostada boca arriba en su cama y desnuda, sus muñecas inmovilizadas y extendidas a los lados con unos grilletes cuya larga cadena al parecer los conectaba pasando bajo la cama. La mujer que la atacó estaba en su tocador abriendo cajas de regalos de espaldas a ella.
– ¿Mmm… mmm? -trató de hablar la pelirroja, pero sus labios seguían paralizados, entonces vio a otra mujer sentada muy quieta en una silla, vestía ropa deportiva holgada y tenía el largo cabello casi negro recogido en una cola de caballo y ojos del mismo color, su cuerpo lucía curvas voluptuosas a pesar del tipo de prendas que usaba, tenía una computadora de mano en la que parecía trabajar pero su rostro denotaba vergüenza y duda.
– ¡Oh… estás despierta…! -dijo la mujer de cabello negro al escucharla, para luego agregar en voz más baja- ¡Lo siento… lo siento de verdad… yo no quiero hacer
esto… tienes que creerme!
La pelirroja empezó a asustarse de verdad al escuchar la sincera desesperación de la mujer.
– ¡Ah… despertó antes de tiempo! Bueno ahora esto será más entretenido… -dijo la rubia a la vez que se quitaba su gabardina negra y quedaba vestida únicamente con un atrevido uniforme de doncella francesa que apenas cubría su entrepierna, presentaba un provocativo escote e incluía un delantal blanco con encaje, sensuales medias negras al muslo y unos botines negros al tobillo de tacón muy alto. Lucía muy sexy, tanto así que la mujer atada no pudo evitar perderse un momento en las curvas de esa deliciosa hembra.
– No Dianne… por favor… -le suplicó a la rubia la mujer de ropa deportiva.
– Vamos Gigi… sabes que no tenemos elección… debemos empezar la siguiente etapa.
– Pero… ¡Aaaaahhh! -gimió la mujer a la vez que miraba al techo y se levantaba de la silla como un resorte. De inmediato se enderezó y se puso muy firme como un soldado mientras de la computadora de mano surgía una voz.
– Basta de quejas Giselle, ayuda a Dianne… ¡De inmediato! -ordenó una profunda y dominante voz de mujer.
– Si Ama… -respondió sumisa mientras se acercaba a la cama. Entonces Dianne se acercó también, llevaba en la mano un extraño objeto plástico que Ingrid reconoció de inmediato.
– ¡Las repugnantes pantaletas negras! -pensó la cautiva aterrorizada al imaginar lo que trataban de hacer con ella las dos mujeres, por lo que intentó gritar presa de la desesperación, pero una vez más sólo emitió un suave quejido- ¡Mmmnnnhh… mmmggghh!
La otra mujer dejó la computadora de mano en la mesita de noche, luego levantó una femenina gargantilla negra y se inclinó para colocarla en el cuello de la profesora…
– Alto, el collar no… todavía. -ordenó la voz de la computadora de mano- primero quiero verla sometida al placer. Encárgate tú Giselle, prepárala
para mí.
– Por favor Ama -respondió la trigueña temerosa- no quiero hacerle esto… no quiero esclavizarla…
– ¿Como dices perra? Je, je, je… que atrevida… me diviertes, por eso te permití conservar tu voluntad… -explicó la voz en un tono que asustó a la pelirroja- pero aprenderás que todo acto tiene consecuencias, ahora no solamente la esclavizarás para mí, sino que disfrutarás hacerlo…
– No… por favor… – ¿Quién sabe? Tal vez sea tu vocación, tal vez con el tiempo te haré asociar el placer con esclavizar a otras…
– Ama… te lo suplico… ooohhh…
Asustada, Ingrid vio como la mujer se encogía con un sollozo de placer.
Dianne extendió el brazo y le entregó las pantaletas negras a Giselle que cabizbaja las recibió, dejó el collar de la obediencia en la silla y luego se colocó a los pies de la cama y ahí se quedó inmóvil un instante antes de inclinarse sobre la mujer.
– ¡Mmmmmhhh! ¡Nnnmmhh! -gruñó aterrada Ingrid a la vez que luchaba contra sus ataduras. En ese momento la mujer de cabello negro cruzó los brazos sobre el pecho y dio un gemido lujurioso.
– ¡Aaaahh… Amaaa!
– Quítate la ropa Giselle…
– Pero Ama, yo no… ooohhh…
– Ahora esclava… quiero ver cómo te hago disfrutar el esclavizar a esa mujerzuela para mí…
– Ooohhh… si Ama… mmm… -obedeció la voluptuosa hembra mientras comenzaba a desnudarse lentamente, quitándose primero su chamarra deportiva, luego los cómodos pantalones y las zapatos de ejercicio.
Al verla, la atada pelirroja sintió que estaba perdida, la mujer que se veía tan normal llevaba bajo la ropa una lencería tan sexy y atrevida que haría sonrojar a una prostituta. Sus senos grandes y firmes estaban cubiertos por un brassier negro de media copa que los hacía parecer aún más grandes, levantados y atractivos, creando un maravilloso escote que también captó la mirada de la cautiva que la observaba aterrorizada desde la cama, su encaje y transparencias lo convertían más en una prenda para lucir sus tetas que para protegerlas, sus piernas torneadas y tersas estaban cubiertas por unas medias translucidas de un encantador color azul claro que se sostenían en su lugar por un elástico a medio muslo. ¡Pero sus pantaletas! Eran como las que había recibido horas antes: de color negro, brillaban como plástico y tenía un leve corte francés que parecían alargar sus piernas y levantar sus nalgas, pero estaban tan pegadas al cuerpo de la mujer que parecían pintadas, mostrando cada detalle de sus caderas, nalgas y entrepierna…
– ¡Mmmhh… mmmhhh…! -trató de gritar de miedo la profesora cuando se dio cuenta de que podía ver los labios vaginales de la mujer también como si estuvieran pintados de negro, incluso le pareció ver su clítoris, brillando por el obscuro material, el mismo que ya cubría su boca y le impedía controlarla, al comprender lo que significaba para ella había entrado en pánico, retorciendo su cuerpo y sacudiendo frenética su cabeza-¡Mmmnnggghh!
– Lo siento… -murmuró Giselle mientras sujetaba uno de los tobillos de la pelirroja y trataba de ponerle las horribles pantaletas.
– ¡No… nunca… no lo permitiré! -decidió con fiereza Ingrid a pesar de su desesperada situación. Empezó a retorcerse, a patear y a empujar con todas sus fuerzas, esperando contra toda esperanza que sus atacantes se dieran por vencidas y la dejaran en paz.
– ¡Nnnngghh… mmmnnnhh! –trató de chillar en vano.
Pero era inútil, por medio de una cámara web portátil Lilian observaba divertida la situación en la alcoba, Dianne también sonreía maliciosa al ver como la trigueña forcejeaba con la prenda y las piernas de la profesora, mientras pasaban los minutos Giselle se empezaba a sonrojar, su respiración se aceleraba, sus pezones se marcaban más y más bajo la delgada lencería… se excitaba.
Lilian había notado la forma en que la pelirroja había mirado a Dianne y a la doctora, sabía reconocer la lujuria, incluso la inconsciente, sería doblemente divertido torturar a la nueva aspirante, a la vez que convertía el proceso de esclavizar a otra mujer en un irresistible placer para Gigi.
– ¡Ooohhh… por favor… quieta…! -gruñía con voz ronca la trigueña a la vez que trataba de sujetar las fuertes pantorrillas de Ingrid para ponerle las pantaletas-¡Mmm… mis Pantaletas… no me dejan… concentraaaaahhr… qué bien… se siente…!
– ¡Je, je, je! Te dije que te gustaría. Dianne… ayúdala -ordenó la voz.
– Mmm… si Ama… -obedeció la complacida rubia al acercarse a Ingrid aún esposada, tomó la computadora de mano y oprimió un botón, al instante la prisionera sintió de nuevo las maravillosas caricias excitando sus delicados labios.
– ¡Mmmnnggghh…! -gimió de puro gozo, pero esta vez estaba prevenida y fortalecida por la desesperación y logró todavía juntar sus esbeltos muslos y empujar a la
doctora, mientras pensaba- No… no lo… harán… resistiré…
– Vaya… esta si tiene espíritu, encárgate Dianne… – Si Ama… -entonces la rubia activó ciertos comandos de la computadora en su mano y al instante, obedeciendo una voluntad ajena, los carnosos labios negros de la profesora se abrieron en un pequeño y perfecto círculo, permitiéndole al fin respirar por la boca y humedecerse los labios con la lengua, sintiéndolos tan tersos como seda.
Ingrid se dio cuenta de que aún no podía hablar, pero si gritar, lo que era su última esperanza. Tomó aire para hacerlo… pero la rubia se le adelantó y le introdujo dos dedos enguantados en la boca, causándole un placer aún mayor del que ya sentía en los labios.
– ¡Ooooohhh…! -gimió casi en un chillido que se repitió cuando los esbeltos dedos salieron casi hasta la punta para volver a penetrar la tibia cavidad- ¡Oooohhh… Dioooos!
El ataque de la rubia hizo que su cuerpo se tensara sin poder evitarlo, su cabeza inclinada hacia atrás, su espalda en arco, pero sobre todo, sus piernas bien derechas e inmóviles, lo que aprovechó Giselle para al fin empezar a colocarle a Ingrid las Pantaletas del Placer…
– ¡Mmm… mmm…! Rápidamente Dianne adoptó un ritmo delicioso, poseyendo fácilmente los labios negros de la pelirroja gracias a la hipersensibilidad que generaba la sustancia negra, de hecho se la estaba cogiendo por la boca y ella nunca había sentido un placer semejante, la rubia sonrió al pensar que eso no era más que un pálido reflejo del gozo que le darían las pantaletas de su Ama.
Mientras estaba vulnerable, la doctora iba subiéndole las pantaletas por sus blancas piernas, y con cada avance las suyas la premiaban con una oleada de placer en su sexo que la impulsaba a seguir esclavizando a la indefensa pelirroja. Primero por los tobillos, las curva de sus pantorrillas, las rodillas, mientras lo único que se
escuchaba eran los gemidos de la mujer encadenada, y de vez en cuando los sollozos de lujuria de Giselle que disfrutaba sin poder evitarlo ese abuso de otra mujer.
Conforme las iba subiendo, la trigueña aprovechaba para acariciar a la víctima o su propio cuerpo ya dominado por la tecnología de Lilian: los muslos, la cintura, los firmes senos.
– ¡Aaaahh… Dios… ayúdame…! -gimió la doctora a la vez de placer y desesperación al llegar a los muslos de la prisionera, sabiendo que había alcanzado el punto sin retorno.
– ¡Mmnnhh… nnngghh…! -trató de negarse la pelirroja al sentir como Giselle intentaba introducirle los extraños consoladores de las pantaletas en sus cerradas vagina y ano.
 Al darse cuenta de lo que pasaría Ingrid tensó su cuerpo aún más en un último intento por defenderse, pero Dianne oprimió un botón y los labios de la cautiva se abrieron aún más en una gran O, lo que la rubia aprovechó para en un movimiento
fluido sacarse un seno del corset e introducir el pezón en la cautiva boca de la profesora, mientras con una mano sujetaba su nuca para forzarla con la otra manipulaba su teta para introducirla y sacarla de la indefensa cavidad.
– ¡Nooommhh… mmm… mmmnnn…! -trató de gritar mientras que sin poder evitarlo sus labios negros se cerraban sobre la apetitosa carne y el duro pezón, empezando a succionar como un bebé, lo que le generó una sensación de placer incontrolable, pero no violenta, sino suave y calmante, sin poder evitarlo relajó su cuerpo aunque mentalmente trataba de resistir- Ooohhh… ¿Qué me están… aaahhh… haciendo? Mmm… se siente…taaan bien… ooohhh…
Sus muslos se abrieron lentamente y su vagina se humedeció aún más, su esfínter se relajó. En ese momento crítico Giselle dudó por un instante.
– Dios… no puedoooohhh… hacerle estooohh… -susurró a la vez que sus manos sujetaban la base de los dos consoladores, indecisa… sus caderas subían y bajaban mientras el gozo que le daban sus pantaletas le prometía delicias aún mayores si terminaba de esclavizar a la indefensa hembra- Aaahh… no quiero… por favoooohh…
Pero su voluntad ya no contaba, le pertenecía a su Ama.
– ¡Hazlo! -ordenó la dominante voz al tiempo que un poderoso pulso vibraba recorriendo su recto, convirtiéndola de nuevo en la muñeca sexual de su Ama y forzándola a violar la feminidad de la pelirroja.
– ¡Siiii… Amaaaaa… soy tuuuya…! -gimió indefensa la doctora al ser obligada a tener un monstruoso orgasmo, mientras que a un tiempo penetraba profundamente a Ingrid con los dos consoladores negros- ¡Aaaaaaaaggghhh!
– ¡Ooooooohhh…! -gimió la mujer al sentir esa doble invasión a la intimidad de su cuerpo, a la vez que Dianne se apartaba sonriente y acomodaba su seno de vuelta en el corset. Oprimió un botón de la computadora de mano y los labios de la prisionera se
cerraron hasta volver a formar una pequeña o.
– ¡Aaahhh… -empezó a gruñir la profesora al sentir el poderoso ritmo que las pantaletas le empezaban a marcar en su cuerpo- aaahhh… ooohhh…!
Pronto era tan placentero que la hizo olvidar todo lo demás. Solamente le importaba su gozo, su universo se había reducido al maravilloso órgano entre sus lindas piernas y al conducto entre sus respingadas nalgas.
– ¡Aaaahh… si… si… más… por favoooor! -gruñía encantada, a la vez que tiraba de las cadenas por la pasión y sacudía su cabeza de lado a lado, sus caderas subiendo y bajando al amoroso ritmo de las pantaletas.
Desde su laboratorio Lilian sonrió, el proceso ya había comenzado, pronto la mujer le pertenecería, pero quería hacerlo aún más divertido.
– Dianne, Giselle, ayuden a su nueva compañera a disfrutar su esclavizamiento… sus pantaletas las guiarán, cuando acaben libérenla y déjenle sus regalos… -ordenó por medio de la computadora.
Al instante las dos mujeres sintieron como sus pantaletas las arrastraban por medio del placer hacia Ingrid, tambaleante por la lujuria Giselle gateó entre las piernas de la profesora hasta arrodillarse entre sus muslos, Dianne gimió y con éxtasis brillando en el rostro oprimió un botón de la computadora de mano, entonces la sustancia negra empezó retirarse de la boca de la pelirroja reuniéndose poco a poco en una comisura, hasta convertirse en una pequeña esfera negra que cayó inofensiva en la colcha, dejando los labios color cereza libres.
Ya sin control la voluptuosa trigueña se dejó guiar por sus pantaletas, que la hicieron empezar a frotar su húmedo sexo contra el de la profesora, normalmente no deberían sentir nada pero Lilian de hecho había activado la hipersensibilidad del material negro, multiplicando el placer que de por si las dominaba.
– ¡Nooo…! ¿Qué haaace?… ¡Baaasta… ya nooo… noooo…
oooohhh… oooohhhh… si… siiigue… siiiiiiii…! -intentó resistir débilmente la pelirroja antes de quedar atrapada por las deliciosas sensaciones.
Aprovechando el momento y ya gimiendo al ser recompensada por las pantaletas, la rubia se acercó, se arrodilló junto a la cama y empezó a jugar con los senos medianos pero firmes de la cautiva, acariciando en círculos y aprisionando de vez en cuando un duro pezón, sumando placer al que ya estaba enloqueciendo a la mujer.
– ¡Oooohhh… ooohhh! Por… favor… no lo… hagaaaaahh… -gruñó débilmente pero su cuerpo respondía complacido y desinhibido- Mmm…
Finalmente, mientras Giselle frotaba sus caderas contra las de Ingrid, casi al borde del éxtasis, Dianne le dio un ardiente beso en los labios a la vez que las pantaletas le daban el toque final a su debilitado cuerpo, convirtiéndolo en un arco desde la cabeza a los pies.
– ¡Aaaaaaaaggghhh… aaaahh…! -gruñó de forma ahogada al llegar al orgasmo, para luego desplomarse sobre la cama, débil y adormilada.
Las dos mujeres se vistieron, arreglaron cuidadosamente su maquillaje, limpiaron la habitación y guardaron las pertenencias que habían llevado consigo.
– ¿Se… terminó…? -preguntó Ingrid aún terriblemente somnolienta al ver como la rubia se ponía su gabardina y la trigueña se colgaba un bolso deportivo al hombro.
– Oh… no encanto… de hecho es solamente el principio. -le respondió Dianne con una sonrisa y un guiño sexy- Nos veremos de nuevo… y muy pronto… despídete de tu primera esclavizada Gigi…
– Lo lamento… de verdad… -susurró la doctora mientras salía rápidamente del cuarto.
– Hasta luego… compañerita… -se despidió Dianne para luego darse la vuelta y marcharse, pero ya desde afuera del cuarto exclamó risueña- ¡Espero lo disfrutes!
– ¿Qué…? ¿De qué hablas? -preguntó la pelirroja mientras trataba de levantar la cabeza del colchón, solamente para dejarse caer de nuevo al sentir el placer creciendo de nuevo en su entrepierna y ano de forma irresistible- ¡Oooohhh… noooo… ooohhh…!
En instantes su mente estaba de nuevo obnubilada por el gozo, dejándola indefensa ante el proceso de esclavizamiento.
– ¡Aaaaaahhh… mmm… aaahhh…! -sollozaba extasiada, a la vez que sus manos acariciaban sus senos, sus piernas, sus labios; sus caderas subían y bajaban cada vez más de prisa, tan atrapada por la lujuria que no se daba cuenta de que sus manos ya habían sido liberadas de las cadenas, ahora solamente deseaba gozar…
Sobre el tocador aguardaban ya desempacados sus nuevos regalos: el Collar de la Obediencia, un sensual corset color blanco, unos botines negros de altísimo tacón de aguja, medias blancas al muslo y guantes cortos de encaje a juego.
Como pieza central se destacaba un provocativo uniforme de colegiala con una elegante blusa blanca de manga larga translucida a la que le faltaban los tres primeros botones, un ajustado chaleco azul marino y falda plisada color gris que apenas le llegaría a la mitad del muslo.
Los regalos esperaban pacientemente a la nueva Mujerzuela/Esclava mientras Ingrid solamente podía retorcerse, sollozar y disfrutar las horas que aún faltaban mientras sus nuevas Pantaletas del Placer se disolvían, penetrando su piel y tejidos, uniéndose permanentemente a su sistema nervioso, su recto… y su sexo.
En un laboratorio de alta tecnología no muy lejano, Lilian esperaba ansiosa la oportunidad de visitar a su nuevo juguete…
CONTINUARÁ
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