OBSESIÓN POR MI CUÑADO (PARTE 2 DE 2)
A la mañana siguiente desperté bastante descansada, pues dormí como un bebé. Al acostarme, bastante nerviosa e inquieta por todo lo acontecido, temí desvelarme dándole vueltas al coco; pero qué va, me quedé frita casi de inmediato, durmiendo toda la noche de un tirón.
Me desperté como nueva.
De todas formas, estaba un poquito alterada por tener que encontrarme de nuevo con Iván, después de todo lo que había pasado, pero el chico nuevamente me sorprendió, pues se mostró en todo momento tranquilo y natural, como si nada hubiera sucedido entre nosotros.
No sé, esperaba que intentara seducirme de nuevo; que, una vez probadas las mieles de mi cuerpo, estuviera deseando venir a por más; pero no, Iván respetó al milímetro mis deseos, sin llegar siquiera a mencionar de pasada que el día anterior hubiera pasado nada raro.
Casi me sentí ofendida.
Jo, lo sé, no tiene sentido lo que digo, pero era así. Esperaba que el inexperto chico estuviera muriéndose de ganas, que intentara algo; incluso había ideado unas cuantas excusas para pararle los pies si llegaba a insinuar algo.
Pero nada.
Me saludó como siempre y, tras desayunar, reanudamos el trabajo con la pintura. Yo me sentía un poco tensa, allí a solas con él, pero Iván en cambio se mostraba relajado. Más que otras veces. No pude evitar pensar que había madurado mucho en un solo día.
Seguimos como siempre, pintando y ordenando trastos y, en cuanto yo misma me serené un poco, recuperamos nuestro comportamiento habitual de bromas y compadreo mientras trabajábamos.
Por mencionar algo fuera de lo normal, lo único que se me ocurre es que nuestras bromitas eran un poquito menos picantes de lo habitual. Hasta la mañana anterior, yo siempre trataba de avergonzarle con chistecitos subidos de tono, consiguiendo ruborizarle, cosa que me divertía enormemente, pero ese día pensé que no era muy apropiado hacerlo.
Total, los chistecitos acerca de si era virgen o no ya habían perdido su gracia.
Ese día tocaba visita de las limpiadoras, así que no estábamos solos en casa. Aunque, como siempre, las dos mujeronas nos hicieron poco caso, limitándose a mirar con desagrado cómo ensuciábamos lo que después iban a tener que limpiar ellas.
Y los siguientes días fueron igual. Iván parecía perfectamente tranquilo en mi compañía, mientras yo, en cambio, sentía cierto desasosiego porque el chico parecía no sentir ya interés por mí.
–          ¿Qué le pasa a este niñato? ¿Que como ya me ha follado pasa de mí? – pensaba, sin atreverme a decirlo en voz alta.
Pero no era así.
…………………….
El sábado, Juanjo, para variar un poco, regresó bastante pronto, con lo que pudimos almorzar los tres juntos. Mi marido estaba bastante contento ese día y, contrariamente a su costumbre, se pasó un pelo con la bebida, poniéndose más cariñoso de lo habitual.
Recuerdo que hizo un par de bromitas subidas de tono, tratando de burlarse un poco de su hermano como solíamos hacer, pero Iván no se mostraba tan jovial como acostumbraba, aunque no protestó en absoluto.
Y esa noche, aprovechando que había tenido un día tranquilo y descansado, Juanjo pensó que era buena idea hacerse cargo de sus obligaciones maritales.
Juntos, pasada la medianoche, en la intimidad de nuestro dormitorio, dimos rienda suelta a la pasión que habíamos acumulado. Juanjo llevaba casi dos semanas sin ponerme la mano encima, con lo que iba bien cargadito y yo, por mi parte, sentía sobre mí todo lo sucedido con Iván, con lo que el deseo, la voluptuosidad, hicieron presa en mí, entregándome con ganas a la tarea de complacer a mi marido.
Creo que, en todo aquello, jugó un papel de relevancia el mismo remordimiento. Me sentía mal por haberle sido infiel a Juanjo, así que, inconscientemente, trataba de compensarle haciéndole disfrutar.
No tuvo que pedirme como otras veces que se la chupara; antes de que se diera cuenta, su mujer ya tenía el rostro enterrado entre sus muslos, devorando con ansia su rígida verga, acariciándola y estimulándola con mi lengua y mis labios, haciéndole gemir y jadear de placer.
Sin embargo, mientras se la mamaba, mientras su carne invadía mi boca y mi garganta, no podía dejar de pensar en que no era como la de Iván, no era tan dura, no era tan… me daba asco de mí misma.
Juanjo, sorprendido por mi frenesí, tuvo que detenerme para evitar acabar enseguida. En eso tampoco se parecía a su hermano, pues, una vez alcanzado el primer orgasmo, su entusiasmo se enfriaba bastante, costándole cierto esfuerzo recuperar el brío para brindarle a su mujercita una segunda faena… y a veces si conseguirlo.
Queriendo metérmela ya, Juanjo me apartó de su excitado y bien ensalivado falo, haciéndome colocar en su postura favorita: a cuatro patas sobre el colchón, brindándole sin recato total acceso a mi retaguardia, eso sí, limitándose la penetración a la vía habitual… nada de cosas raras.
Cuando me la metió, solté un suspiro tal, que hasta las paredes temblaron, consiguiendo con él mi objetivo de enardecer todavía más a mi marido. Empezó a follarme con ansia, agarrando mis caderas y usándolas como asidero para atraerme hacia sí, hundiéndose en mi carne una y otra vez, al ritmo que sabía más me gustaba.
Fue sexo estupendo, Juanjo era muy bueno en la cama… pero la tarde con Iván… había sido mucho mejor.
Joder, a ver si al final iba a ser yo la que acababa pillada con mi cuñado. Su polla… aquella cosa de acero que me deshacía las entrañas…
Entonces tuve una alucinación. Alcé la vista, como me gustaba hacer a veces durante el sexo, para mirar nuestro propio reflejo en el espejo del armario. Me gustaba vernos follando, la cara desencajada por el placer, los cuerpos sudorosos moviéndose como uno solo… Sin embargo, esta vez encontré en el reflejo algo que no me esperaba: a mi cuñado Iván, observándonos con una expresión indescifrable en el rostro desde la puerta mal cerrada del dormitorio.
Mi cuerpo dio un respingo, poniéndome tensa de repente, lo que al parecer enardeció a mi marido, que hizo algo que a los dos nos encantaba…
–          Sí, así cordera… cabalga, cabalga potra mía… – aulló mi marido mientras me propinaba un sonoro cachete en el culo.
Esto era un inofensivo juego que a veces practicábamos los dos, pero, en esa ocasión, la sorpresa por el súbito ramalazo de dolor que sentí en el culo, me hizo perder unos segundos preciosos antes de volver la cabeza y mirar directamente hacia la puerta entreabierta.
Allí no había nadie.
Minutos después, exhaustos, nos derrumbamos juntos sobre el colchón, agotados, sintiendo cómo la semilla de mi marido se escurría entre mis piernas tras haberse vaciado a placer en mi interior. No había riesgo, pues yo tomaba precauciones, ya que ambos pensábamos que no era buena idea tener hijos en ese momento de nuestras vidas, con el negocio de Juanjo empezando y tal.
Estaba muy cansada. Juanjo me había dejado bastante satisfecha. Sin embargo, era incapaz de dormir, la incertidumbre acerca de si Iván nos había estado espiando me mantenía desvelada.
Juanjo, por su parte, fatigado por la dura semana que llevaba y la agotadora sesioncita que acabábamos de mantener, cayó enseguida como un tronco, mientras yo, con los ojos como platos clavados en el techo, percibía cómo su respiración iba serenándose a medida que se sumergía más y más en el sueño. Lo envidié.
Esperé un rato más, sin pegar ojo, plenamente consciente de que no podría dormir hasta que comprobara si lo había imaginado todo.
Con mucho cuidado, me levanté de la cama, echándome una bata por encima y salí del dormitorio.
La puerta del cuarto de Iván, al fondo del pasillo, estaba perfectamente cerrada. Eso me tranquilizó.
Entonces me di cuenta de la situación. Pero, ¿qué demonios hacía yo allí? En medio del pasillo, desnuda bajo la bata y con el coño todavía rezumando leche… ¿Qué buscaba? ¿Qué iba a hacer? ¿Meterme en el cuarto de Iván, a preguntarle si había espiado cómo su hermano me follaba?
Meneé la cabeza, sintiéndome enormemente estúpida. Comprendiendo la absurdez de mi comportamiento, decidí dejarlo correr y me di la vuelta, bajando las escaleras para ir a la cocina a beber algo. Necesitaba reponer líquidos.
Una vez en la cocina, me dirigí a la nevera sin necesidad de encender la luz, sacando un refresco sin cafeína. Justo cuando le echaba el primer trago, las luces parpadearon, sobresaltándome.
Allí estaba Iván, sentado junto a la mesa, con un gran vaso de leche medio vacío en la mano.
–          ¡Oh, Iván! – exclamé, sintiéndome terriblemente turbada – Me has asustado.
–          Perdona, no ha sido mi intención – respondió él, mirándome fijamente.
–          Tampoco podías dormir ¿eh? – pregunté, tratando de disimular mi azoramiento.
–          No. Aunque por razones distintas a las tuyas.
Su respuesta me inquietó.
–          ¿A qué te refieres? – pregunté.
Iván se puso en pie y caminó hacia mí, en silencio. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no salir corriendo. Le temía, pero también me moría por saber qué iba a decirme.
–          Nieves, yo… Lo siento, no puedo. He tratado de cumplir nuestra promesa, pero no puedo.
–          No te entiendo – respondí, aunque sí que le entendía.
–          Lo he intentado… He procurado no pensar en ti, en hacer como si nada… pero la otra tarde está grabada a fuego en mi mente… no me resigno…
Me sentí mejor, sus simples palabras bastaron para sosegar mi ego herido. Sí que seguía atrayéndole, sólo que el pobre trataba de resistirse a sus impulsos.
–          Iván, cariño. Ya lo hablamos. Lo que pasó fue maravilloso. Pero no puede volver a repetirse. Juanjo no se lo merece…
–          Dices que Juanjo no se lo merece, pero no que tú no lo desees… – insistió.
–          No tergiverses mis palabras, Iván. Sabes perfectamente lo que quiero decir. Aquello fue un error y me arrepiento – mentí – No porque no piense que eres un chico maravilloso, ni porque no lo pasara bien, sino porque quiero a mi marido que, por si fuera poco, es tu propio hermano.
–          Lo sé – asintió él, compungido.
–          Sé que te costará un poco; eres muy joven y te falta mucho por vivir y experimentar, pero verás como en el nuevo instituto conocerás a alguna chica y te olvidarás de mí. Con lo guapo que eres, no te faltarán candidatas.
–          Y con lo bien que follas – añadí para mí, sin decirlo.
–          No. Eso es imposible – dijo él, halagándome.
–          Ivááánnnn – dije suavemente, tratando de reconvenirle.
–          ¡No! – exclamó – ¡Me da igual lo que digas! ¡Hoy casi me vuelvo loco de celos cuando os vi juntos! Y antes, cuando estabais en la cama… ¡No sabes cuánto me ha costado controlarme y no entrar para deteneros!
Sus palabras me conmovieron y me adularon a un tiempo. Le había dado fuerte, pero yo sabía que todo era fruto del encaprichamiento por haber sido su primera mujer. Los amores juveniles son muy intensos, pero pasan pronto. En cuanto conociera a otras chicas…
–          Iván, tienes que aceptar cómo son las cosas. Soy tu cuñada, la mujer de tu hermano y nada más va a pasar entre nosotros – dije acariciándole la mejilla con ternura – Te suplico que te tranquilices y dejes las cosas estar. No quiero hacerle daño a Juanjo.
–          Por eso puedes estar tranquila – dijo muy serio – No se me pasaría ni por la imaginación decirle nada de esto a mi hermano. Pero lo que no voy a hacer es conformarme. ¡Te digo que serás mía nuevamente!
Y diciendo esto se dio la vuelta y salió de la cocina, enfadado. Me quedé parada, sin saber cómo reaccionar. Era increíble lo que el chico había cambiado en sólo unos días. No parecía él. Aquel aplomo era completamente nuevo. No tenía miedo de que fuera a chivarse a mi marido, él no era de esos, pero sus palabras me habían intranquilizado bastante… y excitado también.
Cuando regresé a la cama, me quedé dormida en menos de un minuto.
………………………….
El domingo trascurrió tranquilo, Iván se comportó como siempre, con total naturalidad, bromeando y peleándose con su hermano en la piscina. Pensé que lo de la noche anterior ya se le había pasado.
Durante el almuerzo (que preparé yo) estuvimos charlando del instituto en que Iván iba a matricularse. Quedaba un poco lejos, así que Juanjo le ofreció comprar una scooter, cosa que entusiasmó al muchacho.
Hablamos incluso sobre universidades, interesándonos por la vocación del chico y viendo qué era lo que quería estudiar.
Juanjo nos habló de la agencia y de que ya tenían un par de clientes, que les habían encargado unas reformas en sus casas. La cosa empezaba a rodar. Iván, por su parte, nos ilustró sobre cómo era su vida en el internado, lo que me hizo comprender el motivo de que el chico estuviera todavía tan verde (o al menos, lo había estado hasta hacía bien poco).
Por la noche, tras cenar, Juanjo propuso ver una peli, lo que nos pareció buena idea.
Como eran dos chicos contra una sola mujer, perdí la votación, así que escogieron una de acción, encargándose Iván de seleccionarla en el canal digital, mientras Juanjo y yo nos cambiábamos.
Me puse como siempre unos shorts y una camiseta, algo cómodo para una velada de cine.
Iván nos esperaba en el salón, sentado en un extremo del sofá, jugueteando con el mando. Juanjo, como solía hacer, se situó en el otro extremo, así que yo me ubiqué en medio de los hermanos.
Podría haberme sentado en el otro sofá, que estaba vacío, pero a Juanjo le gustaba acurrucarse cuando veíamos una peli. Además, ni se me pasó por la imaginación que algo fuera a pasar.
Sin embargo, cuando me senté, casi se me sale el corazón por la boca. Iván, con disimulo, había plantado su mano encima del cojín del sofá, de forma que, al sentarme, mi trasero aterrizó directamente encima de la palma abierta, aprovechando el pícaro muchacho para darme un estrujón en la nalga que hizo que se me saltaran las lágrimas.
Incrédula con lo que estaba pasando, volví rápidamente la cabeza hacia mi cuñado, comprobando que el angelito estaba como si tal cosa, si acaso con una tenue sonrisilla traviesa bailando en sus labios.
Le miré con enfado, los ojos en llamas, ordenándole en silencio que sacara la mano de allí, pero el puñetero no me hizo el menor caso, continuando el sigiloso magreo de mis posaderas, con mi marido recostado contra mi cuerpo desde el otro lado, completamente ajeno a lo que su hermanito estaba haciendo.
Con disimulo, le di un pequeño codazo a Iván en las costillas, enfadada, pero claro, no pude hacer movimientos muy evidentes, así que lo encajó sin pestañear siquiera.
Mientras, en la tele, los créditos de la peli empezaron a desfilar y se me ocurrió entonces una idea para escapar de la encerrona.
–          ¿Os apetecen unas palomitas? – exclamé, haciendo ademán de levantarme – Párala un segundo, Iván, que voy a preparar unas pocas.
Pero el inocentón Juanjo, en Babia, lo estropeó todo.
–          No, espera, cariño, ya voy yo. Tengo sed. Voy a tomar algo.
–          No, tranquilo, ya te lo traigo yo… – insistí.
–          Anda, no seas tonta. Tú ahí sentadita, que hoy has preparado la comida. Además, a meter unas palomitas en el microondas todavía llego.
Sí. Ahí sentadita. Ése era precisamente el problema.
En cuanto Juanjo salió del salón, le propiné a Iván un nuevo codazo, esta vez con más ganas, haciéndole perder el resuello, pero ni aún así el muy cabrito sacó la mano de debajo de mi culo.
–          ¿Se puede saber qué haces? – siseé, mientras miraba de reojo las puertas batientes del pasaplatos que conectaba con la cocina, que, por fortuna, estaban cerradas.
–          ¿Tú qué crees? – respondió él con toda la pachorra del mundo, apretando mis nalgas con más ganas.
–          ¡Me dijiste que no le dirías nada a tu hermano! ¡Va a pillarnos!
–          No le estoy diciendo nada – respondió con tranquilidad – Otra cosa es lo que hagas tú. Si quieres, díselo.
Me quedé atónita ante el desparpajo del chico. Había creado un monstruo. Tenía que recuperar el control. Enojada, me levanté bruscamente para obligarle a apartar la zarpa de allí.
–          ¡Quita la mano de ahí, capullo! – le dije en voz baja.
–          Vale. Como quieras.
Qué habilidoso estuvo el cabrito. Cuando levanté el culo del sofá, aprovechó para deslizar la mano por mi espalda y colarla por la cinturilla de mis shorts y de las bragas, apoderándose directamente de mi trasero.
Boquiabierta, mis ojos se abrieron como platos y un gritito de sorpresa escapó de mi garganta.
–          ¿Decías algo, amor? – preguntó Juanjo desde la cocina, abriendo a  la vez las puertas del pasaplatos.
Con rapidez, me arrojé de nuevo sobre el sofá, tratando de disimular lo que pasaba, con lo que el mentecato de mi cuñado se salió con la suya, quedando su mano bien enterradita dentro de mi pantalón, pudiendo así sobetearme a gusto.
–          Tra… tráeme un refresco – dije, con voz temblorosa.
–          ¡A mí otro! – exclamó Iván con desparpajo.
–          ¡Tú mueve los cojones, niñato! – respondió Juanjo desde la cocina, llenándome de esperanza.
Pero todo era una broma, así que, menos de un minuto después, mi marido regresaba con una bandeja, portando tres latas y un enorme bol de humeantes palomitas, que dejó sobre la mesita que teníamos frente al sofá.
Iván, con gran habilidad, se las apañó para abrir su lata con la mano izquierda, sin sacar la derecha de su cálido escondite, donde estaba entretenida en cosas más interesantes.
El muy cabrón.
Para acabar de rematar la faena, en cuanto estuvimos los tres colocados, Iván usó el mando para apagar las luces de la sala, porque era así “como había que ver el cine”, con lo que, aprovechando la penumbra, me metió mano todo lo que quiso.
En cuanto se sintió seguro, Iván se las apañó para, buceando con su mano entre mis prietas carnes, deslizar un insidioso dedito entre mis nalgas, moviéndolo con una habilidad y una curiosidad que me enervaron.
Con la boca completamente seca y el corazón atronándome en los oídos, tuve que esforzarme muchísimo para ahogar en mi garganta los gemidos y jadeos que pugnaban por salir. Y peor fue cuando Iván, abriéndose paso poco a poco, logró llevar sus juguetones deditos a mi vagina, empezando a acariciarme y sobarme a placer.
Yo, de manera completamente involuntaria, levanté el trasero un par de veces, como si estuviera poniéndome cómoda, consiguiendo así únicamente dejarle más franco el acceso.
Pero que conste, lo hice sin darme cuenta, ¿eh?
Aquellos dedos, aquella caricia sibilina, me estaban volviendo literalmente loca. No es que fuera especialmente placentera, pero el morbo, el miedo de que Juanjo notara lo que pasaba… me mantenían como una caldera a punto de estallar.
No me enteré de nada de la película, por eso no he citado ni el título. No vi nada. Eso sí, se me hizo eterna, pero, en el fondo, me encantó.
……………………..
–          ¡Plas! – resonó la bofetada.
Iván se incorporó en la cama, sobresaltado, sintiendo en su mejilla el súbito dolor del guantazo que acababa de despertarle. Yo, hecha una furia, estaba de pie junto a su lecho, con los ojos echando fuego, justo un minuto después de que Juanjo hubiera salido de casa, rumbo al trabajo.
–          Te crees muy machito, ¿verdad, imbécil? – le espeté enfurecida – ¿Se puede saber quién te crees que eres?
El chico me miraba con total tranquilidad, frotándose la mejilla con aire distraído, casi divertido. Muy lentamente, se levantó de la cama y se puso frente a mí, mirándome desde arriba, pues era más alto que yo.
–          No me creo nada – dijo – Actúo conforme a lo que te dije. Volverás a ser mía.
–          ¡Te has vuelto loco! ¡Ya te he dicho que no va a volver a pasar!
–          Bien, será verdad lo que dices, pero no me puedes culpar por intentarlo.
–          ¿Intentarlo?
–          Sí. No voy a dejar de intentarlo hasta que lo consiga. O bien hasta que se lo cuentes a Juanjo y me mande de nuevo al internado. Tú decides.
–          Pero… – balbuceé atónita.
–          Eso sí, puedes estar tranquila. Por mi parte no se enterará nunca de lo que pasó. Te lo pongo fácil. Si no quieres que siga con esto, simplemente dile a mi hermano que he intentado propasarme contigo, no tiene que saber nada más, pero si no lo haces…
–          Iván, no seas idiota. Si me acorralas, ¿qué opción me va a quedar? ¿Es que quieres volverte a Zaragoza?
–          Pues yo creo que tienes otra opción. Una muy… placentera.
Tras decir esto, Iván llevó suavemente su mano a mi barbilla y me atrajo hacia si, besándome tiernamente. Yo me quedé paralizada, sin acertar a reaccionar, mientras sentía cómo su lengua intentaba abrirse paso entre mis labios e invadir mi boca. Me sentía laxa, sin fuerzas, incapaz de resistir…
–          ¡NO! – exclamé, apartándole de un empujón – ¡Estás loco!
Iván me miró, sonriendo y entonces se relamió, como si fuera un gatito que acabara de beberse la leche.
–          Deliciosa. Nuestro primer beso.
Caí en la cuenta de que era verdad, la otra vez sólo habíamos follado, como animales, pero esta vez… aquel beso había hecho que me temblaran las rodillas.
–          Eres un puto niñato salido – le espeté, recobrándome un poco – Ni siquiera sabes besar a una mujer. Te dejo solo, para que puedas meneártela con las fotos, gilipollas.
Y salí del cuarto, derrotada, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no salir corriendo de allí y perder la poca dignidad que me quedaba. Cerré la puerta tras de mí y me recosté contra ella, jadeando, sintiendo todavía en mis labios el dulce sabor de Iván…
………………
Escapé de casa. Oficialmente, fui a hacer la compra, ofreciéndome gentilmente a la cocinera para hacerla yo, con la excusa de que necesitaba comprar algunas cosas.
No regresé hasta la hora de comer, temerosa y al mismo tiempo expectante por lo que podía suceder.
Cuando llegué a casa y vi el coche de Juanjo aparcado, sentí un alivio tal que me mareé un poco. Estupendo, si mi marido estaba allí, podía sentirme segura.
Al parecer, ya se me había olvidado que la noche anterior, mi marido también estaba.
–          ¡Hola cariño! – exclamé con entusiasmo, mientras besaba a mi marido – ¿Cómo es que estás aquí?
–          Me he escapado, cielo. Mañana tenemos una reunión a primera hora y nos espera un día tremendo, así que nos hemos cogido la tarde libre. Hoy, piscinita y a tomar el sol.
Entonces vi a Iván, que nos miraba sentado en el sofá, dedicándome un guiño que me hizo estremecer.
Más tarde, después de comer, los tres nos reunimos en la piscina. Yo habría escapado de allí con gusto, pero no se me ocurría qué excusa poner para no acompañar a mi marido, la única vez en que el pobre había podido escaquearse del trabajo, así que me resigné a pasar la tarde en compañía del acosador de mi cuñado.
No sé, ahora que lo pienso se me ocurren mil excusas; podría simplemente haber dicho que no me encontraba bien… pero, lo único cierto es que no dije nada, poniéndome en cambio el mismo bikini que llevaba la tarde de mi encuentro con Iván, escogiéndolo de entre los varios que tenía. Un psicólogo sacaría sin duda mucho jugo de esa elección.
Cuando salí a la terraza, Juanjo estaba ya repantingado en una hamaca, mientras Iván se daba un chapuzón, haciendo unos cuantos largos en la piscina.
Bastante nerviosa, ocupé la hamaca que había junto a mi marido y nos pusimos a charlar. Pronto Iván se reunía con nosotros, ubicándose en una hamaca libre a mi otro lado, pero poniéndola por lo menos a un metro, distancia que encontré cuando menos tranquilizadora.
Parecía que no iba a hacer nada raro.
Estuvimos hablando un rato, con calma, hasta que Juanjo empezó a dar cabezadas. Pronto se quedó dormido en la tumbona, lo que me extrañó muchísimo, pues él siempre se quejaba de ser incapaz de dormir fuera de una cama.
Entonces comprendí.
Asustada, miré a mi cuñado, que me miraba sonriente desde su hamaca. Y no era el único que me miraba, pues su erecta polla también tenía clavado su único ojo en mí.
El muy cabrito había drogado a su hermano y se estaba haciendo una paja a mi lado.
–          Pero, ¿qué has hecho? – exclamé, acojonada.
–          ¿Tú qué crees? No te pongas nerviosa, esos somníferos son muy suaves. Me los recetó el médico del internado, porque no podía dormir. Se despertará en menos de una hora.
–          ¡Guárdate eso, imbécil! – le espeté, haciendo un gran esfuerzo por no mirar directamente a su erección.
–          ¿Eso? ¡Ah, te refieres a mi polla! No veo por qué, me apetece hacerme una paja, aquí en el solecito, contemplando tu cuerpo serrano. Total, ya me has visto hacerlo antes ¿verdad?
–          ¡Pues lo haces tú solito! – exclamé, levantándome con furia y huyendo de la terraza.
El corazón me iba a mil, me sentía enfadada, sí, pero también… lasciva. No podía evitar preguntarme si estaría tan dura como la otra vez, si estaría tan excitado como la otra tarde… Yo sí lo estaba.
Aguanté un par de minutos, resistiéndome a mis impulsos, pero al final no pude más. Subí corriendo la escalera y me precipité en uno de los cuartos cuya ventana daba a la terraza. Escondiéndome tras la cortina, espié desde arriba a mi cuñado, mientras éste se masturbaba tranquilamente tumbado en su hamaca.
No pude resistirlo. Mi mano se deslizó inadvertidamente dentro de la braguita del bikini y, cuando quise darme cuenta, estaba masturbándome con ganas, mientras espiaba cómo aquella polla, que me tenía sorbido el seso, era pajeada por Iván.
Y, aunque no miró ni una vez hacia arriba, estoy segura de que el chico supo en todo momento que estaba espiándole.
…………………………
Por la noche, volvimos a cenar los tres juntos e Iván no desaprovechó la oportunidad de sobarme las piernas bajo la mesa, aunque, por fortuna, no se pasó demasiado y pude evitar que Juanjo notara nada raro.
Los siguientes días se convirtieron en un verdadero infierno, pues el acoso a que fui sometida por Iván iba cada vez a peor.
Aprovechaba cualquier ocasión en que nos quedábamos solos para intentar besarme y, si yo me resistía, se limitaba entonces a darme un buen sobeteo en el culo o en las tetas. Incluso, en un par de ocasiones, se animó a meterme mano directamente en el coño, haciéndome bufar por la sorpresa, mientras luchaba por sacar su mano de dentro de mis bragas.
Sin embargo, a pesar de todo el chico se mostraba cuidadoso. Nunca hacía nada si existía verdadero riesgo de que Juanjo nos pillara y lo mismo con las limpiadoras y la cocinera.
Las mujeres de la limpieza venían 3 veces por semana y, cuando ellas estaban en la casa (o el jardinero en el jardín) Iván no intentaba propasarse en absoluto, concediéndome un respiro.
Con la cocinera, en cambio, no tenía tanta suerte.
La mujer venía todos los días, exceptuando los domingos, pero dado que jamás de los jamases pisaba la planta de arriba de la casa, ésta se convertía en coto de caza del chico, que aprovechaba la menor ocasión para asaltarme.
Bastaba con que yo pusiera un pie en el segundo piso, para tropezarme con mi cuñado, desnudo, con una erección o desnudo con una erección.
O masturbándose alegremente, tumbado en la cama que yo compartía con su hermano.
Ya sé que hubiera bastado con mantenerme en el piso de abajo para haber tenido unos minutos de tregua, pero no estaba dispuesta a permitir que aquel niñato alterara mi ritmo de vida.
Mentira, lo que pasaba era que, en el fondo, estaba deseando que Iván se me echara encima. Sentir su contacto sobre mi piel, estrujando mis senos, sentir su tremenda erección apretándose contra mi cuerpo, cuando me abrazaba y me estrechaba entre sus brazos… me pasaba el día cachonda perdida.
Pero resistí. Vaya si lo hice, era para estar orgullosa. A pesar de que mi cabeza no cesaba en todo momento de evocar hasta el último segundo de la tarde que pasé con Iván, fui lo suficientemente fuerte para mantenerme en mis trece y rechazarle en todos los intentos que hizo de acercarse a mí. Aunque tuviera el coño hecho agua…
……………………….
Pero, a pesar de mi resistencia numantina, algunas cosas habían cambiado en mi comportamiento. Yo era consciente de ello, aunque me negaba a aceptarlo.
Un buen ejemplo es lo que pasó con la limpiadora. No fue nada importante (quiero decir en mi relación con Iván), pero opino que es muy significativo para ilustrar el cambio que se estaba produciendo en mi interior.
Esa mañana me levanté y me metí en el baño, para darme una ducha y quitarme el amodorramiento, tras otra noche de sueño inquieto.
Me encontraba bajo el chorro de agua, sintiendo cómo se borraban poco a poco los restos de cansancio cuando, bruscamente, se abrió la mampara de ducha, haciéndome dar un gritito de sorpresa.
Alcé la vista y me encontré justo con lo que esperaba: mi cuñado de pie en el baño, observando tranquilamente mi cuerpo desnudo, mientras se masturbaba con total tranquilidad.
No me alteré demasiado, pues esa película ya la había visto. No era la primera vez que Iván me asaltaba en la ducha. Ya casi no me turbaba.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano por no desviar la vista hacia su polla, que estaba siendo libidinosamente pajeada, le miré desafiante al rostro y le hablé como si tal cosa.
–          ¿Otra vez aquí? Por  mí como si estás machacándotela hasta mañana. Ya te he dicho que no vas a conseguir nada – dije, simulando una serenidad que estaba muy lejos de sentir.
–          ¿Cómo que nada? Me estoy haciendo una paja admirando uno de los más bellos ejemplares de mujer que he visto en mi vida. Es realmente genial.
Como siempre que me piropeaba, algo se agitó en mi interior, pero fui capaz de disimular perfectamente. Ya tenía mucha práctica.
–          ¿Te apartas un poco? – le dije – Tengo que salir.
–          Claro – respondió él, dando un paso atrás – No te molesta que siga con esto, ¿verdad?
–          Por mí como si la metes en un rallador – dije, aparentando indiferencia.
Pero, en realidad, me moría por comprobar si la tenía tan dura como siempre.
–          ¡Ah! Ahora que me acuerdo – dijo Iván como si tal cosa – Hoy era cuando venía la limpiadora nueva, ¿verdad?
Caí en la cuenta de que tenía razón. La semana anterior una de las mujeres que venía a limpiar, la más mayor, nos anunció que no volvería, pues le había surgido la posibilidad de jubilarse por fin. De hecho, Juanjo, al enterarse, insistió en hacerle un buen regalo, pues se había pasado años trabajando para sus padres.
–          Sí, tienes razón – asentí mientras me secaba – Anda, ¿por qué no bajas a ver si han llegado ya? Podrías ir a pajearte un poco mirando a la nueva.
–          Es verdad – respondió el chico, sorprendiéndome – A lo mejor está buena.
Y, ni corto ni perezoso, interrumpió la masturbación, devolviendo su polla al encierro del pantalón y, silbando alegremente, salió del cuarto de baño, dejándome desconcertada.
–          No será capaz – dije en voz alta, sin acabar de creerme lo que acababa de pasar.
Tratando de serenarme, dediqué un buen rato a secar y cepillar mi cabello, vistiéndome a continuación.
Al bajar, tropecé en la cocina con Aurora, la limpiadora que iba a seguir con nosotros, que me saludó educadamente con un buenos días.
–          Buenos días, Aurora – le respondí – Otra vez al tajo ¿no? Espero que no hayamos ensuciado mucho la casa.
–          Sí, señora. Pero pierda cuidado, son ustedes muy limpios. Al menos, cuando dejan tranquilita la pintura – bromeó la mujer, haciendo gala de la confianza que ya se había establecido entre nosotras.
–          ¡Oh! Ahora que caigo, hoy venía tu nueva compañera, ¿no?
–          Sí, se llama Carmelita. Es un poco joven, dominicana, pero le aseguro que es muy trabajadora. Está limpiando la cristalera de la terraza.
–          ¿Un poco joven? ¿Qué edad tiene?
–          Es algo mayor que su sobrino – por alguna razón, a la buena mujer se le había metido en la cabeza que Iván era sobrino mío y no mi cuñado – Tiene 19 años, aunque sabe muy bien lo que se hace. Es muy hacendosa.
Soy incapaz de recordar nada más de lo que me dijo la mujer, pues ya no la escuchaba. ¿19 años? ¡No podía ser!
En cuanto pude, me libré de la cháchara de Aurora y salí disparada hacia la terraza. Desde el salón, vi a la joven en cuestión, afanándose en la limpieza de los cristales desde el lado de fuera, usando con maestría la bayeta y el spray.
¡Mierda! Era realmente joven y bonita. Un bello ejemplar de mujer latina, con labios carnosos, caderas anchas, cabello negrísimo y un par de tetas que… me cayó mal inmediatamente.
Fue justo entonces cuando, de repente, la tal Carmelita miró sobre su hombro y dijo unas palabras a alguien que había tras de ella.
Me puse tiesa como un palo, sintiendo un tremendo nudo en el estómago. Caminando con rigidez, me aproximé a la cristalera, hasta que pude ver un área mayor del patio.
Efectivamente, sentado con total tranquilidad en una de las hamacas, estaba el puñetero Iván, charlando apaciblemente con la limpiadora, a la que no parecía molestar en exceso que el chico la interrumpiera en sus tareas.
………………………
El resto del día, Iván me dejó tranquila. Pude disfrutar de una tarde completa sin sufrir sus ataques, sobeteos o achuchones.
A la mañana siguiente, llamé a la agencia y les solicité que no volvieran a enviar a Carmelita a mi casa. No me gustaba su forma de trabajar. Prefería a una mujer más experimentada.
……………………………
Pronto se reanudaron los intentos de sobrepasarse de Iván, lo que me sosegó muchísimo. Exteriormente, seguía mostrándome hostil al chico, rechazando todos sus avances, pero, en el fondo, me moría de ganas porque se atreviera a propasarse una vez más.
Por fortuna, Iván aceptó mi respuesta de ignorar por completo por qué no habían vuelto a mandar a Carmelita a casa: “Cosas de la agencia”, le dije y, el hecho de que no insistiera demasiado, me tranquilizó muchísimo.
Seguimos unos días con nuestro tira y afloja, siendo perseguida por los rincones por mi salido cuñado, fingiendo intentar ponerme fuera de su alcance, pero metiéndome una y otra vez en esos rincones donde estaba a su merced.
Y Juanjo no ayudó demasiado, pues esos días estuvo hasta arriba de trabajo, por lo que ni siquiera tenía el sexo marital como válvula de escape.
Justo entonces, se produjo un hecho que, a priori, no tenía la menor importancia, pero que acabaría por convertirse en un momento decisivo en mi vida.
Sandra, mi hermana mayor (somos tres hermanos, siendo ella, con 40 años, la mayor y yo la más pequeña) me llamó por teléfono para charlar un rato.
Ella vive en el norte, junto a Aitor, su marido y su hija Julia. Al parecer, iban a pasar un par de semanas en un apartamento alquilado en Murcia y, como habían decidido hacer el viaje en coche, iban a pasar por Madrid.
Entusiasmada, le propuse inmediatamente que pasaran un par de días en casa antes de seguir viaje y, tras un par de conversaciones telefónicas más, aceptaron mi invitación y concretamos los detalles.
Juanjo, como yo esperaba, no puso ni una pega a mi idea, pues tanto Sandra como Aitor le eran muy simpáticos. De hecho, incluso me anunció su intención de escaparse del trabajo ese fin de semana, para poder recibir convenientemente a mi familia.
Esa noche echamos por fin un polvo, poniendo fin a una sequía de más de una semana. Sin embargo, no pude disfrutar plenamente del sexo, pues me pasaba todo el rato preguntándome si Iván estaría espiándonos nuevamente, aunque en ningún momento se abrió la puerta ni nada parecido (lo que me alivió y me inquietó al mismo tiempo).
Iván, por su parte, se mostró también conforme con lo de recibir invitados (le consultamos, pues, al fin y al cabo, también era su casa), aunque él no conocía tan bien a mi familia (de hecho, sólo los había visto una vez, en nuestra boda).
Por fin, el viernes siguiente, llegaron Sandra y los suyos, lo que me llenó de emoción. Hacía tanto que no veía a mi hermanita, que nos conmovimos profundamente, echándonos una en los brazos de la otra y rompiendo a llorar como tontas.
Pronto estuvimos todos reunidos en uno de los salones, bebiendo café, poniéndonos al día de nuestras vidas. Juanjo, como buen anfitrión, procuraba conversar con todo el mundo, tratando especialmente de involucrar en la charla a Julia, que parecía un poco tímida.
Mi sobrina era una chica bastante bonita, rubia, como su madre y yo, aunque con los profundos ojos grises de su padre. Tenía una bonita figura, con unas lindas piernas luciendo espléndidas con un short azul, aunque de tetas no estaba tan bien provista. Eso sí, tenía unos labios carnosos super sensuales, que no pude evitar envidiar un poco. Un encanto de chica, guapa y simpática.
Al principio, después de los saludos de rigor y las preguntas sobre los estudios, no presté mucha atención a mi sobrina, deseando, obviamente, ponerme al día con mi hermana. Sin embargo, cuando me di cuenta de que llevaba un buen rato enfrascada en una charla con Iván,  algo se retorció dentro de mí.
De pronto, nada de lo que me decía Sandra me parecía de importancia, escuchándola a duras penas, mientras observaba de refilón a mi sobrina, conversando de forma cada vez más relajada con mi cuñado.
–          ¿Habrase visto la niñata? – me decía para mí – Pasando olímpicamente de sus tíos, que han sido tan amables de invitarla a pasar el fin de semana en su casa y dedicándose a flirtear con mi cuñado, con toda la desvergüenza del mundo. Si fuera mi hija se iba a enterar; desde luego, Sandra no la ha educado bien.
Este tipo de pensamientos invadieron mi mente en un instante, provocando que me olvidara de todo lo que ocurría a mi alrededor. Por suerte, Juanjo y Aitor se enzarzaron en una conversación – discusión de fútbol y Sandra, que es muy aficionada (cosa que nunca he entendido) se metió en ella, gracias a lo cual, no se dio cuenta de que mi atención no estaba en absoluto puesta en sus palabras.
Me odié a mí misma, sabía perfectamente lo que me estaba pasando, me estaba volviendo cada vez más ruin, pero, aún así… mucho mayor era el desprecio que estaba empezando a experimentar por mi sobrina.
El resto de la tarde fue una tortura. Iván y Julia hicieron muy buenas migas y, aunque traté varias veces de inmiscuirme entre ellos, a los demás les hizo gracia que hubieran conectado tan bien, por lo que los animaban.
–          Oye, Iván, hoy es viernes. ¿Por qué no te llevas a mi hija esta noche, de fiesta por Madrid? Es la primera vez que viene a la capital – dijo Aitor repentinamente, consiguiendo que le odiara con todas mis fuerzas – Eso sí, como le pase algo malo, ¡te la corto!
Todos nos echamos a reír, yo incluida, aunque creo que, en toda mi puñetera existencia, jamás me había reído con menos ganas.
……………………………
Pasé una noche malísima. No pude pegar ojo.
Esa maldita zorrita, con sus juveniles piernas y esos labios de chupapollas. A saber lo que estaría haciendo por ahí con Iván.
–          Se merecería que les dieran un buen susto – me decía en medio de mi desvelo – Ojalá les salgan un par de quinquis y les roben… o que la violen…
…………………………….
No supe a qué hora regresaron. Los dos durmieron hasta tarde, mientras yo estaba que me moría por saber qué habían estado haciendo.
Cuando por fin se dignaron en levantarse, los padres de la putilla les interrogaron sobre sus actividades, mientras yo, disimuladamente, me las arreglaba para no perderme detalle.
No dijeron nada especial, una discoteca, unos amigos de Iván… Ya, y yo me lo creo. Seguro que esa guarra se las había apañado para…
Me sentía rabiosa, pero me las apañé para simular serenidad y afecto por la pécora de mi sobrina. Si las miradas matasen…
Después de almorzar, nos fuimos a la piscina.
Los “jóvenes”, como decía Aitor, se mostraban la mar de compenetrados, mientras yo les observaba con disimulo. Cuando mi hermana me dijo que “hacían muy buena pareja”, estuve a punto de mandarla a la mierda, pero, por fortuna, me contuve.
Estar allí, mirando en silencio cómo aquella golfa ponía en marcha todas sus malas artes para seducir al pobre Iván… le tocaba el brazo, le reía los chistes (si el pobre no tenía la menor gracia), escuchaba todo lo que le decía, simulando estar interesadísima… poniendo en juego todo su repertorio de fulana.
Y peor era cuando se metían en la piscina. Se le echaba encima, restregándole bien las tetas por el torso (si casi no tienes, puta), intentaba hacerle ahogadillas, para que él se las devolviera, aprovechando para refregarse bien con él, como la perra en celo que era…
Lo pasé fatal. Y decidí que no podía permanecer quieta, viendo cómo aquella zorra se aprovechaba del pobre chico. Ya lo tenía clarísimo. Tenía que hacer algo.
En cuanto tuve ocasión, me llevé aparte a Iván unos segundos, para poder poner en marcha mi idea.
–          Iván – le dije – Necesito hablar contigo de una cosa. Pero no ahora. Esta noche, cuando todo el mundo se vaya a la cama, nos vemos en la cocina.
Mientras le hablaba, posé descuidadamente una mano en su antebrazo, acariciándolo muy sutilmente. El chico se quedó un poco extrañado, pero sintiendo curiosidad, tal y como yo pretendía.
La fase uno se había completado con éxito.
……………………………
Después de la cena, nos reunimos en el salón a tomar unas copas. Aitor, que es un gran bebedor, logró arrastrar a Juanjo a beber más de la cuenta, pero yo, que no quería dejar nada al azar, me las había ingeniado para “aderezar” un poquito sus bebidas. Sabía que mezclar alcohol con somníferos no era muy buena idea, pero, a esas alturas, no me importaba demasiado.
Pasada la media noche, los hombres empezaron a adormilarse, pensando todo el mundo que la causa exclusiva era el alcohol. Aitor, con mayor resistencia natural, aguantó mejor, así que, cuando Juanjo se quedó frito, ayudó a Iván a meter a mi marido en la cama, aunque luego tuvo que ser ayudado por éste para regresar a su dormitorio.
Nos dimos las buenas noches y nos retiramos a descansar, logrando que mis ojos se encontraran una vez más con los del chico, recordándole nuestra cita de más tarde.
Nerviosa y excitada, pero firmemente decidida, me desnudé en la intimidad de mi dormitorio, mientras mi esposo yacía inconsciente sobre el colchón, roncando como un caballo.
Ni caso le hice, concentrada como estaba en examinar mi cuerpo desnudo en el espejo de la habitación. Me di cuenta de que, una vez tomada la decisión, me sentía mucho más tranquila y serena, aunque, al mismo tiempo, cachonda y exaltada.
Me acaricié frente al espejo, deleitándome especialmente en mis durísimo pechos, sintiéndome orgullosa de que fueran mucho más espectaculares que los de la golfa de mi sobrina.
Me cubrí únicamente con una bata, permaneciendo completamente desnuda bajo la prenda, lo que me hizo sentirme un poquito zorra. Me encantó.
Cogí entonces mi móvil y lo manipulé para enviarle un mensaje a Iván: “Ve a la cocina. Nos vemos en 5 minutos”.
Rápidamente, me situé tras la puerta cerrada de mi dormitorio, pegando la oreja a la madera, tratando de percibir cualquier ruido.
Me sentí feliz cuando escuché cómo una puerta se abría y unos ligeros pasos se deslizaban por el pasillo.
La fase dos estaba en marcha.
Esperé unos minutos más, para darle tiempo a Iván a llegar a la cocina y, finalmente, respiré hondo y salí al pasillo, cerrando tras de mí.
El dormitorio de Julia era el que estaba más cerca de la escalera, así que encaminé hacia allí mis pasos. Lo que iba a hacer era una auténtica locura, además de completamente innecesario, pero no me conformaba con quedarme con Iván: también tenía que demostrarle a aquella putilla que la había derrotado por completo.
Al acercarme a su puerta, vi que la luz se filtraba por debajo de su puerta, con lo que comprendí que Julia seguía despierta. Ni a propósito me hubiera salido mejor.
Con cuidado, di un suave golpe en su puerta y, con rapidez, bajé las escaleras, deteniéndome justo al final, esperando.
Si era necesario, volvería a subir para llamar de nuevo, pero no lo fue, pues pronto se abrió su puerta muy despacio, apareciendo mi sobrina bajo el dintel. Simulando no haberme dado cuenta de su presencia, permanecí en mi sitio unos segundos más, hasta que estuve segura de que me había visto y después, caminé subrepticiamente hacia la cocina, convencida de haber logrado atraer su atención.
Sonreí al ver que la luz de la cocina estaba encendida. El corazón me iba a mil.
–          Hola Iván – dije simplemente al penetrar en la estancia.
–          Hola – respondió él levantándose y caminando hacia mí – Creo que querías hablar conmigo ¿no?
Mientras decía esto, hizo lo que últimamente acostumbraba a hacer: se abalanzó sobre mí, abrazándome y plantando sus dos manos en mi culo sin el menor recato.
Pero en esa ocasión… no le rechacé.
Iván se quedó parado, momentáneamente aturdido por la sorpresa. Se apartó un poco de mí y me miró a los ojos, tratando de descubrir qué había cambiado.
–          Iván yo… – dije, simulando sentirme avergonzada – No he podido dejar de pensar en lo nuestro. Tienes razón, me he estado mintiendo a mí misma…
–          ¿Cómo? – dijo el chico, sin atreverse a creer lo que acababa de oír.
–          No puedo vivir sin ti. Te deseo muchísimo. Amo a tu hermano, pero tú…
Y me abalancé sobre él, aplastando mis labios contra los suyos, deslizando con habilidad mi lengua dentro de su boca, recorriéndola con lujuria.
El chico, sorprendido por mi fogosidad, no atinó a responder y sólo fue capaz de apartarse, para mirarme con ojos incrédulos.
–          ¿Lo dices de veras? – preguntó por fin.
–          Sí, Iván. Te deseo…
Y, dando un paso atrás, abrí mi bata y la dejé deslizarse por mis hombros, quedando completamente desnuda frente a él. Pude leer la admiración, el deseo en los ojos del chico, lo que me llenó de dicha. En menos de un segundo, Iván se precipitó en mis brazos, abrazándome con tanta fuerza, que llegó a despegar mis pies del suelo, mientras nuestras bocas se fundían en un tórrido beso de pasión.
–          ¡Chúpate ésta, puta! – pensé con regocijo, mientras me moría por saber si mi sobrinita estaría disfrutando del espectáculo que había organizado para ella.
Una vez obtenido lo que quería, Iván se convirtió en un auténtico torbellino de lujuria. Me besaba y acariciaba por todas partes, con tantas ganas y entusiasmo, que resultaba hasta doloroso.
Podía sentir perfectamente en mi cadera cómo el bulto de su pantalón corto iba adquiriendo más y más volumen, recuperando la impresionante dureza que me tenía por completo robado el seso. Poseída por la lascivia, empecé a frotar mi cuerpo contra él, estrujando su miembro entre nosotros, haciéndole gemir de deseo, con su boca fundida con la mía en un ardiente beso.
Sus manos no permanecieron ociosas, apoderándose de mi culo, que fue estrujado y sobado con pasión, separando y apretando con tantas ganas mis nalgas, que supe que al otro día luciría unos buenos moratones. Me daba igual, bastaría con fingir haberme caído de culo en la bañera.
Deseando volverle loco de deseo y que así se olvidara por completo de la putilla, abandoné sus labios jadeantes y, lentamente, mirándole a los ojos, fui arrodillándome frente a él, de forma que mis intenciones fueran cristalinas.
Con un gruñido de decepción, las manos de Iván abandonaron mi trasero, permitiéndome deslizarme hasta el suelo, quedando frente a frente con su monumental erección.
Con avidez, bajé de un tirón sus shorts, con lo que su polla, enrojecida y durísima, surgió orgullosa, cabeceando bruscamente y quedando apuntando al techo. Esgrimiendo mi mejor sonrisa de zorra, agarré aquella barra con ambas manos y, empujando con ganas, la descapullé por completo, con lo que el penetrante olor a macho en celo penetró en mis fosas nasales.
El pobre Iván gemía desesperado, deseando que su cuñada se dejara de juegos y cumpliera la promesa no pronunciada. Yo procuraba alargar su tortura, limitándome a deslizar suavemente mis manos por la inconmensurable dureza, recreándome en aquella barra de carne que tanto placer iba a procurarme.
–          Nieves, por favor – gimoteó Iván, aguantando en pie a duras penas.
Sonriéndole de nuevo, acerqué mi boca a su polla, consiguiendo que al chico le temblaran las rodillas sólo de expectación. Cuando mis labios se posaron por fin en su hombría, juro que hasta sentí una intensa quemazón, demostrando que el hierro estaba realmente al rojo vivo. Sintiéndome poderosa, deseada, no le hice sufrir más y, con un leve movimiento de cabeza, absorbí el glande entre mis labios, provocando que Iván tuviera que sujetarse a la encimera para no caerse al suelo, derribado por el placer.
Mi lengua no permaneció inactiva ni un segundo, dedicándose a lamer el excitado miembro, recreándose especialmente en la sensible parte inferior del glande, provocando que Iván jadeara y gimoteara como un cachorrillo.
Animada por mi éxito, me atreví a deslizar un buen trozo de rabo dentro de mi boca, llegando hasta la garganta, pero no pude tragarla por completo, pues era demasiado rígida y no quería acabar teniendo arcadas.
Yo estaba más que dispuesta a complacer a mi macho y a tragarme su esencia, todo con tal de lograr que aquella noche quedara grabada a fuego en el alma de Iván, pero él deseaba otras cosas: quería meterse en mi interior y llenarme por completo.
Gimiendo de placer, apoyó una mano en mi hombro y, con gran delicadeza, me apartó de su enardecido falo, haciéndome comprender que estaba más que listo para pasar a la acción.
No me hice de rogar, me puse en pie rápidamente y volví a apretarme contra él, besándole de nuevo, haciéndole sentir su propio sabor impregnando mis labios, para que supiera por fin lo bien que sabía su polla.
Pero Iván ya no estaba para besos, tenía las pelotas a punto de estallar. Estoy segura de que, si en ese momento hubiera intentado pararle los pies, me habría violado sin compasión en el suelo de la cocina. Pero ni se me pasó por la imaginación intentar nada semejante.
Le dejé la iniciativa, que me manejara a su antojo. Con un gruñido, me obligó a darme la vuelta bruscamente, quedando de espaldas a él. Empujándome por la nuca (sin violencia pero con firmeza) hizo que me inclinara un poco hacia delante, lo justo para que mi trasero quedara en pompa, con lo que comprendí que pretendía tomarme allí mismo, de pié en medio de la cocina.
Previendo lo que iba a pasar, apoyé ambas manos en la mesa, separando un poco las piernas para ofrecerme mejor a él. En menos de un segundo, sentí su miembro entre mis muslos, buscando con avidez el sitio por donde clavarse en mi interior.
Esa postura ya la habíamos probado en nuestro primer encuentro y recordaba perfectamente que a Iván le había resultado muy satisfactoria. Lo que no recordaba fue que, en esa anterior ocasión, llevábamos un buen rato de sexo encerrados en su habitación, con lo que el cansancio había hecho algo de mella en el ímpetu del muchacho; pero esa noche, en la cocina, toda la tensión acumulada durante el día (gracias, Julia) se descargó en el momento en que por fin Iván me la metió hasta el fondo.
El pollazo fue de tal envergadura que me levantó hasta del suelo, haciéndome literalmente levitar. Mis pies permanecieron en el aire unos segundos, completamente empitonada en la hombría del muchacho, provocando su increíble dureza que el placer, unido al dolor por lo brutal de la penetración, congestionara por completo mi cuerpo. Me quedé aturdida, sin respiración, incapaz de llevar aire a mis pulmones, lo que bien pensado fue una suerte, pues si no, sin duda habría pegado tal berrido que habría despertado a todo el mundo en la casa, incluyendo a los dos que estaban drogados.
–          ¡No! ¡Iván! – gimoteé cuando por fin pude respirar – ¡No tan fuerte! ¡Me vas a partir!
–          Lo… lo siento.
El chico se disculpó, sí, pero no por eso dejó de embestirme como si le fuera la vida en ello.
Cada empujón provocaba que su rígida cosota se me clavara hasta el fondo, amenazando con partirme el alma; yo creía que me iba a morir, rogándole que aflojara un poco el ritmo, pero justo entonces me di cuenta de que, en realidad, estaba disfrutando como loca. Estaba tan mojada, que su polla producía un ruido chapoteante al hundirse en mi interior, haciendo al mismo tiempo que mis jugos salieran literalmente a chorros despedidos de mi cuerpo. Podía sentir perfectamente cómo la humedad resbalaba por mis muslos, mientras me afanaba en sujetarme como podía a la mesa.
Por suerte, Iván estaba excitadísimo, así que aquello no duró mucho. De pronto, su cuerpo se tensó, avisándome del inminente orgasmo. Como el día anterior, Iván se dispuso a salirse de mí, pero no era eso lo que yo deseaba.
–          ¡No! – exclamé – ¡Córrete dentro de mí! ¡Quiero tu leche! ¡Lléname el coño!
–          Pe… pero…
–          ¡No pasa nada! ¡Tomo precauciones!
Y entonces me inundó. Fue una auténtica explosión que llenó mis entrañas por completo. Sentí cómo su semilla se desparramaba en mi interior, ardiendo, abrasándome por dentro y transportándome simultáneamente a desconocidos paraísos de placer.
Sentí cómo su polla, todavía vomitando semen, salió repentinamente de mi interior y pude percibir cómo un par de chorros salían aún con suficiente fuerza como para estrellarse sobre mi piel, manchándome así el culo de lefa.
Exhausta, me derrumbé de rodillas en el suelo, tratando de recuperar el resuello y fue justo entonces cuando vi que la puerta batiente del pasaplatos que comunicaba la cocina con el salón, se movía de forma casi imperceptible. Aquello incrementó todavía más el éxtasis.
Iván se dejó caer entonces a mi lado, resollando y buscó mis labios con los suyos, acariciando mi cuello y mi pecho con mucha más delicadeza.
–          Estás loco – le dije – ¿Cómo has podido ser tan bestia? Me has hecho daño.
–          Lo siento. Pero te lo merecías.
–          ¿Cómo? – exclamé con sorpresa.
–          Por lo mal que me lo has hecho pasar últimamente, ignorando mis intentos de volver a estar contigo.
–          Bueno, yo…
–          Y también por haber despedido a Carmelita. Me caía bien.
Me quedé atónita, paralizada. No podía creerme que él supiera lo que había hecho.
–          No pongas esa cara. No soy estúpido – me dijo, devolviéndome las palabras que le dediqué en nuestro primer encuentro – Sabía que al final te rendirías. Se te notaba en la cara.
Me sentó un poco mal esa seguridad en si mismo. Me hizo sentir como una cualquiera; una vez follada, no podía vivir sin su polla.
–          Pues, si te digo la verdad – dije, tratando de zaherirle – El otro día lo pasé mejor. Hoy has sido muy brusco.
–          ¿He sido? ¿Qué te hace pensar que hemos terminado?
Un escalofrío recorrió mi columna. Me sentí feliz, pues, a pesar de lo intenso del encuentro, no había llegado a correrme. Al parecer, no iba a quedarme con las ganas.
–          Ahora déjame a mí – dije, mirando de reojo su entrepierna, que lucía espléndida – No quiero que me rompas algo.
–          Como gustes.
Me incorporé voluptuosamente, leyendo la admiración y el ansia en su mirada, lo que me volvía literalmente loca. Me sabía vencedora, así que no volví a pensar ni un segundo en Julia, concentrándome por completo en Iván.
No sé, repasándolo ahora todo, después de transcurridos muchos meses, me inclino a pensar que todo lo referente a Julia fue fruto exclusivo de mi imaginación; bueno, mejor dicho… de mis celos… Pero qué más daba, lo único que importaba era Iván… y su polla…
Deslizándome despacio, me senté a horcajadas en su regazo, sintiendo cómo su erección, de nuevo en su máximo esplendor, se apretaba contra mí. Con calma, sin prisa, rodeé su cuello con mis brazos y le atraje hacia mí, fundiéndonos en un nuevo y estimulante beso.
Estuvimos así unos minutos, probándonos el uno al otro, besándonos con pasión, hasta que percibí que su polla literalmente vibraba incrustada contra mi carne. Sonriendo, sabiéndome deseada, aferré el durísimo instrumento, provocando en Iván un gruñido de placer. Incorporándome un poco, lo situé en la posición adecuada y, muy lentamente, fui sentándome de nuevo en su regazo, empalándome en su polla en el proceso.
Qué placer, me faltan las palabras. Cerré los ojos, sintiendo cómo su virilidad me invadía, dilatándome, llenando por completo mi ser. Volví a besarle, sin moverme, limitándonos a sentirnos el uno al otro, brindándonos mutuamente nuestro calor.
Por fin, no aguantando más, comencé un suave vaivén de mis caderas sobre su regazo, aplicando toda mi experiencia en darle placer al chico, experimentándolo yo simultáneamente.
Excitada, eché el cuerpo hacia atrás, apoyando las manos en el suelo, sin interrumpir en ningún momento el baile de mis caderas. Iván, aprovechando la oportunidad, se inclinó también hacia mí, apoderándose de mis durísimos pezones con sus labios, acariciándolos con su lengua, volviéndome loca de placer.
Esta vez fui yo la que no duró nada. Me corrí como una loca, con mis caderas saltando en espasmos de placer, con su durísima barra incrustada en mis entrañas.
Agotada y aún experimentando los últimos estertores del orgasmo, me apreté con fuerzas contra Iván, abrazándole con ganas. Pero él estaba muy lejos de estar satisfecho, así que, cuando quise darme cuenta, el libidinoso chico se las ingenió para obligarme a darme la vuelta, sacando su polla de mi acogedora cueva y colocándome a cuatro patas sobre el frío suelo de la cocina.
Antes de darme siquiera cuenta, Iván volvió a empalarme y, usando mis caderas como agarre, reanudó su enloquecedor bombeo en mi interior, llevándome a nuevas cotas de insondable placer.
Esta vez, sin embargo, no se volvió loco, adoptando un ritmo mucho más sosegado, casi cariñoso. Disfrutando enormemente de aquel sexo, me animé a indicarle a Iván aquello que me gustaba más, consiguiendo que el chico obedeciera mis instrucciones, aplicándose a realizar aquellas acciones que me resultaban más placenteras, incluyendo un buen par de azotes en las nalgas.
Parecíamos una maestra y su alumno, aprendiendo las cosas de la vida y la verdad es que, pensándolo bien, así era en realidad.
En esas estábamos, con la durísima verga de Iván hundiéndose en mí una y otra vez cuando, de repente, sentí como un dedo juguetón se ubicaba justo a la entrada de mi retaguardia, explorando la zona con delicadeza y consiguiendo que se me pusieran los pelos de punta.
–          ¡Ah, no amiguito! – siseé, volviendo la cabeza para mirar a Iván con furia – ¡Quítate eso de la cabeza!
–          Shssss – susurró él tranquilizándome – Sólo es un dedo. Relájate.
Y antes de que me diera cuenta, el muy cabrito deslizó su insidioso apéndice en mi ano, provocando que mi cuerpo se tensara tanto que estrujó su polla con fuerza, haciéndole resoplar de placer.
Iván reanudó su metesaca, hundiendo su barra en mi carne una y otra vez, mientras su maldito dedo se entretenía jugueteando en mis entrañas. Aunque, justo es reconocer que, una vez superada la sorpresa inicial, no encontraba para nada desagradable aquel jueguecito.
Follamos un buen rato y mi querido cuñado logró llevarme al orgasmo un par de veces más, sin dejar de horadar en mi culo con su dedo, antes de volver a derramarse en mi interior.
Permanecimos exhaustos, abrazados en el frío suelo durante un rato más, con mi cabeza reposando en su pecho, mientras él me acariciaba el cabello y me besaba con cariño en la frente. Yo ronroneaba como una gatita satisfecha.
–          Pronto te convenceré de que me dejes hacerte el culito – me dijo medio en broma.
–          Ni lo sueñes chaval – respondí en idéntico tono.
Aunque ya no estaba tan segura.
……………………………………
Era bien entrada la madrugada cuando nos despedimos en el pasillo con un profundo beso, antes de regresar a nuestros dormitorios.
En cuanto cerré la puerta, ya le eché de menos. Juanjo permanecía tirado en la cama, justo en la postura en que la había dejado, roncando aún con energía.
Temiendo que por la mañana algún resto me delatase, me colé en nuestro baño y me di una ducha silenciosa, deslizándome después bajo las sábanas junto a mi marido.
Dormí como una bendita.
………………………………..
Al otro día, Julia no se mostró tan amistosa con Iván, cosa que no me sorprendió lo más mínimo. En cuanto a mí, creo que no llegamos a cruzar una sola palabra en todo el día, pues se pasó toda la jornada tratando de evitarme.
Iván, supongo que ignorante de lo que pasaba, se resignó a que Julia se mostrara esquiva, sobre todo cuando le dije que, probablemente, estaba un poco antipática por algún problema de chicas, con lo que eludí nuevas preguntas.
Además, Julia contribuyó a mi mentira por casualidad, pues, aduciendo que no se encontraba bien, se pasó la tarde encerrada en su dormitorio.
Me pareció perfecto.
Sandra y su familia se marcharon al día siguiente muy temprano. Mi hermana y mi cuñado se despidieron efusivamente, agradeciéndonos el haberles invitado a nuestro hogar.
Mi sobrina estuvo un poco más fría en su despedida. Cuando nuestras miradas se encontraron, apartó la vista enseguida, avergonzada.
Me sentí exultante.
…………………………..
A partir de ese momento, todo cambió. Quedaron atrás los juegos del ratón y el gato. Ahora éramos dos animales en celo.
Iván ya no tenía que perseguirme, ahora era yo misma la que le buscaba. Procurábamos tener cuidado, eso sí, comportándonos con total corrección cuando los miembros del servicio estaban en casa; pero cuando nos quedábamos a solas….
Ya no echaba de menos a Juanjo, ni me molestaba que tuviera que pasarse tantas horas en la oficina. Ahora me pasaba las noches deseando que se fuera bien temprano por la mañana, con la esperanza de tener tiempo suficiente para estar un rato con Iván, antes de que llegara la cocinera.
Éramos como bestias, ni siquiera necesitábamos intercambiar palabras. En cuanto podíamos, nos arrojábamos el uno en brazos del otro, arrancándonos prácticamente la ropa (o limitándonos simplemente a apartarla un poco) y follábamos como si no hubiera mañana.
Yo le enseñaba todo lo que sabía a Iván, ampliando su repertorio de técnicas sexuales, pero lo hacía usándome como modelo a mí, es decir, le enseñaba justo aquellas cosas que más me gustaban y que más placer me producían.
En definitiva, fui moldeándole para convertirle en mi perfecto amante, el hombre que era capaz de hacerme vibrar con cualquier cosa.
Y, puedo asegurar que él no se quejó en ningún momento. Sobre todo, después de que el tiempo le diera la razón, acabando por permitirle que… se apoderara de mi culo.
Y la verdad, fue mucho más placentero de lo que me esperaba. Me arrepentí de no haberle permitido nunca a Juanjo que me sodomizara. Nuestras relaciones habrían sido mucho más plenas.
Nos pasamos dos semanas follando como monos, aprovechando la más mínima ocasión para meternos en faena. Mi trabajo empezó incluso a resentirse, pues no avanzaba nada en las traducciones que me habían encargado, incapaz de concentrarme, al pasarme el tiempo fantaseando con mi próximo encuentro con Iván.
Poco a poco fuimos serenándonos, recobrando un poco el control, de forma que pude recuperar un poco el tiempo perdido en el trabajo. Ambos nos amoldamos al ritmo del otro, adquiriendo cada vez mayor confianza y, aunque ya no estábamos todo el día dale que te pego, comenzamos a practicar ciertos juegos que eran un poco… peligrosos.
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No nos dimos cuenta de cómo sucedía, fue paulatino. Empezamos a encontrar excitante y morboso el riesgo de que nos pillaran, así que fuimos cada vez más atrevidos, excitándonos terriblemente con la posibilidad de que nos trincaran con las manos en la masa.
Recuerdo la primera vez en que Iván me hizo pasar apuros. Estábamos en la piscina, nadando tranquilamente, charlando sobre el instituto, para cuyo comienzo faltaba poco más de una semana y de cómo se sentía ante la perspectiva de integrarse en un centro distinto del internado.
Entonces apareció Manoli, la cocinera, simplemente para hacerme un par de preguntas sobre el almuerzo y la cena, lo que era muy habitual. Sin sospechar nada raro, nadé hasta el borde de la piscina, apoyándome en él, los codos colocados encima del cemento para no hundirme y pudiendo así hablar con tranquilidad con la cocinera, que estaba justo en la entrada de la terraza.
Como el que no quiere la cosa, Iván nadó hasta situarse a mi lado, también aferrado al borde, mientras le comentaba a la mujer que le apetecía mucho probar otra vez sus deliciosas croquetas.
De pronto, noté cómo su mano se deslizaba por mi espalda, colándose dentro de la braguita del bikini y apoderándose con ansia de mi culo.
Di un respingo y un gritito de sorpresa, que por suerte no fueron percibidos por Manoli, inmersa en el disfrute de los halagos que, muy ladinamente, Iván estaba dedicando a su habilidad culinaria.
Mientras tanto, el muy sinvergüenza me magreaba el culo a placer, sin que a mí me quedara otro remedio que dejarme meter mano con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro, disimulando lo mejor que podía para que la empleada no notara nada raro.
Cuando la mujer se fue, me revolví contra Iván, dispuesta a darle aunque fuera un coscorrón, pero el chico, rápido como una serpiente, me aferró por la muñeca y enseguida me encontré aferrada a su polla, la mano metida dentro de su bañador, masturbándole suavemente, mientras vigilaba de reojo la cristalera, no fuera a regresar Manoli de improviso.
Se corrió en menos de un minuto.
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Otra mañana, el muy cabrito se metió en mi despacho mientras estaba enfrascada con una traducción. Al principio no hizo nada raro, limitándose a conversar unos minutos conmigo, mientras la asistenta terminaba de limpiar el polvo justo frente a la entrada.
En cuanto la mujer pasó a otro cuarto, Iván cerró la puerta, se sacó la polla y, antes de que me diese cuenta, me montaba como a una potra retrepada sobre el escritorio de mi despacho, tapándome la boca con ambas manos para ahogar los gritos y gemidos de placer, que hubieran podido ser escuchados por la limpiadora, que seguía con sus tareas en el cuarto de al lado.
Ese día me cabreé con él, pues el muy capullo se limitó a correrse en mi coño, sin preocuparse para nada de si yo lo pasaba bien o no y, cuando estuvo satisfecho, me sacó la polla, se la guardó de nuevo y se fue de la habitación, dejándome tirada sobre el escritorio, profundamente insatisfecha, sintiendo cómo su semen resbalaba de mi interior.
Pero no pude seguir enfadada mucho rato, pues esa misma tarde me resarció con creces.
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Día tras día, iba volviéndose cada vez más audaz, más osado. Y pronto nos encontramos inmersos en ciertos juegos que podían ser descubiertos directamente por Juanjo, pues ya no se cortaba a la hora de asaltarme mientras su hermano estaba en casa.
La primera vez me cogió de sorpresa, pues, desde que éramos amantes, no había vuelto a intentar nada con Juanjo en casa. Pero Iván estaba cada vez más descontrolado.
Esa noche yo estaba afanándome en la cocina, pues era domingo y Manoli no venía ese día.
Estaba tarareando con toda la tranquilidad del mundo, entretenida entre cacharros delante de la encimera. Juanjo estaba sentado en el sofá del salón, de espaldas a mí, viendo los resúmenes del fútbol en la tele.
Como las puertas batientes del pasaplatos estaban abiertas de par en par, me bastaba con alzar la vista para ver a mi marido disfrutando con el deporte. Recuerdo que estaba intentando esmerarme con la cena, para hacerle feliz, quizás sintiéndome un poco culpable por lo mío con su hermano.
No le oí llegar. Iván se deslizó detrás de mi silencioso como un depredador tras su presa. De repente, unas manos me rodearon, apoderándose una de mis pechos mientras la otra me tapaba la boca, logrando ahogar el grito de sorpresa que se me escapó.
No me hizo falta notar su durísima polla apretándose contra mi culo para saber que era Iván de nuevo a la carga, pero aún así me asusté muchísimo, por las consecuencias que aquella locura podía tener.
Me revolví entre sus brazos, intentando zafarme, pero lo único que conseguí fue frotar bien mi trasero contra su erección, lo que hizo que el chico se apretara con más ganas contra mí. Yo forcejeaba, los ojos como platos clavados en la espalda de mi marido, aterrorizada por si le daba por darse la vuelta y nos pillaba en plena acción.
Iván, enardecido, me apretaba con ganas las tetas por encima de la blusa como le encantaba hacer y yo, a mi pesar, empezaba a sentir que aquel asalto inesperado no me disgustaba demasiado.
Entonces Iván, empujándome suavemente, me hizo perder el equilibrio, obligándome a sentarme en el suelo. Él se acuclilló frente a mí, apoderándose de mis labios, hundiéndome la lengua hasta el fondo. Yo respondí al beso con pasión, más tranquila ahora que, al estar tapados por la encimera, quedábamos perfectamente ocultos a Juanjo por si le daba por echar un vistazo a su espalda.
Iván, volviéndome loca de deseo, incrustó una mano entre mis piernas, estrujando mi vagina por encima del pantalón, consiguiendo que me encharcara en un instante.
No sabía lo que quería el chico y, a esas alturas, no iba a pararme a preguntar, completamente rendida a su voluntad y dispuesta a dejarle hacer lo que le viniera en gana.
De pronto, Iván abandonó mis labios, dejándome anhelante, deseosa de que me diera más. Me miró con ojos brillantes, lujuriosos y entonces se puso repentinamente en pie, quedando justo frente a mí.
Me bastó con apreciar el enorme bultazo en su pantalón para comprender sus intenciones y, tras un par de segundos de duda, me abandoné por completo a la lujuria, forcejeando con rabia con la cremallera, hasta que logré extraer su durísima barra de carne de su encierro.
Me quedé mirándola un instante, deleitándome y admirando aquella rígida vara que se estaba convirtiendo en mi dueña. Iván me miró, anhelante y bastó un simple gesto suyo para que me abalanzara sobre su hombría, lamiéndola y chupándola como si me fuera la vida en ello.
Pero Iván no quería lametones ni caricias. Esa noche tenía otra cosa en mente.
Con cierta brusquedad, el chico empujaba una y otra vez con la pelvis, intentando introducir en cada envión una porción mayor de carne entre mis labios. Yo me resistí al principio, temiendo que me llegara hasta el esófago, pero, completamente atrapada entre el muchacho y el mueble de cocina, no tuve más remedio que dejarle hacer, esforzándome en relajar los músculos de la garganta para recibir su durísima estaca entre ellos.
Con un gruñido de satisfacción, Iván se salió por fin con la suya, logrando empotrar por completo mi cara contra su ingle, habiendo alojado enterita su polla en mi garganta.
Me costó menos de lo que esperaba, siendo capaz de soportar toda aquella carne en mi boca, manteniéndome relajada para sofocar las arcadas. Y he de reconocer que me gustó, sentir toda aquella carne, dura, vibrante, alojándose en mi esófago… me sentí una guarra. Me puse caliente.
–          Tócate – escuché entonces la voz de Iván, susurrando quedamente.
Y le obedecí. No dudé ni un segundo. Llevé mis manos al botón de mis shorts y lo abrí, deslizando una mano dentro de mis bragas y llevándola hasta mi coño. Estaba literalmente encharcado.
Muy lentamente, Iván echó el culo un poco para atrás, retirando una porción de rabo de mi boca para a continuación volver a hundirlo muy despacio, mientras yo me esforzaba por apretar bien los labios, para que el chico disfrutara a fondo follándose mi boca.
–          Oye, ¿dónde está Nieves? – resonó de repente la voz de mi marido en el salón.
Me puse tan tensa que casi doy un salto. A punto estuvo el pobre Iván de quedarse eunuco perdido por el susto que me llevé. El chico, sin embargo, no dio la menor muestra de nerviosismo, respondiéndole a su hermano con total tranquilidad.
–          Ha subido un momento a buscar no sé qué. Seguro que ha ido a mirar la receta que Manoli le dio. Como no tiene ni puta idea de cocina…
Escuché cómo mi marido se reía.
–          No seas capullo – reconvino a su hermano menor – Sabes que la pobre se esfuerza.
–          Ya, hombre. Si es broma. Sabes que aprecio sus esfuerzos y se los agradezco de corazón. De hecho, esta noche se está esforzando muchísimo, que te lo digo yo – dijo sacándome unos centímetros de polla de la boca – Pero reconoce que se le da mucho mejor “comer”, que cocinar.
Mientras pronunciaba “comer” con cierto retintín, Ivancito volvió a hundirme la verga hasta las amígdalas. Yo, completamente entregada al juego, me esforcé en lamérsela bien al mismo tiempo, acariciándole el nabo con la lengua mientras la enterraba en mi esófago.
–          ¿Quieres una cerveza? – preguntó Iván helándome la sangre en las venas.
¿Estaba loco? ¿Y si Juanjo se levantaba a por la bebida?
–          No, gracias, después de comer. Anda, vente y vemos el resto de los resúmenes.
–          Sí. Enseguida voy. En cuanto termine una cosilla aquí.
Y, con toda la tranquilidad del mundo, siguió follándose la boca de su cuñada con parsimonia, disfrutando al máximo de la mamada, mientras simulaba estar trasteando por la cocina, por si a su hermano se le ocurría volver a mirar.
Por fin se corrió, directamente en mi garganta, con al menos tres cuartas partes de su polla  enfundadas entre mis labios. No me quedó más remedio que tragar. Lo hice con gusto. Disfruté enormemente sintiendo cómo sus pelotas se vaciaban directamente en mi tráquea, percibiendo cómo su ardiente jugo se deslizaba quemando mi esófago. Ya era por completo su puta.
Cuando terminó, extrajo su todavía bastante duro miembro de entre mis labios, que yo apreté para dejarlo bien limpito y reluciente. Acuclillándose de nuevo, me dio un cariñoso besito, mientras yo le miraba, tratando de serenar mi desbocado corazón, con las lágrimas provocadas por las arcadas deslizándose sin freno por mis mejillas.
Tras besarme, Iván abrió la nevera y sacó un par de latas, reuniéndose con su hermano, que, a pesar de lo que había dicho antes, no rechazó la bebida.
Yo, sacando fuerzas de flaqueza, me las apañé para escapar de la cocina a gatas, usando la puerta que daba a la escalera y me precipité al piso de arriba, refugiándome en el baño de mi dormitorio.
Me miré en el espejo, con ríos de gruesas lágrimas todavía deslizándose por mi rostro, los ojos inyectados en sangre, la saliva y el semen resbalando por la comisura de mis labios.
Me encantó lo que vi. Adoraba sentirme tan sucia. Iván era mío y yo era de Iván.
Tardé un rato en arreglarme lo suficiente para poder volver a bajar. La cena salió asquerosa.
…………………………….
 Nuestra relación continuó cada vez más despendolada, los límites que nos marcábamos abarcaban cada vez más, atreviéndonos a ser cada vez más osados.
Iván había dejado despertar el monstruo lujurioso que había dentro de él y había conseguido que a mí me pasara lo mismo. Vivíamos el uno para el otro, sin importarnos para nada los demás.
Una día, molestos porque Juanjo se hubiese tomado la tarde libre, no nos cortamos un pelo en volver a echarle un par de pastillitas en la bebida, dejándole grogui en el sofá. Dominados por la más absoluta impudicia, terminamos follando como locos en el sofá de al lado, conmigo relinchando como una yegua, empalada en la polla de mi cuñado, mientras mi maridito estaba en coma a menos de un metro.
Cuando Iván notó que estaba a punto de correrse, me obligó a arrodillarme frente a él, para poder descargar sus pelotas bien a gusto sobre mi cara. Luego, con la polla todavía goteando, el muy cerdo me hizo una foto con el móvil, sonriendo con la cara llena de lefa, bien pegadita a la de mi marido, que no se enteraba de nada. Salgo hasta haciendo el signo de la victoria con los dedos.
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Otro día, Iván me pidió que le diera unas clases de conducir, para ir aprendiendo para sacarse el carnet en cuanto cumpliera los 18. Al principio se lo pidió a su hermano, pero, como ambos sabíamos, estaba ocupadísimo, así que sin duda lo hizo para disimular.
Nos fuimos juntos por la tarde en mi coche. Primero al centro, a un sex shop cuya web había descubierto Iván unos días antes.
Compramos un montón de juguetes: consoladores de goma, vibradores, unas bolas chinas, un plug anal… todo lo que al chico se le antojó.
Luego nos fuimos a conducir, a un descampado. A los cinco minutos de lección ya me encontraba con la cabeza enterrada entre sus piernas, comiéndole la polla con pasión, mientras él se afanaba en mantener el coche en marcha.
No lo consiguió y terminamos en la cuneta, con una rueda pinchada.
Esa noche tuvimos que soportar las burlas de Juanjo durante la cena, carcajeándose de nosotros por haber tenido que avisar a la ayuda en carretera, por no tener ninguno de los dos ni puta idea de cambiar una rueda.
No me molestó, pues mientras se burlaba, su hermano tenía metida una mano entre mis muslos, acariciándome el coño todo lo que quiso.
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Algunas noches, Juanjo tenía ganas de sexo. Yo le complacía encantada, sintiéndome un poco menos sucia al estar con él.
Pero eso duraba sólo hasta el amanecer, pues, indefectiblemente, todas las mañanas tras haber cumplido con mis deberes conyugales, Iván se presentaba en mi dormitorio segundos después de que su hermano hubiera salido de casa. A veces incluso antes.
Y follábamos, mientras Iván repetía una y otra vez en mi oído: “Eres mía”, lo que me llenaba de felicidad.
Depravados. Eso es lo que éramos.
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Y todo terminó… como tenía que terminar.
Recuerdo que era nuestro último día con entera libertad para estar juntos, pues al día siguiente comenzaban las clases y ambos habíamos acordado que no íbamos a permitir que lo nuestro interfiriera en sus estudios.
Iván, con su recién adquirida perversión, me decía que se esforzaría en seguir sacando buenas notas y que yo, a cambio, le tendría que hacer una mamada por cada sobresaliente.
Qué tontería. Se la habría chupado igualmente aunque las suspendiera todas.
Ese día era para nosotros. Lo habíamos calculado al milímetro. Juanjo estaría todo el día fuera y nosotros anunciamos que saldríamos a comer, con lo que Manoli consiguió un inesperado día libre.
Nos daba igual la comida. Lo que queríamos era follar.
Pero no contamos con la bondad de Juanjo.
Él tenía sus propios planes y había pensado en darle una sorpresa a Iván.
En secreto, le había comprado la moto de la que habían estado hablando y, pensando que la casa estaría vacía, la trajo por la tarde para dejarla en el salón y que su hermano la encontrara a su regreso.
Y la sorpresa se la llevó él.
Estábamos en el cuarto de Iván, conmigo cabalgando despendolada sobre su polla, empalándome una y otra vez en su inconmensurable dureza, estrujándome las tetas en un paroxismo de placer. Iván, conforme a sus deseos libidinosos, se las había ingeniado para meterme uno de los consoladores de látex por el culo, haciéndome disfrutar de sentirme completamente llena.
Entonces escuché una exclamación, un grito que me detuvo el corazón. Ambos nos volvimos hacia la puerta, asustados, encontrándonos con mi esposo que nos miraba atónito, con una expresión de pasmo en el rostro que aún se me aparece en sueños.
No dijo nada, no gritó ni nos amenazó. Tras unos segundos recobrándose, se dio la vuelta y se marchó de casa. No he vuelto a verle.
No voy a mentir. A pesar de que, durante un segundo sentí el impulso de salir detrás de él, bastó con que Iván se moviera debajo de mí, volviendo a follarme, para que me olvidara por completo de mi marido y siguiera montando a su hermano como si fuera el último hombre en la tierra.
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Han pasado 6 meses de aquel fatídico día.
Los abogados de Juanjo me presentaron los papeles del divorcio pasada poco más de una semana. No pude contactar con Juanjo, ni siquiera en el trabajo. El móvil siempre salía desconectado.
Aunque, realmente, lo que me dolía de todo aquello era que Iván había sido fulminantemente enviado de vuelta al internado, quedándome sola en Madrid sin tener adonde ir.
No me quedaba otra, para qué alargar la agonía. Firmé los papeles y me quedé con lo puesto. Mi coche, mi ropa y el dinero que tenía en el banco. El acuerdo prematrimonial que mis suegros insistieron en que firmáramos, le vino de perlas a mi marido. Cabrones. Bien muertos que estáis.
Por fortuna, no perdí mi trabajo, así que, en cuanto pude, me mudé a Zaragoza, reanudando inmediatamente mi relación con Iván.
El chico se esfuerza al máximo por rendir en la escuela, pues los permisos de salida van en función del comportamiento. Así que nos vemos todos los fines de semana. Para no meterle en un lío, no le recojo en la puerta del internado, sino algo más lejos.
Luego nos vamos a mi piso. A follar. O lo hacemos en el coche. Lo que a él le apetezca. Lo que sea para que no salga con otras mujeres. Iván es sólo para mí.
Curiosamente, se ha vuelto muy popular en el colegio. Con una novia mayor… Me ha presentado a unos cuantos compañeros y noté perfectamente cómo me devoraban con los ojos. Me gustó mucho conocerles y no me corté un pelo en comerle la boca delante de sus amigos. Que murmuren tanto como quieran.
Mi familia no me habla. Supongo que, tras el divorcio, Julia se fue de la lengua y le contó a su madre lo que había visto. Ninguno aprueba mi comportamiento. Me da exactamente lo mismo. Menos gasto en navidad.
El otro día fue el cumpleaños de Iván, por fin ha cumplido los 18. Como regalo, me puse un lazo en el pelo y le di una tarjeta en la que ponía: “Hazme lo que quieras”.
Y vaya si lo hizo.
Me contó que los abogados de Juanjo se habían puesto en contacto con él para solicitar su permiso para poder vender la casa de sus padres. Iván les respondió que, en cuanto entrara en posesión de su parte de la herencia, él mismo compraría su parte a su hermano.
Esa misma noche, me pidió que me casara con él.
Pensándolo bien, creo que al final sí que voy a terminar enterrada en el panteón familiar. Me lo habré ganado a pulso. Me he pasado por la piedra a sus dos herederos.
FIN
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