dueno-inesperado-1

Los edificios me dan muchísimo vértigo cuando los miro de cerca, incluso cuando era niña me preguntaba qué diantres había adentro de esos rascacielos para que me causaran ese mareo. Pero molestias aparte, estaba bastante emocionada porque ese día comenzaría mi pasantía en una empresa privada del sector de combustibles. Así que enfundada en una falda tubo negra, una pulcra blusa blanca, ceñida, y dolorosos zapatos de tacón, avancé entre ese montón de hombres trajeados para llegar a la entrada del edificio, a empujones casi, pero con toda la motivación posible.
Piso once. Entré a la oficina por cuyo ventanal se vislumbraba un precioso paisaje de Montevideo; allí estaba sentado el hombre que sería mi jefe: Ángel Rodríguez, treintañero, sonriente y poseedor de una sensual barba candado que no paraba de acicalarse mientras hablaba por teléfono.
—¿Y quién es esta preciosa muchacha que ha venido a verme? —preguntó nada más cortar su llamada. Su voz tenía mucha fuerza y su sonrisa de galán hizo que mis ojos revolotearan por todos lados menos en su mirada. A mí no me gustan los piropos porque me sacan los colores fácilmente, y fue en ese momento tan vergonzoso cuando me acordé del piercing en mi lengua; había olvidado quitármelo así que tapando disimuladamente mi boca, pretendiendo atajarme una risa, me presenté.
—Buenas tardes, licenciado Rodríguez. Me llamo Rocío Mendoza y soy la nueva pasante. 
—Sí, la recomendada por el rector de la facultad. Te estábamos esperando —tomó una carpeta de una pila de ellas, imagino que era mi solicitud, y ojeándola rápidamente, continuó—. No has aclarado tu edad en el currículo. 
—Bueno, tengo veinte, licenciado.
—No me jodas, si eres una nena todavía, me siento mal por haberte piropeado, ¡ja! Escúchame, vas a trabajar conmigo, en el Departamento de Relaciones Públicas. Mis chicos te pondrán al día y tú ayúdales como puedas. Esta pasantía será un largo camino, ¡para ambos!, que valga la pena recorrerlo, Rocío.
En lo que quedó de la tarde conocí al resto del grupo; unos muchachos muy divertidos que con mucha amabilidad me pusieron al día y me dieron un par de encargos para que me fuera adaptando. Allí era una más, cargando folios, fotocopiando documentos y observando cómo trabajaban con el sistema; estaba lejos de sentirme excluida por ser la única chica del departamento, al contrario, se empeñaron en hacerme sentir parte del grupo.
Tras terminar la tarde segura de haber finiquitado una jornada muy movida y productiva, volví al despacho del licenciado. Tenía ganas de contar lo bien que me sentía en el ambiente, lo fácil que logré conectarme con los muchachos, y desde luego que mi objetivo no era terminar la pasantía como una mera obligación para obtener mi título universitario, sino conseguir un puesto de trabajo. 
—Rocío, ¿qué tal estuvo tu primer día?
—Muy bien, licenciado, me gusta la gente y el ambiente, creo que me voy a adaptar muy rápido. 
—Me alegra. A parte de ayudar a los chicos, échame de vez en cuando una mano, ¿quieres? Estoy con trabajo hasta el cuello.  
—Claro licenciado, ¿pero no tiene secretaria?
—No, no la tengo porque renunció hace días. Estoy tratando de recuperarla, eso sí, pero me cuesta convencerla.
—Bueno, si su secretaria no quiere volver… conozco a alguien que le gustaría un trabajo así —sonreí.    
—¡Ja! ¡Me gusta tu actitud, Rocío! Por cierto, bonito piercing tienes en la lengua…
¡Qué vergüenza! Me tapé la boca instintivamente y cerré los ojos totalmente vencida. Me temblaron las piernas y me puse coloradísima. Podía sentir cómo caían todos mis esfuerzos por la borda; es decir, ¿quién querría a una chica repleta de aritos bajo todo ese traje de oficinista seria?  
—Uf, perdón licenciado Rodríguez, no sabe cuánto lo lamento, le juro que esta noche me lo quito.
—Rocío, tranquila. Por mí, no te quites el piercing. Simplemente… disimúlalo más.
—No, por favor, no quiero causar problemas.
—Me enojaré en serio si te lo quitas. Órdenes del jefe, ¿entendido?
A la tarde siguiente me encontré en la entrada justamente con el licenciado Rodríguez, que parecía discutir airadamente por su móvil. Me quedé a su lado esperando que terminara de charlar para así poder saludarlo.
—¡Tienes que estar jodiéndome! —cortó la llamada, resoplando bastante molesto.
—Buenas tardes, licenciado Rodríguez. ¿Qué tal se encuentra?
—Buenos tardes, nena. Pues me encuentro mal. Se acerca la fecha en la que vendrá un inversor muy importante y mi secretaria sigue sin escucharme. ¡La necesito! ¿Sabes lo que haré? Le ofreceré un aumento. ¿Eso es lo que quieren todas las mujeres, no es así, Rocío? ¡Dinero dinero dinero!
—No es verdad eso…
—¡Claro que sí! Toca una tarde ajetreada, ¡a moverse, niña!
Los días seguían esfumándose y todo en el trabajo tenía un ambiente idílico. Los chicos me trataban genial, cada día estaba más familiarizada y el licenciado me invitaba a su oficina regularmente para preguntarme cómo me había ido, quejándose de vez en cuando de los partidos de fútbol de su equipo. La pasantía iba marcha en popa.  
Aunque una tarde en particular las cosas cambiaron drásticamente; desde que entré en su despacho y tomé asiento, sentí todo el ambiente muy raro. No ayudaba que por la ventana se vislumbrara una tormenta azotando la capital.
—Señor licenciado, ¿se encuentra bien? Lo veo algo pálido…
—Rocío… Somos una empresa que compite contra la Petrobras, que recibe constantemente inyección económica extranjera. Hasta hoy día lo hemos hecho bien, pero no podemos seguir el ritmo en esta competencia. Necesitamos crear alianzas, ¿me entiendes?
—Claro, por eso le preocupa la reunión con el inversor, ¿no?
—Eres lista. Sin alianzas, los números no tardarán en ponerse rojos. Hay muchos puestos de trabajo en juego, ¿sabes la cantidad de gente que depende de nosotros?, ¡claro que lo sabes, trabajas aquí! Es algo que lamentablemente mi ex secretaria no puede entender. Pero veo que tú sí, ¿escucharás mi propuesta? 
—Desde luego, licenciado, soy toda oídos.
Pensaba que el cargo de secretaria estaba al caer. El hombre se destensó la corbata y carraspeó un par de veces. Tras tomar un vaso de agua, continuó:
—Va a venir un inversor alemán que representa una firma muy importante con la que estamos tratando de crear una sociedad. Mi secretaria se encargaba de atenderle cada vez que venía; es decir, recibirlo en el aeropuerto, organizar su agenda, hospedaje, cena… y mantenerlo… contento. 
—¿Contento?
Se levantó de su silla y se sentó sobre su escritorio, frente a mí, aclarándose la garganta. En el momento que las palabras empezaron a salir de su boca, acompañadas por algunos truenos de afuera, toda mi cabeza se abombó. Básicamente, la ex secretaria era una especie de puta de lujo que se encargaba de cumplir las depravaciones del inversor. Todo comenzó cuando la vio durante una reunión y, medio en broma, medio en serio, “la solicitó”. Tanto el licenciado Rodríguez así como su patrón vieron en la secretaria una oportunidad para ganarse al alemán, aunque ahora la habían perdido. Eso sí, el licenciado creía haber encontrado una reemplazante perfecta.
—Me está jodiendo…
—No, Rocío, el que te va a joder y bien es ese alemán, ¡ja! … Lo siento, soy pésimo con las bromas… Mira, tienes más tetas que mi ex secretaria y eres mucho más pequeña. Tu carita de ángel también le puede tirar para atrás, pero tu cuerpo en forma de guitarra es la clave…
—¿Qué? ¡Está loco! ¡Contrate a unas putas si eso lo que quiere!
—¿Unas putas? Te he dicho que necesito a alguien que entienda lo delicado de esta situación, alguien que conozca la empresa, una puta de la calle no tendría idea de los puestos de trabajo que apeligran si hace mal las cosas. ¿Es que no quieres hacerlo?
—¡Obvio que no! He venido a trabajar… ¡no a ser la puta de un alemán depravado!
—¡Son sus costumbres, tienes que respetar las costumbres de los alemanes!
—¿Los alemanes acostumbran a hacer guarrerías para cerrar tratos? ¡Eso no es verdad!
—¡Lo es en el pueblo de donde viene! O eso creo… 
—¡Basta! ¡No pienso acceder, pervertido!
—¿En serio? Entonces hablemos de tu piercing. Ese que tienes en la lengua.
—¿Eh? ¿Qué pasa con mi piercing?
—Aquí debemos proyectar una imagen profesional, ¿me entiendes? Soy amigo cercano del rector de tu facultad. Le puedo reportar que su recomendada ha sido expulsada de la empresa por falta de moral, principios éticos y dignidad. Adiós pasantía. Adiós año lectivo. Hasta te convendría buscar facultad nueva, etcétera, etcétera… ¿Ves a dónde voy, nena? Tienes que medir bien tus pasos aquí o te van a joder la vida…
—¿Por un piercing? Dios, perdón, ¡no se lo diga al rector!
—¡Ja! Entonces… ¿aceptas el trato que te propuse?
—¡Cabronazo!
—Sí, lo soy, ¿pero aceptas?
¿Acaso tenía otra opción? Me vio la cara desencajada y supo que ganó la partida; se inclinó ligeramente hacia mí; su mano se posó en mi rodilla izquierda, medio oculta por la falda, y me clavó su mirada acompañada de una sonrisa de quien sabe que tiene el poder. Yo solo sentía muchísimo vértigo; su otra mano se posó en mi otra rodilla, y haciendo un leve esfuerzo, abrió mis piernas para que la falda se plegara hasta que se revelaran mis muslos; bastaba una mirada para que me viera mis braguitas, pero él no lo hacía, solo observaba mis ojos e interpretaba cada gesto mío.
—¿Do-dónde cree que está tocando, pervertido?
—Tienes unas piernas preciosísimas, Rocío.
—N-no es verdad, deje de hablarme como un degenerado…
—Será mejor que mañana vengas con otra actitud porque empezarás tu curso de capacitación.
—¿Curso de capacitación para qué?
—Pues un entrenamiento intensivo para aprovechar las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas que surjan en torno al inversor —se acicaló la barba maquiavélicamente—. Tenemos que contentarlo, ¿sabes? Lo tengo todo analizado, no puedo hacer nada a la bartola pues es nuestra empresa la que está en juego, nena.
La tormenta había aumentado afuera y adentro también, y yo, con la cara pálida, solo podía escuchar a la niña dentro de mí, preguntándome: “¿Esto es lo que hay adentro de este edificio?”. En solo minutos, me había convertido de pasante a una especie de putita empresarial con el fin de no joder mis estudios universitarios.
—Será un camino largo, Rocío —me cerró las piernas—, hagamos que valga la pena recorrerlo. 
Al siguiente las cosas irían de mal en peor. Por primera vez desde que inicié la pasantía, me invitaron a la sala de reuniones en donde encontré, sentado en el extremo opuesto de una gigantesca mesa, al mismísimo Gerente General de la empresa, el señor Ortiz, un viejo calvo y regordete con cara de poco amigos. Le acompañaba un sonriente licenciado Rodríguez.
—Bu-buenos días… Soy Rocío Mendoza, la pasante…
—¿Qué te dije, patrón? —el licenciado Rodríguez codeó a su jefe—. Está para mojar pan.
—¿Es tartamuda la nena?
—No, patrón, solo está nerviosa. ¿Y bien, qué me dices?
—No sé, Rodríguez —se frotó la frente—. ¿Seguro que le gustará al alemán?
—La otra secretaria era rubia, patrón, ¡los alemanes se cansan de ver rubias allá!
—Pues me parece muy tímida, no es capaz de sostener mi mirada sin ponerse roja, seguro que las prefiere más confianzudas, no sé.
El licenciado Rodríguez me invitó a sentarme en un mullido sofá dispuesto en un costado de la sala. A pasos lentos y con un mareo terrible, avancé conforme ellos se levantaban de sus asientos para acercarse.  Sé cómo son los hombres y reconocía sus miradas de lobos hambrientos; por un lado siempre me ha halagado ser vista así por gente mayor, pero no soy una chica que se encuentra cómoda en esas situaciones.
—¿Es verdad que tienes un piercing en tu lengua? —preguntó el viejo—. Déjame verlo mejor.
Si antes mis piernas flaqueaban, ahora cada articulación mía era un tembleque constante. Y mis ojos, por el amor de todos los santos, no sabían dónde posarse. Como vio que me apretujé los labios, él carraspeó, me tomó del mentón y me habló con tono serio:
—No lo hagamos más difícil de lo que es, sabes que podemos sacarte de tu facultad en un chasquido de dedos. Saca la lengua.
—S-sí, señor —Sus palabras me dieron pavor, mis manos agarradas fuertemente al asiento estaban temblando de miedo. Saqué la puntita y volví a apretujar mis labios, como no queriendo que saliera más lengua.
Me levantó la cara:
—Es precioso el piercing… Podemos aprovecharlo. Dime, Rocío,  ¿tienes otro?
—No, señor, solo en mi lengua… —mentí.
—Está bien. Ahora abre las piernas para que podamos ver.
—¿Que haga qué? ¿¡P-por qué habría de hacerlo!?
Me soltó el mentón; encendió un cigarrillo mientras yo miraba con cara de cordero degollado al licenciado, intentando obtener piedad. Pero él acariciaba su barba, regalándome esa sonrisa de vencedor. Mordí mis labios y tomé el pliegue de mi falda; debería remangarla para cumplir la orden pero me veía imposibilitada de hacerlo. Cuando levanté la mirada para decirles que no quería, noté que don Ortiz hacía una llamada telefónica desde su móvil.
—Hola, ¿cómo estás, Antonio? Un día de estos pasaré a visitarte en la facultad…
Mi alma cayó al suelo. ¡Estaba llamando a mi rector! Me fijé en el licenciado y me susurró un matador: “Será mejor que te apures y abras las piernas”.
—Pues te llamo porque te quiero comentar sobre la chica que has recomendado —expelió el humo hacia mí—. La de nombre Rocío… sí, sí, ella. Verás…
Aterrorizada, sintiendo cómo se iba mi año lectivo y hasta probablemente todos mis estudios, remangué la falda y abrí mis piernas instintivamente, regalando la vista de mis blancas braguitas a esos dos degenerados. Mis ojos adquirieron tinte asesino y me mordí los dientes. Creo que ambos se asustaron al ver mi poco amistoso rostro, tanto que retrocedieron un par de pasos.
—Es una niña muy dedicada, me alegra que la hayas recomendado, amigo.
“Esa linda braguita”, susurró el licenciado, señalándomelo maleducadamente con un dedo. “Sácatela, dale”. Fue decirlo para que toda mi vista se nublara. Vaya manera más descarada de pedir las cosas, seguro que a su señora no la trataba así; aunque mi atención estaba puesta en la conversación de fondo entre don Ortiz y el rector de mi facultad: una simple palabra bastaba para joder mi carrera estudiantil, y eso era más que suficiente para que accediera a sus peticiones; remangué la falda hasta mi cintura y, tomando mi blanca braguita, la llevé hasta la mitad de mis muslos.
—Es simplemente la alegría del jardín, amigo —don Ortiz continuaba charlando con el rector—, la verdad es que Rocío… ¿¡está depilada!? Quiero decir, ejem… Que si ella es así de energética en una pasantía ad honórem, no quiero ni pensar en cómo será con un sueldo fijo.
—Rocío —susurró un sorprendido licenciado Rodríguez, acercándose lentamente a mí, siempre cauteloso en caso de que yo quisiera darle un puñetazo—, no sabía que la tenías depilada, el alemán estará encantado.
—Asqueroso, ¿puedo volver a vestirme?
—No. Ahora las tetas —susurró de nuevo—. Muéstranos tus tetas, Rocío.
—Le juro que cuando menos se lo espere le voy a cortar sus pelotas, desubicado…
Me reacomodé en el sofá y accedí a quitarme los primeros botones de mi blusa. Al revelarse el canalillo, ladeé la cabeza y, aprovechando un mechón de cabello cayéndoseme, ojeé fugazmente a los dos hombres; jamás pensé que podría tener así de excitados a dos personas tan mayores, esos bultos en sus pantalones iban a reventar en cualquier momento y la causante era ¡yo!
Al notar que estaba haciéndolo lentamente, el licenciado metió mano y arrancó violentamente los restantes botones de mi camisa así como mi sostén para que mis tetas cayeran con todo su peso.
—Menudas ubres, pequeña mentirosa —susurró un sorprendido licenciado—, parece que sí tienes más piercings, ¡y en los pezones!
—Tu recomendada tiene un par de cualidades que la destacan por sobre el resto de pasantes, Antonio, ¡ya te digo!
El viejo de don Ortiz lanzó su cigarrillo al suelo y lo pisó sin dejar de mirar mis senos. Se sentó a mi lado, siempre serio y amenazador, y me agarró una teta con poca educación. Gemí por la molestia pero no pareció importarle; me alarmé cuando noté que se estaba inclinando para para besármela o chupármela:
—¿Y cómo está tu señora, Antonio?
Mientras el rector le respondía, aprovechó y besó mi pezón anillado, lo chupó luego; sentí su húmeda lengua haciendo círculos por mi areola, jugando también con el piercing que tengo allí. Pronto fueron los dientes quienes participaron de aquello. Sin darme cuenta ya estaba babeando de placer, cerré mis ojos con fuerza y arañé el sofá. No podía ser que mi cuerpo se excitara con algo tan denigrante, era imposible que la temperatura aumentara y que, para colmo, me empezara a hacer agua.
—Oh —puso su mano en el móvil y susurró—: el pezón de la cerdita se ha vuelto durito luego de morderlo. Míralo, Rodríguez.
—Déjame intentarlo con el otro, patrón.
Allí estaba yo, prácticamente amamantando a dos hombres mayores sentados junto a mí, apretujándome los labios hasta emblanquecerlos, retorciéndome las piernas para que esas manos que me acariciaban los muslos no pudieran comprobar que mi rajita estaba húmeda. Ya no había vértigo, no, solo un riquísimo hormigueo en mi vientre así como en mis pobres pezones que, sí, estaban durísimos ante los mordiscones de uno y las chupadas del otro.
—Me alegro que todo esté marchando bien en tu familia, Antonio —continuaba charlando. El problema era que su otra mano estaba decidida a tocarme la concha pese a que mis muslos ponían muchísimo empeño en cerrarle el camino—, la clave es sincerarse, abrirse, porque de lo contrario siempre hay problemas.
Me ganó. Metió su áspero dedo corazón dentro de mí mientras el índice y anular me separaban los labios. El cabrón era buenísimo estimulándome, y no me quedó otra que agarrar por la muñeca aquella experta mano para susurrarle que se detuviera, pero juraría que ambos hombres se deleitaban viendo mi carita arrugada de placer. Su dedito entraba y salía solo un poquito pero lo suficiente para volverme loca. Cuando pensé que pronto me vendría un orgasmo, sacó su mano y la llevó hasta mis narices. Olía fuerte.
—Definitivamente a Rocío le encanta, y ella no lo puede negar, Antonio.
Estaba roja y calentísima, para qué mentir, poco me importaba las cosas que discutían o lo denigrante de la situación, solo podía pensar que la señora del Gerente General era una mujer demasiado afortunada por disfrutar de ese experto maduro. Excitada, tomé su gruesa mano con las mías y la atraje para besarla, para pasarle lengua por y entre los dedos. Pero además estaba asustada, no de ellos, sino de mí y de mi cuerpo que le agradaba ser sometido. “¿Esto es todo lo que hay?”, me pregunté una y otra vez, lamiendo mis jugos en sus dedos, apretujando mis muslos para calmar mi hinchada vulva. “¿Esto es lo que me toca hacer?”.
—Hablaremos en otra ocasión, Antonio. De nuevo, no tienes idea del favor que me has hecho al enviarme a Rocío.
—¡Lo sabía, patrón! —exclamó el licenciado al acabarse la llamada—. Es calentarla un poquito y convertirla en putita hambrienta.
—Uf, no me diga putita, desgraciado… 
—Rodríguez, mira cómo chupa mi dedo… Me convenciste, creo que aquí tienes un diamante en bruto. Tienes dos meses para pulirla, ¿de acuerdo? Y cuando finalice su entrenamiento completo, quiero que la traigas de nuevo aquí para comprobar resultados.
—Déjalo en mis manos, patrón. Rocío, preséntate en mi oficina cuando termine el horario laboral, ¡esto será un camino que valdrá la pena recorrer!
Y así comenzó mi curso de capacitación sexual con el licenciado Rodríguez. Los entrenamientos eran rotativos; los lunes y martes practicaría el arte de la felación, estimulación escrotal y alguna que otra frase en alemán, siempre prestando atención a las debilidades o fortalezas del inversor.
La primera vez fue bastante tortuosa pues nunca había visto la verga de mi jefe; y creo que para él tampoco fue algo sencillo. Solía, antes de iniciar la capacitación, quitarse su anillo matrimonial del dedo, así como retirar el par de fotos de su esposa e hija que adornaban su escritorio. Eso sí, tras ese breve ritual, se sentaba cómodo y me invitaba a acomodarme, de rodillas, entre sus piernas.
Aquella vez, tras abrir su bragueta y meter su mano en esa jungla de vellos, sacó su verga y sentí lo mismo que cuando observaba los imponentes rascacielos: vértigo, miedo; la cantidad de venas que iban y venían por esa gorda y oscura carne me asombró.
—¿Se puede saber en qué estás pensando, Rocío? —me cruzó la cara con su mano abierta—. Despierta.
—Estúpido, ¿¡quién se cree que es para golpearme!?
—No tenemos todo el tiempo del mundo. Venga, agárrala delicadamente.
Las cosas más básicas las sabía casi de memoria. Pasar la lengua por el tronco, haciendo uso intensivo del piercing, así como cobijar el glande con mi lengua conforme mis dedos estimulaban sus huevos. Pero él me enseño cosas que, según sus informes e investigaciones, enloquecerían al alemán. Una de ellas era escupir grandes cuajos a la polla, cosa que nunca me salía bien; luego debía humedecer mis labios con el líquido preseminal, así como meter la punta de mi lengua en su uretra, lo suficiente como para no incomodarlo. Pasaba largas horas así, entre sus piernas, practicando y practicando hasta que él no diera más. Y ese era otro problema: cuando escupía toda la leche contenida.
—Tienes que tragar todo, Rocío, ¡a la mierda!, mira nada más la que dejaste escapar, la señora de la limpieza le va a tocar mucho trabajo hoy…
—Licenciado, déjeme ir al baño que se me fue una gotita al ojoooo…
—Nada de eso. Ahora tienes que decir la frase mientras me miras. Dame un beso fuerte a la polla y dímelo con esos labios humedecidos, anda…
—Ufff… Ich… ¿liebre dis shasi?
—En serio tu alemán es de puta pena. Menos mal que chupar se te da de lujos. Venga, succiona fuerte que siento que tengo un poco más dentro de la punta.
Los miércoles eran mis días “preferidos” por decirlo de alguna manera, aunque obviamente el licenciado no tenía por qué saberlo. Tuve que practicar distintas formas de besar y de paso aprovechar el piercing en mi lengua. Al menos no debía estar todo el rato de rodillas, al contrario, debía estar siempre sentada sobre su regazo durante los entrenamientos, abrazada a él. Como el inversor era un fumador empedernido, el licenciado tenía que fumarse habanos para que yo pudiera acostumbrarme al olor.
—Me gusta que chupes mi lengua, pero recuerda que tienes que usar el piercing, es la clave, juega con la punta de mi lengua, hazme sentir ese pedacito de titanio, ¿sí?
—E-está bien, prometo que lo haré mejor… —tosí—, por cierto, usted besa muy bien.
—Gracias nena —me dio un ligero bofetón. Siempre me los daba a modo de castigo cada vez que tosía—. Ahora fúmate un poco de mi habano, ¿entendido?
El jueves era el día que más odiaba pues se trataba del entrenamiento anal. Aquella primera vez me hizo acostar boca abajo sobre su escritorio conforme se ponía unos guantes de látex. Mareada de vértigo, enrollé la falda por mi cintura y le regalé una vergonzosa vista de mi cola.  Con ambas manos me bajó mis braguitas hasta los tobillos, tomó de mis nalgas y las separó para ver mis vergüenzas mientras yo me mordía los dientes y me preguntaba cuánto dinero me costaría un revólver.  
—Impresionante. En serio creo que tu culo me está pidiendo a gritos que lo reviente a pollazos.
—¡No! ¡No me hable, cabrón, y termine con lo que quiere hacer en completo silencio!
—Pues bueno, qué terca la nena…
—Diosss, ¿en serio tenemos que practicar esto? Auch, ¡t-tenga más cuidado, maleducado! —me quejé conforme arañaba su mesa y tiraba al suelo algunas carpetas.
—Ya está, he metido el dedo corazón hasta el nudillo.—Y empezaba a follarme con dicho dedo—. Apuesto a que te estás excitando, niña.   
—¡N-no es verdad! ¡Deje… deje de agitar su dedo… uffgghmm!
Los viernes debía usar una minifalda para que me cosieran a piropos; para que me acostumbrara a ello y dejara de ponerme roja. Solía enviarme a las calles para entregar documentos y recoger encomiendas, pasando siempre frente a las construcciones; su objetivo era exponerme a un sinfín de obreros maleducados que me sacaban los colores con inusitada facilidad.
También me daba algunas películas pornográficas para que las viese en mi casa. No eran las típicas de sexo duro, al contrario, tenían mucha historia y personajes bastante interesantes. Desde “El portero nocturno”, pasando por “Burdeles de Paprika” y “El amante”, conocí todo un mundo erótico que no sabía que existía. Luego de verlas tenía que escribir un resumen y leérselos en voz alta en su despacho mientras lo masturbaba.
Creo que, por lejos, el que más habrá agradecido todo el entrenamiento que atravesé fue mi novio. Con el correr de los días me había expuesto a tantos piropos y miradas indiscretas en las calles, y a tantas vejaciones en la oficina, que yo estaba prácticamente hecha un hervidero. No fueron pocas las veces que me descargué en su coche durante las noches que nos encontrábamos.
 —Rocío, desde que estás de pasantía estás como… cambiada, ¿no? —preguntó mi chico conforme le llenaba de besos su cuello. Estaba sentada a horcajadas sobre él.
—¿A qué te refieres, Christian?
—Es que… Apenas te abrí la puerta y ya estás sobre mí… No sé, ¿un saludo tal vez?
—¡Perdón!… y hola…
Desde luego él no tenía ni idea. Pero estaba mejor así; el licenciado en la oficina me hacía de todo pero jamás me follaba. Todo aquello era tan aséptico, tan maquinal, estaba tan concentrado en acuerdos, números y en la salvación de la empresa, que nunca pasó por su cabeza darme placer. Mi chico me servía como la canalización perfecta para desfogarme; eso sí, más de una vez dije algo que no debía en medio de un orgasmo violento.
—¡Me corro, nena, me corro!
—!Ich liebe… dich shatzi!
—¿¡Mande!?
Cuando el segundo mes de mi pasantía estaba terminando y la reunión con el inversor estaba al caer, atravesé las pruebas finales con el Gerente General, el señor Ortiz, en la sala de reuniones, a la vista de un orgulloso licenciado Rodríguez. El lugar tenía un terrible tufo a semen y sudor tras todas las prácticas a la que fui sometida durante horas. Prácticas que, secretamente, aprendí a disfrutar como una cerdita.
Arrodillada, haciéndole una cubana a aquel viejo depravado, tomé como mejor pude sus cumplidos.
—Es increíble cuánto has cambiado desde la primera vez que te vi, Rocío. Ya no eres la chica tímida que entró hace casi dos meses. He comprobado que no toses al oler el habano, que besas increíble, que la cola la tienes limpia y sabes usarla, incluso que sabes fingir orgasmos como nuestras señoras. ¡Sinceramente, creo que has superado a la antigua secretaria! Y encima has aprendido a hacer una lenta y rica paja con las tetas, uff…
—Ich liebe dich shatzi…
—¡Anda, si es que ya has aprendido a decir con naturalidad la frase en alemán! Venga, te voy a dar tu leche… —me agarró fuerte del cabello, y enchufándome su polla hasta la campanilla, escupió tanta leche que me asfixió varios segundos. Lagrimeé, terminé babeando semen y tuve que recogérmela rápidamente para tragarla toda. Lo miré a los ojos y le mostré mi boca para que comprobara que no había quedado rastro.
—Patrón —interrumpió el licenciado—, esta noche llega el inversor desde Múnich, cenaré con él en el restaurante de siempre.  
—Lo sé. Tengo plena confianza en Rocío, y claro, también en tu estupenda labor, Rodríguez. Dale, niña, límpiame la leche que resbaló hacia mis huevos.
—Patrón, confieso que estoy preocupado. Siento que estoy enviando a mi alumna aventajada a un examen demasiado difícil. Putita —continuó con la voz casi quebrada—, te veo chupando los huevos de mi patrón con tanto empeño y sencillamente me siento tan orgulloso de ti… maldita sea, creo que voy a llorar.
—Imbécil, deje de decirme putita —me aparté del viejo—, ¿se cree que yo me he encariñado con usted o algo así? ¡No hay día en que no le desee la muerte! ¡A ustedes dos!
—Ya… Ese es el principal problema, patrón, se pone refunfuñona fácilmente. Según mis estudios, al alemán no le gustará alguien tan conflictiva.
—Si me trata como a una mujer y no como a un zorra barata tal vez no le suelte las mil verdades, ¡cabrón!
Pues parece que se lo tomó muy a pecho porque esa noche, cuando volví a casa, me encontré con un paquete de no muy gran tamaño, envuelto en un lazo rojo, que había sido recibido por mi curioso hermano. En mi habitación comprobé que se trataba de un precioso vestido negro, largo, sin mangas, con escote y que regalaba la vista desnuda de mi espalda. No soy de usar ese tipo de vestidos pero lo cierto es que quedé sorprendida de mí misma con mi nuevo look, y los zapatos de tacón, con lazos de cuero que se ceñían hasta mis tobillos, eran una auténtica preciosidad que valía todo el dolor que me causaban a los pobres pies.
Mi papá y mi hermano simplemente no lo podían creer cuando bajé por las escaleras, presta a esperar al licenciado, aunque era un momento que no podía disfrutar puesto que mis senos se querían escapar constantemente del vestido y debía estar corrigiéndolas disimuladamente. Ellos creían que iba a una cena de la empresa para festejar el cumpleaños del patrón en la que todos los personales estábamos invitados, al menos eso fue lo que les dijo el licenciado cuando bajó de la coqueta limusina en la que vino a buscarme.
Ya dentro del coche, el licenciado me miraba con más orgullo que con morbo, casi como si yo fuera su hija o algo similar. Estaba rarísimo durante todo el camino.
—Estás preciosa, Rocío –dijo dándome un apretoncito de ánimo en la rodilla con una mano cálida.
—Licenciado, el vestido es fantástico, no sabe cuánto me encanta. Y los zapatos de tacón, y los zarcillos… ¿Pero cuánto se ha gastado?
—La empresa paga para que estés contenta. Verás, no queremos que te vuelvas protestona e insumisa… sabes perfectamente que con un paso en falso vamos a perder al inversor.
—Ya, muchas gracias. Prometo portarme bien.
Conocimos al inversor alemán, Eric Müller, en un restaurante lujoso que jamás pensé que pisaría, con vista a Mar del Plata. Se trataba de un rubio de cuarenta y nueve años con aspecto regordete, pero no me importaba realmente su físico. Me sabía tantas cosas de él que me pareció rarísimo tenerlo frente a mí; era casi como una estrella de cine a mis ojos debido a todo lo que aprendí y conocí de él.
Su acento, algo que no había oído hasta esa noche, me tenía enamorada porque pronunciaba cada palabra en español con cierto encanto.
—¿Y qué ha pasado con la rrrrubia, Rodrrríguez? —preguntó el hombre, bebiendo de la copa de vino.
—Oh, ella renunció, Eric. Ahora tenemos a Rocío.
—Es prrreciosa esta Rrrocío, sincerrramente, me canso de ver rrrrubias en Múnich.
—Eric, sigamos hablando sobre las ventajas de nuestra fusión empresarial, ¿sí?
Pasaron los minutos y también las conversaciones aburridas que sinceramente no entendía del todo bien. Mi misión en esos momentos era simplemente asentir y sonreír, además de cuidar que las tetas no se me salieran del vestido, como había comentado. Cuando el licenciado se levantó de su asiento y me tomó de la mano, supe que él ya lo había hecho todo y era mi turno de actuar.
De vuelta en la limusina, el inversor no paraba de admirar el paisaje del mar que se veía a lo lejos conforme se fumaba su habano. Estaba sentado solo, mientras que yo y el licenciado estábamos frente a él.
—Me gusta su país, Rodrrríguez, pero siemprrre me prrregunto, “¿Esto es todo lo que hay?”, simplemente es difícil la decisión, no es lo mismo inverrrtir en un país pequeño como Urrruguay, que por ejemplo, Arrrgentina, que tiene más merrrcado… No sé, crrreo que me falta un último empujoncito para cerrar el trrrato….  
El licenciado me codeó. Casi como un amo ordenándole a un perro de caza que fuera a por su presa. Aunque en mi caso la descripción perfecta sería una loba. Así que, sentándome a su lado, posé mi mano en su rodilla y le sonreí.
No soy una chica que sabe dar el primer paso. Eso siempre se lo he dejado a los chicos, eso de “tantear” el terreno. Pero para eso me habían ordenado ver tantas películas eróticas, para poder emular a aquellas lobas lanzadas que, sin ser soeces, arrebataban la atención de los hombres. Teniendo siempre en mente mi película favorita, “El amante”, me remojé los labios, aparté un mechón de pelo y le hablé en un fluido alemán aderezado con mi acento.
—Liegt mir am Herzen. Ich liebe dich shatzi.
—¡Oh! ¿Dices que te interrreso? ¡Me prrreguntaba cuándo moverías ficha, ángel!
—Disculpa, Eric, ¡qué vergüenza!, parece que mi secretaria bebió mucho vino, ¡no me esperaba esto!
—Nada de eso, Rodrrríguez. No soy nadie para ignorrrar los deseos de esta pequeña hembrrra.
—Pues en ese caso —el licenciado se acicaló la barba—, supongo que puedo llevarlos a los dos a mi casa de playa… no está muy lejos de aquí. Es toda para ustedes por esta noche, un regalo de mi parte.
—¡Ah, Rodrrríguez! ¡La vamos a pasarrr muy bien los trrres!
—¿Los tres? —preguntó sorprendido.
—Clarrro, si vamos a cerrar un buen trato, me gustarría cerrarlo con usted, Rodrrríguez. Esta hembrrra pide varrrios machos, mirrre su carrrita, yo solo no podrrré.
—¿Lo dice en serio, Eric? Supongo… supongo que no tengo otra—de reojo vi cómo se retiró su anillo matrimonial y lo guardó en su bolsillo.   
Mientras el licenciado se sentaba a mi otro lado, el alemán me metió mano en una teta y, acariciándome un pezón, se topó con mi piercing. El muy cabronazo no dudó en retorcerlo y estirarlo levemente para decirme “¡Qué puta!”. Instintivamente clavé mis uñas en su rodilla y el pobre hombre dio un respingo cuando le grité:
—¡Auch! ¡No me diga puta, maleducado de mierda!
Todo adentro de la limusina se congeló. Miré al licenciado y parecía que se quería morir, estaba blanco, como sintiendo que su noche de negocios se iba al garete pues me pasé de roscas. Aunque para nuestra sorpresa, el alemán me atrajo para besarme violentamente; gracias a los entrenamientos pude reaccionar a tiempo y hacerle sentir mi piercing restregándose por su húmeda y cálida lengua. Al separarse de mí, escuchamos estupefactos:
—¡Una guerrrera! ¡Definitivamente esta niña es mejorrr que la otra secrrretaria! ¡Prrrúebela, Rodrrríguez, es toda nuestrrra!
No lo podía creer. ¡Tenía vía libre para insultarlo!
Eso sí, desde que los besos empezaron a caer tanto en mis labios como en mi cuello por parte de aquellos hombres, la sensación de gusto empezó a hacer cosquillas en mi vientre. Dichosa, ya calmada, permití al alemán introducir de nuevo su mano por el escote y al licenciado remangar mi vestido para que pudiese frotar mi vulva por encima del tanga.
—Mirrra qué calentita se puso, su carrrita de guarrra. Las tetas están riquísimas y los pezones durrros y anillados.
Con los ojos cerrados y disfrutando de las caricias de Eric, ya apoderándose a manos llenas de mis senos, noté el traqueteo del vehículo cuando se salió del asfaltado para entrar en un breve camino de tierra que, imaginé, guiaba a la casa de playa. Cuando por fin paró el coche y abrí los ojos, escuché el abrir de las puertas de ambos lados; fue el licenciado quien, desde afuera, me extendió la mano mientras yo me acomodaba de nuevo el escote.
—Rocío, no esperaba que Eric me invitara también a mí…
—Ya sabe, licenciado, si el alemán le quiere dar duro a usted, no me interpondré.
—No bromees con eso. Vamos, hemos recorrido un largo camino, hagamos que valga la pena.
La casa era una verdadera joya de dos pisos. Me hubiera gustado quedarme más tiempo en la sala para admirar cada recoveco de aquel lujoso lugar, cada cuadro o figura, pero solo podía limitarme a echar un rápido vistazo llevada de brazos, por un lado, de un amoroso alemán que de vez en cuando besaba mi cuello, y por el otro, llevada por un nerviosísimo licenciado.
Me asusté al entrar en la habitación principal; cuando llegamos yo estaba prácticamente desnuda salvo las medias de red y los tacos altos pues mi vestido se había quedado varado hacia las escaleras. El respingo que di fue notorio; aquel lugar estaba repleto de espejos; estaban por el techo, paredes, y para rematar la escena, pronto el licenciado apretó un botón hacia la puerta para que unas pantallas de televisor dispuestas en varias partes de la habitación se encendieran, filmándonos desde distintos ángulos.
Iba a protestar, desde luego que sí, aquello de grabar no estaba en los planes, pero cuando quise abofetear al licenciado, el alemán rápidamente me apresó las manos a mi espalda con unas esposas.
—¡He estado tanto aquí que ya sé dónde están tus arrrtilugios, Rodrrríguez!
—¿Qué hace, viejo degenerado? ¡Quíteme las esposas!
—Lo siento niña, me gustan las chicas guerrreras, pero no puedo perrrmitirrr que me arrrañes todo el cuerrrpo, mi esposa me puede pillar.
Tragué saliva. Me giré hacia el licenciado y volví a mostrarle mis ojos asesinos, esos que tanto le asustaban. Retrocedió un par de pasos y rápidamente le habló al inversor:
—Esto… ¿Me pasas el paño de cuero, Eric?
El cabronazo me cegó con dicho paño. En esas condiciones ya no podría describirles mucho; eso sí, mi cuerpo pareció ponerse en alerta y todos mis otros sentidos aumentaron exponencialmente. Cuando una mano cálida me tomó de la cintura para llevarme a lo que supongo era la cama, la piel se me erizó y de hecho juraría que casi tuve un pequeño orgasmo solo con el tacto del macho que me quería hacer suya.
—Amigo Rodrrríguez, hoy le mostrarrré algo asombroso que he descubierto cuando estuve de reuniones en Turrrquía. El sexo que tuve allí fue el más durrro de mi vida.
—Estoy ansioso, Eric… siempre y cuando se lo hagas a Rocío y no a mí.
—¿¡Sexo duro!? —pregunté aterrorizada.
—Se te notaba la carita de zorrrón desde la cena, puta, así que nada que aparrrentar aquí
—¡Le he dicho que no me llame put… AUCH!
Me dio una fuerte nalgada que me hizo caer boca abajo en la cama. Aún con el eco rebotando en la habitación y el cachete ardiéndome, se trepó encima de mí y me tomó de la cintura. Pronto sentí que ponía unas almohadas bajo mi vientre.
Supongo que fue el licenciado quien se subió luego a la cama, porque conocía ese perfume suyo, y agarrándome del mentón me ensartó su verga en mi boca de manera poco caballerosa. Desde luego solo quería callarme y evitar que yo lanzara algún insulto más al inversor.
—Lo siento Rocío —dijo empuñando mi cabello con fuerza, aumentando los enviones—. Esto es por el susto que me hiciste pasar al insultar a Eric…
Atrás, el alemán me arrancó violentamente el tanga. Sentí cómo sus manos se posaron en mis nalgas; con firmeza separó los cachetes, manteniéndolos abiertos unos segundos mientras él me examinaba y murmuraba frases en su idioma, soplando allí para mi delirio.
El violento vaivén en mi boca me imposibilitaba usar mi lengua; aquello no era una felación; el muy cabrón estaba prácticamente follándose mi boca con violencia inaudita y propia de un animal más que de un hombre de negocios. Cualquier queja mía solo salía convertida en gárgaras y saliva desbordándose de la comisura de mis labios, y si, pobre de mí, intentaba zafarme de aquello para respirar, me agarraba del cabello con más fuerza y me la metía hasta la campanilla.
Todo mi cuerpo se estremeció cuando sentí algo pequeño, húmedo y caliente en mi cola; el alemán me dio un beso negro guarrísimo que me erizó toda la piel; el sonido de saliva y polla en mi boca se mezclaba con la succión fuerte que me aplicaba el alemán con generosidad. El licenciado, imagino que al ver cómo meneaba mi colita de placer, sacó su tranca de mi vejada boca:
—Vaya marrana, Rocío, estás sudando y gozando, jamás te vi así durante las clases de capacitación.
—Licenciado… ese pervertido m-me estáaa… besando el culo…
Acto seguido me la volvió a meter hasta la campanilla, casi acompasando a esa experta lengua que también se enterraba más y más en mi cola; jamás pensé que algo tan obsceno como un beso negro podría encenderme pero es que él sabía cómo jugar, cómo hacer ganchitos, cómo salir para poder lamer el anillo del ano, cómo succionar con tanta fuerza que me moría de gusto.
—Me encanta cómo arrugas tu carita cuando te la meto toda, Rocío —dijo dejando su polla enterrada hasta el fondo de mi boca—, puedo quedarme aquí toda la noche solo para ver tus gestos.
La lengua experta abandonó mi cola solo para que un grueso dedo empezara a hurgar dentro, pero de una manera hábil que apenas sentía dolor. Así que, imagino que al notar que yo no protestaba, Eric prosiguió a meter un segundo dedo, y luego otro. Pronto la tensión en el esfínter se hizo presente dolorosamente; según el licenciado, que miró el reflejo por uno de los espejos, ya estaban entrando tres dedos hasta los nudillos en mi cola.
—Rrrelájate, niña. Disfrrruta.
Retorcía los dedos dentro, los separaba, hacía ganchitos y me abría los intestinos. Noté que el licenciado me quitó las almohadas de debajo del vientre, y luego de escuchar cómo se deshacía de sus ropas, se acomodó debajo de mí.
El estar en contacto contra su cuerpo velludo me puso loquísima. Quería tocarlo o verlo, pero era imposible. Se trataba de la primera vez que lo tenía así, tan cerca, a punto de follarme; en la oficina nunca intimamos; todo era tan aséptico, maquinal y frío, todo era un entrenamiento para ambos, pero ahora, contra todo pronóstico, nos estábamos dejando llevar por la calentura; y yo, con el resto de mis sentidos elevados al cubo, me corrí sin necesidad de que me penetrara. 
Restregándome su caliente polla por mi rajita húmeda, me habló con descaro:
—Se ve que te gusta, estás resoplando como una marrana y estás mojándome la polla, cerda.
—N-no es verdad, imbécil… mfff… —protesté antes de buscar su boca para besarlo con fuerza.
—Dale durrro, Rodrrrígez, necesito que se la metas bien hasta el fondo para el trrruco final. 
Dicho y hecho, el licenciado me sujetó fuerte y posó su glande entre mis hinchados labios vaginales; me tuvo así, en ascuas, conforme sacaba y metía solo la cabecita, abriéndome la concha. Me estaba volviendo loca aquello, el muy cabrón me susurraba “Ruégame, ruégame que te la meta, puta”, pero yo no me rebajaría a solicitar algo así a él por más caliente que estuviera.
—Dale, perrita, si me lo pides te daré verga—y metía la cabecita de su polla, sacándola luego.
—¡Ugh! Antes… muerta… ¡degenerado!
El alemán se lo pasaba en grande atrás; sus dedos me abandonaron y pronto sentí un líquido aceitoso y fresco caerse en mi cola. Con un masaje sensual, sentí lo que supuse era la punta de su caliente tranca dispuesta a darme fuerte.
—Estoy listo, licenciado. Se la meterrré hasta los intestinos —metía y sacaba el glande en mi cola.
—Yo también estoy listo para enchufársela, pero no seamos animales, Eric, que la niña nos lo pida. ¿Quieres verga, Rocío?
—¡N-no quiero!
—¿Serrrá posible? Bueno, si la nena no quierrre… pues qué pena… vayamos a ver la tele o qué…
Sabía que todo era demasiado duro y denigrante, que tenía todo en mí para que parasen, lo sabía, pero en ese instante no quería pensar mucho; no tenía sentido hacerlo cuando yo también empezaba a gozar como cerdita. Simplemente me pedí perdón a mí misma por ser tan puta, por tener hambre de machos.  
—Mff… por favor no —resoplé—, no se vayan…
—¿Quieres que te la metamos, Rocío?
—Crrreo que no te escuché bien, niña…
—S-sí, los quiero… Dios mío, ¡los quiero a los dos dentro de mí!
—Qué dices, Rocío, eso es cosa de putas.
—Exacto, niña, y tú no errres ninguna puta, o eso habías dicho…
—Uff, vaya par… ¡Son los peores amantes que se puede tener!
—¿Tienes TV porrr cable, Rrrodríguez? Vayamos a ver un parrrtido de fútbol.
—¡Noooo! ¡S-soy una putita, soy una putita! ¡Y los quiero adentro de míiii!
Me la clavaron hasta el fondo justo en el momento que mis músculos vaginales y el esfínter se contraían debido al pequeño orgasmo que tuve al sentirme tan putita. Fue como ser desvirgada de nuevo, sinceramente. Por unos segundos perdí la conciencia y la noción del tiempo; uno daba caderazos violentos, follándome a pelo, el otro me la metía más despacio al notar que mi culo ya no daba tanto abasto.  
Grité tan fuerte y me revolví tanto que parecía una poseída; mi pobre cola estaba siendo inhumanamente forzada por el inversor, todo dentro de mí se erizaba a la par que un dolor agudo empezaba a acuchillarme; si no estuviera esposada probablemente ya los habría arañado hasta hacerlos sangrar. Pero, ya sea por maestría o porque simplemente estaba demasiado caliente, el dolor de mi esfínter empezó a ceder para que una ola de placer me atontara. Mi rostro jadeante cayó contra el del licenciado, y él, en atención a mi estado, me susurró “Lo estás haciendo bien”, antes de tomarme del mentón y meterme su lengua hasta el fondo.
—¡Vaya culito, lo tiene estrrrechito!
Bañada en sudor y temblando de miedo, noté que la verga del alemán dejó de abrirse paso y que sus huevos tocaron mi cola; tenía toda su carne llenándome mis intestinos. O mejor dicho; tenía a dos vergas adentro, casi podía sentirlas tocándose, acariciándose ambas dentro de mí, solo separadas por mi matriz; una verga gruesa follándome con fuerza, la otra larga en un estado de reposo pues estaba en territorio delicado.
—Nena, sudas como una puta cerda, pero me gusta, es como una salsa que te hace más deliciosa.
—Es-están adentro, licenciado… Ustedes dos están adentro de mí, puedo sentirlos moviéndose… M-me encanta…  
—Es horrra de ver qué tan bien entrrrenada tienes a tu niña, Rodrrríguez.
El alemán sacó un poco su verga y trepó encima de mí para prácticamente aplastarme contra mi jefe; el cabrón era pesado y más velludo; susurró algo en su idioma y me la metió en la cola con fuerza demencial. Chillé a centímetros del rostro del licenciado, habrá visto mis lágrimas escurriéndose bajo el paño conforme le decía palabras sin sentido. Me dio tan duro una y otra vez, sin piedad de mis llantos, que pensé que podría morirme y aún así seguiría penetrándome como un toro.
Pese a todo eso, estaba tan enojada conmigo misma porque sí, lo confieso, me corrí varias veces con dos hombres dentro de mí que me trataban de manera denigrante.
No sabría decir cuánto tiempo estuve así con las dos pollas yendo y viniendo, ni cuántas lágrimas y sudor me saltaron, ni cómo era posible que pudiese chillar tanto sin que mi garganta se resintiera. Pero allí estaba yo, entre dos hombres que me cosían a vergazos, cegada, apresada, sin ninguna otra función más que la de darles placer.
Cuando ambas trancas se retiraron, caí rendida en esa cama sucia de semen y sudor, y probablemente algo de sangre. Pensé que todo había acabado por fin. Tonta de mí, aún faltaba el maldito truco que se había estado guardando.
—Rodrrríguez, ven aquí, detrás. Mirrra cómo le ha quedado el culo.
—A ver… ¡Me cago en todo, es enorme el agujero! ¡Puedo ver todo lo que hay adentro con claridad!  
—Ugh… ¿Van a seguir haciéndome guarrerías? Porque estoy muerta…  
—¡No se cierra! Parece que quiere más verga, Eric.
—Lo sé. Obserrrva.
Me sujetó de nuevo de la cintura para meterme su verga en mi húmeda concha, ya sin mucho preámbulo pero no sin cierto dolor. Luego arqueé la espalda y me mordí los dientes al sentir sus dedos entrando en mi culo hasta los nudillos con total libertad debido al agujero que me había dejado recientemente. 
—Así es como se doma a las guerrreras, licenciado, tiene que hacerlas ver quién domina. Obserrrve… Cerrrda, ¿quién te está follando tus agujerrros?
—U-ustedddd… señor Eric, usted lo está haciendo…
—¿Te gusta, cerrrda?
—¡Claro que no, degenerado!
—¿Errres mi putita?
—¡Su… su puta madre, bola de sebo!
No sé si existen suficientes letras u onomatopeyas para describir el dolor punzante que sentí en mi pobre cola cuando noté un violento envión de su mano. El desgraciado, miserable y pervertido, me había ensartado todos sus dedos, luego la mano hasta lo que creí era la muñeca, y sentí claramente cómo empuñó adentro de mí.
Creo que perdí el sentido del oído así como del tacto, la noción del tiempo y la propia conciencia se me hicieron añicos. Lo único que podía sentir era mi concha latiéndome de placer ante su verga, y mi culo siendo violentado por un puño, antes de desmayarme.
Tal vez lo mejor en esos casos extremos es apagarse, y rezar para que, al abrir los ojos, todo haya terminado. Lamentablemente no fue mi caso porque poco a poco mi conciencia volvió; primero noté que estaba babeando descontroladamente sobre la cama, con mi lengua saliéndose de manera vulgar; luego me volvió de manera parcial el sentido del tacto: podía sentir ese maldito puño follándome el culo, y además una polla entrando hasta prácticamente el cérvix. Y cuando mis oídos volvieron a funcionar, oí, como si fuera un eco lejano, al licenciado con tono desesperado:   
—¡No seas bestia, Eric! ¡Se supone que la tengo que devolver a su casa de una sola pieza!
—Trrranquilo, amigo, obserrrva.
Adentro de mí, su mano se expandía y se replegaba, jugando con mis pobres intestinos. Y a solo centímetros, separados por la matriz interna, su polla hacía movimientos que me hacían perder la capacidad de insultarle.
Tal como temí, con otro esfuerzo de su parte, sentí cómo su mano, adquiriendo forma de zarpa, hacía fuerza para agarrar el contorno de su polla. No tardó en acariciársela:  
—Mirrre, me estoy haciendo una paja dentro de la niña, ¡ha ha ha!
—Estoy alucinando, Eric, no sabía que eso era posible… ¿Estás bien, Rocío?
—Mff… Ichliebedisachi… —balbuceé viendo estrellas.  
—Únase de alguna manerrrra, Rodrrríguez —dijo el alemán, entrecortado, aumentando las caricias a su polla. No me preocupé cuando sentí que se corrió dentro de mí porque sabía, gracias a los informes, que ya no puede tener hijos. Simplemente me oriné, justo en el momento en el que el licenciado volvía para follarme la boca y correrse violentamente hasta hacerme sacar leche por la nariz.
Fue una de las mayores cerdadas que me hicieron en mi vida.
Cerca de la una de la madrugada, el alemán ya había firmado los papeles en un escritorio cercano conforme yo, libre de vendas y esposas, estaba llorando a moco tendido en un sofá porque la cama estaba sucia de semen, sudor, algo de sangre y mucho orín. Me dieron algo para el dolor pero lo cierto es que aún así notaba unas terribles punzadas en los labios vaginales y mi pobre cola.
Eric se despidió de mí diciéndome algún par de frases en su idioma conforme besaba todo mi cuerpo, con la promesa de volver. Yo, anonada, le prometí que desde esa noche juntaría dinero para comprarme una escopeta y poder recibirlo como corresponde.
Estaba hecha una calamidad cuando me levanté: tenía los ojos rojos de tanto llorar, mi vestido estaba arrugado, mi peinado destrozado. Y descalza además, que me veía imposible de andar con tacos altos.
En la limusina viajé acostada porque sentarme era, sencillamente, algo imposible para mí. Y mientras trataba de arreglarme como podía, el licenciado me pasó una carpeta bastante gruesa.
—Rocío, tú cumpliste con nosotros, y nosotros te lo agradecemos. Aquí tienes, los chicos te escribieron el reporte de tu pasantía y ya está firmado por mí. Está adjuntado con una carta de felicitaciones de parte de don Ortiz para que sorprendas a tus profesores y al rector.
—Ese inversor de mierda me ha metido el puño en la cola… —susurré tomando la carpeta.
—Ya. Debo decirte que a partir del lunes serás parte de la empresa. Felicidades, eres oficialmente mi secretaria, nena. ¿No estás contenta?
—¡Se pajeó dentro de mí, licenciado! ¿Eso es acaso posible?
—A ver, aprovecha el domingo y descansa. Te esperaremos el lunes, ¿sí? Nos queda un gran y nuevo camino por recorrer juntos, hagamos que valga la pena.
Y así, en silencio sepulcral, llegué y me bajé en mi casa. Mi papá y mi hermano dormían plácidamente, por lo que no tuve que explicar mi aspecto desaliñado y extraño caminar. En la ducha, mientras me limpiaba la cola dolorosamente, solo podía preguntarme una y otra vez si aquello era lo único que me deparaba en esa empresa. Si aquello era, simplemente, todo lo que había dentro de esos rascacielos. 
El lunes mi chico me llevó hasta mi trabajo porque sería el primer día en el que me presentaría oficialmente como secretaria a tiempo parcial y ya no como una pasante ad honórem. Nada más bajarme del coche, volví a mirar ese imponente edificio; me recogí un mechón de pelo y traté de sentir aquel mareo. Pero ya no sentía nada, ni vértigo, ni miedo; solo un dolor punzante en mi cola. Y creía saber el porqué.
—Rocío —dijo mi chico al notar que estaba mirando el edificio como una tonta—, ¿estás bien?
—Escúchame, Christian… ¿Ves toooodo esto? —le señalé el edificio, de arriba para abajo—. ¿Lo ves, no?
—Ajá…
—¿Esto es todo lo que hay? ¡Pues no me agrada! ¡Renuncio! Así que vayámonos a otro lugar…  
—¿En serio? ¿Renuncias en tu primer día?
Pero yo me reía mientras me quitaba esos dolorosos zapatos de tacón. Ya no me sentía tan alienada en el centro capitalino; la niña dentro de mí había descubierto lo que se escondía dentro de esos enormes rascacielos que tanto vértigo me causaban. La experiencia me resultó tan aséptica, maquinal y falto de cariño, que descubrí que bajo toda esa magia empresarial solo había gente bastante zafada que prefería dejar su humanidad, sus anillos y su ética misma a un costado con tal de conseguir números, números y más números. Me pregunté miles de veces: “¿En serio esto es todo lo que hay?”; al final encontré la respuesta: no había nada especial; ni vértigo, ni miedo, nada que ameritara más que mi indiferencia.
Caminando por la playa y tomada de la mano de mi chico, miraba a lo lejos esos rascacielos con una sonrisita. Él no podía entender por qué decidí rechazar lo que probablemente era un trabajo prometedor, así que simplemente le respondí que no vale la pena recorrer un camino, llámese pasantía o llámese paseo en la playa, si no lo vas a hacer en compañía de la gente que en verdad aprecias.  
Porque, en serio, al final del camino, eso es todo lo que queda. Esto es todo lo que hay. Que valga la pena.
Un besito,
Rrrrocío.