Sin título1

Los hombres somos por lo general unos idiotas confiados. Aunque seamos proclives a cepillarnos a cuantas mujeres se nos pongan a tiro, por lo contrario, somos capaces de poner nuestra mano en el fuego porque nuestras parejas jamás nos pondrían los cuernos. Da igual que sea nuestra esposa, novia o compañera, en cuanto formalizamos una unión de cualquier clase, pensamos que no se les pasa por la cabeza estar con otro que no seamos nosotros.
Da igual que, por naturaleza, en cuanto conocemos a una mujer desatendida por su pareja no podemos verla como persona sino como un posible objetivo para incrementar  la lista de nuestras conquistas, pero en cambio no nos preocupamos de satisfacer las necesidades afectivas de quien tenemos a nuestro lado,  suponiendo su eterna fidelidad.
¿Alguno de vosotros me puede afirmar que no es así?
Acaso mientras os es fácil imaginar  que esa compañera de trabajo cuyo marido es un imbécil insensible puede caer en vuestros brazos, os resulta imposible la idea que la vuestra igualmente desatendida os traicione.
¿Cuántos de vosotros o de vuestros amigos se ha buscado otra y luego se sorprende de que la que habéis o han repudiado ha encontrado el cariño en otro hombre?
Seguro que de no ser en carne propia,  conocéis decenas de ejemplos a los que les ha ocurrido.
¡Los varones somos unos jodidos incautos que buscamos aventuras en otras camas sin cuidar la nuestra!
Y el primero: YO
Acostumbrado a ligar con toda mujer que me daba entrada, no cuide a la mujer con la que vivía.  Mientras me vanagloriaba ante los amigos de mis múltiples conquistas nunca creí que Elena fuera capaz de buscar sustituir mi ausencia con otro.
¡Reconozco que fui un completo gilipollas!
Habituado a no dejar pistas de mis romances, no supe reconocer los evidentes signos de su infidelidad. Mientras al llegar a casa revisaba mi camisa y jamás pagaba con tarjeta mis juergas, no descubrí que tras las llamadas a casa donde nadie contestaba se escondía el tipo que consolaba a mi esposa.
Por eso, confieso que me sorprendió descubrir un día que era un cornudo y que tardé en asimilarlo.
Ahora que ha pasado el tiempo, dudo si Elena lo hizo a propósito o bien fue un descuido que se dejara encendido su ordenador . Debían de ser las ocho de la noche cuando aterricé en el que consideraba mi impenetrable hogar. Como siempre dejé mi chaqueta en una percha tras lo cual la busqué. No tardé en encontrarla:
Mi mujer se estaba dando una ducha dejando su portátil encendido sobre la cama.
“¡Menudo desastre!”, pensé y sin otro pensamiento que apagárselo, me fijé en la pantalla.
Tenía abierto su correo privado. Todavía en la inopia vi que le acababa de llegar un email. Al leer el encabezado, me quedé helado:
-TE DESEO.
Sin ser capaz de controlarme, lo abrí y descubrí que tenía una aventura con un colega de su despacho. Durante minutos fui incapaz de reaccionar y seguir leyendo:
¡Mi vida y mi futuro habían caído hechos pedazos!
Sé que sonora hipócrita pero para mí mis deslices carecían de importancia mientras el de ella lo vi como una hecatombe. Totalmente hundido por tamaña decepción salí de casa. Necesitaba una copa y compañía, por eso, quedé con Fernando, un íntimo amigo.
Ni siquiera había llegado al bar donde me había citado con él cuando Elena me empezó a tratar de localizar. Estaba tan jodido que fui incapaz de hablar con ella y en vez de contestarle, le mandé un wath´s up diciendo:
-No quiero hablar- y recalcando el motivo de mi huida, escribí: -He visto tu Outlook.
Supe que con solo eso, mi mujer sabría que la había descubierto e incomprensiblemente, eso me tranquilizó.
Al llegar al bar, Fernando me estaba esperando. Aunque no le había contado el motivo, mi nerviosismo y mi urgencia le habían hecho comprender que era algo grave y por eso se dio prisa en acudir a mi reclamo.
Nada más sentarme junto a él, me preguntó que ocurría. Casi llorando le expliqué lo que había pasado. Mi amigo se quedó callado dejándome terminar y solo cuando se percató de que me había desahogado, con voz tranquila, me contestó:
-¿La quieres?
-Sí- respondí de inmediato.
-¿Y estarías dispuesto a perdonarla?
-Sinceramente, ¡No lo sé!- solté destrozado.
Fernando, llamando al camarero, pidió dos whiskies y esperó a que nos los sirvieran para decirme:
-Mira Manuel, lo que ha hecho Elena está mal pero es lógico. La has dejado demasiado sola y las mujeres necesitan además de dinero y cariño, sexo….
En ese momento intenté intervenir quejándome de que no era cierto pero aprovechándose de la amistad que nos unía, me calló diciendo:
-¡No me jodas! Este mes te has tirado más veces a tu secretaria que a tu esposa.
La realidad me golpeó en la cara y por eso no tuve más remedio que quedarme callado. Mi mutismo le permitió seguir diciendo:
– Si a la que quieres es a Elena, quizás esto no sea tan malo y puedas sacarle partido…
-¡No te entiendo!- contesté confuso por sus palabras.
-Pareces bobo. ¡Te ha dado una herramienta para cumplir tus fantasías!- dijo y haciendo una pausa, dio un sorbo a su copa: -Cuando mi mujer me pilló, aprovechó mi infidelidad para sacarme todo aquello que había deseado y nunca le di.
Por primera vez, vi una salida honrosa a ese infortunio y por eso atentamente seguí escuchando mientras me decía:
-Si Elena también quiere mantener su matrimonio, gracias al sentimiento de culpa que debe sentir, ¡No podrá negarse a cumplir tus condiciones!
-¿Tú crees?
-¡Por supuesto! Pero para conseguirlo deberás cumplir a rajatabla algunas instrucciones básicas…- viendo que había captado mi interés, prosiguió diciendo: -Para empezar cuando vuelva a casa no montes bronca, únicamente hazte el ofendido y quédate callado… ¡Hoy no le contestes!.
-¿Cómo me pides que no le exija explicaciones? ¡Tengo que hacerle saber mi enfado!
-¡Te equivocarías si  lo haces!…  Si me haces caso no solo seguirás con ella sino que la tendrás bebiendo de tu mano. Al no montarle un escándalo, no le das oportunidad de culparte de su traición y como no se podrá defender, su culpa se verá incrementada con el paso de los días hasta hacerse insoportable. Cuando se derrumbe, ¡Podrás marcarle tus condiciones!
Incomprensiblemente no solo le encontré sentido a su plan sino que incluso dejando al lado  el dolor de los cuernos, comencé a verle las posibles ventajas a su resbalón. Más sosegado y mientras volvía a casa, me puse a pensar que cambios me gustaría dar a nuestra relación.
Al instante, vino a mi mente determinados cambios que podía dar tanto a nuestra vida en pareja como a nuestra vida sexual. Respecto a la primera, estaba hasta los cojones de soportar a mi suegra todos los fines de semana y analizando la segunda, aunque satisfactoria no pude dejar de certificar que era demasiado tradicional.
“Elena me racaneaba las mamadas y se negaba de plano a experimentar el sexo anal”
Tras pensarlo, decidí que eso tenía que cambiar. Si mi mujer quería mantener nuestro matrimonio debería hacer concesiones y esas dos serían las primeras.
Llego a mi casa.
Siguiendo los consejos de Fernando, en el ascensor me despeiné el pelo y aflojando mi corbata, entré a mi apartamento. Tal y como previó mi amigo, Elena me estaba esperando en el salón totalmente descompuesta y nada más verme se trató de explicar:
-Estoy demasiado dolido para hablar hoy- respondí cortando sus disculpas y sin ni siquiera mirarla, fui a mi habitación y cogí mi almohada.
Elena que se esperaba una monumental bronca, me intentó ayudar con la cama de invitados pero no lo permití:
-La quiero hacer solo- le dije con voz suave- vete a TU cama.
Llorando, me rogó que la escuchara pero cerrando la puerta, la dejé hablando sola en mitad del salón. Durante unos minutos, intentó que abriera pero no lo hice. Ya desesperada, comprendió que esa noche iba a ser en vano y por eso, compungida, se fue a nuestro cuarto.
Ya acostado, di rienda suelta tanto a mi cabreo como a mi perversa imaginación y en la soledad de esas cuatro paredes, planeé mi venganza.
A la mañana siguiente, había dormido pocas horas pero al ver la cara con la que amaneció Elena, comprendí que ella había descansado aún menos.

-Buenos días- gruñí al ver que se había levantado antes y que sobre la mesa del comedor, estaba un café recién preparado.

Ese pequeño detalle me hizo saber que el plan de Fernando se estaba cumpliendo a rajatabla y a pesar de que sentándose frente de mí, mi mujer intentó establecer una comunicación, le resultó imposible. A moco tendido, me juró que había sido solo una vez y que para ella, el tal Joaquín no significaba nada.
Reconozco que tuve que morderme un huevo para no saltarla al cuello y echarle en cara su comportamiento. Recordando las palabras de mi amigo, terminé tranquilamente el café y cogiendo mi maletín salí de casa.
No había llegado al coche cuando recibí el primer mensaje de mi esposa. En él, me pedía que le diera una oportunidad y que estaba arrepentida.
Decidí dar la callada por respuesta.
Para no haceros el cuento largo, antes de llegar al trabajo me había escrito tres veces,   esa mañana otros cuatro y ya en la tarde cuatro más. En ellos, su nerviosismo y perplejidad iban en aumento. En el último, dándose por vencida, me informaba que si era lo que deseaba se iría de casa.
-No eso lo que quiero- respondí escuetamente.
Mi móvil empezó a sonar en cuanto mandé esa respuesta pero me abstuve de contestar. Tras insistir varias veces, me mandó un mensaje diciendo:
-¿Qué quieres?
-Una mujer que me quiera y me respete.
Como comprenderéis supe que había ganado en cuanto recibí su último wath´s up:
-Te quiero y te respeto- había contestado.
Disfrutando mi victoria de antemano, le escribí:
-Demuéstralo.
Con el papel de marido destrozado bien aprendido, nuevamente en el ascensor desordené mi peinado y poniendo cara de angustia, abrí la puerta del piso. Al no verla, me derrumbé en el sofá, sabiendo que no tardaría Elena en aparecer.
A los treinta segundos, la vi salir de nuestra habitación. Supe al momento que me había quedado corto en su claudicación porque con ganas de compensar sus cuernos, llegó vestida con un coqueto picardías.
Si en las otras ocasiones que me había recibido de tal guisa, me había lanzado sobre ella a hacerle el amor, en esta ocasión mi reacción fue distinta, cerrando los ojos hice como si su vestimenta no tuviera importancia.
Mi mujer se quedó perpleja al ver mi reacción. Quizás en su fuero interno hubiera pensado que o bien me iba a cabrear o bien que me la follara. Lo que nunca previó fue mi inacción. Tanteando el terreno, se acercó al sofá y me empezó a hablar.
Al no contestarle, decidió que mediante besos iba a conseguir su objetivo por lo que subiéndose sobre mis rodillas, me comenzó a besar. Sin rechazar frontalmente sus caricias pero evitando el moverme para que no lo tomara como colaboración, recibí sus besos en silencio.
Elena, totalmente confundida, no cejó en su intento y más cuando  sintió mi pene erecto bajo el pantalón. Sin darse cuenta que eso iba a ponerla bruta, buscó mi reacción frotando su sexo contra el mío. La dureza que mostraba y el continuo roce paulatinamente fueron incrementando su calentura  hasta que ya inmersa en la lujuria, usó sus manos para sacarlo de su encierro.
Desgraciadamente cuando quiso empalarse con él, se lo prohibí diciendo:

-Con la boca.

Sorprendida por mi pedido, me miró con los ojos abiertos sin comprender pero entonces, cogiendo mi miembro entre mis manos se lo acerqué a su boca. La seriedad que vio en mi rostro, le impidió reusar a cumplir con mi capricho y  echando humo por la humillación, se apoderó de mi extensión casi llorando. Tras lo cual, abrió sus labios y se lo introdujo en la boca.
Tratando de soportar su vergüenza, cerró los ojos, suponiendo que el hecho de no verme disminuiría la humillación del momento.
-Abre los ojos ¡Puta! Quiero que veas que es a tu marido al que se la chupas- exigí.
Mientras su lengua se apoderaba de mi sexo, vi que por sus mejillas caían dos lagrimones y sin apiadarme de ella, disfruté de su felación. Al observar que en contra de lo que me tenía acostumbrado, me estaba mamando con un ímpetu inusitado, forcé su cabeza con mis manos y mientras hundía mi pene en su garganta, le dije:
-Mastúrbate con la mano, ¡Zorra!.
Sabiendo que no podía fallarme, sin rechistar vi como separaba los pliegues de su vulva y en silencio daba inicio a una pausada masturbación. Con sus  dedos torturó su ya inhiesto clítoris con rapidez,  temiendo que de no hacerlo así me enfadara. Poco a poco su calentura fue subiendo en intensidad hasta berreando como en celo y sin dejar de mamarme la verga, se corrió sobre la alfombra.
Azuzado por el volumen de sus gritos, me dejé llevar y con brutales sacudidas, exploté derramando mi simiente dentro de su boca. Os juro que me sorprendió ver el modo en que devoró mi eyaculación  sin dejar gota. Entonces y solo entonces, le dije:
-¿Te ha gustado putita mía?
 Avergonzada pero necesitada de mi polla, no solo me gritó que sí, sino que poniéndose a cuatro patas, dijo con voz entrecortada por su pasión:
-Fóllame, ¡Lo necesito!
Lo que nunca se imaginó  ese zorrón fue que dándole un azote en su trasero, le pidiese que me mostrara su entrada trasera. Aterrorizada, me recordó que su culo era virgen pero ante mi mirada, no pudo más que separarse las nalgas. Verla separándose los glúteos con sus manos mientras me rogaba que no tomara posesión de su ano, fue demasiado para mí y como un autómata, me agaché y sacando la lengua empecé a recorrer los bordes de su esfínter mientras acariciaba su clítoris con mi mano.
Excitado hasta decir basta, al comprobar que su entrada trasera seguía intacta y que su amante no había hecho uso de ella, me dio alas  y recogiendo parte del flujo que anegaba su sexo, fui untando con ese líquido viscoso su ano.
-¡Por favor! ¡No lo hagas!- chilló al sentir que uno de mis dedos se abría paso en su esfínter pero en vez de retirarse, apoyó su cabeza en el sofá mientras levantaba su trasero. 
Su nueva posición me permitió observar que los muslos de mi mujer temblaban cada vez que introducía mi falange en su interior y ya más seguro de mí mismo, decidí dar otro paso y dándole otro azote, metí las yemas de dos dedos dentro de su orificio.
-Ahhhh- gritó mordiéndose el labio. 
Su gemido me recordó que aunque quería vengarme, no quería destrozarla y por eso volví a lubricar su esfínter, buscando que se relajase. El movimiento de caderas de mi esposa me informó involuntariamente que estaba listo.  Queriendo que se repitiera en el futuro, tuve cuidado y por eso seguí dilatándolo mientras que con la otra mano, la empezaba a masturbar. 

-¡No puede ser!- aulló confundida al percatarse de que le estaba empezando a gustar que sus dos entradas fueran objeto de mi caricias y sin poderlo evitar se llevó las manos a sus pechos y pellizcó sus pezones, buscando incrementar aún más su excitación.

Contra toda lógica, al terminar de meter los dos dedos, mi esposa se corrió como hacía años que no lo hacía. Satisfecho por sus gemidos y  sin dejarla reposar, embadurné mi órgano con su flujo y poniéndome detrás de ella, llevé mi glande ante su entrada: 
-¿Deseas que tu marido tome lo que es suyo?- pregunté mientras jugueteaba con su esfínter. 
Ni siquiera esperó a que terminara de hablar y echando su cuerpo hacia atrás, por primera vez en su vida, empezó a empalarse. La lentitud con la que lo hizo, me permitió sentir cada rugosidad de su ano apartándose ante el avance de mi miembro.
Decidida a que no tuviera motivo que recriminarle, en silencio y con un rictus de dolor en su cara, prosiguió con embutiéndose mi miembro  hasta que sintió la base de mi pene chocando con su culo.
Fue entonces, cuando pegando un grito me pidió que me la follara. El deseo reflejado en su voz no solo me convenció que había conseguido mi objetivo sino que me reveló que a partir de ese día esa puta estaría a mi entera disposición. Haciendo uso de ella como si fuera una nueva posesión, fui con tranquilidad extrayendo mi sexo de su interior y cuando casi había terminado de sacarlo, el putón con el que me había casado, con un movimiento de sus caderas, se lo volvió a introducir.
A partir de ese momento, poco a poco, el ritmo con el que la daba por culo se fue acelerando, convirtiendo nuestro tranquilo trotar en un desbocado galope. Queriendo tener un punto de agarre, me cogí de sus pechos para no descabalgar.
-¡Me encanta!- no tuvo reparo en confesar al experimentar que estaba disfrutando.
 -¡Serás puta!- contesté y estimulado por su entrega, le di un fuerte azote. 
Lejos de quejarse por el insulto, gritó al sentir mi mano sobre sus nalgas y comportándose como la guarra que era,  me imploró más.  No tuvo que volver a decírmelo, alternando de una nalga a otra, le fui propinando sonoras cachetadas marcando el compás con el que la penetraba.
Ese rudo trato  la llevó al borde de un desconocido éxtasis y sin previo aviso, empezó a estremecerse al sentir los síntomas de un orgasmo brutal. Os juro que en los diez años que llevábamos casados nunca la había visto así. Reconozco que fue una novedad  ver a Elena, temblando de placer mientras me imploraba que siguiera azotándola:

-¡No Pares!, ¡Por favor!- aulló al sentir que el gozo que brotaba del interior de su culo. 

 

Su entrega fue el acicate que me faltaba y cogiendo sus pezones entre mis dedos, los pellizqué con dureza mientras usaba su culo como frontón.  Mi esposa pegando un alarido, se corrió.
Decidido a no perder esa oportunidad, forcé su esfínter al máximo con fieras cuchilladas de mi estoque. Exhausta, Elena me pidió que la dejara descansar pero inmerso en mi propia calentura, no le hice caso y seguí violando su ano hasta que sentí que estaba a punto de correrme. Pegando un grito, le exigí que colaborara en mi placer.
Reaccionando al instante, meneó sus caderas, convirtiendo su trasero en una sensual batidora. Mi orgasmo fue total. Cada uno de las células de mi cuerpo se estremeció de placer mientras  mi pene vertía su simiente rellenando el estrecho conducto de la traidora.
Al terminar de eyacular, saqué mi pene de su culo y agotado, me dejé caer sobre el sofá. Mi esposa entonces, se acurrucó a mi lado y besándome, me agradeció haberla perdonado pero sobre todo el haberla dado tanto placer.
Sus palabras me hicieron reaccionar y tirándola al suelo, le solté:
-No te he perdonado-Tras lo cual, le dije: -Eres una puta pero quiero que seas mi puta. Si me prometes darme placer, haré como si nada hubiera ocurrido.
Arrodillada a mis pies, me pidió que le diera una nueva oportunidad jurando que nunca me arrepentiría. Satisfecho, le solté:
-Me voy a la cama. Tráeme un whisky. Quiero una copa mientras observo como me la vuelves a mamar.
Elena al oírme, se levantó a cumplir mi capricho. La sonrisa que lucía en su rostro, me convenció de lo ciego que había estado durante todos esos años:
¡Mi mujer disfrutaba del sexo duro! Cabreado por no haberme dado cuenta pero esperanzado por lo que significaba, me fui hacia mi cuarto.
Aunque nunca iba a saberlo, en el salón, Elena estaba radiante mientras no podía dejar de pensar en la razón que había tenido al pedirle ayuda a Fernando.
Insatisfecha por nuestra vida sexual, le pidió consejo sobre cómo exponerme sus extraños gustos. Después de escuchar su inclinación por ser usada como sumisa, mi amigo supo que no aceptaría de buen grado el papel de dominante. Tras pensar cómo convencerme, entre los dos se inventaron esos cuernos, sabiendo que al enterarme iba a correr a pedirle ayuda.