CAPITULO 5

Cuando me desperté ya era de día y unos traviesos rayos del sol se colaban por las persianas de mi habitación. Levanté las sábanas para descubrir que mi cuerpo seguía desnudo y eso me llevó a rememorar todo lo que había sucedido la loca noche anterior. Mi marido ya no estaba, debía haberse levantado y por un momento llegué a pensar que todo fue un sueño, que realmente no había ocurrido nada, simplemente que era fruto de mi perversa imaginación o alguno de mis sueños eróticos.

Me metí en el baño y me di una ducha para despejarme sin dejar de reírme con ese sueño que parecía completamente real, hasta que mi mano rozó suavemente mis labios vaginales para lavarme y notar cierto escozor. Esa zona estaba realmente resentida debido a una innegable sesión de sexo. Me di cuenta de que todo había sido cierto y que la noche anterior, mi preparador personal me había follado en la cocina de mi propia casa haciéndome ver las estrellas.

No puedo negar que mi primer sentimiento era de culpa… de arrepentimiento. Recordaba cuando apareció Martita en la cocina y afortunadamente pude despistarla en un momento que casi nos cuesta un disgusto, menos mal que ella no se dio cuenta de nada. No quería ni imaginar que en lugar de ella hubiera sido Darío quien entrara en la cocina o peor… mi marido y nos hubiese encontrado así, en aquella posición, completamente desnudos, con la mitad de mi cuerpo apoyado en una mesa y Martín con su enorme verga martilleándome el coño sin cesar.

Tras la ducha, me puse unas mallas y una camiseta y bajé a desayunar algo, pues la verdad, me sentía realmente hambrienta. Al acercarme a la cocina se oían unas voces y unas risas al otro lado de la puerta. Nada más abrir me encontré a los tres hombres desayunando tranquilamente y riendo con alguno de sus chistes sentados en la misma mesa donde la noche anterior había sido bien follada por ese hombretón.

− Mira, aquí está la bella durmiente – comentó mi esposo.

− ¿Qué hora es? – pregunté.

− Pues son casi las diez, con lo madrugadora que tú eres…

− Vaya, me he dormido.

− Sí, ya me dijo Martín que ayer tuviste una buena sesión.

Por un momento creí que se me helaba la sangre al oírle decir eso. No sé si me quedé blanca o roja o de ambos colores a la vez, pero me costó entender lo que acaba de soltar mi marido medio riendo.

− Si, la verdad es que nos dimos mucha caña. No me extraña que esté cansada. No está acostumbrada. – intervino Martín riendo.

No podía creerme lo que estaba escuchando y me parecía estar en otro de esos sueños del que una sí que quiere despertar, porque no es para nada agradable saber que todo el mundo pueda saber algo de tú tienes oculto ante oídos y ojos de todos. Miré a Darío intentando ver algún reproche en su mirada, pero parecía estar absorto mojando un bollo en su bol de leche, lo mismo que Martita que disfrutaba de una tostada con mantequilla y un tazón de cacao.

− Claro mujer, Martín está más acostumbrado. Tú no lo haces tan a menudo. Ven siéntate y come algo. Tienes que reponer fuerzas. – añadió Raúl.

− ¿Cómo? – seguía preguntando yo totalmente atontada.

Mi cuerpo estaba paralizado y mis ojos se cruzaban con los de Martín que seguía sonriéndome como si tal cosa sin una pizca de temor en su mirada mientras que yo estaba en shock.

− Sí, mujer, ya nos contó Martín que la sesión de gimnasia fue algo dura y luego la fiesta, el baile, el alcohol… no me extraña que te hayas dormido. No estás habituada.

Creo que mi pecho soltó el aire retenido cuando le oí aclarar eso y entonces entendí que en todo momento estaban hablando de mi agotamiento físico por la clase de gimnasia y no por lo otro, algo que hubiera sido del todo menos natural en aquella conversación con mi familia.

Me senté con ellos sin poder evitar mirar de reojo a mi amante secreto, que también me devolvía el cruce de miradas e incluso alguna sonrisa furtiva y algo que me pareció como un besito juntando sus labios. Podía sentir el cosquilleo en mi sexo y los latidos continuos en esa zona, algo dilatada todavía, después de esa buena tunda de la noche anterior.

− ¿Sabes? He pensado que como hoy es sábado podíamos ir a la casa de la playa. – mencionó Raúl.

− ¿Hoy? – pregunté sorprendida pues hacía mucho tiempo que no íbamos por esa casita que compramos tiempo atrás para pasar el veraneo y algún fin de semana.

− Claro, hace muy bueno.

− Pero… ¿no tienes trabajo? – le pregunté pues sabía que los sábados los dedicaba a revisar informes, gráficos y cuentas de explotación.

− Sí, pero lo puedo hacer allí, me llevo la tablet y ya está.

− Sí, mami, por favor – pedía Martita con carita de ruego.

− Claro que sí, además Martín se viene con nosotros – añadió Darío.

Creo que intenté poner cara de normalidad, pero por el brillo de los ojos de mi profesor, debía estar colorada o inquieta al saber que también vendría él con nosotros. No me dio tiempo a replicar, ni casi a terminar mi desayuno, cuando todos ya estaban preparando sus cosas. Martita sus juguetes, Darío su equipo de buceo mientras mi marido estaba poniendo los bultos, toallas y demás en el maletero del coche. Tuve que subir deprisa y corriendo a ponerme mi bikini y un vestido veraniego para salir rápidamente pues me apremiaban para viajar cuanto antes y aprovechar al máximo ese día de sol.

Elegí un bikini verde con cordones blancos en la braguita que me hacía parecer más juvenil. Me puse un vestido encima muy fino, mis sandalias veraniegas y salí de mi habitación. Desde el pasillo podían escucharse las voces que provenían de abajo con la preparación hasta que de pronto Martín salió de su cuarto de invitados justo cuando pasaba por delante de su puerta.

− ¡Adri, qué guapa estás! – me dijo observando mi figura en aquel vestido floreado tan fino y escotado, algo más corto de los que uso normalmente también.

− Martín. ¿Qué haces aquí? – la pregunta era para saber qué hacía ahí en medio del pasillo y al tiempo en medio de mi vida.

− Vine a por un bañador que me ha dejado tu hijo.

Estaba muy guapo. Con una camiseta ajustada blanca y unos pantalones cortos de mi hijo que le hacían parecer más crío, pero a mí me encantaba ese cuerpo tan fuerte y juvenil al que era muy difícil resistirse.

− No sé si es buena idea que vengas. – le dije recriminándole que siguiera manteniendo una postura tranquila en una situación tan poco cómoda para mí.

− ¿Ya quieres olvidarme? ¿No te gustó el polvo de anoche?

− ¡Por favor! – le supliqué haciéndole entender lo equivocada de aquella situación.

− Me encantó follarte.

− Martín, eso no debió pasar. Estábamos borrachos…

− Yo estoy borracho, pero de verte en cada momento.

− Martín… no sigas.

− Ayer no parecías decirme eso cuando estaba dentro de ti. No me quito de la cabeza tu cuerpo desnudo sobre la mesa.

Nada más decir eso se colocó detrás de mí y me abrazó pudiendo sentir su enorme pecho sobre mi espalda y sus manos en mi cintura. Su mano pasó por mi barriga, subiendo hasta llegar a mi teta derecha.

− ¡Martín! – se la quité de inmediato pero en lugar de darle un codazo para separarlo de mí, me dejé llevar por sus caricias.

Su mano volvió de inmediato a jugar con mi teta por encima de la tela de mi vestido y la otra pasaba por mis brazos desnudos haciendo que mi piel se erizase.

− ¡Adri, me tienes loco perdido! – me dijo en un susurro junto a mi oreja.

− ¡Martín, por Dios! – le respondí sin poder evitar un estremecimiento por todo mi cuerpo.

− Fue increíble lo de anoche, aun no me lo puedo creer. Allí desnudos y sintiéndote de lleno con ese coño tan apretado contra mi polla.

Sus palabras tan directas y soeces eran la droga que me atontaba, porque si yo quería zanjar el asunto, él conseguía llevarme de nuevo a la locura.

− Me vuelve loco tu cuerpo – intervino el chico, abrazándome por detrás – y es alucinante sentirme dentro de ti. ¿Lo pasaste tan bien como yo?

− Martín, lo de ayer fue un error. Estoy casada… Darío… – intentaba detenerle en sus avances.

Mi teta era apretujada con su mano haciendo que mi pezón se endureciese entre sus dedos cada vez más.

− ¿Te gustó o no? – me imploró con su boca junto a mi oído.

− Si. – respondí vencida ante esos manoseos y esos susurros.

− Genial, entonces tendremos que probar más cosas. Este cuerpito pide más guerra.

Cuando añadió ese comentario se pegó aún más detrás de mí, pudiendo notar de nuevo su dureza sobre mi cola. Sus dos manos bordearon mi silueta sobre el vestido y a continuación se metieron por debajo acariciando mis muslos y mi culo.

− Martín, no podemos seguir con esto. – protesté sin mucho ímpetu y sin dejar de recibir sus benditos manoseos.

− ¿No quieres?

− Es muy peligroso.

− ¿No es excitante?

− Estoy muerta de miedo.

− Y yo. Por eso es más divertido.

A continuación su mano se puso por delante rozando mi vientre colándose por debajo de mi vestido para hurgar descaradamente mi sexo por encima de la braguita de mi bikini. No le costó trabajo retirar la tela y rozar con sus dedos los labios inflamados de mi vagina, ni que yo suspirase con mi boca pegada a su cuello totalmente entregada a ese juego prohibido en medio del pasillo.

− ¿Tienes ganas de chupármela? – me dijo al tiempo que su lengua dibujaba un río sobre mi cuello.

− Sí… – contesté suspirando extasiada.

− Yo también quiero comerme este coño, tiene que estar delicioso. – añadió sin dejar de tocarlo con sus dedos, rozando mi clítoris y haciéndome gemir.

− ¡Diosss! – dije entre hipidos.

Giré mi cabeza y le miré a los ojos, viendo en ese reflejo la lujuria desmedida que yo misma debía tener en los míos. Por un instante volví a sentir un rayo de lucidez cuando se escucharon de nuevo voces en la planta de abajo. Me separé de Martín asustada, estábamos jugando con fuego en medio del pasillo y con el peligro de ser descubiertos de nuevo.

El chico no hacía caso a mis súplicas y advertencias. Me sostuvo con sus dos fuertes brazos por la cintura y me dio la vuelta para besarme esta vez uno frente al otro dejándonos llevar por el roce sediento de un beso de labios, lenguas, mordiscos, chupeteos, lamidas… nunca me habían besado así.

− Martin, esto no puede estar pasando… – dije separando mi cara de la suya sin acabar de creerme que todo pudiera ser cierto.

Las manos habilidosas de ese chico se adentraron por mis caderas y tiraron de los cordones de cada lado de la braguita de mi bikini haciendo que la prenda quedase entre sus dedos en un abrir y cerrar los ojos. Cuando quise reaccionar, me había dejado sin ella. Note el aire en mi sexo colándose por debajo de mi corto vestido.

− ¿Qué haces? – pregunté intentando recuperar mi prenda que ahora estaba entre sus dedos.

− Me lo quedo de premio. ¿No me lo he ganado? – añadió con unos ojos cargados de erotismo y llevando la braga de mi bikini a la nariz para aspirar todos los aromas que debía haber impregnado mi sexo sobre ella.

Justo cuando iba a replicar, se oyó la voz de mi esposo que nos llamaba desde el garaje.

− ¡Vamos, que se nos va el sol!

Nos recompusimos rápidamente y bajamos para encontrarnos con los demás. Raúl salió a mi encuentro cuando iba a meterme en el asiento del copiloto. Me abrazó como pocas veces, notando su cuerpo pegado al mío y pasando sus manos por mi cintura y caderas. Por un momento temí que iba a descubrir que no llevaba la parte de abajo del bikini pero no pareció percatarse.

− Cariño, estás preciosa – me dijo en un susurro para no ser oído.

− Gracias – le respondí orgullosa pero con mi cuerpo temblando de miedo.

− Ayer nos quedamos a medias. Hoy en la casita, a la hora de la siesta terminamos lo de anoche, ¿vale?

Le sonreí a modo de respuesta afirmativa, pero evitando que en mi cara se reflejase el susto. De pronto mi hijo se metió en el coche por la puerta de delante ocupando el que iba a ser mi sitio.

− Darío ¿qué haces?

− Te gané – dijo cerrando la puerta del copiloto.

− Sí, mujer, pasa atrás y descansa, hoy no vas a ser un buen copiloto – intervino Raúl.

No me lo podía creer, todo volvía a maquinarse de forma espontánea pero tan peligrosa que no estaba muy segura de saber controlar. Mi hijita prefirió quedarse junto a la ventanilla por lo que Martín, quedó en medio y yo a su derecha en los asientos de atrás.

Emprendimos la marcha y me sentía muy cachonda teniendo pegadas mis caderas a ese hombre que me tenía loca, pero con el miedo a que cualquier gesto o movimiento me delatara. Intenté no parecer nerviosa, aunque lo estaba y mucho. Como bien decía Martín, el hecho de sufrir esos miedos, nos hacía vivir las situaciones con más intensidad y más morbo todavía.

Durante el viaje a la casa de la playa que suele durar un par de horas, mantuvimos conversaciones del todo banales, hasta que hubo un momento de silencio, justo cuando Darío debió quedarse dormido y la niña también. Algo que aprovechó Martín para posar su mano sobre mi rodilla e irla subiendo por la cara interna de mis muslos. En un primer momento le sostuve la mano para que no siguiera y la retirara, pero cuando llegó tan cerca de mi sexo con el añadido de no llevar braguitas, fue mi auténtica perdición, más cuando su dedo empezó a juguetear con mis labios vaginales, haciéndome gemir, aunque intenté apagar el ruido al máximo. Volví a mirar a Martita que dormía plácidamente y mi esposo seguía concentrado en la conducción por aquellas curvas de la carretera de la costa. Cerré los ojos, queriendo hacerme la dormida, pero no era otra cosa que dejarme llevar por ese dedito que iba de lado a lado de mi pubis, jugueteaba entre mis muslos y de vez en cuando se colaba unos centímetros dentro de mi coño que ardía y se humedecía cada vez más. No pude evitar correrme entre hipidos que debían apagarse con el ruido del motor del coche y el dorso de mi mano que tapaba algún otro sonido que emitiera mi boca inconscientemente. Me corrí sujetando la mano de mi joven amante, pero sin apartarla, sino acariciándola en agradecimiento por esa paja tan deliciosa que acababa de regalarme. Una vez que sacó el dedo de mi rajita se llevó el dedo a la boca y lo chupó con total dedicación y con demasiado descaro, pues temía que mi marido pudiera notar algo raro a través del retrovisor.

Llegamos a la casita de la playa dejamos las bolsas en la puerta y casi sin tiempo a posarlas sobre el suelo, mis hijos se habían quedado en bañador y se fueron corriendo al agua tirando las prendas a medida que avanzaban por la orilla. En ese momento recordé que yo no llevaba la parte de abajo del bikini y me excusé recogiendo otro de la bolsa para ponérmelo en el baño, mientras mi marido y Martín se despedían de mí caminando en dirección a la orilla junto a mis hijos.

Cuando descubrí el bikini que me había traído no me lo podía creer: Me había equivocado al elegir esa prenda de repuesto. No era otro que uno que estaba sin estrenar porque me lo regalaron mis amigas en una broma de una tarde de compras en uno de mis cumpleaños. Era un tanga súper pequeño de color negro que apenas tapaba mis pezones y una braguita que cubría mi sexo a duras penas con una fina tela por detrás que se colaba entre mis glúteos. Me miré en el espejo y me sonreí a mi misma porque me vi muy sexy. Me puse encima el vestido y acudí a la playa con todos. Me senté en una de las toallas observando cómo jugaban los chicos con Martita en el agua. Mi marido se despojó de la ropa para quedarse en bañador a mi lado.

− ¿No te vas a quitar el vestido? – preguntó contrariado al verme allí sentada con las piernas encogidas y mi cabeza sobre las rodillas.

− No, prefiero que no.

− Vamos, mujer, con lo que te gusta a ti el agua.

− Mejor no. – repetí sin moverme.

− Pero ¿por qué?

− Pues Raúl, me he confundido de bikini y me he traído el negro.

− ¿El negro? No sé cual… – respondió confuso.

− Claro, nunca me lo he puesto. Es un tanga que me regalaron mis amigas, con una broma, ¿no te acuerdas que te lo enseñé? – le dije pero por su cara no parecía recordar nada.

− ¿Y qué tiene de malo?

− Pues es muy… muy pequeño, Raúl.

− ¿Y qué pasa?

− No sé, me da vergüenza.

− Mujer, estamos en familia, los chicos no se asustarán… y Martín ya te vio en bikini, incluso hicisteis gimnasia así.

En ese momento recordé los momentos vividos en esa clase de gimnasia y nuestros roces directos cuando ambos estábamos con esas pequeñas prendas. Raúl se fue al agua y yo permanecí sentada con el vestido sobre la toalla. Evidentemente no me importaba que me viera Martín, que ya había podido observarme a base de bien y completamente desnuda, pero era distinto con mis hijos delante, que pusieran reparos… precisamente por mostrarme con aquel reducido bikini ante él.

− Mamá ¿no te bañas? – fue mi hija la que llamaba desde el agua.

− No, luego… – le dije desde lejos.

− ¡Está buenísima!

− Es que a tu madre le da vergüenza – dijo de pronto Raúl entre risas.

− ¿Por qué? – preguntó Darío.

− Porque llevo un tanga. – dije enrojeciendo.

− ¿Un tanga? – preguntó mi hijo mirándome fijamente al igual que su amigo que giró la cabeza hacia mi.

− Sí – respondí enrojeciendo.

− Pues mejor, así te pones más morena. – añadió Darío para mi sorpresa.

Parecía que todos me estaban animando y envalentonada me puse en pie y fui soltando los botones de mi vestido y dejarle caer al suelo. Sabía que estaba siendo observada, pero mi parsimonia y mi exhibicionismo iban especialmente dedicados a mi profesor particular.

− ¡Coño! – gritó Raúl alucinado desde el agua cuando me vio con aquella diminuta prenda sobre mi cuerpo que apenas tapaba lo mínimo.

− ¿Ves como es muy pequeño? – le dije.

− Estás muy guapa, mamá – comentó mi hijita.

− Es verdad, te queda muy bien. – añadió Darío.

Animada y asombrada por tanto halago me di la vuelta y les mostré también mi trasero exhibiendo aquel tanga en el que una fina tira se colaba entre mis posaderas sintiéndome extraña al hacerlo y al mismo tiempo pletórica ante esa sorpresa provocada a todos.

− Guau, cariño, que escondido lo tenías – siguió animando mi esposo.

− ¿No es demasiado pequeño? – pregunté con cara de inocente, disculpándome.

− Con un cuerpo así, es para lucirlo. – añadió Martín envalentonado uniéndose a la fiesta de los piropos.

Una vez que todos aprobaron mi pequeñísima indumentaria me metí en el agua con ellos y saltamos con las olas, nadando y participando de diversos juegos. Después de un largo baño todos fueron saliendo y solo quedamos Martín y yo en el agua.

− Adri, me tienes loco – dijo de pronto, haciendo que esa frase incrementara mi placer interior.

− Vaya, veo que te he causado buena impresión con mi bikini – dije orgullosa

− ¡Alucinante!

− ¿Salimos con los demás? – le dije para que nadie notara nada raro viéndonos a los dos solos dentro del agua.

− No puedo. Estoy a tope ahora mismo y este bañador de tu hijo no me tapa lo suficiente.

Me salí a la arena y él permaneció unos minutos más hasta que la cosa se le bajó un poco. Estaba orgullosa, una vez más, por haber provocado eso en aquel joven.

Recogimos las toallas y con Martín más calmado volvimos a la casa de la playa. Sin despojarnos de los trajes de baño, como siempre solíamos hacer, disfrutamos de unos canapés en la terracita. Yo notaba que mi marido me miraba de vez en cuando, especialmente mi culo al aire y esa tira que se escondía entre mis nalgas. Martín hacía lo propio y yo estaba encantada de sentir esas miradas y que mis hijos no pusieran objeción.

Tras la comida, cada uno empleamos el tiempo en relajarnos a nuestra manera: Martita se metió en la casa a jugar con sus muñecas, Darío se calzó su traje de neopreno, sus aletas y las gafas de bucear a perderse un buen rato, y mi esposo, Martín y yo nos tumbamos en unas toallas en la arena. Raúl centrado en sus números con su tablet y yo en el medio de los dos hombres boca abajo. Martín no perdía ojo a mi lado observando mi cuerpo prácticamente desnudo y especialmente mi culo que estaba en pompa y bien expuesto con esa tanga tan pequeño.

− ¿Vamos a la cueva? – le pregunté a mi esposo refiriéndome a un lugar al que solíamos ir paseando al final de la larga playa y que era un lugar idílico donde se metía el mar en un entrante en las rocas formando una especie de piscina natural dentro de una cueva.

− No puedo cariño, tengo mucho lío. – respondió Raúl centrado en su tablet.

− Hace mucho que no vamos. – le puse mohín sin que me hiciera mucho caso.

− Llévate a Martín y se lo enseñas. – propuso él sin levantar la vista de sus números.

Por un momento mi corazón empezó a latir más aprisa por la nueva idea inocente que había aconsejado Raúl. Aun así quise que no sospechase nada.

− No, mejor otro día, vamos todos. – dije.

− No, mujer, enséñaselo. Le gustará mucho a Martín. – insistía él.

Miré a mi joven instructor, que me miraba expectante y sonriente, esperando que yo diera el paso y pudiéramos estar a solas en aquel paradisíaco lugar.

− ¿Te apetece? – hice esa pregunta al chico, sabiendo la respuesta y al tiempo notaba como mi cuerpo se cargaba de emoción, sintiendo un cosquilleo que erizaba toda mi piel.

− ¡Claro! – respondió demasiado efusivo para mi gusto, pues seguía con mi temor de que Raúl empezara a sospechar más de la cuenta…

− ¿Entonces, te quedas? – le insistí a mi esposo una vez más

− Que sí, mujer, estoy liado. Además la niña no querrá ir y me quedo aquí con ella. Iros tranquilos…

− Vale.

Martín y yo avanzamos por la orilla de la playa en silencio alejándonos poco a poco de la casita de la playa y del lugar donde estaba mi marido. Entonces el chico me dio la mano, pero se la solté de inmediato, a pesar de estar a una distancia considerable.

− Martín, por favor, pueden vernos. – le reñí.

− Es que Adri, no puedo remediar el volver a tocarte de nuevo, sentirte…

− Ya, pero es peligroso.

− Y excitante. pero es que verte así, con ese cuerpo y ese bikini me supera, Adri, no lo puedo controlar. – respondió mirándome a los ojos

Yo le sonreí porque entendía perfectamente lo que sentía, ya que me pasaba exactamente lo mismo.

− ¿Me queda bien este bikini entonces? – pregunté insinuante.

− Estás alucinante, pero… te va a durar poco puesto. – dijo de pronto.

− ¿Cómo?

− Te lo voy a quitar en cuanto lleguemos a esa cueva.

− Pero Martín… ¿Estás loco?

− Y voy a comerte el coño, como nunca te lo han hecho. – añadió decidido.

Tuve que morderme el labio para reprimir ese calor que invadió todo mi cuerpo. No me negué a lo que me esperaba y estaba deseando que su boca estuviera por fin en contacto con mi sexo. Estaba loca porque lo hiciera, de modo que aparté mis miedos para aprovechar esa gran oportunidad que nos había regalado el destino una vez más.

Cuando llegamos a la famosa cueva, un lugar abovedado entre rocas, donde el viento se cuela acompañando al sonido de las olas entrando en ese lugar único, mi compañero de viaje apenas me dejó enseñárselo, parecía más pendiente de otra cosa: Me soltó la parte de arriba del bikini y me dejó con mis pechos desnudos en un abrir y cerrar de ojos. Se colocó detrás de mí atrapando mis tetas entre sus dedos para empezar a acariciarlas. Giré mi cabeza hacia atrás pensando que alguien pudiera acercarse. Desde ese punto apenas se veía la casa, era un punto en el horizonte, pues estábamos muy lejos, pero seguía sintiendo miedo, además no tenía controlada la situación de Darío que podría estar buceando muy cerca de ese lugar.

El sostén de mi bikini saltó por los aires y Martín me acarició y manoseó las tetas totalmente libres, al tiempo que me daba pequeños mordisquitos en el cuello. ¡Dios qué placer!

− Esto es una locura – dije entre jadeos.

− ¿A qué sí?

Las manos del chico bordeaban mi cuerpo y pasaban de mis pechos a mi cintura y a mis caderas dibujando mi silueta. En un momento dado bajó la braguita de mi tanga y me dejó completamente desnuda. Me giré de repente quedando frente a él.

− Martín, podría aparecer Darío… – le recriminé asustada.

Entonces me di cuenta de que él también estaba desnudo frente a mí. Sus ojos recorrían mi cuerpo y los míos se dirigieron inmediatamente a su miembro que estaba completamente tieso. Con la luz del día me pareció más grande todavía. ¡Madre mía!

− Túmbate en la arena. – me ordenó sin hacer caso a lo que acababa de decirle.

Yo tampoco era consciente de los posibles riesgos y obedecí, pues sabía que me iba a transportar de nuevo al paraíso. Nada más tumbarme en la cálida y fina arena de aquella cala, el hombretón se arrodilló entre mis piernas. No dejaba de admirar su cuerpo ahora totalmente despojado de ropa, viendo su musculatura perfecta, sus brazos y sobre todo su verga monumental apuntando hacia arriba.

Comenzó con suaves besitos por la cara interna de mis muslos al tiempo que sus manos acariciaban y pellizcaban mis tetas haciéndome temblar. A continuación su boca se fue acercando a mi sexo y anduvo jugando con mis ingles, mis labios externos hasta que se me quedó mirando fijamente a los ojos desde su posición. En ese instante todo me dio vueltas cuando esa cálida y húmeda lengua se apoderó de mi rajita y empezó a lamerla como nunca nadie había hecho. Recuerdo perfectamente la conversación de aquellas chiquillas en el vestuario hablando de las bondades de la boca de Martín y ahora veía que aquella joven se quedaba corta describiéndolo. Ese chico hacía maravillas en mi sexo, pasando de morderme ligeramente a jugar con la punta de su lengua bordeando mis labios, incluso metiéndose ligeramente para después subir y rodear mi botoncito sin tocarlo directamente pero haciendo que mi cuerpo se estremeciera. Agarre su pelo apretando la cabeza con mis muslos y atrayéndolo más hacia mí.

En un momento se detuvo para mirarme con una sonrisa malvada y yo agarrando un mechón de su pelo entre mis dedos.

− ¡Sigue, sigue…! – le apremiaba.

Después de una sonrisa, la cabeza del chico volvió al ataque y ese nuevo contacto era todavía más explosivo y alucinante, podía notar como todo mi cuerpo se erizaba, cómo mis pezones se ponían como piedras, mis piernas temblaban, mi boca se inundaba de saliva y mis carrillos ardían. De golpe su lengua y su boca empezaron a golpetear contra mi clítoris, no sé de qué forma, no era capaz de verlo, pero sí de ver las estrellas, el firmamento y hasta lejanas galaxias allí tumbada, sintiendo un orgasmo como pocas veces he tenido. No sé si grité, gemí, lloré… pero sí que viví un momento único en mi vida.

Cuando por fin abrí los ojos, allí estaba Martín entre mis piernas, disfrutando de mi propio orgasmo, pero imaginaba que terriblemente excitado.

− ¡Túmbate tú! – le mandé sonriendo, pues era mi turno.

El chico obedeció sin quitar la sonrisa de su cara sabiendo lo que iba a suceder, aun así quiso preguntar.

− ¿Qué vas a hacerme, Adri?

− Voy a chupártela yo. – respondí relamiéndome mientras sostenía aquel tronco duro y grande entre mis dedos.

− ¿El qué vas a chuparme? – preguntó él lo obvio.

− Esto – dije sosteniendo ese miembro por la base que miraba al cielo.

− Dilo, Adri.

− ¡Tu polla!

− Eso es.

− ¡Voy a comerme tu polla! – añadí con un tremendo calentón.

Me arrodillé entre sus muslos y por fin me lancé a devorar ese trozo de carne enhiesta. Mi primer impacto fue con los labios dando besitos a toda su largura, sintiendo la suavidad y el relieve de sus venas que parecían a punto de explotar. Después llegué al glande y también le rodeé con mis labios, tras echarle una mirada a mi amante que sonreía satisfecho viendo cómo le aplicaba aquellos chupeteos con tanta dedicación. Le devolví la sonrisa y saqué la lengua para jugar con esa cabeza púrpura que empezaba a soltar pequeñas gotas de líquido pre seminal que tragué gustosa, sabiéndome a miel. Después con la lengua dibujé ríos desde la punta hasta la base, recreándome en sus huevos depilados que eran bolas grandes que también me metía alternativamente en mi boca. A continuación volví a subir con mis labios besando hasta la punta sin dejar de mirarle fijamente a los ojos. Con la punta de mi lengua empecé a dibujar círculos en su frenillo y podía oírle gemir en cada roce. Él disfrutaba de lo lindo con mis jugueteos y con su mano que estaba acariciando mi espalda y mi pelo en señal de agradecimiento.

− ¿Qué tal? – fui yo la que preguntó lo obvio.

− ¡Increíble, Adri!, ¡No pares!

En ese momento abrí mi boca y me introduje una buena porción de esa polla hasta que casi pudo tocarme la campanilla. Creo que no llegué a la mitad. Volví a atrás antes de que provocara una arcada y apretando mis labios con mucha fuerza volví a bajar por ese tronco sintiendo como se metía en mi boca totalmente aferrada a él. Llegué un poco más adentro, pero seguía sin avanzar mucho más porque aquella verga era larguísima. Ahora entendía cuando muchas actrices porno se entrenan con su garganta para poder hacer esa operación de tener completamente metida en su boca un aparato tan grande, debía esforzarme más en eso, pero me resultaba realmente imposible.

La respiración de Martín se hacía más y más fuerte en señal de que estaba a punto de caramelo y cuando volví a subir los labios apretados hasta tener solo la punta dentro, me miró con sus ojos vidriosos.

− ¡Me corro, Adri!

Podía haberme apartado y dejar que salieran sus espasmos al aire, sin embargo, me apetecía estar ahí aguantando su capullo entre mis labios e hice algo que nunca antes había hecho, metérmela más adentro todavía para saber qué se sentía tragándomelo todo. Nunca se lo permití a Raúl, pero ahora quería… necesitaba que Martín se vaciase dentro de mi garganta.

No se hizo esperar mucho más y pronto empezó con el primer chorro que entró directamente por mi garganta. Cogí aire por la nariz para no ahogarme y el segundo impacto chocó dentro de mi paladar, inundando toda la cavidad, incluyendo mis dientes, pues aquello no dejaba de emanar grandes borbotones hasta prácticamente no caberme una gota más. Saqué su polla y cerré la boca. Me miró, esperando que seguramente lo escupiera ante sus ojos, sin embargo, seguí mirándole fijamente, moví mi garganta y tragué a hasta la última gota. Le sonreí, al ver cómo le había extasiado aquello. Después me dediqué a limpiar aquella daga a base de bien, con mis labios y mi lengua, dejándosela brillante con mi saliva.

− ¡Dios, Adri, qué maravilla! – decía él, que se había sentado y acariciaba mi culo metiendo un dedo para acariciar mi sexo totalmente empapado.

− ¿Lo hice bien?

− Nunca había sentido nada igual.

− ¡Vamos al agua! – le dije incorporándome y tirando de su mano.

Ambos nos zambullimos en la pequeña poza natural que quedaba dentro de aquella bóveda y que servía de eco de nuestras voces, en algarabía, gritos y juegos dentro del agua, con nuestras sensaciones a flor de piel y nuestros cuerpos desnudos cubiertos hasta el cuello.

Enrosqué mis piernas sobre el cuerpo de mi amante y nos besamos, como dos chiquillos… bueno él lo era, pero yo me veía también rejuvenecida bajo sus brazos. De pronto Martín ubicó su glande contra mi conchita y yo abrí los ojos de par en par. No podía creerme que tuviera un tiempo de reacción tan rápido después de la gran mamada que acababa de hacerle apenas unos minutos antes, luego comprendí que su juventud y su potencia le daban todos los puntos para ser el amante perfecto. De un golpe me insertó sus 23 centímetros quedando empalada en aquel tronco que me hacía estar en otro mundo, sintiendo la tensión y el abrazo de las paredes de mi vagina contra ese enorme miembro.

Nuestros cuerpos unidos no querían despegarse ni un momento, tan solo él sostenía mi culo por debajo para levantarme y dejarme caer. Estábamos follando sin que nada a nuestro alrededor nos importunase. Me encantaba sentirme unida a ese hombre con ese miembro que servía de llave para abrir las puertas de la felicidad. Me corrí abrazada a sus hombros y besando su frente, su nariz, su boca. Él seguía bombeando sin cesar con un aguante enérgico y repetitivo sin decaer ni un segundo, hasta que tensó sus músculos y me depositó otra buena ración de su leche en mi interior, llenándome aun más con su verga totalmente insertada en mi coño. Me había vuelto a follar de una forma extraordinaria.

Así, estábamos abrazados, unidos y sintiendo los últimos espasmos de nuestros sexos cuando escuchamos una voz que nos saludaba a lo lejos. Nos separamos al instante. De pronto vimos que se aproximaba Darío por la playa. Casi me muero cuando le vi y estaba atormentada porque nos hubiera visto en aquella pose, yo sobre mi amante totalmente ensartada, abrazados, besándonos…

− ¡No me habéis avisado que veníais aquí! – nos gritó a medida que se acercaba.

Martín y yo nos miramos sorprendidos sin saber qué hacer. Estábamos desnudos bajo el agua y gracias a la semi oscuridad de la cueva esa piscina era menos transparente de lo normal, ya que de otro modo se hubiera percatado al instante. Miré hacia fuera de la cueva y me di cuenta que sobre las rocas estaban nuestros bañadores y si a Darío le hubiera dado por girar la cabeza los habría visto.

− ¿Está buena? – preguntó mi hijo.

− ¡Buenísima! – respondió Martín, haciendo que yo enrojeciera pues al mismo tiempo me acarició el culo bajo el agua.

Sin duda que Darío se refería al agua, pero su amigo no hacía más que palpar mi trasero hasta que alcanzó mi sexo bajo mis piernas y empezó a acariciar mi coño mientras seguía hablando con su colega como si tal cosa. Le miré inquisitivamente pero no hizo caso. Sin duda que aquel joven le gustaban los deportes de riesgo y esta era el más arriesgado de todos, sin duda.

− ¿Vais a estar mucho más? – preguntó de nuevo mi hijo.

− Sí – dijo Martín.

− No – respondí yo al mismo tiempo.

− Lo digo para bañarme con vosotros… – intervino Darío…

− No, mejor nos vamos hacia la casa, tu padre nos estará esperando. – comenté yo para que no se aproximara más

− Vale, pues vamos.

No encontraba la manera de salir del agua y que mi hijo me descubriera desnuda, pero lo peor es que también viera que su amigo estaba igual. Así estuve un buen rato sin saber qué hacer, con el agua al cuello, nunca mejor dicho y con mi hijo como un pasmarote esperándonos en la orilla de aquella poza.

− ¿Qué? ¿No salís? – nos preguntó.

En ese momento se oyó la voz de Raúl que llamaba a Darío.

− Es papá. Te está buscando… – le dije apremiándole.

− Claro, no le dije que venía hasta aquí a bucear. – respondió él.

− Pues vete, que nosotros vamos ya. No le hagas cabrear.

− Vale.

Otra vez nos sonrió la casualidad, la suerte o vete a saber, pero para mí fue la mejor de las fortunas en un momento más que crítico. Mi hijo desapareció de la cueva yendo al encuentro de su padre, mientras nosotros salíamos a toda prisa del agua y nos poníamos los bañadores. Martín todavía tenía ganas de meterme mano, pero yo le regañaba, pues otra vez habíamos ido demasiado lejos.

− ¿No te gustó? – me preguntó acariciando mi pecho y besándome suavemente en la boca.

− Sí, pero esto es terrible, Martín. Y tú metiéndome mano con mi hijo delante.

− Sé que estabas cachonda.

− Sí, pero no.

− ¿No es morboso a tope?

Era cierto, cuanto más riesgo había, cuanto más desequilibrada y rocambolesca era la situación, más gusto sentía y estaba cachonda perdida con tanto juego prohibido.

Fuimos aprisa hasta la casita y Raúl nos saludaba desde la terraza.

− ¿Te gustó Martín? – preguntaba sonriente.

− ¡Mucho! Nunca vi nada igual- contestó el chico mirándome de reojo.

Yo enrojecía pero disimulaba, mientras mi marido me observaba y se fijaba en mi figura con aquel tanga negro tan pequeño.

− Cariño, voy a dormir una pequeña siesta antes de volver a casa. ¿Te vienes? – me dijo mi esposo guiñándome un ojo.

Ya sabía yo lo que quería, se le veía cachondo y no podía negarle su sesión de sexo, sobre todo porque de otro modo se hubiera mosqueado. Subí a la casa y cuando entré en la habitación, Raúl ya estaba desnudo sobre la cama.

− Vamos, cariño, déjame ver ese cuerpo, quítate el bikini – ordenó mientras su pene empezaba a crecer.

Le hice un striptease del todo improvisado, pero poniendo todo de mi parte para que fuera lo más sensual del mundo.

− Ven, súbete. – dijo agarrando su polla.

Me subí a horcajadas sobre su orondo cuerpo y él me tomó por la cintura. Nuestras caras estaban muy cerca y por un momento pensé que mis ojos pudieran delatar lo que había vivido con Martín minutos antes en la cueva. Raúl me besó, pero lo hizo con todas las ganas, mordiendo mis labios con los suyos e intentando atrapar mi lengua que enseguida salió a su encuentro. Cerré los ojos, con un cachondeo interno que todavía me duraba después de haber estado con mi amante y temerosa de que mi esposo notase el sabor de semen que aún debería desprender mi aliento. Ni se inmutó, porque yo me inserté sobre su miembro y él pareció sorprenderse cuando apreté los músculos de mi vagina. Cabalgué con todas mis ganas y recordé las palabras de Martín cuando me dijo que aquellos ejercicios sobre la pelota reforzarían mis músculos vaginales y mejorarían nuestras relaciones sexuales. Cerré los ojos y seguí disfrutando de aquel momento viendo las imágenes con mi preparador físico en la cueva, queriendo volver a sentir aquella enorme polla en mi boca, insertada en mi sexo o cómo su lengua jugaba con mi clítoris. En ese momento me corrí de una forma salvaje otra vez, algo que provocó que mi esposo también me avisara de su inminente orgasmo, entonces me separé y a pesar de que sé lo mucho que le gusta correrse dentro, no se lo permití, sólo deseaba otra vez la enorme verga de Martín y dejarle en exclusiva ese placer. Raúl se corrió como nunca, soltando un chorro que alcanzó mi tripa, otro sobre mi pubis y un tercero en mi muslo. Me gustó ver su cara de placer corriéndose por mi cuerpo. Estaba orgullosa y satisfecha por haberle logrado engañar, aunque no debía estarlo, pero en ese momento nada más que pensaba en volver a estar con Martín y sentirlo de nuevo.

− ¡Cariño, vaya polvo! – dijo Raúl acariciando mi culo.

− Sí, ha sido genial.

− Hacía tiempo que no echamos uno de estos.

Me levanté a lavarme un poco y después me eché desnuda junto a él. No quería que notara nada raro en mi comportamiento. Me dormí y volví a soñar, como no, con Martín.

Se nos hizo algo tarde en una siesta más prolongada de lo normal y apremié a mi marido para volver a nuestra casa pues se estaba haciendo de noche y sé que eso le pone muy tenso.

Me vestí, pero al notar que la braguita del tanga aun estaba húmeda, decidí no ponérmela y solo me coloqué el vestido sobre mi cuerpo desnudo. Me estaba gustando mucho esa nueva sensación de no llevar nada bajo mi ropa. Recogimos todo con los chicos, aprovechando alguna ocasión para echar una miradita furtiva con mi preparador, que me ponía a cien con esos ojazos y esa forma de observarme. Nos metimos en el coche cuando ya estaba anocheciendo, pero en esta ocasión Martin me dijo que quería ponerse en la ventanilla. No puse objeción pero no entendí cuáles eran sus planes. Cuando mi marido puso el coche en marcha ya se nos había echado la noche encima y la oscuridad dentro del coche era casi total. El chico colocó su boca en mi oído para volver a decirme cosas que me encendían.

− Vaya mamada más rica hoy en la cueva… – me decía susurrando.

Yo le daba un leve codazo para que se callara, pero él volvía al ataque.

− Estás buenísima Adri y además la chupas de maravilla.

Le di otro codazo pues no parecía cortarse con el hecho de que estuviéramos con toda mi familia dentro del coche y podrían darse cuenta. La música que había puesta estaba bastante alta, pero me estaba poniendo nerviosa, aunque de nuevo, terriblemente cachonda.

− Y follando eres única – repetía él con su boca pegada a mi oreja haciéndome cosquillas con sus labios.

Nunca antes me habían dicho eso y la verdad que me hacía sentirme plena, sabiendo además que mi marido había quedado realmente satisfecho también. ¿Qué había cambiado en mí? ¿La gimnasia? ¿Estar con ese portento de hombre? ¿Que hubiera rejuvenecido con todo aquello?

Su mano acarició mi rodilla y avanzó para descubrir que no llevaba nada bajo mi vestido. Aquello volvió a gustarle y rozó con la yema de sus dedos la cara interna de mis muslos para volver a acariciar mi rajita que en ese momento ya estaba empapada.

− No te has puesto bragas. Estás hecha una putita. – dijo de nuevo a mi oído haciéndome estremecer. Tampoco me lo habían dicho nunca y el caso es que me gustó que lo hiciera.

De pronto cogió mi mano derecha y la llevó hasta su regazo para descubrir a oscuras que tenía su enorme polla fuera del pantalón. Me aferré a ella y miré a mi izquierda por si Martita pudiera darse cuenta de algo, pero estaba todo demasiado oscuro. Lejos de quitar la mano y dejar de jugar a un juego explosivo, empecé a mover mi mano acariciando aquella gran verga, pajeando a mi joven amante mientras él seguía tocando mi sexo con sus dedos. ¡No estábamos tocando y acariciando en el coche con mi familia delante!

Teníamos que apagar nuestros jadeos, nuestras respiraciones, incluso algún gemido, con los compases de la canción que sonaba atronadora y nadie parecía percibirlo.

Ese apuesto amante no dejaba de repetirme cosas al oído, poniéndome más y más caliente, hasta que dijo algo que me dejó electrizada.

− Me encanta sentirme dentro de ti, Adri. Ahora lo que más deseo es meterme en ese culito. – añadió metiendo su mano y deslizando por debajo de mi rajita hasta llegar a mi esfínter y meter la punta de su dedo.

Tuve que apoyar mi boca en su cuello para apagar un gemido que me había provocado esa acción poniéndome cerca de su rostro y viendo cómo me miraba.

− ¿No me digas que tú no…? – me preguntó al ver mi cara de susto.

− ¡No, ni lo sueñes!

Nunca había tenido relaciones anales, a pesar de que mi marido me lo había pedido en alguna ocasión, pero la idea me aterraba, no me atraía nada. Ahora, una vez que ese dedo se había metido en ese terreno vetado, la sensación me parecía bien diferente, pero luego pensé en el tamaño del pene que estaba acariciando y me dije que era del todo imposible.

El viaje se me hizo más corto que nunca y cuando me quise dar cuenta, habíamos llegado a casa. Rápidamente Martín metió su miembro bajo el pantalón antes de ser descubierto. Le costó bastante pues estaba a tope, igual que yo, que todavía temblaba de gusto.

Al bajar del coche mis piernas temblaban, notaba como el sudor había adherido mi vestido a mi cuerpo y como emanaban flujos de mi sexo que se escurrían por mis muslos. Mientras, Martín seguía intentando disimular su enorme erección bajo el pantalón.

− Bueno, yo tengo que irme. – se excusó mi amante girando de espaldas para que nadie notara ese bulto

− Pero ¿te vas ya? – preguntó Darío.

− Sí, es muy tarde.

− Pero habíamos quedado que me echabas una partida al nuevo videojuego de acción que me compré. ¿Recuerdas? – añadió mi hijo.

− Ya pero no sé…

− Sí, que se quede. Adri nos prepara algo de cena, ¿verdad cariño? – intervino mi esposo.

− Claro. – contesté sin mostrar demasiada efusividad pero me alegraba de poder seguir teniéndole cerca de mí por más tiempo.

Martín me lanzó una disimulada sonrisa y acudió con mi hijo a la habitación de este para jugar esa partida pendiente, aunque ambos sabíamos que teníamos pendiente otra cosa. Me di una ducha, pues la sesión del coche me había dejado empapada por dentro y por fuera. Me puse un vestido blanco fino, muy liviano, con un escote en V, que sabía gustaba mucho a marido, pero en realidad a quien quería gustar era a joven profesor de gimnasia.

Después, bastante más relajada, preparé un batido caliente para Martita que se acostó pronto, pues estaba agotada del día de playa. Después bajé a la cocina, preparé una ensalada refrescante, algo de jamón y una tabla de quesos. Mi esposo, después de piropearme, algo sorprendente en los últimos días, llamó a los chicos y nos sentamos los cuatro a cenar. Raúl sacó una botella de un buen vino, que acabaron siendo tres y disfrutamos de la cena y yo de las miradas furtivas que me echaba Martín de vez en cuando. Me encantaba provocarle así. Lo cierto es que no se me había apagado ni un gramo la excitación de nuestra mutua paja en el coche, ni nuestro maravilloso polvo en la cueva.

Tras la cena me dispuse a recoger la mesa, sin que ninguno de los hombres de mi casa, como es habitual, me echaran una mano, sin embargo Martín se levantó dispuesto a ayudarme a llevar todo a la cocina.

− ¡A ver si aprendéis! – comenté a Darío y Raúl, que me miraban como si no fuera con ellos.

Entramos en la cocina y al depositar los platos sucios sobre la mesa noté las manos de Martín sobre mi pecho. Yo no me había puesto sostén para dejar una buena porción de canalillo en mi escote, lo que le permitió al chico disfrutar de mis tetas de lleno solo a través de la fina tela de mi vestido y yo al mismo tiempo alucinar con su despropósito pero totalmente excitada.

− ¡Martín por Dios! – le susurré sabiendo que al otro lado de la pared estaba la mesa del salón con mi marido y mi hijo…

− Estoy muy caliente tras lo del coche, quiero estar dentro de ti otra vez- añadió metiendo su mano bajo mi vestido y acariciando mi sexo por encima de mis bragas ya empapadas.

− ¡Yo también! – contesté sin pensar, pero adormecida con esas caricias y frases que me tenían al borde del colapso.

Martín, tras darme un leve mordisco en el cuello y acariciarme por todas partes se pegó a mi espalda pudiendo notar de nuevo la dureza y grandeza de su polla pegada a mi culo. El chico metió sus manos bajo mi vestido y lentamente bajó mis braguitas por mis muslos.

− ¡Para! – le intenté avisar del enorme peligro. Mi hijo y mi marido estaban demasiado cerca

− ¿No es más excitante?

− ¡Siii…! – respondí en un apagado gemido cuando sus dedos se metieron en mi concha.

− Quiero entrar en este culito – me susurró al oído, metiendo un dedo de nuevo, esta vez más profundo en mi agujero posterior.

− Martín, no puede ser…

− ¿Por qué no? Quiero estar ahí dentro también, quiero romperte esa cola.

Esa frase me enloquecía y ya no pensaba en la dificultad que pudiera ser meter en mi ano virgen aquella monstruosidad de pene, sino que estaba deseando que lo hiciera, casi como lo último de experimentar con mi amante secreto, sin embargo me asustaba terriblemente.

− No puedo. – respondí.

− No importa, Adri, no te preocupes. No haré nada que tú no quieras.

Giré mi cabeza para ver sus ojos y aproveché para juntar mis labios calientes a los suyos.

− Al menos quiero volver a follarte, no puedo esperar más.

− Yo tampoco, Martín, pero es muy peligroso, estamos jugando con fuego…

− ¡Yo quiero quemarme contigo! – añadió.

En ese instante volví a la realidad y le dije que volviéramos al salón con los demás, pues no quería que aquello nos obnubilara y nos apartara de la realidad.

− ¿Acabamos la partida? – preguntó Darío a su amigo cuando aparecimos en el salón.

− Claro – respondió este.

− No estéis mucho, Darío, que Martín tiene que volver a su casa. – dije tratando de disimular e intentar que nadie notase la erección que yo veía tan claramente bajo su pantalón.

En ese momento recordé que Martín me había quitado las bragas y debían estar en la cocina y eso además de asustarme volvió a excitarme.

− Mamá, ¿no se puede quedar esta noche también? – me preguntó de pronto mi hijo ante mi asombro…

− No se…

− Claro, que se quede, hombre. – añadió mi esposo.

− Pero…

− No va a volver tan tarde y habiendo bebido algo de vino. – intervino de nuevo Raúl.

− ¡Bien! – añadió efusivo Darío sabiendo que se quedaba su amigo esa noche también y yo estaba ardientemente eufórica por dentro pero disimulando por fuera.

− Además, mañana tenéis clase de gimnasia por la mañana ¿No?- comentó Raúl mirándome.

− Sí, claro.

− Pues genial, entonces, así a primera hora os dais una buena sesión.

Esa frase volvió a hacerme sentir un cosquilleo en mi sexo que me dejó las piernas temblorosas. Lo de la buena sesión era algo más que un reclamo para mí.

− Bueno, no os acostéis muy tarde que mañana mamá y Martín tienen ejercicio que hacer a primera hora. – apuntó mi marido refiriéndose a los chicos.

Este hombre no era consciente de lo que decía, ni tampoco de lo que hacía, dejando a aquel joven a merced del pecado que sin duda íbamos a volver a cometer. Raúl pasó en ese momento sus dedos por mi cadera notando que no llevaba bragas. Se sorprendió mucho y me miró con una gran sonrisa.

− Mamá y yo nos vamos a la cama. – comentó eufórico de repente.

Me cogió por la cintura y no me dio tiempo a replicar. Subimos las escaleras a toda prisa. Se le veía nervioso y excitado. Yo también lo estaba, pero por otros motivos.

Nada más entrar en la habitación, me abrazó dejándome asombrada una vez más, ya que en apenas dos días, estaba mostrando más acción que en todo nuestro último año entero. Sus manos se apoderaron de mi culo, colándose bajo el vestido, tocando los cachetes al descubierto, al tiempo que su boca no dejaba de chupetear mi cuello. Yo estaba muy caliente como para no querer recibir tanta pasión, aunque lo que deseaba era que fuera mi profesor quien me la estuviera impartiendo.

− ¡Desnúdate! – me ordenó mientras él también se despojaba de toda la ropa.

No había mucho que quitar, pues el vestido era abotonado y en cuanto me desabroché, al no llevar nada debajo, me quedé desnuda ante sus ojos en un instante. Miré el cuerpo despelotado de Raúl y no pude evitar hacer comparaciones. Era mi esposo y le amaba, claro que sí, pero aquel cuerpo fofo estaba muy lejos del hombre con el que deseaba volver a estar, impregnarme de su olor, de su poder de atracción, de esa perfección hecha hombre, de su endiablada mirada, de su enorme polla…

Raúl se abrazó a mí y estaba deseoso de follarme casi sin tiempo a llegar a la cama, sin embargo yo no quería que lo hiciera, porque solo deseaba a Martín en ese momento y nada más. No me apetecía un polvo con mi marido, deseaba ser follada por mi semental. Mi coño estaba reservado en ese momento.

− Espera cariño… – le dije empujándole ligeramente ante su afán de aplastarme contra la puerta tocándome por todos lados.

− Adri, es que últimamente me tienes loco…

Yo sabía que en los últimos días me había comportado de forma muy diferente, casi se podía decir que estaba transformada, pero no sabía que fuera tanto como para que Raúl me prestara esa atención y estuviera mucho más ardiente que en muchos de los últimos años de nuestro matrimonio. Seguramente las sesiones de gimnasia, mi actitud mucho más desenfadada y el hecho de respirar por cada poro de mi piel, el erotismo y el deseo al máximo por un hombre, debía también reflejar mis hormonas en el ambiente. Todo era una auténtica paranoia en estas últimas semanas.

− Déjame que te la chupe. – le invité con mi voz más seductora, indicándole que se sentara en la cama.

A Raúl le encantaba esa nueva actitud mía, con un comportamiento salvaje y desconocido para él, pero lo mejor de todo es que a mí también me encantaba actuar así… ¿como una zorra?

En ese momento sólo pensaba en Martín y sabía que si me dedicaba de lleno a mi esposo en una de mis trabajadas mamadas, se quedaría dormido sin penetrarme, algo que solo deseaba que hiciera mi amante. Por un lado me sentía mal por pensar así pero por otro me excitaba la idea de entregarme de lleno a esa infidelidad.

No me demoré más y agarrando esa verga entre mis dedos me apliqué a una buena sesión de chupeteos, besos y mordiscos, acabando con una felación de las que hacen historia, eso sí, con mis ojos cerrados, pues solo veía a Martín en mi pensamiento creyendo que era su polla la que estaba chupando.

Mi marido duró menos de lo que me esperaba, pero al contrario que con mi nuevo profesor, no quise que lo hiciera en mi boca y le dejé que se corriera sobre mis tetas, algo que también le sorprendió mucho, pues nunca antes se lo permití. Bufaba y respiraba entrecortado apresado en un gran placer, que me hacía sentirme orgullosa de un buen trabajo. Lo dicho: me convertía en más puta cada vez

Como cabía esperar, mi marido, tras unas copas de vino no es de los que pueda aguantar mucho y se durmió sin casi tiempo a reaccionar. Al menos esa noche mantendría mi sexo en exclusiva para al día siguiente entregárselo a mi amante en mi clase de gimnasia. Me embargaba la idea de volver a follar con él. Sólo con pensarlo mi cuerpo temblaba.

Tapé a mi esposo con las sábanas y yo me metí desnuda en la cama junto a él, soñando que el paso de las horas, hasta la mañana siguiente, corriera lo más rápido posible, nerviosa perdida, sabiendo que en nuestra clase de gimnasia iba a haber algo más que ejercicio.

No sé cuando me quedé dormida, pero me despertó el bip de mi teléfono móvil con la llegada de un mensaje de texto.

− Adri, te necesito. Te espero en la cocina. – rezaba el aviso.

No me podía creer que Martín me mandase aquel mensaje ¡A las tres de la mañana!

− No Martín, es muy peligroso. Recuerda la otra vez… – le contesté.

− Quiero follarte. Te necesito, Adri.

− Martín, no. Tendremos que esperar a mañana.

− No puedo. Quiero sentirte ahora, lo haces tan bien…

− Es que tengo miedo.

− Yo haría cualquier cosa por metértela otra vez.

Era lógico que un chico de apenas 20 años tuviera aquella efusividad, lo raro era mi comportamiento, porque yo sentía lo mismo, como si fuera una chiquilla.

− Espérame en tu habitación. – contesté asustándome a mi misma nada más escribirlo.

Me puse una bata y salí en dirección al cuarto de invitados, recorriendo el pasillo con mi corazón latiendo tan fuerte que parecía se iba a salir por la boca. Puse la mano en el pomo de la puerta y por un momento pasó algo de lucidez por mi cabeza, pensando en que aquello podría ser más que ruinoso, con la habitación de Darío a un lado y la nuestra de matrimonio al otro. Dudé apenas unos segundos, pues mi cuerpo estaba desbocado y no pensaba en otra cosa. Al final me decidí y abrí. Nada más traspasar la puerta, la imagen era apasionante: Mi amante estaba esperándome desnudo sobre la cama y sosteniendo erguida su verga mirando al techo. Caminé despacio hacia él, al tiempo que me despojaba de la bata mostrando mi cuerpo desnudo. Estaba muy cachonda y lo reflejaba en mis actos, ofreciendo a aquel chico la zorra que llevaba dentro.

Me subí a horcajadas sobre él haciendo que nuestros sexos entraran en contacto de nuevo. Sus manos se apoderaron de mis pechos y yo movía mi pelvis adelante y atrás para sentir esa largura abrazada por los labios de mi vagina.

− ¡Dios, Adri! – dijo él en voz alta.

Le puse mi dedo en sus labios y le hice señas para que no hablase, solo para que desahogásemos nuestra pasión, en el más absoluto de los silencios o al menos dentro de lo posible.

Agarré aquel tronco y lo ubiqué en la entrada de mi rajita. Me costó mucho menos que las anteriores veces, pues estábamos demasiado calientes y lubricados como para que en un abrir y cerrar de ojos estuviera insertada al completo en aquel miembro. Cogí aire por la nariz apoyada con mis manos contra su pecho, percibiendo en cada centímetro de mi cuerpo las miles de sensaciones que me invadían y que nunca había podido vivir hasta entonces. Levanté mi culo y volví a dejarme caer, follándome a aquel chico literalmente, esta vez no fue él quien lo hacía, era yo la que estaba desbocadamente cachonda, subiendo y bajando como una amazona sobre su caballo.

− ¿Te gusta cómo te folla tu putita? – dije sin acabar de creerme lo que salía de mi propia boca.

− ¡Siiii! – gemía él en un tono bajo pero intenso en cada trote.

Para que no se escuchase más ruido, eché mi cuerpo sobre el suyo y sin dejar de montarlo, empecé a besarle frenéticamente mientras sus manos iban de mis caderas a mi culo en caricias maravillosas. Aquella largura extrema inundaba las paredes internas de mi sexo, sintiendo cada embestida como chispazos eléctricos y ardientes, para rematar con su lengua dentro de mi boca, jugando con la mía. ¿Podría haber algo mejor en el mundo?

Abrió los ojos de par en par en señal de estar a punto de caramelo. Separé mi cara dejándola muy cerca de la suya. Me gustaba observarle en ese punto de clímax. No me aparté ante lo inminente, sino que apreté más aún los músculos vaginales y al hacerlo se corrió dentro de mí haciéndome sentir su leche caliente dentro. Sin dejar de moverme sobre él y con sus manos acariciando mis tetas, mi cintura, mi espalda, mi culo, me llevó a empezar a sentir yo también ese cosquilleo tan potente que no quería que acabara, para terminar en un orgasmo a continuación del suyo que apagué dejando caer todo mi cuerpo sobre el suyo aprisionando mi boca contra la almohada para que no se oyera mi intenso gemido.

Permanecimos un buen rato unidos. Me gustaba tanto estar así, adherida a él, tan llena, tan alegre, que era lo único que me importaba en ese momento.

− ¿Me dejarás probar ese culito? – me preguntó susurrando con cara de pena.

− Martín… yo…

En ese momento se oyeron ruidos de alguien que se levantaba al baño y me asusté muchísimo, pensando en que quien fuera, podría entrar y encontrarnos allí desnudos sobre la cama, con nuestros cuerpos ensartados.

Me levanté intentando no hacer ruido, tan solo cuando nuestros sexos perdieron el contacto, como si fuera un descorche. Me puse la bata a toda prisa y al ver que la luz del baño estaba encendida y alguien dentro corrí por el pasillo hasta mi habitación. Al entrar comprobé que Raúl seguía dormido como un tronco. Me tranquilicé un poco y a continuación me metí en la cama con mi cuerpo todavía temblando, medio asustada por aquel momento pero sobre todo muy cachonda también por lo vivido en la habitación contigua, con mi sexo todavía ardiente por dentro después de ese maravilloso polvo con mi joven instructor. De pronto un chorro de semen se escurrió por mi muslo desnudo. Me gustó esa sensación y me sonreí a mi misma al sentirlo. Lo recogí con los dedos y me lo llevé a la boca. Lo relamí como si fuera néctar sagrado.

La mañana amaneció con el ruido habitual de cada día, que no era otra cosa que mi marido en la ducha cantando alegremente. Me pregunté si no había podido oír nada esa noche o el resto de mi familia. También en mi comportamiento en estos días. Me costaba entender que no se percataran de nada, ni una sola sospecha, algo que me incitaba a seguir jugando con fuego. Quizás el hecho de mostrarme natural, de que les pudiera parecer imposible, pero pensé que arriesgar tanto podría ser en algún momento, irreparable.

Me metí en el otro baño del pasillo y tras una relajada ducha, me puse mis mallas de gimnasia y bajé a la cocina donde ya estaban todos esperándome.

− Hola cariño – dijo mi esposo besándome con mayor efusividad a la habitual.

− Hola. – saludé a todos viendo como Martín me miraba con disimulo.

− Bueno, yo me ocupo de llevar a estos al cole y a la uni. Vosotros quedaros en vuestra clase. – dijo mi esposo, refiriéndose a Martín y a mí, dándome otro beso en los labios y un manoseo disimulado sobre mi culo.

− Vale – contesté sin mostrar la alegría que me llenaba por dentro con el hecho de saber que iba a estar a solas otra vez con mi profesor. La suerte o el destino volvían a sonreírme.

Los chicos se despidieron de mí con sendos besos y un abrazo, como otras muchas mañanas y por fin me quedé en la cocina a solas con Martín. Cuando cesó el ruido de nuestro coche saliendo por la puerta del garaje, sabía que nos quedábamos solos él y yo para seguir viviendo nuestra pasión desmedida para practicar de todo menos gimnasia.

− Martín, esto es de locos – le dije moviendo mi cabeza negando a mi misma cualquier atisbo de cordura.

Por un momento él pensó que le iba a decir que lo dejábamos, pero se quedó alucinado cuando me descalcé de mis deportivas, me saqué por la cabeza mi top de gimnasia y por último bajé mis mallas, quedándome totalmente desnuda ante él. Me senté al borde de la mesa y le ofrecí mi sexo con mis piernas totalmente abiertas apoyadas sobre unas sillas en una pose de lo más lasciva.

− ¿A qué esperas? – le pregunté acariciando mis pechos de forma libidinosa.

− Adri…

− Tu zorra está que arde – añadí sobándome los pechos y bordeando mis labios con la lengua de la forma más obscena y cachonda posible.

Alucinado y con una gran sonrisa no lo demoró por más tiempo batiendo un nuevo récord, desnudándose ante mí, mostrando la más que notable erección de aquella monumental polla. Se acercó admirándome una vez más y se ubicó entre mis piernas. Pasó su glande por mi rajita que ya empezaba a emanar toda la lubricación necesaria para ser penetrada. Me agarré a su cuello y nuestras bocas se juntaron en un beso para pasar a ser casi una refriega de labios y lenguas, mientras su polla iba entrando hasta lo más hondo de mí.

− ¡Adri! – dijo él suspirando al sentirse completamente dentro.

− ¡Martín! – repetí yo esta vez sin ocultar el sonido apasionado que emanaba de nuestras gargantas.

Comenzamos nuestra clase particular de gimnasia y en suaves vaivenes al principio y cada vez más frenéticos después, follábamos como si no hubiera vida mañana. Aprovechamos de lleno nuestro momento y esta vez nos desatamos del todo, en caricias, en besos, en frases de todo tipo, en jadeos mayúsculos y hasta en gritos.

Nos corrimos una vez más y esta vez, sin que nada importase, solo repitiendo mutuamente nuestros nombres, besándonos y jurando con ese beso que éramos amantes para siempre. Mi coño rezumaba los restos de su semen que se escurría por mis muslos,

− No, no salgas – le dije cuando vi su intención de sacar esa dureza extrema de dentro de mí. Me gustaba muchísimo estar llena con aquel duro cilindro de carne ardiente.

Permanecimos unidos durante un rato más mientras yo seguía moviendo mi pelvis para seguir sintiendo esa polla en mi interior el mayor tiempo posible pero lo más sorprendente es que apenas bajaba en su rigidez y de hecho parecía estar recuperando de nuevo su máxima dureza.

− ¡Por Dios Martín, quiero sentirla otra vez! – dije sin que mi calentura se apagara lo más mínimo.

El chico me besó y empezó a embestirme de nuevo sintiendo que mis palabras le estimulaban tanto o más que las paredes de mi vagina adhiriéndose a cada penetración.

− ¡Quiero que me folles el culo! – dije de pronto desatada, sin saber muy bien lo que decía.

− ¿Estás segura Adri?

− Sí. Taládrame el culo – le repetía yo sonándome extrañas mis palabras tan obscenas.

− Lo haremos en tu cama. – dijo besándome en la frente.

Podía haberle dicho que no, que aquel lugar era reservado para mi marido, sin embargo el hecho de saber que me iban a sodomizar desvirgando mi culito en mi propia cama, en el lecho más sagrado de mi matrimonio, eso me ponía todavía más, me hacía sentirme más cachonda.

Martín sin sacar su verga de mi ardiente coño agarró mi culo y me dejó insertada en él, quedando mis piernas abrazadas a su cintura y mis brazos a su cuello. Por un momento pensé que me iba a bajar, pero lejos de eso, comenzó a caminar con nuestros cuerpos unidos, saliendo de la cocina… yo colgando de su cuello y penetrada hasta lo más profundo. Lo más sorprendente fue cuando comenzó a subir las escaleras aguantando el peso de mi cuerpo y haciendo pequeñas penetraciones a medida que subía cada escalón. Casi me muero allí mismo abrazada a aquel prodigioso cuerpo musculado y capaz de todo lo inimaginable. ¡Qué fuerza, qué potencia, qué maravilla…!

Entramos en mi habitación abrazados, besándonos y con suma delicadeza me dejó tendida sobre la cama. Fue entonces cuando salió de mí. Sabía lo que iba a suceder y ya no tenía miedo, no pensaba en nada más que en volver a sentir esa polla dentro de mí, por donde fuera y si alguien tenía que romperme el culo, desde luego, que fuera él.

− Date la vuelta, levanta el culo y pon la cabeza sobre la almohada – me ordenó

Las palabras de mi profesor de gimnasia, sonaban con tanta naturalidad que parecía un simple ejercicio normal de nuestras clases sin embargo sabía que iba a probar algo nuevo y que en tiempo atrás me atemorizaba muchísimo. Ahora estaba más que dispuesta por lo que le obedecí, colocando mi culo en alto, metiendo una almohada bajo mi tripa y mi cabeza sobre la otra.

Permanecí en silencio durante un rato escuchando cualquier sonido y parecía que él estuviera aplicando sobre su pene algún tipo de lubricante que, por cierto, no sé de dónde sacó. Después noté como embadurnaba también mi parte posterior. Sus dedos jugaron con mi esfínter y no le costó meter su dedo anular hasta lo más profundo. Gemí levemente al notarlo y me sorprendió que no me doliera nada, tan solo un cosquilleo.

− ¿Qué tal? – comentaba él como si estuviéramos haciendo una tabla de flexiones.

− Bien, muy bien…

− Ahora relájate todo lo que puedas. – añadía él muy seguro, Parecía tener muchísima experiencia en tal menester.

Noté de nuevo su dedo entrando y saliendo de mi orificio posterior y después se atrevió a meter dos a la vez. Suspiré notando como mi boca abarcaba la tela de la almohada y la empapaba. Notaba el sudor salir por cada por de mi piel. La polla de Martín hizo acto de presencia pero me sorprendió que se metiera en mi vagina de un golpe, en lugar del otro agujero anhelado. El caso es que me gustó sentirla ahí, algo a lo que estaba ya más que habituada y de esa forma consiguió relajarme a base de calentarme más y más. Volver a sentir ese pene me hizo gemir de placer en un largo suspiro.

De pronto lo sacó, acariciando con sus manos toda mi espalda, mi cintura, mis caderas, poniendo al fin su glande a la entrada de mi ano. La cabeza entró sin excesivo problema gracias a la lubricación. Podía notar cómo se dilataba mi esfínter recibiéndolo. Después el cuerpo del chico se iba apretando contra el mío y centímetro a centímetro me fue llenando el culo con su polla gigante. ¡No me lo podía creer!

Sacó la buena porción de polla que me había metido, creo que hasta la mitad y de nuevo volvió a meterla, haciendo que todo mi cuerpo temblara, mis pezones se endurecieran, mi boca no dejara de emitir pequeños gritos…

Volvió a salir de mi interior y casi me parecía sentir estar vacía, sin eso tan enorme dentro de mí, lo añoraba, me encantaba cada porción de regalo en mi virginal agujerito. Lo más extraño era no sentir casi dolor, sino una especie de tensión que se iba aliviando gracias a la maestría de aquel jovenzuelo muy experto en esas lides.

De pronto su polla pasó ese punto crítico y avanzó, avanzó hasta que estuvo totalmente adentro. ¡Era increíble! Mi boca emitió otro gemido grande y cuando su pelvis dio el último empujón en señal de estar totalmente metida fue cuando salió de mi boca un lamento en forma de chillido, que gracias a estar solos en casa, esta vez no silencié lo más mínimo.

− ¿Bien? – preguntó él acariciando mis caderas y toda su polla clavada en mi culo.

− ¡Siiii!

Empezó a bombear, al principio despacio con todo el afán de no lastimarme y a medida que sus golpeteos hacían un rítmico “chas, chas” en mi culo, aquello me pareció música celestial, mi orificio, hasta entonces virgen, fue adaptándose cada vez mejor y los movimientos eran cada vez más intensos, más rudos.

Me sentía feliz, pletórica, llena como nunca en todos los sentidos, incluso en el literal, pero agradeciendo haber permitido a mi joven profesor que me estrenara un culito y descubriese el fantástico placer que ello suponía. Sabía que me iba a correr en breve y aunque quise durar más tiempo sintiendo ese trozo de carne entrar y salir, no pude aguantar más, cuando una de las manos de mi monitor se adentró por debajo hasta acariciar mi clítoris haciéndome estremecer entre movimientos convulsivos de mis piernas que eran apagados por el martilleo de Martín contra mi culo sin perder el ritmo que acompasaba cada deliciosa embestida con ese “chas, chas” de su pelvis contra mis posaderas. Después se le oyó gemir cada vez más fuerte y pude notar sus dedos apretándose contra mis caderas. Tras un largo suspiro y un jadeo más fuerte se corrió dentro de mi culo inundándome al completo, pudiendo percibir el calor de su semen caliente dentro de mi agujero inexplorado.

Permaneció unido a mí, y todavía sentía los espasmos de ese miembro en mi interior, lo mismo que mis propios temblores de la cabeza a los pies. Martín se separó de mí, mientras acariciaba mi culo en agradecimiento, pero lo corroboró con sus palabras.

− Gracias, Adri. ¡Ha sido genial!

Me levanté y me abracé desnuda al cuerpo de aquel chico que tanto placer me había dado, como nunca en mi vida y me había transportado a un nuevo paraíso desconocido para mí, como era esa sodomización que tanto me había aterrado siempre, la que tantas veces negué a mi esposo y ahora había descubierto con enorme placer ese sexo anal… aunque para ser sincera, con mi amante, cualquier cosa es maravillosa.

Giré mi cabeza sin dejar de abrazar a Martín y vi sobre la mesita de noche la foto de mi esposo junto a mí, el día de nuestra boda. Cogí aire una vez más, pensando en lo insensata que estaba siendo, pero curiosamente no me arrepentí lo más mínimo, no quería que aquello se quedase ahí en una simple infidelidad pasajera. Era demasiada la dependencia de ese chico, de todas sus cualidades físicas y amatorias, con una enorme polla que me hizo vivir cosas impensables.

Le miré a los ojos y a continuación le di un tierno beso en los labios para acabar diciéndole:

− Gracias a ti, Martín. No me dejarás nunca, ¿verdad?

− Te lo prometo. – fue su respuesta y nos fundimos en otro largo beso.

FIN

Juliaki

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