REGALOS
Continuación basada en el relato original de Alphax: Regalos. Por supuesto es conveniente leerlo antes de leer esta historia. Gracias a Chiqui por su inspiración.
Por Sigma
Parte 3: Esclavitud
La mujerzuela/esclava Giselle despertó con una gran sonrisa de satisfacción en los labios, pero de inmediato se convirtió en una mueca cuando recordó su situación, aun llevaba puesta la ropa que su Ama le ordenó: una medias negras hasta el muslo con elástico, unas zapatillas de tacón alto color vino cerradas con pulsera al tobillo que quedaba oculta bajo los grilletes de esclava de la trigueña, su negro y largo cabello desarreglado cubriéndole la mitad del rostro, pero a la vez eso la hacía lucir más joven y salvaje. Se levantó de la cama mientras buscaba nerviosamente a su Ama, pues no la veía por ningún lado y no sabía que pensar.
-¿Qué habrá pasado? ¿Estoy sola? –pensó mientras daba un par de pasos cautelosos por la habitación en sus tacones altos, moviéndose inconscientemente de forma sensual, luciendo sus deliciosas medidas de 97, 65 y 104.
La noche del viernes, así como todo el sábado su Ama la había forzado (NO, más bien seducido) para tener sexo con ella de formas tan placenteras que ni siquiera se había imaginado que eran posibles (o quizás se debía al artificial placer de sus pantaletas), a veces inmovilizándola con los grilletes, a veces libre, pero siempre los orgasmos con su Ama eran inconcebiblemente placenteros, lo que tal vez era lo más vergonzoso de todo.
Miró de nuevo los exquisitos y odiados grilletes que la marcaban, apenas horas antes se había percatado de que estos llevaban grabada la palabra “Puta” en delicada letra manuscrita, no en la parte frontal, sino en la superior y de cabeza, de manera que con sólo mirar hacía abajo ella podía leerlo, pero era difícil que alguien más pudiera. Tras verse en el espejo e inclinarse descubrió que el Collar de la Obediencia mostraba a lo largo de su parte superior las palabras “Esta puta pertenece a su Ama. L. C.” También en manuscrita. Y de nuevo era difícil que alguien que no fuera ella pudiera leerlo. El claxon de un automóvil que pasaba la devolvió a la realidad.
-¡Dios que hago! ¿Ya se habrá marchado? –pensó confundida, luego miró el teléfono de su alcoba y pensó en intentar pedir ayuda de nuevo, pero casi de inmediato descartó la idea, ya lo había intentado la noche anterior, mientras su Ama iba a la cocina por algo de beber, y logró comunicarse con la policía, pero al momento en que intento explicar el predicamento sus Pantaletas del Placer la atacaron sin piedad, impidiéndole no sólo hablar, sino incluso pensar, en pocos segundos la llamada de auxilio se había convertido en una sesión de sexo telefónico con el agente que había respondido. Su Ama la había estado observando con gesto divertido mientras Giselle llamaba y le advirtió que eso pasaría cada vez que intentara decirle a alguien lo que le ocurría.
En ese momento escuchó ruido en el baño y se quedó paralizada.
-Aun está aquí… -pensó entre asustada, nerviosa y muy a su pesar excitada (de nuevo gracias a sus Pantaletas del Placer), en ese momento escuchó una voz desde el cuarto de baño.
-Te oigo levantada zorrita, arregla la cama y prepárate para tu canto matinal antes de que salga o ya sabes lo que te pasará.
-¡No! ¡No por favor! –pensó espantada y comenzó a extender las sabanas y cobijas sobre la cama, sería más fácil hacerlo si no llevara sus ridículos tacones, pero su Ama le tenía prohibido hacer los quehaceres sin ellas, apenas terminó de arreglarla cuando el baño se abrió y salió su Ama, comparada con ella lucia enorme con su metro ochenta de altura (sin tacones) llevaba puesta una corta bata de seda negra que guardaba con otros artículos personales en una pequeña maleta que había traído consigo, en cuanto salió clavó sus ojos verdes en la trigueña.
-¿Y bien? ¿Aun no estás lista para tu canto matinal esclava? –dijo en tono demandante.
De inmediato Giselle se tiró al piso de rodillas, se apoyo en una mano y luego comenzó a acariciarse la entrepierna con la otra (solamente en esos momentos, o cuando su Ama la tocaba, podía percibir algo directamente sobre las pantaletas,  pero las sensaciones eran diez veces más eróticas que antes del regalo que la hizo esclava). Su Ama se sentó en la cama, cruzó la pierna y la observó detenidamente.
Luego la trigueña comenzó a entonar mientras movía rítmicamente sus caderas, atrás y adelante, una y otra vez a ritmo con sus consoladores :
-“¡Sólo amo a mi Ama!”,
-“¡Voluntaria y amorosamente sirvo y obedezco a mi Ama!”,
-“¡La adoro sólo a Ella, pues Ella es la Diosa Suprema!”
Giselle aun pensaba en sus consoladores, pero en realidad ya no existían pues se habían fundido como un líquido que ahora cubría permanentemente la superficie interna de una parte de su vagina y ano.
-“¡Voluntaria… y amorosamente… ooohh… sirvo y… obedezco a… aaaahh… mi Ama!” –dijo jadeante cuando el placer empezó a crecer desde sus pantaletas mientras repetía el cántico varias veces, cada vez era mayor el gozo, hasta que finalmente el éxtasis la hizo perder momentáneamente el sentido.
Cuando despertó se encontró de nuevo en la cama, su Ama la había puesto boca abajo, sus manos, que pasaban por las rejas de la cabecera, estaban unidas por sus grilletes inmovilizándolas, le había atado su largo cabello negro en una cola en la nuca, le había puesto un sexy camisón semitransparente negro que apenas cubría sus nalgas y unas delicadas sandalias negras de tacón muy alto con dos tiras de piel entrecruzadas hasta sus tobillos.
-Mmmm… me alegra verte despierta esclava, ya casi tengo que irme, pero antes quería darte una despedida adecuada… oh, no te preocupes nos veremos de nuevo pronto, pero tengo algunos asuntos que arreglar –dijo su Ama mientras se acercaba a Giselle, se encontraba totalmente desnuda, excepto por un consolador doble en su entrepierna.
-Oh Ama, por favor déjame ir… -gimió la trigueña atada en la cama, mientras su dueña se subía con ella y se ponía detrás.
-Y lo haré mi zorrita, lo haré, pronto estarás libre, bueno casi –dijo sonriente y con voz ronca su Ama- hasta que yo vuelva a visitarte o te necesite. Pero por ahora es tiempo de una dulce despedida…
Al decir esto su Ama levantó el camisón de Giselle, dejando al descubierto su coñito, sus fabulosas nalgas y su ano, luego acomodó el consolador en la entrada de su vagina, puso las manos a los lados de su esclava y en un fluido y súbito movimiento la penetró y se penetró así misma.
-Aaaahhh… Ama… Nooooo… -gimió gozosa la trigueña, pensó que le dolería la potente embestida pero hasta ese momento se dio cuenta de lo húmeda que estaba, por lo que la penetración fue deliciosa y además aumentada por las Pantaletas del Placer.
-Aaaahh… si… eso es puta… estás lubricada y lista para mi… –le susurró su Ama en el oído, mientras comenzaba a acariciar su espalda, a apretar sus redondas nalgas, sus tetas y a pellizcar sus pezones- eres mía…
-Si Ama… soy tuya… aaahh –dijo Giselle en contra de su voluntad, dejándose llevar por el placer que su Ama le causaba.
Una y otra vez su Ama la penetraba, viendo complacida la forma como el cuerpo de su esclava se movía bajo ella, viendo sus piernas estilizadas por los tacones y las Pantaletas del Placer. Comenzó a masturbar a Giselle sobre las pantaletas con sus dedos índice y medio juntos, normalmente no podría sentir eso, pero por algún motivo cuando su Ama era la que la tocaba no sólo lo sentía, sino que las percepciones se amplificaban cien veces, como si cada rose sobre su clítoris fuera un orgasmo increíble y explosivo.
-¡Oooohhh Ama… Ooohhh…! -apenas pudo balbucear la trigueña- ¡Ooohhh siiii!
-¡Aaaahhh… muy… bien… esclava! ¡Eres deliciosa! –le volvió a susurrar su Ama a la joven mujer en el oído sensualmente, y mientras la trigueña era penetrada por su coño sentía como si también su ano fuera embestido.
La sesión amorosa continuó por un tiempo que a la trigueña le pareció interminable; caricias, besos, pellizcos, e incluso algunos azotes suaves en sus nalgas formaban parte del repertorio más cariñoso de su Ama.
La mujer de ojos verdes se salió de pronto de la vagina de Giselle y la penetró por el ano.
-¡Aaaaahh… Amaaa! –gritó la bella trigueña, aunque no estaba lubricada el resbaladizo material de la prenda facilitó la nueva invasión, las pantaletas se encargaron de que solamente percibiera placer, y sentía como si también la siguieran embistiendo por su coño.
Rápidamente su Ama se había percatado de lo sensible que era el ano de Giselle, por lo que pronto empezó a utilizar oleadas de gozo en su colita para poder manipularla más fácilmente, cada vez que ella trataba de resistir, una serie de deliciosos pulsos entre sus firmes nalgas convertían a la trigueña en una muñeca sexual incapaz de negarse a nada que le pidiera su Ama.
Minutos después de iniciada la penetración anal, su Ama alcanzó un poderoso orgasmo que la hizo cerrar sus penetrantes ojos verdes, en ese instante, las Pantaletas del Placer doblaron y redoblaron su estimulación en la esclava para llevarla a un éxtasis nunca antes experimentado por ella (al menos hasta hacía un par de días).
-¡Dioooooossss! –gritó sacudiendo sus piernas, mientras su Ama la sujetaba de su cabello y la obligaba a exponer la garganta.
-¡Eso es zorra! ¡Vente para mi! –le dijo finalmente su Ama antes de volver a besarla con pasión en la boca a lo que la chica correspondió inconscientemente, luego se derrumbó sobre la cama.
Minutos después, mientras Giselle observaba a su Ama de reojo, esta se dio un duchazo, se vistió de nuevo, se arregló con calma y reunió sus cosas. Finalmente se acercó a su esclava.
-Lastima que tengo asuntos por terminar esclava, sin duda has sido todo lo que esperaba de ti y más aun, veo que elegí correctamente –dijo mientras le daba un posesivo apretón en una nalga- nos veremos de nuevo pronto.
-Si… Ama… -apenas pudo susurrar la trigueña.
-Mientras puedes seguir con tu vida diaria, bueno excepto por que ya no podrás tener sexo con ninguna persona sin mi permiso o indicación, sea directamente o por medio de las ordenes de tus pantaletas. –dijo su Ama mirándola fijamente con sus penetrantes y poderosos ojos verdes- Hay otras pequeñas reglas que deberás cumplir claro pero tu Collar de la Obediencia y tus Pantaletas del Placer te las indicarán. Tus grilletes te liberarán en un rato de forma automática. Adiós zorrita… ya te extraño.
La chica estaba tan cansada que ya no pudo ni responder a su Ama. Esta le sonrió, luego le dio una palmada en la nalga y salió de la habitación y de la casa. Casi de inmediato Giselle se quedó dormida aun atrapada en un pesado sopor posterior al fin de semana de placer que acababa de disfrutar contra su voluntad. Durmió toda la noche casi sin darse cuenta.
La mañana siguiente, después de entonar su canto matinal, Giselle se empezó a preparar para su inicio de semana, se dio un delicioso baño y tras peinarse, comenzó a pensar que lo ocurrido el fin de semana había sido un sueño o una rara fantasía, luego comenzó a vestirse, pero pronto se dio cuenta de que sería más complicado de lo que pensaba, en primer lugar suspiro decepcionada al mirar su entrepierna y ver que las pantaletas mantenían violados y secuestrados sus centros del placer, tan permanentes como antes.
-Supongo que era demasiada suerte que fuera un sueño… -pensó decepcionada.
En segundo lugar se dio cuenta de que su prenda intima le estaba indicando como debía vestirse: cuando se trataba de poner una ropa inadecuada (para el gusto de su Ama seguramente) las Pantaletas del Placer la hacían encogerse de gozo, pero impidiéndole vestirse. Si era una pieza adecuada sus consoladores le permitían usarla.
-¡Dios por favor déjenme usar brassiere! –pensó casi desesperada, pues los consoladores no le permitían usar ropa interior además de las propias Pantaletas del Placer, sin embargo se tranquilizó al ver que si le permitían usar una blusa blanca opaca y elegante, así como pantalones grises no muy ajustados, pero debajo tuvo que usar unos sexys ligueros y medias negras semitransparentes, así como unos tacones negros muy altos pero no absurdos que en la punta dejaban ver los delicados dedos de sus pies pintados de negro.
-Bueno, al menos me veo respetable –dijo para si misma mientras salía de su casa, en ese momento vio a un jovencito que vivía a un par de casas de distancia, tendría cuando mucho veinte años, cabello negro corto, piel blanca y complexión delgada, el chico la miró y sonrió como saludo, Giselle estaba a punto de corresponder cuando sus Pantaletas del Placer le mandaron un escalofrío de gozo que la hizo cerrar los ojos.
-Nnnnnhhgg –gimió suavemente al pasar junto al chico, tras lo que este se le quedo viendo hasta que la perdió de vista mientras avergonzada se dirigía al hospital para iniciar su turno.
Los días fueron pasando despacio para Giselle mientras se acostumbraba a su esclavitud: en las mañanas y noches tenía que entonar la adoración para su Ama mientras las pantaletas y sus propias manos la llevaban al éxtasis, al estar en casa se veía obligada a quitarse toda su ropa, quedándose solamente en sus Pantaletas del Placer y sus grilletes, excepto para realizar sus labores hogareñas o para dormir, momentos en los cuales tenía que usar medias al muslo con elástico o liguero y las zapatillas de tacón que eligieran sus pantaletas. Al menos le permitían ponerse ropa para salir de casa o un bata para recibir visitas.
A pesar de todo, por fortuna ni en el hospital ni en su consultorio había tenido contratiempos, al menos graves. En dos ocasiones, al entrar en contacto sus pantaletas con cualquier objeto, había sentido un enorme placer que la hizo cerrar los ojos; en una oportunidad al tocar con su coño el borde de una cama al ver un paciente y en otra más vergonzosa dentro de un ascensor, cuando inadvertidamente la trigueña frotó con suavidad sus nalgas contra la entrepierna de un hombre maduro la sensación la hizo dar un gemidito ahogado, pero de inmediato salió cuando las puertas se abrieron.
Fue a mediados de la semana, mientras caminaba por un pasillo del hospital, que hubo un incidente importante, de repente sintió que la sujetaban de la cintura y le tapaban la boca para introducirla en una habitación obscura, escucho una voz grave que le susurraba al oído:
-Mmmm… mira nada más que tenemos aquí… una de las mujerzuelas de la señora Lilian… -mientras decía esto cerró la puerta de la habitación, le puso seguro y soltó a la doctora que retrocedió de inmediato- venía a hacer una visita y entonces vi tus pulseras, ya me hacía falta un rato en el paraíso…
Giselle siempre trataba de ocultar los grilletes bajo la ropa pero no podía cubrirlos en todo momento, en especial su Collar de la Obediencia. Su atacante era un hombre bien vestido, de traje, con apariencia de ejecutivo y canas en la sien. La esclava de inmediato trató de gritar para pedir ayuda.
-Déjeme en paz, no se acerque –intento gritar, pero de su garganta solamente salió un ronco y sexy susurró. Puso su mano en la garganta y se dio cuenta que estaba sola, incapaz de gritar y muy pronto vulnerable, pues ya sentía como sus Pantaletas del Placer comenzaban a llamarla al éxtasis de forma irresistible. En un acto desesperado trató de correr a la puerta pero de un movimiento rápido, el hombre la sujetó del brazo y la atrajo hacía él. Quedaron pegados frente a frente lo que le causó a la trigueña un gran placer que la hizo vibrar, momento que el hombre aprovechó para poner las manos de la esclava tras su espalda, inmovilizándola.
-¡Noooo! –gimió con suavidad mientras el hombre la empujaba de espaldas sobre la cama, en un movimiento rápido le quitó los pantalones, para luego tomar sus piernas y sujetarlas muy ajustadas alrededor de su cintura y fijándolas con los grilletes, ella trató de resistir pero ya había comenzado a jadear por el placer amplificado de las pantaletas.
-¡Y estás pulseras para reconocerlas y dominarlas son tan sensuales… que gran idea de Lilian el añadirlas a la gargantilla! –susurró con voz ronca su atacante.
En instantes el hombre se había bajado los pantalones y la había penetrado con ferocidad mientras le acariciaba los muslos enfundados en medias blancas y seguía con los dedos los bordes de su liguero. Los altos tacones blancos de Giselle arañaban levemente el trasero del hombre, lo que parecía ponerlo aun más excitado.
-Mmmm…que rica zorra… no se donde las consigue Lilian… me encanta… una puta que no lo parece –gruño el hombre mientras aceleraba el ritmo- al menos… no del todo… esas pantaletas fetichistas… que usan… me fascinan.
-No… soy… puta… -gimió suavemente Giselle, entre molesta y desesperadamente excitada- por favor…
-¡Claro que si! ¡No me digas que una chica buena usa medias al muslo y se pone ligueros para ir a trabajar… y bajo un pantalón! Con esa gargantilla no hay error posible: eres una de las mujerzuelas de Lilian… aaaaahhhgg…. ! –gruño el hombre al llegar al climax.
Al mismo tiempo un potente orgasmo obligo a la trigueña a abrir la boca, momento en el cual el desconocido le introdujo dos de sus dedos húmedos de semen. Por reflejo ella los chupó y luego se desvaneció sobre la cama debido a su orgasmo.
Cuando volvió en si Giselle se dio cuenta de que sus extremidades ya no estaban inmovilizadas y le habían vuelto a poner los pantalones. Trato de molestarse, pero todo sentimiento era sepultado por un gran gozo y satisfacción. Ahora tendría que tener cuidado en el hospital y su consultorio de no quedarse nunca sola, no quería que esto volviera a pasar.
Finalmente llegó el viernes y la doctora se sintió feliz de poder tener algún tiempo para ella en soledad, aunque sabía que no era verdad sentía que todo el mundo la miraba con lujuria y cualquier acto trivial de un compañero de trabajo, hombre o mujer, podían llevarla a una indefensa excitación y a una larga sesión de auto-amor en su consultorio o el baño del hospital.
Tras llegar a casa al fin pudo relajarse y disfrutar de la sensualidad casi mágica que las pantaletas le ofrecían, pero sin nadie que se pudiera aprovechar de ella. En cuanto entró a su casa, más por costumbre que por las pantaletas, se desnudó y de nuevo quedó en su atavió básico de esclava: sólo sus Pantaletas del Placer, su Collar de la Obediencia y sus grilletes.
Apenas terminaba de poner la ropa sucia en su lugar cuando escuchó el timbre. Nerviosa se dirigió a la puerta, pensando si sería su Ama que volvía para tomar posesión de ella. Tomó su bata de un colgador a lado de la puerta y se la iba a poner cuando de pronto una descarga de placer la hizo soltar la prenda de sus manos, tras recuperarse un instante trató de volver a recogerla pero una segunda ola de placer la hizo caer al piso con la boca bien abierta, esta vez no le permitirían ponerse su bata.
-Dios ¿Quién será?… ¿Mi Ama? –pensó mientras jadeaba por aire.
Desde el suelo extendió la mano y quitó el seguro de la puerta, la manija giró y luego comenzó a abrirse, por el hueco entró una exquisita pierna femenina con botines de tacón alto y medias negras brillantes, llevaba una gabardina hasta las rodillas, sonreía y llevaba su rubio cabello suelto. Era su vecina Dianne.
-Hola esclava Gigi ¿Disfrutando de tu esclavitud? –le dijo con una gran sonrisa.
-¡Dianne! ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Éramos amigas!
-Vamos Gigi, seguramente ya conoces el poder de nuestras pantaletas ¿De veras crees que pude negarme?
Giselle bajó la cabeza, era cierto, ella misma no había podido negarse a nada que su Ama le ordenara y eso que le había dejado cierta independencia a diferencia de la rubia.
-Vamos, no te sientas mal, pronto aprenderás a gozarlo… te ayudaré –dijo en un susurró su amiga mientras dejaba caer al piso la gabardina, debajo llevaba sus ligueros verdes conectados a un increíble corset que convertía su figura en la de un perfecto reloj de arena- ahora es nuestro turno de disfrutar esclava, alégrate…
-¡No, eso no! ¡No contigo, no puedo hacerlo! –dijo Giselle mientras retrocedía de la rubia hasta quedar con su espalda pegada a la pared al otro lado de la sala- ¡Eres mi amiga! ¡Casi una hermana! ¡No lo haré!
-Mmmm… si, mi hermanita, pronto estaremos más unidas que nunca… -dijo con voz acariciante mientras se acercaba a la trigueña- es el deseo de nuestra Ama que sus esclavas compartan intimidad y debemos cumplirlo…
En ese instante los ojos angustiados de Giselle se cerraron suavemente mientras de su garganta escapaba un suave gemido, casi un ronroneo, las Pantaletas del Placer comenzaron a envolverla de calidez y excitación. El gozo comenzó a dirigirla de nuevo, sus caderas comenzaron a adelantarse hacia Dianne y sus piernas y cuerpo comenzaron a seguirlas, era como si la entrepierna de la trigueña fuera irremediablemente atraída por el coño de la rubia. Como dos potentes magnetos o dos astros por la fuerza de gravedad.
La esclava de larguísimo cabello negro trataba de sujetarse de los sillones, de los muros, de lo que fuera para impedirse seguir adelante, pero el placer era imperioso y lenta pero inexorablemente se acercaba a la otra esclava. Finalmente estaban a un paso la una de la otra, las caderas dieron un último tirón hacía adelante al sentir una punzada de delicia en su ano, como si unos dedos de seda la acariciaran por dentro, el movimiento la hizo perder el equilibrio, lo único que pudo hacer fue lanzar sus brazos adelante, colgándose del cuello de Dianne, que encantada la rodeó por la cintura para ayudarla.
En ese instante su coño hizo contacto con el de ella y fue como si una suave explosión de amor y placer surgiera de sus pantaletas, en segundos estaban recostadas en el sofá, acariciándose gentilmente, besándose, murmurándose al oído dulces y sucias palabras de deseo. Luego la rubia sacó una botella de aceite para bebé de su gabardina y comenzó a darle un masaje a su “hermanita”, pronto las tersas piernas de Giselle brillaban por el aceite, lo mismo que sus maravillosas tetas, su espalda y cuello.
-Mmmm… esto no es… justo… hermanita – Dianne le dijo minutos después con voz entrecortada y deseosa a su compañera esclava- tú estás tan cómoda y libre, debemos estar igual.
Tras decir esto se levantó y se fue a la alcoba, dejando a la trigueña retorciéndose de placer en el sofá, regresó y empezó a manipular a la indefensa joven. Minutos después Giselle llevaba puestas unas zapatillas azules de tacón altísimo, la punta abierta, adornada con un coqueto moño, dejaba ver sus lindos dedos pintados de rojo y la tira que rodeaba el talón y luego se perdía bajo los grilletes, dejaba ver la parte de atrás de su pie. Luego una minifalda elástica negra que apenas llegaba a la mitad de sus desnudos muslos y un top azul que solamente era una tira de tela elástica alrededor de las grandes tetas y espalda de la trigueña, sus pezones se marcaban claramente, duros y sensibles.
-Si… así está mejor hermanita… -dijo sonriente y lujuriosa la rubia, mientras que la trigueña seguía acariciándola y acariciándose con los ojos nublados por el deseo.
La sesión de “intimidad” duró varias horas, en las cuales, las dos jóvenes esclavas llegaron a conocerse como nunca se imaginaron, pues con sólo rosar sus coños una y otra vez era como llevar un exquisito consolador doble que les daba un placer indescriptible, mientras sus caricias sobre el cuerpo de la otra lo complementaban de forma deliciosa.
-Uuuuhhh! ¡Si! –gemía Giselle feliz, con su falda subida alrededor de su cintura, mientras las dos se masturbaban entre si frotando sus coños rápidamente. Estaban abrazadas y sentadas una entre las piernas de la otra, Dianne tenía la cabeza hacía atrás mientras se aferraba a la cintura de la trigueña como un naufrago a un salvavidas, mientras la otra esclava se sujetaba a las caderas de la rubia para besar ávidamente sus rosados pezones. La piel de sus cuerpos resbalaba fácilmente la una contra la otra por el aceite.
-¡Aaaayy… hermanita! ¡Me encanta! –empezó a gritar Dianne ya sin control y entonces se apoderó de las nalgas de Giselle mientras alcanzaba el orgasmo, detonando a su vez el de ella- ¡Aaaaaahhh! ¡Así, zorrita! ¡Siiii!
-¡Ooooooohhh siiiii! –le acompañó la trigueña al caer finalmente en el abismo del éxtasis, ambas arquearon su espalda casi a la vez, como exóticas y preciosas aves  en el clímax de una danza de apareamiento.
Se derrumbaron sobre el sofá, sonrientes, brillantes por el sudor, el cabello desarreglado y una sensación de gozo y plenitud que no encontraban con nadie más, excepto con su Ama.
La mañana siguiente, tras una cálida despedida de su “hermanita”, Giselle decidió salir al supermercado pues necesitaba de todo, pero antes tenía que limpiar pues entre ella y Dany habían dejado muy desarreglada la casa, y claro para ello tuvo que ponerse unas medias blancas hasta el muslo, zapatillas negras puntiagudas de tacón de aguja y una delicada tira de piel cruzando a la mitad del empeine que las pantaletas eligieron.
Casi terminaba cuando sintió que el placer la guiaba de nuevo, la llevaba a la puerta, y más allá, apenas alcanzó a tomar la gabardina que Dianne había olvidado y se la puso, por fortuna nada lo impidió.
-¡Ooooohhh… noooo! ¿Ahora que? –gimió asustada.
En cuanto salió se encontró no con un nuevo regalo, cosa que temía, sino con su joven vecino que estaba lavando el automóvil de su familia, el placer casi la arrastró hacía el chico, de nuevo los pulsos de placer anal le quitaban su voluntad de resistir, ella sólo pudo cruzar los brazos sobre su pecho mientras caminaba casi ebriamente.
-Buenas tardes –le saludó el joven a Giselle con evidente alegría al verla acercarse directamente hacia él.
Desde hacía tiempo era evidente para la doctora que el joven se sentía muy atraído hacía ella, pero para la trigueña simplemente era un vecinito, casi un adolecente. Normalmente era comprensiva, pues con sus espectaculares curvas tenía a varios jóvenes de su calle obsesionados con ella e incluso a algunos adultos. Pero esto era distinto, ahora ya no tenía control y no sabía lo que su Ama o las Pantaletas del Placer pretendían al llevarla ante el muchacho.
-Buenas tardes jovencito –respondió la trigueña tratando de sonar normal, pero de nuevo lo que salió de su garganta fue un ronco y acariciante susurro, rápidamente las pantaletas comenzaron a excitarla ante la presencia del muchacho y le prometían mayores placeres si tenía más intimidad con él.
-¿Qué haces? –inquirió arrepintiéndose de inmediato de haberlo hecho por lo estúpido de la pregunta. Justo entonces sintió como su coño empezaba a humedecerse.
-Lavando el coche –respondió divertido el chico- ¿Y usted como está?
Giselle cerró los ojos un instante debido al cálido placer que brevemente sintió.
-Ooooohhh… bien… mejor ahora que te tengo para platicar –dijo con suavidad para luego sonreír cálidamente. Tras lo que el rostro del joven vecino se iluminó de contento- ¿Sabes? Te he visto por aquí muchas veces pero ni siquiera conozco tu nombre. Yo soy Giselle.
-Mucho gusto en conocerla señora, también la veo continuamente, vive a un par de casa de la mía…
-Llámame Giselle –respondió con una muy poco apropiada sensualidad. Entonces notó que el chico le miraba los muslos y se dio cuenta de que su pierna adelantada casi se salía de la gabardina, luciendo esbelta, torneada y mostrando las cimas de encaje de sus medias, este descubrimiento fue un detonante de placer que la hizo sonreír.
-Pero jovencito, estoy aquí –dijo la doctora señalando su rostro- eres un niño travieso.
-Lo siento señora… -dijo avergonzado el chico al apartar la vista.
-Te dije que me llames Giselle… y no te preocupes, disfruto que me mires (lo que era literalmente cierto), pero debes ser más discreto.
-Oh ¿En serio? –de nuevo sonrió.
-Si, pero recuerda que esto es un secreto entre tú y yo –el placer de sus pantaletas seguía aumentando, nublando cada vez más el juicio y autocontrol de la trigueña- Pero es hora de hablar en serio: Quiero pedirte un favor…
-Claro señora… digo Giselle, si puedo ayudarle será un placer.
-Eso te lo aseguro –respondió con voz acariciante para de inmediato taparse la boca con la mano, avergonzada- quiero decir… te aseguro que puedes ayudarme, necesito mover algunos muebles pero son muy pesados y necesito que un joven fuerte me ayude ¿Puedes hacerlo?
-Claro que si –dijo el chico entusiasmado.
-Muy bien, sígueme –dijo la trigueña tras lo que se dio la vuelta y se dirigió a su casa mientras movía sensualmente sus caderas, miró hacia atrás un instante y vio que el chico la seguía embobado sin apartar la vista de sus nalgas.
-Oooh Dios, que cachonda estoy –pensó al sentir como de nuevo su excitación aumentaba- ¿Pero que pretende mi Ama con esto?
Tan pronto como entraron y la puerta se cerró, Giselle dejo caer la gabardina y se recostó en el sofá de su sala, sonrió al mirar al chico que estaba paralizado a un par de metros con los ojos abiertos como platos pero no dejaba de mirarla.
-Dime guapo ¿Crees que puedas ayudarme con este sofá? Di que si…
-Oh… yo… Señora… -empezó a balbucear. La doctora le hizo un gesto al chico de que guardara silencio y se acercara. Lentamente el joven comenzó a acercarse a la excitada esclava, que ya estaba empezando a gozar de forma anticipada las delicias que obtendría del joven y sus Pantaletas del Placer… y entonces se dio cuenta de algo, algo tan vergonzoso que apenas pudo creerlo de si misma: esperaba con ansias que volviera su Ama Lilian para poder servirla de la forma que ella deseara. Se dio cuenta de que en verdad ahora le pertenecía a su Ama.
Cuando el hombrecito se puso frente a ella, Giselle levantó sus estilizadas piernas con tacones negros y colocó delicadamente sus tobillos con grilletes en los hombros de este joven Amo. Finalmente la trigueña puso las manos tras su espalda y las conectó, dejándose a si misma indefensa ante el joven. Entonces las pantaletas suavizaron su poder y Giselle recuperó parte de su control pero era tarde, un nuevo placer había comenzado crecer cuando comenzó a ser penetrada con entusiasmo incansable, una y otra vez sin cesar. Haciéndola retorcerse de gozo.
-Aaaahh… aaahh… aaaahh –gemía con cada embestida, sin poder evitarlo apretó los parpados y abrió la boca mientras echaba la cabeza hacía atrás dominada por un fuerte orgasmo. Luego se derrumbó totalmente sonrojada por la vergüenza, causada no por estar teniendo sexo con un desconocido, sino por que no podía controlar sus deseos sexuales debido al enorme gozo que las malditas Pantaletas del Placer le hacían sentir.
-De haber sabido lo que pasaría nunca hubiera tocado la maldita prenda… -pensó antes de derrumbarse sin aliento.
¿CONTINUARA?
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