Pillé a la puta de mi suegra con otro.
La venganza es un plato que, para que realmente te satisfaga, debe tomarse frio. En todas las culturas, se habla de tener paciencia con tus enemigos porque de algún modo, sus propios errores harán que caigan en una trampa. Eso fue lo que ocurrió con la HIJA DE PERRA de mi suegra.
Ese mal bicho me había hecho la vida imposible desde que me conoció. Casada con un millonario, esa perra malparida me veía como un advenedizo que solo quería vivir de su adorada hija. Para ella, yo era poco más que un deshecho y por eso intentó boicotear primero nuestro noviazgo y luego mi matrimonio. Habiendo educado a su hija con esmero y lujo, pensaba que un “mediocre” jugador de baloncesto era poco para su tesoro.
En lo que respecta a “mediocre”, la muy zorra tenía razón porque mi estancia en un equipo de primera división solo fue de un año y viendo que mi vida profesional iba de mal en peor, tuve que reorientar mi vida y hacerme entrenador de un equipo de niños. Pero para Maria, mi esposa, yo era el marido ideal. Cariñoso y con tiempo para dedicarla, ella era la que metía el dinero en casa. Ejecutiva en la empresa de su padre, podía confiar en que yo me ocupara de la casa y de nuestros hijos sin tener que preocuparse de si estaba limpia o si los críos habían hecho los deberes del colegio. 
Respecto a mi suegro, poco que decir. Era lo que se llama “un buen tipo”. Esposo entregado y empresario de éxito, su única preocupación era que nada le faltara a su mujer ni a su hija.
Mi suegra es otro cantar. Para definirla hace solo falta una palabra:
“ARPIA”.
Si creéis que me pasó, realmente me quedo corto. Es una gilipollas altanera, presumida y clasista que desde que la conozco divide su vida entre el gimnasio, la cancha de tenis y los eventos sociales. Co-dueña de una gran fortuna, esa imbécil vive para y por ser aceptada como parte de la más alta sociedad de Madrid. Si por las mañanas quieres localizarla solo tienes que ir al club de campo, en cambio sí es durante las tardes cuando necesitas verla deberás recorrer los distintos centros, restaurante o tertulias del barrio de Salamanca. Nunca la busquéis en otro ambiente:
“Mi suegra es una pija de cuarenta y nueve años pero una pija”
Por eso cuando el destino quiso que una buena tarde me cruzara con ella en una zona de clase media, me extrañó. Recuerdo que estaba en una terraza de Moncloa, tomándome una cerveza con unos amigos cuando de pronto uno de mis colegas señaló a una morena que pasaba andando por la acera:
-Mirad qué culo tiene esa vieja- soltó sin saber que esa madura no era otra más que mi “querida” suegra.
Al  girarme,  reconocí al instante a Almudena y cuando ya iba a saludarla, de pronto vi que un joven menor que yo, la cogía de la cintura y le plantaba un beso en los morros. La reacción de la mujer me dejó claro que tenía un rollo con ese muchacho porque en vez de cabrearse, se rio.
“¡Será puta!”, pensé al pensar en su marido.
Inmediatamente mi mente empezó a cavilar y despidiéndome de mis amigos, me puse a seguirla con mi móvil en la mano. Grabando sus movimientos, fui testigo de los magreos y los arrumacos que se dieron ese par antes de entrar en un coche. Tras lo cual los dos “enamorados” desaparecieron por la calle Princesa.
Con ese video y la matricula del pequeño utilitario en mi poder, me quedé pensando en que hacer. Si llegaba con ese material a mi suegro, al ser de tan mala calidad y con tan poca evidencia podía ser contraproducente y por eso deseando obtener pruebas irrefutables de su infidelidad, llamé a Marta, una compañera de mi colegio que había montado una agencia de detectives.
Ni que decir tiene que gracias a mi amistad y a los mil euros que le anticipé, mi conocida no tuvo problema en aceptar el encargo:
-Dame quince días y te traeré las pruebas de su adulterio- me aseguró.
-¿En tan poco tiempo?- contesté.
-Unos amantes se ven una vez a la semana al menos. Teniendo la matrícula del coche, averiguaré quien es hoy mismo y empezaré a seguirle. Los humanos somos esclavos de la rutina y teniendo un sitio para retozar con nuestro amante, repetimos invariablemente. La primera ocasión que vaya a su nidito de amor, será suficiente. Al irse colocaré cámaras y ya sin riesgo desde mi ordenador seguiré sus andanzas mientras las grabo.
Marta me llama a su despacho.
A la semana justa, mi amiga me llamó y me pidió que fuera a su oficina a la cinco de la tarde. Su insistencia que fuera justo a esa hora, me mosqueó pero como no tenía nada que hacer, acepté.
Tal y como habíamos quedado, llegué faltando cinco minutos para la hora a la que me había citado. Marta estaba sola, con una sonrisa en los labios, me llevó a una pequeña sala donde después de hacerme sentar en un sofá, me preguntó qué quería de beber.
-Nada- respondí.
La detective soltando una carcajada, obvió mis deseos y poniendo dos whiskies, me soltó:
-Lo vas a necesitar.
-¿Tan fuerte es?
Muerta de risa, me contó que la parejita era de armas tomar y que  durante esos siete días, diariamente y a la misma hora, llegaban a un pequeño apartamento donde daban rienda a su lujuria y mirando su reloj, encendió la tele que había en la pared, diciendo:
-Faltan solo diez minutos.
Os reconozco que en cuanto el piso, me quedé absorto analizando la decoración del nidito. Se notaba a la legua que era un picadero, un lugar cuyo único fin era “follar”. La cama de dos metros era el centro de todo; espejos en las paredes, un jacuzzi en mitad de la habitación y para colmo un columpio colgando del techo.
-Se lo tienen bien montado, ¿Verdad?- riendo me preguntó.
No pude más que darle la razón, no le faltaba de nada y ya nervioso, solo se me ocurrió alabar la calidad de la imagen. Marta al oírme, contestó:
-Todavía no has visto nada- y con gran profesionalidad me mostró que había instalada cinco cámaras diferente para que nada de los que pasara en esa habitación nos fuera ajeno.
Alucinado observé que desde su ordenador podía dar al zoom para acercar la imagen y cuando ya creía que nada me podía sorprender, escuché el ruido de la puerta al abrirse:
-¡Tienes sonido!- exclamé justo cuando vi a mi suegra entrar con su Don Juan.
Confieso que en un principio me resultó incomodo estar con mi amiga observando como esos dos se comían a besos al sentirme un poco voyeur y apurando mi copa, le pedí otra. No supe entender la sonrisa de mi conocida cuando volvió con los dos vasos rellenos y pegándose a mí, dijo con tono meloso:
-Relájate y disfruta. Tu suegra es toda una artista.
En ese momento en la pantalla, Almudena se arrodillaba a los pies de su amante y desabrochándole los pantalones, sacaba su sexo de su interior. No me podía creer lo que estaba viendo, mi suegra, esa mujer que parecía asexuada, estaba introduciéndose centímetro a centímetro toda su extensión en la boca mientras con sus manos acariciaba el musculoso culo de su enamorado. La exasperante lentitud con la que realizó esa maniobra provocó que bajo mi calzón mi pene se despertara.
-¿A qué es una maestra?- me preguntó mi amiga cuando en la tele, esa zorra había metido el falo del muchacho hasta el fondo de su garganta.
No pude estar más de acuerdo. El brutal modo de hacerle esa mamada parecía más propio de una actriz porno que de una señora bien. No le faltaba nada para parecer una película, los gemidos, las babas y ese enorme falo clavado en su boca sin que le provocara siquiera una arcada. Durante unos minutos, la zorra se metió y sacó ese instrumento, haciendo que su boca pareciera su sexo.
En ese momento, noté una mano acariciándome la pierna y al mirar a la morena que tenía a mi lado, esta me comentó:
-No me mires a mí sino quieres perderte lo mejor.
Al girarme hacia la pantalla, pude observar como ese chaval, levantado a mi suegra del suelo, le desgarraba el vestido y tras apoyarla sobre la mesa del comedor, la penetraba de un solo golpe, mientras le preguntaba:
-¿Así es como te gusta?, ¡Puta!-
-Sí- berreó- ¡Enséñame quien manda!
Su amante no se hizo de rogar, y sin piedad brutalmente la embestía mientras a dos kilómetros unas manos habían sacado mi pene de mi pantalón. Incapaz de decir nada, me quedé callado mirando como ese tipo castigaba el trasero de Almudena con duras nalgadas. El ruido de los azotes y los gemidos de la madura, me terminaron de excitar y separando mis rodillas, facilité los deseos de mi amiga. Fue alucinante, mientras sentía como mi pene era absorbido por la boca de Marta, mi suegra chillaba como si  estuviera siendo desgarrada por dentro. Jamás pensé que observar a una pareja me pudiera poner tan bruto pero sin darme cuenta más excitado de lo que había estado en mucho tiempo, presioné con mis manos la cabeza de mi amiga, forzando así su mamada.
“¡Esta buena la hija puta!”, pensé al valorar el estupendo cuerpo de esa cuarentona. Su anatomía producto del gimnasio y de la cirugía no tenía nada que envidiar a la de su hija. Con un culo duro y grande, esa zorra era un bellezón.
Por eso no me resultó difícil, el imaginarme que era yo quien le daba ese castigo a mi suegra y por primera vez, pensé en cambiar el uso que iba a dar a esas grabaciones.
Para entonces, mi pene ya empezaba a notar los primeros síntomas de placer por lo que al escuchar a través de los altavoces el orgasmo de la mujer, encantado con el curso de los acontecimientos, me concentré en la hembra que tenía a mis pies y levantándola, le empecé a desabrochar su vestido mientras muerto de risa, le decía:
-No sabía que un polvo entraba dentro de tus honorarios.
Marta, descojonada, me respondió:
-Ni yo, pero ahora necesito que me folles por los viejos tiempos.
Comprendí que se refería al casi año que habíamos estado saliendo y recordando lo que le gustaba, tras dejarla desnuda, la tumbé sobre el sofá. Fue entonces cuando  Marta saltando encima de mí, me empezó a besar. La detective se convirtió en una dulce amante que pegando su cuerpo contra el mío, buscó su placer entrelazando nuestras piernas. Acomodándose sobre mi verga, forzó su sexo y lentamente se fue empalando mientras ponía sus pechos a mi disposición.
“Había olvidado  sus pitones”, pensé y cogiendo ese par de melones entre mis manos, llevé un pezón hasta mi boca mientras mis dedos pellizcaban el otro.
-¡Sigue que me vuelve loca!- gritó pegando un alarido que al contrario de los de mi suegra nadie escuchó.
No tardó en gemir dominada por la lujuria cuando, mordisqueando su oscura aureola, comencé a mamar de sus pechos.
-¡Muévete!- le exigí con un duro azote en sus posaderas -¡Más rápido!- insistí soltándole otro mandoble al notar que no incrementaba el ritmo con el que me montaba. -¡Más rápido!- repetí, cabreado porque deseaba que esa  mujer saltara sin freno sobre mi pene.
No comprendí su actitud hasta que soltando un gemido, mezcla de dolor y de deseo, me rogó que fuera yo quien le marcara el ritmo a base de nalgadas. Su entrega me terminó de excitar y mientras en la tele, mi suegra y su amante se daban un respiro, marqué una cadencia imposible que ella siguió como si nada.
-¡Cómo me ha gustado siempre el modo en que follas!- chilló – ¡Ojalá fueras mi hombre!- chilló fuera de sí.
Sus palabras me azuzaron a ponerla a cuatro patas tras lo cual, guié mi pene hasta su ojete y de un solo empujón se lo clavé hasta el fondo.
-Ahhh- gritó al sentir mi intromisión en sus entrañas,
-Recuerdo que esto era lo que más te gustaba- dije en su oreja mientras seguía machacando su interior con mi mazo.
Implorando mis caricias, Marta aulló al experimentar que su esfínter estaba sufriendo un castigo brutal pero no se intentó apartar y  por eso, incrementé la velocidad de mi estoque mientras le exigía que se masturbara. La morena obedeciendo, llevó su mano a su entrepierna y recogiendo su clítoris entre sus yemas, empezó a torturarlo hasta que estallando se corrió sonoramente.
Creí que ya estaba satisfecha pero me equivoqué al infravalorarla. Muerta de risa y mientras señalaba la televisión, me imploró que siguiera dándole caña diciendo:
-Mira al amante de tu suegra, ¡Ese si es un buen semental!
 En la pantalla, el muchacho había colocado a mi suegra en el columpio con el culo en pompa y cogiendo una fusta, le estaba dando duros golpes en los cachetes. Esa escena y su burla me sacaron de quicio y tomándola con ella, le di la vuelta y le solté un bofetón.
Mi amiga en vez de quejarse, limpiándose la sangre de sus labios, soltó una carcajada para retarme. Fuera de mí, empecé a estrangularla. Lo normal hubiese sido que se hubiese intentado zafar de mi ataque pero en cambio, cogió mi pene y se lo insertó en su sexo mientras me gritaba:
-Fóllame sin dejar de apretar.
Comprendí al instante sus deseos, esa putita deseaba que la asfixiara al ver reducido oxígeno que llegaba a su cerebro, eso le otorgara una dosis extra de placer.
-Eres una zorra- más tranquilo le solté y cumpliendo sus deseos, seguí apretándole el cuello mientras con mi miembro machacaba sin piedad su sexo.
No tuve que esperar mucho tiempo para  verla retorcerse sobre el sofá presa del placer y mientras su  cuerpo se derretía ante mi ataque, mi éxtasis se unió al suyo.  Derramando mi simiente en su coño, exploté dando un grito tras lo cual me desplomé agotado sobre ella con los berridos de mi suegra como música ambiente….
Dos horas más tarde y después de otro par de polvos, salí feliz del despacho de mi amiga. Había gozado de una hembra ardiente y dentro de una bolsa llevaba las pruebas con las que tendría a la zorra de mi suegra en mi poder. Mi vida y mi futuro habían dado un giro inesperado. Ya no me tendría que preocupar del continuo acoso de esa guarra sino que además había reiniciado una relación con esa morena.
Todavía recuerdo que al despedirme de ella, Marta me susurró al oído su declaración de intenciones:
-Sé que eres feliz con tu esposa. Por mí no te preocupes, cuando quieras echar una cana al aire o necesites que te ayude con esa puta de Almudena, llámame.
La insinuación no pudo ser más clara:
¡Mi amiga estaba dispuesta a pasárselo bien a costa de mi suegra!
Imaginarme esa situación me calentó nuevamente pero como eran casi las ocho y mi mujer debía estar a punto de salir del trabajo, decidí dejarlo para otro día y dándole un suave magreo en el trasero, me despedí de ella diciendo:
-No tengas duda de que te llamaré.
Ya en mi casa, puse las cinco horas de grabación bajo buen recaudo y yendo al cuarto de mis hijos, me puse a hacer la tarea con ellos mientras mi mente elaboraba sin parar mi venganza.
 

Culmino mi venganza.
A la mañana siguiente, como todos los sábados, me fui al club donde entrenaba a mis chicos. Llegando con dos horas de anticipación, fui a un local de internet donde después de dividir las películas en archivos de quince minutos, abrí en Outlook una cuenta  donde los subí sin dejar rastro, tras lo cual  me puse a escribir un email a mi “estimada” suegra. El nombre que elegí como Nick, no podía dejar de ser más ad-hoc con la situación, “Castigodeinfieles”,
Y antes de anexar, unos minutos de grabación, releí las dos frases que había escrito:
-Zorra, te he pillado. Espera instrucciones.
Satisfecho por haber reducido mis ganas de abusar de ella a tan escueto mensaje, lo mandé y con la tranquilidad que da el saber que tenía a esa guarra en mis manos, lo mandé y me fui a desayunar. Os juro que nunca me han sabido tan ricos dos churros y un café. Fue como si me hubiera inyectado una dosis de adrenalina en vena y por eso ya en el club, disfruté como un enano con el entrenamiento.
Al terminar, me dirigí directamente al restaurante donde había quedado con mi familia y mis suegros. Una vez allí, me encantó percatarme que mi “amada” suegrita estaba pálida y sudorosa. Haciéndome el buen yerno, la saludé diciendo:
-Almudena, tienes mala cara.
La hija puta me miró con desprecio y ni siquiera me contestó. Acostumbrado a sus desplantes, no dije nada mientras me reía interiormente cada vez que esa cretina miraba aterrada su móvil. No tuve que ser un genio para comprender que estaba revisando su email.
“Lo ha recibido ya y esta acojonada por el chantaje”, me dije al observar su gesto de angustia.
Decidido a incrementar su nerviosismo, me fui al baño y abriendo desde mi Smartphone mi correo, vi que me había contestado. Su respuesta era tan escueta como mi mensaje:
“Por favor, no quiero que mi marido se entere. ¿Es dinero lo que desea?”
Indignado porque creyera que se trataba de pasta, incluyendo otro archivo, contesté:
-Zorra, dinero no es lo que quiero. Quiero castigarte- y sabiendo que no tardaría en leerlo, corrí  de vuelta a la mesa donde estábamos comiendo.
Tal y como había anticipado, acababa de sentarme cuando observé que su teléfono vibraba y que disimulando, la mujer se ponía a leerlo. Su rostro empalideció al hacerlo y tirándose una copa encima, se levantó acojonada.
“¡Sufre Puta!”, pensé mientras la veía disculparse y decir que se iba a casa porque se sentía mal.
El buenazo de mi suegro se ofreció a llevarla pero Almudena se negó y cogiendo su flamante Mercedes, se fue del restaurante. Su espantada me dio la oportunidad de poder revisar mi correo sin que ella se diera cuenta. Debió parar su coche en el camino porque en menos de diez minutos contestó mi misiva con otra en la que me decía:
-Haré lo que usted quiera. Pero no destruya mi  vida. ¡Mi marido se divorciaría de mí! y ¡Mi hija dejaría de hablarme!
Sonreí al leerlo y disfrutando del momento, anexé otros quince minutos de su infidelidad antes de contestarle:
-A partir de hoy, serás mi marioneta. Sé que tu hija está casada,  ¿Qué tal te cae el marido de tu hija?
En treinta segundos, contestó:
-Fatal, es un inútil.
Descojonado porque en su soberbia no fuera capaz de sospechar que yo era el chantajista, rápidamente respondí:
-Perfecto, ¡Puta!. Como te cae tan mal, él será tu primera prueba. Si no quieres que tu marido reciba estos archivos, en menos de una semana, debes enviarme la prueba que te lo has follado.
Reconozco que me hubiera gustado estar presente cuando lo leyera pero sabiendo que no tardaría en saber de ella, apagué el móvil y con renovados ánimos, me puse a disfrutar de mis enanos…
(Continuará)
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