Hola amigos y amigas, lamento mi larga ausencia. Debo informar que sigo vivo y escribiendo, aunque a menor ritmo porque mis obligaciones personales me han mantenido muy ocupado estos meses.

Sigo encajonado con historias más potentes. Escribir otras pequeñas historias puede ir aligerando mi saturada imaginación, para poder centrarme en cosas algo más serias.

Aquuí teneis una de ellas, espero que os guste, y como siempre, perdón por mis fallos.

Reencarnación

Hola, encantada de saludar a los lectores de esta web. Mi nombre es Laura, actualmente tengo 37 años, y me veo forzada a escribir esto, sentada en la oficina donde trabajo de secretaria, ya que no soy capaz de entender lo que me está pasando. He leído varios relatos por aquí alguna vez, y mi historia tiene algo similar a algunas de ellas, pero tiene un punto extraño que me tiene desconcertada, y pienso que al compartirlo, pueda aclarar algo mis ideas, o al menos, eso espero. Tal vez sólo sea mi propio yo salvaje, en busca de morbo.

Comenzaré por explicar algo de mi vida, puesto que tengo la sensación de que es relevante para mi estado actual.

Soy gata, lo que significa que mi humilde familia y yo, hemos nacido y vivido toda la vida en Madrid capital. Nunca fui una chica discreta, buena y dulce, desde los catorce años, y la eclosión de mi pubertad, me comporté bastante mal, bebí alcohol, fumé, tomé ciertas drogas blandas, y hasta en alguna ocasión, algunas duras. Me desvirgué a los quince años con un cualquiera por las entradas de un concierto de rock, y desde ese día, comprendí el poder de la feminidad. Usé el sexo para lograr lo que quisiera, teniendo en mi mano a tres o cuatro chicos mayores de edad, con motos y coches a modo de chóferes personales, o patanes que complacían todos mis caprichos adolescentes, pagándome todo, a cambio de juegos, o directamente sexo.

Por aquella época vestía casi siempre de cuero negro o vaqueros, con generosos escotes, marcando una figura adolescente muy atractiva, delgada, con una diminuta cintura de avispa realzando unas caderas de pecado y un busto generoso para mi edad, con el pelo rubio natural en media melena, mucha laca ya que era la moda, con bastante maquillaje palideciendo mi bonito y fino rostro, con unas sombras de ojos exageradas, para realzar unos ojos azules eléctricos.

Tomé mis precauciones, claro, siempre llevaba condones para la ocasión, pero mi vida era un “desfase” constante que en mi casa no soportaban. Mi padre se hartaba de verme llegar borracha a casa a altas horas de la madrugada, en brazos de chicos distintos, pero lo achacaba a la edad. Mi madre en cambio, recibió la peor parte, discutimos mucho y la relación nunca fue buena, llegando a las manos algunas veces. Al ser hija única, creo que les decepcioné bastante, pero a esas edades adolescentes, nos importa bien poco lo que opinen de nosotros nuestros padres, o eso creemos.

Como digo, mi existencia consistía en faltar a clase, ir a antros a beber, tirarme al primero que me gustara, y tener resaca casi de forma constante. Una versión de la muñeca Barbie, pero rockera y de mala vida.

Todo cambió cuando apareció Luis, a mis tiernos 17 años. Era un joven que me encontré en un concierto, pero parecía un pez fuera del agua. Vestido con vaqueros y polo azul cielo, metido por dentro del cinturón de cuero, junto a unos náuticos en los pies. Tenía el pelo negro, de tres dedos de largo, totalmente engominado hacia un lado, barba incipiente, muy alto, aspecto robusto y agradable, en el rostro unas facciones duras pero amables, ojos pardos y una sonrisa arrebatadora, que ocultaba una nariz grande, y ligeramente desviada hacia la derecha. Era lo que se conoce como un pijo, un hijo de papá o “niño bien”, da igual como llamarlo, lo importante es que no encajaba en un ambiente lleno de moteros, chupas de cuero, vaqueros rotos por el uso, y cerveza barata.

Era inevitable fijarse en él la noche en que nos conocimos, desentonaba, y llamaba la atención, hasta tal punto que era normal verle discutir con algún que otro borracho, que le increpaba con varias copas de más. Yo, al verle, pensé lo mismo que todos allí, que más le valía salir pronto del recinto, o se llevaría algún susto, solía pasar que algún niño adinerado quería “vivir la noche madrileña” de mediados de los noventa, y acababa lloriqueando en alguna esquina tras unos bofetones. Pero la noche fue pasando, y a parte de un par de amigos suyos que le acompañaban, vi que todo aquel que se acercaba con malas intenciones, terminaba cantando y bromeando con él. Me intrigó sobre manera, así que de forma poco sutil, me acerqué a su posición, meneándome y dando saltos, para que al llegar a su lado, me mirara.

Me encantaba esa sensación de dejar boquiabierto a los chicos con mi mirada y mi expresión corporal, lo usaba para desarmar a cualquiera, y nunca me había fallado, hasta ese momento. No es que no me observara, o me comiera con los ojos, con unos jeans cortos tan altos que me violaban al andar, se deleitaba, pero no trató de tirarse encima de mí, como hacían la mayoría. Estuve más de una hora bailando a su alrededor, y estuve a punto de mandarlo a la mierda varias veces, pero cuando él quiso, aceptó un reto a la desesperada de mi mentón, y se puso a saltar conmigo.

No sé exactamente qué pasó, pero recuerdo que fueron las tres horas más increíbles de mi vida. Era un chico avispado, listo, que sabía manejar la situación, y para mi asombro, y sin oponer mucha resistencia, me tenía entre sus brazos. No me metía mano como los demás guarros, que enseguida me sobaban sin cuidado, él me sujetaba de la espalda con ternura, y hacía pequeños gestos de cariño en los brazos cada vez que me susurraba al oído dulces palabras. No era el primero que era así conmigo, pero había algo en su personalidad que me atrapaba en toda esa empalagosa forma de ser, sin poder evitar ponerme de puntillas sobre su pecho, ya que era ostensiblemente más alto que yo. Tras esa fachada había un hombre firme y recto, que no se dejaba arrastrar a mi juego, sino que me llevaba a su terreno.

Fue un caballero, y terminamos paseando solos a las seis de la mañana por los bajos de Argüelles, unos sótanos del tamaño de una manzana de edificios, con el mayor porcentaje de bares y garitos cutres que os podáis imaginar. Tomamos churros con chocolate caliente en una panadería cercana, ya que era principios de invierno, y el frío reinante le obligó a ponerme su cazadora, de marca cara, por encima. Me acompañó caminando más de una hora hasta el portal de mi casa, con su mano delicadamente apoyada en mi cadera, y seguimos charlando un rato. Amaneció casi sin darme cuenta. Aquella misma madrugada nos besamos por primera vez, un primer beso corto y suave, que se volvió deliciosamente largo, notando sus dedos apretándome en la cintura, y los míos sujetado su cuello, queriendo que aquello no acabase nunca. Y hasta hoy, han sido los únicos labios que he probado en más de dieciocho años.

Mis padres montaron en cólera, que empezara a salir con un chico mayor de edad les exaltó, y eso que no era el primero con el que me besaba, o incluso con el que me había acostado, pero si fue mi pareja oficial, y eso les ponía de los nervios. Sus veinte años no me parecían nada, en cuanto pasara ese año, yo ya sería adulta, y mi pareja me sacaría tres míseros años.

Luis fue todo lo que necesitaba en la vida, una vez que mi familia le conoció, y vieron el cambio que provocó en mí, pasaron a adorarlo, ya que era educado y muy sociable, mezclado con una saber estar y un aplomo que me volvía loca. Dejé toda mi vida de futura delincuente atrás, y me convertí en la novia ideal para él.

Todo era maravilloso, y acostarse con él por primera vez, fue de las experiencias más excitantes de toda mi vida, puesto que tardamos casi dos meses en hacerlo, y me preparó un cita de ensueño, de esas con las que todas soñamos en secreto. Me lancé a su pecho, deseosa de fundimos en la mejor noche de sexo y amor que tuvimos jamás. ¿Quién tendría tiempo para condones?

A las siete semanas se confirmó mi embarazo, y me eché a temblar, imaginándome que Luis me abandonaría. Una cría encinta no estaba muy bien visto en su casa, ya que sus parientes eran buenas personas, pero adinerados y estirados. Nunca tuve la sensación de que Luis se quedara conmigo por honor, responsabilidad, o castigo, fue un hombre cariñoso y feliz, incluso se buscó un trabajo extra, mientras estudiaba su carrera de económicas, para ahorrar y pagar cualquier cosa del bebé, ya que su familia no le cerró el grifo, pero no les hacía gracia pagarme nada.

A poco de cumplir la mayoría de edad, apenas un mes antes, y con problemas graves durante el parto, nació mi único hijo, Carlos.

Desde ese instante, mi vida es una exposición rápida de diapositivas. Mi bebé creciendo rápidamente. Mi pareja perfecta que me hacía inmensamente feliz. Los abuelos con la baba colgando por su nieto. Irnos a vivir juntos. Cuando mi hijo tuvo tres años, mudarnos a la casa vacía de sus padres. La licenciatura de mi pareja de hecho. Su ascenso a socio de una empresa de contabilidad. Mi primer trabajo de secretaria. La ilusión de querer tener un segundo hijo. La decepción de saber que, debido a las complicaciones del primer embarazo, ya no podría volver a tener hijos. Criar a Carlos lo mejor que pude, pese a los constantes roces con los abuelos paternos y su manía de mal criarlo dándole de todo. Casarnos cuando cumplí veinticinco años, en el día más feliz de mi vida. El amor y el cariño de tener tu propia familia. Los enfados con mi esposo, que terminaban en abrazos cálidos. Las riñas con mi hijo adolescente. Y finalmente, el accidente de tráfico de mi marido, hace tres años.

Ni siquiera recuerdo lo último que le dije, se levantó como cada mañana para ir a su trabajo, me dejó dormida como hacía siempre, me besó con delicadeza antes de marcharse, y le llamé para saber a qué hora regresaría para tener la comida lista. Cuando pasaron tres horas, llamé a su móvil preocupada, y me contestó una mujer, una de los médicos de la ambulancia, y me confirmó el estado crítico de Luis. Supe más tarde que ya estaba muerto durante esa llamada, el impacto de un todo terreno justo en su puerta, conducido por un señor de su misma edad, que no iba bebido ni drogado, ni era mala persona, tan solo se despistó un instante al volante, fue letal de necesidad. Prefirieron no decírmelo por teléfono, aún así, cogí a mi hijo y corrí al hospital para ser informada de que ya no había nada que hacer. Lloré, tanto que me desmayé, y me tuvieron que atender allí mismo.

El mes siguiente fui una fantasma, mi padre se hizo cargo de todo, yo sólo era una marioneta en sus manos, iba a donde me decía, y hacia lo que me decía. Se lo agradezco de corazón, no hubiera podido hacerlo sola, y tan sólo tengo vagos recuerdos del entierro, la misa, y de un largo tiempo después. Mi vida había muerto junto con él.

El tiempo, y ayuda psicológica, me hicieron volcarme en mi hijo, y recobrar las ganas de vivir que había perdido. Mi posición económica era holgada, la pensión de viudedad, y la no separación de bienes que mi “pobre” marido firmó sin parpadear, me dejaron un una casa en propiedad en el centro de Madrid, en la que vivimos, y varios objetos de gran valor para cualquier apuro, así como la ayuda y apoyo de la familia de Luis, que terminaron acogiéndome al ver que no era una caza fortunas que se quedó preñada de su “principito”. Pese a ello, me enorgullezco de no ser una mujer que vive del bote, y me busqué un empleo sencillo en mi antiguo trabajo de secretaria, que tuve que dejar por depresión. Me acogieron con gusto ya que, pese a los estereotipos de las rubias guapas de oficina, soy muy resolutiva y eficiente. Aparte de un sueldo propio, es una distracción, y me obliga a tener vida social.

Mi vida, pasados tres años de la tragedia de mi esposo, es algo rutinaria. Me levanto junto con mi hijo, desayunamos y le llevo a la universidad, de pago y buen nombre, que Carlos malgasta, aunque pagan sus abuelos. Era un buen chico, pero estudiar no es lo suyo, y desde la muerte de su padre no puedo con él, en cambio, a sus casi diecinueve años, tiene cierta facilidad para hacer amigos, y más para tener ligues. No me extraña, ha sacado todo la belleza de mí, y pese a ser algo escuálido y bajo, su cabello rubio y la cara de galán con ojos azules, le hacen bastante mono. Si no estuviera segura, juraría que Luis no era su padre, ya que no ha sacado casi nada de él, ni físicamente, ni de su personalidad.

Al dejarle en el campus, voy a mi trabajo, un bufete de contables y abogados. Me siento en la entrada atendiendo el correo, las visitas y el teléfono, junto a una chica bastante más joven y de buen ver, que trabaja a jornada completa, pero que no es tan despierta como yo. De hecho, muchas tareas complicadas las deja en espera, hasta que llego.

Una vez está todo preparado en la oficina, regreso a buscar a mi hijo. A veces me llama y me dice que vuelve andando o alguien le trae, y voy directamente a casa. Hago la comida, y espero que llegue, cuando tarda, le escribo algún mensaje, pero si está ocupado con algún tema, generalmente alguna chica o algún amigo, me dice que coma sola.

La tarde la uso para las labores del hogar, teníamos una sirvienta, pero al final prescindimos de ella, no se me caen los anillos por fregar el baño o limpiar la cocina, y cuando me enfado con Carlos, le obligo a frotar la suciedad del horno o cosas así, cuando acaba sus deberes. Trato de hablar con él, si regresa antes de la cena, pero no me hace mucho caso, ahora entiendo a mis padres y la relación complicada que tenía con ellos a esa edad.

Cenamos y me quedo en el sofá viendo la televisión mientras él se va a su cuarto, que cierra con llave, hasta que me quedo dormida. Más de una vez me he despertando a las tantas allí, en el salón, y me he ido a la cama. Creo que es por el dolor que me provoca ver ese colchón enorme de matrimonio, con el lado derecho vació, donde dormía Luis, y me hace sentir terriblemente sola. Siendo algo directa y descarada, al año de su muerte, me compré un dildo, no más grande que un bolígrafo pero que vibraba, y cuando estoy que me subo por las paredes, lo uso, siempre he sido muy fogosa y Luis me colmaba. Aunque mis sesiones de masturbación son algo mecánico, no hay emociones ni diversión, calmo un fuego dentro de mí, nada más.

Y al día siguiente, más de lo mismo.

Los fines de semana son algo más alegres, mi hijo sale mucho y puedo quedar con algunas amigas, muchas son otras madres, y van con sus parejas, lo que me hace odiarlas y envidiarlas. Cine, cenas, alguna fiesta, y si me vuelvo loca, me arreglo para bailar un poco con esposos prestados, pero nada más. Hago planes entre Carlos y yo, quedamos para ir a dar una vuelta, salir al parque a pasear o ver a los abuelos cuando necesita pedirles algo, y pese a que no lo dice, mi hijo lo hace por cortesía, o más bien por pena hacia mí.

La mayoría del tiempo lo pasaba aburrida en casa, pero un día vi a una mujer de mi edad en un canal, promocionado su cadena de gimnasios. Me apunté, por hacer algo los fines de semana, y para mantenerme un poco en forma, no he perdido mi atractivo, pero una tiene una edad ya, y no tengo nada mejor que hacer los sábados y domingos por la mañana. Son clases divertidas, pero agotadoras, con repeticiones de posturas, y con bailes por turnos. Además, creo que “sexualizan” un poco los ejercicios, en mí hora somos todas mujeres, y la clase la da un morenazo de 1,90 centímetros de altura, y con músculos que no sabía ni que existían, poniendo poses con sus pantalones de licra, marcando el paquete de tal forma, que alguna se va a desmayar en cualquier momento.

El resto del día lo paso en casa, busco cosas que hacer en Internet, pero a mi edad, sin pareja, no hay mucho que me llame la atención. Es cuando me planteo rehacer mi vida, y buscar a algún hombre con el que poder empezar de cero, pero la sola idea me turba la mente. Pese a llevar tres años viuda, todavía llevo los dos anillos de matrimonio, el mío y el de mi esposo, en el dedo anular de la mano izquierda, y cada vez que le sonrío de más a algún posible candidato, me siento tan mal que me echo atrás enseguida, frotándolos con los dedos.

Claro, no soy tonta, estoy bastante bien, siendo modesta. Mis pechos después de dar a luz aumentaron y rebosan sin sufrir todavía estragos evidentes sin sujetador, mi cintura de avispa sigue ahí, junto a unas caderas muy esbeltas, con el culo prieto y respingón. A día de hoy mis medias son unas muy respetables 91-58-89 Encima me he dejado el pelo largo, y una cabellera rubia hasta mi cintura me da un aire espectacular. Contando con ello, no se me han pasado por alto las miradas de algunos compañeros de trabajo el día que llevo falda ceñida y tacones altos. No se me escapan las miradas libidinosas de los maridos de mis amigas, que hacen de carabinas con primos o cuñados, cuando me pongo un vestido vaporoso y ligero al salir con ellos. Como tampoco dejo de notar los gestos cómplices de algunos en el gimnasio cuando las mallas apretadas dibujan mi esbelta figura de cincuenta kilos, y curvas femeninas.

Y entre todo ello, no siento ni un ápice de aquello que Luis lograba despertar en mí, tonteó un poco, juego, pero todos se cansan de tratar de conquistarme, así que, o ya no estoy tan bien como me creo, o es que me cierro en banda a cualquier cambio en mi rutina.

Esta es mi vida, y aunque no lo creáis, hasta yo misma creo que estoy muerta ya, no tengo vida, ni nada que hacer en este mundo, me siento vacía y noto que tengo una existencia sin sentido. Incluso mi propio hijo, que debería ser mi luz en el día a día, ya es mayor, y no tiene tiempo que perder con su madre. Debí ser más firme con él, pero ahora ya da igual, en cualquier momento se sacará el carnet de conducir, y ya no tendré excusa para acompañarle a la universidad, nos veremos poco, y en breve encontrará a alguna chica con la que irse a vivir. Eso me da pánico, si ahora me siento así de abandonada, pensar en ese instante, me bloquea mentalmente.

O eso era hasta ayer.

Era un día normal, como cualquier otro, me vestí con un traje de oficina azul marino, con falda apretada hasta las rodillas, tacones medios y una blusa blanca algo escotada, con un recogido leve en el pelo. Llevé a mi hijo al campus, y fui a trabajar, sin novedad alguna, salvo el maldito aire acondicionado de la recepción, que se estropea a menudo, y ese día tocaba sudar. La verdad, es finales de la primavera, y el calor aprieta, así que me terminé quitando la chaquetilla dejando los brazos al aire, y abanicándome con cualquier cosa que tuviera a mano.

Por fin mi turno acabó, y al salir me metí en el coche, uno alemán bastante caro de cinco puertas, que estaba ardiendo de estar aparcado al sol, así que no me puse la chaqueta, dejándola en el asiento de atrás, junto al bolso. Sofocada, llamé a mi hijo para saber qué tocaba, si ir a recogerle, o no.

– YO: Hola mi vida, ¿Cómo estás?

– CARLOS: Bien, mamá, como siempre.

-YO: ¿Me paso a buscarte? – el sonido de sus amigos de fondo riéndose me resulta familiar, y espero a que mi hijo se digne a hablarme.

– CARLOS: Sí, además se viene un amigo a casa, que tengo que darle unos apuntes. – torcí el gesto, no me gusta mucho llevar a desconocidos.

– YO: ¿Seguro? Ya sabes que no…- antes de poder acabar la frase, un chasquido del paladar muy particular de Carlos me hacía ver que le estaba poniendo en evidencia.

– CARLOS: ¡Venga, mamá! ¿Que más te da? Es un amigo de la “Uni”, solo un rato y luego se irá a casa.

– YO: Está bien, pero nada de líos en casa…Voy para allá, un beso.

Me pareció oír un “Gracias” antes de que me colgara, pero creo que fue fruto de mi imaginación. Puse el aire del coche a toda potencia, y conduje hasta la universidad.

Aparqué donde siempre, una especie de mini circuito de calles aledañas que hacen las veces de aparcamiento. Vi a mi hijo a lo lejos, no le presté mucha atención ya que siempre tarda en venir cuando está despidiéndose, y yo andaba con el móvil. Estaba tratando de esquivar la trampa de una amiga, que quiere que este viernes vaya con ella a cenar, y a conocer a un primo suyo que ha venido de Barcelona… “Lo siento, pero de celestina eres horrible, al último le tuve que cruzar la cara por propasarse.” Nada más mandar el mensaje, noté la puerta del copiloto abrirse, y de un brinco mi hijo saltó dentro. Ni siquiera me miró o me saludó, se estaba riendo y giró la cabeza hacia atrás. Al instante se abrió una de las puertas traseras, no quise parecer muy quisquillosa con aquel chico desconocido, así que no miré fijamente.

– YO: Hola, soy Laura, la madre de Carlos. – pretendí ser amable.

-CARLOS: Javier ya sabe quién eres, mamá, no seas boba. – me sentí algo estúpida, es una cualidad innata en mi hijo, hacerme sentir mal. Montarle una escena no ayudaría delante del joven, así que me guardé la respuesta.

– JAVIER: Eh, tío, no le hables así a tu madre, tenla un poco de respeto. Yo soy Javier, amigo de su hijo. –me quedé pasmada, con la boca abierta, tratando de no reírme y girarme para no enfadar a Carlos– Disculpe la molestia, ¿Puedo moverle el bolso y la chaqueta para sentarme? –casi me caigo al suelo al ver a un chico, tan joven, ser tan educado. Estaba de pie, con la puerta abierta del coche, y hasta que no asentí con la cabeza de medio lado, no tocó mis cosas en el asiento de atrás.

-YO: Sí…claro, no es molestia, perdona que lo haya dejado ahí, es que hacía un calor que…- me quedé sin palabras.

-CARLOS: Venga, no tardes, que tengo hambre.

Vi que el tal Javier, cogía mi bolso y mi chaqueta por el retrovisor, con delicadeza, y los posó en el asiento de al lado. Entró con cautela cerrando la puerta con cuidado, mientras se puso el cinturón sin que le dijera nada. Miré a mi hijo, que estaba con una pierna doblada pisando el salpicadero, y sin ninguna intención de seguir los pasos de seguridad vial de su amigo.

– YO: Anda, ponte el cinturón, que nos vamos.

Tardó al menos cinco minutos de remoloneo ponérselo, en los que hablaba con su amigo, detrás de mí, sin prestarme atención alguna, lo habitual en él. No quería escuchar, pero es inevitable oírles, parece que hay una chica nueva que a Carlos le gustaba, pero Javier no lo veía claro. Mientras que mi hijo hablaba con cierto desdén de ella, su amigo lo hizo con una voz inusitadamente calmada y respetuosa para su edad, y usando términos complejos, muy lejanos de un patán.

Me gustó oírle, tanto su tono como sus frases tenían un agradable efecto en mí. Sobre todo, cuando era capaz de cerrarle la boca a mi hijo con algo de lógica, parecía que tiene la cabeza bien amueblada. Pero yo no intervenía en ningún momento, les dejé a su aire, y me centré en la carretera.

Al llegar, aparqué en el garaje, y antes de apagar el coche, mi hijo ya estaba fuera, quejándose de lo que había tardado, y encaminándose al ascensor para entrar, casi sin mí, en casa. Suspiré algo abochornada, y apagué el coche para salir, saqué las piernas, y antes de poder levantarme, una mano apareció ante mí, al estar oscuro deduje que era de Javier, que como un caballero, me la ofreció para ayudarme a salir, la cogí, y así lo hice.

-YO: Gracias.

– JAVIER: Tome, sus cosas. – me ofreció mi bolso, cogido casi por el extremo más alejado de la correa, y la chaqueta bien sujeta, para que no se arrugara.

– YO: Muchas gracias…de nuevo.

Le sonreí a tientas, me dejó descolocada tanta amabilidad, o es que ya no estoy acostumbrada a ella. Cerré el coche y caminé entre las tinieblas del aparcamiento hasta el ascensor, en el que mi hijo ya estaba. Entré yo primero, ya que Javier me cedió el paso, y la luz alógena me cegó un instante, el suficiente para que se cerraran las puertas, y empezáramos a ascender al segundo piso en el que vivimos.

Busqué las llaves de casa en mi bolso, mientras me daba la vuelta, y vi a mi hijo de pie, charlando con su amigo. Me di cuenta de que nos sacaba una cabeza de altura a ambos, y eso que yo llevaba tacones altos, y cuando por fin vi de frente a Javier, me quedé helada, tanto que se me cayó la chaqueta al suelo.

-CARLOS: ¡Joder, mamá! Mira que eres torpe.

– JAVIER: Calla, no seas brusco. – dijo, mientras se agachaba a devolverme mi prenda.

Le miré atónita, mientras se ponía en pie, y me observaron ambos asustados, me debí de quedar blanca. Llegamos a nuestro piso, y salimos del ascensor, yo tras ellos, mirando incrédula a ese joven, como quien ha visto a un monstruo y debe cerciorase de que eso que tiene delante, es real. Carlos cogió mis llaves y entró en casa, con Javier detrás, que aguardó a que yo pasara para cerrar.

El chico me miraba algo cortado, traté de comprenderle, tal como le debía estar observando, era para ponerse colorado. Entramos por el pasillo al salón, y la luz de la tarde me dejó apreciarle mejor. “Su altura, espalda robusta, brazos fuertes, cara de facciones duras y amables, moreno…su pelo es algo más corto pero, la nariz es igual… ¡Es la viva imagen de Luis!” maquinaba mi cerebro.

Estuve perdida, hasta su ropa, polo azul y vaqueros, se asemejaban a la primera imagen mental que tengo de mi marido fallecido, de aquel concierto de rock, y de aquella maravillosa primera noche juntos. Carlos gritó por el pasillo, llamándole, y Javier, algo cohibido, se despidió con un gesto con la cabeza, y se fue al cuarto de mi hijo.

No sé cuanto estuve allí parada, de pie, sin saber si me estaba volviendo loca. Sacudí la cabeza y busqué un viejo álbum de fotos, de cuando era joven, y encontré varias de mi difunto esposo, y al verlas, me empezó a costar respirar. Más que un parecido, yo veía a la versión juvenil de la que me enamoré de cría, es cierto que el cabello era más largo, y que los ojos eran algo diferentes, pero el resto de semejanzas era tan clara…la gomina, su físico, la forma de moverse, su voz. Tuve que sentarme y guardar la calma.

Pasado un buen rato, en que les escuchaba reír y hablar de fondo, me serené, lo achaqué a alucinaciones mías, y fui a cambiarme, tratando de normalizar la situación. De hecho, del sofocón del calor y el susto, me di una ducha rápida, y me puse unas braguitas negras cómodas y mi camisón preferido para estar por casa, uno amarillo chillón de tirantes hasta medio muslo y ligeramente escotado, me liberé de esa tortura china llamada sujetador, así como de los tacones, calzándome unas mullidas zapatillas de andar por casa. Me recogí el pelo en un moño alto para ir fresca, y me fui a hacer la comida, olvidándome de todo un poco, pese a tener el corazón todavía acelerado.

Pasada una hora, tenía la mesa lista, y los chicos no salían del cuarto. Le mandé un mensaje de texto a Carlos, pero no contestaba, así que me fui a buscarlos. Hablé a través de la puerta, y les dije que estaba todo preparado, pero no respondieron. Es cuando llamé fuerte golpeando con los nudillos, y metí la cabeza al abrir, sin querer molestar.

– CARLOS: ¿Qué quieres? Pesada. – dijo mi hijo, sentado en la cama con una postura casi antinatural, mientas que Javier estaba en una silla, con unos CD´s en la mano.

– YO: Nada, es que la comida ya está.

– CARLOS: Vale, ahora vamos, que tenemos que hablar de nuestras cosas…- casi se levanta a cerrar la puerta cuando me quedo mirando a Javier, que de nuevo, agacha la mirada confuso. “Maldita sea, es clavado a Luis.”, pensaba, y me asombré un poco más.

– YO: Está bien, ya me voy.

No cerré del todo al irme al salón, esperando que salieran pronto, pero tras unos minutos no hubo movimiento, así que fui decidida a darles un segundo toque. Por pura coincidencia, antes de llegar, la puerta se movió, y por algún motivo extraño, ya que es mi casa, me pegué a la pared para esconderme, y que no me vieran. Pero nadie salió, solo se entornó un poco, y escuché como hablaban.

-CARLOS: Bueno, pues con eso ya tienes para estudiar, que menos mal que yo tenía los apuntes, vaya suerte la tuya.

-JAVIER: Suerte la tuya, qué callado te tenias lo de tu madre.

-CARLOS: ¿El qué….? Ah, ya te dije que era guapa…para su edad – soltó con su habitual desdén al hablar de mí.

-JAVIER: ¿Guapa? ¡Estás bromeando! Es preciosa, tiene unos ojos y un pelo que me encantan, y no veas el cuerpo que tiene, que en el coche se le marcaban unos pechos perfectos con la blusa empapada de sudor, y cuando se ha bajado del coche con esa clase, y esa falda ajustada, puf, vaya trasero que tiene la buena mujer.

-CARLOS: Pues no sé, está buena…supongo… ¿Te gusta o qué? – el tono era de broma.

-JAVIER: ¿Y a quien no? Ojalá tuviera una novia así, te lo aseguro. – la sonrisa que salió de sus labios fue tibia.

– CARLOS: Pues toda tuya, a ver si la quitas la penas de un polvo, que está inaguantable y necesita una buena follada.- el odio con que lo dijo, me dolió mucho, pero no puedo culparle. Tiene razón, yo misma me lo planteo a veces.

– JAVIER: Mira…mira, no me tientes.- ambos se rieron, y noté que iban a salir.

Traté de ser rápida, y moverme para que no pareciera exactamente lo que era, que les estaba espiando. Pero me trastabillé con la zapatilla en la alfombra que cubre todo el pasillo, y terminé cayendo de bruces sobre el pecho de Javier. De la impresión, me rodeó con el brazo libre por la cintura y me pegó a su cuerpo, para evitar mi caída. Su mano fue tan fuerte, y el gesto tan veloz, que sus dedos acabaron metiendo parte del camisón por la goma de las braguitas, a la altura de mis riñones.

– YO: ¡Uy, perdona! Venia…a, venía a buscar a Carlos…para comer.

-CARLOS: Sí es que casi te caes, torpe.

– JAVIER: No, fallo mío, discúlpeme usted, no miré al salir.- no pude evitar notar cierta condescendencia amable en su voz, como si supiera que no era culpa suya, y pese a ello, la asumió.

Me estabilizó con la mano aún en mi espalda, quedándome frente a él. De nuevo, sentí la semejanza con Luis, ya que sin tacones, ahora me sacaba más de una cabeza de altura, y me vi enana a su lado, rodeada por su fuerte brazo, tal y como él me hacía sentir, frágil y protegida, al mismo tiempo. Es cuando me soltó, y se alejó un metro de mí.

– YO: ¿Te vas ya?

– CARLOS: ¿Nos vemos mañana? – se aprietan las manos en forma de saludo.

-JAVIER: Claro. – se gira hacia mí. – Un placer conocerla…Laura.

Sin esperar a una motivación clara, me puse de puntillas y le di un beso en cada mejilla, de esos de moda para saludar o despedirse ente los críos. Me gustó notar la extraña sensación en los labios al contactar con su barba, a la moda, tan peculiar y tan parecida a la de mi marido.

– YO: Un placer conocerte también, Javier, ojalá hubiera más gente educada como tú. – solté sin pensar.

-JAVIER: Gracias, aunque con anfitrionas así, da gusto.

-YO: Pues esta es tu casa, para cuando quieras…- “¿¡Pero qué haces!?”, me grité por dentro.

-CARLOS: Que sí, mamá, deja que se vaya, no te pongas pesada.

Empiezo a cogerle asco a mi propio hijo, pero le hice caso, y me aparté del pasillo para dejarles pasar, no sin dejar de observar los ojos de aquel joven clavados en mi escote, que sin sostén y desde su altura, sentí que me veía hasta el alma.

Javier se fue, y comí con mi hijo, volviendo a mi rutina diaria. Limpié un poco la casa, Carlos se encerró en su cuarto, y vi la televisión hasta la hora de cenar, por separado ya que mi hijo se hizo un bocadillo y se lo llevó a su habitación, quedándome traspuesta hasta tarde en el sofá. Lo peor, es que en toda la tarde, la imagen de Javier me estuvo dando vueltas en la cabeza, su parecido con mi esposo era casi perfecto, y su forma de comportarse…me sentí extrañamente alegre, y sonreía sin motivo aparente.

Acabé acostándome en mi cama, pero la imagen de él agarrándome, con sólo un camisón encima, me perturbaba, y como quien no quiere la cosa, sin ser consciente, estaba tocándome por encima de las braguitas, frotando los muslos tenuemente. Estaba como un volcán, y miré al cajón de mi mesilla, donde guardo el dildo.

Ni me lo pensé, cerré la puerta con el pestillo, y saqué el consolador, lo iba a untar con vaselina como hago siempre, pero estaba tan húmeda que no me hizo falta. Comencé a bajarme la ropa interior hasta los muslos, y a levantarme el camisón, jugando a acariciarme por encima de él. Me gusta trastear antes de un mete saca, y normalmente no me cuesta imaginarme a mi marido tocándome, a Luis besando mi cuello, o sintiendo su miembro, largo y algo estrecho, separándome los labios mayores. Pero ayer no, ayer todo lo que había en mi cabeza era Javier, pensaba en su educación, su porte, su mano tan cerca de mi trasero al agarrarme, su voz diciendo que soy preciosa, que mis ojos le encantan y que mis tetas son perfectas, imagino su mirada sobre mí en el coche, fijándose en el sudor que pegaba la blusa a mi piel, y al pensar en el resoplido que escuché al hablar de mi culo…ufff.

Estaba tan mojada que no recuerdo la última vez que estuve así, y sin pensarlo, hundí aquel pequeño juguete en mi interior, soltando un alarido de placer que no recordaba ser capaz de expresar. Giré la base y empezó a vibrar dentro de mí, provocándome una ola de sensaciones nuevas, u olvidadas. No fue mecánico, ni una rutina, ayer no, estaba cachonda perdida, necesitaba que me follaran, y a falta de un hombre, aquel trasto me valía.

El juego de sacarlo y meterlo lentamente me estaba matando, y saqué un brazo del tirante del camisón para jugar con mis senos. Al palpar el pezón, rosado, tirante y erecto, lo sentí tan duro que el mero hecho de rozarlo me encendió más. Me agarré el pecho, jugué con las yemas de los dedos, mientras me perforaba poseída, gimiendo y retorciéndome de placer, probando por delante, bien abierta de piernas, o por detrás, tirando de la cadera, con ritmos rápidos o lentos. Me daba igual todo, solo tenía que cerrar los ojos y pensar que eso me lo hacía Luis, quise pensar en él, en su versión joven, en la vigorosa que me dejó embarazada, en aquel hombre que me supo manejar, pero era un esfuerzo en vano.

Mi mente volaba, las pequeñas explosiones que nacían entre mis muslos no me dejaban razonar con claridad, y la idea de que mi marido murió, de que ya no me puede tocar, y de que está muy lejos de mí, me hastió. Dando paso a un sólo pensamiento que cruzó mi cabeza, “Luis no está, pero Javier sí, está vivo, y a mi alcance”, y pensé en sus manos acariciándome, en sus labios besándome, y en su sexo atravesándome.

No pude razonarlo, mil ideas se agolparon en mi inconsciente cuando estallé en un alarido que acallé con la almohada, me moví como el cristal al fuego vivo, con el dildo dentro vibrando, y mis muslos temblaron a su son, hasta que coceé, jadeando satisfecha y me quedé dormida, tal como estaba.

Al sonar el despertador, me vi a mi misma, como si estuviera fuera de mi cuerpo. Tumbada en la cama boca arriba, despatarrada con las braguitas colgando de un pie y el dildo pringoso perdido entre mis piernas, el camisón hecho un cinturón en mi vientre, y la piel brillando con perlas de sudor frío. “¿Pero qué has hecho?”, me castigué golpeándome liviana y repetidamente en la frente, con los anillos de mi dedo.

Recogí todo, y me di una buena ducha de agua fría, preparé el desayuno, y Carlos se mostró tan indeseable como siempre al despertar. Me he vestido, le he dejado en sus clases, y me he venido a trabajar, donde hay tan poco que hacer, que con la cabeza hecha un lío, he empezado a escribir esto.

¿Estoy loca, o es que el fantasma de mi marido ha venido para atormentarme?, ¿Es posible que alguien, un ente superior, en su infinita crueldad o sabiduría, haya puesto a la reencarnación de mi marido ante mis narices? Es un crío de diecinueve años, pero por su culpa estoy sonriendo desde ayer, y no voy a engañar a nadie, lo de esta noche, ha sido culpa suya.

Me llama mi hijo, qué oportuno.

– CARLOS: Mamá, que hoy no hace falta que vengas, nos llevan en coche a casa.

-YO: ¿Nos…?

– CARLOS: Sí, Javier y yo….- mi hijo no entiende mi silencio – Se va a pasar por casa, ¿Te molesta o qué? – me da un vuelco el corazón.

-YO: No, es solo que…bueno, pues que no lo sabía.

-CARLOS: Pues ya los sabes.

– YO: Ah…vale… ¿Y…le hago algo de comer o…? – no sé si es que soy amable, o es que quiero impresionarlo.

-CARLOS: No, si va a ayudarme con una cosa en el ordenador y se va, nos vemos en casa. – esta vez, que me cuelgue bruscamente me da una alegría.

Las siguientes dos horas transcurren pensando en Javier, y en la idea de tenerlo en mi casa. Pasada la impresión inicial, veo con perspectiva la situación, es un amigo de mi hijo que no conozco mucho, y al que casi doblo la edad, y por mucho que me haya gustado la forma en que me ha hecho sentir, no puede pasar nada entre nosotros. Además, tendrá a muchas chicas detrás, jóvenes, guapas y dispuestas, y yo no soy rival, soy demasiado mujer para él.

Sabiendo eso, y siendo algo egoísta, no quiero dejar pasar la oportunidad de divertirme, no veo nada malo en entretenerme con él, y tontear un poco, como hago con algunos hombres adultos. Eso me hace sentir deseada y menos miserable, así que me preparo para hacer una travesura, jugar un poco a deslumbrarle, y tener algo de aventura en mi triste vida. Mis ojos deben de brillar de malicia, hasta mis compañeras me preguntan qué me pasa, dicen que se me ve feliz, y yo no sé qué responderlas.

Me voy a mi domicilio con ritmo alegre. Al llegar me doy una ducha de agua tibia para sacarme el calor de la piel, me pongo una braguitas bancas y mi camisón amarillo, recogiéndome el pelo en una coleta alta. La verdad es que sin pretenderlo, y sin entender el motivo, me paro ante el espejo de cuerpo entero del armario de mi habitación, y me veo preciosa, cuando llevo años llevando ese tipo de prendas al estar por casa, y no he sentido esa sensualidad en mi figura.

Voy preparando una comida ligera y sana. Estoy en la cocina cuando escucho voces y las llaves en el recibidor, algo nerviosa, acudo rauda a ver quién entra. Veo a mi hijo pasar como el rey del lugar, con su pantalón negro más cómodo y una camisa por fuera de color azul cielo. Detrás de él, Javier, cerrando la puerta de la entrada con una serenidad muy impropia de un joven, va con unos vaqueros blancos y un cinturón negro, con un polo color rojo.

Carlos se va a su cuarto y oigo de fondo el golpe de su mochila contra la pared, pero Javier se queda en el pasillo, y me saluda algo cabizbajo.

– YO: Hola.

– JAVIER: Buenas tardes ya, señora…perdóneme, no me acuerdo del apellido. – se sonroja de forma graciosa.

– YO: No pasa nada, es Gutiérrez, pero creo que podemos llamarnos por nuestro nombre, Javier. – comienzo a jugar, ladeando la cabeza de forma tierna.

-JAVIER: Está bien…Laura, gracias por dejarme entrar en tu casa otra vez.

-YO: Ninguna molestia, es más, pensaba invitarte a comer…- le pilla desprevenido, aprieta los labios de forma que denota cierta pena.

-JAVIER: No, lo siento, de verdad, pero tengo que irme a casa pronto.

-YO: ¿Seguro? – no quiero que se note mi decepción.

-JAVIER: Sí, es una lástima, pero tengo que estudiar, además, no quiero importunarla.

-YO: Por favor, será un gusto que te quedes a comer el día que quieras.

– JAVIER: Se lo agradezco mucho, y será un honor ser su invitado… – el grito de mi hijo llamándole me frustra, el duelo de miradas estaba siendo divertido, con el pobre chico haciendo esfuerzos titánicos por mirarme a la cara, y no al tibio escote del camisón, sin perder la compostura.

– YO: Ve con Carlos, yo iré a preparar la mesa, un placer verte. – lo digo palmeando su pecho.

Soy mujer de armas tomar, me elevo un instante para que parezca que le voy a besar en la cara al despedirme, justo para girarme sobre mi misma y dejarle con las ganas.

Me alejo hacia la cocina, regalándole mi figura al caminar, y el vuelo del camisón a cada paso. Le imagino admirando el juego de mis caderas, y me sonrojo. Me aguanto la risa hasta llegar a la nevera, son nervios, no es que sea cruel y el chico me dé lastima, para un primer contacto no se ha desenvuelto mal, y me quedo con las ganas de haberle sacado de su terreno de confort, “Dios, hacía tanto que no jugaba a esto.”

Pongo la mesa, mientras me niego a ir a espiar a la puerta de mi hijo, me sería imposible que parezca un accidente de nuevo. Tampoco me hace falta, son adolescentes, y si Javier no está piropeándome, será por respeto a Carlos. Estoy segura de que tiene mi imagen ligera de ropa metida en su cabeza, eso me halaga y me hace feliz.

Pasado un tiempo prudencial, me armo de valor y voy al cuarto de mi hijo. Al llamar, Javier me abre, y su primera mirada va a mi escote, que luzco sacando el pecho.

– YO: La comida ya está, cielo, ¿Vienes? – el tono es de madre cariñosa, pero me queda de cine haciendo sonreír al invitado.

– CARLOS: Sí, ya voy, espera que apago el ordenador…gracias tío. – Carlos se pone en pie y pasa a mi lado, dedicándome una extraña mirada, entre la aprobación y el asco.

– JAVIER: De nada, y ya hablamos para estudiar eso…- se lo dice a la nuca de mi primogénito, que ya se aleja en dirección a la cocina.

– YO: Hay comida de sobra…- le murmuro algo melosa a Javier.

– JAVIER: Me sabe fatal, pero de verdad que no puedo quedarme. Otro día. – asiente y me mira a los ojos. Me gusta la seguridad con la que lo dice, no lo pregunta, lo afirma.

– YO: Te tomo la palabra.- le apunto con el dedo índice, y le sonrío de tal manera que le hago suspirar de forma leve.

– JAVIER: La tiene. – al decirlo, hace un gesto seco firme de arriba a abajo con la cabeza, cerrando los ojos.

Me ofrezco para acompañarle hasta la puerta por el estrecho pasillo, y él alarga su mano para dejarme pasar delante de él, ¿Caballerosidad o querer mirarme el trasero? No sé cuál de esas ideas me gusta más. Eso pienso cuando noto su mano en mi espalda, me está acompañando, guiando tenuemente, pero me provoca un escalofrío, y le dedico una mirada tierna, que me devuelve gustoso.

Al llegar a la salida, me sorprende todavía más, usando su mano en mis riñones para girarme hacia él, y elevarme un poco para darme los dos besos de despedida con los que le había dejado con las ganas antes. Se los doy encantada por su galantería, alargando la duración del segundo de ellos sobre su mejilla.

– JAVIER: Hasta pronto, Laura. – dice al salir.

– YO: Hasta luego, Javier. – me exhibo ante él antes de cerrar la puerta, que me dedica una última sonrisa triste, por tener que irse.

Me quedo como una boba apoyada en la pared del recibidor, riendo y pensando en lo divertido que ha sido jugar un poco. Me abanico la cara con las manos, y voy a comer. Al entrar en la cocina, Carlos ya ha acabado, y está rebuscando en la nevera, buscando su yogurt de turno. De nuevo me dedica una mirada rara, extraña, junta los labios sacándolos exageradamente, arqueando las cejas, y hunde una cuchara en el lácteo antes de irse. Más tarde tendré que recoger ese envase de su cuarto.

Como algo, mientras mi mente rememora cada instante de ese entretenimiento en que he convertido al amigo de mi hijo. Recojo la mesa, y me voy al cuarto de baño de mi habitación, cuando me estoy aseando, noto cierta humedad entre mis muslos, y creo que es sudor, pero mi sorpresa llega al palparme y oler a hembra en celo. Apenas un par de conversaciones inocentes, unos roces, y estoy mojada. “Ese chaval tiene algo que me pone mala.”

Pasa la tarde como una de tantas, aunque de vez en cuando pienso en Javier, y luego en Luis, y en qué opinaría de verme trastear así con un joven. Me siento mal un rato, pero me empiezo a convencer de que Luis está muerto, y de que volverme una puritana no me ha ayudado en nada, no creo que divertirme un poco más sea algo de lo que avergonzare, tan sólo es un juego.

Al cenar hablo con Carlos, que me dedica un par de frases salidas de tono, pero como es lo habitual, le dejo que se vuelva a encerrar, y yo me voy directa a la cama. Me descubro acostada ya, suelo quedarme en el sofá del salón unas horas, pero esta vez no, y según me tumbo, trato de dormirme.

Las tonterías de Javier, como sentir su mano en mi espalda, o su atrevimiento al buscar ese par de besos, me hacen incapaz de conciliar el sueño. Es increíble que unos gestos tan nimios logren desvelarme. Tampoco es que duerma muy bien desde hace años. Retozo en la cama como una gatita, y no paro hasta que me doy cuenta de que me estoy frotando contra el colchón, como si fuera un amante.

No tardo en quedar boca abajo, con mi mano buscando meterse por dentro de mis braguitas, y ahora no me sorprende encontrarme mis dedos empapados. Me dejo llevar, y me obligo a pensar en Luis, en una noche que pasamos juntos, antes de saber que estaba embarazada, en su nariz frotando mi cuello, las caricias en mi trasero y en los besos en mis senos que me gustaban tanto.

Me levanto a cerrar el pestillo, sin creerme que por segunda noche consecutiva me vaya a masturbar, no me había pasado nunca, pero ahora mismo, me sobra todo. Me quito el camisón y las braguitas, estoy boca arriba, totalmente desnuda sobre la cama, y me paso los dedos por el pubis, deseando que Luis esté aquí, y que me acaricie como él sabía, que me termine tumbando en la cama, y me coja de las caderas para embestirme con cuidado y ternura, aumentado el ritmo de su cadera hasta hacerme delirar y tomar el control, entonces le recostaba y lo montaba como una amazona perversa. Le encanaba que lo hiciera, y a mí hacerlo.


Tengo dos dedos dentro de mí, y pienso en el dildo, pero esta noche no, esta noche necesito caricias de verdad, el tacto de la piel humana, y me vuelvo loca, acariciando con vehemencia el clítoris mientras paso a hundirme tres dedos ya en mi interior. Me cansa hacerlo, o estoy harta de ser yo quien lo hace, quiero y deseo un amante que lo haga por mí, pero llegados a este punto, no puedo parar. Necesito eclosionar para calmarme, y sin pretenderlo, pienso en que si Luis ya no puede darme esas caricias, Javier si puede. Otra vez esa idea, es injusta para mi esposo, pero es la realidad.

Me imagino a ese chico tocándome como lo hago yo, sus manos recorriendo mis muslos, y sus dedos jugando en mi interior, mientras me besa por todo el cuerpo. No aguanto mucho, y empiezo a temblar, mi cuerpo me pide un esfuerzo final que le concedo, y acabo rodando por la cama sujetándome entre mis piernas, con convulsiones cortas y placenteras, mordiéndome el labio, deseando poder abrazar a alguien que me dé ese tipo de calor humano. No lo tengo, ni lo tendré si sigo así. Me duermo pensando en que tengo que hacer algo al respecto.

Continuará…