CAPITULO 3

Al día siguiente, recuerdo que fue un día especialmente caluroso y nos encontrábamos toda la familia metida en nuestra piscina, intentando refrescarnos, tras la comida. Mientras mis hijos y mi marido jugaban en el agua con una pelota, yo prefería quedarme relajada en una esquina, con el agua a la altura de mi pecho, los ojos cerrados y rememorando el día anterior junto a mi guapo preparador, volviendo a tener en mente su cuerpo y aquellos roces aparentemente inocentes que acabaron en toqueteo más que descarado sobre mi culo.

En eso estaba con mis ojos cerrados, cuando oí que todos saludaban a Martín que acababa de presentarse en el jardín. Nada más verle mis pezones se volvieron a poner duros y temí por un momento que pudieran notarse bajo la tela de mi bikini. Nunca me había dado ese chispazo tan rápido con ningún hombre nada más verle.

– Hola Martín. Llegas justo para el baño en la piscina. – le invitó mi marido llamándole desde el trampolín para después zambullirse en el agua en plan bomba.

– La verdad es que no traje bañador. – añadió el chico mirándome y sin poder quitar la vista de mis tetas que yo instintivamente comencé mover de forma inocente pero en el fondo, con toda la perversidad, a sabiendas de que me estaba comportando como una juguetona zorra.

– Que te deje uno Darío, tiene unos cuantos bañadores y sino en pelotas, jajajaja – añadió Raúl haciéndose el gracioso.

Darío salió del agua para acompañar a su amigo dentro de la casa y prestarle el bañador. Yo me quedé metida en el agua, intentando que mi marido no se diera cuenta de mi excitación, pero yo podía notar el calor subiendo por mis carrillos y cómo mis pezones seguían duros como piedras, eso por no hablar de mi sexo palpitante.

Al poco rato llegaron los chicos y me quedé alucinada al ver a Martín con uno de los pequeños bañadores de mi hijo, que siempre suele usar del tipo slip de natación, pero al ver a su amigo llevando uno de esos podía verse claramente que lo llenaba de una forma bien distinta. Aparte de quedarle mucho más pequeño y de mostrar casi toda su espectacular anatomía al desnudo, se le notaba el bulto considerablemente. Aquello me puso todavía más nerviosa, volviendo a pensar en nuestra clase del día anterior y de los 23 centímetros famosos que parecían cada vez más evidentes.

Los dos amigos se lanzaron a la piscina y se bañaron jugando entre ellos y también con Martita que se divertía mucho con ambos, salpicándose y echándose unos sobre otros. Mi marido participaba de vez en cuando de aquellos juegos, metiendo la cabeza de uno y de otros pero yo preferí mantenerme apoyada junto al borde, tan solo sintiendo el agua fresquita sobre mi cuerpo intentando apagar mi calor, no solo el que hacía aquella tarde, sino el que me tenía invadida por dentro sin poder evitar mirar a ese chico continuamente e intentar que mi marido y mis hijos no se dieran cuenta.

Después de un buen rato en el agua, decidí salir y me apoyé sobre la escalerilla pero haciéndolo despacio sabiendo que era observaba por Martín. Por el rabillo del ojo veía que no perdía detalle de mi cuerpo saliendo del agua con aquel bikini y especialmente sin quitar la vista de mi culo, ya que la braguita se había metido ligeramente entre mis glúteos.

– ¿Ya te sales? – preguntó Raúl.

– Si, voy a preparar una limonada, hace mucho calor. – dije viendo como los ojos de mi monitor se fijaban en mis curvas bajo aquel bikini empapado.

– Yo te ayudo, mamá – dijo Martita muy displicente saliendo del agua.

Nos dirigimos a la cocina y entre las dos fuimos cortando los limones, preparando hielos y demás…

– Os lo habéis pasado en grande en el agua – comenté a mi hija.

– Sí, ¡Qué divertido es Martín! – respondió ella eufórica.

– Te cae bien, ¿no?

– Claro, a ti también ¿verdad? – dijo esto último mirándome a los ojos y noté en esa mirada cierta acusación o al menos eso me pareció.

– Sí, es majo.

– Y muy guapo ¿A que si? – añadió ella poniéndome en una situación complicada.

– Sí – respondí pero di por finalizada la conversación. – vamos a llevar esto a los chicos, que tendrán sed.

Desde que el día anterior Martita me viera en aquella pose en el gimnasio sobre la pelota gigante mostrando toda la redondez de mi trasero a Martín y que este tuviera sus dos manos restregándolas a placer sobre mi culo, me había replanteado decirle las cosas claras a mi atractivo monitor, para evitar volver a ser descubierta en situaciones tan críticas, y para no sentirme culpable de algo que parecía estar ocurriendo por azar, casi como un divertimento, pero al mismo tiempo en algo que estaba entrando en terreno más que peligroso.

Nos acercamos a la piscina y pusimos los vasos con limonada en el borde para que cada uno bebiese cuando quisiera. Al estar agachada colocando uno de los vasos no me di cuenta hasta pasados unos cuantos segundos que la mirada de Martín estaba clavada en mi entrepierna y por mi postura debía estar mostrando los labios de mi vulva dibujados en la braguita de mi bikini todavía húmedo tras el baño. Podía y debía haberme levantado y no quedar más tiempo expuesta en esa pose, pero en cambio, no sé por qué, permanecí allí agachada, con mis piernas ligeramente abiertas y frente a la cara de Martín que disfrutaba con las vistas y yo con su forma de mirarme. ¡Dios, otra vez mi calentura me estaba traicionando!

– Bueno, voy a cambiarme. – dije poniéndome de pie al darme cuenta de que los demás podrían sospechar algo al quedar tan evidente mi postura.

– ¿Para qué? – preguntó mi esposo.

– Para la clase de gimnasia. – añadí.

– Es verdad – dijo Martín saliendo también de la piscina y tapándose con la toalla pues sin duda mostraba su paquete voluminoso, seguramente excitado como yo. Al menos yo quería pensar que le había provocado una erección cuando estaba agachada en el borde de la piscina y eso me avivaba todavía más.

– Bueno, para eso no hace falta que os cambiéis. – añadió de pronto Raúl que seguía jugando con Martita y Darío en el agua como si tal cosa.

Martín y yo nos miramos alucinados, pensando en lo que acababa de decir mi marido, creyendo que iba de broma e inconsciente total de lo que para ambos podría significar eso.

– ¿Cómo que no? – pregunté confusa queriendo aclarar su frase.

– Claro mujer, con este calor, ¿para qué os vais a cambiar?

– Pero Raúl, no seas bobo ¿cómo vamos a hacer gimnasia así? – dije señalando nuestros cuerpos y como si hubiera dicho una barbaridad que realmente era.

– ¿Y por qué no? total, sudareis menos. – sentenció y siguió jugando con nuestros hijos.

Me dirigí hacia la casa sin hacer mucho caso a ese comentario de mi marido y Martín venía justo detrás de mí. Cuando desaparecimos por el pasillo este me agarró por las caderas y la toalla que cubría su cintura cayó accidentalmente al suelo quedando ambos pegados, empapados y solo separados por nuestras pequeñas prendas.

Miré hacia el chico contrariada, aunque me encantó volver a sentir sus manos sobre mi cintura y su pecho pegado a mi espalda y sus ojos penetrándome.

– ¡Martín!

– Tu marido tiene razón, es mejor que no nos cambiemos con ropa de gimnasia. Nos quedamos así. Estaremos más cómodos y sudaremos menos… con este calor. – dijo él con toda la naturalidad del mundo siguiendo ese consejo de Raúl.

A continuación pasó su mano por mi vientre y esa caricia me hizo temblar de gusto.

– Pero ¿te has vuelto loco? – quise todavía reclamar un poco de sentido común.

– No sé por qué no. Es una buena sugerencia y hecha nada menos que por tu marido…

En realidad era cierto lo que decía, la idea de que pudiéramos hacer gimnasia en bañador no había sido algo premeditado por nosotros sino propuesto por mi propio esposo, que a todas luces no debía ser consciente de tantos peligros que podrían rodear a esa situación.

– Pues no sé si será una buena idea. – dije intentando alejar más demonios de mi alrededor que me angustiaban con tanta provocación.

– ¿Qué hay de malo? – preguntó Martín sin dejar de sostener mi cintura y acariciarla.

– No sé… – dije totalmente aturdida.

– ¡Vamos y lo probamos! – añadió él tirando de mi mano en dirección al gimnasio sin que yo fuera capaz de contradecirle una vez más.

Cuando llegamos, lo primero que hizo fue darme dos mancuernas con la intención de que ejercitara mis brazos. Empecé con el sube y baja de mis brazos completamente estirados a cada lado de mi cuerpo. Allí estaba yo de pie, con mi pequeño bikini ligeramente mojado en medio de aquel gimnasio y observada detenidamente por mi profesor particular y me magnetizó de nuevo su forma de hacerlo.

– Eres impresionante, Adri. – dijo mirando mi cuerpo de arriba a abajo apenas cubierto con aquel reducido bikini.

No podía negar que aquello me volvía loca, no solo por la presencia del cuerpazo del chico a mi lado, sino por cómo le estaba provocando yo algo similar a él. Estaba mojándome de nuevo, pero por suerte la humedad de la piscina podría disimular la otra humedad que salía irremediablemente de mi sexo y empapaba la tela de mi braguita.

En ese mismo momento, Martín se colocó detrás de mí, corrigiendo con sus manos sobre mis muñecas la forma de levantar y bajar las pesas, pero lo hizo acercándose cada vez más a mí, hasta que noté su pecho duro contra mi espalda y ¡Su bulto sobre mi culo!

Me quedé inmóvil e incapaz de reaccionar. Una vez más, aquel gesto no fue accidental, aunque él se esforzara en hacerlo parecer. En ese instante yo estaba tan caliente que no podía controlar ni el peso de las mancuernas, ni nada que pudiera haber alrededor. La fina tela de nuestras respectivas prendas era lo único que nos separaba y podía percibir ese gran bulto que tenía Martín restregándose contra mi trasero. Era algo increíble. Sus manos se aferraron a mi cintura y su miembro crecía por momentos bajo el bañador, podía sentirlo cada vez más duro y más grande.

En ese instante quise recapacitar y poner todas las alertas en funcionamiento, porque mi marido o mis hijos podrían entrar en cualquier momento en el gimnasio y no podía consentir que nos pillaran así, en aquel abrazo, yo en bikini y él con un pequeño slip. Precisamente volví a recordar cuando Martita nos sorprendió el día anterior en una pose muy poco discreta y estaba dispuesta a bronquear a ese chico y ponerle las cosas claras. Era hora de dejar de jugar con fuego…

Me giré sobre mí misma, intentando poner orden de una vez por todas, pero al hacerlo, inevitablemente mi mirada se dirigió a ese bulto enorme que se revelaba bajo el bañador de Martín y lo peor de todo es que empezó a enseñar la punta de su glande por la parte de arriba. ¡Casi me caigo de espaldas!

– Bueno, ahora vamos a hacer pesas, pero mejor ponte tumbada, para fortalecer los pectorales, aunque se te ven francamente en su sitio. – añadió justo cuando yo tenía previsto pararle los pies.

Evidentemente no pude rebatir nada ya que permanecí pasmada frente a mi profesor observando su hermoso cuerpo y especialmente lo que se escondía a duras penas bajo aquel pequeño slip. No fui capaz de apartar la vista de allí ni un segundo ni de pronunciar ni un reproche.

Obedecí a esa última orden, tumbándome boca arriba sobre un banco alto, tipo camilla, pero a él no debió parecerle la postura más adecuada y me enganchó por las caderas para acercar mi culo hasta el mismo borde, quedando mis piernas completamente abiertas y colgando en aquella especie de mesa estrecha.

Nada más alzar las mancuernas sobre mi pecho, él me corrigió la postura y me sostuvo el antebrazo para que hiciera bien el ángulo y no me lastimara, pero no se conformó con eso, sino que se juntó tanto a mí que… ¡Su miembro se pegó a mi entrepierna!

No podía creerlo. Esa enormidad que escondía a duras penas bajo el slip, estaba ahora pegada a la braguita de mi bikini. Al percibir ese contacto casi se me caen las pesas al suelo y un suspiro hondo salió descontrolado de mi garganta. Podía notar la dureza de ese pene tan gordo que ahora estaba posado directamente sobre mi rajita y que no dejaba de rozarse sin parar de forma aparentemente casual, aunque ambos sabíamos que no era así. Cuando miré hacia ese lugar podía ver como su glande asomaba un poco más por encima de su bañador y él seguía colocándome las manos, pero su clara intención no era esa, sino rozar su sexo contra el mío, insistentemente, algo que me tenía loca de gusto. Por un momento se separó de mí y yo hice otro movimiento de brazos estirando las pesas hacia afuera pero él volvió a juntarse de una forma más fuerte, moviéndome incluso dentro de ese banco y apretando toda su virilidad sobre mi sexo dando un golpe sexo contra sexo. Creo que casi me da algo y no pude reprimir un gemido, algo que a él pareció gustarle alargando su sonrisa y recreándose en nuevos roces una y otra vez con ese miembro sobre mi mojada conchita. Él sabía cómo llevarme al paroxismo y para ser tan joven conocía la forma de dar placer a una mujer de manera magistral. La imagen de su miembro apenas comprimido bajo la tela de su bañador chocando una y otra vez contra mí, sus pectorales casi rozando mi pecho y sus muslos rozando la cara interna de los míos, era como si realmente me estuviera follando. Podría ser teatro o algo en apariencia inconsciente, pero era a todas luces era un polvo sin penetración.

– Creo que debemos dejarlo por hoy – dije mientras dejaba caer las pesas en el suelo.

Sabía que aquello era difícil de controlar, pero al mismo tiempo estaba segura de que podría acabar peor sino lo detenía de inmediato. Era mi miedo interior el que mandaba las órdenes a mi cerebro para poner fin a la barbarie.

Sin poder quitar la vista de esa preciosa verga resaltada bajo el pequeño traje de baño, me incorporé sentándome en el banco, sin embargo él no se movió ni un milímetro, dejando su enorme paquete totalmente pegado a la braguita de mi bikini.

– ¿Dejarlo? – preguntó sorprendido pero sabiendo que yo estaba en un dilema.

Martín observaba extasiado mis pezones erectos marcados sobre el sostén de mi bikini y yo hacía lo mismo mirando ese relieve del bañador con un miembro cada vez más grande y ese capullo asomando por arriba.

– Sí. Dejémoslo, Martín. – dije empujando ligeramente su pecho.

– Pero si acabamos de empezar – respondió él con una sonrisa picarona en su rostro y haciendo un movimiento con su pelvis sobre mi entrepierna, consiguiendo que me estremeciera de nuevo.. ¡Qué cosa más grande y más dura tenía allí abajo!

– Es que… me duele la espalda. – dije a modo de disculpa pero sin poder evitar sentirme tremendamente cachonda con una voz entrecortada presa de una enorme excitación.

– Oh, vaya, entiendo. – dijo él con un tono de aparente preocupación, pero con ganas de continuar con su lascivo juego.

– Mejor seguimos otro día – dije mientras mis piernas no dejaban de temblar rozando al tiempo sus duros muslos.

– No, déjame ver, ¿Donde te duele exactamente? – añadió él.

Sentada en el borde de ese banco, Martín empezó a buscar una supuesta lesión sobre mis hombros quedando mi pecho pegado contra el suyo permaneciendo en un contacto total, cuerpo con cuerpo. Él me tomó de los hombros y los acarició suavemente buscando con sus dedos alguna distensión muscular o algún agarrotamiento que realmente no existía. Yo sabía que él no estaba haciendo nada de eso, pero lo peor es que él sabía que yo lo sabía. Nuestras miradas lo decían todo y ambos sentíamos la tensión del momento pero sin poderlo frenar en ningún momento. Estábamos unidos, abrazados y clarísimamente cachondos.

– Date la vuelta y túmbate boca abajo en la camilla. – me ordenó de pronto.

Curiosamente yo acate sus órdenes como una niña buena cuando debía haberle dicho que no, sabiendo incluso lo que podría suceder. Me rendí una vez más a mis instintos más primitivos, esos que no me dejaban ser racional. Todo mi cuerpo estaba cachondo y no había un centímetro de mi piel que no fuera sensible a sus roces, incluyendo mi cerebro al que no podía dominar por mí misma.

Me tumbé boca abajo en aquella bancada alargada notando la dureza de la madera bajo mi pecho y dejé caer los brazos por los costados, tal y como él me indicaba. A continuación empezó a acariciar mi espalda, pero se había untado las manos con algún gel y las caricias eran todavía más increíblemente placenteras. Me extasiaba notar esos dedos contra mi piel pasando por distintos sitios y después apreciar masajes muy suaves en la parte de mis omoplatos, a lo largo de mi columna, por la cintura, hasta llegar a mis caderas. ¡Dios qué sensación!

– ¿Vas notando mejoría? – me preguntó.

– Sí – dije casi susurrando y acompañado de un jadeo evidente de satisfacción.

Sus manos pasaron por toda mi espalda, acariciando al principio, masajeando después, pero yo estaba en la gloria. De repente sus manos soltaron el cordón del sostén de mi bikini de forma habilidosa.

– Martín, ¿qué haces? – intenté quejarme sin que mi cuerpo respondiera a mi lucha interna. Debí abandonar el gimnasio y salir corriendo pero sin embargo permanecí tumbada boca abajo esperando su siguiente “ataque” que sabía se iba a producir.

– Nada mujer, soltarte esto para poder darte mejor el masaje. ¿No estás mejor?

Sus manos acariciaron una vez más mi espalda, por mi columna por los costados y esta vez sin que le impidiera avanzar prenda alguna, hasta llegar a rozar mi braguita. En alguna ocasión pensé si me iba a meter los dedos, porque no sé cómo hubiera podido reaccionar ante eso, o quizás habría entrado en trance porque todo aquello era demasiado maravilloso como para negarse a vivirlo. Mi espalda desnuda estaba a merced de sus caricias y seguramente todo mi cuerpo, sin darme cuenta, también.

– Date la vuelta y siéntate en el borde de nuevo. – me dijo.

– Pero…

– Vamos, quiero ver cómo están esos hombros y el cuello. No quiero que te lastimes – comentó serio, pero veía en el brillo de sus ojos toda su perversidad.

Sus instrucciones me sonaban tan bien que una no podía más que obedecer sin rechistar, totalmente entregada a ese juego entre ambos. Me senté poniendo mi culito en el borde de aquel banco con mis piernas colgando y sostuve como pude la parte de arriba de mi bikini con mi antebrazo pegado contra mis pechos tapándome lo más pudorosamente que pude dada la situación.

– Adri, necesito que dejes los brazos completamente relajados.

– Pero, no puedo… – protesté yo ante lo evidente.

– ¿Cómo que no? – añadió sosteniendo mi muñeca e intentando separar mi brazo que seguía aferrado a mis pechos ocultándolos de su vista.

– Martín… se caería el sostén

– Adri, soy tu preparador, tómalo como algo profesional, no me voy a asustar por ver unas tetas. Además ya te las he visto, ¿recuerdas?

No sé si aquello me hizo ceder con lo de su profesionalidad, el hecho de que ya me las hubiera visto o simplemente porque quería definitivamente mostrárselas y dejarme llevar por todo aquel placer infinito imposible de domar.

Quité mi brazo y mis tetas salieron a escena. Él se recreó un buen rato observándolas desde muy cerca, como si nunca hubiera visto unas y seguramente estaría harto. Sin embargo su mirada seguía clavada en ellas, con descaro, sin importarle nada, ni que yo fuera la madre de su mejor amigo, ni de que estuviéramos traspasando la frontera del bien y del mal dentro de aquel gimnasio.

– Son preciosas, Adri. Ya te dije que tienen un tono muscular perfecto. – dijo al fin.

– No sé, algo caídas quizá. – respondí avergonzada intentando mostrarme ajena a lo que realmente sentía, pero ardiendo por dentro por verme observada así..

– Para nada. Son perfectas.

Ni corto ni perezoso se fue directamente a masajear mis hombros y al hacerlo volvió a pegar su virilidad contra mi sexo. Al principio con suavidad y luego restregándose con más fuerza, como si aquello fuera una cosa fortuita y que formaba parte de nuestros ejercicios. Notar de nuevo esa dureza en mi parte íntima hacía que mi cuerpo temblase. Mi sexo ardía y palpitaba al sentir esa cosa dura contra él. Yo ardía pero podía notar que aquel tronco también despedía un enorme calor.

– ¿Te gusta el masaje? – preguntó él mientras me miraba a los ojos de una forma en la que no podía más que derretirme.

– Sí – dije sabiendo que no solo se refería al masaje de los hombros sino al roce continuo de su miembro erecto contra mi raja, separados únicamente por la tela de nuestros respectivos bañadores.

– No te apures, todo irá bien – me decía él, sin dejar de acariciar mis hombros y haciéndome entender que aquello no era nada malo, sino todo lo contrario.

Su polla dura seguía yendo y viniendo contra mi vagina haciéndome ver las estrellas. Si no hubiéramos tenido esa tela de por medio, estaríamos seguramente echando el polvo de nuestra vida.

No solo era percibir ese tremendo tamaño, sino su extrema dureza, era algo fuera de lo normal, que para mí representaba el placer más absoluto para redondear la atracción que profería aquel chico en mí. De vez en cuando yo miraba hacia abajo, en ese lugar en el que nuestros cuerpos estaban más en contacto y podía ver ese bulto hinchado y como su glande quería salir en cada empuje que él hacía con su pelvis sobre mí, pudiendo llegar a sentir la suavidad del roce de ese capullo en buena parte de mi piel, algo que se sentía más que delicioso.

Sus manos seguían por mis brazos y en un momento dado acarició mis pechos suavemente, haciendo que diera un respingo.

– Así, relajada… – añadió él sin que me diera tiempo a protestar.

Su pecho se unió al mío y esta vez pude notar sus pectorales contra mis tetas directamente, piel contra piel. Me sentía en la gloria abrazada a ese chico, sintiendo como mis tetas se aplastaban contra su pecho, como si fuera un muro de hormigón y el acariciaba mi espalda en un abrazo delicioso, sin que nuestros sexos se separaran, sino que seguían restregándose impúdicamente. Era yo misma, la que hacía también un movimiento pélvico para sentirle todavía más. No podía ni quería separarme pero a pesar de eso, él seguía sosteniéndome por los hombros, para que nuestro contacto fuera total.

De repente, me quedé paralizada cuando dejé de escuchar ruidos en el jardín y en la piscina. En ese instante volví a la realidad y me di cuenta de que estábamos cometiendo otra tremenda locura y que cualquiera podría entrar en el gimnasio para cazarnos en una posición mucho más comprometida que la del día anterior y cubiertos por una diminuta prenda cada uno. No quería ni imaginar que Martita hubiese vuelto a entrar, ni Darío o mucho menos, mi marido. La verdad es que me asusté bastante.

Empujé el duro pecho de Martín, esta vez con mayor fuerza y convencimiento para separarlo de mí. De un salto me puse de pie frente a él.

– ¿Ocurre algo, Adri? – preguntó confuso mi apuesto preparador acariciando mis pechos desnudos con el dorso de su mano.

– Puede entrar alguien, Martín. – contesté excitada pero anunciando lo evidente.

– ¿Y?, no estamos haciendo nada malo.

– ¿En serio, Martín? ¡Estás loco!

– Bueno, yo creo que ha sido una buena sesión ¿no te lo parece? – añadió él sonriente acariciando mis hombros una vez más y de vez en cuando los costados de mis pechos y mi cintura.

– Estamos medio desnudos. – le apunté lo evidente.

– Y encantados. – afirmó lo que ambos pensábamos.

– Esto no puede ser. Es arriesgado. – comenté sin decir un “no”, sino un “cuidado”.

– Yo por estar así contigo, viéndote, sintiéndote me arriesgo a lo que haga falta.

– Martín… – dije avergonzada pero muy halagada a la vez

Bajé mi mirada y no pude apartar la vista de aquel enorme montaña que había bajo su bañador y que yo tenía tan cerca y para colmo la totalidad de su glande asomando grandioso por encima de la pequeña prenda… sin duda que aquello era tremendo e inevitable quedarse con la boca abierta.

– ¿Qué ocurre Adri? – preguntó sujetando mi barbilla con dos dedos y haciendo que le mirase fijamente a los ojos.

– No, nada… es que te asoma… – le comenté señalando con mi dedo el capullo totalmente fuera de su slip.

– Oh, vaya. El bañador que me prestó tu hijo es muy pequeño para mí y esto no cabe bien aquí. – respondió intentándoselo colocar, pero aquello parecía que hacía esfuerzos por salir.

– Es gigante. – dije sin casi darme cuenta de lo que salía por mi boca admirando aquella monstruosidad que segundos antes había tenido restregándome la rajita sin parar…

– ¿Te gustaría verlo al completo, verdad? – soltó de pronto.

– No. – respondí de inmediato, pues no quise darle juego y correr más riesgo aún. Cualquiera podría entrar.

– ¿Segura?

– No… quiero decir, sí – me lié con sus preguntas totalmente aturdida sin dejar de ver la totalidad de su glande totalmente fuera y aquella serpiente monstruosa bajo la tela.

– Estás intrigada Adri y quieres verlo en vivo – afirmaba él sin dejar de sonreír

– No, Martín… – respondí girando la cabeza como queriendo escapar de su abrazo de su cercana presencia y de la imagen de esa cosa enorme que apenas podía ocultar el bañador.

– Sé que quieres verme la polla, Adri – dijo de pronto con su cara muy cerca de la mía

Al decir la palabra polla noté como un buen chorro empapó mi vagina lubricándola al completo. Martín estaba muy cerca de mí, tanto, que pensé que iba a besarme en un descuido y estuve casi rogando para que lo hiciera. Cuando me dejaba llevar no era consciente de peligros ni de cómo debería comportarme ante una situación así, sin embargo él sabía cómo llevarme al límite con total naturalidad y ahora comprendía los miedos de mi hijo cuando me decía que era un profesional a la hora de conquistar a una mujer, no solo por su belleza y por su cuerpo perfecto, sino por su labia, su simpatía y sus enredados juegos.

– Vamos, sé que quieres verla como yo verte a ti desnuda de nuevo. – indicó mirándome fijamente a los ojos que iban una y otra vez de su cara a su entrepierna.

– ¡Dios, esto no puede ser, Martín! – suspiré casi con desesperación y queriendo dominar un descontrol total.

– Dime que si quieres, lo sé.

– No puede ser tan grande como dicen – dije tragando saliva y sabiendo que estaba a punto de ver por primera vez algo inaudito, pero entre la calentura de mi cuerpo y esa oportunidad clara de admirar algo de lo que tanto se hablaba… era algo contra lo que no podía ni quería luchar.

– Vaya, así que dicen por ahí… ¿ya te contaron? – volvió a insistirme con sus dedos en mi barbilla.

– No.

– ¿No?

– Si.

– Bueno, te lo enseñaré, además te lo debo, ¿recuerdas? Yo te vi desnuda y ahora me toca a mí.

– Esto es de locos. – respondí sin decir que no.

– Lo sé, Adri, pero ambos deseamos que ocurra. Yo quiero enseñarte mi polla y tú quieres verla. Dime que no…

Justo en el momento en el que se apartó unos centímetros de mí, dispuesto a mostrarme su gigante compañero, se oyeron pasos cercanos a la puerta del gimnasio y Martín muy hábilmente me pasó un albornoz para que me tapara mientras él disimulaba agachándose para que nadie notara su tremenda erección bajo el bañador ni ese glande asomando por fuera.

Era mi marido el que apareció por la puerta sin enterarse, aparentemente de todo lo que sucedía en el interior de nuestro gimnasio.

– ¿Qué?, ¿Cómo va eso? – preguntó sonriente.

– Ya hemos acabado – respondí yo muy apurada y saliendo casi a la carrera del gimnasio pues no quería que Raúl me notase lo tremendamente alterada que estaba.

Llegué a mi habitación y apoyé la espalda contra la puerta, buscando la manera de serenarme, pero era prácticamente imposible. Apenas unos segundos antes había tenido a ese hombretón tan pegado a mí, sintiendo su piel contra mi piel, su olor, toda su musculatura sobre mi cuerpo y aquel enorme miembro contra mi sexo, rozándose sin parar y sintiendo claramente su dureza y extensión. Pasé mis dedos por la braguita y pude notar que estaba empapada con tanta refriega y siguiendo con mi mano algo más arriba, casi a la altura de mi ombligo percibí un líquido viscoso que no debía ser otra cosa más que el líquido pre seminal que había salido de la enorme polla de Martín. Me estremecí al tocarlo y mi cuerpo temblaba de gusto. Impregné mis dedos y los llevé a la boca chupando y deleitándome con ese extraordinario sabor al tiempo que mi otra mano se colaba en mi braguita y jugaba con mis labios y mi clítoris inflamado masturbándome frenéticamente. Allí mismo, apoyada contra la puerta me corrí entre jadeos incontrolados a pesar de que intenté que no sonaran más de lo debido. Con los ojos cerrados vivía los últimos espasmos recordando el cuerpo de Martín y lo cerca que estuve de ver su virilidad al completo.

Cuando bajé al salón después de ducharme y vestirme, mi hijo y su amigo ya se habían marchado quedándome a solas con Raúl. Al principio intenté esquivarlo porque mi cuerpo parecía estar anunciando lo que yo sentía por dentro, pero en el fondo tampoco quería comportarme de forma extraña o diferente a la habitual y que sospechara aún más.

– Es un buen chico ese Martín, ¿no? – me dijo Raúl sin tiempo a reaccionar.

– Esto… sí.

– Darío y él parecen muy buenos amigos. Da gusto verles juntos.

– Sí – dije pensando en mi comportamiento con el amigo de Darío y sintiéndome culpable una vez más por traicionar de esa forma a mi hijo.

– Y Martita está como loca con sus clases de pádel. – añadió Raúl.

– Sí, es cierto. – también pensé en Martita y lo mosqueada que estaba últimamente con mi comportamiento con su profesor de pádel.

– ¿Y tú? – me preguntó directamente y creía morirme, como si me estuviera adivinando los pensamientos más sucios.

– ¿Yo qué?

– Que si estás contenta con él… mujer.

– Sí, claro…

– Te estará poniendo bien en forma…. parece estar preparado. – añadió mirándome de arriba a abajo.

Si supiera lo bien preparado que estaba, con una verga que aún no había visto en vivo pero que había sentido de pleno contra mi concha de una forma totalmente increíble. De nuevo mi cabeza intentó poner orden y quise zanjar la idea que me había prometido ese chico de verle aquel miembro, algo que deseaba por encima de todo, pero debía ser sensata y comportarme como una mujer adulta que era, madre de familia… Me estaba arriesgando demasiado y comportándome como una vulgar puta.

En ese instante sonó un mensaje en mi móvil que estaba sobre la mesa del salón frente a Raúl. Mi corazón dio un vuelco cuando lo cogió en su mano y por un momento pensé que iba a leerlo ya que seguramente era de Martín.

– Tienes un mensaje – me dijo entregándome el móvil.

Cuando sostuve el teléfono en mi mano notaba el temblor en mis dedos y un cosquilleo por todo mi cuerpo. Era, efectivamente, un mensaje de ese chico que me tenía loca perdida.

– “Me gustó mucho nuestra clase de hoy, Adri, eres una alumna maravillosa” – rezaba el mensaje.

Permanecí como una idiota mirando la pantalla y llegó otro bip:

– “Pero lo mejor ha sido sentir tu cuerpo tan pegado al mío, ha sido un regalo divino y ya estoy deseando volver a estar cerca de ti”

Miré a mi marido que no parecía estar pendiente de mí atento a un dosier de su trabajo.

– “Pronto verás mi polla, Adri.” – era un nuevo mensaje de mi profesor.

– “No, Martín” – contesté nerviosamente con otro mensaje de texto.

– “Me gusta cumplir mis promesas y sé además que estás loca por verme desnudo” – añadió dejándome allí temblando y tuve que agarrarme al brazo del sofá para no caerme.

En ese momento Raúl levantó la vista y me miró preocupado pues yo parecía tambalearme, incluso a punto de caerme.

– ¿Estás bien? – me preguntó mi esposo.

– Sí, sí, es que he tropezado – dije como disculpa tonta y me dirigí escaleras arriba hacia mi habitación a toda prisa.

– ¿Sabes? He pensado en invitarlo mañana a la fiesta de nuestro aniversario. – comentó Raúl sacándome de mis pensamientos haciendo que me quedara paralizada en medio de la escalera con mi mano aferrada a la barandilla.

– ¿Cómo? ¿A quién? – pregunté alucinada.

– Sí, a Martín, mujer. Pensé que como es un buen amigo de Darío, debería estar en nuestra fiesta.

No podía creer que mi marido hablase de invitar a ese chico, sin apenas conocerle en la fiesta que habíamos organizado con parte de nuestra familia, compañeros y amigos para la celebración de nuestras bodas de plata. Y menos a Martín, estando todos nuestros amigos y familiares allí, tan cerca…

– Pero, él no conoce a nadie de nuestras amistades… y no sé si querrá… – añadí.

– La verdad es que ya me adelanté y me ha dicho que sí.

¡Dios!, parecía que todo estaba orientado a volverme definitivamente loca. Por mucho que yo intentara poner algo de raciocinio en mi cabeza las cosas se encaminaban una y otra vez para que mi cuerpo se expusiera a todo tipo de pruebas y riesgos. El solo hecho de volver a estar con Martín me daba mareos, no quería responder a mis instintos más infantiles y deseaba comportarme con una mujer madura que había cumplido sus cuarenta y cinco. Apenas unos segundos antes había recibido su mensaje anunciando que me iba a enseñar su polla y yo queriendo parecer normal y ahora Raúl me anunciaba eso sin poderlo asimilar.

Esa noche me costó bastante conciliar el sueño, por un lado pensando en la forma de decirle a Martín que debíamos parar aquello y que aún estábamos a tiempo de no rebasar ninguna frontera, que de seguro nos íbamos a arrepentir, pero por otro lado mis recuerdos a lo sucedido esa misma tarde en el gimnasio era demasiado para no sentirme excitada de nuevo y a que mis dedos jugaran con los labios de mi vagina . Volvía a ver en sueños esa polla embutida en el pequeño slip queriéndose salir y cómo se empujaba esa dureza contra mi sexo haciendo que me estremeciera con cada movimiento. No dejaba de pensar en cómo se debía sentir un pene tan grande dentro de mí. Miré a mi costado y mi marido roncaba plácidamente sin darse cuenta de que yo tenía las manos metidas bajo mi camisón y me estaba acariciando mientras estaba pensando en el mejor amigo de su hijo, en los roces, caricias y restregones que tuvimos esa tarde en el gimnasio, medio desnudos y sabedores de que estábamos muy cerca de cometer la mayor de las locuras, que ambos estábamos predestinados a pecar irremediablemente y que casi todo se nos ponía de cara, aunque nosotros quisiéramos evitarlo, yo sobre todo. Seguí jugando con mi dedo frenéticamente a lo largo de mi raja, que estaba totalmente empapada y me daba golpecitos con los dedos imaginando que era la enorme polla de Martín, como lo hiciera en el gimnasio y de pronto todo mi cuerpo se convulsionó teniendo que apagar con la almohada los gemidos y jadeos provocados por un nuevo orgasmo para no despertar a Raúl.

Juliaki

CONTINUARÁ…

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