Paula dejó de correr e intentó tomar aire. La oscuridad de la noche la envolvía, rota tan solo por algunas farolas bastante separadas unas de otras, que creaban oasis de luz en la solitaria calle en la que se encontraba.
Por lo menos no hacia frío. La escueta ropa que llevaba no habría podido resguardarla en ese caso, pero para su alivio era una cálida noche de verano. ¿Agosto? No estaba segura. Lo importante era que había conseguido escapar.
Miró hacia atrás nerviosa, creía haber escuchado un ruido, pero seria algún gato curioseando en la basura. Aún así, reanudó la marcha, esta vez andando, llevaba casi una hora corriendo y no le parecía haberse alejado lo suficiente, pero ya no tenía rondo para mantener ese ritmo. 
Unas aisladas gotas de lluvia comenzaron a golpear sobre su cabeza y, a lo pocos minutos, estás se convirtieron en un chaparrón veraniego. Lejos de disgustarse Paula comenzó a reír, la lluvia la despejaba y la recordaba que por fin, después de tanto tiempo era libre. 
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Años antes de esa noche, Paula era una joven retraída en su último año de instituto. Su inseguridad hacia que fuese especialmente susceptible a las bromas y a las burlas, así que sus compañeros se enseñaban con ella, acentuando todavía más su problema de autoestima. 
Su vida era una mierda hasta que llegó ella. 
El primer día que la vio aparecer en clase se quedó maravillada de su presencia, una joven menuda y de pelo oscuro, una cara preciosa y una mirada segura. La fuerza de su carácter hizo que pronto se hiciera la chica más popular de la clase. Paula la envidiaba, tenía toda la fuerza que a ella le faltaba… ¿La envidiaba? No… Realmente no era envidia, era admiración. Aquella nueva chica empezó a copar sus pensamientos. Comenzó a sentir adoración por Ivette. 
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Parecía que aquello había sucedido hacia un millón de años, en una vida anterior incluso, aunque a lo mejor eso no era del todo incorrecto… Estaba claro que ahora mismo no tenía nada que ver con aquella jovencita soñadora. 
Pasó la mano por su cabello empapado, recordando cómo donde antes había una larguísima melena pelirroja, ahora solo quedaba un corte de pelo a lo garçon, observó sus ropas, minúsculas, indecentes, ni siquiera llevaba ropa interior, el más ligero movimiento dejaba ver sus vergüenzas a cualquiera que estuviera mirando, y realmente no le importaba, ¿Cómo había llegado a esa situación? 
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Los días pasaban y Paula seguía siendo la última mierda de la clase, todo lo contrario que Ivette, que tenía en la palma de su mano a compañeros y profesores. Aún con eso, Paula sacaba mejores notas que ella puesto que no tenía otra cosa que hacer más que estudiar. 
Un día, antes de volver a clase del descanso, Ivette abordó a Paula. 
– Hola. – Saludó de forma escueta. 
Paula, pensaba que eso seria el inicio de algún tipo de broma, que la buscaban para reírse de ella otra vez, pero al darse la vuelta y ver quien la había saludado se puso tan nerviosa que dejó caer los apuntes que tenia en las manos. 
– Eres Paula, ¿Verdad? 
La pelirroja agachó la mirada. 
– S-Si…  – Balbuceó mientras se agachaba a recoger los papeles. Se sorprendió al ver como Ivette se agachó a ayudarla. 
– Quería pedirte un favor… 
Paula no contestó, estaba tan avergonzada que las palabras no salían de su boca. 
– Las matemáticas no se me da demasiado bien, al contrario que a ti y, quería saber si te importaría darme clases de apoyo. 
Paula se paralizó, los papeles que había recogido volvieron a caerse y miró a Ivette fijamente, era la primera vez que lo hacía. 
– Por supuesto, te pagaré. – Concluyó la chica, mostrando una amplia sonrisa conciliadora. 
Paula quedó embobada mirándola. ¿Sería algún tipo de broma? Seguro que era algún plan para después dejarla en ridículo… Pero… 
– D-De acuerdo. – Contestó. – Pero…  No hace falta que me pagues, yo… 
– ¡Claro que te pagaré! Entonces tenemos un trato, ¿No? ¡Perfecto! Este tarde nos vemos. 
Y diciendo eso Ivette le dio un cariñoso beso en la mejilla antes de alejarse, mientras Paula quedaba perpleja en el mismo sitio, algo confusa. 
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Dobló una esquina y se agachó detrás de un contenedor de basura cuando vio pasar un coche, ¿La estarían buscando? Seguro que sí… No iban a dejar que se fuese tan fácilmente de allí… Le había costado toda su fuerza de voluntad hacerlo, meses mentalizandose, diciéndose a si misma que era lo que debía hacer, convenciendose… Le costó tanto abandonarla… 
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Los días pasaban y cada vez anhelaba más que llegara el momento de las clases a Ivette. Durante las clases normales su comportamiento para con Paula era igual que siempre, se saludaban educadamente y ya está, pero durante las clases particulares Ivette era encantadora. Trataba a Paula cómo nunca nadie la había tratado, como una igual. Durante ese tiempo Paula se sentía viva, alegre, como una joven normal y corriente. 
La admiración que sentía por Ivette comenzó a despertar la confusión en su mente. Nunca había estado enamorada de nadie, y mucho menos de alguien de su mismo sexo, pero esa chica constituía una atracción tan fuerte que era casi dolorosa. Pasaba los días observándola, no la quitaba ojo y, en las clases particulares, cualquier roce, cualquier contacto hacía que se le erizara el vello y se estremeciera. 
Sus notas comenzaron a bajar a la vez que las de Ivette mejoraron,  tener a esa chica en la cabeza todo el día mermaba su concentración, estaba obsesionada. Tenía que hacer algo, así que se decidió a decirle algo en la siguiente clase particular pero, todo se le fue de las manos… 
– Ivette… – Dijo, titubeante una vez acabaron la clase. – Tengo que decirte algo… 
La chica se quedó mirándola fijamente, con aquellos preciosos ojos y aquella sonrisa que tenia atrapada a Paula. 
– Yo… Hay algo que llevo dentro, y si no lo saco no se que va a ser de mi, me estoy consumiendo… 
– Me estás preocupando, Paula. ¿Que ocurre? 
Todo sucedió a la velocidad del rayo, aunque a Paula se le hizo una eternidad. No sabría decir que le pasó por la mente, pero la idea de confesar dio paso a otra, más directa y arriesgada. 
Paula se lanzó a los labios de Ivette, que no supo reaccionar y recibió el beso de su compañera sin objetar nada. 
Cuando recobró el juicio, Paula se quedó sin habla. Su cara se volvió roja y se levantó, intentando excusarse. Balbuceando, comenzó a separarse de la chica hasta que alcanzó la puerta, momento en el que se dio la vuelta y echó a correr. 
Ivette se quedó en el sitio, contemplando los apuntes que se había dejado su amiga. 
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La chica tímida y asocial que había sido en algún momento afloró desde lo más hondo de su ser, haciéndola sentir la misma vergüenza que pasó en aquel momento. ¿Cómo era posible que se sintiera así? Después de todo lo que había llegado a hacer… Todo por ella… 
Recordaba perfectamente como ese momento sería el disparador de una nueva vida, un cambio en sus prioridades y en su juicio. Aquel momento en el que… 
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… Abrió la puerta de su casa y allí estaba ella. Creía que seria su madre, que volvía de estar con sus amigas, pero no. Ahí estaba Ivette, tan preciosa y magnética como siempre. 
– Y-Yo… – Comenzó a decir Paula. 
Pero Ivette no la dejó continuar. Se abalanzó sobre ella, devorando su boca con ansiedad, con deseo. Paula quedó en shock, tanto por lo inesperado de la reacción cómo por lo que suponía ese momento, pero en segundos olvidaría todo lo demás y centraría toda su atención, todo su ser, en aquellos carnosos labios que bebían de su boca. No existía nada en el universo que pudiese apartarla de ellos. 
Las manos de Ivette recorrían su espalda, desde la base de su pelo hasta el comienzo de su culo. Las caricias hacían que Paula se estremeciera de placer. 
– Vamos a tu habitación. – Dijo Ivette, mirándola a los ojos. 
Paula no dudó ni un instante, no reparó en lo que estaba haciendo, en lo que estaba a punto de hacer. Lo único que le importaba en ese momento era Ivette, era no contrariarla, no hacer nada que la hiciese cambiar de opinión. 
Llegaron a su cuarto e Ivette lanzó a la pelirroja sobre la cama, lanzándose sobre ella como una fiera haría con su presa. Paula se dejó hacer, llevada por el deseo y la admiración hacia su compañera. Solo se centraba en disfrutar el momento, deseaba que no acabase nunca. Sentía como las manos de la chica buceaban bajo su camiseta, encontrando rápidamente sus pezones ya erectos. Paula comenzó a gemir, nunca había sentido una sensación semejante. Intentaba devolver las caricias a su compañera pero se notaba su experiencia en esas lides. 
Las habilidosas manos de Ivette desnudaron rápidamente a la chica y se dirigieron a su sexo, llevando a Paula al éxtasis en poco tiempo. 
Unos minutos después, las dos estaban tendidas sobre la cama. Paula no entendía como había llegado a esa situación, pero no le importaba. 
– ¿Me deseas? – Preguntó Ivette. 
“¡Vaya pregunta! ¡Pues claro!” Pensaba Paula. 
– Si… Más que a cualquier cosa. – Logró balbucear. 
La mano de Ivette comenzó a deslizarse hasta la entrepierna de la chica, encontrando de nuevo su coño empapado de jugos. 
– ¿Que estarías dispuesta a hacer por tenerme? 
La pelirroja la miró fijamente, ¿A que venía eso? Pero sabía la respuesta perfectamente, haría cualquier cosa por ella, lo que fuese, por mantenerse a su lado. Ivette vio la respuesta en sus ojos y no hizo falta que contestara. Se levantó, se despojó de su ropa y se colocó a horcajadas sobre la cara de su atónita profesora. 
Y tan atónita estaba que esta no supo como reaccionar. Se quedó completamente alucinada con la situación en la que se encontraba. Tenía el sexo de Ivette a escasos centímetros de su cara, de su boca, y sabía perfectamente lo que la chica quería que hiciera, pero… Nunca había estado en una situación similar, sentía algo de miedo. 
Notaba claramente como olía el sexo de su amiga, realmente no la desagradaba  el aroma… Olía a… Sexo. Se sintió tonta por lo obvio de su pensamiento pero no había otra manera de explicarlo. El aroma, la visión del húmedo coño de Ivette… La producía excitacion y, en pocos segundos, se vio a si misma acercando su boca, su lengua a la rosada raja de su amiga. 
El sabor era más agradable de lo que esperaba, y pudo notar como a Ivette le empezó a gustar por los movimientos acompasados de su cadera. Al poco tiempo comenzó a gemir y, unos instantes más tarde estaba cabalgando la cara de Paula cómo si se la estuviese follando. El orgasmo le llegó entre un concierto de gritos y jadeos, y cuando la chica se retiró, Paula tenia la cara empapada de flujo. 
Ivette dio un último y húmedo beso a su amiga, se levantó y se comenzó a vestir. Paula estaba contrariada, no quería que se fuera, no quería que acabara. 
– Esto tiene que ser un secreto, ¿De acuerdo, pequeña? – Dijo Ivette. – Nadie se debe enterar de nuestra relación. 
– D-De acuerdo. – Contestó la pelirroja, feliz, por que parecía indicar que su amiga quería continuar con todo. 
– En clase actuaremos como hasta ahora. – Mientras hablaba, se agachó para recoger algo que Paula no vio. – Me llevo esto, de recuerdo. 
¡Eran sus bragas! Sus favoritas, unas bragas de algodón, algo viejas, con una cara de Piolín en la parte delantera. La chica se puso tan roja cómo su cabello pero no dijo nada en contra. Solo acompañó a su amiga hasta la puerta y se quedó allí, añorando la próxima vez que pudiesen estar juntas. 
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Paula se internó en un pequeño parque, necesitaba orinar y, tal vez, tomar un pequeño descanso. Se agachó tras unos arbustos y separó los pies. A lo largo de los años había adquirido bastante hábito en hacer sus necesidades en cualquier rincón, de cualquier manera. Un recuerdo nítido de todas las humillaciones que había recibido acudió a su mente y, aún así, tenía la certeza de que si volviese a nacer habría actuado exactamente de la misma forma, aun sabiendo las consecuencias… 
¿De que estaba hablando? ¿Estaba loca? 
Loca… A lo mejor si… 
Estaba loca por ella… 
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Los días en el instituto eran si cabe peor que antes. Paula anhelaba estar con Ivette, pero esta la ignoraba hasta límites insospechados. Cada vez que un chico se acercaba a ella, la pelirroja sufría, se moría de celos y pensaba que ese era el momento en el que Ivette se daría cuenta de que ella no valía nada, que la dejaría tirada y se iría con cualquier otro. 
Pero en sus clases particulares… 
Ahí todo era distinto. Las matemáticas habían dejado paso día a día a los juegos sexuales, y de repente la alumna se había convertido en maestra y Paula seguía todos sus consejos y órdenes sin rechistar. No estaba dispuesta a decepcionarla. 
Ivette se encargó de renovar poco a poco el vestuario y la actitud de su chica, sustituyendo las braguitas de algodón por tangas, los jerseys amplios por otros más ajustados, que remarcaran sus formas y pantalones algo más ceñidos que los que solía llevar. Aún así, al instituto seguía yendo igual que antes por petición expresa de Ivette, sus cambios eran para los momentos en los que se encontraban a solas. En esos momentos Paula se convertía en la muñequita de Ivette. Las dos disfrutaban del sexo y tenían varios orgasmos cada una, pero Ivette siempre llevaba la voz cantante, le encantaba que Paula se mostrase obediente y sumisa, pocas veces Ivette le practicaba un cunnilingus a la pelirroja, casi siempre como premio por alguna acción, en cambio, Paula se estaba versando cómo una estupenda come-coños. A Ivette le encantaba sentarse sobre su cara, restregarse contra ella, “obligarla” a devorarla… La lengua de la chica se conocía todos los rincones del coño y el culo de Ivette. 
Se apuntaron las dos al gimnasio, puesto que Ivette quería que Paula se pusiese en forma, y los resultados se notaron rápidamente. Todo lo que decía Ivette era un dogma para Paula. Incluso, el momento en el que empezó a innovar en su relación. Poco a poco fue introduciendo juguetitos en sus sesiones de sexo. Al principio fue algún consolador de pequeño tamaño, algo de lencería, plumas, vendar los ojos… Después entraron en juego pequeños vibradores, pinzas para los pezones, esposas… 
Paula aceptaba de buen grado todas las ideas de su pareja, incluso el día que apareció con un pequeño plug anal. Al principio fue reticente, la asustaba el dolor y sus antiguos dogmas morales, que cada vez eran más escuetos pero, finalmente y tras la insistencia de Ivette, accedió a probarlo. Rápidamente le cogió el gusto, y lo veía como un sacrificio por su relación, un enlace entre las dos.  
A partir de ese día no pasaba uno solo en el que el ojete de Paula no fuera profanado. Cuando estaban juntas Ivette fue aumentando poco a poco el tamaño de los plug y, el día que no se podían ver, Paula tenia guardado uno pequeño en su casa que debía ponerse para dormir por petición de Ivette. 
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Despertó sobresaltada cuando un coche con una sirena pasó cerca de su posición, ¿Estaba tonta? ¿Cómo podía haberse dormido? Si la hubiesen descubierto… Pero estaba tan cansada… 
Había dejado de llover, salió del parque y caminó en dirección a unos edificios próximos, callejearía un rato, intentando despistar a cualquiera que la siguiese. Esas calles estaban vacías, pero no sabia si eso le producía alegría o desasosiego. En alguna esquina encontró a alguna prostituta, hasta las putas llevaban más ropa que ella… Aunque claro, ella no era una puta… Ella era mucho más que eso… 
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 Paula había cambiado sus hábitos, poco a poco iba ganando más confianza en sí misma, en su cuerpo y en su físico. Todo gracias a la confianza y el amor que le profesaba Ivette, por eso se sorprendió y se alegró a partes iguales cuando la chica le propuso salir un día juntas, por la noche. Ivette quería ir a bailar. La animó y la ayudó a ponerse guapa y a maquillarse, se encargó de elegirle la ropa que debía llevar. Cuando Paula se la puso se echó atrás… ¿Como iba a ir así vestida? Llevaba una minifalda tableada, a cuadros, como una colegiala, pero no llegaba ni a medio muslo. Una blusa blanca y  el maquillaje que llevaba la hacían parecer una auténtica puta. Fue a protestar ante Ivette pero entonces la vio. Iba vestida de forma similar a ella. 
– ¿Tu me quieres? – Preguntó Ivette, de forma directa. 
Era la primera vez que trataban el tema, Paula estaba segura de sus sentimientos, sabia que la quería, la amaba con todas sus fuerzas, pero le daba miedo confesarlo y no ser correspondida. 
– S-Si… Te… Te quiero… – Acabó diciendo, abochornada. 
– Entonces tendrás que confiar en mí. – Dijo la chica mientras, en un gesto de complicidad, tocaba la nariz de Paula con el dedo índice. – Te aseguro que hoy nos lo vamos a pasar genial. – Concluyó, dándole un cariñoso beso en los labios. 
Salieron en el coche de Ivette y Paula tenia la cabeza embotada. Habia confesado sus sentimientos y, aunque Ivette no había dicho “Te quiero” no la había rechazado. No se atrevía a plantear esa duda a su compañera, así estaba bien, confiaba en ella. 
Llegaron a un local y al poco rato estaban bailando con una copa cada una. Paula nunca había bebido, y nunca había salido a bailar pero, como le dijo Ivette, solo tenia que dejarse llevar. Según iban vestidas no tardaron en convertirse en el centro de atención de la pista, los hombres se iban aproximando a mirar, los más valientes intentaban acercarse y bailar. Paula intentaba zafarse de ellos pero Ivette, en cambio, parecía que lo buscaba. Bailaba con cualquiera que se acercase y luego agarraba a la pelirroja para que participase. Un susurro, una caricia cómplice o un ligero beso hacían que Paula se olvidase de todos sus prejuicios y confiase en Ivette… Y también servían para calentar aun más al personal. Las copas iban y venían, pues empezaron a invitarlas todos los zánganos del lugar. 
Y entonces Ivette se apartó con dos. Agarró a Paula y los condujo a los servicios, echando a la gente que había allí. Paula estaba ebria y algo cachonda, no lo podía negar, pero nunca había estado con un chico y… Ella sólo quería estar con Ivette. Ésta, al ver la indecisión de su amiga comenzó a besarle mientras sus manos se deslizaban por debajo de su falda. Notaba perfectamente lo húmeda que se encontraba. Los chicos no podían aguantar más, se bajaron los pantalones y mostraron sus pollas durisimas por la excitacion. Ivette, deslizó el tanga de su amiga lentamente, haciendo que se lo quitara y se lo lanzó a los chicos a la cara. 
– Toda vuestra. – Dijo. 
– ¿¡Que! ? – Exclamó Paula, asustada. 
– No te preocupes, vas a pasarlo bien. Confía en mi. 
Paula seguía con dudas, aunque el alcohol nublada su mente. 
– Si haces esto me harías la persona más feliz del mundo… – Susurró Ivette en su oído. 
Ese fue el último empujón que necesitó la chica, se acercó a los hombres sin saber muy bien lo que hacer, aunque ya se ocuparon ellos de guiarla. Primero la hicieron arrodillarse, acercando sus miembros a la boca de la chica. No había que ser ingeniera para saber lo que querían que hiciera, pero no sería hasta que Ivette la animó acariciando su cabeza y empujandola suavemente desde atrás que Paula no se decidió. Primero recorrió los miembros con la lengua, notando la diferencia de sabor entre uno y otro, después, según iba calentándose y ganando confianza comenzó a introducirselos en la boca lentamente al principio, aumentando el ritmo después. 
Ya estaba totalmente centrada en su tarea cuando uno de los chicos la hizo levantarse y, situándose detrás de ella, comenzó a buscar su coño. Estaba a punto de perder la virginidad (con un hombre, al menos) y la calentura que tenia la hacia desearlo. Con la primera embestida Paula se derrumbó sobre el chico que tenia delante y, al recomponerse vio como Ivette se masturbaba mientras observaba la escena. Eso la calentó aun más, agarró la polla que tenia ante ella y se la tragó de golpe. 
Sus tetas se bamboleaban con el rítmico movimiento de los chicos. A Paula le dio la impresión de ser un pollo asandose lentamente en un horno, empalada cómo estaba por el coño y por la boca. Los chicos se cambiaron un par de veces, haciendo que la chica de gustase el sabor de su coño, pero no tardaron mucho en correrse. La situaron de nuevo de rodillas y, mientras Ivette sujetaba su cara, se derramaron sobre ella dejándola empapada en su leche. 
Y allí las dejaron. Ivette se acercó a Paula, todavía asombrada y asustada de lo que acababa de hacer y situándose al lado de su oído, dijo suavemente:
– Te quiero. 
El corazón de Paula casi estalla de la emoción, era oficial, ¡Ella también la quería! En ese momento se dio cuenta de que daría su vida por aquella chica.
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