CAPITULO 1

Siempre me he considerado una mujer afortunada a todos los niveles, pero a veces las cosas no son como una cree o como deberían ser y cuando parece que lo tienes todo y no te hace falta nada más, descubres que no es así exactamente, pero bueno, para no liar la cosa relataré la historia desde el principio y voy poniendo en antecedentes para que se comprenda mejor:

Mi nombre es Adriana, aunque todos me conocen por Adri. Soy argentina, de nacimiento pero vivo en España desde hace más de quince años. Actualmente tengo 45 y estoy felizmente casada, bueno, puntualizo: estoy casada y soy feliz. Estoy muy orgullosa de mi familia, con dos hijos preciosos: El mayor, Darío, de 20 años, está cursando segundo de historia del arte en la universidad. Mi hija pequeña, Martita, de diez, es mi chiquitina y reconozco que me desvivo por ella, a pesar de que… como se suele decir, llegó por accidente. Mi marido, Raúl, es un importante ejecutivo de una gran multinacional y eso nos ha permitido poder tener una vida más que placentera, llena de lujos y comodidades, por eso lo de ser afortunada y reconozco que me he convertido en una pija en muchos aspectos, pero en el fondo he de confesar que me gusta.

Raúl y yo nos conocimos en Buenos Aires cuando él visitaba a una de las empresas de mi país. Yo por entonces era azafata de vuelo y las coincidencias o las casualidades hicieron que nos re-encontráramos en varias ocasiones, unas en pleno vuelo y otras en un hotel, aunque a decir verdad alguna era premeditada por mí.

Recuerdo aquella época con bastante nostalgia, en la que ambos éramos además de jóvenes muy fogosos, haciendo de nuestra vida íntima un regalo esperado cada día por ambos. Nuestros encuentros se hacía más que necesarios a medida que nos íbamos conociendo más. Además de enamorados, éramos dos buenos amantes y subrayo lo de “éramos”.

Apenas un año después, contrajimos matrimonio. Yo me retiré de mi profesión para dedicarme a mi marido y posteriormente a mis hijos, aunque no precisamente para ser una de las de la pata quebrada, ni mucho menos. Debido a nuestra aventajada posición he podido siempre disfrutar de mi familia y al tiempo dedicarme todo el tiempo del mundo a mí misma. Siempre fui muy coqueta, incluso ahora, por eso que me gusta cuidarme especialmente en la terreno físico, ya que en el mental, siempre que puedo me enriquezco aprendiendo cosas, especialmente los idiomas que se me dan muy bien, pero es que además disfruto aprendiéndolos.

Reconozco ser una mujer agraciada físicamente, aunque para ser honesta, siempre ayudada por unas buenas sesiones de belleza y cuidados personales, con gimnasia, deporte y todo eso. Procuro acudir a la esteticene, al menos una vez por semana, tomar mis rayos UVA para tener todo mi cuerpo moreno, mis sesiones de depilación láser me permiten tener el cuerpo sin nada de vello. Soy una fanática de cuidar mi cabello que es moreno y largo y mi peluquera sabe que soy exigente, pero me conoce a la perfección. De siempre me gustó mucho el deporte y practico natación a diario en mi piscina, pádel dos veces por semana en el club y ejercicios en mi gimnasio de casa para no perder el fondo físico y al tiempo mantener erguido mi busto, tener mi cintura plana y mi culito respingón, que es sin duda uno de mis fuertes que siempre procuro ensalzar, junto a mis piernas.

Mi marido en cambio dejó de ser el guapo y elegante hombre que me sedujo tiempo atrás y no sólo porque se haya quedado calvo con el tiempo, algo que es casi inevitable para muchos hombres, lo mismo que su prominente barriga, pero es que tampoco ha hecho nada por evitar un deterioro notable y con el paso de los años, si no pones remedio, estos no perdonan. Él solo se ha preocupado de que su vida se centre en sus negocios y como mucho en estar tumbado a la bartola, como se suele decir. Siempre ha odiado lo de cuidarse y hacer deporte. Vamos, todo lo contrario a mí.

Mi vida social está siempre ocupada en uno de mis vicios que son las compras y gracias a mi poder adquisitivo no me he privado de ningún capricho, comprando continuamente trapitos, joyas y cosas que a veces, sinceramente, no me sirven para nada. Tengo un grupo de amigas del club de pádel y allí solemos reunirnos cada cierto tiempo, para charlar, criticar a los hombres y “quemar” nuestras tarjetas de crédito, como solemos decir.

De mi vida íntima poco tengo que contar, dejó de ser hace tiempo aquella vivida tiempo atrás, pero supongo que la rutina y la desidia han ido contribuido para que fuera decayendo paulatinamente y ahora lo de tener sexo con mi marido se ha convertido en casi anecdótico. Reconozco que a veces me siento caliente, pero o bien él se encuentra muy cansado o no encontramos el momento oportuno, pero el caso es que tengo que recurrir a mi autosatisfacción para apagar esos momentos ardientes. Vamos que en ese sentido mi vida es de lo más aburrida y hasta hace poco creía que era lo normal.

Un buen día todo cambió de repente sin haberlo premeditado ni preparado. Ese giro en mi vida se produjo el día que yo me encontraba en el club de pádel y estaba duchándome después de un partido con una de mis amigas y oía a unas chicas que reían en el vestuario sobre las gracias de un nuevo monitor que había llegado al club. No dejaban de nombrarlo, de decir que Martín era guapísimo, que estaba muy bueno, que todas querían que él les diera las clases y que soñaban con que les diera “algo más”. En ese momento no le di más importancia, ya que comprendía que eran chavalas jóvenes en plena efervescencia sexual, en la que un profesor de pádel nuevo y guapete les había causado sensación. Era lógico y en cierto modo añoraba mis épocas juveniles cuando yo también andaba revoloteando con los chicos y la verdad es que sentía algo de envidia, primero por su juventud alocada y segundo por sentir ese chispazo en el cuerpo que te mantiene caliente casi de continuo, pensando en chicos, soñando con estar con uno y con otro. Las risas de aquellas chicas se oían por todo el vestuario y nombraban a ese tal Martín como un chico muy especial.

Esa misma tarde, mi hijo me esperaba en la cafetería del club como otras muchas veces, pero en esa ocasión estaba en la barra acompañado de un joven muy atractivo. Enseguida comprendí que era uno de sus amigos, al que por cierto, no había visto antes y que me pareció espectacular, sin que apenas pudiera ver claramente su cara, pero observándole vestido con su indumentaria deportiva, le hacían parecer más atrayente si cabe. Su camiseta se ajustaba a un cuerpo robusto y muy bien formado y su pantaloncito de tenis corto permitía ver unos prominentes muslos.

Ya sé que en esos momentos una debe pensar que podría ser su madre, pues ese joven debía tener la edad de mi hijo Darío, sin embargo, me ajusté el sostén tirando de mi blusa hacia abajo para mostrar más canalillo y subí instintivamente mi falda de tubo para enseñar algo más por encima de la rodilla; ya dije que soy muy coqueta, siempre me ha gustado provocar de esa manera, no lo puedo remediar. A continuación me acerqué a la barra.

– Hola – saludé sonriente mirando a mi hijo y de reojo a su amigo.

Ambos se dieron la vuelta, pero tras el saludo de Darío, solo me pude fijar en su amigo. De cerca era aún más impresionante. Sus ojos de un verde intenso, unos pómulos marcados, sus cejas muy bien definidas, su nariz perfecta, su barbilla con un pequeño hoyuelo, sus labios gruesos, su sonrisa deslumbrante y el cuerpo que ya había podido catar a distancia me dejaron realmente impactada. Hacía tiempo que no sentía algo así.

– Hola mamá, este es Martín – comentó mi hijo presentándome a su amigo.

En ese momento entendía las risas nerviosas de aquellas chiquillas en el vestuario, hablando del tal Martín, que sin duda era el que tenía yo enfrente en ese momento, pues casi lo habían retratado ellas, pero incluso se habían quedado cortas en sus definiciones. El chaval era realmente increíble.

– Hola. Me llamo Adri – tardé en responder cuando estiré mi mano para saludarle y sin dejar de hipnotizarme con su blanca sonrisa.

– Caramba, ¿en serio es tu madre? – contestó ese portento sin dejar de sonreír y admirando mi cuerpo que en ese momento no paraba de temblar.

Hacía tiempo que no vivía nada parecido y si bien es verdad que muchas veces me he sentido atraída por un hombre, unas veces por su cuerpo, algunas otras por su mirada o por su sonrisa, en ese momento yo estaba temblando de tener a un chico perfecto delante de mí.

Martín tomó mi mano y llevando el dorso hasta su boca la beso suavemente con una caballerosidad impropia de un joven, pero que me encandiló aún más.

– Nunca hubiera jurado que fuera tu madre, Darío. – añadió el chico.

Yo no era capaz de articular palabra, simplemente sonreír ante su cumplido y ante la incomodidad de sentirme muy extrañamente atraída por ese chico… demasiado joven para mí, pero demasiado bueno para ser verdad.

– Bueno, Darío, quedamos en eso, nos vemos mañana en el gimnasio. ¿Vale? – comentó el deslumbrante Martín a mi hijo.

– Vale, nos vemos. – contestó este a su saludo.

– Espero volver a verla Adri.

– Por favor, tutéame – le dije al tiempo que él volvía a besar mi mano, aunque mis imaginaciones me hacían ver que esos labios se podían posar sobre los míos.

– Claro, perdona Adri, espero volver a verte. – añadió con su deslumbrante sonrisa.

Cuando me quise dar cuenta, mi vista se fue detrás de su culo y me quedé observando sus andares hasta verle desaparecer del local. Creo que mi hijo se dio cuenta pero no dijo nada.

– Esto… nunca me hablaste de Martín. – comenté a mi hijo al quedarnos solos.

– ¿Ah no? – preguntó mi hijo tomando un trago de su bebida isotónica.

– No, no le he visto nunca, la verdad. ¿Es compañero de universidad?

– No mamá, le conozco del gimnasio.

– Ah, entiendo. Coincidís allí. Pero tampoco le relaciono, no recuerdo que sea amigo tuyo ni el hijo de ninguna de las familias con las que solemos tratar.

– Mamá qué intrigada estas… – respondió Darío con una sonrisa.

– Bueno, no. Simplemente que me gusta saber con quién andas.

– Ya. En realidad Darío no es de una alta posición como nosotros, ni tampoco es cliente del gimnasio.

– ¿No?, ¿Entonces?

– Bueno, es monitor del gym y también aquí es monitor de pádel para los niños en el club.

– Ya.

– ¿Te sorprende?

– Bueno, no. Pero como le presentaste como amigo… – respondí todavía con más curiosidad.

– Mamá, siempre me andas controlando. Es un amigo y punto.

– Hijo, no te molestes, es que no le conozco.

– Martín es un amigo, porque es un gran tipo y aunque sea un muchacho que ha tenido que currar mucho para salir adelante y no se relacione con pijos como nosotros, no deja de ser alguien al que aprecio y es una buena persona.

Las palabras de mi hijo me dejaron ciertamente contrariada, porque mi intención no era ofenderle, ni tan siquiera poner condiciones para sus amistades, pero cuando le iba a explicar, él fue el que cortó la conversación sin dejarme terminar.

– Bueno, ya. ¿Nos vamos?

– Vale. – respondí algo avergonzada por haber hecho tanto interrogatorio a Darío.

El viaje en el coche fue en silencio y yo no me quitaba de la cabeza la imagen de Martín, sus impresionantes ojos, sus perfectos labios, aquel cuerpo tan bien formado… Llegamos a casa y Raúl andaba con sus papeleos en su despacho, ni tan siquiera nos saludó al llegar, como tantas otras veces.

Me metí en mi habitación dispuesta a cambiarme y cuando me quedé en ropa interior me observé frente al espejo, preguntándome a mí misma si realmente había podido impactar a Martín, tanto como él lo había hecho conmigo. Luego pensé que era una tonta al pensar así, pues un muchacho de su edad se fijaría más en las chicas jóvenes, como es lógico. Me desnudé para ponerme una bata y al sacarme las braguitas noté que estaban húmedas en señal de que mi sexo había respondido a esos momentos de atracción lubricando esa parte fuera de lo normal. No me extraña que aquellas jovencitas estuvieran tan contentas describiendo a Martín, apenas le tuve delante de mí un minuto y me causó la misma sensación, incluso más.

Estuve ciertamente toda la tarde bastante excitada y tuve que acostarme con el calentón, porque una vez más Raúl se quedó en su despacho con sus papeles, dejándome caliente y en esta ocasión más todavía.

Comencé a acariciarme suavemente mis pechos bajo el camisón y el hecho de no haberme puesto ropa interior me puso fácil la tarea de acariciar mi rajita suavemente sin impedimento de ningún tipo y curiosamente no necesité de un calentamiento previo, pues en apenas dos o tres minutos estaba tan ardiente que un orgasmo se apoderó de mí, haciendo que todo mi cuerpo se convulsionara sobre la cama y cerrando los ojos me dejé llevar con la imagen de Martín, viendo su boca, sus ojos, sus manos y en eso mi propia mano estaba atrapada entre mis muslos al tiempo que mi aliento jadeante se dejó llevar a una corrida como pocas veces había tenido.

No sé cuando me quedé dormida, supongo que no mucho después pero a la mañana siguiente quise quitar importancia a todo ese lío con el amigo de mi hijo, que tanta expectación me había causado sin ver tampoco un motivo aparente, pero creo que es de esas veces en la que una no es dueña de sus actos ni de lo que sucede a su alrededor.

Me metí en la bañera e intenté por todos los medios borrar de mi mente esa actitud que me parecía infantil y poco sensata, pues ese chico, en cuestión de edad, podría ser perfectamente mi hijo, esos pensamientos chocaban en mi mente, sabiendo que estaba mal y por otro lado mi cuerpo seguía en sus trece y volvía a imaginarle, a tener sus labios cerca de los míos y su voz susurrante en mi oído, era algo que me poseía. Mis manos volvieron a acariciar mi sexo de forma suave al principio y frenética después, como si aquello fuera algo que necesitase con urgencia. Sentía un placer que me invadía por dentro y mi cuerpo se convulsionaba con cada caricia imaginando las manos de Martín sobre mi piel.

– Mamá, tengo que irme a la Uni, ¿necesitas algo? – era la voz de Darío al otro lado de la puerta del baño que me despertó de todos mis pensamientos dándome un susto de muerte.

– No, cariño. – contesté apurada retirando la mano de mi entrepierna como si mi hijo hubiese adivinado lo que hacía su madre al otro lado de la puerta.

– Ok mamá.

– ¡Darío! – dije de pronto incorporándome de la bañera, agarrada a sus bordes.

– Dime mamá. – se oía su voz de nuevo tras la puerta.

– ¿Tienes un segundo antes de irte? Quiero hablar contigo. – le dije.

– Vale, pero rapidito.

Me levanté de la bañera y me puse el albornoz sin casi tiempo a secarme. Al salir fuera del baño estaba mi hijo mandando algún mensaje con su móvil.

– Darío, cariño, ¿Me dijiste que Martín era profesor de pádel para los niños?

Tardó un rato en contestar, algo que me hizo volver a estar incómoda, y aunque supuse que lo estaba pensando, me pareció también que pudiera estar leyéndome el pensamiento. Al fin me miró y contestó.

– Sí, mamá, es monitor para los críos.

– ¿Y las crías? – pregunté.

– Sí, claro. ¿Por?

– Pues nada, había pensado en meter a Martita a dar clases de pádel.

– ¿A Martita? – preguntó levantando su mirada hacia la mía muy sorprendido.

– Sí.

– A ella no le gusta el pádel en absoluto, mamá, ya lo sabes.

– Bueno, tiene que hacer algún deporte y no tirada todo el día con la consola.

– ¿Otra vez con la cantinela? – respondió Darío molesto.

– Sí, ya sé que soy una pesada con eso hijo, pero sabes que me atormenta veros todo el día jugando con esas maquinitas encerrados en vuestros cuartos desaprovechando el tiempo.

– No lo desaprovechamos.

– Bueno, creo que voy a intentar convencer a la niña para que haga deporte. ¿Te parece? – esta vez lo dije más seria intentando imponerme ante Darío que estaba en una edad bastante complicada, por cierto.

– Vale, lo que tu digas. – respondió de mala gana.

– Bueno, pues dame el teléfono de tu amigo y miro a ver si tiene algún horario libre.

Nada más decir eso, noté como mis carrillos ardían. Sin duda yo sabía que estaba comportándome de una forma tonta y lo de apuntar a Martita a las clases no era más que una absurda excusa para volver a encontrarme con ese chico. Tenía miedo de que mi hijo lo notara y al final me miró de arriba abajo y respondió:

– Vale, te lo paso por un mensaje luego que ahora se me hace tarde.

– ¿Ni un beso a tu madre? – le dije cuando se daba la vuelta sin despedirse.

A regañadientes me besó en la mejilla y salió corriendo.

Toda la mañana estuve nerviosa esperando el momento en el que mi hijo me mandase el dichoso mensaje y no se hubiera olvidado del dato del teléfono de su amigo. Cuando por fin me llegó y vi el texto en el que aparecía el número de Martín mi corazón empezó a bombear más rápido de lo normal. Pero ¿Por qué me estaba comportando así? ¿No era eso más propio de una chiquilla de la edad de él y no de la mía? ¿Qué me había hecho ese chico sin apenas tener contacto con él? ¿Cómo había podido tenerme tan loca ese crío?

Dudé unos instantes, con mi dedo en el móvil y al fin marqué su número. Me tuve que apoyar sobre la encimera de la cocina pues mis piernas temblaban.

– Hola. ¿Quién eres? – respondió la atrapante voz de Martín al otro lado.

– Hola, soy… yo… Adri. – mis palabras salían entrecortadas.

– ¿Adri?

– Sí, soy la mamá de Darío…

– ¡Ah, sí, claro!, ¡Qué bien!, ¿Cómo estás Adri?

– Bien, verás, le pedí tu número a mi hijo porque me dijeron que eres profesor de pádel.

– Sí.

– Vale, pues quería saber cuándo podrías tener horas libres.

– ¿Para ti? No creo que te hagan falta, juegas muy bien.

– ¿Cómo? Yo… – contesté algo aturdida por su comentario.

– Sí, Adri, no creo que necesites clases, te he visto jugar y eres muy buena..

– ¿Me has visto? – mi corazón bombeaba tan fuerte que casi lo notaba sobre mis sienes.

– Claro que te he visto y me tendrías que dar clases tú a mí, jeje..

– No, jajaja, las clases no son para mí, serían para mi hija Marta. – respondí intentando parecer natural.

– Ah, vale, claro. Pásate por el club esta tarde y concertamos una hora.

– De acuerdo, Martín. Muchas gracias. A las cinco te veo.

– Muy bien, te espero. Un beso, Adri.

Cuando dijo lo del beso volví a notar como mi sexo emanaba la humedad que yo creía estaba traspasando mis braguitas.

Pensando como una persona sensata tendría que haber dejado todo en ese momento, pero no estaba muy convencida de hacerlo. Reconociendo que el tonteo estuvo bien en un principio, incluso con la lejana idea de que yo pudiera atraer a ese joven, no me parecía medianamente normal estar jugueteando con él o al menos intentándolo. Desde luego, me tocó luchar con Martita, pues ella tampoco puso de su parte cuando le sugerí que tenía reservadas unas horas con un nuevo monitor de pádel.

Tras la discusión con mi pequeña llegamos ella y yo al club a las cinco en punto y no podía evitar estar terriblemente nerviosa. Miré mi atuendo en el espejo de recepción y me di cuenta que me había vestido para la ocasión algo más atrevida que de costumbre. Mi falda negra de cuero era más corta de las que suelo usar y mi blusa, seguramente aquella que se me quedó una talla más pequeña. Mis zapatos de tacón ensalzaban mis piernas. Por un momento el reflejo del espejo me devolvió la imagen de mi cara cargada de lujuria dibujada.

– ¡Hola Adri! – saludó Martín al verme desde lejos pudiendo notar cómo me escaneaba de arriba a abajo. Sin duda había conseguido que se fijara en mí y aquello me gustaba.

– Hola Martín. – respondí juntando mis muslos pues ese juego me seguía poniendo nerviosa y excitada.

Iba a darle la mano, pero de pronto él me tomó por la cintura con ambas manos y me plantó dos besos, consiguiendo que mis carrillos ardieran y mis piernas temblaran aún más.

Tras guiñarme un ojo de un modo pícaro, sonrió a mi hija que estaba a mi lado.

– ¿Así que tú eres la famosa Marta? – le preguntó pellizcando suavemente su nariz.

– Sí – contestó mi hija algo cortada. Siempre ha sido algo tímida, supongo que como yo.

– Vaya, no imaginaba que fueras tan guapa. – añadió el chico.

– Gracias. – respondió la niña con vergüenza.

– Eres igual que tu madre. – dijo esto y al mismo tiempo me miró de forma descarada y volvió a guiñarme un ojo.

– Eso dice todo el mundo… – añadí yo intentando no despertar ninguna sospecha en Marta.

– ¿Así que quieres apuntarte a pádel? – comentó Martín a la pequeña.

– Bueno, yo… – contestó ella y miró mi cara que intentaba recomponer todo y disimular, pero por la sonrisa de Martín, enseguida me di cuenta que él lo imaginaba, que casi podía leerme el pensamiento y que el motivo de traer a mi hija no era otro que el hecho de volverle a ver.

– No has jugado nunca, creo, pero ¿Te parece que probemos a echar un partidillo, Marta? – preguntó Martín a mi hija haciéndola sentir más cómoda y en cierto modo a mí también.

Por un momento pensé que ella se iba a negar, sin embargo aceptó con una gran sonrisa. Sin duda la simpatía de Martín, había conseguido convencerla para dar esas clases a las que tanto se oponía en un principio en casa.

– ¿Puedes volver a las seis, Adri? – me comentó Martín sin dejar de mirar a mi escote.

– Sí, claro, pero no hemos hablado de tarifas y horarios… – dije.

– Tranquila, primero hagamos unas clases de prueba con Marta y después vemos.

La hora de espera se me hizo interminable, pues estaba como loca por volver a ver a Martín. Ese chico había conseguido cosas que hacía tiempo tenía olvidadas. De siempre me ha gustado lucirme y ponerme sexy, haciendo que muchos hombres me miren, me sonrían o incluso me piropeen, pero con Martín, la cosa había superado todo y la atracción era como un chispazo. Yo parecía gustarle, al menos a mí me daba esa impresión, pero desde luego, él a mí, me estaba volviendo loca, haciendo que me comportara como una boba. Soy una mujer madura, pero en ese momento yo me veía a mí misma como una jovencita.

Naturalmente las clases con Martita funcionaron y así me lo hizo ver Martín y mi propia hija que se sentía muy a gusto con su nuevo monitor, algo que me encantó pues me daba la oportunidad de volver a verle cada poco tiempo aunque solo fuera para traer a mi hija al club y recogerla una hora después. Así fue durante unos cuantos días y en cada ocasión yo procuraba lucir mi cuerpo delante de ese chico, algo que a él parecía gustarle por cómo me miraba en cada encuentro.

Una tarde que pasé a recoger a Martita en el club, Martín salió solo a mi encuentro. Yo había escogido para mi atuendo de ese día un vestido ceñido de cuadros bastante corto. La forma de mirarme el chico hacia mi busto y a mis piernas me volvió a fascinar.

– ¿Y Martita? – pregunté sorprendida.

– Está jugando un partido muy importante con una compañera y tardará algo más de lo normal. ¿Te va bien esperar un rato más?

– Claro, esperaré. No tengo prisa.

– Es que las chicas se han picado y están en pleno partido y me he tenido que ir para que ellas solas lo dieran todo en el campo sin que yo les incomode, ya sabes lo que es la competitividad… – añadió Martín al tiempo que pasaba su mano por mi cintura, pudiendo percibir su calor atravesando la tela de mi vestido.

– Ah, entiendo – respondí azorada.

– Pues déjame invitarte a algo en el bar. – dijo de pronto Martín.

Sin soltar mi cintura me llevó hacia la cafetería del club. En otro momento me hubiera molestado que un chico se tomara tanto atrevimiento conmigo, sobre todo porque en el club había gente conocida y eso siempre podía entenderse mal y una, evidentemente, tiene que guardar las apariencias, sin embargo, el hecho de que fuera Martín, me encantaba y la excusa de que fuera el gran amigo de mi hijo, me permitía la confianza que habíamos ido tomando en ese tiempo. Nadie parecía sorprenderse y en ese momento tampoco me importaba demasiado con tal de ir agarrada por ese portento de hombre. Casi parecía disfrutar con ello como queriendo dar envidia a todas las mujeres del gym.

Pedimos dos refrescos y yo me senté en uno de los taburetes, haciendo un lento cruce de piernas, algo que no pasó desapercibido para Martín. Quise parecer inocente en mis movimientos, pero yo estaba interpretando mi lado más exhibicionista, con gestos, miradas y acciones premeditadamente sensuales. Disimulando, me puse a hablar de los avances de Martita queriendo romper el hielo y sacando de mis pensamientos las fantasías más acaloradas, aunque me resultaba difícil teniendo a ese hombre tan cerca sin dejar de mirarle y sin que él dejara de mirarme.

– Es una chiquilla muy espabilada. Ha avanzado mucho y en muy poco tiempo será una jugadora sobresaliente. – comentó él.

– Sí, es muy lista. – respondí como madre orgullosa.

– Es muy buena jugadora. Me gustaría que acudiera a mis clases al menos tres veces por semana, si te parece.

– Claro. – respondí pensando en la suerte que tendría de ver a menudo a ese portento de belleza masculina.

– Ya digo que tiene arte como jugadora.

– Qué bien. – respondí.

– Y además, muy guapa, a alguien tenía que salir, en ambas cosas.

Mis carrillos ardían y seguramente se habrían tornado rojos, algo que Martín tenía que notar, me sentía apurada por su comentario, pero al tiempo muy excitada, era algo extraño que hacía mucho tiempo que no me pasaba.

– Por cierto Adri, ¿te puedo preguntar algo? – dijo de pronto Martín mirándome fijamente a los ojos.

– Claro – respondí dando un trago a través de la pajita de mi refresco.

– ¿Qué haces para tener ese cuerpazo?

Si antes estaba roja, en ese momento debía cambiar a multicolor, pues no me esperaba ese comentario por parte del chico y menos con tanto descaro.

– Espero que no te moleste, que te lo comente. – añadió Martín con total naturalidad.

– No, es que…

– Tranquila mujer, hay confianza, digo que tienes una figura increíble.

– Bueno, tampoco creo que sea para tanto… – intentaba yo restar puntos a su halago.

– En serio, me pareces una mujer muy atractiva, no solo porque eres muy guapa, eso ya está dicho con solo mirarte, sino por tu cuerpo. No es por nada, pero porque sé que eres la madre de Darío, pero jamás lo hubiera jurado.

Me asombraba el descaro, la desfachatez y la soltura con que me hablaba aquel chiquillo, que perfectamente podría ser mi hijo por la edad que nos separaba, pero le veía tan envalentonado, como pocas veces un hombre se había dirigido a mí y me parecía además muy maduro en muchos aspectos, incluido el físico, que le hacía parecer más mayor de lo que realmente era. Me gustaba su piropo y esa cierta chulería al hacerlo.

– ¿Te molesta que te lo diga? – insistía el chico mientras yo no dejaba de sorber con la pajita aquel refresco sin saber qué decir totalmente avergonzada.

– No, no…

– Bien, me alegro, porque tenía que decirlo. Supongo que mantienes esa figura con gimnasia a diario, ¿no? Me tienes intrigado.

– Bueno, sí, tengo aparatos en casa y también nado en la piscina y como sabes, juego al pádel aquí en el club…

– Claro, por algo tienes ese cuerpo.

– Gracias, pero no creo que esté tan en forma como parece.

– ¿Ah no? Pues la apariencia que ven mis ojos, no parece mentir.

– Bueno, ya sabes, la ropa hace lo suyo. – dije con disimulo y un nuevo cruce de piernas.

– ¿No me digas que ganas más vestida que desnuda?

Mis ojos parecían querer salirse de las órbitas tras su comentario que luego rectificó al darse cuenta de mi asombro.

– Perdona, Adri, era una broma que suelo gastar. – añadió Martín con una gran sonrisa y mirando hacia mis piernas que estaban mostrando una buena porción de mis muslos después de mi último movimiento.

– No, no pasa nada.

– Pues sigo opinando que ese cuerpo no se consigue así como así. ¿Qué tipos de ejercicios haces? ¿Spinning?, ¿pesas?

– Sí, bueno, pesas no. Tengo algún aparato en casa con pesas, pero no sé manejarlo del todo bien y no quiero hacerme daño. Me da miedo.

– Ah, vale, perfecto, pues entonces te vienes al gym y te voy orientando.

– ¿Cómo? – pregunté sorprendida aunque le había entendido perfectamente.

– Pues que si quieres te voy orientando con algunos aparatos y con las pesas. Será difícil mejorar ese cuerpo que ya tienes pero siempre se puede tonificar y retocar en algunos aspectos. Lo principal es sentirte bien y en forma, ya sabes.

– ¿En serio me darías clase, Martín?

– Claro. Sería un enorme placer para mí… y además lo haría gratis.

– No, eso tampoco. Sería un abuso.

– Adri, eres la madre de mi mejor amigo y de mi mejor alumna de pádel, jeje.

– No, no, preferiría pagarte. – dije seria.

En ese momento apareció Martita y su nueva amiga en la cafetería y nos dejó a medias en la conversación que estaba siendo tan interesante con el guapísimo de Martín. Me salí a la calle bastante aturdida, acompañada de mi hija y sin que pudiera escuchar apenas lo que ella me estaba contando tan entusiasmada acerca de su partido que acababa de jugar y lo feliz que se sentía de acudir al club y conocer nuevas amigas.

.

Al cabo de un rato, todavía con mi mente torturada dando vueltas, me llegó un mensaje al móvil.

– “Adri no hemos quedado. A las ocho de la tarde de mañana, ¿te va bien?”

El mensaje, evidentemente, era de Martín, lo que volvió a alegrarme enormemente, tanto que mis braguitas se humedecieron de nuevo. Estaba loca y estaba teniendo unas sensaciones que casi había olvidado. Tenía que decir que no, que mejor para otro momento, siendo diplomática y educada, pero rechazando cualquier avance que yo veía muy peligroso.

Contrariamente a mis pensamientos más cuerdos, contesté a su mensaje afirmativamente y dirigí mi coche hasta un centro comercial dispuesta a comprarme material para mi nueva clase en el gimnasio y muy especialmente para él, mi preparador personal. Mi hija, mientras, aprovechó para jugar en la zona de video-juegos y yo me metí en la sección de deportes en busca de nueva indumentaria, incluyendo zapatillas y todos los complementos necesarios. Me decidí por unas mallas largas negras que se pegaban a mis muslos y me hacían un culito redondo que con mi tanga se veía en el espejo sin costuras y me parecía que podía ser muy atrayente para mi nuevo preparador personal. Para la parte de arriba encontré un top de neopreno de color rojo que resaltaba mi pecho mostrando un canalillo más que sugerente. Ambas prendas las elegí en una talla menor a la que uso normalmente.

Volví a casa y por dentro mi cuerpo daba vueltas a todo lo sucedido, intentando ser consecuente, pero estaba tan nerviosa, que incluso di un golpe en el garaje con el coche al aparcar. Todo aquello me estaba convirtiendo en otra persona.

El día siguiente se me hizo largo y no quise llegar demasiado pronto, pero me quedé esperando metida en el coche durante casi una hora a las puertas del gimnasio. Llegué a recepción y allí estaba mi hijo, precisamente hablando con Martín.

– Hola mamá. – saludó mi hijo mirándome muy contrariado al verme allí en el gym y ataviada con aquellas ajustadas prendas.

– Hola cariño.

– ¿Qué haces aquí? – preguntó observando sorprendido mi cuerpo embutido en aquellas mallas tan ajustadas que no dejaban mucho a la imaginación.

– ¿No le dijiste que teníamos clase? – intervino Martín mirándome fijamente a los ojos al principio y al resto de mi cuerpo después, derrumbándome una vez más.

Negué con la cabeza y sentía como ardían mis carrillos, sin duda volvía a estar nerviosa, más todavía cuando el bueno de Martín me miraba de arriba a abajo y a me parecía que con mucha lujuria.

– ¿Le vas a dar clase? – miró mi hijo hacia su amigo.

– Claro, tío. No te importa, ¿verdad?

Darío tardó en contestar, supongo que entre mi indumentaria, verme allí de repente y haberle ocultado aquello, no debió gustarle demasiado, yo sé que mi hijo es muy particular con sus cosas y no le gusta que yo me entrometa en su vida y todo eso… imagino que el hecho de estar tanto tiempo con Martín le incomodaba.

– No claro, ¿por qué me iba a importar? – añadió aunque yo le vi en sus ojos que no le hacía gracia precisamente.

– Pues vamos para adentro y te doy el primer repaso, Adri.

Aquella frase, sacada de contexto, hubiera sido escandalosa, pero refiriéndose a la clase, no debía significar otra cosa. En cambio yo también me lo llevé al otro significado y por un momento le vi abalanzándose sobre mí en alguna colchoneta del gimnasio. ¡Dios qué cachonda estaba!

Llegamos a la zona de spinning y allí me ubicó sobre una bicicleta para que fuera calentando. Unos minutos después volvió él. Llevaba un pantalón corto, tipo ciclista y que le marcaba un paquete más que considerable. Tuve que mirar al techo porque aquello me hizo volver a ponerme roja.

– Bien, Adri, veamos cómo se menea ese cuerpito sobre la bici. Yo te acompaño. – dijo Martín pasando su mano por mi espalda hasta casi llegar a mi culo.

Se situó en la bicicleta contigua a la mía y nos pusimos a pedalear. Hablábamos de cómo debía poner la espalda y levantar las rodillas. Una de las veces puso su mano en mi vientre muy muy abajo, casi por encima de mi pubis y aquello era muy fuerte, pero me gustaba demasiado como para detenerlo.

Durante nuestra sesión de spinning estuvimos hablando de muchas cosas, al principio salió a relucir el tema de las clases de Martita y su progreso con el pádel, también hablamos de Darío y de lo bien que se llevaban ellos dos, que eran grandes amigos. A continuación la conversación fue tomando otro color:

– Adri, no te dije lo guapa que has venido hoy – me dijo echando una mirada de arriba a abajo de mi anatomía con aquellas prendas tan ceñidas.

– Gracias – respondí algo azorada pero orgullosa por haberle causado tan buena sensación.

– Es cierto, no lo digo como halago, bueno sí, también, pero es que es cierto.

– Gracias Martín, pero supongo que estarás harto de ver mujeres bonitas y mucho más jóvenes que yo en el gym.

– Pues no digo que no y aunque uno no se harte, la verdad es que pocas se ven que tengan tantos componentes atractivos como tú. Eres una mujer elegante y atractiva, con un cuerpo de escándalo y terriblemente seductora.

– ¿Cómo? ¿Seductora?- pregunté sorprendida.

– Sí, mucho. No sé si lo pretendes pero irradias sensualidad.

– Vaya, me vas a sonrojar, Martín.

– Con eso irradias más sensualidad, todavía.

– ¿No soy algo mayor para ti? – pregunté lo evidente.

– Para nada. La edad nunca debe ser un problema y tú estás en la mejor… y por cierto, me gustan las mujeres maduras, con el atractivo en su máximo esplendor y su total experiencia.

– ¡Caramba! ¿Has tenido muchas experiencias con mujeres maduras?

– Sí, bueno, no… ninguna como tú.

– Mejor sigamos pedaleando – dije queriendo quitar hierro al asunto, pero en el fondo mi cuerpo estaba ardiendo no solo por el ejercicio y mi sexo emanaba fluidos cada vez con más intensidad.

– ¿Y a ti Adri?

– ¿A mi qué? – pregunté confusa sin dejar de pedalear.

– ¿Te gustan los chicos jóvenes?

– No.

– ¿No?

– Bueno, sí, entiéndeme, soy una mujer casada.

– Comprendo, pero eso no quita para que te guste una cosa. ¿Te gusto yo?

Era increíble que lo preguntara tan directamente y que yo no fuera capaz de responderle, pero estaba tan aturdida por ese comentario y por su forma de decirlo, que no sabía si era parte de su propia seducción o si realmente estaba causando esa sensación a un chico al que doblaba la edad. Pero curiosamente no me sentía mal por ello, sino todo lo contrario, me gustaba provocar eso, tanto que sentía un cosquilleo por todo mi cuerpo que me magnetizaba.

Acabamos la sesión de bicicletas y me llevó a un “potro de tortura” como él definió. Era una especie de asiento con numerosas pesas a la espalda y una polea con un manillar que había que bajar bien por la espalda o bien sobre el pecho, para fortalecer el tronco superior o algo así, según me dijo.

Mi pose debía ser bastante expuesta, con mis piernas completamente abiertas, mi espalda erguida, mis manos sobre mi cabeza subiendo y bajando la polea haciendo que mi pecho oscilara a cada movimiento y Martin delante de mí, apuntando las correcciones pertinentes, pero sin dejar de decir “bravo, genial, maravillosa, campeona, bien guapa…”, vamos, que acabé mojada de sudor por fuera y creo que también por dentro de mi pequeño tanga que a esas alturas debía estar empapado. Pocas veces me he puesto tan mojada sin tocarme.

No sabía muy bien a donde miraba Martín cuando yo me daba la vuelta en algún otro aparato, pero notaba que era mi culo su principal centro de atención.

– Bien, Adri, por hoy lo dejamos, no quiero agotarte, te veo empapada.

Si el supiera que aparte del sudor de los ejercicios estaba mojada también en mi sexo, lo notaba a cada paso y temía que pudiera traspasar la tela de mis mallas.

– Si te parece, en un par de días, tenemos otra sesión, ¿vale? – dijo Martín

– No sé…

– Vamos, Adri, verás qué bien te sientes.

Lo cierto es que estaba encantada, no por las clases, sino más bien por el profesor.

Me dirigí a la ducha y allí intenté relajarme dentro de lo posible, pues a pesar de que me había metido una buena sesión de ejercicios durante toda la hora, seguía estando excitada por cada recuerdo que había tenido con aquel chico. No pude evitar rozar con mis dedos los labios dilatados de mi vagina y jugar con ellos soñando que eran las manos de ese hombretón las que lo hacían.

De pronto se oyeron voces en el vestuario y dejé mi tarea de autosatisfacerme para otro momento aunque no logré apagar mi calentura lo más mínimo.

Me fui secando algo avergonzada de que alguien me hubiera podido oir algún gemido justo en el momento en que tuve la oportunidad de escuchar una conversación de dos chicas que estaban al otro lado de las taquillas donde yo me encontraba vistiéndome en silencio

– Pero ¿Cómo te lo hizo? – decía una.

– Pues me bajó las bragas y me hizo una comida de coño bestial.

Me quedé sorprendida por la conversación y la frase tan contundente que había soltado una de ellas, pero lejos de irme y alejarme de una conversación íntima y privada, puse más atención al diálogo entre ambas y permanecí callada para no que no me descubrieran.

– Pero dame detalles, tía… – volvía a insistir la primera.

– Joder, qué cotilla eres, pues que además de estar buenísimo es que no veas que manera de chupar, de lamer, de morder, es que moría de gusto con su cabeza entre mis piernas.

– ¡Que suertuda!

– Yo es que alucinaba con el tío, su lengua se metía por los pliegues de mi raja y luego mordía los labios de alrededor, cuando me apretó el clítoris con sus labios, casi me muero.

Instintivamente me llevé una mano a mi sexo y lo acaricié por encima de las braguitas, oyendo aquella excitante y cachonda conversación de las dos jóvenes.

– ¿Tan buena lengua tiene? – insistía la amiga.

– No te haces idea, nunca me lo han comido así, pero lo mejor es cuando me tocó a mí, pues no quería correrme sin que me follara. Estaba cachonda perdida.

– No me extraña, es que el tío está buenísimo y si encima lo hace bien… – animaba la otra.

– Pues cuando le bajé el pantalón, me quedé de piedra. Salió algo espectacular, una cosa enorme. – añadió la protagonista de ese escarceo sexual que lo contaba viviéndolo con total fogosidad.

– ¿Cómo que grande? ¿No me digas que tiene un pollón?

– No, más que eso, es la cosa más grande que nunca hayas imaginado. Es gigante.

– ¿En serio es tan grande? – decía la otra intrigada tanto como yo.

– Es enorme, te lo juro. No he visto una cosa igual. pero grande y gorda, es una polla alucinante – contestaba otra.

– Te lo habrá parecido a ti.

– Te lo juro, porque estaba sentada, porque si no me caigo de espaldas. – añadió la relatadora de la historia. – pero era tan grande que con mis dos manos no la cubría

Era mi mano la que no se conformaba con acariciar mi rajita por encima de las bragas, sino que se adentró por la costura de la pequeña prenda para empezar a acariciarme directamente sobre mi empapada conchita y a medida que aquella chiquilla iba contando todos los detalles la cosa se iba poniendo más y más caliente. Por un lado yo estaba ya muy excitada con mi primera clase con Martín y para colmo aquella conversación me estaba poniendo aún más.

– Qué más, qué más. – insistía su amiga y yo estaba al acecho.

– Pues se la agarré y comencé a mamársela. Qué cosa tan deliciosa, no hay nada como chupar una buena polla, pero si es grande mejor. Ya sé que el tamaño no importa, pero viendo una de esas te mojas más, tía.

– ¿Y te cabía en la boca?

– Ni de lejos. Metía la punta y hasta menos de la mitad. Es que ya te digo que era una polla enorme.

– Joder, estoy viéndole y ahora le imagino con esa tranca…

– Jajaja, ya te digo, a mí me tiembla el chichi cada vez que le veo.

– ¿Y no pudisteis follar? – preguntó de nuevo.

– Al principio me asusté. Dije, eso no me entra.

– Jajaja, que exagerada. eres.

– Que no tía. Es que te lo juro, es enorme.

– Joder, además de estar buenísimo la tiene gigante.

– La acercó a mi coño y me fue pasando la punta de arriba a abajo. Yo me quedaba mirando embobada aquella cosa y pensando que me iba a doler al meterla, pero estaba tan cachonda que no podía esperar. Le pedí que me follara.

Mi dedo iba jugando con los pliegues de mi sexo y acariciaba mi vagina desesperadamente escuchando aquella conversación tan interesante y tan cachonda. No podía detener mis manos jugando con mi sexo.

– De pronto entró la punta y notaba como mi chocho se iba abriendo, poco a poco de pronto le agarré de ese culo y le empujé para que me taladrase del todo, pero él quería hacerlo despacio, no sé si para no partirme en dos o porque le gustaba ver mi cara de puta deseándolo más y más.

La conversación además de ardiente era relatada con tanta pasión que me hacía estar casi viviéndola, pero además su lenguaje sucio la hacían todavía más excitante. Ya no sabía si era todo una exageración, una mentira o lo que fuera, pero desde luego era algo muy muy acalorado.

– Que pasada tía. Me lo estoy imaginando y es que flipo. – volvía a intervenir la otra.

– Y es que de vez en cuando me besaba y su polla avanzaba un centímetro más y otro y otro. Se iba colando y es que no me lo creía.

Mis dedos seguían jugando con mi sexo y la otra mano ya se había colado por el sostén para pellizcar uno de mis pezones.

– De pronto me miró de aquella forma a los ojos y me sonrió antes de decirme si estaba preparada.

– Joder, con lo bueno que está. Lo estoy viendo y me mojo entera, cabrona. Y ¿qué pasó?

– Pues que le hice un gesto y de pronto me la metió hasta el fondo, que alucine, me puso los ojos en blanco y empezó a follarme que no te puedes hacer idea. Casi pierdo el conocimiento.

– Me parece que me estas vacilando.

– Que no, te lo juro, es un pasote de tío. Y no es que la tenga grande es que me llenó con ella y me folló como nadie. Y yo viéndole esa carita delante de mí…

– Ya tía, que guapo y que bueno está. Acabo de verle en la piscina y ahora mismo me lo comía.

En ese momento me di cuenta que hablaban de uno de los chicos del gimnasio y la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de Martín, aunque claro podían estar hablando de cualquier otro. Sin embargo, una de esas chicas me dejó petrificada cuando lo confirmó con su comentario.

– Pues ten cuidado que hoy ha estado dando clase a la nueva y estará agotado, jajaja.

– ¿A qué nueva? – preguntó la chica.

– Adriana… creo que se llama.

Me quedé petrificada al oír que hablaban de mí. Permanecí callada intentando no hacer ruido y ser descubierta. Ya no había duda de que las aventuras vividas, con un portentoso tío, que además estaba provisto de un gran miembro era nada más y nada menos que el bueno de Martín y que follaba como nadie en palabras literales de aquella joven.

– ¿No me digas?, ¿Adri?, ¿La que estaba antes con las pesas? – preguntaba intrigada la primera.

– Sí, ¿qué pasa?

– Joder, es la madre de Darío.

– ¿Ah sí? ¡Ostras!

– Pues enseguida le pone los ojos en blanco, jajaja – comentó la otra riendo y haciendo que ambas carcajeasen imaginando la escena.

– Ya tenemos cotilleo para rato. – fue su última frase. En ese momento entre risas desaparecieron del vestuario y no pude seguir escuchando nada más pero en cambio mi mano seguía acariciando mi sexo por dentro de mis braguitas y la otra pellizcando mi pezón con fruición.

No fui ni precavida, ni tuve ningún tipo de miedo en ese momento, pero es que no podía quedarme así, y tuve que seguir masturbándome recordando las hazañas de esa chica, que había vivido con tanta intensidad y nada menos que con mi espectacular Martín. Los jadeos fueron en aumento hasta que tuve que soltar un gemido prolongado teniendo un orgasmo brutal, como pocas veces había tenido dándome placer a mí misma.

Intenté recomponerme y escuchar si alguien hubiera podido darse cuenta, pero a pesar de la inconsciencia, creo que saber que era Martín el protagonista de tan buenas maneras amatorias y de estar así de armado me habían obnubilado del todo, sino lo estaba ya. Mi comportamiento estaba siendo de lo más impropio, pero mi cuerpo pedía realmente otra cosa.

Yo salí de los vestuarios pasados unos minutos sin dejar de pensar en todo lo sucedido, no paraba de llegarme a la mente el miembro de Martín, que según decía una de ellas era enorme. Estas chicas jóvenes seguramente se sorprendían con cualquier cosa y yo no es que haya visto muchas vergas, pero sí las suficientes para valorar que tampoco debía ser para tanto. Lo que me preocupaba más era lo del cotilleo y que la gente empezase a rumorear sobre Martín y de mí, que eso llegase a oídos de mis amigas o peor, a oídos de mi hijo o mi marido y eso me incomodaba, casi hasta asustarme.

De camino a casa no paraba de darle vueltas y de sentirme intranquila pensando que estaba siendo una inconsciente, que había ido demasiado lejos y que tenía que cortar con esa estúpida intención de jugar con ese chico, que era de la edad de mi hijo, que además era su íntimo amigo y que aparte de comprometerme con problemas en mi matrimonio, no me parecía que todo aquello fuera decente y aunque eso fuera lo de menos, lo que más me preocupaba era mi propio comportamiento, que no parecía el de una mujer madura y sensata.

Al llegar a casa fui a saludar a mi marido en su despacho y una vez más, me respondió con uno de sus gestos, sin tan siquiera darme un beso o preguntarme por cómo me había ido el día, algo que en el fondo agradecí, pues seguramente hubiera enrojecido con esa pregunta. Después saludé a Martita que estaba viendo la tele y a continuación fui al cuarto de mi hijo mayor.

– Hola Darío, puedo pasar – dije tocando con los nudillos en la puerta de su habitación.

– Sí, pasa, mamá.

Allí estaba sentado en la cama y con su mando entre las piernas intentando conducir un 4×4 en el juego que se desarrollaba en el monitor a través de su consola de juegos.

– ¿Ya estás otra vez con tus jueguitos?

– No empieces – contestó sin dejar de permanecer con la vista fija en el monitor.

– Cariño, ¿podemos hablar? – le dije sentándome a su lado sobre la cama.

– ¿Qué quieres? – preguntó algo disgustado dándole a la pausa en el juego y deteniéndose también el sonido atronador de la música que envolvía su habitación.

– Nada, hijo, solo hablar contigo. – le comenté.

– Vale. – dijo mirando mi indumentaria que era en ese momento una blusa y un vaquero.

– ¿Qué pasa? – le pregunté al darme cuenta de su mirada.

– No, nada, que veo que ya no llevas la ropa ceñida de gimnasia.

– Sí, me cambié. ¿No te gustó? – pregunté, pero Darío tardaba en contestar.

– No sé, mamá, era algo distinto a lo que sueles llevar. No estoy acostumbrado a verte así.

– No te gusta, entonces…

– No es eso, pero…

– A ver, Darío, hijo, ¿te parece que tu madre es una buscona por ir así vestida dentro de un gimnasio, como van todas? – hice la pregunta directa y concisa con algo de enfado.

– No, mamá, no es eso, sí me parece bien…

– ¿Entonces? ¿No quieres que vaya a tu gimnasio?

– No, no me importa.

– ¿Y…? ¿Qué te preocupa?

– Martín. – contestó mirando hacia el suelo.

– ¿Martín? – pregunté haciendo que nuestras miradas se cruzasen unos segundos.

– Sí, no quiero que…

– Que le cuente nada tuyo o que me lo cuente él de ti… – terminé su frase.

– No, no es eso, mamá… Ya sé que no lo va a hacer. Es un buen amigo.

– ¿Entonces qué te preocupa?

– Que te líe…

– No te comprendo, hijo… – decía yo aunque sospechando por dónde iban los tiros.

– Que te intente camelar, ya sabes… con su simpatía, sus vaciles y tal, te lleva a donde quiera.

– Jajajaja, pero hijo, que soy tu madre y ya tengo unos años…. – dije riendo, aunque en el fondo pensaba que era una realidad, el chico me había camelado y mucho más de lo que pudiera imaginar tanto mi hijo como yo misma.

– Te lo digo, porque es un ligón, mamá.

– Bueno, cariño, pero no creo que lo intente.

– Lo hace con todas.

– Entiendo… – me quedé pensativa intentando recapacitar sobre lo que me contaba mi hijo.

– Es un ligón profesional. Ataca a todo lo que se mueve. – afirmaba Darío.

– Ya, pero yo… podría ser su madre. No creo que…

– Le gustan maduritas. – añadió mirándome de reojo.

– Vaya. De todos modos pierde cuidado, puedo controlarme y él no me gusta a mí.

Esa mentira me hizo enrojecer aún más, primero porque ni yo misma era capaz de creerla, pero mucho menos Darío, que tampoco es tonto. Aun así intenté ser todo lo convincente posible, poniéndome seria y haciéndole entender que aquello que pensaba era imposible. El hecho de saber que le pudieran gustar maduritas al bueno de Martín, le ponía más picante todavía a todo aquello.

– Ten cuidado, por si acaso. – sentenció él.

– HIjo, gracias por preocuparte por mí, pero ya soy mayorcita, tú tranquilo, además soy una mujer casada. ¿Recuerdas? Quiero a tu padre y no voy a irme con el primer chiquillo que vea – esto último lo dije para que le quedara claro a él, aunque en el fondo me lo decía a mí misma, queriendo poner una frontera en el lugar adecuado, pero lo cierto es que mi cuerpo iba por otro lado..

– No sé, no te molestes, lo decia por…

– No pasa nada, mi amor, me alegro que te preocupes por mí, pero tú estate tranquilo porque estoy pensando en no volver al “gym”.

– Pero, ¿por qué?

– No sé, no me convence del todo, ya sabes.

– A mí me gusta.

– Sí, pero hay mucha niña tonta y alguna muy chismosa.

– Bien, mamá, como veas, pero no lo hagas por mí.- respondió con una cierta sonrisa en su rostro supongo que de verme tan segura y de sentirse aliviado por mis explicaciones sensatas en apariencia.

– Bueno, cariño, me lo pensaré, te dejo con el juego, pero no te estés mucho. – le dije dándole un beso en la frente.

– ¡Vale!

Me dirigí a la puerta para salir de su cuarto y con el pomo en mi mano, dudé unos instantes, pero estaba llena de intrigas y tenía que preguntarle algo sino me moría.

– ¡Darío, cariño!

– Dime, mamá – respondió él, con la vista fija en las imágenes del juego.

– ¿La tiene muy grande?

– ¿Qué? – preguntó confuso haciendo que el vehículo que conducía en el juego se estrellase contra unas rocas y perdiese la partida dirigiendo su mirada hacia mí.

– Martín, digo. – apunté.

– No te entiendo, mamá. – decía, pero por sus ojos abiertos como platos mirándome fijamente sabiendo perfectamente a lo que me refería.

– Verás, es que escuché en el vestuario hoy a unas chicas que decían que Martín, tenía… esto… un pene muy grande. – dije por fin notando el calor subir por mis mejillas y también por mi entrepierna.

– Esto, sí… eso dicen.

– ¿Dicen o se lo has visto?

– ¡Mamá!

– ¿Hijo, hay confianza con tu madre o no? No es tan raro, hacéis deporte juntos, os veréis desnudos… le habrás visto su…

– Pero, mamá, esa pregunta… No voy contando por ahí las cosas de mis amigos…

– ¿Sí o no? – pregunté impaciente con aire autoritario de madre.

– Sí.

– ¿Sí, qué? ¿Que se la has visto o que la tiene grande?

– Las dos cosas. – contestó Darío con cierta timidez pensando que podría regañarle por eso..

– Entonces las chicas que oí hoy en los vestuarios, ¿no exageraban?

– No.

– Pero… Darío, entonces tú… ¿Lo has visto…?

– Sí.

– Supongo que en reposo la cosa debe ser grande ya. No quiero imaginarla empalmada. – dije eso sin pensar, salió atropelladamente de mi boca.

– ¡Mamá! – la mirada de mi hijo denotaba su apuro, pues nunca hablábamos de esas cosas y menos que yo empleara términos tan directos.

– Hijo, soy tu madre, no me voy a asustar.

– En reposo y empalmada – añadió bajando la vista.

– ¿Empalmada? ¿Se la has visto así?- pregunté más que sorprendida pues eso sí que no me lo esperaba.

– Sí, bueno… le pregunté un día de algo que había oído yo también y las comparamos.

– ¿Las comparasteis?

– Sí, quería saber si era verdad eso que decían de que la suya era enorme. – comentaba Darío muerto de vergüenza.

– Pero ¿cómo hicisteis esa comparación?

– Midiéndolas, mamá, ¿qué otro modo? – añadió enrojeciendo más.

– ¿Y..? – pregunté impaciente.

– Mamá es que…

– ¡Vamos Darío! – grité autoritaria e impaciente.

– Pues… la mía es normal, de unos 16 ó 17 cm.

– ¿Y la suya? – aunque lo intentaba disimular mi agitación era ya puro nervio. – ¿la mediste, hijo? – le pedía con premura.

– Sí, 23 centímetros. – respondió Darío bajando su cabeza.

Cerré la puerta de la habitación de mi hijo sin asimilar lo que acababa de decirme. ¡23 centímetros!

Juliaki

CONTINUARÁ…

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