Nami, con los ojos cerrados por el placer y sintiéndose en el séptimo cielo, no vio que alguien la observaba a su lado.

– ¿Tienes idea de la estampa que ofreces, pelirroja? – susurró la voz desde la oscuridad.

Pero Nami no escuchaba…

Nami salió de su ensoñación, del capítulo póstumo de su orgasmo. Abrió los ojos y la claridad de la luna la cegó un poco hasta que se acostumbró. Allí estaban sus enormes tetas sobresaliendo, que con frecuencia la tapaban el resto del cuerpo desde esa posición. Pero allí estaba desnuda, de los pies a la cabeza, ella lo sabía; todavía sentía los jugos vaginales correr por su entrepierna y mojar el suelo. Sus pechos seguían húmedos y con el recuerdo de haber sido exprimidos por su dueña. Recordaba ese orgasmo nocturno, ese polvo apasionado consigo misma que casi le hace perder la consciencia.

Y recordó donde estaba. Que estaba sin ropa, sin tanga, ahí, alegremente, en lo alto del mástil del barco que compartía con aquellos bucaneros. Que cualquiera podía haberla visto u oído, o ambas cosas… En ese pensamiento, Nami se dividió entre la pureza de una mujer tímida y el deseo de ser deseada.

Pero en ese momento vio que no estaba sola. Distinguió que había una figura oscura mirándola muy cerca, allá arriba. Y en ese momento, pareció que Nami despertó de repente. Se estremeció y pegó un chillido. Su cuerpo se movió coordinadamente, sus piernas se cerraron tapando el sexo húmedo y sus manos corrieron a cubrir sus ubres. Nami tapó su desnudez y la imagen que ofrecía era de una bellísima mujer desnuda cubierta con sus propias manos. Inexplicablemente, volvió a ser una mujer que se escondía de los hombres, pese a masturbarse a sus espaldas.

Se esforzó por enfocar a su vigilante. Pero él se reveló sólo.

– ¿Quién me iba a decir que eras tan puta? – dijo la inconfundible voz de Zoro. El espadachín del grupo estaba allí, mirándola, su figura recortada en la noche. Una cara de deseo total pero también con algo de sorna.

– ¿Puta? Yo… ¡yo no soy ninguna puta! – dijo la pelirroja.

– Si querías sexo, no tenías más que decirlo. Es una lástima que prefieras montarte tú sola el numerito porno lejos de la vista de todo el mundo. Eres un regalo para la vista.

Nami se ofendió, pero a la vez no pudo evitar sonrojarse por el piropo. Seguía ahí en pelotas delante de Zoro, todo era muy raro… Desvió la vista y vio que su ropa estaba tirada por el suelo, se encogió suavemente mientras intentaba alcanzarla sin mostrar su desnudez más de lo que ya lo había hecho antes.

– ¿Cuánto… esto… cuánto tiempo llevas aquí?

– Desde que te estabas chupando los pechos y metiéndote los dedos en tu sexo.

– Serás cabrón… – dijo Nami enfadada, mientras cogía su camiseta.

De repente, en la cubierta del barco se empezaban a oír voces nerviosas.

– ¡¡Eeeehh!! ¿Qué pasa allí arriba? ¿Zoro? – era la voz de Usopp entre otras.

Luffy, Sanji y Usopp estaban en la cubierta, con una tremenda cara de sueño. Zoro se asomó a mirar abajo.

– ¿Qué coño pasa, tío? ¡Hemos oído a Nami gritar hace poco! – chilló Luffy.

– ¿Te pasa algo, princesa pelirroja? – se preocupó Sanji, mirando hacia arriba.

Zoro dudó entre qué decir. Por su cabeza pasaron dos ideas: la de decir la verdad abiertamente y la de proteger a la chica onanista. La primera opción era sin duda poco varonil: revelar a sus compañeros de viaje que Nami se escondía allí arriba y que estaba desnuda y con el coñito chorreando porque se había hecho un ruidoso homenaje a sí misma en vez de estar vigilando; la segunda opción implicaba mentir con la complicidad de Nami pero sin saber muy bien como saldría la estrategia. Dado que la primera idea tenía consecuencias imprevisibles, optó por lo segundo.

– Ey, está aquí, está bien. Simplemente le había asustado una gaviota que se ha posado cerca, ya sabéis que es un poco tonta a veces…. – mintió Zoro desde las alturas.

-Nami, ¿seguro que estás bien?

Nami se asomó lo justo para sacar la cabeza por encima de la atalaya, ya que seguía sin camiseta. Sintió con incomodidad como por detrás Zoro le miraba las nalgas. Miró hacia abajo donde estaban sus amigos y le tranquilizó.

– Sí, todo bien, chicos. Lo siento mucho si os he despertado…

– Si quieres te relevo, princesa – dijo Sanji, que ya se estaba encaramando a las cuerdas para subir.

– No Sanji, en serio, ¡estoy bien!

– Yo bajo ya chicos… – Zoro sacó las piernas fuera del puesto de vigía y se agarró a las cuerdas para bajar. Antes de irse, miró a Nami de forma inquisitiva y ella pudo oír de soslayo que decía algo así como “Me debes una”.

– Vale, pues nos volvemos a la cama. Estate más tranquila, Nami – dijo Luffy y se volvió hacia los camarotes.

Pero no se habían ido todos, Sanji seguía trepando por las cuerdas hacia el mástil, quería saber más sobre la intranquilidad de su pelirroja. Nami lo vio incrédula, pero se dio cuenta de que era inútil, que la iba a ver desnuda. Rápidamente cogió y se puso la camiseta, y por arte de magia se metió dentro de la falda casi de un salto. Quedaban en el suelo las sandalias y el tanga, por no hablar de la humedad sexual que ella había desprendido y que mojaba la madera…

Cogió el tanga mojado con una mano, pero se dio cuenta de su propio olor, un olor fuerte a mujer en estado reproductivo que impregnaba no solo la tanguita sino el ambiente en el que Sanji de repente apareció. Nami pudo tirar el tanga abajo, lejos, antes de que el pirata rubio se percatara de ello.

– ¿Qué tal preciosa? Oye, pareces algo agobiada, ¿no? – preguntó él.

– Para nada Sanji, estoy bien… ¿Por qué lo dices? – dijo ella aparentando normalidad.

– No sé, parece que estás sudando. Bueno igual es por el calor…

– Claro, es que aquí no hay quien pare – le dio ella la razón. A Nami le mataba recordar que estaba frente a Sanji con todo al aire debajo de la falda y rezaba para que no se percatara.

Sanji se quedó mirando el horizonte.

– La noche es bonita, ¿no crees? – preguntó Sanji, mientras una brisa suave hacía que se mecieran los cabellos de ambos piratas.

– Sí, la verdad… Está todo muy tranquilo, salvo por alguna gavota violenta ocasional – se rio Nami.

– Bueno pues, te voy a dejar… Que sueño no te puedo negar que tengo un rato…

– Buenas noches Sanji – le sonrió. Pero en ese momento, cuando Sanji se disponía a bajar, resbaló ligeramente.

– Algo me ha hecho resbalar aquí en el suelo… dijo Sanji y se acercó a mirar qué era aquél charco húmedo…

– ¿Eeeeh? ¡No, espera! – dijo Nami.

Nami anduvo lista y se agachó deprisa. De esa forma evitó que Sanji viese que no llevaba bragas. Pero a Sanji parecía importarle más la mancha del suelo…

– Es como… no bueno, no es como agua… – Sanji acercó un dedo para tocar la humedad y Nami no pudo evitarlo. El dedo de Sanji se impregnó con lo que hace poco salió de su vagina. La mente sucia de Nami en ese momento se activó, y pensó en el dedo del cocinero metiéndose en su fogón femenino… Tuvo que sacudir ese pensamiento de su mente.

Sanji se quedó mirando el líquido resbaladizo atentamente, pero no pareció sacar ninguna conclusión. No lo probó porque pese a ser cocinero sabe que hay cosas que es mejor no probar por si acaso.

– Bueno que raro. Igual es algún excremento de pájaro.

– Sí, estaba ahí antes – asintió Nami. – Yo también lo había notado y procuraba no pisar…

– Y por eso te quitas las sandalias, ¿para no pisar? – apuntó Sanji. En ese momento Nami creyó que Sanji lo sabía, que sabía lo que allí pasaba, que no era tonto, que olía la atmósfera llena de hormonas y había notado su actitud esquiva hacia él. ¿Sanji lo sabía? Pese a sus esfuerzos por disimularlo, quizás Sanji sabía que se había masturbado…

De todas formas, Nami seguía agachada para proteger sus partes íntimas, y no se levantó hasta que Sanji lo hizo.

– Hala, pelirroja, buenas noches. Sólo quedan un par de horas hasta el alba. Aguanta, mi pequeña.

– Hasta luego, Sanji – ella le observó desaparecer y descender. Curiosamente, la expresión de Sanji parecía la de siempre y a Sanji no se le daba bien mentir ni disimular. Ella se tranquilizó. Sanji desapareció como hasta hace poco lo había hecho Zoro y Nami se quedó vigilando de nuevo la zona mientras sus amigos iban a dormir.

Ya no quedaba nadie sobre la cubierta, lo mismo que habían venido, se fueron. Menudo espectáculo. Nami se paró un poco a pensar lo que había hecho mientras miraba al horizonte con los codos apoyados en la balaustrada. El mástil detrás de ella vigilaba sus pensamientos. La valiente pirata recordó como el aburrimiento la había vendido al deseo candente dentro de su cuerpo y había acabado gozándose a sí misma.

Zoro la había descubierto… ¿qué iba a pasar a partir de ahora? Confiaba en que él no se lo diría a nadie, pero… ¿podía estar segura?

¿Y qué había de Sanji? ¿La habría descubierto de todas formas y se había hecho el loco?

Por no pensar ya en que cualquiera podría haber oído perfectamente sus gemidos de placer en medio de la noche. Nami no deseaba que llegase el día porque tendría que enfrentarse a situaciones incómodas con Zoro y situaciones que ignoraba completamente como los pensamientos del resto de la tripulación.

La pelirroja sintió algo resbalándose por su muslo derecho. Pasó la mano por su pierna y al tocar sus propios fluidos se acordó.

– ¿Qué hago ahora sin braguitas? – Nami se preguntó. Había lanzado el tanga abajo para que Sanji no lo viese, pero debía recuperarlo cuanto antes. No obstante, bajar era arriesgado porque mientras descendía cualquiera que hubiese en cubierta tendría una vista formidable de su anatomía de cintura para abajo. Pero a medida que pasaba el tiempo, sería peor. Si amanecía habría mucha más luz y la gente empezaría a levantarse.

Nami no tuvo otra opción que dejar el puesto de vigilancia inmediatamente. Antes de agarrarse a las jarcias comprobó por última vez que no había nadie a la vista allí abajo y procedió a descender. Lo hizo tan rápido que casi parecía que volaba. Cuando tocó el suelo dio otro vistazo a su alrededor. Pero todo estaba tranquilo en cubierta. Nami se pudo manos a la obra y rastreó la cubierta en busca de su prenda íntima.

La luna daba suficiente claridad como para ver sin esfuerzo. Sin embargo, tras una vuelta a la cubierta, Nami no encontró ni rastro de su tanga.

Pensando un poco, no le sorprendió el resultado. No recordaba la fuerza con la que había arrojado el tanga desde lo alto del mástil, pero estaba muy asustada en ese momento y podía fácilmente haberlo arrojado con fuerza al mar. El barco apenas se había movido esa noche, pero buscarlo en el mar era prácticamente imposible. Nami recorrió una vez más la superficie del barco con detenimiento, pero al no encontrar su ropa interior decidió que seguramente la había lanzado al océano y no se preocupó más por ello. Era perfecto, así nadie la encontraría.

Nami decidió hacer una incursión rápida a su habitación para secarse un poco la humedad vaginal, ponerse unas braguitas y seguir con la vigilancia. Una vez se encontró en su habitación fue al cuarto de baño y cogió papel para limpiarse los pegajosos fluidos que aún seguían pegados a su sexo y lo que le rodeaba. Al día siguiente lo primero que haría sería pegarse una buena ducha.

Se puso unas braguitas rojas, no tan sexys como el tanga que había perdido esa noche, y una vez tuvo el coñito de nuevo resguardado se dispuso a salir para acabar el turno de vigilancia antes de que el resto de la tripulación amaneciese.

En ese momento, en unos de los camarotes, una figura jugueteaba en la oscuridad con un tanga rosa que había recogido. Estaba tirado en la cubierta, cerca del mástil. Olía a mujer fértil que se había acabado de masturbar…

Y sabía que era de Nami. Qué viciosa…

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