Mis morbosas vacaciones (1)

Hay veces que las cosas no salen como las planeas, una pequeña chispa puede trastocarlo todo y llegar a cambiar tu mundo.

Hola, mi nombre es Laura, tengo 24 años, acabo de terminar mi carrera de Ingeniería, y ésta es la historia que me gustaría relatarles:

Por fin habían llegado las vacaciones de verano, y con ello acababa de terminar mi último examen en la universidad. Para concluir mis estudios sólo me faltaba presentar el Proyecto Fin de Carrera, que ya lo tenía bastante avanzado, aunque tendría que trabajar en él todo el verano para poder presentarlo en la convocatoria de Septiembre.

Los padres de mi novio, Luis, tenían una preciosa casa en la sierra, en plena naturaleza, que estaría a nuestra disposición durante una semana en la segunda quincena de Julio. Luis invitó a nuestros amigos a pasar esa semana con nosotros, así yo podría continuar trabajando en mi proyecto, sin quedarse él sólo las horas que me enfrascase con el ordenador.

A éstas minivacaciones campestres se apuntaron Susana y Pedro, pareja consolidada desde hacía tres años (poco más o menos como Luis y yo), Manolo (amigo mío desde la infancia) y Juan (con el que no me llevaba muy bien). Todos tenían, más o menos, la misma edad que nosotros, entre los 23 años de Susana y los 26 de Juan.

Cuando llegamos a la casa, tras hora y media de viaje en coche, los padres de Juan nos recibieron cargando las maletas en su todoterreno, puesto que ellos habían pasado la primera quincena allí y, tras resolver unos asuntos de negocios en la ciudad, no volverían a la sierra hasta una semana más tarde.

– Cuidadla bien – dijo el padre dándole las llaves a su hijo -, y no hagáis mucho el gamberro. Que quede todo como está.

– Claro, papá, no te preocupes. Ya somos mayorcitos…

En cuanto los padres se despidieron, salimos todos disparados hacia la casa para verla. Luis nos la enseñó haciendo el reparto de habitaciones, de tal modo que las dos parejas tuvimos nuestra cama grande, y Manolo y Juan compartirían el dormitorio de dos camas.

La casa era amplia, decorada al estilo rural, sencilla pero con todas las comodidades de la vida moderna, y como aliciente, estaba junto a un río que formaba una charca a apenas cincuenta metros de la vivienda. Era como tener una piscina natural para nosotros solos.

Pasamos la tarde organizando la casa, especialmente la cocina, donde tuvimos que encajar en los armarios, haciendo Tetris, todos los víveres que habíamos llevado, sobre todo el ingente número de latas de cerveza. También planeamos las actividades que haríamos en los días siguientes, desde rutas de montaña, hasta piragüismo en el embalse cercano.

Por la noche, después de una copiosa cena bien regada con litros de cerveza, las botellas de bebidas más fuertes fueron abriéndose, corriendo el alcohol por nuestras gargantas mientras reíamos y disfrutábamos consumiendo parte de nuestra juventud con una buena borrachera.

Al día siguiente desperté con un buen dolor de cabeza que sólo el ibuprofeno pudo mitigar. Había sido la primera en irme a la cama, y también la primera en levantarme, así que dejé a Luis roncando como un oso, para desayunar algo e intentar trabajar en mi proyecto, aunque sólo fuese una hora.

La mañana fue poco provechosa, me costaba centrarme frente al ordenador, y poco a poco fueron amaneciendo el resto de resacosos para hacerme imposible escribir nada en condiciones.

Después de la comida, que en realidad fue un desayuno tardío (el segundo para mí), estaban todos aún tan hechos polvo, que prefirieron sestear para recuperarse y así pasar las horas centrales y más calurosas del día. Incluso Susana, a la que yo nunca había visto borracha, tenía cara de haberse bebido la noche anterior hasta el agua de los floreros.

– Aprovechando que me dejaréis tranquila un rato- le dije a Luis cuando ya estábamos a solas en nuestro dormitorio-, intentaré trabajar un poco.

– Está bien, cariño – me contestó dándome un beso -, pero tampoco te esfuerces demasiado, estamos de vacaciones y mañana tendrás todo el día para trabajar.

– Claro, en cuanto me canse, y si aún no te has levantado, iré a darme un baño a la charca – concluí cogiendo las cosas de baño para llevármelas al salón.

Tras una hora escribiendo delante de la pantalla, ya estaba cansada por el pegajoso calor de finales de Julio, así que, viendo que ni Luis ni ninguno de los otros se levantaban aún, cerré el ordenador, me puse el bikini-tanga, y salí a darme un buen baño en la charca. El agua estaba genial, fresca pero no demasiado fría, así que disfruté de la agradable sensación de nadar teniendo el río para mí sola.

A los diez minutos, oí un chapoteo tras de mí, y al girarme vi a Juan surgiendo del fondo del río hasta ponerse en pie, quedándole el nivel del agua por la mitad de su liso abdomen.

– Está buenísima – dijo echándose el pelo mojado hacia atrás.

Aquel gesto me provocó una pequeña descarga que recorrió todo mi cuerpo.

A pesar de no congeniar con él, siempre me había sentido físicamente atraída por Juan: era un chico guapo, atlético, bastante más alto que mi novio, y un par de años mayor que yo. Desde el día que me lo presentó Luis, a pesar de que muchas veces había tenido ganas de estrangularle, nunca había dejado de fijarme en él, de tal modo que, bastante a menudo, tenía ardientes fantasías con él. Para mí, Juan tenía el erotismo del malo de la película.

La pequeña descarga que sentí se evidenció físicamente con un erizamiento de mis pezones, lo que me hizo quedarme sumergida de cuello hacia abajo.

– Sí, está genial – le contesté -. ¿Y los demás? – pregunté nadando hacia él.

– Están todos más dormidos que una marmota. Anoche se les fue un poco la mano… menos mal que yo me fui a la cama a tiempo, un poco después de irte tú.

– Ya… Luis no vino a la cama hasta las 7, dando tumbos.

– Como Manolo, que llegó a la habitación tan perjudicado que se tropezó y cayó sobre mi cama despertándome.

– ¡Vaya novios tenemos! – exclamé riéndome mientras me ponía en pie junto a Juan.

Éste rió con ganas, pero advertí que no me miraba a la cara. Sus ojos estaban fijos en mis pechos, y brillaban observando cómo mis pezones le apuntaban a través de la fina tela del bikini. La breve charla me había echo olvidar por un instante mi estado. El agua me quedaba justo por debajo de los pechos, y los pezones se me marcaban muy notoriamente.

Sentí vergüenza, pero también se acrecentó mi excitación al comprobar que a Juan parecía gustarle lo que veía.

No es que yo sea una top-model, pero creo que no estoy nada mal: mi pelo es castaño y mis ojos marrones, algo muy común, aunque con el conjunto de los rasgos de mi cara creo que podría considerárseme atractiva. Soy de estatura media y complexión más bien delgada, culo redondito, pequeño y prieto, cintura estrecha y pechos redondeados, generosos para mi complexión, aunque tampoco muy grandes. En definitiva, no soy un bellezón imponente, pero tengo cada cosa en su sitio y sé que, por lo general, les gusto a los hombres. Como, por ejemplo, a Manolo, mi amigo de la infancia y quien me presentó a mi novio.

Sé a ciencia cierta que Manolo me desea, aunque yo siempre le he visto únicamente como a un amigo. Pero tengo que confesar que me encanta tontear con él, mostrándole mi amistad a través de efusivos abrazos, inocentes besos, e “inconscientes” caricias. No es más que un juego, y lo hago sin malicia, simplemente me gusta sentirme deseada.

Ésta actitud con nuestro amigo, mi novio se la toma como una natural muestra de afecto, porque a los ojos de cualquiera no es más que eso, aunque en más de un abrazo he notado el duro paquete de Manolo dispuesto para follarme.

Y esto me lleva a donde lo había dejado: Juan nunca había mostrado ningún especial interés por mí, más bien lo contrario, muchas veces parecía que mi sola presencia le irritaba, y eso a mí también me ponía enferma. Pero aquel día, en que parecía estar con el hacha de guerra enterrada, cuando le tuve delante de mí, mojado y sonriente con sus ojos dándose un festín con mis tetas y pezones, me encantó.

– Mi cara está más arriba – le dije sacándole de su ensoñación.

– Yo… eh… – contestó apurado y más rojo que un tomate.

¡Uf!, me encantaba esa situación, me excitaba tener en ese estado a aquel con el que tanto había discutido, pero no en vano, había protagonizado muchas de mis fantasías. Me sentí traviesa, y quise deleitarme prolongando ese momento.

– ¡Creo que necesitas enfriarte la cabeza! – le dije abalanzándome sobre él para hacerle zambullirse.

El efecto que se produjo fue exactamente el que buscaba: Juan me recibió con los brazos abiertos, y mi empuje le hizo perder el equilibrio cuando todo mi cuerpo se pegó al suyo. Durante un par de segundos, bajo el agua, mis pechos se aplastaron contra su torso clavándole los pitones que él me había provocado. Mis caderas chocaron contra las suyas y, a través de la tela de su bañador y de mi bikini, pude sentir su sexo bajo el mío. ¡Qué gozada!, tenía la polla erecta y dura por mí. En aquel instante, aunque no hubiésemos estado dentro del agua, mi tanguita habría acabado empapado igualmente.

Volvimos a ponernos en pie, separándonos unos centímetros y mirándonos fijamente.

– Espero que no quieras devolverme la aguadilla – le dije con picardía mientras me giraba para alejarme de él.

El anzuelo estaba echado, y Juan lo mordió con ganas. Como si se le acabase de ocurrir a él mismo, dio un paso hacia mí poniéndome una mano sobre el hombro, y justo antes de que su pie consiguiera ponerme la zancadilla para zambullirme, yo di un paso hacia atrás.

– ¡Oh! – exclamamos los dos.

Mi culito contactó con su dura verga, que a pesar del bañador se alojó entre mis nalgas. Él se quedó paralizado, y yo no me moví. Estaba hiperexcitada, sintiendo cómo aquél que hasta ese día había sido inmune a mis encantos, estaba tan excitado como yo.

No podía pensar con claridad, el morbo de la situación obnubiló mi juicio. Quería sentir esa polla bien dura, la deseaba, anhelaba que Juan me follase como había hecho tantas veces en mi imaginación… aunque por otro lado no quería serle infiel a mi novio, su amigo… Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro, la “inocente” travesura se me había ido de las manos. Mis caderas continuaron el juego por su cuenta, haciendo que mi culito se moviese arriba y abajo, apretando y masajeando ese mástil con las dos nalgas.

– Uffff, Laura – me susurró al oído.

Todos mis sentidos estaban centrados en mis sensibles glúteos, que recorrían la longitud de esa estaca provocándome agradables cosquilleos que se extendían hasta mi coñito. Pero necesitaba sentirla aún más, y me dejé llevar por la lujuria. Mis manos fueron hacia atrás y tiraron de su bañador hasta bajárselo lo suficiente para liberar su polla.

– Mmmm – gemí al sentir el contacto de la suave piel de su glande sobre mis redondeces.

– Esto no está bien – me dijo Juan en tono de reproche, aunque sin dejar de acompañar los movimientos de mis caderas con las suyas.

– Mmmm, lo sé – contesté -, pero me está gustando tanto…

Su glande se restregaba en la raja, contra la tira del tanga, pero yo seguía necesitando sentirlo aún más, así que de nuevo, sin pensarlo, me sorprendí a mí misma tirando de los laterales del tanguita hacia abajo para dejármelo a medio muslo.

– Jooodeeeeer, Laura – dijo Juan moviendo nuevamente la verga entre mis nalgas para seguir friccionando -, qué culito tan apretado tienessss…

Sus manos me tomaron por las caderas y sentí cómo ese poderoso músculo se iba abriendo paso entre mis cachetes, haciéndome suspirar. Los pezones me dolían de excitación, mi coñito ardía, me palpitaba el clítoris, y mi agujerito trasero se relajaba con cada caricia. Todo mi cuerpo se estaba entregando a aquel macho para que, bajo el agua, pudiese entrar por donde nadie lo había hecho.

Recientemente se había despertado en mí la curiosidad por el sexo anal, y en dos ocasiones lo había intentado con mi novio, pero los nervios y el miedo al dolor me habían impedido relajarme en ambas ocasiones, manteniendo mi ojal virgen. Esos dos intentos fallidos no habían conseguido hacer desaparecer mi curiosidad, sino todo lo contrario, la curiosidad se había convertido en deseo… realmente ansiaba que me diesen por el culo….

Y allí estaba, con la pollaza del amigo de mi novio abriéndose camino por mi culito, totalmente entregada a él, sintiendo cómo su glande comenzaba a explorar la delicada piel de mi esfínter mientras éste comenzaba a dilatarse y hacerse receptivo con cada empujón.

Juan ya se había dejado llevar por sus impulsos de hombre, haciendo cada vez más fuerza, llamando con la punta de su verga a mi entreabierta puerta trasera, resoplándome al oído…

Estaba a punto de poder entrar, en cada acometida la lanceada cabeza ya podía penetrar un par de milímetros dentro del ojal, haciéndome sentir un delicioso calorcito.

La suerte estaba echada, por fin mi culo iba a ser desvirgado y los dos traicionaríamos a mi novio, a su amigo, pero…

– Grrrrr – gruñó mi macho entre dientes.

De repente sentí un calor abrasador en mi ano, por fuera, en tres o cuatro oleadas que me provocaron un pequeño amago de orgasmo. Giré la cabeza y vi a Juan con los ojos cerrados y los dientes apretados… estaba terminando de correrse sin haber logrado metérmela.

– Ufffff – suspiramos al unísono.

Algún poder superior y la pura excitación, habían sido mucho más cuerdos que nosotros dos, logrando que mi “amante” se corriese antes de sellar nuestra infidelidad con una penetración. En realidad, sólo habíamos tenido unos pocos roces íntimos, poco más que una fantasía.

Nos separamos y recolocamos nuestra ropa de baño viendo cómo el blanquecino líquido se diluía en el agua y era arrastrado por la corriente. La tensión entre ambos se podía cortar con un cuchillo, hasta que se esfumó repentinamente cuando un “¡Chicos!”, nos hizo mirar hacia la orilla. Susana y Pedro nos saludaban acercándose al río en bañador para darse un chapuzón.

Cinco minutos después, ya estábamos todos metidos en la charca, los seis, jugando a tirarnos la pelota unos a otros. Apenas crucé ninguna palabra con Juan.

Por la noche, después de cenar, nos fuimos pronto a la cama para poder madrugar al día siguiente. Luis, Pedro, Susana y Juan iban a hacer una marcha hasta una laguna de la sierra para acampar allí y hacer noche. Manolo iba a acercarse al pueblo, donde tenía una amiga veterinaria con la que iba a pasar el día, y como él mismo había dicho: “Echar unos polvos por la noche”. En cuanto a mí, aprovecharía el día de tranquilidad y soledad para trabajar seriamente en el proyecto y, así, estar más libre al día siguiente para disfrutar con todos.

En la cama, no podía dejar de darle vueltas a lo ocurrido con Juan en el río, me sentía culpable, pero también excitada, así que calenté a Luis hasta que conseguí que me hiciera el amor pausada y silenciosamente, evitando que los demás pudieran escucharnos. Así, medio satisfecha, pude quedarme dormida pensando: “Sólo ha sido otra fantasía, nunca llegará a más”.

¡Qué equivocada estaba!.

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