el-elegido2Era una noche profunda la que caía sobre el Going Merry, mecido suavemente por las olas en medio sin-titulodel mar. La tranquila noche fue rasgada por un bostezo que venía el mástil.

– ¡¡Woaaaaaaah!! – bostezó la joven pirata Nami desde el puesto de vigía de la nave.

El turno de vigilancia nunca era agradable, pero estaba acordado que cada noche le tocaba vigilar a uno de los piratas, por lo que pudiera ocurrir. Y Nami no se salvaba por ser chica.

– ¡Qué aburrimiento…! –musitó la pelirroja para sí. – Todos los demás están durmiendo y yo aquí como una tonta vigilando.

La noche era calurosa a pesar de que el sol ya se había escondido en el horizonte del mar hace ya horas. La luna iluminaba el mar estupendamente, casi como si conservara el calor del astro rey. Esa temperatura es la que hizo que Nami, en medio de su aburrimiento, tuviese una idea perversa…

Y es que su cuerpo voluptuoso sufría el calor, pero también guardaba un calor de otro tipo. Un calor que una mujer experimenta por mucho que quiera ocultarlo. Un calor que ni el desierto puede igualar, que sale de dentro y va a más si no se apaga… Ella vivía en contacto con hombres durante todo el día, respiraba su testosterona, pero ella guardaba las apariencias. Sin embargo, en privado, y cada vez más frecuentemente, se vendía a sus instintos de mujer.

Pensó en hacerlo desde lo alto del mástil. No podía estar más expuesta pero a la vez más protegida, y el solo pensar en masturbarse desde lo alto del barco le tentaba enormemente. De cualquier forma, todos dormían, ¿no era así?

Nami se rindió al deseo y a las hormonas. Empezó a deslizar su fina mano hacia su falda y metió sus dedos por debajo de la tela. Alcanzó a tocar su tanga, sintió como se moría por la anticipación del deseo que surgía de querer estar tocándose ya. Se sentó en el cubículo de vigilancia, y ya se había bajado la falda a la altura de las rodillas.

Los potentes muslos de Nami estaban ahora desnudos, sólo cubiertos por su tanguita fucsia. Nami se anticipó antes de cumplir su deseo, recorriendo con sus manos temblorosas de lujuria sus piernas tersas, suaves como la seda, recién depiladas. Frotando la parte interna de sus extremidades llegó hacia donde la tanguita la esperaba.

Sus dedos tocaron impunemente la parte hinchada de sus labios sexuales a través de la telita. Su órgano sexual estaba impaciente por ser frotado también.

Sus manos se pusieron a ambos lados de su cintura y deslazaron los nudos de la prenda interior sin esfuerzo. Su tanga cayó y la rajita de Nami quedó expuesta a la noche, al cielo.

Qué calor… Nami no pudo quedarse quieta y se liberó también de la camiseta que tapaba sus senos. Cualquiera que conozca a Nami no olvida sus generosos pechos…

En otra ocasión podría haberse inhibido, pero el deseo de sexo la había dejado completamente desnuda en lo alto del mástil. Sus prendas estaban a sus pies, ella estaba como la trajeron al mundo y a la merced de sus propios dedos.

Dedos que no tardaron en ser curiosos y acercarse a la vagina de su dueña, siguiendo sus órdenes. La vagina de Nami no tenía vello ninguno, estaba cerradita pero ligeramente húmeda cuando sufrió el tacto de las temas de sus dedos. Una sensación electrizante recorrió la vulva y el cuerpo entero de Nami, que sabía que a partir de aquí empezaba el placer sin límites al que se entregaba.

Sus dedos perdieron el control que imponía su dueña y se dedicaron a recorrer sin miramientos la abertura femenina, mientras con la otra mano se estrujaba uno de sus pechos contra el otro. Una de sus falanges se introdujo un poco en su intimidad mientras al mismo tiempo retorcía el clítoris con el pulgar.

– Ay, dios… Así… Y mis tetas….

Nami movía la masa de sus tetas de forma impresionante, sintiendo su contenido contra su piel, asfixiándose con su tacto. Su clítoris era víctima de toqueteos por todos sus ángulos.

– ¡¡Vamos, dame más!!

En un momento masturbatorio que ella conocía como la palma de su mano, coló una parte de su pecho en su propia boca, pezón incluido. Llenó su pecho de saliva jugosa. Sus tetas eran tan grandes que permitían esa pornográfica travesura.

– Mmmm… siiiiii… – decía Nami a duras penas, pues no es fácil gemir cuando se comía a sí misma las tetas.

Ahí, mientras succionaba su pezón con ahínco y machacaba su otra teta a manoseos, mientras su otra mano se fundía y casi penetraba su delicado coñito, Nami encontró el fuego que buscaba…

Sus pensamientos se agolpaban en su mente, imágenes de aquellos que la acompañaban usándola como juguete sexual para satisfacer su cansancio. Ella recibiendo todo de ellos, todo…

Cambió el pecho de su boca para llenarlo también con saliva. Su mano se retorcía a una velocidad de vértigo, como si fuese a robarle sus labios íntimos, y lo mismo con la que estaba retorciendo sus tetas como en un cuadro surrealista. Nami se daba a sí misma lo que ningún hombre le había dado.

– ¡¡mmmmmmmMMMMMMMM!!

Loca por el placer que sentía por todo su cuerpo, dejó de chuparse el pecho y siguió golpeando sus tetas y sobando su conejito… El clítoris parecía que iba a reventarla por dentro.

Sabía que lo que estaba a punto de hacer era una irresponsabilidad, pero le importó bien poco. En medio de la noche, se sentía sola. Nunca lo había hecho en su habitación mientras se tocaba, pero esa noche decidió gritar a pleno pulmón, dar rienda suelta a su faceta de hembra cachonda.

– ¡¡¡aaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!!! ¡Dameeee, ricooooo! ¡Así, así, maaaAAASS!

No pudo evitarlo, pero siguió. Se avecinaba el momento, sus extremidades frenéticas la llevaron a la humedad, al orgasmo que tenía que experimentar como castigo…

Nami sentía que iba a explotar y se corrió, loca de felicidad:

– ¡Dios! ¡aaaAAHH! ¡¡Me corro jodeeeeerr!! ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!! ¡¡SÍI!!

Y menudo orgasmo tuvo… No paraba de menearse, de convulsionarse contra los tablones…. Mientras, borbotones de fluido se abrieron paso desde el interior de la anatomía de Nami y salieron vertidos por su coño, mojando los labios, la pelvis y parte de los muslos de la mujercita. El sexo líquido chorreó de ella despedido como una fiera, y ella seguía gritando de placer por la masturbación que divinamente se había proporcionado.

Sus zonas de placer aún latían doloridas e hinchadas por el roce de sus propias manos, que yacían desfallecidas a ambos lados de su cuerpo. Nami notó como el placer se fue extinguiendo y su voz se fue apagando, mientras seguía sudando y con los ojos cerrados, paralizada por el placer…

Sin embargo, los gritos que habían rasgado la noche tenían una clara consecuencia. Alguien la estaba viendo empapada, desnuda y poseída por el autoplacer…

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