“Es posible que no deba escribirte esto. Lo mejor sería olvidar lo sucedido. Lo mejor sería no haber hecho caso a tus correos. Tal vez la vida sea más fácil si se olvida. Pero no puedo.
No pretendo entrar en cuestiones de mi vida sexual; pero lo cierto es que aquello que nos sucedió en mi casa de campo, hace ya casi dos años, es el más morboso y divertido que he tenido desde entonces.
Me propuse olvidarlo cuanto antes. Soy una mujer fiel y quiero a mi marido. Me sentí rastrera de haberle hecho eso a mi hermana. Pero me fue más fácil de lo que pensaba recuperar la normalidad, me fue más sencillo de lo esperado mirar a mi marido, a mi hermana, y a tí, a la cara.
El caso es que algo dentro mí no me deja estar tranquila. Cuando tú estás necesito quedarme a solas contigo y creo que hay algo más que puro deseo. El tiempo no ha borrado la huella; por más que lo haya intentado.
Se presentan las navidades y hace meses que dejastes de proponer el vernos alguna vez. Creo que me sentía cómoda y segura de mi misma ignorando tus correos directos y concisos. Sé que también has intentado olvidarlo todo. Pero vivía ilusionada durante la época en el que me insistías cada cierto tiempo; aunque fueran pocas veces. Hecho de menos tus correos, hecho de menos aquella noche lluviosa. Sé que soy injusta escribiendo esto ahora, y veré normal que lo borres esto y jamás comentes nada. No me sentiré mal por ello, puedes creerme, Víctor.
Se aproximan las navidades y nos veremos bastantes veces, como es costumbre en nuestra familia. Si deseas podemos vernos en secreto. Estoy preparada y muy dispuesta. Solo tendríamos que buscar un buen momento.
Tu cuñada favorita, Isabel.”
Tuve claro que no quería olvidarla. Tras leer el correo tuve ganas de compartir lo sucedido, y lo hice en forma de relato, que publiqué días más tarde. Estamos a día 2 de enero del año 2011. Y estamos pasando unas navidades fantásticas. Me da un poco de miedo enamorarme. Ambos estamos felices, si algún observador familiar nos analizara cuando coincidimos todos, sin duda se olería algo; pues nuestras caras reflejan el estado de nuestras almas.
Nos hemos planteado que solo dure lo que las navidades. Creo que la resaca de los reyes magos será más dura que nunca, pues el mejor regalo de mi vida lo estoy sintiendo a sorbos intensos.
Hasta la noche del 24 de diciembre estuvimos charlando por correo electrónico cómo podríamos hacerlo. Esa noche cenábamos juntos toda la familia en la casa de sus padres. Ambos tuvimos claro desde el principio que la discreción y la seguridad eran lo primero.
He visto oportuno colocar cada correo que nos mandamos de forma íntegra. Porque en ellos se explica, de la mejor forma posible, en qué quedamos y cómo decidimos hacerlo.
Víctor: (caballerocapagris@hotmail.com) :
“Podría ser. Tu correo me ha hecho sentir bien. Gracias por todo lo que dices en él.
Pienso que todo esto es muy peligroso; podrían pillarnos si nos despistamos lo más mínimo.
Que sepas que me has puesto malo. Eres una cuñadita mala. Si me quisieras no habrías escrito nada”.
Isa: ( xxxxxxxxx@hotmail.com): (espero que veáis lógico que no desvele ningún dato personal de ella)
“Gracias por responder. Tengo una idea muy buena, que podría salir bien con un poco de suerte. Desde luego sería una coartada perfecta, jamás nadie sospechará nada.
Creo que ya sabes que cenamos todos juntos en nochebuena. Voy a adelantarme a los demás y voy a pedir que nosotros nos encarguemos de llevar las bebidas y el hielo. Intentaré dejar aquí algunas de las bolsas de hielo que compremos, teóricamente será un olvido. Si mi marido se da cuenta antes de irnos se nos acabará la coartada y tendremos que seguir buscando.
En cuanto se acabe el hielo diré que en casa tenemos las demás bolsas, fruto de un descuido mío. Estate cerca de mí cuando eso pase porque diré si hay algún voluntario para acompañarme. Intentaré que mi marido no esté presente en ese momento, en ese caso ofrécete voluntario antes que nadie. Pero dilo con pesadumbre, como si te fastidiara tener que salir en ese momento. En el caso de que alguien se te adelante o mi marido diga que quiere ser él quien vaya se nos acabó el plan, y tendremos que seguir buscando.
Es un plan tan bueno como difícil que se dé. Tienes que estar muy atento.
Víctor, el corazón me late como el de una niña de veinte. Te deseo.”
Víctor:
“creo que es muy arriesgado. Si tardamos más de la cuenta alguien podría sospechar algo. Y vendremos oliendo al perfume del otro. No acabo de verlo, aunque la idea de volver a sentir tu cuerpo me encanta.”
Isa:
“tendremos una media hora desde que lleguemos a mi casa. Tardaríamos unos 45 minutos en total. Es asumible, nadie preguntará, y si lo hacen hay mil excusas. Baño, tráfico, dificultad para aparcar. Me apetece muchísimo. Intentémoslo.”
Víctor:
“A mí me apetece más. Intentémoslo. Hasta el viernes. Te deseo.”
Cuando mandé el último correo era el viernes 24 de diciembre de 2010, a las 14:52 de la tarde.
A las 21:14 llegamos a casa de los padres de Ana. Fuimos los últimos en llegar. Saludé a todos dejándome a Isa para el final. Cuando llegó su turno nos dimos dos besos. Le pasé la mano por el hombro preguntándole cómo estaba, como hice con todos. Estaba temblando.
Eso me indicó, sin tener que preguntarle nada, que el plan estaba en marcha; y alguna bolsa de hielo se había quedado olvidada en el congelador del frigorífico de la hermana de 45 años de mi mujer.
La cena transcurrió con alegre normalidad. Todos estaban contentos, bebían y comían si parar. Mi apetito no podía saciarse con comida. Éste estaba en manos de la mujer que hablaba con la mía en la esquina de la mesa. De vez en cuando nos cruzábamos miradas cómplices, aunque intentaba no hacerlo demasiado, por temor a ser descubierto; algo absurdo pero superior a mis fuerzas. No podía controlarlo.
Isa vestía con traje morado. Corto de piernas, de pié le quedaba una cuarta por encima de la rodilla. Tenía puestos leotardos negros y zapatos de poco tacón. Cómodos y prácticos, pero elegantes. El traje se abría algo en el escote, el cual acababa en pico a la altura donde le empezaba el canalillo. Estaba bien pintada, sin excesos.
Mientras más copas de vino tomaba, con más ganas me sentía. Era prisionero de una excitación juguetona e impaciente. No podía esperar más; temía que algo saliese mal.
Tras la cena empezamos a tomar alguna copa. Pronto se acabó el hielo. Isa fue a la cocina a buscar más, no supe si moverme o quedarme esperando.
“No me lo puedo creer, si compré más hielo. Me lo he debido dejar en casa.”
“pues vaya”, dijo su hermano, “ahora que se animaba la noche, si acaso puedo ir a comprar más a la gasolinera de la esquina.”
Isa dudó un instante, estaba muy nerviosa. Estábamos todos juntos en ese momento.
“Es igual, no te molestes hijo, si ya está comprado, solo hay que ir a cogerlo….”.
Tras decir eso me miró con expectación. Su marido se levantó y le dijo que él iba en un momento. El temor me tenía paralizado, pensé que todo se había perdido por mi falta de decisión. Su marido no tenía cara de buenos amigos, sin duda no le apetecía tener que salir en esos momentos. Me aferré a ello en el último momento. Me levanté como un resorte; por fin me circulaba la sangre en las venas.
“No te preocupes, voy yo”. Le dije al marido palmeándole la espalda amistosamente. “te veo sin ganas”. “Vamos Isa”.
Todo quedó maravillosamente bien. Todos estaban conformes. Isa salio por la puerta y yo la seguí. Nos montamos en el ascensor y pulsamos el botón de la planta baja. Pensaba que era un sueño, había salido bien. Ahora mismo iba con mi cuñada a su casa, a follármela. Hacía solo un momento le di una palmadita amistosa a su marido; solo para que me dejara ir a su casa con su mujer, a follar en su cama, o en su sofá, o sobre su mesa, o en su baño.
Conduje rápido, el tiempo era oro. No habíamos hablado nada desde que nos quedamos solos. Mientras esperábamos a un semáforo ella acabó con el incómodo silencio.
“Parece que todo ha salido bien…….”
La miré sonriendo, estaba realmente guapa.
“Sí, eres fantástica, Isa”
“queda poco para llegar, no veo el momento, lo necesito…….”
Aparqué en doble fila ante su puerta. “Si se lleva la grúa al coche, muchísimo mejor”.
Avanzamos hacia el ascensor a paso lento. Estaba muy nervioso y respiraba agitado.
El ascensor se abrió. Marcamos la cuarta planta y nos miramos. Cuando íbamos por la primera ya nos besábamos apasionadamente.
Casi tengo que ayudarle a abrir la puerta. Cuando nos vimos dentro nos besamos y metimos mano como dos adolescentes. Ella se agarró a mi cuello y yo la levanté en brazos, agarrándola por las nalgas, ella rodeó mi cintura con sus piernas. La llevé sobre su cama y la dejé caer. Ella abrió las piernas echándose hacia atrás. Los leotardos estaban agarrados con encaje a unas bragas negras y amplias. Le levanté el vestido hasta la cintura para poder bajárselos. Tras ellos le quité las bragas y la abrí más.
“este coño, cuanto lo he echado de menos”.
Lo lamí, acaricié, mordí, froté y penetré con los dedos. Me levanté y saqué la polla del pantalón de mi traje. Fui hasta donde estaba su boca y la metí en ella. Le agarré por los pelos y la penetré, se la metía entera y luego hacía atrás, hasta quedar el capullo rozándole los labios. El ímpetu con el que follaba la boca de mi cuñada provocó que ella tuviera algunas arcadas, que no llegaron a más. Al cabo del rato se la saque y ella me la pidió en su coño.
“vamos Víctor, vamos métemela cabrón”.
Me recibió con las piernas abiertas. La penetré con decisión. A veces nos besábamos, otra dejábamos a nuestras lenguas jugar, otras ella llenaba mis orejas del calor de su boca al gemir. La polla entraba y salía con decisión.
Buqué sus pechos, ella me pidió paciencia por el vestido. Se desató y se los sacó. Yo me incorpore y me senté, ella hizo lo propio sobre mis rodillas y me rodeó afectivamente con los brazos. Me dejó acceso a sus bonitos pechos. Los lamí con dulzura y amor. Ella me sonreía afectivamente. Nos relajamos un poco. Ella se sentó sobre mí. Me dejé caer un poco mientras ella comenzaba a cabalgarme. Lo hizo lento, se olvidó de las prisas. Marcaba perfectamente los movimientos. Su cintura se meneaba serpenteando, estaba clavada, solo se movía desde el culo hasta el abdomen. Me agarré a su culazo y me dejé llevar.
“quiero que te corras dentro, cielo”.
Lo hacíamos sin protección. Mi cara de preocupación la atajó con un “tranquilo, no soy una loca”.
Ahora se volcó más encima mía. Sus pechos bailaban ante mi boca, mi lengua lamía lo que podía. Ahora ella botaba con el ansia de una monja que nunca folló hasta su madurez. La cama chirriaba y ella gemía sin temor a que la oyera algún vecino. Me forcé a frenar esa follada por miedo a eyacular. Ella se levantó un momento y me besó masturbándome lentamente. Se le mojaron un poco las manos. Lo chupó y me dejó probar un poco a mí. Me besaba el cuello mientras me masturbaba lentamente. Tenía la polla a mil y los huevos muy cargados. Isa volvió a las andadas. Se colocó en cuclillas y de espaldas a mí. Comenzó a botar con sorprendente frescura y facilidad. La imagen de mujer madura rellenita es engañosa. En la cama es una auténtica gata salvaje, y sabe lo que se hace.
Si el marido no la atiende como se merece, pensé, significa que es un perdedor. Se es perdedor cuando se tiene a una hembra de ese calibre y no se aprovecha. No hace falta estar muy buena ni ser muy guapa; basta con ser como Isa. Le metí un dedo por el culo mientras seguía botando. Se echó hacia delante, apoyando las manos a la altura de mis pies, para que pudiera metérselo mejor.
Le dije que me quedaba poco. Ella se levantó y me ofreció su coño a cuatro patas.
“A la perrita de tu cuñada, dáselo a ella. Hazle el favor”.
Se colocó de cara al único espejo de la habitación. Me miraba muy viciosa a través de él. Yo la follaba torpemente, pues la corrida era inminente. No obstante aguanté un poco más de lo esperado. Hice una pequeña parada para colocarme mejor. Me eché sobre ella como un oso, plantando las zarpas sobre su espalda. Empecé a follar fuerte, muy fuerte y rápido, hasta correrme. Chillaba como una cochina a la que están degollando, pero no dejaba de mirarme. Cuando me corrí ella apretó el culo dejando la polla prisionera en el interior de su cueva, Se empezó a mover con movimientos espasmódicos para escurrírmela dentro de sí.
Nos acabamos besando lentamente. Sentí sus labios como nunca los he sentido en nadie. El peligro del amor crecía a pasos agigantados. El miedo me hizo cortar.
“creo que hora de irnos cagando leches”.
“vámonos nene”.
Nos vestimos y acicalamos a toda prisa. Ella se lavó el coño en el bidé y se echó perfume. Yo me eché un poco de colonia del marido.
Cogimos el hielo y volvimos, el coche seguía en su sitio. Ya en el bloque de pisos de sus madres, mientras subíamos en el ascensor, ella se dirigió a mí.
“Ha sido precioso, me lo he pasado en grande, deseaba mucho este rato. Eres especial”.
Yo no dije nada.
La noche acabó bien. Cantamos villancicos en familia y acabamos desayunando churros con chocolate. Cada familia se fue a su casa a dormir. Mientras conducía, con Ana a mi lado, solo hacía pensar en ella.
Al llegar a casa Ana quiso sexo. Follamos durante largo rato. Pero yo solo pensaba en Isa. Cuando mi mujer me la comió, yo pensaba que lo hacía su hermana. Pensé en ella en cada instante: cuando se lo comí, cuando la penetré, cuando me cabalgó……..Y en todo, Isa supera a Ana con diferencia.
 
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