Mis morbosas vacaciones (2)

Al día siguiente Luis me despertó a las 8 de la mañana, ya se iban a marchar de excursión, pero yo, muy adormilada aún, le deseé que lo pasaran bien pidiéndole que me dejase dormir cinco minutos más.

Cuando volví a despertar, no habían pasado cinco minutos, sino dos horas. Todos se habían marchado, incluso Manolo, así que tras desayunar y asearme me puse en la mesa del salón a trabajar.

Apenas llevaba media hora frente al ordenador, cuando de repente apareció Juan, que dejó su mochila y una tienda de campaña en el suelo, saludándome:

– Hola, Laura.

– Pero… ¿qué haces tú aquí? – le pregunté sin salir de mi asombro.

– Bueno… verás… – contestó dubitativo -. Les he dicho a los demás que me he torcido el tobillo y que no aguantaría la marcha… así que me he dado la vuelta…

– ¿Es grave? – pregunté preocupada -, ¿por qué no se han vuelto contigo?.

– Porque les he dicho que no era nada y que no quería fastidiarles la excursión, aunque no podría hacer una caminata de cinco horas…

– Ya… ¿y es verdad? – le pregunté con algunas sospechas.

– Pues claro que no… no me he torcido el tobillo… necesitaba hablar contigo, Laura… de lo que pasó ayer…

– Lo de ayer… – dije pensativa rememorando cada sensación – …no fue más que un calentón… – añadí tratando de convencerme a mí misma más que a él.

– Es lo que yo creo – contestó Juan sentándose al otro lado de la mesa -, pero he estado toda la noche dándole vueltas y llegué a la conclusión de que debíamos hablarlo. Quería saber qué pensabas tú.

– Claro, claro… Sólo fue un juego que se nos fue de las manos… Yo estoy con Luis…

– Tu novio y mi mejor amigo… así que entre nosotros no hay nada.

– Eso es – le dije tratando de alejar locas fantasías de mi mente -, ¡si ni siquiera nos llevamos bien!.

– Eso es lo único en lo que siempre hemos estado de acuerdo – afirmó con una tensa sonrisa.

La situación era embarazosa, y parecía que los dos intentábamos zanjar el asunto cuanto antes para seguir con nuestras vidas como si nada hubiese ocurrido.

– Pues muy bien – concluyó ante mi silencio -, tema solucionado.

Y, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la mochila y la tienda de campaña, añadió:

– Guardo los bártulos, me voy al río y te dejo trabajar.

– Espera, que te ayudo con la tienda – le dije poniéndome en pie yo también y acercándome a él, aunque no pude evitar el admirar su bonito culo al agacharse para coger las cosas.

– No ha-ce fal… – la frase se le cortó a medias al incorporarse y observarme de pies a cabeza ante él.

En su pantalón se hizo visible un aumento de riego sanguíneo en la zona pélvica.

Me miré a mí misma y comprobé por qué empezaba a abultarse su entrepierna. Cuando él había llegado, yo estaba tras la mesa y la pantalla del ordenador, de tal modo que Juan sólo había podido ver mi cara. Como a esas horas ya hacía calor, y estaba sola, no me había molestado en vestirme más que con un corto top de tirantes, bajo el que no me había puesto sujetador, y una pequeña braguita que apenas ocultaba lo pudorosamente correcto.

– ¡Pero qué buena estás! – exclamó dejando caer nuevamente la mochila.

Mis ojos no podían apartarse de su incipiente erección, contemplando cómo aquel paquete aumentaba y aumentaba, haciéndome sentir un cosquilleo en mi zona más íntima. Ante aquella visión y su comentario, no pude reprimir el impulso, y cuando me quise dar cuenta, mi mano ya estaba palpando el enorme abultamiento de su pantalón de deporte.

Él me agarró de la cintura y me atrajo hacia sí, pegando mi cuerpo al suyo para que, como el día anterior, sintiese su dureza en toda su extensión.

Mis pezones se pusieron como escarpias, y sentí cómo mi braguita comenzaba a humedecerse. Sentía los labios secos, y mirándole a los ojos me pasé la lengua para humedecerlos. Volvía a desearle, con todas mis fuerzas, y no era capaz más que de responder a los impulsos de mi cuerpo.

– Tienes un polvazo, Laurita.

– ¿Ah, sí? – pregunté denotando mi excitación en la voz -. Creía que habías venido a dejar claro que sólo somos amigos por una persona en común.

– No – contestó apretándome aún más contra su inhiesto músculo-. Mira cómo me pones… he venido para follarte…

– Menos amenazar y más actuar – le respondí sin poder creer cómo aquellas palabras estaban saliendo de mí.

Sus labios chocaron contra los míos y su lengua invadió mi boca. Nos fusionamos en un beso voraz, ansioso, desesperado… una despiadada lucha a muerte de dos húmedas lenguas que se buscaban mutuamente.

Las grandes manos de Juan recorrían mi cuerpo, delineando mi espalda y cintura, apretándome el culo, amasándome los pechos, poniéndome la piel de gallina, haciéndome contonear con cada una de sus caricias.

Mis manos también exploraban su cuerpo, colándose bajo su camiseta para sentir el tacto de sus pectorales y abdomen, apretando su duro culo, y recorriendo su aún más duro miembro. El día anterior me había parecido grande al sentirlo entre mis nalgas, poderoso al correrse contra mi ano, pero ahora, al tacto, me parecía imponente. Tantas veces había fantaseado con esa polla… imaginando que su tamaño sería acorde a la estatura del dueño… Quería comprobarlo, necesitaba comprobarlo… Bajé el pantalón sin esfuerzo, y él me ayudó deshaciéndose de todas sus prendas, quedándose únicamente con el slip para que fuese yo quien se lo quitase en última instancia.

Me sacó el top, y se quedó admirando mis pechos de erizados pezones para, un instante después, agarrarlos con sus manos, apretarlos y pellizcar las rosadas cúspides mientras su lengua hacía diabluras con la mía. Me estaba volviendo loca, estaba desatada y necesitaba más de él.

Bajé su ropa interior y “¡Oh!”, ahí estaba ese orgulloso falo, con sus dos compañeros colgando, todo para mí. No era tan grande como había fantaseado en múltiples ocasiones, pero era de buen tamaño, mayor que el de mi novio.

Luis volvió a mi cabeza en ese instante, una sombra de duda que nubló mi mente por unos momentos, dejándome paralizada, observando esa dura verga de cabeza rosada y tronco venoso… ¿Qué estaba pasando?, mis travesuras estaban yendo demasiado lejos, estaba jugando con fuego, y me iba a quemar… quería quemarme… pero no debía.

Juan no dudó un instante, tomándome por el talle, me alzó en volandas haciéndome notar su dureza en mis húmedas braguitas para, acto seguido, dejarme caer sobre el sofá como si fuese una muñeca. Su calculada rudeza me excitó sobremanera, un calor abrasador partió desde lo más profundo de mí, recorriendo todo mi cuerpo y haciéndome temblar con un suspiro. Luis desapareció de mis pensamientos, la infidelidad dejó ser un problema para convertirse en una imperiosa necesidad y en un excitante aliciente.

Mi amante se puso sobre mí. Besó mis labios anhelantes, surcó mi sensible cuello con su boca, devoró mis estimulados pechos, recorrió el valle de mi vientre y aspiró el aroma de mi deseo con su nariz pegada a mi más íntima prenda.

– Me estás matando – le dije casi sin aliento.

No respondió, abrió la boca, y con sus dientes atrapó mis braguitas para tirar de ellas hacia abajo. El roce de sus dientes arrastrando la tela sobre mi vulva me provocó un escalofrío que hizo que mi espalda y mi culito se despegasen del sofá facilitando su tarea de dejarme sin ropa interior. Sus manos se desplazaron por mis nalgas y ayudaron a sus incisivos para dejarme totalmente expuesta ante él, completamente desnuda, con las piernas abiertas mostrándole mis rasurados, húmedos e hinchados labios vaginales; con mis pechos subiendo y bajando con el alocado ritmo de mi respiración; con mi boca entreabierta en una muda súplica, y con mis ojos centelleando con la luz del deseo y la lujuria.

– Laura – me dijo con su voz teñida de pasión -, ahora sí que te voy a matar…

Sólo pude suspirar.

Como una nube que ocultase el sol, todo su cuerpo se colocó sobre mí y, de pronto, con un golpe seco de sus caderas, sentí cómo su grueso pene se abría paso por mi interior para alojarse en mi vagina, hasta que su pubis golpeó con el mío consiguiendo que mi clítoris vibrase con el empellón.

– ¡Aaaaaahhh! – gemí gritando.

Esa enérgica embestida, esa audaz y profunda penetración, me provocó tal placer que todo cuanto me rodeaba dejó de existir para centrarme únicamente en las sensaciones que mi coñito, lleno de polla, enviaba por todo mi cuerpo para mi deleite.

Agarré a Juan por la cabeza, y atraje su boca a la mía para besarle, demostrándole pasionalmente cuánto me había gustado su maniobra.

Sentí su ariete deslizándose entre las paredes de mi gruta para retirarse ligeramente y volver a acometer sin piedad.

– ¡Qué gustazo! – me oí exclamar.

Por unos minutos, esas fueron mis últimas palabras. Juan empezó a follarme como nunca antes me habían follado, imprimiendo tal violencia a las embestidas de sus caderas que, cada vez que rítmicamente su verga me abría por dentro, su glande se incrustaba en lo más profundo de mi ser y su pelvis chocaba contra mi clítoris, sólo jadeos, gemidos y gritos incoherentes podían salir de mi garganta.

Yo nunca había sido tan escandalosa, pero era tanta la carga sexual y el goce que experimentaba, que incluso había perdido el control de mis cuerdas vocales.

Aquella polla era magnífica, grande, gruesa, larga, y me perforaba con tantas ansias que mi coño chorreaba. Mis manos recorrieron sus anchas espaldas y acabaron agarrando con fuerza su culo de pétreos glúteos contraídos, haciéndome sentirle aún más intensamente.

Mi espalda y mi culito se restregaban contra el sofá en cada empujón, mis pechos se mecían arriba y abajo como si corriese los 50 metros lisos sin sujetador, mi botoncito del placer estaba duro y vibraba con cada choque, pero mi coñito… Esa profunda entrada era un festival de sensaciones: calor, humedad chapoteante, hormigueos, cosquilleos, descargas eléctricas, contracciones…

Juan me estaba echando un polvo pasional, potente, enérgico y enormemente satisfactorio, pero por esas mismas causas, también fue corto. Mi cabeza comenzó a dar vueltas, y sentí que escapaba de mi cuerpo, me faltaba el aire, y el calor subió desde mi sexo hasta mis mejillas haciéndome sentir febril. Él comenzó a jadear entre gruñidos, imprimiendo más fuerza a cada follada, hasta que con un último gruñido sentí cómo me inundaba por dentro con una explosión de candente y espeso elixir de hombre.

– ¡Oooooooooooooohhhhhhhh! – grité.

La sensación de su corrida escaldando mi ya candente vagina fue lo que me hizo ver las estrellas. Perdí todo contacto con la realidad mientras todo mi cuerpo se convulsionaba en el más intenso orgasmo que jamás había tenido, hasta que volví a tomar conciencia del mundo cuando nuestros cuerpos extasiados se desplomaron sobre el improvisado lecho, quedando inmovilizada por el peso de ese magnífico semental.

Nos quedamos inertes, sólo escuchando nuestras respiraciones, recuperándonos de la intensa experiencia, hasta que tuve la necesidad de mi pequeño vicio secreto.

– Necesito un cigarrito – le dije.

Juan se incorporó sacándome su ya flácida virilidad embadurnada con nuestros mutuos fluidos.

– ¿Pero tú fumas? – me preguntó sorprendido -. Nunca te he visto.

– Claro que nunca me has visto – le contesté sonriéndole -, porque sólo fumo después de echar un polvo… me relaja. ¿Podrías traerme el tabaco de la mesilla de noche de mi dormitorio?.

Juan asintió y me dejó sola unos instantes, regalándome la vista con su trasero mientras se alejaba. Mi mente estaba en blanco, disfrutando de los ecos de lo que acababa de ocurrir.

Tras pasar por el cuarto de baño y limpiarse, mi amante volvió con mi paquete de tabaco, sentándose a mi lado para observar cómo me encendía un cigarrillo y exhalaba el humo en un suspiro que escapó a través de mis labios.

– Pero qué sexy eres… – dijo mirándome con renovada pasión.

Tuve un Déjà vu, aquellas mismas palabras ya las había oído en otra ocasión similar, en boca de Luis. Era la misma expresión que había empleado mi novio cuando nos acostamos juntos por primera vez y contempló fascinado mi pequeño vicio.

Pero en ese momento, quien estaba a mi lado no era mi novio, sino su amigo. Hasta ese preciso instante no fui consciente de la implicación que tenía lo que acababa de hacer: ¡Acababa de ponerle los cuernos a Luis!… ¡y para colmo había sido con su mejor amigo!.

– ¿Pero qué hemos hecho? – le pregunté a Juan consternada.

– Echar un polvo apoteósico – contestó seguro.

– Pero… ¿y Luis?.

– Ya… – pareció dudar – Esto no ha sido premeditado, simplemente ha pasado lo que tenía que pasar…

– Lo que tenía que pasar… – repetí pensativa mientras me llevaba el cigarrillo a los labios.

– No te tortures – me dijo acariciándome la pierna -. Desde que te conozco, siempre he sentido una irracional atracción por ti, y hasta ayer había conseguido interiorizarlo para que no se notara… pero hay cosas que no pueden ser contenidas eternamente…

Me sentí algo aliviada, porque era exactamente lo mismo que me había ocurrido a mí, pero seguía confusa. Realmente quería a mi novio, aunque lo que acababa de ocurrir denotaba que no me sentía satisfecha con él.

– No quiero dejar a Luis – dije pensando en voz alta.

– Y yo no quiero que lo hagas por mí – me contestó Juan creyendo que le hablaba a él -, como tampoco quiero perderle a él como amigo. Además, Laura, tú y yo no tendríamos ningún futuro juntos.

¿Pero cómo podía ser tan engreído de creer que dejaría a mi novio para mantener una relación con él…?. A pesar de que no era eso lo que me estaba planteando, a sus palabras no le faltaban veracidad: Juan y yo éramos totalmente incompatibles en casi todos los aspectos, como acababa de corroborar con su presuntuoso comentario. Nunca nos habíamos llevado especialmente bien, cuando él decía blanco, yo decía negro, simplemente estábamos en ondas diferentes. Y fruto de esa discordancia, habíamos tenido más de una discusión en la que Luis había tenido que mediar entre su novia y su amigo.

– Eso es verdad – respondí obviando lo desacertado de su presunción -. Esto que ha pasado debería quedar aquí. Sólo ha sido un calentón porque nos atraemos físicamente, nada más…

– Aunque yo no me arrepiento – añadió pasando la mano de mi pierna a la cintura -. ¡Ha sido un polvazo!.

Sentí un cosquilleo que se propagó desde el punto de contacto de sus dedos con mi piel, hasta mi sexo, a lo que mis pezones respondieron volviendo a ponerse duros.

– Uffff – resoplé con un escalofrío -, y tanto que lo ha sido… creo que yo tampoco me arrepiento.

Le di una nueva calada a mi cigarrillo y exhalé el humo pausadamente, observando de reojo cómo Juan me contemplaba con su pedazo de carne recuperando la vida, parecía que le excitaba verme fumar. Además, no hay que olvidar que estaba desnuda a su lado, con los pezones erizados como colofón de mis turgentes senos. Aquella situación me excitaba a mí también.

Su mano seguía delineando mi silueta, y sus largos dedos comenzaron a recorrer el contorno de mi pecho izquierdo. Esa suave caricia consiguió que mi coñito comenzase a humedecerse. El roce de sus dedos en mis zonas erógenas, la visión de aquel macho desnudo para mí, con su polla aumentando de tamaño, siendo yo la causa de dicho crecimiento, estaban excitándome más allá de lo que querría admitir. En aquel momento me sentí muy sexy, cargada de erotismo, un irresistible objeto de deseo… Aquello me encantaba, y mi naturaleza siempre había sido provocadora, así que no pude evitar comenzar nuevamente el juego.

Le di una nueva calada al cigarrillo y me giré hacia Juan para echarle el aromático humo, soplándoselo a través de mis rosados labios de la forma más sensual de la que fui capaz, acentuando la provocación con mi caída de pestañas más seductora.

– Eres una calientabraguetas – me dijo con su verga alzándose para mí.

– Y tú un cabrón follanovias – le contesté dándole el último beso a la boquilla del cigarro para volver a echarle mi aliento lentamente.

– Me pone malísimo eso que haces… Me vuelven loco esos labios de puta que pones…

– ¿Ah, sí? – pregunté mordiéndome el labio inferior y recreándome -. A mí me pone malísima esa pollaza con la que te follas a las novias de tus amigos – añadí pasándome la lengua por los labios.

– Después de discutir contigo, no sabes cuántas veces he imaginado que callaba tu boca de replicona llenándotela con esta polla. Tienes labios de buena come-rabos…

– Ni te lo imaginas – repliqué relamiéndome de nuevo -. Y tú no sabes cuántas veces he imaginado que me comía tu polla para hacerte callar y no tener que seguir escuchando cómo me contestabas…

Su verga ya estaba totalmente erecta, mirándome con su ojo ciego. Realmente era más grande que aquella que llevaba degustando exclusivamente desde hacía tres años. Se veía tan apetitosa que yo, plena de lujuriosa gula, ansiaba probarla y hacerla estremecer en mi boca.

Con una nueva muestra de la medida rudeza con que me había tirado en el sofá, Juan agarró mi cabeza y la forzó hasta que su dulce plátano contactó con mis labios. No tuvo que seguir empujando, porque fui yo la que succionó con todas sus fuerzas para llenarme de falo hasta la garganta.

– Ooooohhhhh – gimió.

Me acomodé en el sofá poniéndome a cuatro patas, apoyando mis pechos sobre su muslo izquierdo y con mi cabeza sobre aquel mástil. Tenía la boca llena de dura carne, y aún había más que no podía engullir, así que comencé un lento sube y baja succionante, mientras con la mano masajeaba lo que no era capaz de tragar. Me gustaba el tacto de su verga en mi lengua, y su olor y sabor a hombre que, junto con sus ocasionales gemidos, estaban haciéndome el coño agua.

Noté cómo su mano dejaba mi cabeza y se deslizaba por mi columna vertebral, consiguiendo que toda mi espalda se arquease con una sacudida. Llegó hasta mi culito en alto, y comenzó a acariciármelo describiendo su redondez. Sus dedos empezaron a explorar la separación de mis nalgas, y tantearon la suave piel de mi ojal.

– Mmmmm – gemí sin dejar de chuparle la polla.

Sus dedos continuaron investigando, y llegaron hasta mi empapada vulva para recorrer sus labios, provocándome un maravilloso cosquilleo, pero no se detuvo ahí. Continuó con su búsqueda, abriéndome la almeja, e introduciéndome dos dedos para follarme con ellos. Aquellas íntimas caricias eran tan deliciosas, que no era capaz de concentrarme en darle placer con mi boca.

Cuando sacó los dedos de mi conejito, por un momento pensé que ya no le estaba gustando cómo se la mamaba, pero inmediatamente este pensamiento desapareció de mi cabeza, cuando sus falanges, bien embadurnadas con mis cálidos fluidos, volvieron a mi culo y empezaron a estimular su angosta entrada mojándola con mis juguitos. En ese momento sí que me detuve, me saqué la verga de la boca y tuve que suspirar.

Frotaba mi entrada trasera con las yemas, untándola con mi propia lubricación. Al igual que ocurriese el día anterior con el roce de su estaca, mi pequeño orificio fue respondiendo a su saber hacer, relajándose, abriéndose poco a poco como una flor, hasta que su dedo corazón se metió por el agujerito.

– Uuummm – gemí al sentir el cálido cosquilleo de mi ano perforado.

Ese dedo trazó movimientos circulares, dilatando mi esfínter y haciéndome sentir una extraña sensación mezcla de placer e incomodidad.

– No dejes de chuparme la polla – me dijo poniendo su otra mano sobre mi cabeza -. Lo haces muy bien…

Envolví nuevamente su glande con mis labios, y volví a succionar como si fuera un polo de hielo. Su dedo salió de atrás y volvió a registrar mi almeja para embadurnarse con más lubricante, mientas en mi ojal se instalaba su pulgar manteniéndolo abierto. Aquella sensación de leve doble penetración me hizo arquear más la espalda de puro gusto.

Su dedo corazón volvió a ocupar el puesto del pulgar, penetrando mi ano una y otra vez, ensanchándolo y lubricándolo hasta que:

– ¡Uuuummmm! – volví a gemir cuando otro de sus dedos logró entrar también.

Los dos dedos siguieron con su trabajo, entrando y saliendo, aumentando el diámetro de la entrada, y me estaba gustando tanto, que inconscientemente aumenté el ritmo y fuerza de mis succiones.

– Uffffff – suspiró Juan tomándome de la barbilla para sacarme la piruleta de la boca -. Si sigues chupándomela así vas a conseguir que me corra… Y creo que ya estás preparada para seguir con lo que no pudimos hacer ayer.

– ¿Quieres darme por culo, cabronazo? – le pregunté.

– Ayer estuve a punto – contestó -, pero eres tan zorra y calientabraguetas que conseguiste que me corriese antes de tiempo. ¡Ahora voy follarte ese culo inquieto que tienes!.

Aquello me hizo sonreír, tanto por su forma de decirlo, como por el recuerdo de lo sucedido el día anterior.

La expectativa de conseguir, por fin, lo que llevaba tiempo deseando, me excitó más aún. Sabía que estaba preparada, de hecho ya lo había estado el día anterior, pero ahora sí que había llegado el momento de la verdad, mi anhelo se iba a hacer realidad: ¡mi culito iba a ser desvirgado!, y nada menos que por el tío con el que tantas veces había fantaseado.

– Eres un engreído – le espeté -, y no hay nada que me dé más por el culo que un engreído – añadí invitándole a cumplir su amenaza.

Sacándome los dedos se levantó y, mostrándome su falo con la punta enrojecida y brillante por mi saliva, rodeó el sofá para colocarse de rodillas tras de mí.

Apoyé la cabeza en los antebrazos y, respirando con fuerza por la expectación, alcé mi culo cuanto pude, dejándolo totalmente expuesto a él.

Sentí su mano sujetando mi cadera izquierda, y su glande deslizándose entre mis cachetes hasta que alcanzó el agujero. Con un empujón, sentí cómo la cabeza de aquel ariete me penetraba el ano dilatándolo al máximo.

– ¡Aaaggggg! – grité.

Me había dolido, aunque no tanto como había temido en anteriores intentos con mi novio. Era un dolor soportable pero, al fin y al cabo, seguía siendo dolor.

Juan se quedó inmóvil, permitiendo que me acostumbrase al grosor de su potente músculo. Y me acostumbré, desapareciendo el dolor para convertirse en una sensación de intenso calor con la que suspiré.

Su mano derecha dejó de apuntar, y me sujetó con firmeza de la cadera del mismo modo que hacía con la izquierda.

– ¡Pero qué culito más apretado tienes! – me dijo -. Me encanta, Laura, siempre he querido darte por culo.

– Estaba sin estrenar – le contesté respirando profundamente -. Venga, desvírgamelo, pedazo de cabrón.

La embestida fue brutal. Aquella lanza de carne se abrió paso por mi recto con tal violencia, que sentí su pubis chocando contra mis nalgas como si me hubiesen dado un azote. Experimenté cada milímetro de su verga perforándome el ano como si me hubiesen metido una barra de hierro al rojo vivo. Y grité, ¡vaya si grité!, pero no sólo porque sintiese que me ensartaban con puro fuego, sino que también grité de excitación, de júbilo por el triunfo conseguido y, sorprendentemente, también de placer mezclado con dolor.

Estaba totalmente empalada, y sentía cómo mi cuerpo se contraía intentando expulsar a aquel invasor que lo había profanado, pero con cada contracción, el dolor iba remitiendo.

– ¡Diossss, qué culo más voraz tienessss! – exclamó Juan sin moverse, disfrutando de cómo mi recto estrangulaba su verga.

Sólo pude asentir con un sutil quejido.

Tras dejar que mi cuerpo se adaptase al grosor de su ariete, lentamente, Juan se retiró hacia atrás, dejándome una intensa sensación de alivio por cada centímetro que su polla iba desalojando de mi interior, hasta que con un acuoso “¡Chofff!”, salió de mi ano dejándomelo totalmente dilatado.

– Uuuuuuufffff – medio aullé y suspiré según salía.

Pero volviendo a agarrar su miembro con la mano, mi sodomizador apuntó de nuevo, y sentí cómo su glande se abría paso otra vez por mi culito para presionar mi agujero y, venciendo su ya escasa resistencia, introducirse provocándome un delicioso cosquilleo.

– Mmmmm – gemí.

Siguió empujando y percibí cómo el grosor del tronco iba llenándome por dentro, arrastrándose por mis entrañas con una agradable sensación de calor, hasta que me la metió entera con sus huevos chocando contra mis hinchados labios vaginales.

El dolor había desaparecido por completo, y la extraña y agradable sensación que experimentaba, comenzaba a asemejarse al placer.

– Quiero más – le hice saber.

– ¡Pero qué zorra eres! – me contestó -. No he hecho más que abrirte el culo y ya me pides que te lo folle bien…

– Mmmm, sí – le dije levantando la cabeza y estirando los brazos para quedarme a cuatro patas -. Dame bien por el culo, cabronazo.

Apoyé las manos sobre el reposabrazos del sofá, y al incorporarme sentí cómo las contracciones de mi esfínter y todo el recto se hacían más potentes, pasando de ser una agradable sensación, a un verdadero placer.

A él también le gustó que me incorporase, emitiendo un gemido de satisfacción según me levantaba, de tal modo que se agarró bien de mi culo y tiró de él, clavándome su lanza cuanto nuestros cuerpos permitieron.

– Uuuummmmm – volví a gemir yo.

– Te voy a dar tu merecido, calientabraguetasssss – susurró él entre dientes.

Ya sin miramientos, se echó hacia atrás rápidamente y, antes de llegar a salir y de que me diese tiempo a suspirar, volvió a embestir con fuerza, a fondo, muy a fondo.

– Aaaaaaaahhhh – grité embriagada de deleite.

Sus caderas chocaron contra mi culito con el sonido de una palmada, y me estremecí con el calor y el gusto que sentí en mi estrecho orificio al ser penetrado brutalmente. Pero no tuve tregua, porque inmediatamente Juan se retiró para volver a darme otra vez, seguido, sin compasión.

– Ah, ah – salió de mi boca en breves interjecciones como respuesta a sus acometidas.

Su fiereza enculándome, y la exquisita sensación, me habían gustado, me habían gustado mucho.

Mi amante cogió un buen ritmo de mete-saca, empujando mis posaderas una y otra vez, bombeando de tal modo que cada salvaje penetración me hacía jadear como si estuviese en una carrera de fondo, porque a fondo me metía su polla.

Todo mi cuerpo se movía por su empuje, manejado con firmeza como si fuese un juguete en sus manos, y me encantaba esa sensación. Me sentía sometida, dominada, cabalgada y sodomizada como si fuese una vulgar zorra, con mis pechos colgando y zarandeándose con el vaivén, con mis nalgas al rojo por el reincidente choque de su pubis contra ellas, con mi vulva protuberante e hipersensible al contacto de sus pelotas, y mi coño llorando de placer con cálidos fluidos que recorrían la cara interna de mis muslos.

Tenía la boca abierta, tratando de atrapar bocanadas de aire que escapaban de mi garganta en cortos gritos cada vez que era empujada y dilatada por dentro. Sentía la polla de Juan como una tuneladora que trataba de excavar en roca pura, abriendo un estrecho conducto en el que podía sentir la fricción con un intenso calor en todas sus paredes. Era tan maravillosamente placentero, que no entendía cómo había podido retrasar durante tanto tiempo el experimentar esa práctica. Era una auténtica gloria a la que podría hacerme adicta.

Me encontraba al borde del abismo, a punto de saltar al vacío, pero el orgásmico empujón no llegaba, prolongado mi goce hasta cotas que no había conocido hasta entonces.

Con los ojos cerrados, intensificando aún más el cúmulo de sensaciones, oía mis propios gritos de placer, los gruñidos de mi macho, el rítmico golpeteo en mi culo, y un sutil chapoteo de la verga deslizándose por mi ano. Hasta que todo se detuvo de repente.

– ¿Por qué paras, cabrón? – pregunté a ciegas -. ¡Sigue dándome por el culo, que me encanta!.

– Manolo – contestó Juan con su polla estática en mi recto.

– ¡¿QUÉ?! – grité abriendo los ojos y girando la cabeza.

Allí, en la puerta del salón, estaba Manolo, mi eterno pretendiente, mirándonos con una sonrisa de oreja a oreja mientras sujetaba en alto su teléfono móvil para inmortalizar mi infidelidad (y desvirgado anal) en una fotografía.

“¡Click!”.

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