No podía aguantarlo más, su vida se había vuelto un infierno y no tenía escapatoria. Lo había intentado todo y todo había salido mal, todo desde aquél fatídico día…

Lorenzo era un diplomático de la embajada española, tenía una posición importante en la Unión Europea, vivía bien y disfrutaba de una posición privilegiada junto a su preciosa esposa Helen y sus hijas Nuria y Lydia. Aquél día no era nada fuera de lo normal, sólo tenía que acudir a una votación como tantas otras a las que había ido. Extrañamente, varios miembros del consejo habían propuesto una serie de cambios en la severidad con la que se trataba la importación y exportación de ciertas sustancias tipificadas como peligrosas, así como en el trato a la inmigración ilegal. Por supuesto Lorenzo se negaba a que se llevase a cabo aquél cambio, no servía más que para abrir la puerta al tráfico de drogas y a la trata de blancas, así que votó en contra. Nuevamente algo extraño pasó y la votación se declaró nula. A partir de aquello todo se vino abajo. Recibió la visita de un extraño hombre que le aconsejó que replantease su voto, lanzando veladas amenazas contra su persona, pero Lorenzo no se dejó amilanar, era una persona integra y tenía muy claros sus principios, así que repitió su voto. La propuesta salió denegada.

Un mes después, cuando ya ni se acordaba de aquello, recibió un e-mail en el que le decía que habría sido mejor que hubiese escuchado los consejos del hombre y que habría que hacer algo para que aprendiera lo que le convenía, para la próxima vez. Al principio se asustó un poco, pero dado su cargo no era la primera carta que recibía de aquél estilo, así que…

Dos semanas después, Lorenzo estaba en un viaje de trabajo, Helen se había quedado en España y, por lo que tenía entendido se había ido de compras. Sus hijas estaban en Brasil celebrando que Lydia había acabado la carrera, les había pagado una semana a todo lujo en uno de los mejores hoteles de Copacabana. Miró al nublado cielo que había en Bruselas, pensando que ellas estarían disfrutando de un tiempo mejor. Llamó a su esposa pero no se lo cogía, no le dio importancia. Se dispuso a dar una vuelta por la ciudad, le encantaba pasear por las calles del centro, cuando sonó un nuevo e-mail. No sabía quién era el remitente, pero el asunto “¡Gracias por el viaje!” le hizo suponer que era de sus hijas. No había nada en el cuerpo del correo, solo venía un vídeo adjunto.

En cuanto lo abrió el mundo se le vino encima. Efectivamente eran sus hijas, pero en una situación que no habría llegado a imaginar nunca. Estaban desnudas y arrodilladas, con una especie de grillete en el cuello. Decían no se qué de que debía hacer lo que dijeran los secuestradores si quería que no les pasara nada. El shock no le dejaba pensar. ¿Que cojones estaba pasando?

El video acababa de repente, sin más indicaciones ni de los deseos de los secuestradores ni del estado de sus hijas.

La tensión le embargó, estaba temblando de pies a cabeza, ¿Que debía hacer? Llamar a la policía, claro, pero ¿Y si les hacían algo a sus pequeñas? No quería actuar precipitadamente.

Llamó de nuevo a su mujer, que volvió a no coger el teléfono, ¿Le habrían mandado el mismo vídeo a ella? O peor, ¿La habrían secuestrado también?

Un nuevo e-mail llegó a la bandeja de entrada.

“No llames a la policía. Actúa con normalidad y todo irá bien. Recibirás mas instrucciones.”

Miró la dirección desde la que venía “ventadeautos@xc.com” ¿Era una broma? Venta de autos…

Decidió salir a dar el paseo, intentando pensar en el paso que dar a continuación, debía contactar con Helen cuanto antes. Gastó la batería del móvil llamando cada diez minutos y seguía sin obtener respuesta, un sudor frío comenzó a caer por su nuca, no podía quitarse la imagen de sus hijas de la cabeza.

Comenzó a pensar en quién podría confiar y se le ocurrieron un par de nombres, pero no estaba del todo seguro.

Llegó de nuevo a su apartamento y volvió a llamar nada más pudo enchufar el cargador. Se tensó completamente. Habían respondido a la llamada.

– ¿Helen? ¡Helen! ¿Donde estabas? Estaba muy preocupado, ¿Estás bien?

La sangre se le heló al escuchar la respuesta. Era una voz masculina, parecía distorsionada por algún aparato.

– Su mujer está bien, de momento. ¿Ha recibido el vídeo?

– ¿Quien eres? Como le hagáis daño…

– Creo que no está en condiciones de negociar, señor Barahona. ¿Ha recibido el vídeo o no?

– S-Si… – Se le hizo un nudo en la garganta al pensar en el contenido del mismo.

– Entonces sabrá que no le conviene contrariarme.

– …

– Va a hacer exactamente lo que le diga. Lo primero de todo es que ya no tomará ninguna decisión diplomática por usted mismo, nos consultará primero y le diremos lo que deberá hacer.

– D-De acuerdo…

– Lo segundo, no se pondrá en contacto con nadie. No intente llamar a la policía ni nada similar si quiere que su preciosa familia conserve todas las partes de sus preciosos cuerpos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lorenzo.

– ¡No! ¡Eso no! ¡Colaboraré! ¡Lo juro! Pero no les hagan nada.

– El bienestar de sus mujercitas sólo depende de usted. Por último, mañana mismo regresará a su casa, su mujer le estará esperando.

Después de eso, simplemente colgó.

——————

Lorenzo llegó a su casa preparado para lo peor, pero aun así lo que vio le dejó en estado de shock. Nada más entrar se encontró a un hombre sentado en su salón, en su sofá, bebiendose una copa de su mejor brandy y fumándose uno de sus puros, pero lo que le dejó sin habla fue la situación de su mujer.

Helen estaba de pie al lado del hombre, desnuda por completo salvo por una especie de collar de perro, una mordaza de bola roja, medias de rejilla a medio muslo y unos altísimos tacones. Estaba ahí, a su lado, sin moverse un ápice, sujetando una pequeña bandeja con la botella de brandy y un mechero.

– ¡Helen! – gritó Lorenzo. Su mujer le miró inexpresiva.

– Ha tardado más en venir de lo que me esperaba, señor Barahona, ¿No estaba preocupado por el bienestar de su mujercita? – Dijo el hombre.

– ¿Quién coño es usted? ¿Que es todo esto? Helen, ¿Que te ha hecho este hombre?

– Para empezar, soy alguien a quien no le interesa enfadar, señor Barahona, recuerde que tengo en mis manos las vidas de sus hijas. – Lorenzo se estremeció y pensó que debía tener cuidado de aquí en adelante. – No se preocupe por el estado de su mujer, como ve, está perfectamente. Lo único que hemos hecho es aplicar unos cambios en su personalidad…

– ¿Ca-Cambios? ¿De qué habla?

– Hablo de que la situación en la que la está viendo no es obligada. Ahora mismo la única motivación de su mujer es servir y complacer a su dueño, en este caso, a mí.

Mientras decía eso, el hombre llevó una mano a la entrepierna de Helen, cuya única reacción fue facilitar su acceso separando ligeramente las piernas.

– ¡Detente! – Gritó Lorenzo avanzando hacia ellos.

– ¡Ah ahah! Piense en sus pequeñas…

El hombre se detuvo, observando como su mujer cerraba los ojos y comenzaba a mover sus caderas, estaba disfrutando.

El hombre se levantó y se situó detrás de la mujer bajándose los pantalones. Helen se inclinó ligeramente ante la atónita mirada de su marido y, sin soltar siquiera la bandeja, recibió sumisa la polla de aquél extraño.

Lorenzo observaba la estampa en estado de shock, no sabía que hacer, quería matar a ese hombre allí mismo, pero entonces sus hijas… No le quedó mas remedio que ver inmóvil como su mujer era follada dócilmente ante él, podía ver como lo estaba disfrutando, ¿Que le habrían hecho para que se comportase así? La expresión de placer de su cara era casi obscena, incluso se le caía la baba alrededor de la mordaza que llevaba… En unos minutos comenzó a gemir de forma ahogada y a convulsionar se mientras se corría, eso si, sin soltar la bandeja.

No tardó mucho el hombre en acelerar el ritmo y descargar dentro de la mujer. Cuando salió de ella, Helen recuperó su posición inicial, mientras su marido podía ver perfectamente como el semen del hombre descendía por sus muslos.

El hombre se recompuso tranquilamente, volvió a coger la copa de brandy y el puro y se sentó de nuevo ante la rabiosa mirada de Lorenzo. El tenso silencio invadía el ambiente, roto solo por algún gemido aislado de la mujer, que todavía sentía en su interior los estertores del orgasmo.

– ¿Y ahora qué? – Dijo al fin Lorenzo.

– Ahora nada. De momento su mujer se vendrá conmigo, hasta que nos aseguremos de que usted actúa correctamente, pero no se preocupe, si es obediente dentro de poco tiempo podrá disponer de ella, al menos cuando nosotros convengamos.

Nuevamente le entró un impulso asesino, ¿cómo era capaz de decirle algo así con tal tranquilidad?

– ¿Y que pasará con mis hijas? ¿Están a salvo? ¿Cuando podré verlas?

– Todo a su tiempo. Sus hijas se encuentran perfectamente, y así seguirá siendo mientras usted se porte como debe, pero aun no ha llegado el momento de dejar que las vea.

– Como las toque un pelo…

– Creo que he dejado claro, señor Barahona, que no está en disposición de hacer amenazas…

El hombre se levantó, sacó una cadena del bolsillo de la chaqueta y la enganchó al cuello de Helen.

– Deja eso, preciosa. Nos vamos.

La mujer, obediente, dejó la bandeja a un lado y siguió al hombre mientras salían de la casa.

– Por cierto, – dijo el hombre antes de salir – no le he dicho mi nombre. Me llamo Marcelo. Grábese en la memoria que la vida de su mujer y sus hijas, y la suya propia, ahora pertenece a Xella Corp.

Y sin más, salió del apartamento.

Lorenzo nada más ver como la puerta se cerraba tras el cuerpo desnudo de su mujer, se derrumbó en el suelo y se echó a llorar.

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