Necesitaba descansar, además, se estaba haciendo de día y prefería caminar al amparo de la noche. Dio un par de vueltas por las calles hasta que encontró una pequeña pensión de mala muerte, no llevaba un duro encima, pero no creía que eso fuese a ser un problema. 
– Buenas noches. – Saludó al recepcionista. 
Éste, un hombre viejo y gordo, medio calvo y que daba la impresión  de no haberse lavado en un mes, miró a Paula de arriba a abajo, devorando la con la mirada. Hace tiempo eso habría despertado el asco en la chica, pero ahora había pasado por cosas mucho peores que un asqueroso viejo verde. 
– Que desea la… Señorita… – Remarcó esa última palabra, dando a entender que no era la palabra que estaba pensando exactamente. 
– Necesito una habitación para hoy. ¿Tienen alguna disponible? 
– Por supuesto, ¿Para usted sola? 
– Si. 
El hombre cogió una libreta, paso un par de páginas y apuntó algo. 
– Serán 30€.
Paula se mordió el labio. 
– Verá… He tenido un pequeño problema. – Dijo, zalamera. 
El hombre la miró levantando una ceja. Volvió a evaluarla de arriba a abajo. 
– Me han robado todo, esta lloviendo y no tengo manera de volver a casa… Si usted pudiera hacerme un favor… Yo… Se lo agradecería… Mucho… – Mientras decía eso se descolgó un tirante de la camiseta, dejando casi a la vista sus pechos. 
El hombre la miraba con deseo, pero no sorprendido, seguramente no era la primera vez que las prostituta de la zona le ofrecían sus servicios por un alojamiento. 
– Por favor, me han dejado literalmente en pelotas… – Diciendo esto se levantó ligeramente la falda, mostrando su coño depilado al hombre. Un pequeño tatuaje con una X y una C adornaba su pubis. 
El recepcionista se quedó mirando unos segundos. 
– Hoy es su día de suerte… Señorita. – Volvió a apostillar. – Pase por aquí y veamos lo que podemos hacer con su problema. 
Unos segundos más tarde, Paula se encontraba bajo el mostrador tragándose la inmunda polla de aquel hombre. Efectivamente hacia bastante que no se lavaba, y el hedor era bastante fuerte, pero a ella no le importaba… peores cosas había tenido que hacer. Incluso llegó a excitarse mientras lo hacía, la humillación a la que se estaba sometiendo le resultaba morbosa, ¿En que se había convertido? 
—————–
Desde ese día, la situación se repitió cada vez con más frecuencia, Ivette y Paula salían por la noche, Ivette elegía a uno o dos chicos y estos se follaban a Paula hasta saciarse. La pelirroja había aprendido a disfrutarlo y, sobre todo, eso agradaba a Ivette. Le había dicho que la quería y eso era lo único en su mundo. 
Sus sesiones de sexo también habían evolucionado, cada vez tenían menos de sexo convencional y eran más sórdidas. Arneses, pinzas, máscaras, cuero… Eran un desfile de depravaciones en las que Ivette siempre quedaba por encima de Paula. 
Un día, Ivette apareció con una cámara que se convirtió en compañera habitual de sus juegos. En foto o en vídeo, sus sesiones siempre quedaban almacenadas para satisfacción de Ivette, que las visionar a una y otra vez para inventar nuevos juegos y humillaciones. 
En el instituto, cada vez era más obvio que el aspecto de Paula había cambiado. Seguía llevando la misma ropa vulgar pero el ejercicio pasaba factura y se la veía mucho más atractiva que antes. El amor que sentía por su compañera y su activa vida sexual también hacían que tuviese un característico brillo en su mirada. Poco a poco los chicos de su clase empezaban a fijarse en ella. 
 
– ¿No te has dado cuenta? – Preguntó un día Ivette, mientras acariciaba el rojizo pelo de Paula después de una de sus sesiones de sexo. 
– ¿De que? 
– De como te miran. 
– ¿Quién? 
– Los chicos de clase, nuestros compañeros. 
– ¿Me miran? No digas tonterías, me desprecian. 
– Te despreciaban, ahora quieren follarte. 
Esa frase dejó descolocada a Paula. “Que se pudran” Pensó. Pero después de esa conversación no pudo evitar fijarse en que era verdad, ahora la echaban miradas furtivas, seguían su caminar cuando salía de clase e, incluso, intentaban iniciar alguna conversación con ella sin que acabara en burla. 
Ivette daba bastante importancia a esos hechos, le daba morbo. Cada vez que follaban susurraba al oído de la pelirroja que se imaginaba que el enorme consolador era la polla de alguno de sus compañeros, que cuando salían de fiesta pensase que la lefa derramada en su cara era la de algún chico de clase, que las fotos y vídeos que grababan iban a ser enviados a todos ellos… Y esto no fue del todo falso. 
Un día que Paula llegó a clase había un gran revuelo montado. Los chicos amaban jaleo y las chicas daban grititos de indignación. Cuando la pelirroja vio la razón de todo aquello su mundo se detuvo, eran sus fotos. 
No se le veía la cara, ni siquiera el pelo, pero estaba claro que era ella. En poses sensuales algunas, obscenas otras, mostraba todos sus encantos a la cámara. Buscó  a Ivette con la mirada y ésta acudió a ella, la agarró de la mano y la llevó al baño. 
– ¿Qué…? – Comenzó Paula. 
– Calla y bésame. 
Ivette, visiblemente excitada devoró la boca de su compañera y, hábilmente, introdujo la mano en su entrepierna. 
– ¿Que es esto? – Exclamó algo sorprendida, al extraer sus dedos empapados en flujo. – ¿Estas cachonda? 
Ivette miró con deseo a la chica, que se derritió ante ella y apartó la mirada. 
– Te pone que te vean, ¿Eh? Estas hecha toda una guarrilla… – Finalizó volviendo a besarla. Sus manos volvieron a buscar el sexo de la pelirroja, comenzando a masturbarla con vehemencia. 
– ¿A-Aquí? – Susurró Paula, algo cohibida. 
– ¿Tienes algún inconveniente con ello? 
Paula se quedó callada, dando su conformidad a través del silencio, y aceptando la situación, el morbo de las fotos, estar en el baño del colegio… Asumió todo y disfrutó del orgasmo que le brindó su amiga. 
Las fotos fueron la comidilla de la clase durante bastante tiempo. Nadie la había reconocido, y Paula no estaba segura de que eso la importara… todo era un juego cómplice con Ivette. 
De vez en cuando aparecían algunas fotos nuevas en el aula, cada vez más atrevidas y explícitas, en alguna llegó a aparecer masturbandose con un vibradores e, incluso, con sus tetas llenas de semen. 
Tanto le gustó a Ivette la experiencia que se propuso crear un blog con todo el material. La cara de Paula siempre era ocultada, pero el morbo de saber que estaba en la red al alcance de cualquiera la excitaba. Cada vez que se cruzaba con alguien pensaba si seria uno de los visitantes de su web. Decenas en un inicio, centenares a las pocas semanas, miles en unos meses. Era toda una sensación en el instituto, pues se corrió la voz de que era una estudiante de allí. 
Sin embargo, Ivette, que cada vez llevaba a Paula un poco más lejos, se cuidó mucho de mantenerla en el anonimato. No le interesaba que el resto de compañeros descubriesen su secreto… Al menos no por ahora… 
————–
Entro en su habitación con la cara cubierta de semen, ni siquiera se molestó en echarle un ojo a su habitáculo, si no que se dirigió rauda a darse una ducha caliente. 
¿Cuanto tiempo había pasado desde la última vez que se duchó? Años… Seguro… En aquél horrible lugar no existían las duchas. Lo más parecido eran los manguerazos de agua helada que la propinaban una vez a la semana, o cuando tenía trabajo que hacer. 
Echó su ropa a un lado y se metió en la ducha, el agua caliente rápidamente la reconfortó, tanto que casi volvió a sentirse una persona normal. Comenzó a enjabonarse con las manos, quitándose de encima los nervios de la situación en la que se encontraba. Cuando bajó a su sexo lo encontró húmedo, realmente se había calentado chupandosela a aquel viejo… Se había convertido en un ser que se alimentaba de la perversión, de la humillación, y lo peor de todo era que eso le proporcionaba placer. 
Sus dedos comenzaron a explorar su coño, buscando calmar el ardor que la invadía mientras el agua se deslizaba por su cuerpo. No tardó mucho en correrse, hecho que la devolvió a la realidad y al lugar en el que de encontraba. Sintió vergüenza de si misma, una sensación que hacía años que había desaparecido de su cabeza. Salió de la ducha, bajó las persianas para bloquear la luz que comenzaba a aparecer en el cielo y se echó desnuda en la cama. No tardó ni dos segundos en caer en un profundo sueño. 
————–
 
El curso estaba a punto de acabar. Esa situación provocaba sensaciones encontradas en Paula. Por un lado, no sentía ninguna pena por abandonar a sus compañeros y perderle de vista, por otro… Realmente había sido un año muy feliz al lado de Ivette. ¿Que pasaría una vez acabara el curso? ¿Dejarían de verse tan a menudo? ¿Podrían mantener su relación? Paula tenia muy claro que si de ella dependiera, haría todo lo posible para que así fuera. 
Los alumnos estaban organizando una fiesta para despedir el año, tenían pensado hacer un botellón y después salir de fiesta y, para sorpresa de Paula, la invitaron a ir. ¿Que pintaba allí? Se disculpó y puso una mala excusa, rehusando la invitación. Una noticia agradable era que Ivette hizo lo mismo pues, según ella, tenía algo especial preparado para Paula. 
Llegó el día y Paula se dirigió ansiosa a casa de Ivette y, cuando entró a la habitación se sintió algo decepcionada. Sobre la cama había un pequeño vestido negro, lo que significaba que esa noche saldrían de fiesta. Paula había albergado la esperanza de que tuviesen una noche especial las dos solas. 
Ivette leyó su rostro perfectamente. 
– No te preocupes, lo pasaremos genial. Esta va a ser una noche que no olvidarás jamás. 
Paula la miraba con admiración, sabiendo que Ivette nunca la había decepcionado. 
– Solo tienes que dejarte llevar y hacer todo lo que yo te diga. – Sentenció Ivette. 
“No hay problema” Pensó Paula. “Tus deseos siempre son órdenes para mi” 
Después de maquillarse y vestirse salieron a la calle. 
– ¿A donde nos dirigimos hoy? – Preguntó la pelirroja. Ante el silencio de Ivette continuó. – ¿O es una sorpresa? 
– En parte si, pero no hay problema en que lo sepas, la sorpresa no es para ti. 
Paula la observaba intrigada. 
– Vamos a la fiesta de fin de curso. 
– ¡¿Cómo?! – Paula se detuvo, Ivette la miró. – ¡No puedo…! 
– Si puedes. – Cortó Ivette. 
– ¿Con ellos? No me pueden ver así, ¿No se han burlado lo suficiente? 
– Precisamente por eso mi amor. – Los pensamientos de Paula se diluyeron por un momento al oír esa palabra. – ¿No quieres mostrarles lo que eres ahora? ¿No quieres mostrarles lo que se han perdido? 
– ¿Qué se han perdido? 
– Mírate. No queda nada de la chica tímida y retraída que eras hace unos meses, y ellos no se han dado cuenta. Eres una preciosidad, una bomba sexual. Babearan por ti. 
Paula seguía pensativa, indecisa. 
– Pero esos cambios han sido gracias a ti, no a ellos. 
– ¡Por eso! Estoy orgullosa de ti, de como has evolucionado… – Paula se estaba ablandando con las palabras de Ivette aunque, en el fondo, sabia que la decisión estaba tomada. – Mi amor… 
Y la resistencia de Paula cayó. 
– De acuerdo… Lo haré. –  Sentenció. A Ivette se le iluminó la cara y mostró una enorme sonrisa. 
– Hay una cosa más. – Dijo, buscando en su bolso. – Tómate esto. Te ayudará a divertirte. 
En la mano de Ivette había una pequeña pastilla blanca. 
– ¿Drogas? ¿Para qué? No me hacen falta, nunca he tomado drogas. 
– ¿Y el alcohol que es? Me dijiste lo mismo cuando te lo ofrecí, y has visto que no te va nada mal. 
Paula miraba la mano de la chica, dubitativa. Cogió con calma la pastilla, la observó detenidamente y, mirando a los ojos a Ivette, se la tragó sin necesidad de tomar agua. Ivette le dio un suave beso en los labios, como dándole su aprobación. 
– Estoy orgullosa de ti. – Susurró. 
El corazón de Paula latía acelerado, esas palabras le calaron muy hondo. Una vez más sintió cómo su amor y admiración por Ivette la impedían decepcionarla. 
Cuando llegaron al parque donde se estaba celebrando el botellón Paula pudo observar con deleite las caras de sus compañeros al verla. El mini vestido negro que llevaba mostrando un pronunciado escote, el largo pelo rojo suelto, las larguísimas y torneadas piernas de la chica… Nunca se la habían imaginado así, a algunos les costó cerrar la boca para saludar a las dos nuevas integrantes del grupo. 
Rápidamente se vio un cambio en la actitud de la gente. Las compañeras de clase que aunque se metiesen con ella y la diesen de lado, lo hacía  de una manera más suave que los chicos, mostraron rápidamente una animadversión hacia esa “zorra” que había aparecido. 
– Envidia. – Comentó Ivette, quitándole hierro. 
Mientras, los compañeros se mostraban extremadamente serviciales. Todos se ofrecían a traerle bebida, un cigarro o a cederle el asiento. 
La pastilla que había tomado empezó a hacer efecto rápidamente y, junto con el alcohol, hicieron desaparecer las inhibiciones de Paula. Habia dejado de quejarse cuando una mano se detenía más tiempo del debido en su cintura, o cuando se producía un roce despreocupado en su culo. Los chicos se dieron cuenta de esto y poco a poco se iban atreviendo a más. 
Ivette se estaba manteniendo al margen. Simplemente hacia algún comentario que atrajese la atención sobre Paula, alababa su escote, dejaba caer que era una chica fácil… 
– Si nos disculpais. – Dijo de repente, llevándose a su amiga de la mano. 
La apartó detrás de unos árboles y la besó. 
– ¿Que tal te sientes? – Preguntó. 
Paula estaba ida, entre el alcohol, la droga, y esa extraña sensación que la invadía… ¿Que era? Nunca se había sentido así… Por primera vez era el centro de atención, todos iban detrás de ella y la buscaban. 
– Mejor que nunca. – Farfulló. – ¿Y tu? – Preguntó intentando aparentar normalidad. Las palabras comenzaban a trabarse en su boca. 
– Orgullosa. Muy orgullosa de ti. – Paula se sorprendió al oír esas palabras. – Orgullosa y cachonda. 
La mano de Ivette se introdujo bajo el vestido de la pelirroja, arrancando un gemido de la boca de la chica. 
– Y veo que tu también.
Comenzó a masturbar a su amiga, la cual se dejó hacer dócilmente, siguiendo los movimientos de la mano de Ivette con su cadera. 
– Quítate el tanga. – Susurró al oído de Paula, que obedeció inmediatamente, entregándoselo. – No… – La detuvo. – Métetelo en la boca. No querrás que nos oigan… Todavía. 
Paula no estaba dispuesta a rechistar, arrugó el tanga y se lo metió en la boca, notando el sabor de su sexo intensamente. Ivette seguía jugando en su coño, mientras los gemidos de la pelirroja quedaban ahogados por su improvisada mordaza. 
– ¡Chicas! ¿Os encontráis bien? – Llegó de lejos la voz de uno de los impacientes compañeros de clase. 
– Parece que nos reclaman. – Dijo Ivette quitando la mano del coño de Paula. 
– Mmmppff. – Protestó esta. Ivette le quitó la mordaza y se la paso en la mano. 
– Si te has quedado a medias, ¿Por que no haces algo para remediarlo? 
Y, guiñandole el ojo comenzó a andar de nuevo hacia el grupo. Paula sabía perfectamente lo que quería su amiga y, verdaderamente en ese momento no le parecía mala idea. El calentón que llevaba era insoportable, así que salió directa hacia el chico que las había llamado que estaba algo más alejado del grupo, le tiró el tanga a la cara y, antes de que el chico supiese lo que estaba pasando le agarró del paquete. 
– Demuestrame lo que vales. – Susurró en su oído. Se dio de nuevo la vuelta y se dirigió otra vez tras los árboles. 
 
El chico estaba atónito por lo que había pasado.  Observó lo que tenia entre las manos y, en cuanto tuvo consciencia de lo que era, su polla se puso dura como una piedra. Se dio la vuelta hacia el resto del grupo y enseñó su trofeo, lo que le granjeó vítores y aplausos de parte de sus compañeros. 
No perdió más tiempo y salió tras la pelirroja que tan cachondo le había puesto. La encontró apoyada en un árbol, masturbandose. 
Paula ya había perdido la razón, la excitacion la dominaba. Sacó los dedos de su coño y los llevó a la boca de su acompañante, que no se resistió mientras, con la otra mano, comenzaba a desabrochar el pantalón del chico. 
En cuanto liberó su polla, se arrodilló ante el y se la tragó de una sentada. El chico no duró ni dos minutos, para la insatisfacción de Paula. 
– ¿Ya? – Preguntó decepcionada cuando los chorros de esperma cayeron sobre su cara. – No me has dado tiempo ni a empezar. 
Con esas se levantó y volvió hacia el grupo de compañeros, que miraba con curiosidad el lugar por el que habia desaparecido con el chico. 
– ¿Quién me ayuda a terminar lo que vuestro amiguete no ha sido capaz de acabar? – Exclamó. 
La cara llena de semen no dejaba ninguna duda de a qué se refería. Tras unos segundos de sorpresa, varios chicos se animaron a echarla una mano, mientras que las chicas de clase, escandalizadas, se iban de allí. 
Rápidamente Paula se vio rodeaba de chicos liberando sus pollas. Ivette sacó el móvil y comenzó con el reportaje fotográfico. 
La pelirroja no recibía clemencia, fue despojada de su vestido rápidamente, mientras los compañeros se debatían sobre quién iría primero. Paula nunca había estado con tantos a la vez, pero estaba muy excitada y sabía que podría con todos. 
Su cara pronto se cubrió de una capa de lefa, que chorreaba sobre sus tetas, su coño era follado una y otra vez pero en cambio, su culo solo recibió la visita de un atrevido aventurero. La chica estaba pletórica, en un poco tiempo había pasado de ser una marginada asocial, a ser el centro de atención en la fiesta de fin de curso. Por su cabeza no pasaba la idea de la denigracion y humillación a la que se estaba sometiendo, solamente que aquellos hombres la deseaban y que estaba complaciendo a Ivette. 
Ivette… 
Miró hacia ella y la vio sentada sobre una mesa, móvil en mano, falda levantada y masturbandose ante la escena. Paula sintió cómo el placer brotaba de lo más hondo de su ser en un espasmódico orgasmo que la sacudió entera. 
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Despertó envuelta en sudor sin saber donde estaba. Le costó unos minutos acordarse de los últimos acontecimientos, pero rápidamente decidió que no debía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. 
Subió la persiana para comprobar que la noche había caído de nuevo. Lo primero que tenia que hacer era buscar algo de comida, sentía como su estómago rugía de hambre. 
Avanzó rápidamente por el vestíbulo sin dirigirle una sola mirada al recepcionista, pero teniendo la certeza de que él no había perdido la oportunidad de mirarla a ella. Salió a la calle y dobló la primera esquina, buscando callejear erráticamente hasta encontrar algo de comer. La noche estaba despejada y no amenazaba lluvia, al contrario que la anterior. Una suave brisa la acariciaba levantando su falda a cada paso, cosa que tampoco la importaba en demasía. 
Consiguió un poco de pizza en una basura, todavía dentro de la caja. La gente desperdiciada demasiada comida pero ahora mismo eso la venía de perlas. Mientras devoraba las porciones, lamentándose de que fuese una pizza con anchoas, se quedó mirando fijamente algo que llamó su atención al otro lado de la calle. Una especie de trapo tirado en el suelo. 
No. No podía ser. 
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Aquella orgia en el parque actuó a modo de liberador. Paula se quitó todos los complejos que tenía y abrazo su nuevo modo de vida. Ivette y ella disfrutaban de su sexualidad, vivían el momento y se querían, aunque, por parte de Paula, el sentimiento era todavía más fuerte. Adoración, reverencia, admiración, amor, sumisión. Todas esas palabras se quedaban cortas ante su sentimiento hacia Ivette. No dudaba en demostrárselo a cada momento, en cada ocasión, y por eso no tuvo problema cuando Ivette le comentó sus planes. 
 – Necesito tu ayuda para un asunto. – Dijo despreocupada. 
– ¿Para qué? Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites. 
Ivette le lanzó una sonrisa, haciéndola entender que era cierto, que lo sabia muy bien. 
– Como bien sabes, nuestro pequeño blog recibe muchísimas visitas, cada vez más. – Paula se sintió henchida de orgullo. Sabía que el blog iba bien, a la gente le encantaba la sumisión que demostraba ante Ivette. – Y a través de él me han hecho una proposición. 
La chica guardó silencio, atenta a la reacción de la pelirroja, que miraba expectante. 
– Verás… Hay una especie de… Club, podemos llamarlo así, en el que se realizan los mismos juegos que hacemos nosotras y me han propuesto entrar en él. 
Paula mostró una mueca de desagrado, ¿eran celos? No quería que las separasen, y parecía que la conversación iba por ese rumbo. 
– El problema – Continuó. – Es que es un lugar bastante elitista, bastante exclusivo y no se puede entrar así como así. Hay que dar una “ofrenda”, para demostrar tu valía y tu implicación para con ellos. 
¿Implicación? ¿ofrenda? Paula no entendía muy bien a donde quería llegar. Ante su silencio, Ivette aclaró. 
– Quiero que entres conmigo. Tu seras mi ofrenda. 
Esa declaración produjo reacciones encontradas en la cabeza de Paula. Por un lado, quería que fuese con ella, no había separación entonces. Por otro… ¿ofrenda? 
– ¿Que significa ser una ofrenda? 
– Sin rodeos. Es una… asociación… formada por amos y sumisos, gente que le gusta dominar y gente que le gusta ser dominada. Tu serás mi aval para demostrar que soy buena en lo que hago, y serás mi ofrenda para ellos, permanecerás allí, a mi lado. 
Paula se quedó anonadada, nunca lo había visto de esa manera pero, de golpe y tras oír esas palabras se dio cuenta de lo que era. Era una sumisa e Ivette su ama. ¿Le gustaba ser dominada? A la vista estaba que si, era inmensamente feliz al lado de su… ama. 
– Tu… – Comenzó. – ¿Tu me quieres? O solamente soy… Una sumisa para tus juegos… 
– Te quiero con locura, Paula. 
– Entonces está todo dicho. Haré lo que mi ama me pida. – Contestó la pelirroja, sonriendo. 
Unos días después acudieron al lugar que le habían indicado a Ivette. Una nave abandonada de un polígono bastante apartado. Se habían preparado para la ocasión, Ivette lucía unas botas negras por encima de la rodilla, con mucho tacón, una falda de cuero y un corsé negro. Paula en cambio iba desnuda por completo, una ligera gabardina la había protegido de las miradas hasta llegar allí, pero se la quitó enseguida, luciendo como única prenda un collar de perra. Caminaba unos pasos atrás de Ivette, como habian practicado, y con la mirada al suelo. 
Llamaron a la puerta y les abrió una preciosa mujer, completamente desnuda. 
– ¿Preparada? – Preguntó Ivette. 
– Adelante. – Contestó Paula, admirando la poderosa imagen de su amada. 
Esa noche Paula fue follada por muchos y muchas, usada de todas las maneras imaginables, puesta a prueba en nombre de Ivette, y Dios sabe que no la decepcionó. Cada vejación era una prueba más de su amor por aquella chica que la había sacado del ostracismo. 
La “asociación” a la que habían accedido era algo más que eso. Se hacía llamar Xella Corp y, aunque Paula, en su condición de esclava no tenía derecho a saber nada, se enteró de muchos de los terribles asuntos en los que estaban inmersos. Le daba igual, sólo le importaba estar al lado de su ama, complacerla y disfrutar de su compañía, que se sintiera orgullosa de ella. 
Siempre tenía un momento para ella pero, poco a poco, esos momentos comenzaron a espaciarse en el tiempo. Ivette era muy buena en la que hacía, y rápidamente ascendió en la corporación, lo que se traducía en menos tiempo para su sumisa. Después de unos años, apenas se veían una vez cada varios meses. 
Paula se sentía orgullosa de Ivette, pero tomó la determinación de huir, tenía que acabar con aquél modo de vida. 
———————-
Se acercó lentamente al objeto, lo cogió entre sus manos. 
Eran unas braguitas, blancas, de algodón. Una deteriorada cara de piolin adornaba la parte delantera. Un pequeño trozo de papel se cayó al suelo, a Paula le faltaba el aire, se agachó a recogerlo. 
Querida Paula. 
Lamento que esto haya tenido que acabar así.
Te quiero.
Ivette.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Paula,  ¿Que había hecho? Ivette era lo más importante en su vida y ya no la volvería a ver jamás. Tenía que haberse quedado, aguantaría cualquier suplicio tan solo por volverla a ver. 
– ¿Paula? – Escuchó tras ella. 
La cara se le iluminó, se dio la vuelta esperando ver a Ivette, pero en vez de ella había otra mujer, una mujer joven y guapa, con unos preciosos ojos verdes que destacaban sobre todo lo demás. 
– ¿Quién…? – Comenzó a preguntar la pelirroja. Pero entonces, sin saber por qué, se calló de repente, algo en su interior le decía que no debía seguir hablando, solo debía atender a aquella mujer. 
– Ivette me dijo que eras preciosa, y parece que no mentía. – La mujer escrutar a a la pelirroja con la mirada. – Es una lástima, estaba destrozada por tu huida, sabía perfectamente que no te podíamos dejar escapar… Has visto demasiadas cosas… 
Paula seguía de pie, absorta en la penetrante mirada de la mujer. 
– Y ya no sirve con llevarte de nuevo a las instalaciones en las que te encontrabas. Ya no se pueden fiar de ti. Así que me han encomendado que te dé un nuevo destino. 
Paula sentía como su conciencia desaparecía, sus recuerdos, su voluntad. Sólo un pensamiento prevalecía, debía obedecer a esa mujer. Su vida consistía en obedecer a esa mujer. Una pequeña lágrima escapó de sus ojos mientras su mente se apagaba, mientras su último rescoldo de identidad se daba cuenta de lo que estaba pasando, de que jamás volvería a ver a Ivette y, aunque así fuera, no sería capaz de recordarla. 
Después todo fue oscuridad. 
——————
A Diana le dio pena lo que acababa de hacerle a aquella chica. Pudo leer en su mente que todo lo que hizo lo hizo por amor, entendió perfectamente su forma de actuar, pero no podían dejarla suelta. Sería una nueva empleada del 7pk2.
– Ya sabes a donde tienes que ir. – Le dijo. 
Paula se dio media vuelta, como una autómata y se fue a un lugar en el que nunca había estado pero, de alguna manera, sabia donde se encontraba. 
Diana se quedó observando como se marchaba su nueva esclava cuando algo la sacó de sus pensamientos. Algo cayó cerca de ella. Miro en dirección al ruido y vio una pequeña esfera metálica que rodaba hacia ella, frenandose. 
– ¿Pero qué….? 
¡FLASH! 
Un estallido luminoso la sorprendió, el objeto había estallado. ¿Que estaba pasando? La luz la había cegado, no era capaz de ver nada a su alrededor. 
– ¡Rápido, rodeadla!
Podía escuchar como varias personas corrían hacia ella. La sujetaron de los brazos. 
– ¿Que hacéis? ¡Soltadme! 
Intentó controlar a aquellas personas pero era inútil, sin poder usar sus ojos no había manera. 
Alguien le cubrió la cabeza con una especie de saco mientras intentaba revolverse. 
– ¡Ya es nuestra! ¡Tenemos que irnos! 
Mientras la cogían en el aire como un saco de patatas, lamentó por primera vez en mucho tiempo el no tener su antiguo cuerpo. No era sansón, pero más fuerza que su cuerpo actual si que poseía. 
Consiguió propinar alguna patada a uno de sus captores, lo que hizo que cayera al suelo. 
– ¡Ya está bien! – Gritó alguien, propinandole un fuerte golpe en la cabeza. 
Y entonces todo se volvió negro. 
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